Tonks suspiraba, mirando el amanecer. Había ladeado la cabeza hacia atrás, para mirar a su esposo dormir. Claro, ¿cómo iba a dormir luego de recordarlo de golpe? Sonrió de forma pícara y brincó en la cama. Ligeramente emocionada.

La sorpresa que iba a darle.

Y ante el movimiento, Severus Snape despertaba confuso y parpadeando para ajustar su visión a la luz del sol en el alba.

— Severus, ¡feliz cumpleaños!

Snape había parpadeado sorprendido y se había empujado en la cama, con las manos, hasta sentarse. ¿Cumpleaños? ¿Realmente? ¿Qué fecha era?

— Mi... ¿cumpleaños?

La mujer había asentido, inclinándose junto a la cómoda que tenía a un lado de ella, para buscar un calendario. Tenía la fecha enmarcada allí y luego la suya propia y la de sus hijos. El profesor de pociones había meditado en silencio.

Claro, su cumpleaños. Treinta y nueve años.

— Gracias, Nymphadora.

Y la mujer se había inclinado para besar a su esposo. Modestamente. Se había puesto en pie y la había escuchado en el salón. Hablaba con alguien y supuso que era su hijo mayor, porque en cuanto había escuchado su voz en el pasillo, también sus pasos briosos y cómo brincaba en la cama para abrazarlo.

— Feliz cumpleaños, ¡papi!

Había sonreído suavemente, mientras acariciaba su cabeza con mucho cuidado. Él siempre estaba atento a los cumpleaños.

Le encantaba felicitar y dar obsequios. Lo que fuera que pudiera hacer o encontrar.

— Gracias. Dime, ¿ya te cepillaste los dientes? ¿te bañaste? Huelo algo terrible. ¿Serás tú?

El niño se había echado a reír, bajándose de la cama de un salto y pasando junto a su madre con una sonrisa enorme entre sus labios. Corriendo.

Sí, esos solían ser días felices.

— No me digas que no quieres pastel, Severus. Ellos me pedirán que te compre uno y eso haremos.

El hombre había sonreído, mientras acariciaba una de las mejillas de su esposa, al ella sentarse en la cama a su lado. Antes de que pudiera decir una sola cosa, escuchó una vocecilla que se acercaba.

— Feiz cumpeaños papi. Feiz cumpeaños...

Y se había acercado hasta la cama, mientras trataba de subirse. Y lo había conseguido, sentándose allí y chupándose un dedo.

— No te chupes los dedos, es malo para los dientes. Y además ya estás grande para eso. — había dicho su padre, mientras la sentaba en su regazo y ella se echaba allí, cómodamente. A abrazarlo. — Gracias. ¿Dormiste bien?

— Sí.

Y la había visto bajarse de la cama, para irse corriendo. Así solía ser ella, incansable. Siempre corriendo de un lado al otro con cubos y juguetes.

— Les preguntaré qué pastel quieren. Como sé que a ti te da igual y no te gusta mucho.

Severus estaba sentado en una esquina, cerrándose las mangas de su camisa. Había sonreído al escuchar aquellas palabras.

— Chocolate. A ellos les encanta el chocolate. Pero ten cuidado de que no esté muy sobrecargado, para que no enfermen.

La mujer había asentido y había escuchado a su hijo gritar algo desde el salón.

— ¡Vamos a cocinarle a papi lo que más le gusta!

— Si supieran que no se consigue fácilmente, eso que me gusta.

Nymphadora había sonreído, rodeándolo con sus brazos mientras él le daba la espalda en aquel rincón.

— Pero yo sé donde precisamente.

Y por supuesto que sí.

— Ten cuidado al salir.

Eso había dicho él, su esposo, antes de que ella se bajara de la cama.

— Claro, descuida. No tienes de qué preocuparte.

Y eso había dicho ella, con otro beso. Mientras caminaba hacia el salón con una sonrisa y lo decía en alto.

— Vamos a la tienda para prepararle una comida especial a papá. ¿Quieren venir?

La pequeña entre sus brazos y el mayor había tomado su mano. Estaban listos para salir y bien, enfrentar al mundo. Juntos.

Como nunca antes lo habían hecho. Madre e hijos. Sin padre esta vez.

Un cambio. Y estaba emocionada con ello.