Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.


Exilio

Lo primero que sintió Lilith al despertar fue el dolor del pinchazo en la muñeca. La miró y notó una costra en ciernes tapando la humillante herida causada por el dardo que Kuroko Smith, aquella coordinadora pelinegra coludida con el imbécil de Kimihito Kurusu, usara para aturdirla. Su afán de liberar una sarta de insultos irreproducibles quedó en nada, sin embargo, al notar que estaba encerrada en una caja de zapatos.

No es que los muros y el techo estuvieran hechos de cartón marrón y con textura lisa, fácilmente quemables si tuviese a mano fósforos o un encendedor. Al contrario. El espacio debía tener unos nueve metros cuadrados y el único mobiliario podía describirse en una palabra: deplorable. La diablesa se vio tendida en una estrecha cama de una plaza, dotada de sábanas y frazadas calificables de sencillas. Al otro extremo notó un inodoro limpio (prácticamente impoluto) y un lavamanos carente del típico espejo encima de todo; abajo había un taburete de plástico para ayudarle a empinarse y recordarle, al mismo tiempo, lo enana que era. Justo frente a ella apareció una puerta de metal reforzado con rendija, carente de manillas u otros mecanismos que pudiese operar mediante sus pequeñas manos.

Saltó hacia allá, golpeando con toda la fuerza que podía sacar entre el terror comenzando a inundarla

-¡Abran! ¡Abran esta maldita puerta! -aulló enrabiada-. ¡Sáquenme de aquí, maricones!

Se quedó pegada allí casi diez minutos (calculó) antes de rendirse momentáneamente. Al dar la vuelta encontró otra opción de fuga: una ventana por la que apenas se veía la luz del amanecer.

"Sí, puedo salirme por allí", sonrió de forma perversa. "Ya me he escapado de estos idiotas muchas veces y ahora no será distinto".

Tomó carrerilla en el escaso espacio disponible entre el lavamanos y la cama, saltó sobre el colchón acrobáticamente y se colgó a todo lo que daban sus deditos de un dintel cuyo ancho se contaba en milímetros. Apelando una vez más a esas fuerzas que toda diablesa, por credo, llevaba en su interior, flectó los brazos hasta elevar su cabeza al nivel deseado. Lo único que capturaron sus ojos, para su mala suerte, fueron leves destellos de luces ubicadas muy lejos, demasiado abajo para permitirle saltar. El alma se le fue a los pies y ella misma, cansada de tanto esfuerzo, cedió y cayó al duro suelo. Que su cuerpo aún estuviese lidiando con los efectos del narcótico sólo amplificó el dolor.

-¡Malditos sean...! -gritó de forma patética-. ¡Me han encerrado en aislamiento absoluto estos hijos de perra!

Esto era harina de otro costal. De conversaciones escuchadas entre agentes sabía que MON usaba este método sólo con las liminales más problemáticas, consideradas no aptas para cualquier posibilidad de reintegrarse tras llenar sus archivos de incidentes vergonzosos. La diablesa no era desconocida para el personal de la capital porque salía de un problema para meterse en otro, pero nunca creyó que terminaría relegada al mismo rincón reservado para extraespecies abusivas, golpeadoras, resentidas, involucradas en actividades ilegales e incluso asesinatos. Mientras esperaba ser ingresada por ofensas bastante menores en ocasiones anteriores, fue testigo de pataletas de manual por parte de chicas más grandes y fuertes que ella; algunas hasta venían limitadas por camisas de fuerza, totalmente carentes de juicio ante la mera perspectiva de ser deportadas sin apelación.

-¡Yo no hice nada, malditos! ¡Suéltenme ahora mismo!

-¡Esto es un complot!

-¡Ella me golpeó primero! ¡Lo único que hice fue defender a mi hombre y si la maté fue por accidente!

-¡Qué les importa a ustedes lo que pasó entre nosotros, maldita sea!

-¡Humanos ridículos! ¡Me las pagarán todas juntas!

-¡El papel de represores les sienta muy bien, malnacidos!

-¡¿A esto llaman "sociedad civilizada"?! ¡Qué cinismo!

Esas eran algunas de las expresiones más suaves que perforaban las mismas puertas de los despachos. Ignoraba en qué piso o subterráneo del cuartel general estaba el corredor de aislamiento, pero tenía claro que pasar un minuto más aquí terminaría volviéndola loca.

-¡Ya está el desayuno!

Lo que creía un minuto se volvieron jornadas interminables, a juzgar por la luz entrando a través del diminuto cristal, bañándola levemente para luego sacarle la lengua y mandarse cambiar. Siempre era la misma rutina: despertaba a las cinco y media, bebía agua del lavamanos y luego iba al baño. Como nadie podía verla se daba el lujo de quedarse sentada largo rato, desnuda y moviendo sus piernas colgadas del borde. A las seis en punto deslizaban por la rendija la primera comida del día, consistente en un cuenco de cereales con leche, un vaso de té verde y una ensalada de frutas. Inicialmente pensó en cortarse para llamar la atención de los guardias y salir pitando, mas desistió al instante al ver que los cubiertos eran de plástico y por ningún motivo se habría perforado los ojos. El tenedor era bueno pero el cuchillo habría fracasado al rebanar mantequilla derretida. A la una se servía el almuerzo (platos variados en porciones breves, una vez más con servicio desechable) y a las siete la cena. Cuando el reloj golpeaba las nueve de la noche se apagaban las luces automáticamente hasta el día siguiente y todo se sumergía en un espectral silencio.

Durante las primeras 24 o 48 horas ni siquiera tocó el alimento, gastando casi toda su energía en intentar llegar a la ventana o armar algo para trizar el vidrio con lo que le suministraban. Cuando casi se desmayó hubo de rendirse ante las súplicas de su estómago, devorando todo aunque estuviese frío y gomoso, su rostro creando arcadas que el olvido se llevó. Poco después de dejar las bandejas vacías en la puerta, alguien las retiraba y se perdía pasillo arriba, sin siquiera deslizar una palabra hacia ella.

Dos veces al día Lilith era sacada de su celda y llevada a ducharse; por muy reclusa que estuviera debía mantener un mínimo de dignidad. Sentir grilletes en muñecas y tobillos mientras caminaba a la zona de aseo fue una humillación que le costó digerir, arrojándose al suelo a propósito y recibiendo una bofetada helada, estéril, quirúrgica. Sus tácticas de insultar e intentar provocar también cayeron en saco roto: notó que su centinela asignado intercambiaba señas con otro y concluyó que era sordo. El tipo, joven y de corta cabellera rubio arena, parecía tener un talento particular para no mirar hacia abajo, quedándose al costado de la ducha mientras la diablesa lidiaba con el jabón y el shampoo. Cinco minutos era todo lo que tenía y dedujo que a las extraespecies más bastardas no les daban ni eso.

"Debería considerarme afortunada", pensaba, su ánimo aún decaído, "pero sigo siendo una maldita prisionera".

Ni siquiera sonreía al notar que su caja de zapatos había sido aseada mientras ella estaba fuera. Cama hecha, piso trapeado, lavamanos e inodoro limpios y con aroma a hierbas silvestres. Inhalaba el aroma distraídamente al tenderse en su lecho, volteándose hacia la pared y a veces cubriendo el rostro con su almohada para bloquear la molesta presencia del único foco allá arriba, en el techo, fuera de su alcance. Sus sucias ropas de antes (chaqueta, hot pants, zapatillas deportivas) desaparecieron para nunca más volver, reemplazadas por un uniforme blanco hecho de algodón suave que le hacía parecer interna de uno de esos hospitales psiquiátricos construidos en medio de la nada.

Las paredes de su recámara eran a prueba de golpes y sonido, por lo que ignoraba si allí se encontraban otras liminales en su misma condición. Eso mismo la lanzaba a lo único que podía hacer mientras su rebeldía, la misma que la metiera en tantos problemas, comenzaba a retorcerse de dolor en el largo camino rumbo a la agonía y la muerte: pensar. Recordó todos los anfitriones que habían intentado darle un espacio en sus vidas sólo para ser rechazados por ella; nunca duraba más de dos días en ninguna casa y despreciaba las reglas humanas, considerándolas un atentado a la libertad indeclinable de las diablesas. Daba lo mismo que fueran hombres jóvenes con proyectos, amas de casa, empleados administrativos o jubilados. Aplicaba la misma fórmula con todos: decir de la boca para afuera que iba a ser "buenita" y después proceder a desatar el caos.

Rompía todo lo valioso que encontraba, desde ropa hasta obras de arte; hacía desaparecer dinero y documentos importantes de maletines y mochilas; vertía veneno en plantas y flores; asustaba mascotas o animales callejeros... Tal vez su malicia favorita fuese recurrir a la hipnosis, generando incidentes notorios que le mataban de risa y usualmente terminaban con la víctima en posiciones indefendibles. Los sujetos vulnerables y rígidos, a la usanza de Centorea Shianus, eran arcilla en sus pícaras manos.

¿Qué la llevaba a hacer todo ello? Durante mucho tiempo lo asumió como un rito de crecimiento entre diablesas. Mal que mal, casi toda la perversidad estaba concentrada en sus primeros años de vida, esfumándose por completo una vez alcanzaban la madurez. Deseaba probarse a sí misma y mostrar a sus símiles que ella no necesitaba vivir en paz con los humanos, transformándose poco a poco en un instrumento diseñado para someterlos, reducirlos a objetos destinados a satisfacerlas físicamente. Lilith venía de un clan ortodoxo en estas materias, donde las "blandengues" no sólo eran vejadas sino condenadas a muerte de formas indescriptibles. Ergo, imponer su voluntad y romper poco a poco la resistencia humana era el instrumento de su misma supervivencia.

-Qué ironía de mierda... -murmuró luego de terminar una de sus sesiones al cuarto o quinto día de reclusión-. Tal vez lo único que me impida salvarme de un destino cruel sea seguir aquí hasta nuevo aviso -se estremeció-. Sin embargo, eso mismo es lo que me impide vengarme de ese niñato ridículo y sus amiguitas.

Pegó un grito fuerte, tal vez sintiendo que su irreverencia volvía a nacer, mas se dejó caer mansamente sobre el colchón, entrecerrando los ojos a fin de no sufrir demasiado con la luz blanca de la ampolleta LED. Aborrecía al muchacho no sólo porque tenía una familia que lo quería sino también una red de apoyo dispuesta a darle una segunda oportunidad cuando se caía. ¿Y ella? Sola desde que podía recordar, con padres ausentes y sin la más mínima persona a la que llamar amiga... hasta que apareció Rachnera Arachnera cuando ella creía haber tocado fondo tras otro embarazoso arresto. Tan privada estaba de cariño que se sometió sin chistar a los juegos masoquistas de la tejedora, sintiendo leves pinceladas de felicidad conforme la seda recorría poco a poco sus formas en el traje de Eva. La voz seductora de la Arachne, cuya desnudez no se quedaba atrás, parecía volverla loca por momentos mientras ambas exploraban caminos prohibidos en el ático de la residencia Kurusu. Aquellas noches pasadas entre susurros, ligeros rasguños y lametones fueron las más felices de su miserable vida.

En circunstancias normales se habría toqueteado hasta quedar exhausta a punta de orgasmos, pero eso no cambiaría nada. Ahora, con la ochopatas fuera de este mundo por obra y gracia de la Dullahan que también le diese a ella una paliza en toda regla, volvía a estar abandonada a su suerte, rodeada de humanos hostiles y otras chicas monstruo que jamás la echarían de menos una vez fuese condenada a lo que sea que dictaminaran sus verdugos.

Tales oleadas de soledad comenzaron a horadar su psiquis pulso a pulso, despertándola en mitad de la noche y a veces imposibilitándole recobrar el sueño, dejándola convertida en estatua hasta que el aroma de la comida le forzaba a reaccionar. Allí conoció otra reacción que creía olvidada hace largo rato: llorar.

Cada lágrima derramada se convertía en un peldaño de la extensa escalera cuyo destino final era el cable devolviéndola a la vida. El camino no venía exento de peligros: agujas plateadas, verdosas, doradas y rojizas brotaban de la nada e intentaban herirla. Debía saltar, rodar, girar e incluso contorsionarse a niveles que jamás creyó posibles, aullando en silencio y rechinando los dientes al verse asediada por calambres sobre sus agarrotados músculos. Siempre tropezaba al llegar al último descanso, casi arrastrándose hasta el hilo divino, despertando después envuelta en sudor y con su cama revuelta.

-Hah... -jadeaba-. Hah... Donde me giro, allí están... No puedo escaparme.

Desde ahí no volvió a apegarse a la pared de su habitación; sólo moverse milímetros hacia allá terminaba causándole ataques de pánico curables sólo gracias al agua del lavamanos. Lo taponaba como podía, abría la llave y nada más estaba al borde metía la cabeza adentro, sacándola una fracción de segundo después. Las frías gotas que no empapaban su piel morena terminaban en el suelo, sustituyendo las lágrimas que originalmente atrapaba el colchón en sus sesiones de descargos.

El deterioro comenzó a pasarse a otras áreas más allá del descanso. En algunos días su piel se volvía más sensible, forzándola a convertir el agua caliente en tibia o de lo contrario no podía enjuagarse. En otros iba en dirección opuesta, llenando el cuarto de baño con tanto vapor que a veces su guardián tenía dificultades para encontrarla. Y en el más reciente tuvo serias dificultades para abandonar su celda, siendo tomada de la mano y llevada a la ducha como si fuese una muñeca con alas. En medio de la confusión teñida de bruma podía haberse escapado Lilith... pero no lo hizo. El peso de sus recuerdos dejó mella no sólo en su rebeldía sino en sus mismas ganas de vivir. Reducida a una pequeña autómata de cabellera turquesa, pasó a seguir todas las órdenes y rutinas sin chistar al punto de demorarse exactamente el mismo tiempo en desayunar, almorzar y cenar. Daba lo mismo la temperatura de su porción porque incluso sus nervios se declararon en huelga.

Una noche tan tranquila como cualquier otra sintió un susurro que la despertó con algo menos de alboroto. La diablesa abrazó su almohada (aliada inestimable en su encierro), se arrinconó contra el respaldo de su estrecha cama y casi sintió que sus dedos rozaban vidrio cuando habló.

-¿Quién...? ¿Quién está ahí?

-Lilith... -la voz era de ultratumba, tan irreverente como ella a la vez que dulce.

-¿Ama? -deseó con todo su corazón que fuese Rachnera y que viniese a sacarla de allí-. ¿Eres tú?

-Lilith... -repitió aquella presencia, esta vez más formal y dura pero no menos femenina; la aludida se estremeció.

-¡Muéstrate! -exclamó la chica monstruo con patética valentía-. ¡Muéstrate, seas quien seas!

-Lilith... -el tono, ahora masculino, parecía apenado, casi compadeciéndose de ella.

-¡Basta! -la peliturquesa cerró los ojos y se tapó los oídos-. ¡Basta!

-Lilith... Lilith... Lilith...

-¡No, por favor! ¡Ya no más...!

El eco se hizo insoportable casi al mismo tiempo que la pequeña sentía su corazón taladrándole el pecho. ¿Iría a morir ahora mismo o todavía quedaba algo peor? Fuese lo que fuese, sólo quería que acabara de inmediato. ¡Incluso las torturas que la esperaban de vuelta en los dominios diabólicos eran un paseo en el parque al lado de esto!

De repente todo cesó y Lilith abrió los ojos. Sorprendida quedó al darse cuenta que de la caja de zapatos no había ni rastro; estaba ahora en un hermoso parque con añosos árboles en flor, caminos pulcros y lindos macizos de flores a ambos lados. Más al fondo podía verde una fuente ornamental arrojando agua por tres boquillas. Reconoció el sitio inmediatamente: era el área verde ubicada no lejos de la estación de tren de Asaka.

-Ya me estaba preguntando cuándo llegarías.

Volteó y sintió el color abandonar sus facciones al encontrarse cara a cara con una centauro alta, de rubia cabellera en coleta, enorme busto y expresión severísima. Iba vestida con una sencilla blusa blanca sin mangas y una falda negra con tenues vivos rojizos. Era Centorea Shianus, tal vez la más devota huésped que nunca viviera en la residencia Kurusu.

-Estaba esperando la oportunidad de hablar contigo -la centauro se cruzó de brazos y golpeó sus cascos contra el suelo-. Hasta el día de hoy recuerdo esa ridícula pitanza tuya que tan mal me hizo quedar con mi amo, embarrando mi orgullo hasta dejarlo hecho un asco. Me sentí fatal, casi indigna de estar a su lado, y todo porque me creí tu fachada de niñita indefensa. Pagué el precio de mi ingenuidad, es cierto, pero eso no ha cambiado mi actitud hacia los humanos u otras liminales, de cuya inmensa mayoría puedo desprender bondad -frunció el ceño-. Sin embargo, tú eres un caso especial que me hace sentirme bastante menos magnánima, así que llegó la hora de devolverte la mano por tan execrable vejamen.

De la nada procuró un arco y un carcaj relleno de flechas cuyas puntas se prendían al hacerlas girar. A un chasquido de los dedos de la rubia brotó del suelo una jaula en forma de domo, atrapándola en un círculo de diez a doce metros de diámetro. Sin siquiera decir otra palabra, Cerea empezó a liberar una saeta tras otra, forzando a la diablesa a correr por su vida una vez más. Habrá dado dos o tres vueltas antes de chocar sin querer con la pared y sentir el punzón en la pierna. Miró hacia abajo esperando encontrarse un chorro de sangre pero sólo encontró una cadena dorada conectando su pierna al suelo. Intentó moverse pero llegó el segundo flechazo en la muñeca, atrapándola sin salida.

-¡Espera! -suplicó la diminuta extraespecie, sintiendo más miedo que nunca-. ¡Sólo quería ver qué tan lejos podías llegar! ¿Es esto lo que realmente quieres?

-Sí, Lilith -el tono de la tiradora derrochaba veneno; después le inmovilizó sus dos extremidades libres-. Naciste, fuiste y morirás siendo una burra, así que ahora te toca sufrir. ¡Sufre como yo sufrí, engendro del más allá!

Disparó la rubia una flecha hacia el cielo, atravesando la jaula e invocando, nada más chocar con las nubes del cielo, un potentísimo chorro de luz dorada que se dirigió hacia ella cual misil programado. Temblaba la tierra, se ondeaban los árboles... Hasta el aire vibraba de anticipación.

-¡Sufre hasta que no te queden ganas de vivir! -exclamó Centorea, revelando toda la cólera contenida desde ese día.

-¡Aaaaaaaaaah...! -fue lo último que escapó de labios de Lilith una vez quedó rodeada del testigo divino. Creyó verse desintegrada pero el abismo se llevó el parque, a la otra liminal e incluso la jaula.

Nada más separar los brazos y descubrir su rostro se vio puertas adentro; esta vez el entorno adquirió la forma de un estudio creativo, repleto de escritorios con computadoras e impresoras multifuncionales. Lámparas individuales decoraban las estaciones de trabajo repletas de tabletas, lápices sensibles, resmas de papel y bosquejos colgando de los muros.

-Atsushi -murmuró, confrontada nuevamente a otro episodio desagradable-. El dibujante cuyo trabajo quemé en la chimenea.

-Y que me costó la oportunidad de una vida -la voz de un humano joven, vestido a lo geek y con gafas, casi la mandó al piso flotante-. Lindo numerito hiciste entonces; no sé en qué estaba pensando cuando acepté recibirte.

-Puedo... -su voz tropezaba consigo misma-. Puedo explicarlo todo...

-No me interesan tus explicaciones. ¿Sabes cuánto trabajé para conseguir que publicaran mi novela gráfica? ¡Desde los 17 años me quemé las pestañas en ella, sacrificando mis ratos libres e incontables noches de sueño! Cuando te vi rayar mis páginas terminadas me dio muchísima rabia, pero me contuve de darte el castigo que merecías porque no soy agresivo por naturaleza -contó Atsushi-. Eso no quita que me diera una amargura enorme rehacerlas. Y entonces, justo la noche en que terminé todo y lo guardé en mi portafolios para llevarlo a la editorial, me levanto a tomar agua y lo primero que encuentro es el aroma del papel quemado. Mi mayor ilusión reducida a cenizas por tu mano, Lilith, mientras tú te reías y disfrutabas de ese "calor perverso" liberado por las llamas. Ahora que no me veo restringido por los límites... serás tú quien arda.

Chorros de tinta brotaron del suelo, atrapándola y pintándola de negro mientras se convertían en una ola que la arrastraba hacia el otro lado del cuarto. El chico movió una palanca en el muro y la pared se abrió, revelando llamas apetitosas de cenar una diablesa recién sazonada para la ocasión.

-¡No me hagas esto! -Lilith se quebró de nuevo-. ¡Por favor, no me hagas esto!

-¡Ha! -Atsushi se mofó de ella-. Miren lo que son las cosas: la chiquilla traviesa y arrogante pidiendo que le perdonen su asquerosa vida. Lo siento, Lilith; con esto más ganas me dan de verte recibir el castigo que mereces. ¡Tu sangre será la tinta de mi nueva creación!

Sintió la peliturquesa cómo las llamas besaban su piel sin quemarla, otra ilusión cruel que llevó al límite su umbral del dolor. Presa del paroxismo, se encogió como si realmente la estuvieran achicharrando. Todo cesó de nuevo y el negro volvió a acunarla, sólo interrumpido por su agitada respiración. No entendía nada. ¿Cómo era posible que aún estuviese respirando? ¡Ni siquiera una diablesa mayor con todas sus facultades bien puestas habría vivido para contar esta historia!

Entonces fue a parar a un concurrido distrito comercial en Tokio, no lejos del edificio donde aún creía estar encerrada. Nada más ver el escaparate de una tienda de ropa femenina supo lo que se le venía encima. Su corazón le dijo que no volteara pero lo hizo... y se encontró con Kiyohiro, aquel hombre al que forzó, también mediante hipnosis, a manosear a las mujeres pasando por allí. El rostro de este ser estaba cubierto de moretones y rasguños, señal clara de la paliza recibida por un grupo de paseantes que lo calificaron de "enfermo", "asqueroso" y "basura". Después se lo llevó la policía y estuvo encerrado durante casi una semana.

-Hola, Lilith -le sonrió perversamente, mostrando varios dientes ausentes-. Ha pasado mucho tiempo, ¿no?

La diablesa tragó saliva; cada encuentro sólo le hacía incubar más miedo en su corazón y sólo pensar lo que él tenía en carpeta la dejó envuelta en una incómoda capa de sudor.

-Qué raro no oírte decir nada, aunque así lo prefiero porque llegó la hora de devolverte el favor -el tipo hizo crujir sus nudillos-. Arruinaste mi vida, idiota. Me despidieron de mi empleo, mis amigos me abandonaron e incluso mi familia me desheredó porque no podía aguantar la perspectiva de tener un depravado entre sus filas. ¡Yo, que nunca traté a las mujeres más que con absoluto respeto!

Esta vez ella no decidió quedarse al final de la charla y arrancó a perderse. La calle, sin embargo, no terminaba nunca. Giró en una esquina cualquiera, topándose de golpe con Kiyohiro y cambiando de rumbo a toda prisa. Corrió por horas pero el paisaje no cambiaba y él tampoco se despegaba de ella si sus atronadores pasos eran indicación. Tropezó con una loseta levantada, cayendo nuevamente al vacío. Aleteó desesperada hasta que se agarró de algo invisible por pura casualidad. Allí despertó y nada más volver a sentir el mundo real besó su almohada hasta hartarse.

Dio gracias en silencio a los mismos dioses en que no creía por no haberse encontrado con Lala; en caso contrario la Dullahan la hubiese desterrado al limbo sin apelación luego de leerle su cartilla y seguramente su voz habría hecho eco mientras la oscuridad se apoderaba de todo.

-Todo fue tan real, tan real...

El susurro de Lilith, la diablesa peliturquesa, se transformó en llanto, un llanto silente que daba gracias por encontrar un puntal sólido entre las furiosas aguas del único mundo líquido que conociera. La corriente había crecido a tal punto que terminó destruyendo de forma irreversible todos los vínculos conectándola a esas personas cuyas conciencias le dieron una oportunidad de ser mejor. Nunca llegaría a las costas de sus islas ni mucho menos al continente representando la sociedad integrada donde humanos y liminales existían, competían, vivían y aprendían de igual a igual.

Su reclusión en solitario, coronada por la pesadilla múltiple, representaba un símbolo condensado de todos los errores cometidos. No estaba segura de si hubiese conseguido despertar en caso de haber pasado cinco minutos más atrapada en los crueles dominios de Morfeo. Recorrió el resto del camino a conciencia, recibiendo una bofetada tras otra en el rostro ante el peso de su propia idiotez. Al menos estaba en control de esta catarsis y aceptó hasta el último golpe sin pestañear.

Aquella mañana no desayunó pero sí se sentó al baño, lavó la cara y duchó como siempre, en silencio y acompañada sólo por el mínimo de dignidad restante tras tantas zozobras. Terminó de secarse mecánicamente, mas se vio inundada por la sorpresa al encontrar la tenida que creía perdida en lugar de su conjunto blanco. Miró a la derecha y hubo de sujetarse del borde de la ducha para no desmayarse.

Ante ella, vestida con su uniforme típico, estaba Kuroko Smith.

-Buenos días, Lilith -la saludó cortésmente pero con dureza-. ¿Qué te pasa?

-Tú... ¿Qué haces aquí? -fue lo único que atinó a replicar; casi se había olvidado de lo que era hablar con otro ser vivo.

-He venido a buscarte -dijo la coordinadora lentamente-. Tus diez días de aislamiento han terminado.

La sola mención del tiempo transcurrido hizo que la diablesa dejara caer la toalla. Nada más saberse desnuda ante la humana, se tapó con extremo pudor y acudió a ocultarse al fondo del cuarto de baño.

-Tranquila, Lilith -deslizó Smith al verla convertida en una bolita de algodón-. Aquí no hay nadie más.

Intentó tocarla pero ella se encogió aún más, sollozando ante el peso de la evidencia. Kuroko la tomó en brazos como lo hiciera luego de aturdirla. Sabía que el confinamiento solitario era un castigo severísimo, pero lo que nunca esperó fue encontrarla así de deshecha.

-¿Diez días? ¿De verdad llevo diez días aquí? -hipó la diablesa una vez la pelinegra terminó de vestirla.

-Así es, Lilith. El peso de tus acciones no nos dejó otra opción -le tomó la manito y la llevó al elevador-. Seré honesta contigo porque esto no puede endulzarse: hoy serás deportada de Japón.

Una vez arrojó estas palabras sobre la mesa de juego esperó que su contraparte intentara soltarse y arrancar después de insultarla, como siempre lo hiciera con ella u otros colegas de MON. La liminal ni se movió, siguiendo el paso de Smith a la usanza de un corderito obediente.

-¿Te sientes bien? -inquirió la humana, deteniéndose antes de pulsar el botón.

-Otra cosa no merezco -Lilith la miró a los ojos, totalmente desprovista de su usual máscara arrogante-. Me disparé en los pies tantas veces mientras estuve aquí que nunca podré redimirme del todo. Sólo seguía mi naturaleza, haciendo lo que creía correcto para ganarme el respeto de mi clan y sin considerar en absoluto los sentimientos de otros. Aún así no quiero volver a casa porque... me matarán. Sí, soy una cobarde porque más miedo le tengo a la muerte.

Se abrió la puerta y ambas entraron, aún tomadas de la mano.

-Conozco bien cómo las diablesas tratan a quienes han fallado, pequeña -Smith pasó a un tono más conciliador-. Son costumbres milenarias, más antiguas que la misma palabra escrita, pero eso no significa que estén correctas -pausó conforme ambas se acostumbraban al descenso desde el décimo piso-. Nos has dado más problemas que nadie, Lilith, pero ni siquiera tú mereces ver segada tu vida tan pronto. Eres aún joven y nada te impide empezar de nuevo en otro sitio.

Esas eran, casi calcadas, las palabras que Lala le dijera luego de darle la del pulpo en el ático. No se enfadó la chica de cuernitos púrpura al escucharlas, eso sí.

-¿Dónde me enviarás, entonces, si no es de vuelta a los dominios de mi gente?

-Puse tu historial en conocimiento del director Narahara, quien lo examinó a fondo y decidió hacer una excepción contigo -se explicó Smith mientras ambas salían al lobby-. En vez de entregarte a tu clan te daremos un billete de barco a Hong Kong más algo de dinero y ropa. De ahí deberás buscarte la vida por tus propios medios, ganarte todo a pulso y ser alguien útil. No podrás deshacer tus horrores aquí pero nada te impide evitar cometerlos estando allá.

-China, ¿eh? Suena tan bien como cualquier otro destino en esta parte del mundo -la diablesa casi sonrió por primera vez en días-. Aunque no sé hablar el idioma, creo que aprenderlo será una bonita forma de mantenerme ocupada.

-¿Realmente estás dispuesta a aceptar esto que te imponemos?

-No tengo nada que perder salvo mi vida -Lilith sacó su lado irónico una vez más-. Estuve pensando en muchas cosas durante esos diez días que se me hicieron diez meses, agente Smith. Lloré, sufrí, me vi presa de alucinaciones y lo más importante, entendí la verdadera razón de mi actual estado. Yo misma, como dijera, me disparé en los pies, quemando todos los puentes que intentaron tenderme gente como tú o mis antiguos anfitriones. Estuve ciega mucho tiempo pero ahora la venda ya no existe. Murió junto con mi arrogancia y orgullo. Ya no quiero más.

Salieron a la calle y un poco más allá estaba estacionado el automóvil oscuro de Kuroko. La coordinadora le abrió la puerta; ella se sentó mansamente en el asiento del pasajero e incluso se colocó ella misma el cinturón de seguridad.

-¿Dónde vamos ahora?

-Al puerto de Yokohama; allá tomarás el barco dentro de tres horas, así que tienes tiempo de sobra para ponerte cómoda en tu cabina -encendió el motor y puso el vehículo en marcha hacia el este-. La tripulación sabe que viajas sola, ¿eh? No te preocupes por nada.

-¿Mis cosas también están ahí?

-Efectivamente. Narahara ya firmó la documentación necesaria. A contar de mañana tu ficha quedará borrada de nuestro sistema y también he de decirte que no podrás ingresar, por protocolo, a ningún otro país que cuente con sistema de integración más adelante.

-¿Hay otros?

-Nunca se sabe.

Siguió después una conversación franca sobre los encontrones con la Dullahan y Kimihito Kurusu, donde aprendió que lo que el muchacho le contara sobre el estado de Rachnee era cierto; ella estaba viva pero desprovista de alma, rehaciendo su propia vida en otro punto no especificado del archipiélago. Cuando la diablesa mencionó a la Arachne no lo hizo con añoranza por ella ni resentimiento hacia los dos primeros; si iba a empezar de nuevo la idea incluía desprenderse de todo su pasado, incluyendo los únicos buenos momentos vividos entre Asaka y Tokio, porque así tendría espacio y materiales suficientes para construir nuevas memorias. Recibir esta auténtica tarjeta de escape era casi una bendición en comparación a lo que normalmente le esperaría, así que no pensaba desaprovecharla. Smith quedó notoriamente satisfecha al escucharla, aunque lamentó para sí misma que este lado más maduro de Lilith sólo surgiera luego de un soliloquio tan potente, sólo posible gracias a esos diez días pasados en absoluta soledad.

"Pensar que ese lado suyo estuvo oculto tanto tiempo...", se dijo, trazando algunas comparaciones a su indolente yo anterior. "Ojalá un cambio de aires pueda ayudarle a sacarlo adelante, tal como pasó con la buena de Zombina".

Media hora después ambas descendieron en el muelle, siendo saludadas por el aire marino y el ruido de sirenas viniendo desde el terminal de carga ubicado algo más allá. Lilith, siendo tan pequeña, no podía alcanzar el mostrador para entregar su boleto en la zona de embarque pero se vio ayudada por Kuroko, quien la tomó en brazos como si fuesen madre e hija.

-Todo está en regla -dijo la encargada, timbrándole el pase-. Es el tercer navío a la derecha desde esta puerta. Que tenga buen viaje.

-Gracias -Lilith inclinó la cabeza a conciencia; debía adaptarse poco a poco.

-¿Puedo acompañarla hasta la pasarela? -inquirió la coordinadora.

-Ningún problema, mientras no se quede allá más de cinco minutos. El muelle está lleno de actividad.

El barco era magnífico, del tamaño de un crucero pequeño y en inmaculada condición. Varios otros pasajeros, entre los que se veían algunas chicas monstruo, ya subían a bordo y eran saludados por el capitán.

-Bueno, Lilith, hasta aquí llegamos -la humana le dio un caluroso abrazo-. Mucha suerte en todo y ojalá tu nueva vida en Hong Kong te sea propicia.

-No olvidaré esto fácilmente, agente Smith -la peliturquesa sonrió-, más allá de que nunca volvamos a vernos.

-La vida gira de formas misteriosas, querida, y sólo te queda vivir las sorpresas del día a día. Espero que tomes las precauciones debidas respecto a tu gente -se puso seria la coordinadora-; sé tan bien como tú que los diablos y diablesas de ese tipo no olvidan ni perdonan.

-Si voy a cambiar, alguna vez deberé enfrentarme a ellos. Me las arreglaré bien o de lo contrario no me llamo Lilith -sentenció.

Hizo un último gesto con las manos antes de trepar por la pasarela, llenando sus pulmones hasta el límite con el aire marino y echándole una última mirada al país que dejaba atrás para siempre; alcanzó a ver la figura de Kuroko perdiéndose en el edificio principal. Recibió la llave de su cabina (por suerte no la compartiría con nadie más) y al abrirla halló encima de la cama lo mencionado por la agente de MON más otra sorpresa: un diccionario japonés-chino. Eso, más lo que sabía de inglés elemental, debería bastarle para empezar al otro lado del mar. Cerró la puerta con cuidado, abrió la ventanilla y recorrió cada centímetro de su nuevo espacio, incluyendo el baño donde podría relajarse cuanto quisiera luego de comer y estudiar.

Se tendió en la cama a conciencia. Volvía a ser libre no sólo en cuerpo sino también en alma, el camino delante de ella convertido en una hoja en blanco cuyas líneas llenaría lejos de los antiguos prejuicios y preceptos.


Nota del Autor: Nuevamente lidiamos con la psicología, pero esta vez relativa a la forma más fuerte de privación de libertad y cuyos síntomas (ansiedad, paranoia, hipersensibilidad, depresión, entre otros) son tan comunes en esta clase de prisioneros que se han elevado a la categoría de síndrome. Los efectos, especialmente en condenas largas o aplicadas a pacientes con trastornos mentales, son prácticamente irreversibles y socavan con devastadora precisión. Tal vez piensen que me ensañé con Lilith al someterla a semejante crueldad, pero esta ventana de diez días me permitió explorar más en detalle la raíz de sus traumas y entregarle una real oportunidad de redención una vez asumiera el real peso de sus acciones pasadas. La inmensa mayoría de los seres tienen esperanza, después de todo. Traumas, visiones y sueños fueron los delicados ingredientes con los que escribí esta historia que me hizo sentir, a lo largo de una tarde entera, como si manipulara nitroglicerina.

Sólo queda desearle lo mejor a la diablesa en lo que le espera. Ahora que he acabado mis notas, creo que reflexionaré largo y tendido de cara al siguiente capítulo. Gracias, como siempre, por leer y tenerle paciencia a este proyecto. ¡Que les vaya bonito! O como se dice en japonés, "encarcelar un alma no es lo mismo que encarcelar un cuerpo".