-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 27

Los Kafer eran sin duda el lugar más solitario del Palacio, nadie visitaba ese lugar salvo para marcar distancia, para hacer amenazas o advertencias de cómo se podía terminar en el estrato social si no se tenía cuidado de los pasos que se daban o hacían y como podían afectar a un individuo, fuera quien fuera, que cometiera el error de atentar contra el Imperio o contra el Sultan y su familia. Había muchas habitaciones que conformaban el lugar, más solo dos estaban ocupadas, flanqueadas por dos soldados jenízaros que no abandonaban su continua vigilancia a pesar de que las puertas estuvieran cerradas con un candado para que nadie pudiera entrar o salir sin el permiso del Sultan Sasuke o la Sultana Sakura.

Pero si el Sultan estaba ahí era porque necesitaba tratar un asunto con la única persona del Palacio que sabía lo que era cargar con el hereditario peso dinástico que significaba pertenecer al Imperio, por ende los guardias jenízaros hubieron abierto sin problema alguno las puertas de la habitación del Príncipe Yosuke, permitiendo la entrada del Sultan. Apenas y las puertas fueron cerradas tras de sí, Sasuke contemplo con curiosidad al hombre que era su hermano y que no veía desde hace diez años, exactamente, cuándo había ordenado que fuera regresado a los Kafer.

Pese a tener treinta años, Yosuke en el fondo de su mente seguía siendo un niño, no era ningún secreto que estaba loco, si es que aquella era la palabra correcta, tenía sus momentos de lucidez pero estos eran muy breves, por no decir escasos, y su enfermedad-su locura-no hacía más que empeorar con el tiempo. El Príncipe dibujo tranquilamente en una de las muchas hojas que se encontraban dispersas sobre la mesa, ajeno a todo cuanto pudiera pasar a su alrededor, levantando lentamente la vista hacia las puertas al escuchar que era abiertas y prontamente cerradas. Al levantar la vista hacia las puertas se encontró con un hombre que le resulto extrañamente familiar, a quien desconoció al contemplarlo tan repentinamente, pero con solo unos segundos y la presencia de recuerdos felices en su mente hubo comprendido de quien se trataba:

-Hermano, por fin viniste- saludo Yosuke, sonriendo de oreja a oreja, como si se tratara del pequeño Príncipe a quien Sasuke recordaba. -Quieren deshacerse de mí, lo sé, debes sacarme de aquí, hermano, por favor, ya no soporto estar encerrado, iré donde tu órdenes- rogo el Príncipe, tomándose la confianza de tutear a su hermano en lugar de tratarlo de "Su Majestad". -No me mates por favor, yo no tengo la culpa, no quiero el trono- garantizo Yosuke, con voz suplicante.

-Hermano, tranquilízate, nadie va a matarte- prometió Sasuke, siendo que ni siquiera él podía garantizar que eso sucediera o no. Pero si estaba allí en ese momento era porque quería ver a su hermano sin importar los años que hubieran sucedido y los acontecimientos pasados. -Ha pasado mucho tiempo- menciono el Uchiha con sincera nostalgia, -lo que sea que haya sucedido está en el pasado, tú no tienes culpa alguna, jamás la has tenido- desestimo Sasuke.

Levantándose le diván donde se había encontrado sentado hasta entonces, Yosuke avanzo lentamente hacia su hermano, no pudiendo evita reflejar la confusión que sentía, si no había hecho nada para ser considerado un enemigo del Imperio y de su propio hermano, ¿Por qué estaba encerrado?, ¿Por qué no dejaba de ver cada día esas cuatro paredes?, ¿Por qué no podía salir al jardín siquiera? Su libertad individual le había sido arrebatada sin entender el por qué tras esto.

-Entonces, ¿Por qué estoy aquí?- cuestiono Yosuke con sutileza.

-Por tu propio bien, te lo aseguro- prometió Sasuke siendo que el verdadero motivo para que Yosuke estuviera encerrado era ese; el temor a las revueltas y la traición que él no tenía intención alguna de provocar, -de otro modo te utilizarían, harían que permitieses cosas horribles como las sucedidas anteriormente, y tú no quieres eso ¿o me equivoco?- inquirió el Uchiha, deseando quitarse la duda de si su hermano estaba de su lado o no.

-No hermano, solo soy tu humilde súbdito, me inclino ante ti- prometió Yosuke, acatando tal alusión y bajando respetuosamente la cabeza ante su hermano, reverenciándolo. -Así que dime, hermano, ¿Qué te trae por aquí?- sonrió inocentemente el Príncipe, sentándose nuevamente sobre el diván e invitando a su hermano a hacerle compañía.

Sasuke acepto sin problema alguno, observando con énfasis a su hermano, intentando ver cuánto había cambiado en todos esos años y en si podía odiarlo por haberlo encerrado y privado del mundo. Mei y Rin habían sido demasiado ambiciosas, habían hecho todo lo posible por hacer que Yosuke fuera un Sultan siendo que jamás había deseado serlo, sus ambiciones eran de carácter más bien personal; aspirando a tener un barco y ser libre, seguir siendo un Príncipe, claro, pero nada más allá de eso, por ello Sasuke siempre había estado seguro de que su hermano no sería una amenaza, pero la vulnerabilidad de su carácter y su locura lo hacían manipulable para sus enemigos, pero no podía olvidar que ambos eran hermanos por encima de cualquier cosa.

-Quiero hablar contigo, porque siento que en estos momentos eres el único que puede entenderme- confeso el Uchiha, visiblemente incapacitado para tomar decisiones sobre su propia vida a causa de las perdidas sucedidas recientemente. -Sin importar lo que haya sucedido, fuiste Sultan- aludió Sasuke siendo que ambos tenían su propia carga que llevar como miembros de aquel poderoso Imperio.

Sin importar que su reinado hubiera durado brevemente un mes, Yosuke había probado la experiencia de gobernar el imperio y sostener un Sultanato, claro, no había sido muy consciente de ello por causa de la influencia de Mei y Rin que evidentemente se habían encargado de todo, pero había sentido la presión que significaba el poder y todo cuanto podía acarrear ser el soberano del mundo entero aunque fuera por un corto lapsus del tiempo.

-Sí, eso es cierto- acepto Yosuke, aunque con un ligero deje de sarcasmo, -no tengo Imperio, ni poder, ni Sultanato, ni siquiera libertad, pero fui un poderoso Sultan, seguramente eso es una bendición de Kami, y al mismo tiempo una maldición- razono el Príncipe, intentando no pensar en que toda esa gloria ahora no era más que un recuerdo difuso en su mente. -Dicen que estoy loco, no lo estoy- protesto Yosuke de forma inmediata, negándose a creer lo que decían sus enemigos, -mi mente y mi alma se convirtieron en uno, como sucede con todos los Sultanes- comparo el Príncipe elocuentemente.

Sasuke no pudo evitar parpadear confundido ante su analogía, casi pidiéndole que se explicara porque así, sin más, no podía entender a que "unión" se estaba refiriendo. Percibiendo la confusión de su hermano, Yosuke busco con su mirada algo que estuviera presente en la mesa y con que pudiera ilustrar su punto, dando con una manzana partida en dos que sostuvo separadamente en sus manos ante la presta atención de su hermano que lo escuchaba atentamente.

-Por un lado esta Sasuke; igual que los demás, un hombre normal, con miedos, tristezas, celos, culpa, amor, como todos debes de rendir cuentas por tus acciones- señalo Yosuke, observando el trozo de manzana que sostenía en su mano izquierda antes de, lentamente, dirigir su vista hacia la derecha, donde estaba la otra parte de la manzana. -Y por otro lado está el Sultan Sasuke; el más poderoso de los hombres, el más fuerte, aquel que está por sobre todo el mundo, aquel que solo debe explicaciones a Kami y que es su sombra en la tierra- aclaro el Príncipe, intercalando con obviedad su mirada entre ambas partes y luego hacia su hermano.

El problema era precisamente eso; como Sultan tenía privilegios y no tenía por qué rendir cuentas de las decisiones que tomaba a nadie, gozaba de una autoridad y poder infinitos, era el soberano del mundo, alguien que se había demostrado invencible tras todas las conquistas miliares efectuadas, ante su fuerza y magnanimidad…pero por otro lado estaba el hombre; Sasuke simplemente, el hombre que tenía una esposa a la que amaba con todo su corazón, hijos e hijas que deseaba proteger, alguien que esperaba conseguir la paz para evitar las muertes innecesarias como las recientemente sucedidas; su hijo Kagami, Midoriko y sus dos nietos; Mikoto y Sasuke. ¿Cómo lidiar con el peso de ambas vidas que se unificaban en una sola?, ¿Cómo lidiar con ese peso?

-Llevo ambas cargas, y me resulta demasiado lidiar con ambas- admitió Sasuke.

-Lo es, claro- asintió Yosuke, totalmente de acuerdo con las inseguridades de su hermano, -pero debes llevarlas sobre tus hombros, de otro modo serás vulnerable ante todos y te separaran de tu vida como a Baru, o de tu mente como a mí- comparo el Príncipe.

La mención de su hijo resulto dolorosa para Sasuke, habiendo visto su cadáver y sabiendo que de no haber estado enfermo y ausente él no hubiese muerto, si Sakura sentía tener un grado de culpa considerable en la dolorosa muerte de su hijo, al mantenerse lejos en lugar de permanecer en el Palacio y mantener la paz…su propia culpa era diez veces mayor. No había llegado a tiempo, no había impedido que el desastre y la calamidad se cernieran sobre su familia, tomando la vida de su primogénito al igual que la de su hijo Itachi.

-¿Entonces?, ¿Cómo lo soporto?- indago Sasuke, deseando obtener una respuesta concreta, -¿Es posible?- cuestiono el Uchiha.

-El secreto de todo es la armonía- comento Yosuke simplemente, uniendo ambas partes de la manzana hasta formar la imagen unida de ambas, para luego dejarla sobre la mesa, -¿Qué lado subimos?, ¿Qué lado bajamos? La crueldad, la justicia, el cambio- enumero el Príncipe de forma parcial, encogiéndose de hombros, no sabiendo que más decirle. -Pero, ¿Por qué me preguntas a mí?, ¿Qué se yo?, ¿Debiese saberlo, estando en esta condición?- inquirió Yosuke, recostándose cómodamente a lo largo del diván, sin resultarle incomodo a su hermano, preparándose para dormir -Ya no veo a nadie, solo estas paredes, ni a mi madre, ni a mi hermana Rin- se lamentó sutilmente el Príncipe. -No tengo a nadie más, estaría solo de no ser por ti- murmuro Yosuke pero siendo claramente audible para su hermano.

El Uchiha hubo contemplado con cariño la actitud infantil de su hermano que a pesar de los eventos sucedidos en el pasado y que bien podían haberlos enemistado por completo, más eso afortunadamente no había sucedido y Sasuke sabía que podía visitar a su hermano siempre que lo deseara, no obteniendo a cambio un mal recibimiento sino que todo lo contario. Eso lo dejaba mucho más tranquilo, le hacía ver que en el fondo no era un Sultan cruel como lo había sido su propio padre, el Sultan Izuna.

-¡Sasuke Uchiha!- se escucho repentinamente el grito de Neji, haciéndole saber lo que estaba pasando.

Si bien estaba en los Kafer para hablar con su hermano menor, esa no era precisamente la única razón. Al igual que como habían muerto su hijo Kagami, Midoriko y sus dos pequeños nietos…ese mismo día acababa de llegarle una carta desde Egipto comunicando la triste noticia de que su aliada y amiga incondicional, su propia tía; la Sultana Tsunade…había muerto. Por más dolorosa que fuese esa notica, tanto para él como para Sakura, había algo bueno tras ella; Neji podía ser ejecutado finalmente como no se había hecho respetuosamente en años anteriores para no herir indirectamente a su tía, pero ya que esta vez no había impedimento…Sasuke había ordenado que la amenaza que signaba Neji fuera erradicada finalmente, en medio de la noche, cuando nadie podría intervenir.

-¡Le ruego a Kami que tu último respiro sea en el peor dolor existente, sin tus hijos, sin tus amigos, sin la mujer que amas!- maldijo el Príncipe desde la otra habitación, con aterradora claridad, -¡Que tu lecho de muerte sea la soledad!- rogo Neji finalmente.

Esperando el tétrico pasar de los segundos, Sasuke se sintió más tranquilo al ya no escuchar la voz de quien por años había sido su enemigo consumado, quien había ambicionado abiertamente el trono del Imperio, así como a su esposa, su Sultana. Pero la espera había terminado, una amenaza más a su Imperio desaprecia en el silente y perfecto ámbito nocturno para ya no significar absolutamente nada. Tendido sobre el diván, Yosuke se removió ligeramente, acomodando su cabeza sobre la almohada.

-Tu autentico enemigo…eres tú mismo- murmuro Yosuke entre sueños.

Sasuke recargo su espalda en el diván, cerrando momentáneamente su ojos, no sabiendo que pensar ciertamente. ¿Cómo podía encontrar esa "armonía" aludida por Yosuke? Siempre había un precio que pagar por las decisiones que se tomaban, ¿Qué precio tendría que pagar él?


Debía ser más de media noche, pero aun así se respiraba un aire extraño, una especie de calma antes de la tormenta y siendo testigo de todo lo sucedido hacia tan poco…Daisuke no podía decir si esto era necesariamente algo malo o no, la verdad en esas circunstancias dar algo por sentado era el peor error que podía cometerse. Daisuke se removió sobre la cama, moviendo su brazo y esperando poder envolverlo alrededor de la cintura de su favorita, la mujer a la que consideraba su Sultana, pero para su sorpresa se encontró con absolutamente nada. Despertando por completo a causa de esto, Daisuke se sentó sobre la cama, corroborando que en efecto Aratani no se encontraba a su lado.

Al apartar su vista de la cama y recorrer con ella la habitación se hubo percatado que ella en realidad se encontraba sentada en el diván junto a la puerta, pendiente de lo que sea que pudiera suceder, con los ojos abiertos y alerta, sosteniendo una daga entre sus manos, luciendo insólitamente hermosa en aquel sencillo camisón verde claro de escote en V, cuyas mangas de gasa eran abullonadas hasta los codos donde se afianzaban a sus brazos como muñequeras, con su largo cabello castaño plagado de rizos cayendo cautivadoramente sobre sus hombros y tras su espalda.

La concentración de ella, en lo que sea que estuviera pensando, era tan grande que le impedía darse cuenta de que Daisuke se encontraba despierto y observándola con confusión. Viendo la seriedad de las cosas, Daisuke no vio otro remedio que levantarse de la cama y tomar su ropa del suelo, vistiéndose tan prontamente como le fue posible, ella lo preocupaba más que cualquier otra cosa en el Palacio, bueno, su madre era lo primero para él, obviamente, pero creía ser lo bastante enfático en ese punto. Daisuke se sentó junto a ella en el diván, observándola atentamente y viendo que su concentración no se perdía en ningún momento.

-¿Qué tienes?- pregunto Daisuke, jugando ligeramente con sus rizos castaños.

-No puedo dormir- alego Aratani sencillamente, apartando finalmente su vista de la puerta, aferrando la daga a su cuerpo, -tengo miedo, por ti- admitió la pelicastaña.

Su deber era ser la leal súbdita e hija adoptiva de la Sultana Sakura y eso era su prioridad, al igual que proteger al Príncipe Daisuke que era parte importante de la vida de la Sultana, pero no solo lo hacía por ello sino porque realmente sentía algo por Daisuke, no podía calificar si eso era amor o no pero quería verlo feliz, quería alumbrar Príncipes y Sultanas para devolverle la alegría que había perdido a causa de la perdida de sus dos pequeños hijos, quería devolverle la felicidad que había perdido por culpa de la Princesa Koyuki, porque estaba segura que la culpable de la muerte de la Sultana Midoriko era ella.

-¿Por mí?- rio Daisuke, confundido a causa de la preocupación que ella sentía. -A mí no me sucederá nada, Aratani- tranquilizo el Uchiha entrelazando una de sus manos con la de ella.

-¿Qué puedo hacer para protegerte?- cuestiono Aratani, confundiéndolo a causa de su pregunta. -Solo soy una esclava- respondió la pelicastaña a su propia pregunta, aludiendo el motivo tras su angustia justificada, -desearía ser parte de tu vida, pertenecer a este Imperio como tú- confeso Aratani, bajando tristemente la mirada, observando su reflejo en el filo de la deslumbrante daga en sus manos.

Esta declaración sorprendió a Daisuke enormemente, claro que la amaba y de todo corazón, pero nunca había imaginado que lo que ella sintiera por él, de igual modo, fuera tal para pedirle formar parte de su vida y ser una mujer libre, formar parte del Imperio y poder ayudarlo, permanecer a su lado porque todo eso implicaba lo que estaba aludiendo, lo que aparentemente quería.

-¿Lo quieres, de corazón?- indago Daisuke, acariciando cuidadosamente el rostro de ella.

-Más que nada, con la misma sinceridad que el amor que te profeso- contesto Aratani sin problema alguno, muy segura de que estaba dispuesta a dar su vida por él con tal de protegerlo y hacerlo feliz.

El Uchiha no pudo evitar sonreír ligeramente, besándole la frente al escuchar aquella respuesta, si ella quería ser libre y así protegerlo todavía más, él no se oponía en lo absoluto, cumpliría lo que ella le estaba pidiendo tan diligente y devotamente. Anticipándose a cualquier palabra que Aratani penara en decir, Daisuke se levantó el diván ante la confundida mirada de ella.

-Daisuke…- lamo la pelicastaña, confundida.

-No te muevas- tranquilizo el Uchiha, sonriéndole.

Daisuke tomo el velo dorado-que ella había usado anteriormente-del suelo, volteando a verla, sin dejar de sonreírle en ningún momento, regresando junto a ella en el diván, sin perder detalle alguno de su hermoso rostro. Aratani jadeo inaudiblemente al darse cuenta de lo que significaba eso, lo que él iba a hacer y que corroboro al verlo colocar cuidadosamente el velo por sobre sus largos rizos castaños, acomodándolo a la perfección para que no le impidiera contemplar su rostro, ambos observándose perpetuamente entre sí.

-Repite después de mí- indico Daisuke, viéndola asentir inmediatamente, esperando que le indicara que hacer. -Atestiguo que no hay otro dios más que Kami- declaro el Uchiha.

-Atestiguo que no hay otro dios más que Kami- repitió Aratani inmediatamente como voto solemne.

-Y es mi deber ser su sirviente y mensajero- cito finalmente el Uchiha.

-Y es mi deber ser su sirviente y mensajero- finalizo la pelicastaña, sonriendo sinceramente.

Estaba hecho; la promesa de inclusión al Imperio quizá, en ese caso, no hiciera a Aratani una Sultana como tal porque usualmente eso se llevaba a cabo cuando una mujer ya era madre de Príncipes, pero ahora era libre, ya no era una esclava y como tal tenía más libertad y autoridad que las concubinas del Palacio, estaba bajo el rango de una Sultana, pero próxima a él que deseaba llevarla a la máxime gloria posible.

Quería que fuera su Haseki, su Sultana.


Las puertas de sus aposentos fueron cerradas tras de sí, permitiéndole a Sasuke olvidarse de la decisión que había tomado y en la compleja conversación sostenía con su hermano menor. Continuamente se preguntaba si había sido o seria-en algún punto-un Sultan y gobernante tan cruel como lo había sido su padre, ese era su mayor temor; ser un monstruo, alguien absolutamente cruel e irreconocible. Como hombre, su mayor preocupación eran Sakura, sus hijos, sus hijas, sus nietos, eso era en lo que más pensaba, más como Sultan usualmente debía anteponer otras prioridades, prioridades en que intentaba no pensar pero que debían tener cabida en su vida, ese era su deber.

Intentando no pensar en eso, Sasuke se sentó sobre la cama, observando el sereno rostro de su esposa que, finalmente y tras tantas complicaciones emocionales vividas, conseguía dormir con tranquilidad. Un sencillo camisón azul oscuro de escote corazón-ajustado bajo el busto-de mangas holgadas y abiertas desde los hombros, ribeteado en plata, cubría su figura, y sus largos rizos rosados caían elegantemente sobre sus hombros y las almohadas, arremolinándose alrededor de su rostro, permitiéndole observarla sin problema alguno y evitando que pudiera contenerse, acariciando cuidosamente su rostro, intentando no despertarla. Teniendo que estar pendiente de tantas cosas a su alrededor y sobre su persona, diariamente, Sakura sintió el cuidadoso tacto de alguien en su rostro, reconociendo instintivamente que se trataba de Sasuke, pero a pesar de ello no pudo evitar despertarse, entreabriendo lentamente sus ojos y viéndolo sentado en la cama, a su lado.

-Sasuke- reconoció Sakura, ligeramente adormilada, sentándose sobre la cama, despertando por completo. -¿Dónde estabas?- indago la Haseki al verlo completamente vestido, prueba de que había tenido que encargarse de algo.

-Arreglando algunos asuntos- menciono Sasuke, brevemente.

La Haseki arqueo ligeramente una ceja ante su escasa respuesta. ¿A esa hora de la noche? Era el Sultan del mundo y ningún asunto de estado tenía lugar a menos que él así lo permitiera, ella no conseguía creer que se tratase de algo insignificante, intuía instintivamente que se trataba de algo que él personalmente había orquestado y que había supervisado que se cumpliera según su propio criterio y la verdad no sabía si esto era bueno o malo, o cómo afectaría a la política Imperial o, en el peor y más preocupante de los casos, a sus hijos.

-¿A esta hora?- cuestiono Sakura, no creyendo que se tratara de un asunto nimio o sin importancia. -Sasuke, dime la verdad, ¿Dónde estabas?- pidió la Haseki, entrelazando una de sus manos con la de él, rogándole que fuera sincero, ella no se enfadaría sin importar lo que le dijera.

-En los Kafer- confeso Sasuke finalmente, tras un instante de silencio.

Sakura se sorprendió inequívocamente ante su respuesta, no sabiendo que pensar ya que solo había dos personas en ese lugar del Palacio; Neji y Yosuke, y en ambos casos…ambos significaban una amenaza al Imperio y al Sultanato, pero muy escasa ya que Neji era un príncipe no reconocido del Imperio y Yosuke un demente, sin ser cruel al pensar y decirlo, evidentemente, al menos por su parte.

-¿Qué?, ¿Por qué?- se angustio Sakura, temiendo que motivos hubiera tenido para hacer eso.

-Extrañaba a mi hermano- admitió el Uchiha.

Una ligera sonrisa se plasmó en el rostro de la Sultana al escucharlo. En se casó le hubiera encantado que él le hubiera dicho que es lo que pretendía hacer, habían pasado diez años desde la última vez que había visto a Yosuke y pese al bache que el representaba en su vida y que por culpa de Mei y Rin habían muerto Itachi y Baru…Yosuke era inocente, su locura lo excusaba de toda culpa, para ella siempre seria ese niño al que había conocido en sus primeros días en el Harem, el hermano menor del Sultan, ese niño al que veía como a un hermano menor y si no lo visitaba en los Kafer desde su reclusión…era porque sentía miedo y temor de que él le dijera que la odiaba, pero ella nunca podría odiarlo, era inocente comparado con el resto del mundo, ella incluida.

-Me lo hubieras dicho antes, te habría acompañado- sonrió Sakura, pensando en Yosuke.

-No mereces estar en ese lugar tan lúgubre- protesto Sasuke, no deseando exponerla a ese ambiente y no sabiendo que ella ya había visitado aquel lugar durante el breve encarcelamiento de Daisuke anteriormente, -al menos ahora ya no hay una autentica amenaza- acoto el Uchiha, acariciando cuidadosamente el rostro de ella.

-¿Te refieres a Neji?- supuso Sakura.

Si se trataba de lo que ella creía, solo podía significar una cosa; ejecución, la reciente muerte de la Sultana Tsunade abría el camino para que Neji no tuviera que seguir vivo, Sasuke había tenido clemencia por su tía, porque ella no merecía sufrir por la muerte de su hermano menor, pero ya que esa vida ya no estaba presente, evidentemente Sasuke no tenía por qué seguir manteniendo en su Palacio a alguien que era su enemigo en todas las formas posibles. Pero ciertamente ella no sabía que pensar; nunca había odiado a Neji, habían tenido sus diferencias y muy grandes, pero la ocasión de odiarlo nunca había tenido lugar, en realidad nunca había hecho nada contra ella, en sus recuerdos solo persistía aquel joven jenízaro que se había enamorado de ella y que había intentado ayudarla antes de que llegara al Palacio.

-El ya no es un peligro- garantizo Sasuke.


Un día nuevo iniciaba en el hermoso Palacio Imperial y con el la hora oportuna para tomar decisiones de suma importancia.

Perder el tiempo no era algo que Naoko pensara en hacer siquiera, no iba de acuerdo con ella en lo absoluto y no pensar en su hijo equivalía a lo mismo pues él era su prioridad y la mejor forma para garantizar su seguridad era fijar su vista en la posición más alta de todas, decidirse a llegar allí y hacer lo que fuera para lograrlo sin importar que su hijo se mostrara renuente o reservado con respecto a esto; ella se encargaría de todo, como siempre, junto a su leal amigo y vasallo Kisame Hoshigaki Pasha.

Empeñosa en marcar el estatus de Sultana que decía o creía merecer, Naoko lucia unas galas turquesa grisáceo de escote cuadrado y mangas ajustadas cuyo escote estaba provisto de encaje, por sobre el vestido una chaqueta superior azul-verdoso bordada en hilo de plata y diamante, cerrada a la altura del vientre y que formaba un grueso cuello en los márgenes laterales del escudo, inclusive formando una especie de hombreras para mayor renombre. Su cabello oscuro, recogido como siempre tras su nuca, maximizaba la presencia de una imponente y certera corona de oro y topacio a imagen de una serie de capullo de rosa y espinas, complementada por un par de pendiente de cuna de oro con un topacio en el centro. No necesitaba de título alguno pues ella ya de por si se consideraba la única y verdadera Sultana en ese Palacio.

-Sultana- reverencio el Pasha, observándola a través del enrejado que separaba la recamara del Palacio, en que ella se encontraba, del jardín donde se hallaba él.

-Kisame Hoshigaki Pasha- sonrió Naoko a su leal amigo y aliado, -es digna de celebrar tu eficacia, la muerte del Príncipe Kagami resulto impecable- felicito la Sultana.

Por temor a ser descubierta y que sus planes se vieran arruinados, no había contactado con su amigo luego de la muerte del Príncipe y la repentina muerte de Midoriko y sus hijos había sido aún peor para su persona ya que significaba que, de igual modo, los ojos críticos del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura podían hallarse sobre ella y no podía permitirse perder todo cuanto había creado hasta ahora en pro de su hijo. Había tenido que aguardar pero evidentemente había valido la pena.

-Solo soy su vasallo, mi Sultana- aminoro el Pasha, no deseando vanagloriarse de algo que no le correspondía ya que solo lo hacía por su lealtad hacia la Sultana, -aunque la repentina muerte del Príncipe Sasuke y las Sultanas Midoriko y Mikoto resulto una sorpresa insuperable- admitió Kisame, no sabiendo a quien adjudicar tal responsabilidad.

-Creo tener una idea de quién es responsable- Naoko sonrió ladinamente, apreciando la intervención, -pero no podemos adelantarnos a acontecimientos inseguros, esperaremos y veremos que sale de todo esto- indico la Sultana de forma preventiva.

La mejor persona a quien inculpar de la muerte de la Sultana Midoriko evidentemente era la Princesa Koyuki, tenía motivos y era demasiado impulsiva en su toma de decisiones, pero lejos de acusarla Naoko debía de sentirse agradecida; gracias a Koyuki se había quitado un peso de encima, una adversaria más con que lidiar y el camino hacia el trono se abría aún más que su hijo fuese el heredero del Sultanato y futuro Sultan del Imperio.

-¿Quién sigue ahora, Sultana?- consulto Kisame respetuosamente.

-Por el momento no tengo un blanco en específico- suspiro la Sultana, sabiendo que solo les quedaba un medio con que proceder, -esperemos que se calmen la aguas, démosles una falsa sensación de seguridad, luego decidiremos donde atacar y haremos que mi hijo llegue al trono como tanto lo merece- sonrió Naoko, anteponiendo el bien de su hijo por encima de cualquier otra cosa.

-Sea, Sultana- secundo Kisame.

En la sala contigua, y habiendo escuchado todo, se encontraba Aratani con su inocente mirada esmeralda parcialmente afectada por el odio, sabiendo que la mujer que se decía Sultana y madre de un Príncipe había actuado tan egoístamente, habiendo tomado la vida del Príncipe Kagami, habiendo herido a la Sultana Sakura a quien ella consideraba su madre. Semejante afrenta no era solo contra el Imperio, sino también personal, y Aratani disfrutaría de confesar lo que ahora sabía. ¿Cuánto había esperado por esa confesión?…no importaba, el hecho es que había sido oyente de las palabras que tanto había deseado oír era simplemente satisfactorio, era testigo de que la Sultana Naoko era el mayor enemigo en ese palacio, que ella era a quien debían destruir para impedir que los viejos días de sangre y rebelión volvieran a tener lugar.

La favorita del Príncipe Daisuke se encontraba vestida con unas sencillas galas rosa violáceo de escote cuadrado, con seis botones de igual color en caída vertical hasta la altura del vientre y mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían holgadas hasta cubrir sus manos, por sobre el vestido—y cerrada a la altura del vientre—se encontraba una chaqueta de encaje aguamarina ribeteado en diamantes, formando el emblema de los Uchiha así como flores de cerezo a lo largo de la tela pero en lugares específicos. Su largo cabello castaño caía en elegante rizos sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una elegante corona de oro, diamantes y zafiros que se complementaba con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lágrima, con el obsequio de la Sultana Sakura; el emblema de los Uchiha, alrededor de su cuello.

-Lo sabía- mascullo Aratani.

Lo sucedido hacía apenas una semana era un evento desastroso: la muerte de la Sultana Midoriko y sus dos hijos era una perdida inimaginable y ella había tomado la voluntaria labor de consolar a Daisuke que se sentía responsable de lo sucedido, pero si de algo estaba segura Aratani es que ahora solo tenía una labor que cumplir; engendrar un Príncipe que sucediera al heredero de la corona y que a su vez fuera elegible como Sultan en el peor de los casos posibles. Estaba más que segura de que la culpa del crimen sucedido recaía sobre la Princesa Koyuki, y no necesitaba meditarlo siquiera para estar convencida de que la Sultana Sakura pensaba igual.

Esta vez no podía haber errores.


La hermosa Haseki del Sultan entreabrió lentamente sus ojos, consiente del nuevo día que se alzaba ante el Palacio y sus habitantes. La Sultana se tomó un leve momento egoísta para disfrutar de la quietud y el silencio reinante en este nuevo día, girando su rostro hacia su lado, viendo a su esposo aun profundamente dormido sobre la cama, aún era temprano pero de igual modo debía de levantarse y pronto, los asuntos de estado nunca esperaban o al menos no demasiado.

-Sasuke- llamo Sakura, apartando las sabanas y sentándose sobre la cama, viéndolo abrir lentamente los ojos, -Sasuke, tienes que levantarte, tienes que reunirte con los Pashas- recordó la Sultana mientras se levantaba de la cama, observando la luz del sol que se filtraba por las puertas de la terraza, que permanecían abiertas. -¿Qué tienes?- pregunto Sakura, peinando sus largos rizos rosados con sus manos.

-Nada, solo…- Sasuke se sentó sobre la cama, evidentemente fatigado, -estoy algo cansado- aminoro el Uchiha, tocándose las sienes.

Sonriendo ligeramente ante esto, Sakura se acercó al escritorio donde, cuidadosamente sirvió un poco de agua en una de las copas ya dispuestas, bebiendo un poco para aclararse la garganta antes de, lentamente encaminarse hacia la cama, sin dejar de sonreírle en ningún momento. Claro que a ella le encantaría quedarse todo el día con él en esa habituación y no pensar en nada, pero no eran personas como otros individuos "normales" y debían anteponer muchas otras cosas antes que su propio sentir egoísta y ese caso no era diferente.

-Entonces levántate- menciono Sakura, sencillamente, sentándose sobre la cama y tendiéndole la copa con agua para que bebiera un poco, -habla con los Pashas y luego podrás descansar, te estaré esperando aquí- garantizo Sakura sonriéndole radiantemente. Pero apenas y ella hubo alargado su mano para acariciarle el rostro…retrocedió instintivamente al percatarse de que su frente estaba demasiado caliente. -Estas ardiendo en fiebre- se angustio la Haseki.

-Ya se me pasara- protesto Sasuke, negándose a pensar en sí mismo, dejando la copa sobre el velador.

No creyendo esto en lo más mínimo, Sakura se levantó de la cama inmediatamente, volteando hacia las puertas, situándose tras la cama con una imagen de completa autoridad y dignidad en su rostro como lo que era; la esposa y Haseki del Sultan, la mujer más poderosa del Palacio.

-Guardias- llamo Sakura con voz clara. De ipso facto y ante su orden las puertas fueron abiertas y los dos fornidos jenízaros hubieron entrado, manteniendo la mirada baja al ver a su Sultana únicamente en camisón. -Traigan al doctor C, rápido, suspendan la reunión del Consejo y llamen al Gran Visir y a mi hija- ordeno la Sultana, inquebrantable.

Reverenciando respetuosamente a la Sultana y cerrando las puertas tras de sí, ambos leales jenízaros se hubieron retirado respetuosamente, dejando nuevamente a solas al Sultan y a su esposa. Sakura se sentó sobre la cama, junto a Sasuke que pese a su preocupación no tenía pensado quedarse en la cama y darse el lujo de sentirse enfermo, todo lo contrario, su salud importaba poco en esos momentos, tenían cosas aún más importantes en que pensar que en ellos mismos y Sakura lo entendía, pero no él hecho de que él quisiera hacerse cargo de todo.

-Tranquilo, todo estará bien- amenizo la Sultana, haciendo que su esposo volviera recostarse sobre la cama.

No era la primera vez que lo veía enfermo, pero esperaba que se tratara de una simple fiebre. Estaban superando muertes sucesivas y desastre tras desastre, no podían darse el lujo de sentirse mal por un momento, ni siquiera ella, tenían que ser más fuertes que sus enemigos o de otro modo serian víctimas de algo peor a lo que ya habían vivido y no podían permitirlo.


Dentro del Palacio Imperial existía una rutina sumamente habitual y a esa hora del día, siendo apenas las nueve de la mañana, era imposible no encontrarse despierto o realizando las funciones propias de su rango, pero pese a saberlo Sarada no se sentía más cómoda al despertar sola como ya había sucedido en incontables veces durante su matrimonio con Inojin y no quería que las cosas volvieran a ser de ese modo. Su propio dolor emocional ante las reciente perdidas de su hermano, su cuñada y dos de sus sobrinos era tal que Sarada se sentía imposibilitada de efectuar su matrimonio en el plano físico como debía de ser, pero Boruto afortunadamente la entendía, necesitaba algo de tiempo para aceptar que faltaban ciertas personas en su vida por más doloroso que esto fuera.

Habiéndose bañado con anterioridad, ahora sentada frente a su tocador y luciendo un sobrio camisón azul oscuro, —de escote en V ribeteado en encaje y mangas holgadas—la Sultana se dejó peinar por Chouchou mientras que Himawari preparaba su ropa. Pretendía pasar el día junto a su madre de serle posible. Pese a que su madre aparentase frialdad y perfección ante el resto del mundo Sarada sabía que en realidad estaba devastada por dentro y con razón, puede que fingiera ser la mujer más fuerte del mundo pero eso no significaba que lo fuese en realidad y su deber como hija era intentar alivianar esta carga.

Las puertas de sus aposentos se abrieron de forma repentina y de inmediato sus dos doncellas hubieron detenido su labor, bajando respetuosamente la cabeza ante Boruto que entro reverenciando debidamente a su esposa y Sultana, puede que estuvieran casados pero el hecho de que ella era un miembro de la familia Imperial era ineludible y pese a estar casado con ella…Boruto estaba por dejado de su nivel social, aunque no tanto. Sarada se levantó del diván tan prontamente como le fue posible en cuanto se percató que se trataba de él.

-Boruto, ¿Dónde estabas?- pidió saber la Uchiha, observándolo atentamente. -Me preocupe cuando no te vi aquí- admitió la Sultana, intentando no parecer demasiado preocupada.

-Lo lamento Sultana- se disculpó el Uzumaki, tratándola con el debido protocolo ante la presencia de las dos leales doncellas, -la Sultana Sakura necesito mi presencia de forma inmediata- menciono Boruto escasamente, preocupado por la salud del Sultan.

Puede que su esposo ya no fuera el Hasoda Basi del Sultan, de hecho ese lugar correspondía a Naruto Uzumaki de ahora en más, pero pese a ello su esposo era una figura importante en la vida publica y aliado indeleble de su familia así que Sarada aceptaba que su madre lo hubiera llamado abruptamente, pero pese a esto Sarada presentía que había algo que él no le estaba diciendo, lo veía en sus ojos mientras hablaba y necesitaba saber de qué se trataba.

-¿Sucedió algo grave?- consulto Sarada, temiendo que la respuesta fuese un sí, pero en lugar de ello el Uzumaki aparto ligeramente la mirada. -Dime, Boruto, por favor, no te quedes callado- rogo la Uchiha con más brusquedad de la que hubiera deseado.

Ocultarle cosas, sin importar que fuera para protegerla y no preocuparla no era la mejor medida a emplear y Boruto lo supo al verla tan angustiada, se suponía que la mejor base del amor que se tenían era la honestidad, en tanto fueran sinceros entre sí, diciéndose las cosas a la cara, todo estaría bien y ese caso no debía de ser diferente, si había alguien en el Palacio que mereciera saber todo cuanto sucedía sin duda alguna era ella.

-La Sultana Sakura llamo al doctor C, el Sultan está enfermo- confeso Boruto finalmente.

-¿Qué?- Sarada lo observo horrorizada


El Imperio se ceñía en base a apariencias, ciertamente, y así había sido desde que Indra Otsutsuki, "el dios guerrero", había efectuado las mayores victorias militares para su hijo Baru I Uchiha, el primer Sultan del Imperio, desde aquellos días y por obra de la inteligencia y astucia de su esposa, Sanavber Uchiha, las mujeres habían sido un símbolo de poder político; entre más poderosas, cultas e inteligentes fueran mayor ganancia aportaban a la familia en cuestión y pertenecer al Imperio Uchiha no las hacia menos importantes o necesarias y Shina lo tenía muy claro.

Las perdidas sucedidas eran muy dolorosas para la Sultana que, aun de luto-como su madre y padre—lucía un simple vestido mantequilla blanquecino, de escote cuadrado enmarcado en pasamanería y manga ajustadas, con elegantes holanes de encaje en las muñecas, y por sobre el vestido una seria chaqueta de terciopelo color negro cerrada por completo en el abdomen, de escote bajo y redondo, mangas holgadas y abiertas desde los codos y falda abierta bajo el vientre. Su largo cabello rubio castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, -exponiendo su largo cuello desprovisto de joyas-sobre el se hallaba una hermosa corona de oro, diamantes y cristales naranja oscuro que emulaba ondas y flores de amapola, complementando unos pendientes de oro, con un diamante a juego en su base y de los que pendía una perla en forma de lagrima.

-Sultana, ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?- consulto Hanabi, respetuosamente, solo obteniendo silencio de su amiga y Sultan que tenía su mirada perdida en la nada, -Sultana, por favor, no se deje abatir- rogo la Hyuga, angustiada.

Sentada sobre el diván próximo a la mesa-donde yacía dispuesto el desayuno para ella y su invitada-en compañía de Aratani, la Sultan Shina lucio inapetente y melancólica. Puede que usualmente fuera una mujer poderosa y que hacía temblar a cualquier hombre en su presencia, y no solo por su increíble belleza sino que igualmente a causa de su carácter, pero la muerte de su hermano menor y sus dos pequeños sobrinos era algo lamentable, así como la muerte de la Sultana Tsunade a quien afortunadamente había tenido el gusto de conocer, todo eso resultaba en un golpe duramente asestado contra su persona.

-Mataron a mi hermano, Hanabi- aludió Shina con tristeza sin poder evitarlo, -el dolor con que mi madre ha cargado hasta ahora ha sido multiplicado por diez- se lamentó la Sultana, intentando entender el motivo tras tantas calamidades, -¿Qué ha hecho para merecer esto?, ¿Por qué tiene que sufrir tanto?- pregunto Shina, al aire, no esperando respuesta a sus cuestionamientos. -Y lo peor de todo es que no hay culpables a señalar- bufo la Sultana, apretando los puños.

-En realidad, si hay alguien, Sultana- menciono Aratani.

-Explícate, Aratani- pidió Shina, confundida.

La favorita de su hermano se había presentado hacia solo unos momentos atrás, alegando que tenía algo muy importante que notificarle y que no podía esperar. Confiaba ciegamente en Aratani ya que había estado durante años a su servicio, pero aun no dejaba de confundirla como es podía ser tan eficiente y leal a su vez, otra joven no lo pensaría dos veces antes de escalar en el poder gracias a esto, pero Aratani no lo estaba haciendo.

-Escuche a la Sultana Naoko hablar con Kisame Hoshigaki Pasha- inicio Aratani con el debido respeto, imposibilitada a guardar silencio por más tiempo, -aceptaba la completa culpabilidad por la muerte del Príncipe Kagami, justificando que con ello llevaría al Príncipe Rai al trono- explico la pelicastaña.

Tanto la Sultana Shina como Hanabi no pudieron evitar exteriorizar su sorpresa, sobretodo Hanabi. Tomando el peso a la situación, una sonrisa ladina y llena de arrogancia se plasmó en la hermosa faz de la Sultana que, bajando ligeramente la mirada, hubo acariciado la esmeralda que conformaba su sortija de matrimonio, más segura que nunca de cómo proceder y qué hacer ante esta declaración. Rai era su hermano y como tal no lo lastimaría en lo absoluto, jamás, pero Naoko…esa era otra historia.

-Eso cambia todo, y torna más sencillas las cosas- sonrió Shina, levantando su mirada hacia Hanabi que sonrió ladinamente a modo de respuesta, presintiendo lo que su Sultana estaba pensando. -Debemos prepararnos, si estoy aquí es por una razón y eso es proteger al Imperio- aludió la Sultana observando a Aratani que asintió, totalmente consiente de los sacrificios que deberían de hacer como tal, para cumplir con ese propósito, -Naoko deseara la muerte, porque hare derrumbar este palacio sobre su cabeza y la de todos aquellos que osen lastimar a mi madre y mi padre- juro Shina.

La primera de todos en caer seria Naoko y luego Kisame que evidentemente sabia de sus planes.


Su prioridad como Sultana era mantenerse en su debida posición, lucir hermosa e inalcanzable, estar—por así decirlo—por encima del mundo, pero Sarada no podía hacer eso en ese preciso momento, la preocupación por su padre conseguía dominarla y hacerla recorrer velozmente los pasillos-siendo seguida por sus dos doncellas-del Palacio hacia los aposentos del Sultan, donde debía de permanecer junto a su madre que, obviamente, debía de estar velando por su padre.

Aun regida por el luto, —como el resto de su familia—la Sultana lucía un simple vestido negro de escote en V, bajo y sin mangas que, de no ser por la falda interior, habría pasado inadvertido ante la elegante capa superior gris metálico bordada en plata para emular flores de cerezo por sobre la tela, abierta bajo el vientre, de escote en V, manga abullonadas desde los hombros hasta los codos y ajustadas, el grueso margen del cuello y las muñequeras-enmarcando el luto obvio-estaban hechas de encaje color negro, dándole un aspecto más regio a aquellas galas, con su largo caballo azabache cayendo libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro en forma de flores de jazmín, decorada con diamante y complementada por un sencillo par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.

-Abran las puertas– ordeno Sarada al estar a solo unos pasos de las puertas que impedían su entrada a los aposentos del Sultan.

No dudando de su orden, los dos fornidos jenízaros hubieron cumplido su demanda, bajando respetuosamente la mirada ante ella, reverenciándola y permitiendo su ingreso de forma inmediata. La Uchiha, ingresando en lo aposentos del Sultan, se sostuvo ligeramente la falda para no tropezar, siendo recibida por la mirada de su madre que hubo desviado su atención hacia ella, y Mikoto que se encontraba sentada sobre el diván cerca del escritorio de su padre, siendo acompañada por Kakashi y Daisuke que parecían haber estado discutiendo con respecto a algo antes de que ella llegara.

-Madre- reverencio Sarada apresuradamente, situándose de forma inmediata tras la cama, donde su madre permanecía de pie, -vine en cuanto me entere, ¿es grave?- pregunto la Uchiha, angustiada por su padre que era atendido por el doctor C.

-Pronto lo sabremos- tranquilizo Sakura.

Ya fuera por estética o lo que fuere, su madre—como Haseki y administradora del Harem, así como la mujer más poderosa del Palacio—lucía un espléndido vestido de seda color negro cuya capa inferior—únicamente visible mediante el escote corazón bordado en plata—era invisible. El vestido calzaba a la perfección la figura de su madre, iniciando bajo el busto y enmarcado hasta las caderas, de cuello alto y abierto, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas cuales lienzos, frontalmente. Alrededor de su cuello se encontraba el siempre digno emblema de los Uchiha, obsequio del Sultan y que relucía divinamente sobre su largo cuello, acompañado por una pulsera que se encontraba sobre la muñeca izquierda de la Sultana, regalo de Mitsuki Pasha y que destellaba enmarcando un par de pendientes de oro y cristal en forma de lágrima. Como la mujer más poderosa del Palacio, —regente incluso, de proponérselo—sobre su largo cabello rosado—recogido tras su nuca—se hallaba una magnifica corona de tipo torre, el emblema de los Uchiha, hecha por completo de seda y gasa transparente color negro completamente hecha sobre una base de oro y decorada con diamantes y piedras de ónix en una imagen absolutamente soberbia, que sostenía un largo velo negro que ocultaba su cabello. Sin lugar a dudas era la mujer más poderosa y hermosa del mundo entero.

Sentada sobre el diván y con una permanente expresión de dignidad y perfección—solo comparable con su madre—se encontraba la Sultana Mikoto. Puede que ciertamente ella debiera apegarse a sostener su imagen, pero no perdía la egoísta ocasión de portar el luto al igual que sus padres, hermanos y hermanas, luciendo un simple vestido negro de escote corazón y mangas ajustadas bajo una chaqueta de terciopelo bermellón-burdeo plagada en bordados color negro que emulaba el emblema de los Uchiha y múltiples flores de cerezo, de escote redondo y cerrada hasta bajo el vientre donde exponía la falda inferior. Alrededor de su cuello se encontraba una cadena de plata con el dije de los Uchiha hecho de diamantes, complementando un par de largos pendientes de plata, rubí y ónix en forma de lagrima y la modesta corona de plata, rubíes y ónix sobre su largo cabello rosado que se encontraba recogido tras su nuca, cubierto por un largo velo color negro que caía tras su espalda y sobre sus hombros.

-Sultanas- reverencio el doctor C, acercándose a la Sultana Sakura.

-Díganos doctor C, ¿Qué ocurre?- pidió Sakura con suma tranquilidad, sin perder su imagen de Sultana como tal.

-Afortunadamente no es algo grave Sultana, es Malaria- planteo el medico ante la serena pero angustiada mirada de la Sultana que asintió ante su diagnóstico, suspirando más tranquila, al igual que sus dos hijas, -ya le he administrado la medicina a su majestad, solo debemos esperar, la fiebre remitirá con el tiempo y la debida asistencia- garantizo el doctor C.

La Malaria no era una enfermedad relativamente grave dentro del Imperio, si bien no era particularmente común, -como otras enfermedades de menor, igual o mayor calibre-era tratable, tenían una cura para ello ante sus repentinas apariciones, siendo que en realidad la enfermedad más común dentro del Imperio y sus alrededores solía ser la fiebre tifoidea o la gripe estival ante la proximidad con la frontera rusa.

-¿Cuánto cree que tome?- consulto Sarada, evidenciando ligeramente su preocupación

-Cuando mucho una semana, Sultana- tranquilizo el médico.

-Gracias doctor C- admitió Sakura, sinceramente agradecida por ello y por el hecho de que mantuviera su secreto.

-Estaré atento a sus órdenes- garantizo el doctor C, reverenciando respetuosamente a todos los presentes, -Sultanas, Alteza, Pasha- enumero el medico antes de retirarse lentamente apenas y las puertas le fueron abiertas.

El doctor apenas y hubo abandonado los aposentos antes de que Tenten-aprovechando el hecho de que las puertas se encontraran abiertas-hubiera entrado trayendo en sus brazos a la pequeña Sultana Hanan, reverenciando respetuosamente a todos los presentes, especialmente a su Sultana que la observo levemente preocupada. Su hija aún era muy pequeña, apenas y con unos meses de vida, lo que menos deseaba era que enfermara de un momento a otro porque contraria a los demás no tenía como protegerse de un bache así.

-Lo siento Sultana, tenía que venir- se disculpó la pelicastaña, bajando ligeramente la mirada hacia la pequeña Sultana pelirosa en sus bazos. -La Sultana Hanan no se calma si no es por usted- justifico Tenten.

Sakura asintió, indicándole con la mirada a Tenten que se acercara, depositando así a la pequeña Sultana en brazos de su madre, dejando de gimotear, tranquilizándose inmediatamente ante la presencia de su madre que, lentamente, se encaminó hacia el diván donde se encontraba su hija Mikoto, siendo seguida por Sarada, sentándose y tomando la oportunidad de respirar con tranquilidad. La aflicción que el Sultan padecía no era grave y con ello afortunadamente podían evitar preocuparse en demasía, más no por ello Sakura pretendería abandonar a su esposo a su suerte, sino que todo lo contrario; ella se encargaría personalmente de que la fiebre remitiera por completo y lo más pronto posible.

-¿Qué haremos, madre?- consulto Mikoto, sonriendo ligeramente ante la tierna visión que significaba su hermana menor que lentamente fue siendo vencida por el sueño, acunada en los brazos de su madre. -Hay asuntos de los que solo mi padre puede encargarse- señalo la pelirosa con obviedad.

-Esperaremos- amenizo Sakura, inclinándose y besando cálidamente la frente de su hija. -Kakashi, tú te encargaras de las reuniones del Consejo, todos los Pashas estarán bajo tu mando, - nombro la Haseki, levantando su mirada hacia el Pasha que asintió diligentemente, -Konohamaru, Boruto y Mitsuki te respaldaran en todo cuanto necesites- garantizo Sakura, agradecida por tener sus ojos y oídos en el Consejo Real, pero eso no era todo, había algo aún más importante que tenía completamente decidido.

-Si, Sultana- la reverencio Kakashi respetuosamente.

-¿Y tú, madre?- inquirió Daisuke.

-Me quedare aquí velando por su majestad a menos que mi presencia sea requerida en la sala del Consejo- razono la Haseki ya que su deber en ese caso era mantenerse junto al Sultan, -las decisiones de mayor importancia estarán en tus manos, Daisuke- lego Sakura, sonriéndole ligeramente a su hijo que bajo la cabeza con respeto, abrumado por la responsabilidad y confianza a que su madre siempre depositaba en él. -Yo solo intervendré si resulta ser necesario- aclaro la Haseki, intercalando su mirada desde Mikoto hacia Sarada, Kakashi, Daisuke y finalmente hacia Tenten.

Lo que estaba teniendo lugar no era un problema, sino que todo lo contrario; presentaba la oportunidad para saber qué hacer si es que Sasuke moría en algún momento próximo y el trono debía de pasar a manos del Príncipe Heredero. Era una prueba sobre qué hacer y cómo lidiar con una situación así. Debían garantizar que Daisuke era quien debía ser el Sultan tras Sasuke.

Necesitaban probar quien era el mejor candidato el trono, ante los Pashas y ante el pueblo.


Sasuke abrió lentamente los ojos, parpadeando compasadamente. Sus últimos recuerdos lo hacían volver hacia unos instantes atrás cuando el doctor C había llegado a sus aposentos, pero ahora se encontraba en un lugar que no conocía en lo absoluto, en medio de un bosque, sintiendo las hojas oscurecidas del otoño bajo suyo, al igual que unas pequeñas y ligeras ramas, con su espalda recargada en el tronco de un árbol. El eco oscilante de las llamas del fuego contra el aire llamo la atención del Sultan que hubo despertado por completo. A unos paso de él y frente a una fogata se encontraba un hombre que le daba la espalda, avivando el fuego y aparentemente perdido en sus propios pensamientos. La mirada del Sultan recorrió todo a su alrededor, observando con confusión el bosque en que se encontraba, no recordando cómo es que había llegado hasta allí.

-¿Dónde estamos?- pregunto Sasuke.

-¿Estás perdido, padre?- sonrió el hombre, volteando a verlo.

Usualmente nada podía sorprenderlo, era una rutina muy marcada en su vida, ya no era el joven Sultan inexperto que había subido al trono con dieciséis años, siendo hasta entonces el Sultan más joven de su tiempo, a su edad se esperaba que la experiencia evitara que se sorprendiera, pero en cuanto el hombre volteo a verlo…Sasuke se hubo sorprendido por completo, observando el rostro de su hijo primogénito a quien, por última vez, recordaba haber visto decapitado hacía ya diez años atrás.

-Baru…- reconoció Sasuke con incredulidad, -¿Cómo?- pregunto únicamente el Sultan, no sabiendo que decir, demasiado confundido con aquella situación.

-Tú eres el Sultan del mundo, padre, el gobernante de todos los continentes, el soberano de los siete climas, ese eres tú- cito Baru, recordando el protocolo cortesano, observando seriamente a su padre.- No deberías dejarte afectar por la debilidad, a nadie beneficia eso- reprendió el Príncipe una vez llamado Sultan del Imperio,- no lo sabré yo, perdí el trono de la peor forma posible- sonrió Baru ligeramente, bajando levemente la bufanda alrededor de su cuello,, exponiendo la cicatriz dejada por la espalda que lo había decapitado.

Como Sultan no tenía mucho de lo cual enorgullecerse particularmente, había sido joven e inexperto, había muerto con casi diecisiete años, su hijo había sido asesinado como él mismo a su vez y como había muerto su hermano Itachi antes de que hubieran podido pensar en disputarse el trono o algo así, pero si algo recordaba Baru era la diplomacia y deberes inculcados por su madre, la sabiduría que ella le había enseñado y la usanza del deber, el recuerdo de que se debía pensar en el Imperio y el pueblo por encima de cualquier cosa y su padre debía de hacer eso, no podía dejarse confundir por el dolor de la perdida, debía de superar lo sucedido y seguir adelante justo como su madre lo estaba haciendo, pese a ser mucho más frágil y estar mucho más herida que él.

-La misericordia que quieres mostrar tiene sus consecuencias- advirtió el Príncipe, indicándole indirectamente a su padre que es lo que debía de hacer. -Todos a tu alrededor siempre están tramando algo, padre, no puedes confiar en nadie…excepto en mi madre- cito Baru, no pudiendo evitar perder su mirada en la nada al rememorar los últimos momentos de su vida junto a su madre y lo importante que había sido y siempre seria en su vida, -ella siempre es leal a ti por encima de cualquier otra cosa, ha elegido ocultar su auténtico dolor por mí, por Itachi, por mi hijo Daiki y ahora por Kagami- confeso el Uchiha, ocultando la decepción que sentía porque su padre no comprendiera del todo el enorme sacrificio que su madre hacia cada día. En esas circunstancias el único que entendía quien era su madre y cuan noble era su actuar era Daisuke. -Ella siempre se mantendrá cerca de ti, con ello puedes respirar tranquilo- sonrió Baru, extrañando sinceramente a su madre, a su hermosa y atenta madre que siempre lo había amado y él a ella.

Sasuke asintió, totalmente de acuerdo con aquella declaración, confiando ciegamente en su esposa. Baru acababa de ratificar lo que él ya sabía; Sakura era la única persona leal en su Imperio.


-En nombre de Kami, clemente y misericordioso, abro esta reunión- procedió Kakashi con el debido respeto hacia el Sultanato y la providencia divina.

Era una tradición dinástica pedir omnisciente permiso al altísimo de lo que se pensaba hacer, las tradiciones dentro del Imperio y el pueblo eran muy marcadas y su fe en infinidad de ocasiones representaba todo aquello en que creían porque era así efectivamente, pero resulto extraño para los Pashas y Visires presentes que el Gran Visir nuevamente se ocupara de dirigir la reunión del Consejo, de pie ante el trono Imperial como representante de la voluntad del Sultan. Era el segundo día que el Sultan no asistía a las reuniones del Consejo Real y esto comenzaba a confundir y extrañar a los Pashas y Visires.

-Kakashi Hatake Pasha-protesto Kisame Hoshigaki antes de que diera lugar la reunión, como debía ser, -¿Su Majestad tampoco estará presente hoy? Como sabe hay asuntos que…- intento cuestionar el Pasha.

-Su majestad ha decidido tomar un breve descanso tras las perdidas recientes- alego Konohamaru, molesto ante la negativa del Pasha, consiente de su alianza con la Sultana Naoko y su responsabilidad en la muerte del Príncipe Kagami, ocultando esto, claro.

-¿En serio?- inquirió el Hoshigaki, no del todo conforme con aquella respuesta.

-Sí, pero la reunión de hoy es importante- señalo Boruto, igualmente en desacuerdo con la intervención de Kisame Pasha. -La posición del juez estatal de Konoha está vacante, al igual que otras posiciones del estado- menciono el Uzumaki, aludiendo lo obvio.

-En efecto, pero no sé cómo efectuaremos estas decisiones sin su Majestad- protesto Choza Pasha, evidenciando la importancia del Sultan en la toma de decisiones.

El ambiente era tan tenso que claramente podía cortarse con una espada, pero nadie parecía dar su brazo a torcer. Si bien estaban allí para hacer la voluntad del Sultan y velar por el bienestar del pueblo y el Imperio, todos coincidían en que resultaba necesariamente inequívoca la presencia del Sultan y soberano del mundo en ese momento o de alguno de los príncipes que dieran testimonio de que todo se encontraba en orden y que no había problema alguno que afectara al Imperio o al Sultanato.

-¡Atención!, ¡Su alteza el Príncipe Daisuke!- anuncio repentinamente el heraldo, desde el exterior.

Las puertas se abrieron de forma sorpresiva e inmediata, dando paso al heredero del milenario Imperio Uchiha que, siendo reverenciando por los Pashas y Visires presentes, avanzo dignamente hacia el trono Imperial donde ocupo soberbiamente su lugar como si ya fuera el Sultan que gobernaba el mundo entero…y en parte lo era ya que su madre le había encomendado la labor de gobernar en ausencia de su padre y sabía cómo hacerlo, su madre le había enseñado como ser un Sultan admirable y no la decepcionaría por nada. Usando una simple túnica color negro, de cuello alto y mangas ajustadas, el Príncipe Heredero portaba un soberbio Kaftan gris azulado oscuro de aspecto arcaico y militar, decorado con piezas de plata a modo de hombreras y que cerraban el Kaftan a la altura de su abdomen, con mangas hasta los codos—exponiendo parte de su túnica—con unas mangas posteriores que oscilaban hacia el frente como largos lienzos en los costados de sus brazos, brindándole una imagen imponente al igual que el efecto que recreaba el marcado y grueso cuello que ocupaba gran parte del frente.

Algún día iba a ser el Sultan del mundo y la mejor forma de aprender sobre su futuro rol en la vida era siendo el protagonista de las reuniones del diván como debería de hacer en su día. Daisuke no hubo necesitado siquiera levantar su mirada hacia el discreto enrejado superior que se encontraba en lo alto de la habitación, oculto de la vista de todos-y que ocultaba la habitación secreta que daba con la sala del Consejo Real-para saber que sus hermanas Mikoto, Shina y Sarada se encontraban presentes en la habitación contigua, escuchando y observado todo cuanto tenía lugar, admirando su temple como Sultan y a su vez vigilando que los Pashas se comportaran como debían o ellas intervendrían directamente de ser necesario.

-Yo confirmare los nombres, Choza Pasha- zanjo Daisuke, inamovible. -Mi padre me ha dejado a cargo hasta nuevo aviso- aclaro el Uchiha ante el evidente desconcierto de la gran mayoría de los presentes, más eso no le afecto en lo absoluto. Estaba allí con un fin y no descansaría hasta concretarlo; cumplir la voluntad de su madre, -no tienen de que preocuparse, los asuntos de estado no quedaran desatendidos- garantizo Daisuke con el digno temple de un Sultan.

En realidad, lo que estaba haciendo no era algo tan polémico, drástico o sorpresivo, de hecho; la tradición Imperial dictaba que cuando el Sultan abandonaba la capital para visitar alguna de las provincias vecinas-fuera por el motivo que fuese-era el deber del Príncipe Heredero, o el mejor sucesor posible, regir el Imperio y aprender sobre la gobernanza y eso era justamente lo que estaba haciendo solo que su padre estaba en el Palacio y se encontraba enfermo, todo lo demás estaba totalmente bien.

-Alteza- reverencio Kisame Hoshigaki, prudentemente, -Kami mediante, su Majestad está bien- supuso el Pasha.

-Perfectamente- contesto Daisuke, esperando que nadie pusiera en duda su propia autoridad como sucesor del Sultan, -pero él y mi madre han elegido mantenerse al margen para lidiar con las pérdidas que nos ha afectado a todos- menciono el Príncipe, intercalando su mirada hacia todos los presentes que asintieron, comprendiendo la situación. -Pero, como Príncipe de la Corona, me he ofrecido para hacerme cargo del Sultanato en su ausencia- informo Daisuke, inamovible.

Había enemigos con que lidiar, tanto dentro como fuera del Imperio y él quería encargarse personalmente de ello, su madre le había dado una labor que llevar a cabo y su deber era demostrar que él era el digno sucesor de su padre; Rai era el hijo de la Sultana Naoko, alguien en quien no confiaban, y Shisui solo tenía catorce años y no sabía nada de política, en lo absoluto. Kagami hubiera sido igualmente aceptable pero desgraciadamente ya no estaba vivo para brindar su ayuda.

En memoria de sus hermanos Itachi, Baru y Kagami; sería el digno heredero del Imperio y el Sultanato.


-La condición del Sultan debe quedar entre nosotros, la capital no puede agitarse innecesariamente- pidió la Sultana, observando a los miembros más importantes de su sequito y administradores del Palacio como tal, -ya tenemos nuestras propias cargas que llevar- menciono la Sultan más bien para sí misma.

Sentada frente al escritorio del Sultan, observando con esperanza y silente apoyo a sus aliados incondicionales, la hermosa Sultana se encontraba exquisitamente ataviada en unas favorecedoras y conservadoras galas celestes grisáceas, de cuello alto y ajustadas mangas de encaje transparente. El vestido de seda y satín ente gris y azul difuso, especialmente gris, era de escote corazón, decorado en caía vertical por cinco diamantes hasta la altura del vientre, falda interina igualmente hecha de encaje por sobre la tela y mangas superiores abiertas desde los codos y holgadas para enseñar las mangas inferiores. Sobre su largo cabello rosado, peinado en una larga trenza que caía tras su espalda, se hallaba la soberbia corona de tipo torre que caracterizaba al Imperio, hecha de tafetán gris purpureo y decorada por rubíes y diamantes sobre una base de oro que relucía ante el movimiento, complementando los sencillos pendientes de oro y cristal en forma de lagrima que usaba para mayor elegancia.

Delante de ella se encontraban aquellos que eran más cercanos a su persona, los más leales y próximos a su corazón , aquello que con el paso de los años habían probado incansablemente su lealtad al Imperio y más especialmente a ella; Ino que era la encargada del Harem y las concubinas, Shikamaru y Choji que se encargaban por completo de la administración de los sirvientes, Tenten que se encargaba por completo de ser su mano derecha y la encargada de sus aposentos así como Temari que se encargaba de la contabilidad y del tesoro del Harem.

-Si, Sultana- reverenciaron al unísono todos los presentes.

-Pueden retirarse- despidió Sakura.

La hermosa Haseki contemplo tristemente la partida de sus amigos y aliados que en ningún momento le hubieron dado la espalda. Sabía que podía confiar en que su voluntad se cumpliera, en que nada ocurriera en el Palacio, pero le melancolía era sumamente recurrente en ella y viendo a Sasuke enfermo…no podía evitar recurrir a la introspección, sumirse en sí misma y en esa continua tristeza que la hacia desear llorar en cada oportunidad y que desestimo, limpiando una lagrima que estuvo a punto de deslizarse por su mejilla.

Ese no era el momento de llorar.

Levantándose del escritorio y sujetándose ligeramente la falda para no tropezar, la Sultana se dirigió lentamente hacia la cama donde tomo asiento cuidadosamente, entrelazando una de sus manos con la de Sasuke, acariciándole cariñosamente el rostro, orando silenciosamente porque la fiebre remitiera con prontitud. Afortunadamente no se trataba de nada grave, pero no le agradaba en lo absoluto verlo enfermo, le recordaba la viruela sufrida antes del nacimiento de Baru y no quería volver a aquellos días de revuelta, sacrificio y preocupación. El repentino eco de golpes contra la puerta la saco de sus pensamientos, devolviéndola a la realidad.

-Adelante- indico la Haseki.

Inclinándose ligeramente y depositando un beso sobre la frente de su esposo, la Sultana se hubo levantado de la cama, alisándose ligeramente la falda apenas y las puertas fueron abiertas por obra de los jenízaros en el exterior, permitiendo la entrada de Naruto Uzumaki que sonrió ligeramente al verla. Puede que ella hubiera tenido que enfrentarse a grandes pérdidas y problemas recientemente, pero a su entender seguía siendo la mujer más hermosa del mundo.

-Sultana- reverencio respetuosamente el Uzumaki; ahora Hasoda Basi, -se ha esparcido el rumor de que su majestad ha muerto, evidentemente nuestros enemigos están más próximo de lo esperado y no has desaprovechado la oportunidad- alerto Naruto, igual de disgustado que ella ante este hecho. -El pueblo está en el patio del Palacio, quieren ver a su Majestad o a usted- informo el Uzumaki.

-Kami…- murmuro Sakura, tocándose las sienes.

Evidentemente no se podía salir de un problema para luego entrar en otro, todo tenía su lado bueno y a su vez su lado malo y en ausencia de Sasuke era su deber lidiar con todo y tendría que hacerlo, al fin y al cabo el pueblo confiaba en ella y en su criterio desinteresado, en su bondad y en su honestidad y lealtad con ellos, en realidad no tenia de que preocuparse.

-No tenga miedo, Sultana- pidió Naruto, preocupado por los sentimientos de ella, -sacrificare mi vida de ser necesario para protegerla a usted, al Sultan, a los Príncipes y las Sultanas- prometió el Hasoda Basi.

-Agradezco tu oferta, Naruto- sonrió Sakura ligeramente, desestimando con cortesía su abrumador apoyo incondicional, -pero este no es el momento para permitir el derramamiento de sangre, ya se ha perdido demasiado- murmuro la Haseki, especialmente esto último para sí misma. -Diles a los jenízaros que aguarden a las puertas del Palacio y dile a mi hijo Daisuke que venga, yo me ocupare de esto- ordeno Sakura, sabiendo que solo había una decisión que tomar en esas circunstancias.

Naoko había lanzado la primera piedra, así es como Aratani le había confesado quien era la auténtica responsable de la muerte de su hijo Kagami, pues ahora era el turno de ella. Si lo que Naoko quería era una guerra la tendría pero había una gran diferencia; ella era la madre del Príncipe Heredero del Imperio y como tal había llegado la hora de decirlo ante todo el mundo, porque Daisuke gobernaría el Imperio y el Sultanato tras Sasuke, de ello estaba segura y era hora de que todo el mundo lo supiera. Naruto casi pudo leer los pensamientos que brillaban en sus ojos, sonriendo levemente, totalmente de acuerdo con todo cuanto ella decidiera, más que dispuesto a acatar todas sus órdenes.

-Como ordene, Sultana- acato el Uzumaki, reverenciándola.


Estaba soñando, lo sabía, técnicamente ver a su hijo que llevaba casi más de diez años muerto era la mejor prueba de ello y a lo largo del paso del tiempo, que no tenía ni idea de cuánto había pasado, se había percatado que sucedían y tenían lugar cosas que simplemente no tendrían lugar en la vida real. Se encontraba enfermo, pero se recuperaría, había escuchado la voz de Sakura entre semejante bruma de silencio e irrealidad. Solo debía de esperar a que eso pasara y lo haría.

Técnicamente era un sueño, no debía de sentir hambre o sed siquiera, pero lo sentía, sentía sed y no pudo evitar detenerse-entre su infinito trayecto por aquel bosque-ante un rio en su camino a beber algo de agua. No sabía que esperar o que sucedería luego de lo que había tenido lugar, pero saber que se encontraba en un sueño hacia las cosas ligeramente más amenas, al fin y al cabo era su mente, él decidía que es lo que pasaba o no. Técnicamente. El repentino eco de pasos y el relincho de un caballo lo saco de sus divagaciones, levantando la vista hacia su costado derecho donde hubo contemplado con sorpresa al misterioso jinete; aquel hombre que aparecía en sus sueños, montado sobre aquel soberbio corcel ébano, con el rostro cubierto y cuyos orbes ónix lo observaron con arrogancia. ¿Quién era él? Quizá esa fuera la única oportunidad que tuviera de averiguarlo.

-Tu…- murmuro Sasuke.

Prediciendo que lo que él quería eran respuestas, el jinete tiro levemente de las riendas, indicándole a su caballo que se moviera y emprendieran el camino que daba frente a ellos, ignorándolo a él abiertamente, pero no…no iba a dejar las cosas así simplemente, si estaba soñando, esta vez encontraría las respuestas que quería. Ya llevaba mucho tiempo viendo a ese hombre desconocido en sus sueños. Necesitaba saber quién era realmente y que propósito ocultaba su presencia en tan repetidas ocasiones.

-¡Detente!- ordeno Sasuke.

No escuchándolo en lo absoluto, el jinete hizo que su caballo galopara ligeramente lento antes de emprender una veloz carrera, intentando ser alcanzado por el hombre que, habiéndolo visto tantas veces en sus sueños, quería respuestas desesperadamente, quería saber de quien se trataba, haciéndolo sonreír con burla bajo la bufanda que le cubría inferiormente el rostro. Casi como si quisiera burlarse de él tras perseguirlo exhaustivamente, el jinete hizo que su caballo dejara de galopar y en su lugar sustituyera su andar por un ligero trote, rodeando una especie de charco que se encontraba sobre el suelo, sin detenerse, sin voltear ni una sola vez, frustrando a Sasuke que, jadeando a causa del esfuerzo, detuvo su carrera por completo, caminando lentamente, repitiéndose lo que ya debía de tener claro; aquel lugar y todo cuanto sucediera solo tenía lugar por causa suya, era su mente, Ya era suficiente de tantas tonterías. Siguiendo los pasos anteriormente dados por el jinete, Sasuke no tuvo reparo alguno en pasar por sobre el charco que, a su entender, no era sino lodo, pero que lo sorprendió apenas se encontró sobre el haciéndolo hundirse repentinamente hasta la altura de las rodillas. Tenía que ser una broma, simplemente era ilógico, ¿Cómo es que le estaba ocurriendo eso? Sasuke grito frustrado al ver que de nada servía que intentase salir de allí, solo conseguía hundirse más.

Era ridículo.

Como una muda burla ante la situación en que se hallaba, el jinete regreso siguiendo sus propios pasos, con su caballo trotando lenta y ligeramente, deteniéndose un par de pasos delante suyo, haciendo que Sasuke lo observara con desconfianza al verlo descender con maestría de su caballo y mientras avanzaba hacia él, hasta situarse frente al charco, observándolo con un deje de burla entre su mirada ónix empañada de arrogancia y soberbia, como si creyera ser mejor que él, como si se creyera invencible. Ya era suficiente de tantos secretismo, ¿Quién era ese hombre realmente?, ¿Qué se suponía que representaba? Necesitaba, no, exigía saber quién era.

-¡Quién eres!- rugió Sasuke.

Un breve silencio de no más de un segundo debió de tener lugar antes de que el misterioso hombre sujetara el extremo de la bufanda que cubría la parte inferior de su rostro, bajándola de una vez y con un solo movimiento ante la sorprendida e incrédula mirada de Sasuke…se trataba de el mismo. El Sultan hubo acomodado la bufanda alrededor de su cuello, observando casi burlesca y displicentemente al hombre delante de él, hundiéndose en aquellas arenas movedizas y observándolo entre sorprendido y aterrado.

Por fin lo aludido por Yosuke tenía sentido, su propia y continua inquietud sobre si hacia las cosas bien o no cobraba sentido mientras observaba su propio rostro en aquel hombre que representaba la diferencia que nacía en su propio interior: Hombre o Sultan, ¿Quién era realmente? Nunca podía aclarar aquella duda y la imagen del soberbio Sultan delante de él era la prueba. Él, que se estaba hundiendo en la arenas movedizas, representaba al hombre en él; al hombre que tenía limitaciones y miedos, que deseaba dejarse dominar por los sentimientos, y el Sultan frente a él, que lo observaba con la frente en alto y una sonrisa ladinamente sínica; era la crueldad que no quería alcanzar, el Sultan ambicioso y cruel que ignoraba los sentimientos y solo se concentraba en ganar más poder, el reflejo de su padre, el Sultan Izuna.

-Silencia todas esas órdenes, Sasuke- aconsejo el Sultan, -no escuches a quienes intentan confundirte, yo no soy tu enemigo, yo soy todo lo que esperas y quieres ser, lo que te esta privado- menciono el Uchiha con arrogancia, -todos quieren limitarte, alejarte del auténtico poder y la gloria que puedes obtener- instigo el Sultan, aludiendo que debía de desconfiar de todos a su alrededor, -rompe con esos sentimientos baratos; miedo, tristeza, sufrimiento, celos, dolor, amor- enumero el Uchiha con inequívoca frialdad. -Ignóralos, aléjate de ellos, acepta lo que realmente quieres ser y sepulta tus sentimientos- aconsejo el Sultan, maquiavélicamente.

Sasuke no pudo pensar siquiera en que hacer, en que decisión tomar o en si creer en esas palabras o no mientras sentía como se hundía cada vez más rápido, sin apartar sus ojos de aquel hombre que no era sino el mismo y que mantuvo la frente en alto con aquella osadía inequívoca hasta verlo sumergirse por completo y desaparecer. El Sultan contemplo con arrogancia su desaparición porque era lo que deseaba; ocupar el completo lugar que le correspondía y olvidarse de la humanidad en él, centrarse en lo que él consideraba importante ¿Qué era la vida sin poder ni gloria? Era el Sultan del Imperio, no necesitaba de sentimientos humanos y estúpidos, mientras su nombre fuera gritado con honor y orgullo a los cuatro vientos, mientras fuera poderoso…valdría la pena su legado y esfuerzo.

Existía una gran diferencia entre el hombre y el Sultan.


-¡Atención!, ¡Su Majestad la Sultana Sakura y su Alteza el Príncipe Daisuke!- anuncio uno de los jenízaros.

Hacía décadas atrás presentarse ante el pueblo de la forma en que ahora pretendía volver a hacerlo había tenido consecuencias positivas, y pretendía que esta vez las cosas fueran así nuevamente, más aun cuando se presentaría junto a su hijo para tranquilizar a las masas, pero en realidad no podía preverlo y era por causa de esto que llevaba alrededor de cuello—bajo su vestido—aquel sagrado medallón, obsequiado por el difunto Hiruzen Sarutobi Efendi, que la había salvado de la muerte cuando había enfrentado a la gente para impedir que el Imperio colapsara por competo durante los días de Mito.

Lucía un modesto vestido rojo—el color que representaba al Imperio—hecho de seda granate que tenía estampado en la falda y los costados del corpiño el emblema de los Uchiha, de escote corazón y sin mangas por sobre una capa inferior hecha de encaje semi transparente que conformaba un cuello alto y unas mangas ajustadas. Por sobre su vestido se hallaba un pesado abrigo de piel color negro cerrado desde el escote hasta poco más arriba de las caderas por obra de una seguidilla de broches de cuna de oro con un rubí en el centro, y mangas holgadas, con un grueso cuello de piel color rojo que le brindaba la apariencia de un rango que jamás tendría; el de Madre Sultana. Sobre su largo cabello rosado, recogido en una coleta que caía tras su espalda, se encontraba la formal corona ornamental de los Uchiha hecha de seda color negro y conformada por una estructura de palta decorada con ónix y diamantes, sosteniendo un largo velo color negro, perfeccionando la imagen de Sultana poderosa con un par de pendientes de cuna de plata con una piedra de ónix en el centro.

Emulando la característica talante de los Sultanes Imperiales, Daisuke se mantenía junto a su madre, acompañándola en todo momento hasta llegar al lugar exacto en que esperarían; las puertas que comunicaban al patio donde se encontraba el pueblo. Cualquiera que lo hubiese visto habría garantizado que estaba contemplando a un poderoso Sultan reinante desde hacía ya varios años y no a un Príncipe que cumplía con su labor ya que su forma de caminar y mantener la espalda erguida y la frente en alto era digna de alabar por quien lo hubiera conocido o no. Portaba un magnifico Kaftan dorado oliva de cuello alto y marcadas hombreras, mangas abullonadas hasta los codos y ajustadas hasta las muñecas, apegado a su complexión física. El área comprendida al cuello y la altura correspondiente a los hombros estaba ribeteada en diamante y bordados que emulaban el emblema de los Uchiha y que desaparecían dando paso a una seguidilla de siete botones de oro en vertical hasta la altura del abdomen donde se abría y permitía la clara visualización de los pantalones color negro a juego un par de pesadas botas de cuero que usaba bajo el regio atuendo. Para ser todo y más de lo esperado solo hacía falta la espléndida corona Imperial y eso quizá estuviera absolutamente destinado a pertenecerle, pero no por ahora, pese a ello la Sultana Sakura si lo creía mientras detenía su andar al igual que su hijo, de pie frente a las puertas, no pudiendo evitar observarlo con el orgullo que sentía por él, como madre que era al ver a su hijo convertido no solo en un hombre, no solo en un guerrero habilidoso; convertido en alguien que sería un magnifico Sultan.

No pudiendo contener por más tiempo su preocupación, Naruto Uzumaki no dudo en acercarse hasta donde se hallaban la Sultana y el Príncipe ante quienes se detuvo con inequívoca obediencia como vasallo del Imperio, o más bien de la belleza y bondad de la esposa del Sultan. El Uzumaki se encontraba gallardamente ataviado en sus usares jenízaros como todos su compañeros y contemporáneos que servían lealmente al Imperio, pese a que él lo hiciera personalmente por sentimientos mas románticamente egoístas; amar a la esposa y Haseki del Sultan, la única mujer que le estaba totalmente prohibida y siempre lo estaría.

-Alteza, Sultana- reverencio el Uzumaki con el debido respeto, más no pudiendo evitar observar con palpable preocupación a la hermosa Haseki, -Sultana, no es necesario que se arriesgue, los jenízaros y Spahi están preparados- garantizo Naruto.

La lealtad de Naruto hacia ella no parecía tener fin, permanecía pendiente de ella con tal de protegerla, esperando que ella no fuera infeliz o triste de ninguna forma posible y Sakura apreciaba eso. Cuando todo eso pasara y Sasuke se hubiera recuperado por completo…tenía algo muy importante que decirle, algo digno de los sentimientos que el Uzumaki albergaba por ella y que sorprendentemente se habían mantenido a pesar de haber transcurrido más de diez años desde aquella ocasión en que le había declarado sus sentimientos abiertamente.

-No será necesario implicar a nadie, Naruto- se abstuvo Sakura, sonriéndole ligeramente al Uzumaki. Ante la atenta mirada del Uzumaki sobre su persona, la Sultana sostuvo la cadena de plata alrededor de su cuello, extrayendo del interior de su vestido el dije que emulaba el emblema de los Uchiha y que sobre su superficie tenia incrustada una bala. -Hace décadas atrás el Sultan estuvo a punto de morir, esta bala debió matarme a mí, pero Kami mediante este obsequio del difunto Hiruzen Sarutobi Efendi me salvo- relato la Haseki, rememorando aquellos días y no necesitando hondar profundamente para saber que el Uzumaki hacia igual, escuchándola atentamente, viéndola regresar el dije bajo su vestido. -Su majestad no morirá, y en espera de su recuperación nuestro sagrado deber es mantener la paz del mundo y eso es precisamente lo que haremos- sentencio Sakura, firmemente.

-De ser así, Sultana, permítame estar a su lado- pidió Naruto con el debido respeto.

No pasó inadvertido para Daisuke los sentimientos románticos osadamente relejados en los orbes zafiro del Uzumaki, pero él sabía que su madre no correspondía a ello en ninguna medida, más los sentimientos del Hasoda Basi por su madre lo hicieron sonreír ligeramente. Su madre era la mujer más hermosa del mundo y que Naruto estuviera enamorado de ella no hacía más que ratificar tal cosa. Guardaría el secreto porque, y sin negarse, su madre estaba sola en múltiples ocasiones y cualquier tipo de compañía-sentimental-era bien recibida, pese a que su padre fuera el único hombre en la vida de su madre.

-¡Atención!, ¡Su Majestad la Sultana Sakura y su Alteza el Príncipe Daisuke!- anuncio Naruto con voz clara.

Con un suave eco, las puertas que comunicaban al Palacio con el patio les fueron abiertas iluminando los ropajes y cuerpos de ambos con la cálida luz del sol que recibió su imponente aparición. Frente en alto y manteniendo su actuar regio, la Sultana hubo acompañado en todo momento a su hijo, ambos siendo escoltados por Naruto Uzumaki tras ellos, rodeando el torno Imperial y deteniéndose delante de él, cómo promesa omnisciente de que el poder recaía en ella que era la Haseki del Sultan y en su hijo que era el Príncipe Heredero del Imperio. Ellos representaban el poder más alto dentro del Palacio y el Sultanato Imperial; en sus manos se encontraba el poder más grande a obtener sobre la tierra.

-Confiesen sus miedos e inquietudes ante nosotros, estamos aquí por y para ustedes- alentó Sakura, con voz dulce.

Su comunicación con el pueblo y el amor que sentía por la clase más baja de la sociedad siempre había dado que hablar, pero no negativamente sino que todo lo contrario, antes de ser Sultana siquiera ya se había enfrentado a la gente y los había convencido de que mientras ella se encontrara en el Palacio todo sería regido con ecuanimidad y bondad, de su parte al menos, y así había sido a lo largo de los años. Por su bondad y cariño es que el pueblo la adoraba y confiaba en que ella siempre velaría por ellos haciendo que el Imperio se volcara por completo a la sustentación del pueblo.

-Dicen que su Majestad ha muerto, Sultana- aclaro uno de los hombres presentes, bajando respetuosamente la mirada ante ella, -dicen que los Pashas y Visires ocultan la verdad- confeso el individuo, siendo secundado por gran parte de los presentes.

-No crean en esas mentiras- pidió Sakura, sonriendo ligeramente, transmitiendo la quietud y tranquilidad que ellos necesitaban, -su Majestad está enfermo, pero solo es una fiebre pasajera, Kami mediante se recuperara dentro de poco y volverá a estar ante ustedes- oro silenciosamente la Haseki, siendo secundada por su hijo, los jenízaros presentes y el pueblo que asintió ante sus palabras, sin presentar negativa alguna, -pero hasta entonces nuestro deber es esperar toda eventualidad posible, la muerte de quienes amamos no será excusa para alejarnos de nuestro deber, y como prueba…- Sakura aguardo un segundo, muy segura de la decisión que tomaría y lo que significaba, antepondría a su familia y al Imperio por encima de cualquier otra cosa ya su familia y el pueblo representaban al Imperio, incluso por encima de su vida, -nombro oficialmente al Príncipe Daisuke como Heredero del Sultanato y futuro Sultan del Imperio- manifestó la Sultana con voz indeleble y segura.

Evidentemente sorprendidos por su declaración, el pueblo se observó entre sí, sonriendo ante su promesa de que ella se encargaría de mantenerse junto al Príncipe, prometiendo omniscientemente que sería Madre Sultana como no lo había sido durante el Sultanato del Sultan Baru. Una reverencia total de parte del pueblo fue aquello que más le dio seguridad a Sakura que asintió serenamente al ver que el pueblo accedía a todo cuanto ella considerase conveniente, confiando totalmente en su criterio sin importar lo que pasara.

-¡Larga vida a la Sultana Sakura!

-¡Larga vida al Príncipe Daisuke!

-¡Larga vida al futuro Sultan!

-¡Larga vida a la Madre Sultana!

-¡Larga vida al Imperio Uchiha!

Manteniendo la frente en alto y escuchando los vítores llenos de amor y lealtad de la gente, del pueblo, Sakura giro su rostro hacia su hijo, sonriéndole radiantemente a él que le sonrió de igual modo, perdido en la belleza de su madre y su bondad así como su fe en él, haciéndola sentirse más orgullosa de verlo convertido en el heredero de aquel poderoso Imperio. Naoko había perdido la batalla decisiva; si ella oficializaba que su hijo era el Heredero Imperial, el pueblo solo acataría lo que ella dijera, no lo que dijeran otros Pashas o Visires. Su palabra equivalía a la felicidad del pueblo y la felicidad del pueblo equivalía a su propia calma y la seguridad del Imperio.

Ella era el Imperio.


PD: Lamento la demora pero tuve un pequeño problema a causa de mi Internet, pero les garantizo que actualizare nuevamente dentro de poco pues tengo planeado compensar mi injustificada ausencia :3 he aquí la actualización dedicada a DULCECITO311 (como siempre y cuyos comentarios adoro)así como a todos aquellos que leen, siguen o comentan la historia en todas su formas, agradeciendo la atención que le brindan a esta humilde y despreciable escritora :3 quería avisar que la alusión hecha a Indra Otsutsuki está justificada ya que pienso hacer un nuevo Fic en base a la serie Ertugrul (que finalizo apenas el mes pasado) basada en el personaje historia de quien fue el padre de Osman I el primer Sultan del Imperio Otomano, evidentemente esperare apoyo y conformidad de ustedes antes de iniciar la redacción, pero quería comunicarles mi idea ::3 nuevamente gracia por la atención, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.