CENIZAS DEL TIEMPO
De pie en los ahora familiares corredores del tiempo aguarda a lo que le será mostrado, siente el tirón y se deja arrastrar.
Una cueva, nota cuando el vertiginoso viaje se detiene. Observa a su alrededor buscando una pista, una señal que le permita saber si es este un fragmento del pasado, o quizás uno del futuro, pero no hay nada, solo el suave repiqueteo del agua en algún riachuelo cercano. Respira profundo y con pasos lentos se adentra en la cueva. Después de una larga caminata en la cueva húmeda y oscura, está segura de que no hay nada allí para que ella vea, pero es entonces cuando escucha las voces que se acercan, seguidas de la luz de la antorcha, esconde su figura en las sombras, incluso cuando sabe que no pueden verla.
—Está hecho.
—Bien… ¿Es necesario que permanezca aquí? ¿En esas condiciones? Es solo un niño —puede notar algo de remordimiento en la voz.
—Esto es lo que usted ha pedido de mí, Milady. Querías que fuera poderoso, sin importar el precio.
—¿Lo será? —pregunta la voz ansiosa, llena de esperanza.
—Si vive, lo será.
—¿Si vive? —la voz de la mujer resuena llena de ira. La presencia a su lado no se inmuta.
—He hecho lo que se ha pedido de mí, ahora todo depende de la criatura.
—No mencionaste nada de esto —ruge la mujer.
La voz suelta una carcajada y Kanae siente la sangre helarse en sus venas.
—¿Hubiese cambiado en algo su decisión, Milady?
—…
—No se esfuerce en mentir, usted y yo sabemos la verdad oculta en ese corazón, el chico no es más que una herramienta, un intento de salvar un orgullo herido, una vanidad pisoteada, una ambición hecha pedazos.
—¡¿Cómo se atreve?! ¡Es mi hijo!
—Usted me llamó aquí, Milady. Usted y nadie más. A una oscura. Querías magia, querías poder, bien para mí, te los doy, no me importa si es para destruir al mundo o salvarlo, pero harás bien en recordar, Milady, que un alto precio ha de ser pagado.
—¡Solo di la cantidad!
La mujer vuelve a soltar una risotada.
—El precio será pagado, pero no aquí, no ahora. El precio que has de pagar te arrancará lágrimas de sangre.
La imagen se desvanece y una nueva aparece frente a ella. Aún sigue en la cueva, pero en una cámara mucho más profunda. Los gritos que escucha son como espadas atravesándole cada fibra del cuerpo. El niño, porque es solo un niño, atado con cadenas que lo sujetan de manos y pies contra la fría piedra se retuerce, grita, llora.
Se acerca, aún insegura de si las imágenes pertenecen a un pasado distante o a un futuro por venir. No importa, no puede hacer nada para cambiarlo ahora, este momento, en este plano, no importa cuánto la rompa el no poder hacerlo, pero lo que sí puede hacer es aprender lo que pueda para evitarlo si es el futuro, o para aprender su relevancia si se trata del pasado.
Sus pasos la llevan justo al lado del niño. Sus muñecas y pies…, siente las lágrimas picar en sus ojos, la piel hace días tuvo que ser destrozada y ahora las cadenas roñen su carne, cual animal carroñero, salpicando la piedra con sangre en cada forcejeo. La piel blanca está a poco de parecer completamente traslúcida, pero es el símbolo sobre el pecho del niño, justo sobre su corazón el que atrae su atención. Un tridente sobre una circunferencia que se queman lentamente sobre el pecho del chico. Como la marca a un animal.
Siente el llamado de su consciencia, sabe que está a punto de despertar. Observa una vez más al niño, no puede apartar la idea, le resulta conocido pero no sabe de dónde o cuándo, ese color de cabello…, pero no logra ubicarlo, no hasta que finalmente el niño abre los ojos…, azules, cual zafiros.
Kanae se lleva una mano a la boca antes que la imagen empiece a desaparecer. No se trataba del futuro. Esas eran imágenes del pasado.
Escucha un graznido, un cuervo negro.
—Llegamos demasiado tarde —susurra una voz, una suave brisa acariciando su cabello.
La figura del cuervo da paso a la de un hombre alto.
—¿No hay nada que puedas hacer?
—El proceso ha sido casi completado, el precio ha empezado a pagarse —contesta señalando las casi invisibles líneas negras que nacen del símbolo en el pecho del niño.
—Pero el árbol, la profecía gemela.
—No puedo salvarlo…, pero puedo ralentizarlo, hacerlo menos doloroso.
—Pero su destino…
—El destino es una cosa misteriosa, Todou.
Siente la caricia del viento sobre su pecho apaciguando las llamas que parecen haberle estado consumiendo desde hace una eternidad. El dolor desaparece. Finalmente abre los ojos, esperando encontrarse con la absoluta oscuridad de la cueva, pero los abre a la claridad de la luna que se filtra a través de las altas copas de los árboles del bosque.
—Es tiempo de volver a casa —habla con calma una voz y recuerda que no está solo. Sus ojos curiosos recorren la figura etérea frente a él. El cabello azabache bellamente recogido, una mujer alta, esbelta, elegante, con un cuervo negro descansando sobre uno de sus hombros.
—¿Quién eres?
—Eso no es importante —responde acariciando la cabeza del niño que cierra los ojos a su toque. Cuando los vuelve a abrir las figuras frente a él se han desvanecido.
El viento sopla y con él, le llega un graznido y un susurro.
—Cuando el momento llegue, encuéntrala, sálvala.
Se despierta jadeando con la mano sujeta el pecho. ¿Por qué? ¿Por qué estaba recordando ese tiempo ahora? Sus memorias nunca habían sido tan claras, siempre envueltas en una espesa neblina. Se abre la camisa y traza con los dedos las oscuras líneas del símbolo quemado sobre su corazón, la prueba del contrato, de su maldición, y luego sus dedos viajan al lado derecho de su pecho donde los trazos del símbolo plateado se fusionan con su piel, en un curioso patrón con forma de ala, lo único que evitaba que estuviese veinte metros bajo tierra a estas alturas.
—Tiene que haber algo —exclama exasperada caminando en la habitación.
Yukihito se remueve los lentes y se frota el rostro.
—No hay absolutamente nada, arrogante sí, mujeriego también, pero nada más.
—No puede ser casualidad que él esté aquí justo ahora, es demasiada coincidencia.
—Lo es —concede Yukihito.
Kanae detiene su inquieto andar y clava su mirada en la de Yukihito, entendiendo finalmente algunos detalles.
—Por eso estas aquí —susurra quedamente—, por eso no fuiste con ellos, ¿el tórtolo te pidió que investigaras y mantuvieras vigilado a su primo?
Yukihito niega suavemente con la cabeza y suelta un suspiro.
—Kuon puede ser bastante confiado, yo no lo soy, es parte de mi trabajo.
—Debería estar agradecido por ello —dice con una sonrisa miniatura dibujándose en sus labios.
Yukihito le devuelve la sonrisa antes de que su semblante se torne serio nuevamente.
—Tienes que decirle —dice Yukihito envolviendo las manos de Kanae en las suyas—, Kyoko tiene que saberlo.
—Ella confía en él.
—Confía más en ti, eres su mejor amiga.
—¿Lo soy? —pregunta apoyando su frente sobre el hombro de él.
—Hiciste lo que consideraste era lo mejor para ella —susurra deslizando suavemente su mano sobre el cabello azabache.
Kanae niega con la cabeza.
—Estaba asustada, como todos los demás. Debí haberle dicho, nunca debí ocultarle la verdad.
—…
—No sé cómo arreglarlo, ¡Kyoko me odia!
Siente la risa de Yukihito vibrar en su pecho.
—No veo qué pueda ser gracioso en todo esto —exclama enojada separándose de él.
Yukihito toma su mano e impide que se aleje de él.
—Es gracioso que pienses que Kyoko te odia, Kanae —habla acariciándole la mejilla—, está enojada, dolida, pero no te odia.
—¡Pero no quiere escucharme! —reclama como niña chiquita.
—Eso no te ha impedido que lo hagas antes —dice volviéndose a poner los lentes—, estoy seguro de que encontraras la manera.
—Alguna idea de dónde está —pregunta Kanae ajustándose las gruesas pieles resguardándola de la fría mañana invernal.
—…
—Debo estar perdiendo la cabeza, si estoy esperando que me respondas —dice dándole una palmadita en la cabeza a Bo, mientras sostiene la canasta con la otra mano.
Bo remueve sus alas.
—¿Es eso un no? … Muy seguramente —se autorresponde—, supongo que te veré más tarde.
Ha caminado poco más de tres pasos cuando siente el ligero jalón en la capa. Se gira para descubrir que el captor de su capa no es otro que Bo.
—Eso no es comida, Bo —reprende—, ahora déjame ir, tengo que encontrarla.
Bo deja escapar algo parecido a un gruñido pero no suelta la capa de Kanae, en su lugar voltea y empieza a ir en dirección contraria a la dirección original de Kanae, tirando de ella.
—¿Qué estás haciendo, Bo? Suéltame en este instante.
El dragón la mira un momento con sus penetrantes ojos dorados antes de reanudar su marcha.
—¿Quieres que te siga? ¿Me estás llevando con ella?
El dragón agitó sus alas y esa fue toda la respuesta que Kanae necesitó.
—¿Bo? —Escucha la voz de Kyoko llamar a su dragón, advirtiendo su presencia, al tiempo que el dragón emprende el vuelo.
—Se acaba de marchar —responde adentrándose en el bosquecillo nevado en el que se refugia Kyoko.
Kanae deja escapar un suspiro que pronto se convierte en una nubecilla de vapor condensado al confirmar que Kyoko sigue sin reconocer su presencia.
—Me equivoqué —dice su mirada fija en el cielo—, nunca debimos, nunca debí ocultarte la verdad, me equivoqué —vuelve a repetir apretando los puños a su costado.
Un largo silencio se instala entre las dos, hasta que finalmente es Kyoko quien lo rompe.
—¿Por qué? —una pregunta simple, con una respuesta difícil de admitir.
—Estaba asustada —confiesa.
La espalda de Kyoko se tensa cual cuerda de arco y cuando finalmente habla, su voz sale prácticamente en un susurro.
—¿De mí?
Kanae baja rápidamente su mirada hasta conectar con la de ella.
—No —responde tajantemente mientras se acerca un poco más a ella—, estaba asustada de lo que la verdad te haría.
—¿No crees que sea lo suficientemente fuerte? —pregunta Kyoko mirándose las manos.
—No sé trata de eso, Kyoko —dice sujetándole la mano con la que tiene libre de la canasta—, habías vivido un infierno, no queríamos poner otra carga sobre tus hombros, no hasta obtener algunas respuestas. Tienes que entender, Kyoko, ella no eras tú.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Lo sé —afirma—, soy tu mejor amiga.
Kyoko devuelve el apretón de manos.
—¿Qué hay en la canasta? —pregunta Kyoko señalando el objeto que cuelga del brazo de Kanae.
—Un soborno.
—¿Un soborno? —pregunta Kyoko confundida.
—En caso que te negaras a escucharme.
Kyoko ríe.
—¿Qué es? —dice ofreciéndole asiento a Kanae a su lado.
—Té caliente y tarta de almendras con frambuesa de Itsumi.
—Eres la mejor amiga.
—Sí, sí, como digas.
…
Kanae toma un sorbo de té después de terminar su ración de tarta cuando le llega la pregunta de Kyoko.
—¿Obtuvieron las respuestas que buscaban?
Kanae coloca a un costado y niega con la cabeza, solo lo que ya sabía y no es mucho.
—¿Me lo dirás?
—Si así lo quieres, pero puede que sea un gran impacto, tienes que recordar que sigues siendo la misma Kyoko de siempre, ¿de acuerdo?, lo que te voy a decir no cambia nada.
—Me estás asustando, Kanae —dice guardando el resto de la tarta en la canasta.
Kanae toma una de las manos de Kyoko entre las suyas.
—¿Recuerdas cuando estudiamos los diferentes tipos de criaturas mágicas?
Kyoko asintió.
—¿Recuerdas las Darkfel?
—Sí, creo las llaman las oscuras del bosque, poderosas, versadas en las artes oscuras, algunos las llaman las malditas…
—Sí —confirma Kanae.
—¿Qué pasa con ellas?
—Tu madre —Kanae toma aire—, tu madre…, era una de ellas…
… …
—¿Hace cuánto tiempo lo sabes? —No hay acusación en su pregunta.
—No mucho…, María iba a ser quien te lo explicara cuando regresara.
—Estabas equivocada entonces, sí fui yo, la que hizo todas esas cosas innombrables.
—No puedo hablar con certeza, Kyoko, pero, ¿se puede decir que fuiste tú, como un todo, quien ejecutó esas acciones, o solo una minúscula parte de ti, una dormida y fuera de tu control?
El silencio se extiende entre las dos.
—No estoy tan segura de que sea solo una parte minúscula —dice Kyoko llevándose una mano sobre su corazón.
—¿Qué quieres decir?
—Puedo sentirlos batallando en mí, Kanae, la ira, el odio, la tristeza, la culpa, no puedo controlarlos.
—Te lastimaron, Kyoko, estos sentimientos no te hacen una criatura oscura, te hacen simplemente humana.
—¿Y mi magia? —pregunta dejando las palabras en el aire.
—Tu magia —confirma ella.
—Es una bomba de tiempo, no puedo controlarla —toma aire antes de continuar—, y …, puedo hacer y ver cosas, Kanae, cosas que no podía hacer o ver antes y eso me asusta.
—Aprendiste a controlarla una vez y lo volverás a hacer.
—No estoy tan segura.
—No estás sola, Kyoko, y lamento que hayas pensado que lo estabas, encontraremos las respuestas. Además eres hija de tu madre, la que cambió por amor.
—¿Y si me pierdo?
—Nos aseguraremos de traerte de regreso —sentencia Kanae.
—¡Por las bestias sagradas! —grita Kyoko y Kanae da un salto.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—Olvidé por completo que accedí a almorzar con Su Alteza Sho.
—¡Casi me matas del susto! —exclama enojada Kanae aún con la mano en el pecho tratando de calmar en frenético latir de su corazón.
—Lo siento —dice con los lagrimones asomándose en sus ojos.
Kanae niega con la cabeza.
—Te has vuelto cercana a Su Alteza Shotaro —comenta Kanae y para Kyoko no pasa desapercibido el tono acusador en su voz.
—¡Salvó mi vida! —se defiende Kyoko, para luego agregar—. Además su brutal honestidad ha sido lo que necesitaba.
—¿Su brutal honestidad?
—No teme decirme las cosas como son, aunque algo brusco.
—¿Confías en él?
Kyoko asiente con la cabeza.
—Lo vi —confiesa Kanae mirando las copas nevadas de los árboles—, vi un fragmento de su pasado —y luego volteando a ver a Kyoko agrega—, no estoy segura de que puedas confiar en él. Su magia, Kyoko, no es como la tuya, no es como la mía…
—Es una maldición —interrumpe Kyoko, recitando las palabras que Sho le había dicho.
—¿Lo sabías?
Kyoko niega con la cabeza.
—Él me dijo una vez que su magia no era un don, sino una maldición.
—Lo que le hicieron…
—Si no te importa, Kanae, prefiero que lo dejes hasta allí. Escuchar su historia de tu boca se siente como una traición.
—Pero, Kyoko… —reclama.
—Confía en mí, Kanae…
—No le duró mucho el enojo con Lady Yashiro por lo visto —comenta Sho bebiendo el vino de su copa.
—No puedo seguir enojada con ella, no después que me habló con la verdad.
—Es usted una mujer muy interesante, Lady Kyoko. ¿Encontró respuesta a sus preguntas?
—Sí, unas que solo trajeron con ellas muchas más preguntas.
Sho levanta una ceja.
—¿Ha escuchado alguna vez hablar de las Darkfel?
El cuerpo de Sho se torna rígido, endureciéndose lo poco de sus facciones que deja ver la capucha sobre su cabeza.
—Sí —responde entre dientes.
—Sangre de Darkfel corre por mis venas.
Sho se levanta abruptamente y la silla cae pesadamente al suelo.
Kyoko toma un sorbo de su copa de vino evitando cualquier movimiento.
—¿Tú? —sisea Sho.
—Yo —confirma ella—, y ya que estamos dejando las cosas al descubierto, porque no deja de pretender que tiene una cicatriz en la cara, sé perfectamente que no la tiene.
—¿Lo sabía?
—Lo recuerdo —corrige ella.
—La he subestimado, Lady Kyoko —dice levantando la silla del suelo, al tiempo que se retira la capucha.
La mirada de ella se clava en los patrones que ascienden como una enredadera por el lateral de su cuello, hasta su rostro.
—¿Puedo? —pregunta Kyoko levantándose de su silla y señalando las marcas.
Sho aprieta la mandíbula pero asiente.
El frío contacto de sus dedos quema contra su piel, cierra los ojos tratando de calmar el latir errático de su corazón.
—¿Qué son? —pregunta suavemente, sin apartar sus dedos—. Son hermosas.
Abre los ojos y su mirada se pierde en la dorada de ella. Retrocede un paso antes de responder, no le gusta lo que ella causa en él.
—Las marcas de una maldición —dice tomando la copa de la mesa y bebiendo copiosamente—, lo dije una vez, ¿no?, mi magia no es un don, es una maldición. No nací con el don de la magia, fue impuesta en mí.
—¿Cómo? —la pregunta sale de su boca antes de poder detenerla.
—Un contrato…, con una de las de tu clase.
—¿Mi clase? —pregunta con su penetrante mirada clavada en la suya—. El hecho de que sangre de Darkfel corra por mis venas, Alteza, no me convierte automáticamente en una de ellas —replica a la defensiva y luego en tono conciliador agrega—, aunque eso explica su reacción, supongo. No solo ha escuchado de ellas, conoce a una de ellas.
—Y que usted sea en parte una —matiza él—, al parecer no cambia mucho, no se parecen en nada…, si exceptuamos esa noche, por supuesto.
—¿Gracias?
Sho niega con la cabeza y señalando las marcas habla.
—Estas marcas son un recordatorio constante del precio que se ha de pagar.
—Debió ser terrible, que pongan a la fuerza algo que no pertenecía allí en primer lugar.
Sho deja escapar una carcajada.
—Eso es solo el comienzo para describir el infierno que viví.
Nunca reconocería en voz alta que aún tenía pesadillas de aquellos días.
—¿Por qué haría alguien algo como eso?
—Eso, Lady Kyoko, tendría que preguntárselo a mi madre, pero si me permite decirlo, su ansia de poder es admirable, terrible, pero admirable. Y su obsesión con tía Julienna aún más.
—Ha dicho que las marcas son un recordatorio del precio a pagar, ¿le importa si pregunto cuál es ese precio?
—¿Acaso no lo sabe ya?
—Debe haber algo.
—No lo hay.
—¿Cuánto tiempo?
—Cuando la marca alcance mi corazón, el sitio donde comenzó.
—Pero cuando lo vi por primera vez, no tenía marcas visibles.
—Supongo que estoy un paso más cerca de cumplir mi parte del contrato —sonríe de medio lado.
—Esto no es gracioso, Sho.
—¡Mire!, finalmente me ha llamado por mi nombre, las ventajas de ser parte en un contrato maldito.
—¡¿Cómo puedes bromear sobre esto?! —dice con una lágrima deslizándose sobre sus sonrosadas mejillas.
Sho cierra la distancia que los separa y con el pulgar seca la lágrima que recorre su mejilla.
—No desperdicies tus lágrimas en mí, Kyoko, hace tiempo que lo sé y lo acepté. Vivo tiempo prestado.
