Chicas! Como no hemos llegado (ni de coña) al mínimo de reviews, aquí estamos, con un nuevo capítulo unos días más tarde! Ya sabéis, si con este capi llegamos a los mínimos, actualizaré mañana :) Y sino, en unos cuantos días! Imagino que, a la pereza habitual se le suma la cagada de que estamos en verano... -.-' Y por cierto... me voy este domingo de viaje, así que tardaré en actualizar a partir de ese día! Así que yo que vosotras comentaría mucho mucho... :P Dicho todo esto... vamos con otros asuntos!
Primero, la quedada española ya tiene fecha! :) El 12 de septiembre ^^ Espero que todas podáis ir (al menos la amplia mayoría lo marcásteis! :) ) Espero no volverme loca, porque odio a muerte whatsapp, pero hemos preparado un grupo para organizarnos por ahí (donde y como quedar, donde dormir, etc). Si vais a venir (o creéis que podríais venir) escribidme un mensaje privado (o por fb, o por twitter o por aquí! Por donde queráis!) con vuestro número de teléfono y os agrego! :) ¡No queda nada para ponernos cara! ^^ Así que venga, a movernos! :)
Por otro lado, sobre el fic, me han encantado los reviews y las teorías! :P Antes de nada, no os preocupéis, nadie sabía que Regina tenía magia! XD No os asustéis, no es que no recordéis algo del pasado :P De ahí que Snow se haya espantado... Y poco a poco podremos averiguar el cómo y el por qué! Y me encanta ver que todos odiamos a Snow (como dice BegoBeni12: "que alguíen le de dos hostias pero ya a Snow. Es que ni gracias da la tia!"), que Regina tiene las mejores respuestas y que Ruby es adorable hasta cuando la fastidia :P
Y la llama troll ha despertado uno de mis mayores temores al decir que "su teoría sobre quien es el que esta matando todo es... *redoble de tambores* GRAHAM! XD que ha resucitado en modo zombie gracias al Dr. Frankenstein"! Ahhhhhhhhhhhhhhhh. Graham. No. Graham. Caca. Pero menos el maldito Graham que jamás volverá... se aceptan teorías :P Qué creéis que pasará?
Dicho esto, espero que os guste este capítulo, que es de los largos y, además, tiene dos cosas que creo que os va a gustar mucho! :) Lo primero... algo que creo que muchas queríais conocer... o al menos, conocer con más detalle, y que me ha encantado escribir ^^ Y lo segundo... algo que nunca falla :P Espero que haya acertado y que esté capítulo, que encima es de los largos, os guste tanto como a mi!
Ya está, ahora sí que me callo, y ¡a leer! ^^
Regina naufraga en el azul de los ojos de Emma. Se ahoga, se deja hundir hasta que no hay nada más que ese azul. Nada más que Emma. Nada más que esos ojos que acaban de abrirse después de meses dormidos.
Las manos de la salvadora tiran de su ropa, exigen su cercanía. Y cuando estrella su boca con la de Regina, la alcaldesa aún sigue recreándose en ese azul vibrante, precioso, más intenso que cualquier hechizo. Incluso mientras se pierde en ese beso que es todo pasión, reconocimiento, dulzura y labios, su estómago se calienta con el recuerdo de su mirada.
Está despierta.
Emma está despierta.
No se irá a ninguna parte. Se quedará aquí. Con ella. Y la está besando. Oh dios, y de qué manera. La salvadora tiene otro súper poder y está concentrado en sus labios. Podría derretirse con sól…
¡Bum!
Un golpe que suena al estallido de una bomba. Es una bomba, de hecho. Porque Snow está detrás de ello con cara de asesina. Se separan, súbito. Como dos niñas pilladas in fraganti. Pero todos han visto el beso, todos son testigos de su momento. Henry, que sale corriendo hacia su madre. James que deja pasar a su esposa vestida de novia. Y Snow, roja de rabia.
"¡Apártate de mi hija!"
El berrido atraviesa a Regina y la obliga a temblar, acojonada. Pero hace todo lo contrario. Se pega más a Emma. Se agarra con fuerza a la cama. No puede separarse de ella. No quiere. Por favor, no.
Ha hecho mal. La envenenó. Lo recuerda a cada momento y está totalmente de acuerdo con pagar las consecuencias. De verdad que sí, pero no ahora, por favor. No ahora que Emma acaba de despertar.
Traga hondo. No contesta al berrido. Se queda congelada, aterrada. Henry es el primero en llegar y se interpone entre ambas. Empuja a Regina y la morena es incapaz de impedírselo a su hijo. Se coloca como parapeto entre ambas y Regina le mira con genuino terror. La está alejando de Emma y se le cierra la garganta. Pero Henry lo entiende como miedo por haber sido cazada y se coloca con aún más firmeza entre ambas.
"No, Henry, yo no…" murmura con la voz tomada, intentando acariciar el hombro de su hijo. Pero Snow sale a la carrera. Se interpone entre ellos, le agarra de la muñeca, fuera de sí.
"Aléjate de él, ¡de los dos!" gruñe furiosa. Sólo James se atreve a entrar al cuarto, siguiendo a su esposa. Los demás, médicos, enfermeras, el señor Gold, permanecen fuera, sobrepasados por la escena y por la maldición recién quebrada.
Ahora no son uno sino dos los que se interponen entre Emma y ella, y le cuesta ver el rostro de la salvadora entre ambos cuerpos. No, por favor. No me la quitéis, suplica para sí. Observa los ojos de Emma, ese azul que ahora tintinea confuso. ¡No, por favor!, lloriquea y actúa por impulso. Se abalanza hacia la cama, trata de agarrar la mano de Emma. Siente que si la toca, todo estará bien. No podrán separarlas, no. Pero no llega. Henry cubre a su madre con todo su cuerpo y Snow se cruza en su camino con la rabia de una fiera.
"¡Has perdido!" espeta fulminándola. Regina trata de buscar una salida, pero antes de poder moverse la retienen. Repara en un dolor punzante en su espalda. Algo le propina un tirón. Es James, está sujetando sus manos. Regina lo intenta una vez más embistiendo contra ellos, hacia la cama, con todo su cuerpo. Pero él hace acopio de sus fuerzas y Regina no tiene nada que hacer. Un dolor agudo rodea sus muñecas. James las está atando sin ningún cuidado, con un estetoscopio. Inmovilizándolas hasta prácticamente cortarle la circulación. Como si las temiese. Como si aún tuviera magia. Pero no. ¡No la tiene! Y aunque así fuera no les dañaría. ¡Y mucho menos a Emma! La acaba de despertar. Ha sido ella. ¡¿Acaso no lo ven?! Tira, se retuerce, trata de soltarse y James aprieta sin clemencia. Regina grita de dolor y se dobla tratando de reducir la fuerza de su agarre, los pinchados de esta tortura. James aprovecha para someterla contra el colchón , terminar de atarla y fijar el agarre.
"Nosotros ganamos" insiste Snow enseñando sus dientes.
Regina quiere responder, pero está apresada, contra las sábanas y le cuesta hasta respirar. Boquea y mira a todas partes. No puede hacer nada. Y lo que es peor, nadie hace nada por ella. Traga, gime. ¿Cómo ha podido ocurrir esto? La ha salvado. ¡Lo ha hecho ella! Y lo único que ruega es que la dejen a su lado, ¡por favor!
James tira de las esposas improvisadas, poniéndola en pie de nuevo y ella aprovecha para llenar sus pulmones. Pero antes de poder hablar, la empuja lejos de la cama.
"¡Emma!" grita por pura desesperación. La paciente se sacude sobre la cama, trata de responder a esa llamada a pesar de su confusión. Es puro instinto animal. Pero Henry está en medio y Snow prácticamente no permite que se mueva. Regina está cada vez más lejos, más histérica, más rota. "¡No, por favor!" berrea y pelea por soltarse. James reacciona a tiempo y pasa los brazos alrededor de ella, reteniéndola contra su cuerpo, evitando que pueda mover los suyos. "¡DEJAME!" suplica al borde de las lágrimas, de la desesperación. Y Emma intenta levantarse, seguir la escena, los gritos. Pero al incorporarse tan rápido su tensión, débil y casi desaparecida, se viene abajo. Su mente se nubla, sus ojos se cierran sin objeción. Se desploma sobre el colchón, inconsciente, sobrepasada.
El tiempo se congela durante un segundo. Nadie dice nada. Todos miran asustados a la salvadora. Y Regina es, otra vez, la primera en reaccionar. Su salvadora. ¡¿Qué le ocurre a su salvadora?!
"¡Emma!" grita a pleno pulmón. La gente a su alrededor vuelve a reaccionar. Snow y Henry se vuelcan sobre ella preocupados, los médicos pasan corriendo al cuarto y James regresa a su tarea de sacarla de allí. A como dé lugar. "¡Para!" chilla fuera de sí. Emma la necesita, ¿qué le ocurre? "¡Déjame!" patalea, levanta las piernas en el aire y trata de oponerse, de soltarse. Pero no es rival para la fuerza de James y él ni se inmuta. Esquiva incluso un par de patadas y aprovecha para moverla hacia la puerta. Regina cierra los ojos, buscando el último acopio de fuerzas. Pero no sirve de nada.
Al abrirlos, James sigue reteniéndola y Snow, cerca de ella, sonríe y le tapa la boca. Regina abre los ojos aterrorizada, mirando su sonrisa maquiavélica. Regina está tan asustada que ni siquiera repara en que la habitación del hospital ahora es el dormitorio principal de su mansión. No, está demasiado nerviosa, demasiado agotada para darse cuenta de que Emma ya no lleva el camisón de enferma, sino su cómodo pijama y que no está desmayada, sino plácidamente dormida.
Si no fuera porque James la saca a la fuerza mientras Snow la calla, podría apreciar que Henry ya no está protegiendo a Emma, sino durmiendo tranquilo junto a su madre, donde antes también estaba Regina. Si no estuviera tan angustiada, Regina distinguiría que algo no marcha bien, que algo ha cambiado, que está en mitad de un sueño. De una pesadilla. Pero no puede. Solo logra pensar en que se la llevan. La alejan de ellos y no puede hacer nada.
"¡No!" suplica desesperada contra la mano firme de Snow.
"No te oyen… no les importas."
"¡Por favor, para! Son mi familia, ¡no podéis hacer esto!" llora fuera de sí, rota y desesperada. Pero su voz se amortigua y desaparece contra los dedos de Snow. "¡Emma! ¡EMMA!"
El último grito retumba. Retumba de verdad por encima del silencio del cuarto. Por encima de la mano de Snow. Nada restringe su grito porque esta vez sí grita de verdad. Fuera del sueño y tirando de pulmones y agonía.
"¡Emma!"
"¡Regina, despierta!" Esa orden suena cerca, urgente, preocupada... Y suena a Emma. Regina no entiende nada. Su cerebro se aturulla, todo pierde sentido.
"¡REGINA!" persiste y el grito la devuelve a la realidad. Al plano en el que la está oyendo. Abre los ojos, confusa, desubicada, con el corazón encabritado.
Vuelve a estar en su cuarto. O más bien nunca se ha marchado de él. Pero este es diferente. Más real, menos tenebroso. Y, sobre todo, sin James ni Snow. Solo Emma erguida y a su lado, mirándola con gesto de alarma.
"¿Estás bien?"
Regina se frota los ojos, se apoya en sus codos, niega con la cabeza restándole importancia. "Si, solo un mal sueño. No te preocupes..." trata de forzar incluso una sonrisa.
"¿Y a mí que me ha sonado a una pesadilla se las grandes?" responde acusica y acercándose.
Carraspea. "No ha sido para tanto…"
Los ojos de Emma se clavan, obstinados. "Estabas temblando y has gritado mi nombre"
Regina mira sus manos detenidamente sabiéndose pillada. "Un muy mal sueño..." suspira.
Deja salir un suspiro benévolo, recordando la conversación que tuvieron al regresar a casa. "Ven aquí señora de 'no,-no-me-ha-afectado-ver-a-tus-padres'". Estaba convencida de que Regina no estaba tan impertérrita como quería aparentar, pero no quería forzarla. Y ahora Regina sufre las consecuencias a modo de pesadillas.
Los brazos de Emma rodean su cuerpo como una cariñosa enredadera y Regina se deja acunar y suelta una carcajada. En el fondo, lo dijo en serio. No le ha afectado ver a sus padres. Solo el ver a su madre.
"¿Qué has soñado?"
"Qué más da..."
"Pues da mucho…" masculla con un aderezo de regañina. "Hacía semanas que no tenías una sola pesadilla. No quiero pensar que ese ratito con mi madre te haya removido tanto... Cuéntame qué hizo"
"Nada" responde escuchando a su corazón calmarse y alcanzar las pulsaciones del de Emma.
"Eso has dicho antes y ya no me lo creo"
No se detendrá, imagina Regina. Se acurruca contra su cuerpo. No disfruta hablando de Snow. ¿Y quién querría hablar de ella estando en un lugar tan apacible como este?
"Lo de siempre..." farfulla desganada. Pero Emma necesita más, reclama más. No puede ver así a Regina, se le parte el corazón y no quiere más que tranquilizarla y aniquilar ese mal recuerdo. "Que si ella me conoce y sabe quién soy realmente, que si quiero hacerte daño y destrozarte la vida y que lo impedirá… Etcétera, etcétera, etcétera" murmura perdiendo la voz. "Lo de siempre..."
"Blanca toca cojones Nieves…"
Se ríe suavemente. "Eso"
"¿Y?"
"Y nada..."
"¿Me estás diciendo que eso no te ha traído a la memoria malos recuerdos…?"
"No" pero quiere decir Sí. Y se pierde aún más contra la piel de Emma, buscando consuelo y calor.
"Ya…" murmura la salvadora contra su pelo, estrechándola hasta que no corre una gota de aire entre ellas. "Pues se equivoca, como siempre. No me has destrozado la vida. Al contrario, has hecho que empiece a vivir"
Regina no contesta nada, pero suspira, sonríe contra su cuello. Ya tienen algo en común. Emma es su vida. Y Henry. Y esa casa de la que técnicamente tiene prohibido salir.
"También dijo que habría consecuencias..." susurra abriendo la puerta a su verdadero temor.
"¿Cómo qué?" rezonga arrugando la nariz y alejándose hasta mirarla. "¿Te va a poner dos tobilleras?" cuestiona. Su madre y su gran facilidad para meterse donde no debe…
Regina se ríe. "Con lo bien que funcionó la primera no creó que se limite a eso"
"Pues nos lo saltaremos, como todo lo demás. Sabemos cómo hacerlo"
"Si, y ahora ella también sabe cómo lo hacemos"
Emma gira el rostro. "¿Eso es lo que te preocupa?" murmura elevando las cejas. "No lo sabe todo… Y aunque sepa algo, no puede detenernos"
"Ya..." suspira. Pero no está convencida. Y se nota a leguas. "Pero ahora que sabe lo de la magia... ¿Cuánto crees que tardará en volver a la caza de brujas? ¿En acusarme de ser un peligro para la ciudad?"
"Tú no tienes la culpa de tener de vuelta tu poder... No lo has buscado, no es cosa tuya, no es cosa de nadie" El susurro de Emma repite una conversación que han tenido cientos de veces antes. "Y esto debería servir para que mi madre entienda que, a pesar de tener magia de nuevo, no la has usado..." Regina sonríe de medio lado, elevando ambas cejas. "Bueno..." se retracta divertida. "No la has usado contra nadie, ni para hacer el mal, ni para fugarte de aquí y dejar a todos atrás..."
Regina deja caer su mirada, sin convicción. "Claro... Y tu comprensiva madre lo entenderá así"
Los dedos de Emma delinean la suave mejilla de Regina y se recrean en ella. "Tienes el mismo ánimo que durante las noches en comisaria"
"Puede..." admite dejándose caer sobre su mano. Son más de las cinco y media de la madrugada y Emma está dulcemente entregada a consolarla sin importar qué hora es. Pero el desagradable recuerdo de la pesadilla se entremezcla con el de la conversación con Snow y aunque el desasosiego va convirtiéndose poco a poco en una leve inquietud, aún colea dentro del ánimo de Regina.
"Vivimos aquellos días temerosas de las consecuencias. Y lograste que todo saliera bien"
"Puede..." repite y eleva la cabeza hacia ella. "Pero no quiero que tu madre vuelva a tener la sartén por el mango. Me aterra que si eso ocurre las cosas no salgan igual de bien"
Emma sostiene su barbilla con una caricia, obligándola a mantenerle la mirada. "¿Confías en mí?"
"Como tú bien dijiste una vez, en ti confió. Es en ella en quien no"
Emma se ríe, al verse referida tan oportunamente. Pero a pesar de ello, persiste. "Pues confía en mí. No hará nada y, aunque lo intente, no saldrá bien. Los buenos siempre ganan…" susurra. "Y si nada de eso funciona, mandamos a Henry a que ponga esos ojitos de cordero degollado que tan bien se le dan" celebra de repente infantilmente orgullosa de su gran idea. La morena se ríe, lo hace con ganas, aliviada, un poco más tranquila y prendada de esa increíble mujer. "Mi madre no es tan cabezota pero, aunque lo fuera, no tiene fuerza suficiente para romper esta familia. Créeme..." murmura y la besa. "Me despertarse con un beso... eso no lo fastidia ninguna suegra malvada"
Regina sonríe atolondrada. ¿Quién dijo preocupaciones? "Vale..."
La sonrisa de Emma, plácida y tranquila, es un cartel luminoso que avisa de que la crisis está más que superada. "Y ahora háblame de ese sueño..."
Regina mira a un lado, haciendo memoria. Siente que se lo ha contado un millón de veces. Es la misma pesadilla que sufrió durante los primeros días. "No era gran cosa… Tú estabas en la cama del..."
"Oh..." interrumpe subiendo y bajando ambas cejas de forma sugerente. "Así que era uno de esos sueños… ¿Y qué me hacías en esa cama? Porque estabas gritando mi nombre..."
"No era ese tipo de sueño..." refuta riéndose.
"Tú gritando mi nombre… Yo en la cama… ¿A quién intenta engañar, reina malvada pervertida?"
"¡Emma!" exclama atónita y sin dejar se reír.
"Cuéntame más... ¿Yo estaba vestida o ni eso?"
Regina entra al juego, sin evitarlo, sin enterarse si quiera. "Sí, con un pijama de felpa"
La salvadora entrecierra los ojos. "Uffff, qué sexy, ¿no?"
"Mucho..." ronronea.
"¿Y qué hice para que gritaras mi nombre?" cuestiona elevando una ceja, dejando escapar lentamente el cuerpo de Regina. La salvadora se recoloca a su lado, casi sobre ella.
"Eso…" susurra acariciando sus labios. "…queda entre la Emma del sueño y yo..."
"¿Ah sí…?" la pregunta roza la punta de sus dedos con un vibrato que retumba hasta los pies de Regina y la sacude sin compasión. "Puede que no tenga ese irresistible pijama de felpa, pero seguro que puedo hacerte gritar de nuevo..."
"No sé…" jadea. Y no está sólo respondiendo a su propuesta. Es también un resumen de su estado, de su ánimo. No sabe cómo, pero está sonriendo, excitadísima y sin rastro de esa húmeda tristeza con la que había despertado. Nada. Y no sabe cómo. Pero Emma tiene la culpa. "Es que el pijama era la clave" murmura con voz ronca tratando de seguirle el juego, de alargarlo hasta que la sobrepase. Pero su salvadora ya ha alcanzado ese punto de no retorno.
"Échale imaginación..." gruñe antes de precipitarse contra ella, igual que un águila en descenso. Pero ella atrapa a su presa con un beso encarnizado en lugar de usar sus garras. Regina cierra los ojos, se deja envolver y yergue su cuello cuando la boca de Emma exige más. Advierte los largos dedos de la salvadora colarse bajo su cuello, sostener su nuca hasta hacerse con el ritmo del beso. Claro que podría gritar su nombre. A todas horas. Y si no lo hace es sólo por no asustar a su hijo y por no parecer una loca desequilibrada. Pero Emma tiene esa facilidad de desbordarla, de llenarla de una felicidad que la inunda y la obliga a querer gritarlo a los cuatro vientos. Quizás sí que está un poco demente. Pero es culpa de lo que Emma despierta en ella.
Y ahora mismo lo que está despertando es hambre. Si estuviera de pie, sus rodillas se le habrían vencido al segundo beso. Pero en su lugar está atrapada, bajo el cuerpo de Emma y sólo quiere restregarse contra ella sin importar lo animal que parezca. Lo necesita. Tarda un par de gemidos en percatarse de que ya no hay beso y de que los dientes de Emma están clavados en su cuello. Gime sobresaltada por el movimiento y por el doloroso mordisco. Oh, dios… Si continua así, no tardará en gritar su nombre.
Pierde sus dedos entre los mechones de Emma. Cierra los ojos, sus dientes se clavan sin medida en su labio inferior. La salvadora desciende y lame sus hombros, de izquierda a derecha, sin piedad, sin prisas. Muerde su hombro, ese hueco tierno y desvalido entre el brazo y el cuello, y Regina se sacude sin control. Emma desliza sus manos por las costillas y agarra un pecho por debajo. Tortura el pezón con el pulgar y sonríe cuando los sonidos de Regina pasan a un nivel mucho más gutural. Decide tantear el otro pecho pero recurre a la boca y la piel se frunce ahí donde la toca. Lo besa con la boca abierta, muerde y vuelve a lamer.
"Oh, sí…" masculla Regina entre dientes. Arquea su cuerpo, se pega a Emma. Su estómago se contrae involuntariamente cuando las manos de la salvadora la arañan. Y tiembla aún más cuando desciende la boca. Los labios de Emma adoran, recorren y saborean cada centímetro de piel. Emma se está dando un banquete, un banquete que están disfrutando las dos. Algo que demuestra la humedad que palpita entre las piernas de ambas mujeres. Pero es la salvadora quien lleva la voz cantante y deja de lado su necesidad para entregarse a esta deliciosa exploración. Arquea la espalda, desciende más allá del estómago de Regina, más allá de su ingle y se relame.
Y la sola imagen de la espalda curvada de Emma, de sus ojos clavados en los suyos, junto a su cadera, entre sus piernas, con esa sonrisa depredadora, le obliga a cerrar los ojos. A jadear y clavar los dedos entre los mechones rubios.
Emma acepta la orden tácita y se hunde. Se abre camino con un solo lametazo, profundo, certero. Y ahí lo tiene. Su nombre a gritos:
"¡Emma!" gime Regina empujando su cabeza aún más contra su humedad. "Sí, ¡sí! No pares…" Está fuera de sí, aunque intente no gritar más. No viven solas… Pero ese es todo el autocontrol que puede alcanzar. Más allá de esa línea, no domina nada, no controla nada. Es un muñeco en manos de Emma, entregada a su voluntad. Y a pesar de esa confusa sensación de indefensión, se siente bien, segura, protegida. No se cansa. Jamás se cansará de esa forma que tiene su cuerpo de responder a Emma. Cada molécula de su ser revive y se entrega, y se pierde en ella sólo para volverse a encontrar. Es mucho más que mera excitación, que simple sexo. En ese preciso instante el mundo desaparece, sólo quedan ellas y Regina siente que lo tiene todo. Se siente ella misma, se siente libre, se siente completa. "Emma… Dios" gruñe al notar su boca jugando con la tierna carne, chupando sin compasión. Sus caderas se encabritan con el contacto, y la salvadora se ve obligada a dominarlas.
Emma acomoda los hombros entre las piernas de Regina, aprieta la parte interna de sus muslos, la obliga a permanecer abierta para ella. Sus manos terminan bajo la cadera de Regina, empujándola contra su boca, impidiendo que se aparte de ella por culpa de los espasmos y escalofríos que comienzan a recorrerla. A pesar de tenerla bajo control, advierte que Regina comienza a moverse a su propio ritmo, cada vez más rápido, más descontrolado. Y Emma se suma con el movimiento de su lengua. Profundiza entre sus pliegues, lame la humedad que emana sin freno y se dedica especialmente a ese nudo de nervios que obliga a Regina a morder sus labios, cerrar los ojos y elevar la barbilla hacia el techo. Está a punto, tanto que si Emma dijese su nombre contra su centro, solo el aliento de su boca y su voz serían suficiente para llevarla al orgasmo.
Pero Emma tiene otra idea para el golpe de gracia. Aparta una de sus manos de su cadera. Se escapa hasta arañar el muslo oliváceo y un suspiro después su ingle. Regina está demasiado perdida, hundida en un mar de sensaciones, disfrutando de cada cuerda de su consciencia que se va rompiendo, que va dejándola libre, desconectando su mente de su cuerpo. Tan perdida que no advierte esa mano tránsfuga hasta que dos dedos la atraviesan de un solo movimiento y toda ella se contrae con un gemido de bendito placer.
No puede vocalizar. No queda saliva en su boca. Pero, oh dios, sino le deja claro a Emma lo mucho que lo está disfrutando. Los dedos de sus pies se contraen, tiembla y se empala en esa deliciosa mano, se pega a su boca y jadea. Una melodía que aturde a Emma y la acerca al borde del delirio. La salvadora acelera el ritmo. Chupa con ansia, entra y sale de Regina sin pausa. Al menos hasta que Regina se agarra con fuerza a sus hombros, clavándole las uñas, y los dos dedos quedan atrapados en su interior cuando el orgasmo la desborda.
Aguanta ahí, contra Regina, dentro de Regina, dejándose inundar por su olor, por los gemidos que la atraviesan, por su forma de agarrarse a ella. Y sólo cuando los brazos y la cadera de Regina se desploman sin fuerza, Emma aleja satisfecha su boca y su mano de su centro, advirtiendo la forma en que su cuerpo reacciona y tiembla por el recuerdo del orgasmo a pesar del cansancio. Y desde ahí, a los pies de la cama, la mira con una sonrisa traviesa y complacida. Y los ojos marrones le devuelven esa sonrisa pícara, ufana, y tan íntima y de ellas como lo es ese momento.
Emma apoya los brazos, uno a cada lado de Regina, dispuesta a reptar por ella, hasta alcanzar su rostro. Pero la morena tiene una idea mejor.
"Para" ordena con la voz ronca y los ojos brillantes. La rubia obedece automáticamente, convirtiéndose en una estatua. Las piernas de Regina se cuelan entre las de ella con una lentitud provocativa. Emma se deja hacer. Permanece quieta incluso mientras los pies de Regina empujan sus rodillas obligándola a ponerse de cuclillas. Queda a dos patas, sobre las caderas de Regina y sin opción a cerrar las piernas. Es consciente de lo cachonda que está, de lo húmeda que permanece. Posiblemente, Regina, desde su horizontal postura pueda ver el brillo que resplandece desde el centro de Emma. Sí, posiblemente. Y eso explicaría su gesto entre hambriento y juguetón. "Yo he gritado tu nombre…"
"Oh, sí que lo has hecho…" susurra lamiéndose los labios expectante.
Regina suelta una carcajada de medio lado. "Y ahora quiero verte cabalgar, quiero que tú grites el mío, y quiero verlo todo…" gruñe atacando el estómago de Emma con sus uñas. Marca un sendero rojo que obliga a la salvadora a gemir desde lo más profundo de su garganta y a usar toda su fuerza para no caerse sobre ella.
"Vale…" Es todo lo que logra decir mientras trata de no cerrar los ojos.
"Bien…" ronronea Regina. Y sin previo aviso su mano recorre de abajo arriba el centro de Emma y la rubia exclama como el mejor de los instrumentos. Dedicarse en cuerpo y alma a Regina ha nublado su propia necesidad. Pero su cuerpo no entiende de prorrogas y está entregado a la morena y a todo lo que tenga pensado para él. Tan sensible y predispuesto que Emma duda de ser capaz de aguantar más de un asalto.
Las caricias sobre su centro son certeras, traviesas y tan jodidamente expertas que se muere por derretirse y desplomarse sobre Regina. Pero la morena ha sido muy clara. Quiere verla cabalgar su mano, y ella lo intentará. Cueste lo que cueste.
La mano de Regina se sumerge en ella, aparta sus labios, resbalando con la facilidad de quien se mueve entre lagos de excitación. Dos dedos se bañan en esa misma humedad y tantean su entrada, con empujones provocativos.
"¡Sí, Regina, sí!" reclama mordiendo su labio y agarrando las sábanas de su cama. Regina escucha sus plegarias y va más allá. Introduce dos dedos hasta tocarla tan adentro que Emma se deshace en un segundo grito. "¡Regina!" Música para sus oídos.
Emma cierra los ojos y deja que su cuerpo se acostumbre a la maravillosa sensación de esos dedos en su interior. Cuando recupera unas gotas de control, marca el ritmo y comienza a moverse contra esa mano, subiendo y bajando, obligando a Regina a atravesarla una y otra vez. Esta cabalgando, tal y como ordenó Regina, y tocando con la punta de los dedos el orgasmo.
Regina mueve su otra mano hasta la cintura de Emma. Trata de contener sus caderas, porque en cada nuevo movimiento descontrolado de la rubia, le cuesta más no acabar fuera de ella. Rodea su cintura, la sostiene justo sobre ella, conteniendo sus movimientos y llevando las riendas de este inminente orgasmo.
Añade un tercer dedo y la vista de Emma se nubla. El dedo gordo queda estratégicamente colocado fuera, sobre su clítoris. En cada embestida oprime el nudo de nervios y Emma gime buscando desesperadamente su roce, el desliz de sus dedos dentro de su humedad, la caricia de su mano sobre la cadera. Lo quiere todo, necesita todo. Está tan cerca de explotar, que le parece una locura. Acelera el ritmo. Regina se mueve dentro de ella con prisas, con tantas ganas…
Y entonces ocurre.
Emma se queda rígida, congelada, y los músculos de su interior se contraen alrededor de su mano. Aprieta sus labios, gime sin fuerzas un sonido que suena parecido al nombre de Regina y sus nudillos se quedan blancos de apretar las sábanas. Fuegos artificiales que recorren su cuerpo de arriba abajo, aflojando sus músculos hasta que se desploma con un delicioso y estridente orgasmo.
La salvadora deja de cabalgar para acabar tumbada sobre su jinete. Con su cuerpo plácido y sacudido por pequeñas explosiones de satisfacción. Y ahí está Regina para recogerla. Para abrazar su cuerpo contra el de ella, envolverla y dejar que se recupere. Poco a poco. Pulsación a pulsación, hasta que ambos corazones laten a la vez. Eso y no otra cosa es el auténtico paraíso. Su edén. Su recompensa a todos esos años errante, sin familia, sin hogar. Ahora, aquí, lo tiene todo. Y por eso, tumbada sobre Regina, dejándose inundar por su abrazo, sus caricias y su olor, sabe y se reafirma en que Snow no va a separarlas. Simplemente no podría. Nada puede.
Su cuerpo vuelve a reaccionar. Lentamente. Y su primer oscilación va directa a elevar el rostro y dejar caer un suave beso en los labios de Regina. Uno de esos cálidos, lentos, frugales, pero tan intensos que jamás podría expresarse mejor ni usando mil palabras. Es amor convertido en un beso. Y Regina lo recoge con ojos brillantes y una sonrisa desmedida. La morena suspira embobada y Emma vuelve a dejarse caer sobre su pecho, la mejor de las almohadas.
Regina acaricia la cabecita rubia. Hay tantas cosas que quiere decirle, tantas cosas que remueve y despierta en ella… Pero tendrán que esperar. Porque suena una melodía metálica. Y no sale de ninguna de ellas dos.
No. Es la musiquita de un móvil.
El de Emma.
El aparato vibra y baila sobre la mesita de noche, iluminando toda la habitación a oscuras con la luz de su pantalla. Ha recibido un mensaje. Y dos más a continuación. Intercambian sendas miradas confusas. ¿Quién puede ser a las seis y media de la mañana?
"Te lo aviso" carraspea Regina, "Esa es tu madre. Que nos espía y escribe para decir que sabe lo que hemos hecho" masculla provocando que Emma, aún sobre ella, se sacuda en carcajadas.
"Rezo por que tus dotes de pitonisa no funcionen bien..." Tiende la mano sin apartarse ni un centímetro de Regina, y alcanza el móvil. Abre los ojos.
"¡Es tu madre!" murmura Regina aterrorizada.
"No exactamente…" murmura guiñando los ojos. No están preparados para enfocar a esas horas de la mañana y menos para mirar algo tan brillante como el teléfono. Se aparta un poco de ella, irguiéndose y acostumbrándose para poder leer bien. "Es Gruñón"
Regina las cubre con la manta, inconscientemente. Emma sonríe, enternecida. "No nos ha visto haciendo nada" bromea. "Pero sí que ha visto algo en las minas"
"¿El qué?"
"Su descripción exacta es..." murmura leyendo el mensaje literalmente. "Una cosa rara, con muy mal aspecto y que ayer no estaba ahí..."
Regina eleva ambas cejas entre interrogante y divertida. Tampoco es que Gruñón haya sido nunca un genio de las palabras. Y esa descripción dice todo lo que necesitan saber. Tienen que ir a las minas. Y rápido. "Esperaba que el día fuera movidito... Pero no tan pronto" gime poniéndose la almohada sobre la cabeza, perezosa. Emma mira su teléfono y acto seguido a Regina, oculta bajo tiernamente bajo su almohada, y sonríe de lado, derretida.
"Bueno…" masculla acercándose sugerente a su oído, haciendo a un lado el cojín. "Acaba de salir el sol… Seguro que no pasa nada si nos entretenemos un poco más de lo normal en la ducha" ronronea. Regina se asoma un poco, con una sonrisa gatuna:
"Ahora ya estamos hablando..." murmura viendo como Emma se aparta de la cama sólo para caminar provocativa, dejando atrás la sabana y andando hacia el baño. Simplemente, hay desayunos que ayudan a afrontar cualquier día. Y de todos esos, el desayuno favorito de Regina es Emma, mojada y llena de espuma. "Oh sí..." La salvadora sí que sabe cómo hacer que madrugar merezca la pena. Incluso cuando en unas horas tendrán que meterse bajo tierra a observar algo "raro, con muy mal aspecto y que ayer no estaba".
Continuará…
¿Qué creéis que habrá en las minas...? :P
