A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Veintiocho: Retaguardia.

16 de abril de 2021.

Londres, Inglaterra.

Cuartel General de Aurores, Ministerio de Magia.

Entre el revoloteo de memorándums interdepartamentales y la cacofonía incesante de la segunda planta, Harry Potter se sorprendía de no haber enloquecido aún.

Supuso que con su pasado, eso era prácticamente imposible.

Llegó a su escritorio provisional, en el cubículo del Comandante del Cuartel General de Aurores, echando un vistazo al montón de pergaminos que debía revisar. Pensó, en tono bromista, que quizá la verdadera intención de Dahlia Holmes al ir al continente fue librarse de tanto trabajo burocrático, pero enseguida se concentró y decidió tomar asiento, dispuesto a trabajar.

Al menos hasta que abrió una de las gavetas con archivos y vio en él, destacando como un cangrejo en la Antártida, un sobre de pergamino sellado con cera roja.

Frunciendo el ceño, sacó el sobre y lo observó con detenimiento. En el anverso solamente decía su nombre, pero no reconocía la estilizada letra. Decidió librarse de dudas abriéndolo, aunque antes se sentó y colocó la varita en el escritorio, lista para usarla.

No hizo falta. El texto que contenía el único pergamino que sacó del sobre era breve, conciso, y lo motivaba a actuar con rapidez. Se guardó la misiva en un bolsillo interior de la túnica y regresó a la gaveta, donde abriendo otro cajón, sacó de inmediato los archivos de algunos de sus colegas.

Iba a ordenar la primera misión en su carrera como Comandante interino.

Tras cerrar los archivos y devolverlos a su sitio, escribió una nota a toda velocidad y la golpeó con la varita. Al segundo siguiente, el pergamino con la nota se elevó unos centímetros, se dobló hasta formar un avión y pareció dividirse en cuatro antes de alejarse revoloteando cual enorme polilla. Suspiró, repasando en su cabeza los detalles que debería darles a los convocados, deseando con todas sus fuerzas que no estuviera mandando a nadie a una muerte segura.

—Buenos días, Comandante —saludó un muchacho castaño de túnica naranja oscuro, que ostentaba el símbolo de la Triple A como indicativo de su condición de Aspirante en prácticas.

El señor Potter asintió y le indicó con un gesto que se sentara.

—¡Harry, buenos días! —Ron Weasley entró al cubículo sin esperar a ser invitado, ocupando la silla que quedaba libre —¿Qué tal te va, Anderson?

El muchacho de túnica naranja oscuro sonrió e hizo un gesto que indicaba tranquilidad.

—Disculpen la demora, terminaba mi último informe —casi tropezando con una mesilla llena de carpetas y libros, Nymphadora Nicté agitó en alto un largo pergamino.

—Gracias, Tonks. Puedes dejarlo aquí —el señor Potter señaló una parte del escritorio que estaba desocupada.

La metamorfomaga obedeció y casi enseguida, Anderson se puso de pie y le cedió su asiento.

—Oh, gracias, muchacho. ¿Para qué somos buenos, Harry?

—Un momento.

No debieron esperar demasiado. Conteniendo un bostezo, Jim Black cruzó la entrada del cubículo, observando a su alrededor antes de parpadear con rapidez y acabar de espabilarse.

—Bien, decidí llamarlos porque hay información nueva sobre los movimientos de Hagen. Por lo visto, tenemos un traidor.

Los otros cuatro se miraron unos a otros, incrédulos.

—¿Entre nosotros, los de la Coalición? —quiso aclarar Jim.

—Sí, precisamente. Mira tú mismo.

El señor Potter sacó el pergamino recién llegado, tendiéndoselo a Jim, quien no tuvo que leer el contenido para poder musitar.

—Es letra de Katy.

—¿Katrina Turner, nuestra infiltrada? —se interesó Tonks.

—Ella misma. Nos aclara que tardó más de lo previsto, pero logró liberar a Greg Radcliffe, del Departamento de Cooperación Mágica Internacional. O mejor dicho, hizo que pudiera escaparse, todavía considera necesario mantener su cubierta ante Hagen y los suyos.

—Es un problema menos —admitió el señor Ron, sonriendo levemente, con cierto alivio.

—¿Qué demonios…? —espetó Jim de pronto, dejando de leer —Harry, ¿esto es en serio?

—Conoces a Turner mejor que cualquiera de nosotros, ¿crees que bromearía en algo así?

—¿De qué hablan? —quiso saber Anderson, con la deferencia que le merecían los otros tres.

—Katy dice que descubrió una emboscada en Polonia —respondió Jim, ceñudo.

—¿Una emboscada? —se extrañó el señor Ron —¿Para quién?

—¡Para los nuestros! Quieren conseguir refuerzos entre los polacos, pero…

—Momento, ¿qué significa eso de que Turner descubrió la emboscada? ¿Es que no lo sabía?

El señor Potter respondió a la pregunta de Tonks con una negativa de cabeza.

—Eso significa que alguien que no es ella le está pasando información a Hagen sobre nuestros movimientos —espetó el señor Ron, revolviéndose el rojo cabello con una mano —¿Pero quién?

—Lo tenemos que averiguar, y pronto. Pero no podemos dejar sin aviso a nuestros camaradas. Tonks, Lester y tú irán a Polonia para dar la poca información de la que disponemos.

Los dos nombrados asintieron, aunque Anderson se sorprendió de que el mítico Harry Potter supiera su nombre de pila.

—Ron, a ti y a Jim les tocará ir a Dinamarca.

—¿A ese congelador? ¿Y para qué? —se quejó el pelirrojo.

—Un grupo de Hagen intentará llegar a Azkaban desde allí —respondió Jim, lúgubre —Pero vamos a necesitar ayuda —añadió, dirigiéndose al señor Potter —Si Katy no se equivoca, irán…

—Lo sé. Mira bien la carta de tu amiga y verás que ese punto está cubierto.

Jim parpadeó un par de veces con perplejidad antes de soltar una risa baja.

—Había olvidado que podía hacer eso —comentó.

—¿Hacer qué? —la aurora Tonks frunció el ceño.

—Turner disfrazó parte de su información —indicó el señor Potter por toda contestación —Ahora, para confundir aún más a la gente, ustedes se irán de aquí, oficialmente, como apoyo a los aurores del continente. Nadie debe saber que no pasarán por el Ministerio de Magia francés.

—¿Y si alguien nos estuviera oyendo ahora mismo, Comandante?

—No pueden, Lester. Lancé un par de hechizos para eso. Y al salir de aquí, si alguien más se entera de lo que harán, los tomaré por sospechosos hasta que demuestren lo contrario, ¿está claro?

Anderson asintió, sonriendo con nerviosismo y admiración. Resultaba alucinante, en más de un sentido, estar bajo las órdenes de Harry Potter.

—Prepárense, partirán mañana por la mañana. Despídanse de sus familias adecuadamente.

Los demás tragaron en seco antes de asentir y marcharse, uno por uno, dejado al señor Potter a solas con sus pensamientos, entre esperanzados y funestos.


19 de abril de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Los días se sucedían con una calma que se sentía falsa. Tras el partido sabatino de Hufflepuff contra Ravenclaw (que ganó la casa de las águilas por una diferencia considerable), los alumnos debieron dedicarse en cuerpo y alma a los estudios. Además, los profesores parecían afectados por algún tipo de actividad febril que los impulsaba a ser más estrictos que de costumbre.

—Por última vez, Wilson, ¡agite la varita de manera más suave!

Era lunes por la mañana. La aludida contuvo una mueca de hartazgo y se limitó a asentir en silencio a la indicación del profesor Lovecraft, que paseaba entre los pupitres con el ceño fruncido, corrigiendo el procedimiento para convertir un conejo en una enorme borla de algodón.

—No entiendo para qué querría alguien una borla —se quejó la castaña en cuanto Lovecraft estuvo lo suficientemente apartado como para no escucharla.

—Talco perfumado, maquillaje… —comentó Paula de forma distraída, haciendo el movimiento de varita correspondiente y, tras susurrar el hechizo, consiguió su segunda borla del día.

—¡Como si me importara! No creo usar esas cosas en toda mi vida.

—Nunca digas nunca —aconsejó Danielle, muy concentrada, realizando la transformación de tal forma que su borla todavía se movía.

—También podrías golpear a alguien en la cara con esto lleno de harina —intervino Thomas con una sonrisa, mostrando su borla marrón con manchas blancas —Sería divertido.

—Ahora veo por qué no tenemos esta clase con Gryffindor —masculló Sunny, volviendo a su trabajo —¿Cómo van?

Miró a Walter y a Ryo. Mientras el primero seguía intentando transformar su pequeño conejo gris, el segundo tenía en las manos una borla negra con motas blancas.

—Genial, ahora me siento un fracaso —la castaña respiró profundamente y volvió a intentarlo.

En esta ocasión, consiguió una perfecta borla marrón.

—Ese es tu estado natural, Wilson —soltó Brandon, sentada frente a ella, sonriendo con sorna.

—Quizá, pero al menos ya conseguí lo que había que hacer —indicó Sunny, desdeñosa.

Brandon miró su conejo, blanco y gris, y haciendo una mueca de fastidio, volvió a lo suyo.

Al finalizar la clase, Scott echaba humo por las orejas, ya que era de los pocos que recibió tarea extra en vista de que no consiguió la transformación ni una sola vez. Sunny y compañía, de forma prudente, se quitaron de su camino.

—Si en lugar de molestar personas se dedicara a estudiar… —criticó Paula.

—Pides imposibles —señaló Danielle, acomodándose la mochila al hombro.

Los demás rieron, aunque Sunny fue la primera que paró.

—¿Qué te sucede? —le preguntó Walter en un susurro.

La castaña negó con la cabeza, restándole importancia, justo al llegar al vestíbulo.

—¡Eh, amigos míos! —saludó Thomas a Hally y el resto, que venían de los jardines —¿Cómo los trataron las plantas hoy?

—Bien, ninguna nos mordió ni nada de eso —contestó Rose con una sonrisa —¿Qué creen que haya de almuerzo? Me muero de hambre…

—Lo mismo de siempre, supongo —respondió Henry, encogiéndose de hombros.

A los demás no les pasó desapercibida la indiferencia con la que el castaño habló, aunque los descolocó que Rose, lejos de iniciar una de sus frecuentes discusiones, se limitara a tomarlo de un brazo y lo arrastrara al interior del Gran Comedor mientras parloteaba sobre la última lechuza que le había enviado su madre.

—Muy bien, ¿qué sucede aquí? —quiso saber Ryo, frunciendo el ceño.

—No lo sabemos —reconoció Hally, torciendo la boca.

—Está así desde antes de salir del dormitorio —añadió Procyon.

Tras eso, decidieron entrar al Gran Comedor y dedicarse a almorzar, deseando saber qué le ocurría a su amigo en el transcurso del día.

Por su parte, ya sentados a la mesa de Gryffindor, Rose dejó escapar un suspiro mientras veía cómo Henry se servía salchichas.

—¿Gustas? —preguntó él.

—Sí, claro. Oye, ¿no vas a decirles…?

—No, debo acostumbrarme primero. Es algo tan raro…

Ella asintió, acercándose el plato que el castaño le había preparado.

—¿Cómo es? —quiso saber Rose tras unos segundos, sin lograr probar bocado.

—Rose, por favor… Si te lo conté fue para que no te preocuparas.

—Lo sé, lo sé. Perdón…

—No importa. Es extraño… Allí está todo, pero no me afecta. Ahora entiendo por qué…

Se detuvo, mirando hacia las puertas, por donde entraba el resto de sus amigos.

—Genial, todos están como tú —masculló, dejando escapar un bufido.

—¡Válgame! Ahora puedes decirlo desde antes que los veas, ¿no es genial?

—Eso ya podía hacerlo, pero no los distinguía tan bien. Por cierto, ¿qué decías de tu hermano?

—¿Qué, de Billy? ¡Ah, sí! Mamá dice que ya reconoce voces, como la de ella y de papá, y se ríe mucho cuando oye hablar a Belle, ha estado visitando mucho a mamá…

—¿Belle es tu prima que trabaja en Gringotts, no?

—Ajá. Va a todas partes con un amigo suyo, mamá dice que es un americano muy simpático.

—¿Quién es el americano simpático? —preguntó Hally.

—Un amigo de Belle, se mudó al país el año pasado. Es metamorfomago, ¿saben? Mamá dice que cuando va de visita, entretiene a Billy cambiando su cara. Quisiera ver eso…

—Mis primos también son metamorfomagos, ¿lo olvidan? —señaló Henry, sin mucho interés —Mi tío Anom se divierte viéndolos con el cabello de colores. Algo bueno, para variar…

—¿Por qué dices eso? —se preocupó Hally.

—Mi tía Tonks se marchó al continente.

Los otros tres intercambiaron miradas, sin entender del todo, hasta que Rose dio un respingo.

—¿A Francia? —inquirió en un susurro.

—¡Eso no es justo! —dejó escapar Procyon, con los dientes apretados.

Henry los miró sin expresión alguna, pero no le costó captar con su Legado lo angustiados que estaban. Aunque de Hally le sorprendía, ya que su padre seguía en Londres, dirigiendo el Cuartel General de Aurores. A veces ella parecía más empática que él.

—Sus padres fueron asignados al continente, ¿verdad? —decidió preguntar el castaño.

—Apenas me enteré ayer —confirmó Procyon, abatido.

—Igual yo —Rose trató de calmarse al esbozar una sonrisa, pero el gesto le salió tembloroso.

—Lo lamento —musitó Henry.

Sus palabras enfriaron el ambiente, ya que el tono de su voz no demostraba ninguna emoción.

—¿Se puede saber qué pasa contigo? —se impacientó Procyon.

—Todavía no. Pero no es malo.

Tanto su amigo como Hally se quedaron sorprendidos, pero decidieron confiar en él.

Hasta la fecha, no les había dado motivos para lo contrario.


Londres, Inglaterra.

Número 20 de Scottland Street, East End.

En la diminuta sala de una casa londinense, Acab Nicté Itzá se paseaba de un lado a otro, sin creerse que lo que más temía se hubiera hecho realidad.

Su nuera había sido enviada a una misión en el extranjero.

Cuando la metamorfomaga llegó el viernes anterior a decirles su asignación, Acab intentó mantener la calma, dejando que fuera su hijo quien diera su opinión al respecto. Lo desconcertó que Anom sonriera levemente, deseándole suerte a su mujer, antes de advertirle sobre toda clase de peligros y enseñarle un par de hechizos.

—Confío en ti —había dicho Anom con firmeza —En el enemigo es en el que no confío.

Así, Nymphadora Nicté se marchó a su misión, y como Anom últimamente hacía muchas horas extras, Acab era quien atendía cada necesidad de sus nietos.

Pero no se resignaba. Su hijo hacía bien en tener fe en las habilidades de su esposa, pero estaban enfrentando no a uno, sino a varios extranjeros que podían emplear trucos sucios para intentar ganar aquella guerra. Lo frustraba quedarse sin hacer nada en contra del desquiciado alemán que atacaba los sitios que quería por… No sabía por qué. Pero había que pararlo.

Unos gemidos, como débiles chillidos animales, detuvieron los paseos de Acab. Desconcertado, siguió el sonido hasta la habitación de los niños y la abrió con lentitud.

El cuarto tenía las paredes pintadas de un amarillo suave, decorado con varias ramas de árbol, entre las cuales se ocultaban óvalos que encerraban varios rostros, cada uno con un nombre debajo, en un largo pergamino desenrollado. Acab no terminaba de creerse que su hijo hubiera accedido a poner aquello en su casa, considerando que como su hermana, ahora usaba un guante en la mano derecha, o un hechizo de ocultación, cosa que no parecía molestarle en lo más mínimo.

El árbol genealógico era una reproducción bastante artística del que aparecía en un texto que se pasaba a través de las generaciones: Vida y Obras de la Ilustrísima Familia Nicté.Todavía no se creía que Anom tuviera semejante talento; los retratos le salieron prácticamente idénticos. Los únicos óvalos vacíos eran los últimos, a la cabecera de las cunas de los niños, donde podían leerse sus nombres y, con caligrafía tan pequeña que apenas se distinguía, su año de nacimiento. Debajo de ese número quedaba un espacio en blanco, como si faltara añadir algo, y Acab sabía qué era.

Se acercó primero a la cuna de su nieto. Akbal dormía todavía, acostado de lado, con el suave y escaso pelo en su cabeza de color amarillo canario, tal como el ave que le enseñó su padre la noche anterior en un libro de cuentos. Le sonrió con cariño antes de oír de nuevo los gemidos… que venían de la cuna de la niña. Se volvió lentamente, presintiendo lo que iba a encontrar.

Una criaturita cubierta de brillante pelo rosa alzaba la cabeza y lanzaba tenues alaridos, reclamando atención, intentando ponerse de pie entre la maraña de mantas de la cuna. De no ser por los ojos, de un nítido color gris, no lo hubiera creído.

—Qué bonita —susurró, acercándose a la cuna y metiendo los brazos dentro para cargar a la criaturita —Igual que tu padre, ¿eh?

La cosita rosada movió la cabeza, acurrucándose en el pecho de Acab, para irse transformando gradualmente en Alitzel Nicté, sin ropa encima y profundamente dormida.

Acab meneó la cabeza, sacando la varita para conjurar un atuendo que cubriera a su nieta. La niña no se inmutó, siguió durmiendo tranquilamente incluso cuando fue colocada de vuelta en la cuna, donde no tardó en acomodarse y sonreír. El hombre pensó que su hijo había tenido muy buen tino al ponerle aquel nombre, pero casi de inmediato su expresión se puso seria y miró la pared.

Alzando la varita, sumamente concentrado, hizo una floritura y bajo el año de nacimiento de Alitzel Andrómeda apareció la palabra Zoomorfismo.

Solo quedaba saber si Akbal Ted poseía también un Legado, aunque la idea de enterarse no le causaba a Acab el menor entusiasmo.


24 de abril de 2021.

Salem, Massachusetts.

Risco Rojo, residencia Malfoy.

La casa estaba inundada de montones de voces que se alzaban al mismo tiempo, cada una con su tema, pero invariablemente alegre. Abundaban los adultos, aunque algunas veces los niños hacían notar su presencia con alaridos de felicidad y algunos balbuceos.

Lionel Malfoy andaba de manera torpe sobre sus pequeños pies, esquivando gente que no conocía y uno que otro adulto que le era vagamente familiar. Llegó hasta la alta figura de su padre, ataviado con una túnica gris de broche plateado, y se sujetó a su pierna para llamar su atención.

—¿Ly? ¿Qué haces aquí, bribón? —saludó Patrick Malfoy a su primogénito, dejando por un instante la conversación que sostenía para inclinarse y tomar en brazos al niño —¿Qué pasa?

¡Patel, patel! —soltó el chiquillo, agitando la cabeza, cubierta de brillante cabello rojizo.

—De acuerdo, en un momento. ¿Dónde está tu hermano?

Ly señaló un sofá, donde la abuela Weasley estaba mimando a su gemelo.

—¡Qué precioso niño! —exclamó una de las brujas que conversara momentos antes con Patrick, de túnica verde esmeralda y cabello rubio muy rizado —¿Es el chico del cumpleaños?

—Uno de ellos —respondió Patrick, sonriendo levemente.

—¿De dónde sacó ese pelo? —inquirió un hombre de escaso cabello castaño y túnica morada.

—De su madre.

Ly, que había estado mirando a todos y riéndose, notó el cambio de voz de su padre.

, patel —volvió a decir, moviendo las manos en todas direcciones.

—Sí, sí… Le diremos a tía Judith, ¿de acuerdo?

Disculpándose con los otros dos, Patrick esquivó a varios grupos de personas antes de llegar a la cocina, donde un alegre trajinar le indicó que todo iba bien.

—¡Judith! —llamó el rubio, quedándose en la entrada de la cocina.

La nombrada alzó la cabeza desde el punto donde, Patrick sabía, estaba el horno. La joven mujer tenía sus ojillos azules abiertos al máximo, al tiempo que se sacudía las manos en un delantal blanco con flores amarillas bordadas en los bolsillos.

—¿Cómo está el guapo de Lance? —quiso saber, sonriéndole al niño.

—Es Ly —aclaró Patrick, haciendo reír a Judith —¿El pastel está listo?

—Falta un poco, mientras tanto comeremos. ¿Todo va bien allá afuera?

—Sí, claro. Te agradezco la ayuda, yo solo no lo habría conseguido a tiempo.

Judith se encogió de hombros, restándole importancia y sacándolo juguetonamente de la cocina.

—Anda, atiende a los invitados —le dijo a Patrick —¡Feliz cumpleaños, Ly!

El chiquillo rió y movió la mano a manera de despedida. Para cuando se dio cuenta, estaba sentado junto a su bisabuela, en el sofá.

—Molly, ¿podría cuidarlo un segundo?

—¡Claro, muchacho! Por cierto, bonita fiesta.

—Gracias.

De nuevo, Patrick esquivó invitados, saludando a unos cuantos con un movimiento de cabeza.

—Muy bonito, lo admito —comentó Ángel Weasley al pasar por su lado —Rebecca manda su regalo y muchos saludos, tuvo que quedarse en Avalon por unas prácticas.

—Dale las gracias de mi parte.

Finalmente, Patrick alcanzó la puerta que llevaba al estudio y entró allí con discreción.

En cuanto la puerta se cerró tras él, puso mala cara y observó a su alrededor.

El estudio, una habitación pequeña a comparación de la sala o la cocina, tenía una pared cubierta de libros en una estantería de madera oscura, de frente a la única ventana del sitio, que daba a la parte delantera de la casa. Lo que servía de escritorio era una curiosa mesa redonda cuya superficie podía ser girada, por lo que pocos objetos estaban allí, solo un tintero, una larga pluma y algunos pergaminos bajo un pisapapeles en forma de dos "W" en color magenta. Alrededor de la mesa se hallaban colocadas cuatro sillas y dos de ellas, para asombro de Patrick, estaban ocupadas.

—¿Qué demonios…? —dejó escapar el rubio con furia —¿Cómo se atreve a…?

—Cálmate, muchacho —pidió uno de los presentes, alzando una mano —Venimos en paz.

—Usted vendrá en paz, quizá, pero él no. ¿Cómo se le ocurrió traerlo a esta casa?

Patrick señaló a la otra persona, que no se dignaba a mirarlo por tener los fríos ojos fijos en un punto de la pared frente a él, aparentemente ausente.

—Además, de haber algo malo con él, tus hechizos le habrían bloqueado el paso.

Ante eso, Patrick no pudo evitar contorsionar el rostro, conteniendo la rabia.

—Quisiera decir que todos fueron mi idea, pero unos cuantos me los enseñó Will —comentó.

—Ah, ¿el mestizo? —indicó la otra persona con desgano, sin apartar la vista de donde la tenía.

—¿Cómo sabes que…? Olvídalo —Patrick borró la momentánea curiosidad de su rostro para volver a poner aspecto enfadado —¿Alguno va a explicarme qué sucede aquí?

—Pues no, al menos de momento. Necesitamos una casa de seguridad y…

—¡Ni hablar! ¡Él no se queda aquí!

Inconscientemente, Patrick se colocó ante la puerta.

—A tus hijos no va a pasarles nada —aseguró aquel que no miraba a Patrick, sin abandonar su semblante, apático y cansado —¿Cómo se llaman, por cierto?

—¿De verdad quieres saber?

—Te lo estoy preguntando, ¿no?

Patrick suspiró, intentando calmarse.

—Lionel Cástor y Lancelot Pólux —respondió —Son gemelos. Los llamamos Ly y Lance.

—Ah, ya. La costumbre que no se aplicó a ti. Fue cosa de tu madre, ¿lo sabías? Le parecía algo ridículo y anticuado. A propósito, ¿tu hermana vino en Semana Santa?

—No, tenía entrenamientos. Es capitana del equipo de quidditch, creo que te lo dijo.

—¡Bien por la damita! —exclamó por lo bajo el otro sujeto, sonriendo con orgullo.

—Oiga… ¿Sátiro, verdad? Estoy dudando del voto de confianza que le dio Frida.

El aludido, encogiéndose de hombros con desenvoltura, le dedicó una sonrisa amable.

—No dudes de ella, ¿quieres? La pelirroja era estupenda.

—Me dirá loco, pero creo que de haber estudiado juntos, habrían hecho un montón de bromas.

Ante eso, Sátiro se echó a reír, aunque de forma baja, con cierto respeto.

—Volviendo al tema, muchacho, tu casa es la mejor opción que tenemos. Piénsalo, no van a buscarlo aquí hasta que sea su último recurso. Saben que lo detestas.

—No se quedará aquí. Supongamos que tiene razón, ¿qué pasará si llegaran a descubrirlo? Me acusarán de ser cómplice, me arrestarán, me quitarán a Danny y a mis hijos…

—Es verdad —el otro personaje finalmente desvió los ojos y los posó en Patrick con un destello de comprensión, aunque seguían mostrándose gélidos, incluso impávidos —Te dije desde el principio que su refugio sería la mejor opción.

—¿Y cuántas veces debo decirte que apenas cabemos nosotros allí? —soltó Sátiro, mordaz.

—¿Qué tal el mundo muggle? —sugirió Patrick de pronto.

—¿Estás bromeando, muchacho? —Sátiro parpadeó innumerables veces, aturdido.

—Pues no. Solo habría que conseguir algunos documentos y hacer copias modificadas. Así podría pasar por uno de ellos, al menos por un tiempo.

—¿Me ves viviendo como un…? ¿Me ves como uno de esos, Patrick?

—Sinceramente, no. Pero te estoy dando soluciones. Si de verdad te odiara, te sacaría de esta casa sin miramientos. O mejor aún, te entregaría a los aurores.

—Ah, eso resultaría peligroso —indicó Sátiro con cierto nerviosismo —Uno de los hechizos que usé para sacarlo depende de que no descubran que lo que está su lugar es una copia mágica.

—¿Una copia? ¿Se puede hacer eso? ¿A qué pobre infeliz metieron en su lugar a Azkaban?

—A ninguno. Verás, es increíble la cantidad de hechizos que se olvidan con el paso de los años. Me puse a investigar un poco en la parte mágica de la biblioteca del Museo Británico y encontré algo muy interesante llamado Reflejo corpóreo. Básicamente, animas tu reflejo en el espejo. Creo que cayó en desuso por todos los inconvenientes requeridos para mantenerlo activo.

—¿Entonces en Azkaban está…?

—Su reflejo, al que mantiene activo mirándose a un espejo cada cierto tiempo, lo que aprovecha para ver el sitio con sus ojos y mantenerse al tanto de la situación.

Patrick estaba atónito. No creía que algo como eso pudiera existir.

—Los detalles del hechizo te los daremos después, pueden ser útiles —indicó Sátiro, sacando a Patrick de su estupor —De momento, aceptaremos lo del mundo muggle.

—¿Tú estás loco? —espetó el otro adulto, siseando con aparente desprecio.

—No, el que parece loco eres tú —Sátiro habló con tal seriedad que los otros dos se tensaron enseguida, con la sensación de haber oído algo así en otra parte —No tienes muchas opciones, así que no es el momento de tener prejuicios. Y bien mirado, menos te buscarán en el mundo muggle. Para esos Sinodales, sería como querer hallar un knut en una pila de galeones.

—Ya me había comentado Frida que sus frases eran anticuadas —comentó Patrick, ceñudo —Pero Frida confió en ustedes, y yo confío en ella, así que…

El otro iba a corregir la frase, pero se lo pensó mejor. Que la esposa de Patrick estuviera muerta no significaba que dejara de confiarse en su palabra.

—¿Puedes conseguir los documentos? —inquirió Sátiro, volviendo al tema en cuestión.

—Claro. En la oficina tenemos varios formatos en blanco, para las diligencias en el puerto muggle. Rellenaré algunos y los traeré. Pero se irá la cubierta al traste si usas magia, ¿entendido?

Patrick miraba al otro individuo presente con los ojos entrecerrados, casi retándolo a negarse cuando no tenía más alternativa.

—Bien, disfraz muggle será —acabó aceptando, a regañadientes.

—No es tan malo —aseguró Patrick, con una tenue sonrisa burlona —Por si no lo recuerdas, yo tuve que hacerlo una temporada. Puedo darte unos consejos.

—¿Por qué querrías dármelos?

—Danny me pidió que fuera a Azkaban al menos una vez, aunque no quiso decirme por qué. Así que es únicamente por ella, no lo olvides.

El otro movió la cabeza en señal afirmativa una sola vez.

Después de todo, nada de lo que había hecho dio resultado.


25 de abril de 2021.

Esjberg, Dinamarca.

Muelle 55.

Para ser primavera en el hemisferio norte, se sentía mucho frío. Quizá era debido a la brisa marina y a las coordenadas de aquel sitio.

—Se lo dije a Harry, esto es un congelador.

Ron Weasley metió las manos a los bolsillos de su abrigo marrón, mirando a su alrededor.

—Peor aún, no hay nada qué hacer —añadió Jim Black, de pie con la espalda muy recta y los violáceos ojos fijos en el agitado mar —Espero que no cambiaran de opinión a última hora.

—No digas tonterías, sería un desastre…

Ambos aurores, con los datos de que disponían, se habían pasado días vigilando aquel puerto, el más importante de los que Dinamarca poseía en el Mar del Norte, esperando la incursión de los seguidores de Hagen que querían tomar por asalto la prisión mágica de Azkaban. Sin embargo, tanto tiempo sin nada sospechoso se les hacía… sospechoso.

—Espero que el supuesto traidor no interceptara la información de tu amiga.

Ante la acotación del pelirrojo, Jim negó con la cabeza.

—Katy se ha vuelto experta en codificación. Además, no saben que tendremos refuerzos.

—Si es que llegan —el señor Ron se oía pesimista —¿Qué nos garantiza…?

Se calló de golpe. Al solitario muelle se acercaba alguien. Los pasos resonaban con demasiada fuerza, pues habían anunciado tormenta y la actividad marítima, suspendida hasta nuevo aviso, era prácticamente nula. No se veía a nadie más allí que ellos dos.

Y pronto, a su izquierda, fueron brotando algunas figuras entre la niebla, ataviadas con túnicas orientales y ocultando sus rostros con máscaras blancas con un sol rojo. Aún así, Jim y el señor Ron no bajaron la guardia hasta que una de las figuras, masculina y de túnica color azul marino, tendió un sobre de pergamino cuyo sello ostentaba el crisantemo de la Familia Real de Japón.

—Buenas tardes —saludó Jim con amabilidad, inclinando levemente la cabeza y tomando el sobre ofrecido, se lo pasó a su pelirrojo compañero —¿Con quiénes tenemos el gusto?

Aoi —respondió el de túnica azul marino, haciendo una pequeña reverencia, mostrando en su frente una tira de tela gris, con una espiral blanca de forma triangular dentro de un círculo blanco.

Nanju —declaró otro varón, de túnica color arena y una larga espada en la espalda. Lucía una larga tira de tela amarilla atada a la cabeza y en el centro de la frente, rodeada por un círculo del mismo color, una espiral blanca en forma de rayo que por un segundo, al señor Ron le hizo gracia, acordándose de su mejor amigo.

Uma —la tercera figura, un hombre alto y de túnica rojo sangre, alzó una mano, acomodando en su cabeza una tira de tela roja, con su respectiva espiral blanca en forma de flama circulada.

Hikari, a su servicio —declaró la última persona, una mujer de túnica oscura que se veía, curiosamente, un poco rosa; en el antebrazo izquierdo llevaba atada una contrastante tira de tela verde que lucía estampada una espiral blanca rectangular en el interior de un círculo también blanco. Su inglés era bastante bueno, y a los dos aurores británico la voz se les hizo familiar, aunque no sabían de dónde —Disculparán que no podamos decirles más.

—Entendemos sus… reglamentos —aseguró el señor Ron, conciliador —Somos…

—Black James–san. Weasley Ronald–san —interrumpió aquel apodado Uma, con marcado acento nipón —A diferencia de nosotros, sus identidades no son secreto para nadie.

—Sí, bueno… Son historias largas —Jim se encogió de hombros, tan atónito como su camarada de lo enterados que se mostraban los japoneses —¿Algo más que quieran compartir?

—Ubicamos al grupo enemigo la semana pasada, en la frontera con Alemania —respondió Hikari en tono profesional —Debido al plan de acción acordado previamente con su infiltrada, no les cerramos el paso. Otro de nuestros equipos lo está siguiendo de cerca mientras nosotros nos adelantamos con ustedes. Aoi–kun tiene un plan.

El mencionado, pasándose una mano por su revuelto cabello castaño, asintió.

—Antes que nada, ¿Dinamarca de qué lado está? No pudimos sacar nada en claro al llegar.

—Es neutral —contestó el señor Ron —Hagen no ha demostrado mucho interés en este país, quizá por su ubicación. Pero si se produce un ataque aquí…

—Buscamos que eso no sea necesario —acotó Aoi al instante —Queremos que Dinamarca vea la buena voluntad de la Coalición para defender a quien lo necesite, sea aliado o no. Al contrario de Hagen, nosotros le vemos unos cuantos beneficios a tener a Dinamarca de nuestra parte.

—¿Por ejemplo? —quiso saber Jim.

—Es uno de los países que envía Sinodales a Azkaban.

La respuesta automática y precisa de Uma volvió a sorprender a Jim y al señor Ron.

—¿Qué creen que pasaría si Hagen consiguiera poner a Dinamarca de su lado? —inquirió Hikari, con seguridad siguiendo la línea de pensamiento de Uma.

—Evidentemente, lo mismo que ustedes —apuntó Jim, ceñudo —¿Saben si quieren sacar de Azkaban a alguien en particular?

—No, lo sentimos —se disculpó Hikari —Eso no llegó a través de la Kumonosu, su infiltrada debió pensar que de tardarse más en enviar datos, no podríamos hacer nada.

—Perdón, ¿a través de la qué? —soltó el señor Ron sin poder evitarlo.

—Ustedes traducirían la palabra como telaraña —explicó Hikari con serenidad —Se refiere a que su infiltrada nos hizo llegar la información a través de varia gente entrelazada, dando rodeos, para que fuera más difícil que la interceptaran.

—O sea, eso es… ¿Una especie de red de comunicación? —sugirió el señor Ron, confuso.

—Algo así. Nuestro escuadrón usa a menudo esa clase de métodos.

—Por cierto, ¿qué manda su Emperador? Me refiero a la carta —recordó Jim.

Los japoneses intercambiaron miradas, o al menos eso pareció, no podía saberse a ciencia cierta debido a las máscaras que portaban. Finalmente, Aoi se aclaró la garganta.

—Es confidencial —indicó —Para su Ministro de Magia.

—Si les parece bien, hay que prepararnos —indicó Hikari con aplomo y los ingleses intuyeron que era ella quien estaba al mando del resto de los nipones —No tardaremos en recibir la señal del otro equipo y entones no nos quedará tiempo.

—¿Quiénes vienen en el otro equipo? —quiso saber Nanju, con voz grave.

Same–kun y el resto de Nagareboshi.

—¿Por qué tenemos dos elementos sorpresa en camino? —señaló Aoi, tenso.

—El mar —fue la escueta respuesta de Hikari.

Por algún motivo, el señor Ron y Jim presintieron que verían, con sus propios ojos, la extraña "magia sin varita" de la que habló Sátiro sobre el día del rescate de Ernest Macmillan.

Y ese detalle, pensaron, sería otro factor inesperado a su favor.


Mar del Norte.

Prisión Mágica de Azkaban.

Los Sinodales hacían sus rondas como de costumbre, con un ojo en el interior de los muros que resguardaban y otro puesto en el exterior, en la inmensidad del océano, embravecido por los vientos de una tormenta que no se decidía a caer.

Los reos estaban siendo regresados a sus celdas cuidadosamente tras uno de los momentos de esparcimiento que se les permitía en el transcurso del día. Uno de los Sinodales, muy alto y de espalda ancha, veía con cierto desdén a quien custodiaba, un hombre de cabello rubio platino y barba descuidada, que no hacía más que contemplar con indiferencia su entorno.

Draco Malfoy, aparentemente, se había resignado a su encierro.

Apenas iba a cumplirse el tercer año de su condena, pero los Sinodales sabían que les esperaba soportarlo por otros diez, debido al aumento que se ganó cuando se fugó para impedir la boda de su primogénito. Ninguno de los magos custodios sentía simpatía por él, pero no era algo tan malo, ya que pocas veces lo molestaban, ya no se diga dirigirle la palabra. Así que a nadie sorprendió que, de un tiempo a la fecha, Malfoy apenas hablara.

De hecho, la última vez que un Sinodal escuchó su voz pronunciando más de una oración fue cuando lo visitó su hija, en el pasado mes de diciembre.

—Anda, Malfoy, no tenemos todo el día —acotó el Sinodal, dando un empujón al aludido.

El rubio asintió de mala gana, con una sutil mueca de desdén, antes de seguir caminando hacia su celda, en uno de los niveles más altos y con mayor seguridad. Una vez que el recluso estuvo en la diminuta habitación que era su celda, el Sinodal la cerró con llave y varios hechizos, antes de marcharse refunfuñando por lo bajo, debido a tener que cruzar las escaleras móviles otra vez, lo que le llevaría un rato. Malfoy, al oír los pasos alejarse, se echó en su catre, frunció el ceño y sintió algo raro en los ojos, como el picor que antecedía al llanto. Aunque hacía años que no lloraba.

Después, las horas fueron pasando con increíble lentitud, siendo la única prueba de ello la escasez de luz solar. El silencio poco a poco se fue adueñando de los pasillos, pues los Sinodales preparaban en su sala de descanso el cambio de turno y algunos asuntos menores a resolver.

Por eso no se percataron de las apariciones.

La inhóspita isla estaba casi a oscuras cuando las figuras envueltas en capas negras comenzaron a llegar. Las capuchas les cubrían los rostros, aunque aquí y allá podían vislumbrarse mechones de pelo de distintos tonos de castaño y rubio, así como algunos negros y rojizos. Eran alrededor de una docena, que comparados con los altos muros de Azkaban, lucían insignificantes.

Pero para semejante misión, eran suficientes.

Una de las figuras se llevó la varita al interior de la capucha y acto seguido, de aquel hueco salió una voz distorsionada, similar a la de una estación de radio con interferencia, pero sin cortarse.

—Adelante, y no lo olviden: nada de bajas innecesarias.

Los demás asintieron, imitando el gesto con la varita uno a uno, antes de avanzar.

Desde las alturas, a través de sus minúsculas ventanas cuadradas, algunos de los presos podían contemplar el exterior, aunque no lo hacían seguido, acordándose de la libertad que varios de ellos no volverían a gozar. No era el caso de Draco Malfoy, quien tras pasar demasiado tiempo echado, decidió incorporarse un momento y relajarse con el vaivén del mar. Debido a la posición de su celda, tenía precisamente a sus pies el sitio donde las apariciones podían llevarse a cabo, pero apenas prestó atención a los fugaces movimientos de sombras que vislumbró, convencido de que sería algún efecto óptico de la noche que caía.

Hasta que distinguió la varita encendida de una de esas sombras.

Frunció el ceño, desconfiado. No creyó que fueran Sinodales, ellos lucían túnicas blancas como uniforme que cuales se veían fácilmente incluso cuando era noche cerrada en un lugar como ese. No, aquello era algo más, algo grave quizá. ¿Pero debía importarle? Que los Sinodales se las vieran con ellos. No era su problema.

Se retiró de la ventana sin advertir, debido a la distancia, que uno de los recién llegados lo vio e igualmente, pensaba que ser descubiertos por un prisionero no era de su incumbencia.


Llegaron al punto de aparición de Azkaban a tiempo para ver destellos dentro de los muros.

Ron Weasley había estado en la prisión mágica muy pocas veces, lo mismo que Jim Black. Pero ahora ambos sabían que debían hacer sus recelos a un lado, considerando que no había dementores allí desde hacía años, para solucionar lo que les esperaba.

El grupo de Hagen había esquivado su vigilancia.

Tras ellos dos, caminaban con paso firme los magos ninjas de Japón. Además de los cuatro que conocieron en el muelle de Esjberg, se les había unido el equipo que seguía a los partidarios del Terror rubio, tres hombres y una mujer, todos con la cara oculta por la misma máscara blanca con un sol rojo, además de vestir túnicas orientales en tonos oscuros que eran fáciles de camuflar en la oscuridad y tiras de tela de distintos colores que mostraban aquellas curiosas espirales en color blanco. Las noticias de ese equipo no eran nada buenas.

—Partieron antes de lo previsto —había dicho uno de los recién llegados ninjas, de túnica negra con cinturón blanco, que respondía al nombre clave de Hyumaki y cuya tira marrón con espiral en forma de montaña iba atada a su cuello.

Los ingleses contemplaron cómo Hikari meneaba la cabeza con desaliento antes de ponerse a hablar en japonés con un tono autoritario que no admitía réplica. No supieron qué dijo, pero por la respuesta que recibió en la voz grave y casi apática de otro de los recién llegados, de nombre clave Hiroshi (que como Nanju, usaba una tira amarilla atada en la cabeza, con la espiral blanca en forma de rayo), dedujeron que no estaba molesta, sino decidida a encontrar una solución.

—Tendremos que partir nosotros también —les indicó Hikari en inglés, tras deliberar por tres largos minutos con Aoi y Hiroshi —Este es el plan…

Lo escucharon y aunque un tanto arriesgado, Jim y el señor Ron lo aceptaron. No tenían más opciones y el tiempo apremiaba.

Por lo visto, una batalla había comenzado.

—Esto no era lo que tenía en mente cuando acepté la misión —masculló Uma, bromista.

—No es momento para eso —regañó Hikari —Weasley–san, ¿podría guiarnos a la entrada?

El pelirrojo asintió y se colocó al frente del grupo.

—Black–san, si saben un hechizo fonotraductor, es buen momento para usarlo —recomendó Hikari —No sabemos a quiénes nos enfrentaremos y debemos entendernos en todo momento.

Jim asintió y se apuntó con la varita a las orejas y a la garganta, sintiendo en esas zonas un leve cosquilleo que solo duró unos segundos. Vio de reojo que el señor Ron imitaba sus movimientos.

El silencio presionó los oídos de todos durante el poco tiempo que les llevó llegar hasta la entrada de la prisión, la cual hallaron forzada, con marcas de golpes y quemaduras.

Era evidente que habían usado tanto hechizos como fuerza bruta para abrirla.

—De acuerdo, todos saben lo que deben hacer —señaló Hikari y debido a la entonación de sus palabras, Jim y el señor Ron intuyeron que estaba hablando en japonés, aunque la escuchaban en inglés sin ningún problema —Suerte.

El grupo atravesó la puerta y casi de inmediato se separó. Jim y el señor Ron, por ser quienes conocían mejor la cárcel (al menos en teoría, por medio de mapas memorizados durante su paso por la Triple A), fueron los asignados a verificar el acceso a las celdas por las escaleras móviles, aunque habían insistido que era poco probable que alguien quisiera pasar por allí.

Se equivocaron rotundamente.

Al llegar, se toparon con varios tramos de escalera rotos, y unos cuantos más que, vibrando a más no poder, parecían detenidos a la fuerza para permitir el avance de unas figuras de capas negras. El señor Ron iba a lanzarse de lleno al ataque, pero Jim alcanzó a detenerlo con un gesto. Acto seguido, se retiraron de la entrada a esa área y Jim conjuró una criatura de humo plateado, un enorme perro, la cual se dividió en réplicas más pequeñas antes de correr en cuatro direcciones diferentes. El señor Ron asintió a ello y en esta ocasión, cuando quiso subir, Jim no solo le dejó el paso libre, si no que lo siguió a toda prisa.

Los intrusos no tardaron en notar su presencia y mientras la gran mayoría seguía su camino, dos de ellos se quedaron inmóviles, esperando a los ingleses, bajando sus capuchas en el proceso. Lo que había debajo era una especie de burla cruel, pensaron el pelirrojo y el de ojos violetas.

Máscaras blancas con soles negros. Eran dos nukenin.

—Esta resultó una noche bastante interesante —pronunció una voz masculina a través de una de las máscaras, seria y un tanto fría, que por alguna razón a Jim le sonó no conocida, sino similar a la de alguien más —¿Qué dices, Kagenie? ¿Los lanzamos al vacío o nos divertimos un rato?

—Como prefieras, Shinken —respondió una voz femenina desde la otra máscara.

Por su parte, el tal Shinken desenvainó una larga espada japonesa, una katana.

—Entonces lo segundo será —anunció el varón, colocándose en posición de ataque.

No tardó en cargar contra el que tenía más cerca, Jim, quien a duras penas esquivó el golpe. Alzó la varita, pero nada sucedió, con lo que recordó que Azkaban tenía fuertes hechizos para impedir el uso de magia de personal no autorizado. Los aurores colaboraban con los Sinodales estrechamente, pero no tenían permiso de conjurar nada allí, salvo en casos especiales. Frustrado, Jim se dedicó a defenderse como podía, sin saber qué hacer en esa situación. Para empezar, ¿cómo era posible que los intrusos hubieran usado magia para entrar?

En ese momento, una sombra pasó a su lado a toda velocidad y el sonido de metal contra metal resonó por todo el lugar, antes que Shinken pronunciara una sola palabra, en un cruel siseo.

Hiroshi.

El dueño del nombre clave, en tensión, no respondió. Mantuvo firme su propia katana, sin darle oportunidad de avanzar, al tiempo que junto a Jim se colocaba Aoi, empuñando una espada similar a la de su camarada, pero más corta.

—Por lo visto, Shinigami tenía razón —acotó la nukenin, ladeando la cabeza —Los ninjas leales a su Majestad participan en la Coalición. ¿Necesitas que me encargue del otro, Shinken?

—Creo que tendrías un pequeño inconveniente, Kagenie, ¿no es así, Aoi?

El recién nombrado, según notó Jim, se puso rígido enseguida, moviendo la cabeza en claro signo de mirar a Kagenie.

Hiroshi, cambiemos —indicó Aoi enseguida —Sabes que no podemos…

—No interfieras, Aoi —reprendió Kagenie repentinamente, bajando un par de escalones y sacando un par de armas cortas que a Jim y al señor Ron les recordaron a los tridentes, pero más pequeños y más afilados —¿O de verdad piensas que tienes alguna posibilidad contra Shinken?

Aoi apretó la mano con la que sostenía su espada con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Las palabras de su compañero lo devolvieron a la realidad.

—¿Por qué están de parte del Terror Rubio, Shinken? ¿Qué ganan ustedes?

—¿Acaso es de tu incumbencia? —soltó Shinken con desgano, pero todos pudieron notar que su katana seguía firme, sin retroceder ante la de Hiroshi —Lo que Führer–sama nos ofreciera a cambio de lealtad es confidencial. Solo respondemos ante Kagutsuchi y ante nosotros mismos.

Algo en esa frase debió alterar a Hiroshi, ya que su katana tembló de forma casi imperceptible, pero lo suficiente como para que Shinken ganara unos centímetros.

—Vaya, no sabía que tuvieras algo personal contra Kagutsuchi —ahora Shinken sonaba burlón, casi cruel, sobre todo cuando añadió —Claro, lo había olvidado… Yumemi, ¿verdad?

Hiroshi decidió romper con brusquedad el contacto entre su arma y la de Shinken, dando un par de pasos hacia atrás. Aoi, dubitativo, hizo ademán de adelantarse.

—Quédate en tu sitio, Aoi —mandó Hiroshi —Weasley, usted y Black adelántense.

—Aceptaré cualquier sugerencia que me den para hacer eso —gruñó el señor Ron.

Aoi, quita las armas del camino.

—Estaba esperando que dijeras eso.

Antes que Jim o el señor Ron supieran lo que había sucedido, las armas de los nukenin lanzaron un destello, deformándose lentamente, lo que desconcertó lo suficiente a sus oponentes como para que los dos ingleses aprovecharan la oportunidad de pasar a su lado a toda velocidad. Pero no contaron con que Kagenie alzara una mano, apuntando a Jim con el índice, antes que éste diera un traspié debido a un repentino, agudo y olvidado dolor.

Era como volver a sentir aquel Crucio en Londres, hacía casi un par de años.

—¡Eso no, Kagenie!

El malestar de Jim acabó tan rápido como inició, aunque lo descolocó por varios segundos antes que el señor Ron lo ayudara a enderezarse para seguir su camino. Ambos miraron por encima de su hombro y vieron que Aoi estaba peleando contra Kagenie, cosa que les pareció injusto por unos segundos hasta que la vieron apuntar con el índice hacia el pelirrojo.

—¡Te dije que no, Kagenie! —al tiempo que gritaba, Aoi lanzó otro golpe con su "katana" corta, causando que la ninja renegada abandonara su gesto para evadirlo.

—¿Por qué proteges a estas personas? —quiso saber ella, moviéndose con tal gracia que en otras circunstancias, aquello parecería la coreografía de un baile y no una pelea.

—¡Es nuestro deber! ¡Es nuestro juramento! Pero como lo rompiste, no creo que lo entiendas…

Los dos ingleses tuvieron que dejar de mirar, ya que llegaron a donde las escaleras detenidas se cortaban abruptamente. Se adentraron en un pasillo, oscurecido casi por completo debido a varias antorchas apagadas, y el señor Ron frunció el ceño.

—Este es uno de los niveles de alta seguridad —masculló —¿A quién querrán sacar?

Jim no sabía qué contestar, pero no hizo falta. Comenzaron a pasar celdas abiertas, donde la ausencia de sus ocupantes delataba el éxito de los intrusos en su cometido, hasta que de pronto, al de cabello negro se le hizo extraño hallar una puerta cerrada. Dejó que su colega lo adelantara para acercarse a mirar a través de la diminuta ventana cuadrada de la puerta, cubierta a media por una gruesa cruz de hierro, e hizo una mueca desconfiada.

Algo no iba bien, pero resultaba tan extraño que no sabía explicarlo. Agitando la cabeza, Jim se despabiló y continuó su camino, con la sensación de que algo más hacía inusual esa celda vacía.

Su respuesta estaba en el catre, pero no caería en la cuenta de ello sino hasta mucho después.


21 de diciembre de 2012. 8:05 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Feliz fin del mundo! (Bell recibe miradas asesinas). Bueno, ya, sé que eso no es cierto, y espero que no me toque ver algo así, la verdad. Además, ¿quién quiere que LAV quede inconcluso? Nadie, ¿verdad?

Nos topamos primero con el ambiente en el Cuartel General de Aurores bajo el mando de nuestro Harry, que debido a un aviso de Katrina Turner (¿quién echaba de menos a esta mujer?), ahora sabe que tienen a un traidor entre los que pelean contra Hagen, pero no saben quién es, así que se esfuerza por evitar el mayor daño posible. Como pudieron leer, Ron, Jim y Tonks se quedaron en Londres, pero fue por esto, que esperemos que no les traiga consecuencias.

En Hogwarts, Procyon y Rose se enteraron que sus padres se fueron al continente, aunque el primero está un tanto desconcertado de que Henry no se vea preocupado, ya que la esposa de su tío también se fue de misión. Seguro más de uno sospecha qué le pasa a nuestro castaño ojiverde, esperemos que se le pase pronto.

Acab, aparte de confirmar finalmente que uno de sus nietos tiene Legado (el otro sigue en suspenso, ¿ustedes qué creen?), está a disgusto con la marcha de Tonks. ¿Acaso sabe algo que ella no? ¿O es un simple presentimiento maligno debido a la guerra?

Luego, un momento a Estados Unidos, en el cumpleaños de los gemelos Malfoy, pero Patrick no disfruta del todo la fiesta por una visita inesperada. Uno de los desconocidos, Sátiro, ha llevado a alguien allí, un supuesto preso de Azkaban al que sacó, entre otras cosas, gracias a un hechizo muy curioso. ¿Quién es? ¿Por qué lo liberó el desconocido? Seguro tienen una respuesta para la primera pregunta, pero para la otra…

Finalmente, los escenarios que menos gracia nos hacen: un puerto de Dinamarca en el Mar del Norte y la prisión de Azkaban. En el primer escenario, Ron y Jim se encuentran con magos japoneses del Escuadrón Ninja, y quien lee Juuroku, sabe quiénes son, ¿verdad? (Bell suelta una risita). Mientras que en la prisión, la incógnita más importante es la que se hace Ron casi al final, ¿a quién quiere sacar Hagen como para haber mandado a su gente? Sobre todo a los ya mencionados nukenin (ninjas renegados), los aliados que consiguió en Shinitani, la cárcel mágica del Pacífico.

Sé que querrán lanzarme tomatazos y algunas Imperdonables, más cuando la publicación del presente quizá no sea hasta 2013 (Bell se va al refugio anti–bombas), pero estando tan cerca del final en la línea temporal destinada a LAV, me hallo con varios acontecimientos que quiero presentar antes de acabar esta entrega, pero necesito acomodarlos de tal forma que no se sientan más precipitados de lo que ya son. Así que espero que no quieran asesinarme.

Cuídense mucho y nos leemos a la próxima… que probablemente será el año que viene.

P.D. Al término de esta nota de autora, sigo esperando una Torre, pues la única propuesta que me ha llegado es de un personaje que ya está asignado.