Lo prometido es deuda. Nuevo capítulo del capullo en una semana. Como siempre, gracias por leer y por comentar a pesar de los parones. Sois las mejores ;)

Seguimos con los preparativos de la segunda boda.

Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.

MISTER ARROGANTE SEDUCTOR

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Soltero de Oro.


CAPÍTULO 26. EL EQUIPO

—¿Se puede saber dónde vamos? —pregunté con la voz crispada, mientras al otro lado de la ventanilla del coche los altos edificios de Chicago se sucedían unos tras otros, cada vez a más velocidad— ¿O es un secreto inconfesable?

Había aguantado la mayor parte del viaje callada, templando los nervios. Pero cuando el Volvo de Edward comenzó a dejar atrás el centro de la ciudad, la curiosidad pudo conmigo. Y, en fin, ¿por qué demonios no me decía hacia dónde íbamos? ¿Para asegurarse el control de la situación?

Creía que ya habíamos superado esa fase enfermiza hacía tiempo.

—No pretendo secuestrarte, si eso es lo que te preocupa —respondió Edward, con una sonrisa burlona y la mirada fija en la carretera.

Dejé escapar un bufido airado, pero ni eso, ni el modo exasperante en que hice tamborilear mis dedos una y otra vez sobre la guantera, pareció afectarle. Estaba de un buen humor inexplicable.

—Creo que no me convence esto de trabajar en equipo —dije, tras unos minutos de silencio.

Por el rabillo del ojo pude ver como Edward enarcaba las cejas, pero continuó con la mirada puesta sobre el asfalto. Ya habíamos dejado la ciudad atrás para circular por la autopista.

—Apenas acabamos de empezar —replicó él.

—Precisamente por eso —refunfuñé, cesando el tamborileo de mis dedos para cruzar los brazos con fuerza—. Acabamos de empezar y ni siquiera quieres decirme dónde demonios vamos. ¿Somos un equipo o no?

Edward dejó escapar el aire en un suspiro tenso y me pareció ver como sus manos se aferraban al volante forrado de cuero como más fuerza de la debida. Aún así, mantuvo la calma cuando abrió la boca para hablar de nuevo.

—Lo que yo creo es que te asusta comprobar que podemos trabajar en equipo y por eso quieres boicotearnos antes de empezar —dijo, justo antes de dar un volantazo brusco que nos sacó de la autopista para enfilar una carretera sinuosa que conducía a un polígono industrial—.Pero si tanto te empeñas, deberías saber que ya hemos llegado.

Las ruedas del coche levantaron una nube de polvo cuando Edward detuvo el Volvo delante de una de las decenas de naves grises e impersonales que se extendían hasta donde me alcanzaba la vista. Le observé con el ceño fruncido mientras él se deshacía del cinturón de seguridad para salir al exterior. Sus ademanes eran calmados y controlados, pero había algo en la forma en que apretaba los labios que me hacía pensar que estaba a punto de perder la paciencia. Su excelente buen humor de hacía unos segundos se había evaporado y sospechaba que mis comentarios impertinentes tenían algo que ver con ese cambio de actitud tan repentino.

Me encogí de hombros, resuelta y aparcando la culpabilidad en un rincón inaccesible de mi mente, al tiempo que me desabrochaba el cinturón. Los tira y afloja eran nuestra especialidad, incluso en medio de una tregua. Y tenía que saber que eso era a lo que se exponía cuando se empeñó en que le ayudara a organizar la nueva boda de Rosalie y Emmett. No como jefe y empleada. Sino como iguales.

Le seguí fuera del coche. Él se había plantado en mitad de la explanada de gravilla, con las manos en las caderas y la vista fija en una de las naves, la más cercana al lugar donde había aparcado el coche. No había ni un cartel, ni un rótulo, ni nada que diera la más mínima pista sobre lo que albergaba en su interior. Le creía cuando decía que no tenía intención de secuestrarme, pero aquel polígono apartado me ponía los pelos de punta, a pesar de que era mediodía y la luz del sol se colaba entre las nubes en un día de abril en el que, sin embargo, las temperaturas seguían siendo frías.

Edward volvió la cabeza hacia mí en cuanto me coloqué a su lado. Sus ojos tenían una urgencia que me obligó a prestar atención a sus palabras.

—Ahora escúchame, Bella, y por el amor de Dios, hazme caso por una vez en tu vida —murmuró entre dientes, sin apenas despegar los labios—. Hemos quedado con un pleiteador. No es…

—¿Un pleiteador? —le interrumpí, confusa; nunca había escuchado esa palabra.

—Un abogado mediocre que se dedica a demandar todo lo demandable para sobrevivir —explicó él, impaciente—. No es el tipo más recomendable de la ciudad, pero tiene contactos y puede ayudarnos a anular esa boda con un pequeño empujón en la dirección adecuada.

Asentí con la cabeza, aunque aún no comprendía el porqué de su expresión repentinamente tensa.

—¿Dónde está el problema?

—En que es un bocazas —gruñó Edward—. No hagas caso de sus provocaciones. Se convierte en un gilipollas soez en cuanto ve un par de piernas asomando por debajo de una falda.

En un acto irreflexivo, le eché un rápido vistazo a mi atuendo. Llevaba falda, sí, pero nada provocativo. Negra, el dobladillo rozaba de forma casta mis rodillas. Alcé la cabeza de nuevo hacia Edward y comprobé, con cierta satisfacción, que sus ojos también se habían deslizado hacia mis piernas.

—¿Por qué me has traído, entonces? —pregunté con genuina curiosidad.

—Porque sé lo predispuesta que estás a pensar lo peor de mí y no quiero que me acuses de ser un imbécil sobreprotector —respondió él, encogiéndose de hombros con fingida indiferencia—. Se supone que somos un equipo, ¿no?

Sin darme oportunidad para responder, su mano derecha se colocó sobre la parte baja de mi espalda, una zona de mi anatomía que últimamente frecuentaba muy a menudo. Con una delicadeza impropia en él, me empujó con él hacia la nave y abrió la puerta sin ni siquiera llamar antes de hacerlo.

El interior era un gran almacén apenas iluminado, atestado hasta arriba de objetos de lo más variopinto. Avanzamos a duras penas, sorteando sofás desvencijados y televisores que parecían haber pasado a mejor vida. Edward me condujo hacia el fondo de la nave, donde aguardaba un pequeño despacho construido con paredes de metal.

—Es un almacén de objetos empeñados —me explicó Edward al oído, con su mano aún sobre mi espalda—. James se gana la vida de formas muy diversas. Vamos, nos espera en su despacho.

Edward entró delante de mí, después de golpear un par de veces la puerta. Lo que él había calificado como despacho, en realidad no era más que un cubículo atestado de pilas de papeles, sin ventanas y que apestaba a cerveza y a tabaco. Un par de botellas vacías descansaban precariamente sobre la vieja mesa que hacía las veces de escritorio y detrás, un hombre —James, supuse— rubio, de ojos azules y con el pelo atado en una coleta nos recibió con una sonrisa que parecía cualquier cosa, excepto una mueca amistosa.

—Edward, Eddie, Ed —canturreó con voz burlona y pastosa, al tiempo que se levantaba de la silla.

Era unos cuantos centímetros más alto que Edward. De hombros anchos y cintura estrecha, sus brazos parecían fuertes cuando se inclinó sobre la mesa para darle un par de palmadas a Edward en el hombro.

—¿Qué te trae por aquí? Hacía tiempo que no te veía.

Edward frunció los labios de forma casi imperceptible.

—He intentado mantenerme en la legalidad —repuso, y una nota de tensión se asomó por encima de su fachada de aparente calma.

Sin esperar invitación, Edward se sentó sobre una de las sillas de plástico colocadas delante del escritorio y me indicó con la cabeza que hiciera lo mismo. Fue entonces cuando James reparó por primera vez en mi presencia.

—Vaya, veo que vienes acompañado —dijo, sazonando sus palabras con un escaneo concienzudo que me hizo sentir casi desnuda, a pesar de las capas de ropa que llevaba encima—. ¿Es tu nueva secretaria?

En sus labios, aquella inocente palabra sonó como la blasfemia más grande. Había abierto ya la boca para replicar, pero Edward se me adelantó.

—No —repuso, de forma cortante—. Es mi colega.

La mueca burlona de James se acentuó al escuchar la respuesta de Edward.

—Tu colega. Ya.

Sus ojos regresaron a mí y descendieron desde mi rostro hasta mi, por otra parte, inexistente escote, donde se detuvieron más tiempo del necesario, antes de volver a mi cara al tiempo que sus labios me dedicaban una mueca desagradable que, supuse, pretendía ser seductora.

James dejó que sus ojos se entretuvieran un par de segundos más sobre mí, antes de volver la cabeza hacia Edward.

—Bueno, Eddie —canturreó de nuevo, utilizando por segunda vez aquel estúpido diminutivo que todavía no comprendía porqué Edward le dejaba pronunciar—. ¿Vas a dejarte de tanto misterio y me vas a contar para qué necesitas mi ayuda?

Edward se tomó unos instantes antes de responder. Puede que estuviera pensando en la fórmula más adecuada para exponer nuestra petición.

O puede que, simplemente, necesitara concentrarse para reprimir sus impulsos homicidas hacia James.

—Tenemos que anular una boda —dijo finalmente.

—Una boda —repitió James y de una forma que pretendía ser involuntaria, pero que resultó totalmente deliberada, volvió a mirarme de forma fugaz—. Tu secretaria, ¿decías?

—Mi colega —corrigió Edward por segunda vez, con la voz crispada —. Y no es cosa nuestra. Se trata de mi hermano Emmett. Se casó en Las Vegas y ahora quiere… enmendar el error —explicó de forma críptica, tras una breve pausa para escoger las palabras más adecuadas.

James se recostó sobre su silla y se llevó una mano a la boca, observando a Edward con expresión calculadora.

—Necesito que el papeleo esté hecho mañana a medio día.

La expresión pensativa de James se desvaneció, sustituida por esa mueca burlona que ya me resultaba tremendamente ahostiable.

Y eso que aquella mañana no me sentía particularmente agresiva.

—Esto tiene que ser una puta broma —dijo James, ladrando una carcajada carente de humor.

—¿Tengo pinta de perder el tiempo, viniendo aquí a gastarte una puta broma?

La agresividad en la voz de Edward fue suficiente para que James borrara aquella sonrisita de sus labios.

—Eso es imposible, Edward —dijo, hablando con seriedad por primera vez desde que entramos en su despacho—. Y lo sabes. Así que déjame decirte que sí, estás perdiendo el tiempo.

—Que te jodan, James —replicó Edward, masticando las palabras con una rabia peligrosa—. Me debes un favor. Y te advertí de que pensaba cobrármelo.

James guardó silencio y volvió a recostarse sobre la silla, con actitud pensativa. De repente, alzó la cabeza y clavó sus ojos sobre mí.

—Dime, como secretaria, ¿qué tal te desenvuelves en los despachos? ¿Haces muchas horas extra?

De nuevo, había algo en su voz que hacía que su pregunta sonara como la invitación más sucia que pudiera imaginar.

Por debajo de la mesa, Edward me apretó la rodilla con fuerza. Era su manera de alertarme para que mantuviera la boca cerrada. Pero a juzgar por su expresión letal, parecía que él tuviera incluso más ganas que yo de lanzarse sobre el escritorio y matar a James con sus propias manos.

—James, cíñete al asunto.

—¿Sabes lo jodido que es anular una boda? —preguntó James, volviendo a centrar su atención en Edward— ¿Sabes además lo jodido que es hacerlo en otro estado?

Sin decir palabra, Edward metió una mano en el bolsillo interior de su elegante abrigo y dejó un fajo de billetes sobre la destartalada mesa que hacía las veces de escritorio. Ante aquel gesto, no pude evitar abrir los ojos, sorprendida. Supuse que eso era el pequeño empujón en la buena dirección que Edward había mencionado antes.

—Quizás esto te ayude —murmuró Edward.

Joder. Aquello parecía una puñetera película negra.

De las malas.

James no pareció sorprendido por el fajo de billetes que Edward había dejado sobre la mesa. Se limitó a enarcar las cejas en un ademán escéptico.

—Con eso no tengo ni para empezar a sobornar al funcionario que puede ayudarte. Sin mencionar que yo también necesito un pago por mis servicios.

—Te vas a quedar con eso y además me vas a dar las gracias —replicó Edward con calma—. De lo contrario, estaría pagándote por devolverme un favor. Y no soy tan gilipollas.

Hubo un instante de miradas cruzadas, pero apenas duró un par de segundos. A juzgar por el ceño fruncido de James y por el modo en el que la comisura de la boca de Edward tiraba hacia arriba en una mueca a medio camino entre la cautela y la satisfacción, ambos sabían quien llevaba las de ganar.

—Que te jodan, Edward —fue el turno de James de gruñir aquellas palabras—. Mañana a mediodía tienes la anulación. Y ahora lárgate de aquí, joder.

La mueca de Edward, ahora sí, se convirtió en una sonrisa engreída y victoriosa que, sin embargo, quedó congelada en su rostro en cuanto nos levantamos y James volvió a hablar.

—Si necesitas un doble sueldo, estoy buscando secretaria. Pago bien —añadió, antes de esbozar una sonrisa escalofriante en mi dirección—. Y te aseguro que ibas a disfrutar de las horas extra.

Edward crujió los nudillos de forma sonora y, por un momento, tuve la absoluta convicción de que iba a lanzarse sobre James. No me veía con fuerzas para presenciar un asesinato violento, así que me aferré a la manga de su abrigo y tiré de él hacia la puerta.

—Vamos —murmuré, pronunciando mi primera palabra desde que habíamos entrado en aquel diminuto despacho.

Contra todo pronóstico, Edward me siguió hasta la puerta sin oponer resistencia, con las carcajadas de James resonando en nuestros oídos. El rictus severo de Edward no flaqueó ni siquiera un par de minutos después, cuando salimos de la nave. Me llevé la mano a la frente a modo de visera, cegada por el sol de mediodía, que contrastaba con la semioscuridad del despacho de James.

Edward, por su parte, me dio la espalda y se quedó estático por unos instantes, a medio camino entre la nave y el coche.

—Lo siento —dijo de repente, con brusquedad, volviéndose hacia mí; su frente estaba surcada por finas líneas y me miraba con una mezcla extraña entre culpabilidad e ira—. Siento que hayas tenido que aguantar a ese gilipollas. Pero es un imbécil irascible y una palabra fuera de lugar nos habría dejado sin trato. Pensándolo bien —añadió, y por el tono bajo de su voz, parecía más como si estuviera hablando para sí mismo—, hubiera preferido quedar como un cabrón sobreprotector e impedirte venir conmigo.

Maldito capullo. Debería estar cabreada por haber tenido que acompañarle a esa reunión tan desagradable, pero lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que apreciaba su esfuerzo por hacer las cosas bien y por tratarme como a una igual.

Me acerqué a él y le rocé el dorso de la mano con los dedos.

—No pasa nada, Edward.

Él tragó saliva y mis palabras no parecieron aliviar su culpabilidad. Opté por cambiar de tema.

—Dime, ¿estoy muy equivocada o acabamos de burlar unas cuantas leyes? —pregunté, tratando en vano de utilizar un tono de voz ligero.

—Nosotros no —replicó Edward, mientras comenzaba a caminar hacia el coche—. James se encargará de hacerlo.

—¿Dónde demonios conociste a ese tipo? —volví a inquirir, siguiendo sus pasos.

Edward me dirigió una mirada críptica por encima del techo plateado del Volvo.

—No preguntes si no quieres conocer la respuesta.

Arrugué la frente mientras consideraba sus palabras. ¿Realmente quería saberlo? Recordé a James, su voz pastosa y sus ojos ávidos, y esas botellas de cerveza que descansaban precariamente sobre el escritorio cubierto con papeles.

No. Prefería seguir en la felicidad de mi ignorancia.

—Y ahora, ¿cuál es la próxima parada? —preguntó Edward, una vez que nos hubimos montado de nuevo en el coche.

Me abroché el cinturón de seguridad con deliberada lentitud. El motor se había puesto en marcha ya con un suave ronroneo cuando por fin me digné a responder.

—No debería decírtelo —refunfuñé, volviendo la cabeza para contemplar por la ventanilla como el polígono desaparecía de mi vista en cuanto el coche dio media vuelta—. Debería mantener el misterio hasta el final, como acabas de hacer tú.

Edward rió entre dientes y la tensión sobre sus hombros pareció aliviarse con ese simple gesto.

—Lástima que sea yo el que conduce.

La siguiente parada, como no me quedó más remedio que confesarle, era una antigua empresa de catering que tenía su oficina y un modesto restaurante en el centro de Chicago. Al mando todavía se encontraba Marco, el experimentado chef italiano que había desembarcado en la ciudad tres décadas antes y que, con tantos años de experiencia a sus espaldas, había conseguido que el negocio mantuviera su carácter familiar. No era ni el último grito en la alta cocina, ni elaboraba los menús más sofisticados, ni tenía una lista de espera de meses para contratar sus servicios. Pero, sencillamente, tenía la mejor cocina de todo Chicago. Desconocida para muchos y, aún mejor, me había hecho el favor de confeccionar un menú de boda con tan sólo veinticuatro horas de sobre aviso.

Teniendo en cuenta que Rosalie había delegado en mí todo el peso de organizar la boda, de la que no quería saber absolutamente nada (excepto en la parte en la que tuviera que pronunciar el 'sí, quiero'), cualquier ayuda me llegaba como maná caído del cielo.

Regresamos al centro de la ciudad en plena hora punta, con las calles de la zona financiera y comercial atestadas de coches y de peatones, por lo que Edward tuvo que aparcar el Volvo dos manzanas más allá de La Tua Cantante. Se bajó del coche y me indicó con la cabeza que le mostrara el camino.

Mientras nos hacíamos paso a duras penas entre la marea de personas que salían a esa hora del trabajo para disfrutar de sus treinta minutos para el almuerzo, la curiosidad pudo conmigo.

—¿En qué momento terminaste haciéndole favores a tipos como ese tal James? —pregunté, frunciendo el ceño, al tiempo que esquivaba a dos ejecutivos que a punto estuvieron de arrollarme— Creía que no te mezclabas con los bajos fondos.

—Y yo creía que preferías no saber cómo le había conocido —replicó Edward, que con su altura, no tenía tantas dificultades como yo para abrirse camino—. Pero si insistes, te diré que coincidimos en la universidad. Tiene contactos interesantes, por eso me aseguré de no perderle de vista —explicó, y preferí no preguntar qué entendía él por "contactos interesantes"—. Hace un año le saqué del calabozo por una red ilegal de apuestas que había montado y conseguí que sobreseyeran su caso. Podrían hacerle caído unos cuantos años de cárcel.

Doblamos una esquina, dejando atrás el barullo de la hora punta. Al final de la calle, tan sorprendentemente silenciosa que resultaba un alivio, divisé el cartel de La Tua Cantante.

—Suena como una película pésima de mafiosos. ¿Le hiciste el favor para luego cobrártelo?

Una sonrisa arrogante asomó en los labios de Edward.

—Por supuesto.

Estaba a punto de replicarle que aquello me parecía muy poco ético (aunque sospechaba que no le iba a importar), cuando mi teléfono vibró en el fondo de mi bolso. Un mensaje de Alice.

Floristería ok e invitaciones enviadas. Respira tranquila. ¿Sobrevives a la mañana? Dice Angela que intentes no tirarte a Edward ;)

—Deberías decirle a Angela que nuestra tregua no contempla ese tipo de actividades.

Sentí su aliento cálido en mi nuca y el ritmo pausado de su respiración contra mi espalda. Por eso, no me sorprendió darme la vuelta y encontrar su rostro a escasos centímetros del mío.

Alcé la cara para enfrentarle, para preguntarle por qué demonios era tan entrometido, pero las palabras que salieron de mis labios no eran las que yo había previsto en mi mente.

—¿No las incluye?

Edward negó con la cabeza, despacio, pero una sonrisa juguetona bailaba en sus labios.

Decidí seguir adelante. Dar un paso más, a pesar de que sabía que me adentraba en terreno pantanoso.

—¿Y hay alguna posibilidad de renegociar los términos de la tregua?

Edward volvió a mover la cabeza de un lado a otro, en señal de negación. Le dirigí una mirada interrogante.

—Lo que hay es una forma para terminar con la tregua.

Su mano se deslizó con delicadeza por mi pelo hasta mi nunca para enredarse con el nacimiento de mi cabello. La mantuvo ahí, moviendo su pulgar rítmicamente en una caricia prácticamente fantasma, y dejó que su boca se acercara a la mía.

Me incliné involuntariamente hacia él. Un poco más y estaba segura de que podría saborear otra vez sus labios.

—Hay una forma —continuó en un susurro ronco, acariciando mi boca con cada una de sus palabras— para que tú y yo consigamos lo que queremos.

—¿Cuál? —alcancé a decir, con la cabeza intoxicada por su perfume y por su cercanía.

Su mano recorrió con calma el camino que separaba mi nunca de mi barbilla. La tomó con delicadeza, clavando sus ojos sobre los míos.

—Confía en mí. Confía en mí de forma sincera y podremos dejar atrás este estúpido paréntesis. Hasta entonces…

Abrí los ojos cuando, de repente, sentí de nuevo el frío en mi rostro. Edward se había separado de mí y me contemplaba con una expresión insondable.

—Hasta que puedas hacerlo, lo más sano para los dos es continuar con la tregua.

Una palabra más susurrada a media voz con su boca peligrosamente cerca de la mía y mis ovarios habrían explotado. Respiré aliviada al comprobar que mantenía intactos todos mis órganos vitales.

De momento.

—Pues tregua, entonces —repliqué, tratando de ocultar mi frustración bajo una máscara de indiferencia—. En cualquier caso, no creo que la tregua te dé derecho a husmear mensajes ajenos —dije por encima del hombro, después de darme la vuelta para cubrir los últimos metros que nos separaban de La Tua Cantante—Ya hemos llegado.

Sin siquiera mirarle, empujé con fuerza la puerta y escuché con claridad cómo, detrás de mí, Edward reía entre dientes mientras me seguía al interior del local.

El lugar era acogedor y estaba inundado por los aromas que desprendía la cocina, donde varias personas trabajaban afanosamente para dar de comer a los clientes que aguardaban en el restaurante. Marco, el chef, ya nos esperaba a nuestra llegada con una gran sonrisa. Había trabajado unas cuantas veces con él y cuando accedió a hacerme aquel gran favor, estuve a punto de comprometerme a contratarle para todos los eventos que organizara hasta jubilarme.

Después de saludarme efusivamente con un 'Isabella' cargado de acento italiano, nos condujo hacia el pequeño comedor donde tenía preparada ya una degustación de varios platos que había ideado para la boda exprés de Rosalie y Emmett, a la espera de que Edward y yo hiciéramos la elección final.

Las tripas me rugieron ferozmente cuando Marco colocó cuidadosamente sobre el mantel blanco los primeros platos.

—Crema de tomate con rúcula, insalata de mar, bruschetta y una selección de nuestros mejores quesos para abrir apetito —dijo, con una sonrisa que invitaba a devorar la comida.

No me abalancé sobre el plato, aunque no fue por falta de hambre o de ganas. Al contrario, traté de comportarme con unos impecables modales a la mesa, que paulatinamente fue llenándose de más y más comida a medida que Marco iba tentándonos con el menú que había preparado: tres primeros platos, otros tres segundos y una bandeja a rebosar de postres para que eligiéramos lo que queríamos ofrecer en la boda.

Al terminar con los postres media hora después, volví la cabeza hacia Edward que, a juzgar por su expresión satisfecha, parecía tan saciado como yo.

—¿Y bien?

—Tú eres la experta —repuso él, encogiéndose de hombros en un gesto relajado—. Y yo no podría elegir. Me ha gustado todo.

Ma una boda es cosa de dos —intervino Marco, dedicándole a Edward un guiño cómplice—. No dejes que tu promessa sposa te lleve la delantera desde el primer momento.

Necesité un par de segundos para comprender el verdadero significado de las palabras del chef.

¿Qué coño…?

¿Era la segunda vez en una misma mañana que alguien creía que era nuestra boda la que organizábamos?

De mis labios brotó una risa nerviosa incontrolable.

—Marco, creo que ha habido una confusión —dije, retorciendo nerviosamente la servilleta que descansaba sobre mis rodillas—. No estamos preparando nuestra… —titubeé y la palabra se atragantó en mi garganta antes de salir por mi boca— nuestra boda, sino la del hermano de Edward.

La confusión se reflejó en el rostro de Marco.

Ma yo pensaba… con tan poca antelación y al veros… —agachó la cabeza y parecía realmente arrepentido—. Discúlpame por el atrevimiento, Isabella. Os espero fuera mientras decidís el menú.

Con una nueva inclinación de cabeza y otra sonrisa a modo de disculpa, Marco desapareció tras la puerta del comedor.

—¿Tan horrible es?

Me volví hacia Edward, que no había pronunciado palabra desde el error de Marco.

—¿Tan horrible es —repitió, al reparar en mi expresión confusa— la idea de que estuviéramos organizando nuestra boda?

Su tono de voz pretendía ser ligero y una sonrisa divertida adornaba sus labios, pero había algo en su mirada que me hacía pensar que realmente quería saber la respuesta a esa pregunta.

Joder. De repente, hacía demasiado calor en aquella habitación.

¿Y por qué las palabras "nuestra boda" pronunciadas en sus labios no me hacían levantarme y salir corriendo de allí sin mirar atrás?

—Creía que todavía estábamos en la fase de la tregua —murmuré en un hilo de voz.

Edward rió entre dientes, pero no añadió nada más. En lugar de ahondar en el tema, señaló con la cabeza los platos vacíos sobre la mesa.

—¿Tienes clara tu elección?

Una oleada de alivio recorrió todo mi cuerpo al comprobar que cambiaba de tema. No estaba preparada para abordar esa discusión en aquel momento. No todavía. No, ni en un millón de años.

—Creo que sí —respondí, mientras echaba un último vistazo a los platos vacíos que descansaban sobre la mesa—. Me gusta todo lo que Marco ha propuesto como aperitivo y creo que para el primer plato nos quedamos con el crepe de salmón y los rigattoni. Después…

—La foccacia y la brochetta napolitana. De postre, pastel y tiramisú —completó Edward por mí.

Enarqué las cejas. Aquello era exactamente lo que había elegido en mi mente como el menú perfecto.

—Somos un equipo, ¿no? —dijo Edward, tentándome con una sonrisa autosuficiente.

Puse los ojos en blanco, únicamente para dejar patente mi exasperación, y me levanté de la mesa. Edward me imitó, colocándose con un movimiento fluido su elegante abrigo sobre el traje azul marino que llevaba puesto ese día.

—Todavía nos queda toda la tarde de trabajo por delante —expliqué, mientras comprobaba que no tenía ningún mensaje nuevo de Alice en el teléfono—. Rosalie no quiere ni oír hablar de los preparativos, así que tenemos que encargarnos de buscarle peluquero y maquillador.

Un gruñido brotó de la garganta de Edward, que me miró como si estuviera gastándole una broma pesada.

—¿En serio? ¿Tengo que acompañarte en busca de un peluquero y un maquillador para Rosalie? ¿Acaso dudas de mi sexualidad?

Reprimí una sonrisa vengativa al contemplar su expresión de mártir.

—En absoluto. Y espero que tú tampoco lo hagas al final de la tarde.

Aquella mueca torcida que convertía mis piernas en gelatina se dibujó en sus labios como toda respuesta ante mi desafío. Con movimientos lentos y calculados, Edward apartó a un lado la silla que nos separaba y se pegó a mí, deslizando su mano por mi espalda, hasta hacerla descansar sobre mi culo. Retándome con esa media sonrisa que tan buenos resultados le daba, dio un fugaz apretón, antes de guiñarme el ojo y darme una palmada en el trasero.

—Vamos, Bella —murmuró en mi oído—. Aún nos queda mucho por hacer.

Y en ese momento, tal y como había previsto al salir de mi despacho esa misma mañana, mis ovarios finalmente explotaron.


El motor del Volvo enmudeció delante del portal de mi apartamento. Me desabroché el cinturón de seguridad y llevé una mano a la manilla de la puerta del copiloto, pero no podía salir del coche sin hacer esa pregunta que me quemaba en la lengua.

—¿Subes?

Edward frunció el ceño ligeramente y miró por la ventanilla antes de responder..

—Esperaba que me lo pidieras —dijo finalmente en un murmullo suave.

No pude evitar poner los ojos en blanco mientras abría la puerta para salir del coche. Fuera, la noche comenzaba ya a caer sobre Chicago y el frío era aún más intenso que a primera hora de la mañana, cuando había salido de casa.

—Confías demasiado en ti mismo.

—No es mi culpa, tan sólo me guío por los precedentes —repuso Edward, rodeando el Volvo para seguirme hasta el portal—.Cuando volvimos de Las Vegas también me lo pediste.

—Y entonces me dijiste que no —le recordé.

Me costó una intentona más de lo habitual dar con la llave del portal y, cuando la introduje en la cerradura, noté que mis manos temblaban levemente. El cansancio tras un día duro, me dije a mí misma. La cercanía de Edward, que no se separaba de mí más de lo necesario, y lo embriagador de su perfume no tenían nada que ver con mi estado de nervios.

—Intentaba portarme bien —aseguró él en cuanto entramos en la semioscuridad del portal.

Me siguió hasta las escaleras, como si se tratara de mi propia sombra, y no se despegó de mí mientras subíamos hasta el segundo piso.

—¿Y ahora no? —pregunté, con la respiración agitada por la subida.

—Aún es de día —explicó al llegar al descansillo de mi apartamento—. No hay tanto riesgo como si fuera de noche. Puedo comportarme.

Me detuve delante de la puerta y, sin reparar mucho en mis propios movimientos, me volví hacia él, justo a tiempo para ver como sus ojos se deslizaban desde mi cintura hasta mis piernas. Enarqué una ceja, mientras mi mente canturreaba una plegaria.

No te sonrojes. No te sonrojes. No te sonroj…

Oh, mierda.

Mi súplica quedó arruinada en cuanto aquella media sonrisa torcida apareció en los labios de Edward.

—¿Estás seguro de que puedes comportarte? —presioné, notando el traicionero calor en mis mejillas, pero agradecida por lo mal iluminado que estaba el pasillo.

—No del todo —confesó él, sin borrar aquella sonrisa de su boca—. Pero fingiré que sí lo estoy.

Me di la vuelta, con las manos más temblorosas que antes, por lo que a duras penas atiné a abrir la puerta de mi pequeño apartamento, que se abrió con un crujido quejumbroso. Él me siguió en silencio, y mientras yo daba vueltas por la casa, quitándome el abrigo y ofreciéndole algo de beber, caí en la cuenta de que verle allí, con su imponente altura, sus zapatos brillantes y su traje perfectamente cortado, ya no me parecía tan impactante como la primera vez que entró en mi apartamento.

Y él, que se había sentado en el sofá sin aguardar invitación, estirando sus largas piernas sobre la alfombra, parecía bastante a gusto en mi diminuto salón.

Me quité los zapatos, con una familiaridad que me sorprendió a mí misma, y comprobé los últimos mensajes de Alice —la carpa ya estaba montada en la finca del padre de Rosalie y las flores se colocarían al día siguiente por la tarde— antes de reunirme con Edward en el sofá. Me dejé caer sobre los mullidos cojines, arrugando la frente en un gesto de dolor, pues sentía las piernas cargadas después de un día de duro trabajo. Solo entonces reparé en la carpeta negra que descansaba sobre la pequeña mesa de centro.

Giré la cabeza hacia Edward y le dirigí una mirada interrogante.

—¿Qué es eso?

—Un contrato de confidencialidad.

Y allá vamos.

Otra vez.

—Eso, en tu boca, suena tan mal como un "tenemos que hablar" en labios de una mujer —gruñí, súbitamente malhumorada.

Una débil sonrisa se asomó fugazmente en los labios de Edward, pero se desvaneció con la misma rapidez con la que había aparecido. Edward se inclinó sobre la mesa y sacó unos cuantos papeles de la carpeta.

—Exigencia de Carlisle —explicó, con el rictus repentinamente serio—. Quiere que todas las personas ajenas a la familia que participen en la organización de la boda suscriban un compromiso de confidencialidad para evitar filtraciones a la prensa. Los papeles tienen que estar firmados mañana.

Asentí con la cabeza. Al fin y al cabo, aquello era un trámite habitual en nuestro trabajo. Cogí los papeles que descansaban sobre la mesa y los ojeé por encima. Había cuatro copias del mismo contrato, con el nombre de cada uno impreso en la primera y en la última página. Angela, Jessica, Eric, Alice —por Dios, incluso Alice, que era la pareja de Jasper— y…

—Falta una —murmuré, sin levantar la vista de los papeles.

Edward guardó silencio mientras yo revisaba los términos del contrato.

—Falta mi copia —dije de nuevo al terminar de leer las condiciones, levantando la cabeza hacia él.

—No falta ninguna copia.

La voz de Edward fue un murmullo que apenas alcancé a descifrar. Arrugué la frente, confusa por sus palabras y por su mirada severa.

—Hay cuatro copias y somos…

—Tú no vas a firmar ningún contrato —me cortó Edward, tajante.

—Claro que sí —repliqué de forma automática, sintiendo de repente esa adrenalina inconfundible que me invadía cada vez que discutíamos—. Hasta Alice lo va a hacer y, técnicamente, ella es parte de la familia, al contrario que yo. Yo también quiero cubrirme las espaldas por si ocurre algo —insistí—. Quiero firmar ese contrato.

Edward me lanzó una mirada furibunda antes de hundir las manos en su cabello, en ese gesto que ya había aprendido a interpretar como nerviosismo.

—Joder, Bella —gruñó entre dientes—. ¿Por qué tienes que ser tan exasperante?

—¿Y tú por qué tienes que llevarme la contraria en todo lo que hago?

—Ya te lo he dicho, estoy intentando hacer las cosas bien contigo —dijo Edward, afilando sus palabras con brusquedad—. Y después de todo lo que has hecho, me parece humillante y una gilipollez que tengas que firmar ese contrato.

Enmudecí ante la intensidad de su mirada y de sus palabras.

Y entonces, por fin, lo comprendí.

No era una cuestión de llevarme la contraria por el simple placer de hacerlo o porque esa era nuestra manera de llevar las cosas, la única que conocíamos. Era una cuestión de confianza. Edward confiaba en mí. Plenamente. Tal y como me había pedido que hiciera con él esa misma mañana.

El silencio cayó sobre los dos como una losa, mientras Edward se mesaba los cabellos sin ni siquiera mirarme directamente a la cara y yo buscaba la manera de enmendar mi error.

—Si sirve de algo —comencé, lentamente, tratando de poner en orden y en palabras el caos que reinaba en mi mente en ese momento—, creo que estás haciendo un buen trabajo.

A pesar de mi tono suave y conciliador, la expresión contrariada de Edward no varió ni un ápice.

—¿En qué, exactamente?

—En hacer las cosas bien. Y en ganarte mi confianza.

Esa vez sí, el rostro de Edward se suavizó e incluso me pareció atisbar la sombra de una sonrisa en sus labios. Despacio, se acercó a mí, cubriendo la distancia que nos separaba. Su mano tomó mi nuca en el mismo instante en el que dejé caer mis párpados para concentrarme en el aroma de su perfume.

—¿Cuánto tiempo más vas a hacernos esperar? —preguntó en un susurro ahogado que dejó escapar contra mi oído.

—Poco —confesé, desarmada y rendida, incapaz de mentir.

A pesar de tener los ojos cerrados, pude sentir cómo sonreía contra mis labios. Los acarició suavemente con los suyos, en un gesto que ni siquiera alcanzaba a ser un beso.

—Eso es justo lo que necesitaba escuchar.


Poquito a poco, pero avanzamos, ¿no?

Para el siguiente capi dadme un poco más de tiempo porque este ritmo solo he podido seguirlo estos días que he estado de vacaciones. ¿Dos semanas? Adelanto como siempre en Facebook (soy Bars Nueve por allí). Mientras, esperando leer vuestros comentarios :)

Bars