Vacaciones de verano. Primera parte.
Para fortuna de Bones el primer año de academia militar había llegado a su fin. El día anterior los profesores les habían entregado la totalidad de sus notas e informes. El hombre había concluido los dos semestres con una calificación media de notable en sus asignaturas militares y de sobresaliente en las médicas, resultados con los que estaba más que conforme ya que para el curso siguiente tendría menos asignaturas militares y más de su especialidad. Si lograba mantener las calificaciones podría optar a pedir cualquier destino, incluso dentro de una base, y eso le hacía feliz.
El médico se disponía a empezar sus vacaciones de verano poniendo rumbo a su ciudad natal en la que se uniría a Joanna para pasar junto a ella las dos primeras semanas de julio. No tuvo necesidad de preguntarle a Jim lo que iba a hacer esas vacaciones ya que ninguno de sus familiares había podido ir a la ceremonia. Había visto cómo Winona le había llamado justo después de que el acto terminase para felicitarle por sus calificaciones: todo matrículas de honor, un dato que Pike le había filtrado a la mujer que no dudó en felicitar a su hijo cómo cualquier madre orgullosa haría, manteniendo la promesa de que en cuanto estuviese cerca de la Tierra iría a verle. Intuía que Jim iba a regresar a Iowa solo así que le propuso irse a Georgia hasta que su hermano regresase, a finales de julio, de la colonia en la que ahora estaba trabajando. Jim aceptó de inmediato mostrando una sonrisa auténtica.
Al anochecer llegaron a Georgia desde dónde se dirigieron a una pequeña ciudad en la que Bones había nacido y se había criado. En la última de las estaciones recogieron a Joanna que esperaba junto a Jocelyn. No queriendo inmiscuirse en la conversación de ambos adultos, Jim permaneció en un segundo plano hablando con Joanna, mirando discretamente a su compañero y ex esposa, sin duda alguna una mujer con un bello porte pero una severa mirada. Además Jim se dio cuenta de que su gesto osco arruinaba parte de su belleza, algo que reflejaba el joven rostro de Joanna. Jim se prometió a si mismo que trataría de evitar que la pequeña llegase a agriarse tanto cómo para mostrarse cómo su madre.
Después de cinco minutos Bones despidió a Jocelyn, sin tan siquiera un beso, un abrazo o un apretón de manos, y se acercó a Jim y a Joanna. La niña no dudó en alzar los brazos hacia él para que la alzase. Bones rió y la tomó en su cuello.
–Bueno muchachos, ¿que os parece si vamos a casa, dejamos las cosas y vamos a cenar fuera?
–¿Podemos ir al sitio de las mesas con jardines?
Bones rió.
–Son cenadores Jojo, pero sí, podemos ir. ¿Tú que dices Jim?
–Iré a donde la señorita nos quiera llevar– convino el rubio haciendo una graciosa reverencia que hizo reír a la niña.
Los tres tomaron un taxi hasta las afueras. El vehículo se detuvo en una zona de casas rústicas, bien cuidadas, ante una tan idílica cómo Jim se había imaginado: constaba de dos plantas, tenía un amplio jardín trasero con una piscina, altos techos que culminaban en tejados de gastada piedra negra y toda la casa estaba pintaba en color blanco.
–Es preciosa Bones– musitó Jim observando la construcción–. ¿Es tuya?
–Sí, mi familia vivió aquí hasta que mi hermana y yo entramos en la facultad. En ese momento mis padres decidieron mudarse a un piso en el centro. Tanto mi hermana cómo yo queríamos conservarla así que la mantuvimos. Cuando me divorcié de Jocelyn me instalé en ella . Finalmente la flota estelar se cruzó en mi camino y: aquí estamos ahora.
El médico abrió la puerta, por la que Joanna entró corriendo, seguida por un sorprendido Jim.
–Parece que nunca ha estado deshabitada.
–Mis padres la han abierto a principios de semana. Les avisé de que vendríamos y de que Joanna se nos uniría. Están impacientes por verla.
–Es normal– Jim dejó sus cosas a la entrada y comenzó a inspeccionar la casa–. Vaya Bones, ¿tiene dos salones? Ya sólo este es más grande que mi casa– rió el rubio–. ¿Puedo subir a la parte de arriba?
–Adelante– le invitó Bones–. Siéntete cómo en tu casa.
La inspección de Jim fue bienvista por Joanna que inmediatamente se ofreció voluntaria para enseñarle todos los rincones de la casa McCoy. Casi media hora después los tres fueron a sus respectivas habitaciones para deshacer las maletas y prepararse para salir de nuevo a disfrutar de una merecida cena.
Al día siguiente, y a pesar de que tanto Jim cómo Joanna estaban ansiosos por ir a visitar cuantos sitios les diese tiempo durante su estancia en la ciudad, todos los planes se vieron frustrados cuando Jim sucumbió al clima de Georgia.
–No me lo puedo creer– gimió el rubio–. Una insolación, empezar las vacaciones con una maldita insolación.
En cualquier otra circunstancia Bones se habría reído de él, pero sabía la ilusión que Jim tenía por complacer a Joanna y que le había llevado a levantarse a primera hora para desayunar junto a la pequeña. Tras arrastrar a Bones fuera de la cama, y obligarle a vestirse, el grupo había salido rumbo a un supermercado para hacer la comprar de los próximos días. Luego Joanna había insistido en ir al parque, lugar en el que todo se torció: tras apenas una hora de juegos bajo el sol Jim comenzó a sentirse mal mientras un incipiente dolor de cabeza se instalaba contra sus sienes. Decidiendo que era mejor regresar a casa, Bones logró dejar a Jim tumbado en el sofá mientras él y Joanna preparaban la comida.
Después del almuerzo Joanna les informó de sus nuevas intenciones: preparar galletas para la merienda del tío Jim para que así este pudiese ponerse mejor antes.
El gesto enterneció tanto a Jim que sólo pudo abrazar a la niña mientras esta le indicaba que se acostase a la sombra de los árboles del jardín, lugar en el que aún seguía, ahora junto a Bones.
–No es tan extraño– le dijo el médico pasándole un vaso con agua y haciéndole beberlo–. Hoy hace mucho calor, creo que estamos rondando los treinta y nueve grados.
–Santos cielos, es inhumano.
–No es tanto, en San Francisco hubieras pasado unas temperaturas similares.
–Esto en Iowa no pasaría– gimió antes de terminar el vaso de agua–. ¿Qué hace Joanna?
–Se está poniendo el bañador– informó Bones–. Ya ha terminado de hacer tus galletas curativas. Las he metido en el horno antes de salir así que en una hora podrás disfrutar de ellas.
Jim esbozó una sonrisa aún con los ojos cerrados.
–Tienes una hija maravillosa, Bones.
–Lo sé, y por eso me alegro que le saques más de quince años de edad.
El joven rió.
–La verdad es que aunque te libres de mi vas a tener que lidiar contra muchos moscones que tratarán de llevársela.
–Va a ser duro.
–Y tanto, pero puedes contar conmigo– el médico le miró alzando una ceja, Jim se encogió de hombros–. Mi puntería con el phaser es mejor que al tuya.
–Cierto– Bones alargó su mano, con el puño cerrado hacia él. Jim imitó el gesto y ambos chocaron sus puños en un gesto de camadería–. No me vendrá nada mal tu ayuda en este menester.
–¡Papá! ¡Tío Jim! ¡Voy a meterme en la piscina!
–Con cuidado cariño– dijo Bones a su hija que acababa de entrar en el jardín cómo un ciclón y ya estaba tirándose en el agua.
La tarde fue bastante tranquila, hecho que ayudó a Jim a recuperarse lo suficiente cómo para que a final de la tarde se metiese con Joanna y Bones en la piscina. Entre los juegos y las risas Joanna se detuvo mirando con el ceño fruncido a Jim.
–¿Qué pasa Joanna?
–Tienes una pupa tío Jim.
–¿Dónde?
Sin pudor alguno, la niña se acercó a él y dejó su dedo índice en el costado izquierdo de Jim. Lentamente desplazó su dedo hacia atrás, lugar en el que la cicatriz se desvanecía.
–¿Te duele mucho?
Bones, que había estado observando la escena con cautela, decidió intervenir para no poner en un aprieto a su amigo. Pero Jim habló antes de que él pudiera hacerlo.
–No Joanna, no me duele. Es una cicatriz.
–¿Cómo te la hiciste?
–Fue hace mucho tiempo, no me acuerdo muy bien.
Detrás de las suaves palabras de Jim, Bones pudo descubrir la mentira.
–Tuvo que dolerte mucho– concedió la niña inspeccionando ahora la espalda del mayor–. Parece cómo si tuvieras más.
Las manos de Joanna rozaron los lugares bajo la piel artificial de la espalda de Jim dónde las cicatrices se intuían cómo líneas más oscuras debido a la acción del agua clorada. A pesar del leve roce Jim se estremeció recordando tiempos pasados. Sin embargo Joanna interpretó aquel gesto de forma diferente.
–¿Tienes frío, tío Jim? Tienes que salir o te enfermarás, y mañana tenemos que ir al jardín botánico.
Sin poder oponerse a la petición de la niña, Jim dejó la piscina seguida por Bones y su pequeña que le instó a ducharse antes de bajar a cenar, prometiéndole que ella pondría la mesa. Agradecido, Jim subió a su habitación, tomó su ropa limpia, y fue hacia el baño.
La cena fue todo lo tranquila que la energía de Joanna permitió, pero una vez la niña estuvo acostada, Bones y Jim se sentaron en el jardín trasero cada uno de ellos con una taza de té en la mano a petición del médico para ayudar a que el cuerpo de Jim se recuperase por completo antes de un nuevo día.
–Lamento que Joanna te incomodase con sus preguntas.
–No importa– Jim observaba la taza entre sus manos–. Tenía que haberme cambiado la piel artificial antes de venir, llevo ya dos semanas con esta y empieza a desgastarse.
–Si quieres puedo ponerte una capa nueva mañana– Jim asintió–. ¿Has pensado alguna vez en recurrir a la cirugía para eliminar las cicatrices?
–No, cuando me las trataron me dijeron que debido a la forma en la que se habían hecho no podrían borrarlas de la piel.
El médico no ocultó su contrariedad.
–¿Qué? No puede ser, casi todas las cicatrices pueden eliminarse con un proceso láser casi rutinario– hizo un tímido gesto hacia la espalda de su amigo–. ¿Puedo?
Tomando aire Jim asintió. Dejó a un lado su taza y se quitó la camiseta dándole la espalda al médico que, con pulso firme, retiró la piel artificial por completo. Lo que quedó ante Bones fue un conjunto de retorcidas cicatrices que parecían no seguir un patrón concreto, pero fue dentro de ese caos dónde el médico encontró la respuesta a sus dudas.
–Te torturaron– musitó Bones mientras estudiaba las cicatrices–. Estas cicatrices de aquí… fue mucho. Las heridas estuvieron demasiado tiempo abiertas, por eso no pueden eliminarse ni con láser– terminó de decir el hombre más para si mismo.
–Eso fue lo mismo que me dijeron los médicos cuando me trataron– dijo Jim volviendo a cubrirse.
–Jim, no sé lo que pasó, pero te aseguro que nadie puede hacer nada cómo para merecer una tortura así. Sé que cubres las cicatrices para no avergonzarte, pero no deberías hacerlo. No fueron tu culpa.
El rubio soltó una amarga carcajada.
–Tal vez sí.
–No, Jim, no– el médico tomó a su amigo por los hombros y lo zarandeó con algo de fuerza–. Nadie debería recibir semejante paliza.
Soltando su agarre, Bones le observó, pero Jim sólo asintió antes de volver su vista hacia las estrellas. Habían pasado más de veinte minutos en silencio cuando Jim habló.
–¿Has oído hablar de Tarso IV, Bones?
–¿Qué?– el médico estaba sorprendido por la inesperada pregunta–. Sí, es uno de los casos de estudio en medicina por su importancia no sólo física sino psicológica debido a las secuelas de la hambruna.
–¿Puedes decirme algunas de esas secuelas?
Aunque la petición de Jim le pareció extraña, Bones respondió.
–Una inanición tan prolongada puede conllevar problemas de crecimiento, caída del pelo, roturas óseas inesperadas, problemas alimenticios…– el tono de Bones osciló cuando los siguientes síntomas llegaron a su cabeza–… pérdida de apetito, trastornos del sueño, aumento de intolerancias alimentarias– el médico se mordió con fuerza el labio–. Estuviste en Tarso IV.
–Fue hace tanto tiempo que aún me sorprende el poder recordarlo con semejante claridad– dijo Jim.
Sabiendo que cualquier cosa que dijese podría coartar a Jim, Bones se mantuvo en silencio mientras su amigo le revelaba el más oscuro episodio de su vida: cómo había ido a la colonia tras la separación de su madre, lo bien que se había sentido con sus tíos, los primeros indicios de la plaga, el hambre, las primeras muertes, el miedo, la huída, los supervivientes, la tortura…
Al finalizar el relato eran más de las doce de la noche. Bones aún parecía retener el aliento mientras Jim apoyaba su frente sobre sus manos y las lágrimas arrollaban sobre sus mejillas.
En ese momento Bones recordó parte de lo que había vivido con Jim: la forma alegre en la que se había presentado cómo su compañero, cómo le instaba a salir con él, las risas que habían compartido, cómo le había ayudado a superar sus exámenes de mecánica y combate, la forma en la que le había recibido en Navidad, cómo le había llevado a ver a Joanna, su expresión de completa felicidad al entregarle el tricorder cómo regalo de cumpleaños… Bones envolvió a Jim con sus brazos y lo apretó con el mismo cariño con el que abrazaba a Joanna.
–Tranquilo Jim– el joven enterró el rostro en su hombro–. Ahora estás aquí. Conmigo. Con Joanna– Jim dejó escapar un sollozo–. Vas a estar bien.
Jim rompió a llorar. Su llanto se prolongó durante largos minutos, tantos que Bones comenzaba a notar cómo sus brazos se adormecían pero, finalmente, las lágrimas dieron paso a un leve hipo que finalizó con un nuevo silencio del que ambos fueron partícipes durante varios minutos.
–Lo siento– musitó Jim.
Los brazos de Bones lo estrecharon con más fuerza.
–No vuelvas a decir eso Jim. No sabes cuanto te agradezco que me hayas contado esto porque, aunque aún no sé cómo, quiero ayudarte. Eres mi mejor amigo, y no hay nada que no haría por ti.
De nuevo Jim lloró, pero esta vez de una forma mucho más contenida. Bones esperó pacientemente a que todo el pesar del joven quedase aliviado.
–Ahora será mejor que vayamos a dormir– sugirió el médico.
–Creo que tendrás que ayudarme– Jim se alejó un poco del médico, pero no escapó de su agarre–. Mis piernas se han dormido.
El médico rió y parte de la tensión vivida quedó aliviada. Ayudando a Jim, Bones subió hasta la segunda planta de la casa, en la que se encontraban las habitaciones, y dejó a Jim en su cama poniéndose la ropa de dormir. Fue a su cuarto e hizo lo propio antes de regresar junto a su amigo, que le miró confuso.
–¿Qué…?
–Ahórrate tus preguntas– dijo el médico tumbándose en el lado derecho de la cama–. Estoy cansado y mañana será un largo día.
Reconociendo la intención de Bones, Jim se sintió agradecido y se acostó en el espacio libre de la cama. Se acomodó de lado, dando la espalda a Bones pero mirando hacia la ventana, y cerró los ojos.
–Gracias Bones.
–Duérmete ya.
–Buenas noches Bones.
–Buenas noches niño.
Nota: Si bien en el fic de "El inicio" y "El alzamiento" Bones se enteraba ya en la Enterprise de los acontecimientos de Tarso IV, lo he variado en este por que me parecía una buena escena.
Deciros que creo que acabaré este fic con 30 capítulos. A corto plazo voy a empezar uno de Cazadores de Sombras, y me gustaría escribir otro de Star Trek que ya tengo medio montado en la cabeza, pero no quiero empezarlo con otros dos fics de ST empezados, y menos con Thy'la desarrollándose (Thy'la es un gran reto y me cuesta bastante escribirlo para que quede bien, no quiero que me pase como en el Alzamiento). Así que este concluirá con el inicio del segundo año de academia de Jim y Bones (por si en el futuro lo retomo con una segunda parte) y una vez concluido podrán empezar los nuevos fics..
Por otro lado me gustaría mucho volver a agradeceros que sigáis leyendo mis fics; algunos de vosotros me habéis enviado preguntas en otros fics que ya he acabado, y no sé cómo responderos porque al no estar registrados no puedo enviaros mensajes directos xD
Y ya termino la nota: Muchas gracias por todo y nos vemos en los siguientes capítulos y nuevos fics.
