Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Cuento de Hadas~

Por: Devil-In-My-Shoes


Capítulo XXVIII

Ver a Asami entrar y salir de la tienda constantemente le daba envidia. Tan sólo había pasado un día en cama, echada boca abajo tras el abusivo castigo de su general, y sin embargo la inactividad comenzaba a desesperarla. Para Korra las horas transcurrían más lento de lo usual, y no ayudaba que Asami, muy a pesar de haberse ofrecido para hacerle compañía, se pasara la mayor parte del tiempo sumida en una desgastada libreta de apuntes que le había obsequiado Kya.

Korra la observaba sin entender bien lo que hacía. Asami se sentaba en el suelo, rodeada de chatarra. Sí, chatarra. Cada vez que veía pasar a un soldado con la armadura abollada o reducida a añicos; salía de la tienda, lo interceptaba y, con la más comedida de las sonrisas, lo convencía de obsequiarle los trozos de metal dañado. Regresaba a la tienda, los arrojaba en su pila de chatarra y volvía a perderse en su cuaderno de apuntes. Fiel a la curiosidad que la embargaba, Korra se arrastró a lo ancho del catre en el que estaba tumbada para asomar la cabeza, como una tortuga que sale de su concha, y espiar a Asami por encima del hombro.

La joven escribía con la caligrafía propia de una duquesa; trazos refinados y claros que deleitaban la vista, pero que contrastaban atrozmente con los ilegibles garabatos que Asami procedía a dibujar debajo de cada párrafo. Sin comprender nada, Korra distinguió líneas rectas que se cruzaban de repente, amplios círculos que se les sobreponían y una mezcla catastrófica de letras y números, demasiados para su gusto. De tanto mirar hacia abajo, tratando de descifrar aquello sin hacer preguntas, la pobre cazadora sufrió un mareo.

—Cómo me gustaría que soltaras esa libreta y me dedicaras más atención —se quejó, exagerando los gestos de su rostro—. Estoy muriendo, Asami… ¡Muriendo de aburrimiento!

—Oh, ¡tragedia! —replicó sin voltearla a ver—. Para eso no hay cura. Trata de dormir un poco.

—¡He dormido toda la mañana!

—Entonces ponte a contar ovejas o algo… Estoy ocupada, Korra. Y tú, deberías procurar descansar y reponerte.

—Dime lo que haces, ¿qué es eso que te parece tan interesante?

Por fin, Asami alzó a verla, sonriendo ampliamente y con un brillo sagaz en los verdes ojos.

—Estudio el diseño y los distintos metales con los que se fabrican las armaduras de la Milicia Real —explicó—. Aún no estoy muy versada en el tema, pero durante los meses que pasé viviendo con la gente de tu tribu, tuve un primer acercamiento al arte de la herrería. Mila estuvo enseñándome a usar la forja y…

Korra se sobresaltó.

—¿Mila? ¿Te refieres a esa chica odiosa y presumida que ahoga a los demás con su actitud de mandamás indiscutible? ¿Nariz aguileña, cicatriz en la ceja izquierda? ¿Esa Mila?

—La misma.

Korra chasqueó la lengua.

—Te trató bien, espero…

—Fue un poco ruda al principio, pero después, no sé… Tuvo breves momentos de simpatía conmigo, y luego comprendí que su actitud prepotente enmascaraba una gran inseguridad —Asami apoyó la espalda en el borde del catre, relajada. Inclinó la cabeza y conectó su mirada con la de Korra—. Creo que temía no ser lo suficientemente buena, para estar a tu altura. Me confesó que siempre estuvo celosa de ti.

—Crecimos juntas, fuimos rivales —dijo Korra extrañada—. Siempre estuvimos cabeza a cabeza, no lo entiendo. ¿Cómo que estar a mí altura?

—Tú fuiste aceptada en la Partida de Caza Real —señaló—. Eras la hija de la Gran Cazadora de la tribu y ahora… me tienes a mí.

Korra apretó los labios un momento y musitó entre dientes.

—Se enamoró de ti.

Ella asintió.

—Me ha dado lástima, pobrecilla. Fue ella quien me envió aquí, quería que estuviera a tu lado luego de… lo que le ocurrió a Senna… —suspiró—. Antes de marcharme, Mila me entregó su espada. Con ella logré abrirme paso hasta aquí, aunque no le he dado el uso que merece. Le prometí que aprendería a blandirla como se debe. Eso pareció alegrarla. —Asami cerró los ojos un momento—. Fue elegida para asumir el mando de tu tribu. ¿Qué te parece? ¿Es digna del puesto de tu madre?

—Mila es inteligente y fuerte —dijo Korra, ahora sin ánimos—. Además, todos confían en ella. Creo que es adecuada, pero… Eso no significa que pueda reemplazar a mi madre. Nadie puede —sentenció—. Y nunca será lo mismo. Aún así, considero que hará un buen trabajo, con el tiempo... Su prioridad deberán ser los demás cazadores, adultos y jóvenes. ¿Sabrá manejar esa responsabilidad?

—Las cazadoras la escuchan y los hombres la obedecen. Encima, tu padre la guiará por el camino correcto —añadió Asami—. Yo también pienso que el futuro de tu tribu está en buenas manos. Confío en que Mila sabrá protegerlos a todos; incluso dejé a Naga a su cuidado.

—Entonces te agrada bastante, eh, ¿Asami? No me digas que se acostó contigo —refunfuñó de pronto.

—Oh, porque claramente había tiempo para eso —protestó Asami—. No, Korra. Mila no intentó nada conmigo. Y si así hubiera sido, ¿qué? Pensé que ustedes las cazadoras eran hedonistas, espíritus libres que lo aceptan y lo comparten todo, incluso en la cama.

Korra hizo una mueca.

—Sólo era una pregunta, ya… Simple curiosidad. He de cuidar de ti.

—No puedo creer que seas tan celosa —se burló Asami—. ¿Qué pensarán los demás de ti?

—¡Bah! Al cuerno con lo que piensen. ¿No ves que eres una oveja entre lobos?

—¿Y eso qué significa?

—Significa lo que significa —bufó la cazadora—. Desearía poder hacerles saber a todos aquí que no estás sola, que eres mía.

Asami se mostró indignada.

—¿Es decir que tengo que pedirte permiso para acercarme a otros? —dijo molesta.

—No me refiero a eso, no es lo que quería decir… ¡Tú puedes hacer lo que quieras!

—Entonces di lo que quieres decir, y no insultes, a menos que sea ésa tu intención —aseveró, poniéndose de pie. Se limpió el polvo de los pantalones y se dispuso a salir de la tienda.

—¿Y ahora qué haces? ¿A dónde vas? —preguntó frustrada Korra.

—¡A dónde yo quiera, maldición!

—¡Bien! —gritó la cazadora.

—¡Bien!

Vio a Asami abandonar la tienda con el rostro teñido de rabia. La joven cazadora no podía entender qué había dicho de malo para hacerla enfadar. Quiso incorporarse, pero el lacerante dolor de las heridas en su espalda la inmovilizaron. Maldijo por lo bajo y se tumbó de nuevo. De todas formas no podía ir tras ella, no en esas condiciones. Así que, perdida en sus pensamientos, Korra se quedó contemplando fijamente la lejanía.

Kya entró minutos después. Llevaba un cuenco en las manos, que contenía un ungüento extraño. Éste desprendía un aroma fuerte y desagradable, tanto que Korra temió que aquella peste pudiese impregnar la tela, las lonas y las sábanas de la tienda. Sin decir nada, la bruja tomó asiento a su lado y procedió a quitarle las vendas de la espalda.

—No me digas que vas a untarme eso en la piel —gruñó la muchacha.

—Entonces no te lo diré —rió Kya.

—¿Qué demonios es eso?

—Es grasa de oso. Un excelente hidratante para la piel, ayudará a que tus cicatrices no se sequen ni se abran hasta que se hayan curado bien.

—Pero apesta demasiado, ¿no podrías ponerme otra cosa?

—No.

Korra volvió a maldecir por lo bajo y se resignó a que Kya le embarrara la espalda con la grasa de oso en silencio.

—¿Qué le has hecho a la joven Asami? —la reprendió de pronto, mientras le frotaba la espalda con ambas manos.

—Yo no le he hecho nada —renegó Korra—. ¡Ella fue la que se enfadó sin razón!

—Pues algo tuviste que haberle dicho para que se pusiera así. ¡No seas una estúpida cabeza hueca con músculos por cerebro!

—Déjame en paz —fue su vaga y escueta respuesta.

Kya arqueó las cejas, divertida.

—Está bien que peleen. Lin y yo solíamos hacerlo casi todo el tiempo.

—Lin siempre está molesta, ésa es su personalidad —objetó Korra, y la embargó la curiosidad—. Por cierto, ¿qué hace aquí la ex capitana? ¿Cuándo llegó?

—Durante la madrugada, antes de tu flagelación. Intentó interceder por ti, pero ella no tiene ninguna autoridad en la Milicia Real —explicó—. Sin embargo, el Rey la tiene en alta estima por sus hazañas con la Partida de Caza, al lado de la Cazadora Real, que en paz descanse. Tal y como ella me lo dijo, ha venido desde la Ciudadela con noticias del estado del salud del Príncipe Bolin.

Al oír esto, Korra suavizó la expresión de su rostro, preocupada.

—¿Cómo está el grandulón?

—En excelentes condiciones. Yo se los dije desde antes, que el chico estaría bien, ¡pero nadie me escucha! ¡Cómo osan dudar de la mejor curandera del reino! —se llevó las manos al canoso cabello y se lo recogió en un moño más firme—. De todas formas, me niego a creer que Lin haya cabalgado hasta el otro extremo del continente tan sólo para darnos una noticia tan obvia. No. Yo sospecho algo: desde que salió el sol, ella ha estado reunida con Su Majestad, el Príncipe Mako y el General Lu Ten. Se traen algo entre manos y me hierve la sangre al no saber qué es. Le pedí a Arquímedes que los espiara, pero el muy idiota prefirió irse a cazar ratones por ahí. Argh, ¡aquí nadie coopera!

—¿Crees que Lin vaya a explicarnos las cosas después?

—No lo sé. Nunca sé qué es lo siguiente que hará esa mujer. La descuidé unos pocos años, ¡y mira cómo ha vuelto a mí! ¡Manca y sin su tropel de cazadoras! ¡Oh, sin tan sólo no fuese tan cabezota!

Korra no pudo evitar sonreír.

—La quieres.

—Como se quiere a un viejo grano en el trasero.

Al oírla, Korra soltó una risa suave que fue in crescendo hasta que la bruja acabó por sonreír y acompañarla con una sonora carcajada. Por las rendijas de las lonas entreabiertas empezó a colarse una luz gris. Dentro de la tienda las cosas comenzaron a perder su forma: las mesas cargadas con montones de papel se confundieron con las sombras y los soportes verticales, abarrotados con los extraños accesorios de la curandera, perdieron su brillo.

—Comienza a oscurecer —anunció Kya—. ¿Quieres que busque a Asami e intente hablar con ella?

La cazadora exhaló un suspiro triste.

—No. Déjala ser…


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Asami se dirigió a la armería de la Milicia Real, un gran pabellón abierto lleno de soportes cargados de lanzas, espadas, picas, arcos y ballestas. Había cajones llenos de montones de escudos y accesorios de cuero. Las cotas, túnicas, tocas y calzas colgaban de percheros de madera. Cientos de cascos cónicos brillaban como plata bruñida. A los lados del pabellón se amontonaban los fardos de flechas, y en medio había un equipo de arqueros muy ocupados reparando flechas a las que se les habían estropeado las plumas durante la última batalla en la que Korra les aseguró la victoria. Un flujo constante de hombres entraban y salían del pabellón: algunos traían armas y armaduras para reparar, otros portaban nuevas adquisiciones que querían adaptar, y otros se llevaban material a diferentes partes del campamento. Aparentemente todos gritaban a pleno pulmón. Y en el centro de todo aquel jaleo estaba el hombre que Asami quería ver: Bumi, el maestro armero de la Milicia Real.

La joven se movió con algo de dificultad a través del pabellón, hasta llegar a Bumi. En cuanto puso los pies bajo el techo de lona, los hombres de su interior se callaron y fijaron los ojos en ella. La muchacha mantenía la cabeza gacha, pero notaba cómo las miradas de los soldados se le clavaban en las curvas del cuerpo. Oyó uno que otro silbido aislado, gruñidos esporádicos o ciertos epítetos, de manera que, a su paso, se desató más de una pelea entre los hombres, pero nadie la amenazó.

«Creo que ahora lo entiendo —se dijo con aire arrepentido—. A esto se refería Korra con "una oveja entre lobos". Ya no estoy en la Ciudadela Real, estos hombres no han estado con una mujer en tres años».

Bumi levantó un brazo a modo de saludo y se le acercó a toda prisa. Llevaba una armadura de piel de buey —que tenía un olor casi tan ofensivo como el que debía de tener el animal en vida— y un enorme mandoble cruzado a la espalda, con la empuñadura que sobresalía por encima de su hombro derecho. Era de tez morena y rostro duro y avejentado, con los ojos grises propios de un aerita, y una espesa barba debajo del fuerte mentón. Una mata de pelo castaña le brotaba como melena alrededor de la cabeza, dotándolo de un aspecto salvaje y alocado.

Asami lo miró con nerviosismo, preguntándose si él también la acecharía como el resto de los soldados, a pesar de que Kya le había dicho que, si bien era un tipo medio chiflado, era completamente de fiar y más bueno que el pan.

—¡Señorita! —rugió—. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

—Kya me dijo que podía estudiar con usted, ya sabe, sobre la fabricación de armamento de la Milicia Real.

—¿Pero por qué quieres tú aprender a forjar? No me parece cosa de mujeres.

—Es cosa de cazadoras.

—Tú no pareces una.

—Y usted no parece un maestro armero.

—Me venciste con ese argumento —rió el hombre—. Ven, pasa. Te mostraré mis obras. Eso te dará una buena idea del tipo de arma que quieras fabricar.

—Me interesan las armaduras —repuso Asami—. Y las espadas.

—Ah, ¡eso me agrada! Todo el mundo necesita una buena espada, por muy bueno que se sea con los puños. Al final, todo acaba decidiéndose acero contra acero. Tú espera y verás: así es como se resolverá la lucha contra los tales fey esos, con una punta de espada clavada en el corazón de esa maldita Reina Suyin. ¡Ja! Me apostaría el sueldo de un año a que incluso ella tiene una espada propia y que también la usa, a pesar de que sea capaz de degollar a cualquiera como un pescado moviendo un solo dedo. No hay nada comparable a la sensación de un buen acero en la mano.

—Deberían usar armas de hierro contra los fey, no acero —le advirtió ella.

—Nosotros no somos cazadores, señorita. El hierro es más pesado y hace que nuestros movimientos sean lentos y poco precisos. Nuestros soldados se entrenaron manejando el acero y acero es lo que usarán.

—Eso no importa —insistió Asami—. En esta guerra supondría una gran ventaja usar armas de hierro. ¿Acaso no lo ven?

Mientras hablaba, Bumi la acompañó hacia un muestrario de espadas apartado de los demás.

—No es tan sencillo —dijo y empezó a sacar espadas del soporte y a agitarlas al aire para después volver a ponerlas en su sitio, aparentemente insatisfecho—. Encontrar la espada ideal para alguien es en sí mismo un arte. Una espada debe sentirse como la extensión del propio brazo, como si hubiera crecido de tu propia carne. No deberías tener que pensar en cómo quieres que se mueva; simplemente deberías moverla instintivamente, como un halcón el pico o un dragón las garras. La espada perfecta es el reflejo de la intención del guerrero: lo que tú quieres, ella lo hace.

—Usted habla igual que un poeta.

Con aire de modestia, Bumi encogió ligeramente los hombros.

—Llevo treinta y seis años escogiendo armas para quienes entran en combate. Se te va metiendo en los huesos y, al cabo de un tiempo te hace pensar en el destino y en si ese jovencito que enviaste a la guerra con una lanza aún estará vivo, o si habrías hecho mejor en darle una maza. —Bumi se detuvo con una mano colocada sobre la espada del centro de un soporte y se quedó mirando a Asami—. ¿Tú empuñas algún tipo de espada?

—Sí. Es de una mano, forjada con hierro. Con una hoja de unos dos dedos de ancho, dos de los míos, en cualquier caso, y con una forma que permite tanto el corte como la estocada. —Asami frunció el ceño—. He de confesar que no fue hecha para mí, pero aún así quiero aprender a blandirla, si eso es posible.

Bumi asintió y examinó el filo de otra espada, luego resopló y volvió a dejarla en el soporte.

—Que el guerrero se adapte a la espada no es algo deseable. Podrías forzar demasiado tu cuerpo y llegar a lesionarte. En batalla podría significar la muerte.

—Le agradezco la advertencia —replicó ella—. Si es necesario, modificaré la espada yo misma para que me sea más adecuada. Tan sólo necesito que me permita trabajar en su forja, y que comparta parte de sus conocimientos conmigo. Sé que mi apariencia no es la de una herrera, pero tengo talento y aprendo rápido. No seré un estorbo. —Lo miró ilusionada, con los ojos llenos de determinación—. ¿Me acepta, Maestro Armero Bumi?

El hombre tocó la empuñadura de otra espada y luego se mesó la barba.

—¡Umpf! ¡Qué diablos! ¡Claro que te ayudaré! Para eso estoy: para evitar el mayor número posible de muertes entre los soldados y para ayudarlos a matar a todos los guerrilleros y fey que sea posible. Es un buen trabajo.

—Se lo agradezco —sonrió Asami e hizo una corta reverencia—. ¿Cuándo empiezo?

—Ahora mismo. Lo primero que debes aprender a hacer es cómo afilar una espada. ¿Te han enseñado las cazadoras?

—No realmente, ni siquiera había pensado en ello —admitió la joven—. Pero no manejo mal la piedra de afilar. Puedo afilar un cuchillo de cocina tanto que, apoyando un hilo sobre el filo, se parta en dos. Solía trabajar como criada antes de venir aquí.

Bumi soltó un gruñido y se golpeó los muslos con las manos, haciendo que cayeran una docena de pelos de sus calzas de piel de buey.

—No, no: un filo fino como el de un cuchillo es justo lo que «no» tiene que tener una espada. El bisel tiene que ser grueso, grueso y fuerte. ¡Un guerrero ha de ser capaz de mantener su equipo en orden, y eso incluye saber cómo afilar su espada!

Entonces, allí sentados, junto al pabellón, Bumi insistió en facilitarle una nueva piedra de afilar a Asami y en enseñarle exactamente cómo dejar el filo de una espada listo para la batalla. Una vez satisfecho y convencido de que la joven podría sacarle un nuevo filo a una espada, le dijo:

—Puedes combatir con una armadura oxidada. Puedes luchar con un casco mellado. Pero si quieres volver a ver salir el sol, nunca luches con una espada roma. Si acabas de sobrevivir a una batalla y estás tan cansada como si acabaras de escalar los acantilados aeritas y tu espada no está afilada como ahora, no importa cómo te sientas: debes pararte en cuanto puedas, sacar tu piedra de afilar y pulirla. Del mismo modo que te ocuparías de tu caballo antes de preocuparte de tus propias necesidades, debes ocuparte de tu espada. Sin ella, no eres más que una presa indefensa para tus enemigos.

Llevaban sentados al sol de la tarde más de una hora cuando el maestro armero por fin dio por acabadas a sus instrucciones. Asami escuchó atenta a todo lo que él tenía que decir, aguantando sin quejas el rollo de Bumi sobre piedras de afilar, de pulir, y sobre si el aceite de linaza es mejor que la grasa para proteger el metal del agua. Luego, la dejó sola con la tarea de afilar perfectamente sesenta espadas antes del anochecer. Asami trabajó hasta que se le entumecieron las manos y le dolió la espalda.

Durante ese tiempo reflexionó sobre las emociones que los hombres desencadenaban a su alrededor: deseo, estupefacción, recelo… Y también, en unos pocos, admiración. Se sentía una tonta por no haber querido comprender la advertencia de Korra, y a causa del miedo, había mantenido sus escudos mentales bajos para estar alerta, percibiendo sus intenciones. No le hacía ninguna gracia el tener que movilizarse entre aquella masa de hombres ansiosos en la oscuridad de la noche. Sin embargo, ahora no tenía otra opción más que ésa.

Asami estaba intranquila; las sombras cambiantes de aquel millar de soldados la inquietaban. Resultaba agotador estar pendiente de tanta gente; casi todos la tenían presente con mayor o menor grado de conciencia, incluso los que se encontraban más alejados. Y eran demasiados los que deseaban algo de ella; algunos, acercarse más de la cuenta.

Cuando se dispuso a marcharse, ansió que alguien, quien fuera, la acompañara en el trayecto devuelta a la tienda de Kya. Su regreso fue tortuoso.

—Me gustaría probar el sabor de unos labios como los suyos —le masculló un soldado que tenía la nariz rota por dos sitios.

—La amo. Es usted preciosa —le susurraron otros tres o cuatro hombres, alargando las manos, para intentar llegar hasta ella.

Una oveja entre lobos, comprendió por fin Asami. No es que Korra fuera una celosa posesiva; sino que ella se encontraba ahora en un ambiente grotesco, en el que no podía defenderse de sus acosadores, porque eran hombres simples, débiles de mente, ansiosos de los placeres carnales que les fueron arrebatados por la guerra. Ella no buscaba hacerle daño a nadie, pero si se veía obligada a responder con fuerza o magia… No quería ni imaginar las consecuencias. Odiaba la idea de herir a gente común para salvarse a sí misma.

Más tarde, a pocos pasos de llegar a la tienda de la curandera, Asami percibió una pelea que se produjo por su causa. La reyerta fue corta y brutal: dos hombres, fuera de sí al verla y en desacuerdo por un motivo u otro; cuál de ellos la llevaría a su lecho o cuál tenía más capacidades para satisfacerla, comparando el tamaño de sus miembros erectos, se enzarzaron y hubo empujones, puñetazos, narices rotas, sangre…

Entonces el general Lu Ten, acompañado por tres escoltas, se hizo presente y, en un abrir y cerrar de ojos, y antes de que ella entendiera del todo qué ocurría, pronunció una única palabra que puso fin a la riña:

—¡Basta!

Evitando mirar a los contendientes, Asami mantuvo la vista fija en la punta de sus botas hasta que percibió un sentimiento de contrición en los dos antagonistas. Sorprendida, echó una rápida ojeada y observó que mantenían la cabeza gacha, dirigían pesarosas miradas a Lu Ten y cómo la sangre les goteaba de la nariz y de los labios partidos. Pero se habían olvidado de ella. Captó con toda claridad que aquellos hombres, a causa de la vergüenza que experimentaban por haber dado semejante espectáculo ante su comandante, la habían olvidado por completo.

Era algo inusitado; entonces Asami echó un vistazo fugaz a Lu Ten que mantenía el semblante impasible y la mente inaccesible a su escrutinio. Acto seguido, el general habló en voz baja con los dos soldados, sin mirarla a ella ni una sola vez. Únicamente unas duras palabras vibraron en el aire, dirigidas a la joven:

—Espero que sus contribuciones a la Milicia Real sean valiosas, porque tenerla a usted entre nosotros es una carga y no ha provocado más que problemas. Lo mejor sería que, como le dije antes, se retire. Este no es sitio para una mujer de su clase. No me haré responsable por lo que pueda pasarle si queda a merced de mis hombres. Nadie aquí está obligado a velar por su protección, señorita. Grábeselo a fuego en la cabeza.

Ése era el hijo de Lord Iroh y ella apenas podía creerlo. ¿Cómo un hombre tan sabio y compasivo había criado a un sujeto tan crudo e implacable? ¿Es que sólo siendo así podía liderarse a un ejército? ¿Lord Iroh también se habría comportado así en su juventud? En unos minutos se hizo correr la voz, desde las unidades de mando, de que a cualquier soldado que peleara por alguna cuestión relacionada con Asami, lo expulsarían del ejército; sería desarmado, deshonrado y devuelto a su casa. A juzgar por los quedos silbidos y la expresión de sorpresa entre los demás miembros de la milicia, la joven dedujo que se trataba de un castigo muy riguroso por una escaramuza.

No sabía lo suficiente sobre las normas de los ejércitos para contrastar criterios, así que las preguntas se le volvieron a agolpar: ¿Imponer un castigo riguroso convertía a Lu Ten en un general severo? ¿Era lo mismo severidad que crueldad, o no? ¿Acaso el poder que Lu Ten ejercía sobre sus soldados provenía de la crueldad? No podía evitar recordar la injusta flagelación que se le impuso a Korra.

Pensar en la cazadora la hizo estremecerse y corrió hasta internarse en la tienda de Kya. Dentro estaba oscuro, porque Kya se encontraba ausente y Korra dormía apoyada en su hombro izquierdo, de tal forma que Asami pudo verle la espalda vendada y herida, a la luz de una vela solitaria, sobre una mesa cercana. La había juzgado mal. Y aunque estaba molesta consigo misma, se quitó las botas y el uniforme, y se acostó al lado de Korra. Le besó suavemente las blancas cicatrices de los hombros y se quedó profundamente dormida, sin soñar.

Cuando abrió nuevamente los ojos, se quedó mirando al techo de lona que colgaba por encima de su cabeza. Una tenue luz invadía la tienda, sustrayendo a todos los objetos su color y convirtiéndolos en una pálida sombra de su imagen diurna. Tiritó. Las mantas se habían ido bajando hasta el nivel de la cintura, dejándole el torso expuesto al frío aire de la noche. Al tirar de ellas de nuevo, observó que Korra ya no estaba a su lado.

La vio sentada a la entrada de la tienda, mirando el cielo. Llevaba una capa sobre los hombros desnudos. El cabello corto le cubría la nuca como una maraña de color oscuro. A Asami se le hizo un nudo en la garganta al observarla.

Arrastrando las mantas consigo, se sentó a su lado. Le pasó un brazo sobre los hombros y la cazadora se apoyó en ella, colocando la cabeza y el cálido cuello sobre su pecho. Asami la besó en la frente. Durante un buen rato, contempló el brillo de las estrellas con Korra y escuchó el ritmo constante de su respiración, el único sonido, junto al suyo, que se oía en aquel mundo de sueño. Entonces la cazadora susurró:

—Las constelaciones aquí tienen una forma diferente. ¿Te has dado cuenta?

—Sí. —Movió el brazo, ajustándolo a la curva de la cintura de la morena—. ¿Qué es lo que te ha despertado?

—Estaba pensando —dijo Korra, y se estremeció.

—Oh.

La luz de las estrellas se le reflejó en los ojos al levantar la mirada hacia Asami, girando entre sus brazos.

—Estaba pensando en ti y en nosotras… y en nuestro futuro juntas.

—Eso es mucho pensar, para estas horas de la noche.

—No lo es cuando despierto de mi sueño y descubro que has vuelto a mi lado, Sami. ¿Qué sucedió? Creí que estabas enfadada conmigo.

Asami se llevó una mano a la cabeza.

—Fui una estúpida al no querer escucharte. No quise comprender tus palabras hasta que fue demasiado tarde —se reprochó—. ¿Por qué diablos sigo aquí? ¿Qué diferencia haría yo en esta guerra? Debería dejar la Milicia Real y regresar al reino Terra…

—¡Regresar! —Korra se quedó rígida—. ¡Eso es una tontería! ¿Para volver a ser la esclava de tu madrastra? ¿O para fregar los pisos en la mansión de tu tía? Si crees que voy a permitir que te desperdicies así, estás…

—No hace falta que grites.

—No estoy…

—Sí, lo estás haciendo, Korra. —Agarrándole las manos entre las suyas y presionándoselas contra el corazón, Asami le dijo—: ¿Cómo puedo servir al ejército? ¿Cómo puedo aligerar tu carga? Todo lo que sé está a medias; ni soy una bruja consumada, ni una guerrera competente, ni una herrera de manos fuertes. La única formación que he completado es la de ser una criada. ¿Y eso de qué sirve aquí? El General Lu Ten tiene razón, si me quedó sólo les traeré más problemas. Hoy me he convertido en la perdición de más de un soldado…

Le ardieron los ojos y, al empañársele la visión, le pareció que las estrellas nadaran ante ella.

—Preferiría perder un brazo que separarme otra vez de ti —dijo Korra.

Entonces la cazadora empezó a llorar también; sus silenciosos sollozos le sacudían todo el cuerpo.

—Yo tampoco quiero dejarte —susurró Asami.

Sintió que Korra la apretaba en un abrazo y se balanceaba adelante y atrás con ella bien agarrada. Tras las lágrimas, le susurró al oído:

—Antes preferiría perder un brazo que separarme de ti, pero también preferiría morir que dejar que alguien te hiciera daño, Sami…

Ella se apretó aún más contra la cazadora. Juntas, se quedaron mirando cómo desaparecían una a una las estrellas, fundiéndose en la luz que se iba extendiendo desde el este. Korra la acurrucó, ciñéndola con firmeza; Asami cerró los ojos y enterró aquellos pensamientos para que sólo quedaran la respiración y el contacto de la morena contra su rostro, los senos, el vientre… Contra todo el cuerpo. Y Korra consiguió alejarle los miedos. Cuando sólo quedó a la vista el lucero del alba, la cazadora dijo:

—Quédate aquí conmigo. Prometo reponerme pronto para que no tengas que lidiar con todo esto tú sola.

Qué fascinante resultaba que el cuerpo de Korra la entendiera tan bien, y que su corazón la comprendiera con tanto acierto. Asami se permitió sonreír apenas, segura y a salvo entre los brazos de la morena.

—Dime por qué atraigo tantos problemas, ¿por qué me desean los desdichados?

—Es porque tienes un corazón cálido y generoso —repuso Korra, adormilada—. Además, eres hermosa. En un mundo horrible como éste, tu belleza es como un respiro de aire fresco. Has hecho que me pregunte, muchas veces: ¿Por qué yo? Podrías tener a cualquier persona, incluso el Príncipe Mako se ha fijado en ti. Lo noté, como supuse que lo harían el resto de los soldados. Apuesto a que Mila sabría hacerte feliz. Y luego está Kuvira, superior a cualquier humano en todo aspecto, que también anhela tu corazón... Pero tú elegiste dármelo a mí… ¿Por qué?

—Porque nunca me lo pediste ni me lo has exigido, como los otros. Tú sólo me entregaste tu corazón sin esperar nada a cambio, desde que éramos niñas. Contigo jamás me he sentido obligada a nada. Estoy tranquila a tu lado, en paz… Y quiero ser lo mismo para ti, tu refugio. Por eso mi corazón es tuyo. Tú eres mi único amor, Korra.

—¿Aunque apeste a grasa de oso?

Asami rió.

—Aunque apestes —le dijo en un murmullo y se desenredó de sus brazos—. Ven, bésame, cariño, y volvamos a la cama; estoy cansada y quisiera dormir.

Entonces Korra se puso de pie con su ayuda, le dio el más dulce de los besos y ambas se tumbaron en el catre igual que antes. Fuera de la tienda todo estaba en silencio y tranquilo, excepto por la corriente de un río cercano, que fluía alejándose del campamento sin detenerse nunca, y se vertía en los sueños de Asami, en los cuales se imaginó a sí misma de pie en la proa de un barco, con Korra al lado, escapando de lo que el destino tuviese dispuesto para ellas.

«¿Podemos tener esperanzas de ser libres?», pensó.


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Por la mañana, despertar fue como si se ahogara; oyó a Asami hacer mucho ruido por la tienda, registrando por ahí como hurón entre el desorden de Kya y su propia pila de chatarra, de modo que se esforzó en recobrar la consciencia e incorporarse en la cama, aunque se detuvo con brusquedad, gimiendo a causa del ya habitual dolor de la espalda y los cincuenta cortes que le trazaban la piel.

—Estás preciosa por la mañana —dijo Asami, plantada delante de ella; la besó en la nariz—. Estás increíblemente adorable con esa cara cachorra dormilona. Soy feliz de poder verte despertar a mi lado.

Korra bostezó ampliamente. Tal vez fuera así, pero ella se sentía fatal; sería una bendición que las cosas fueran al revés: sentirse increíblemente encantadora y tener un aspecto fatal. Vio que Asami continuó escarbando el desastre que imperaba en la tienda de la bruja, y cuando metió medio cuerpo bajo la cama, se forzó a preguntar:

—¿Qué se te perdió?

—Mi espada —replicó debajo del colchón—. No sé dónde la ha puesto Kya. Y quiero llevarla conmigo hoy para que Bumi me ayude a ajustarla a mi mano —se arrastró más hacia adentro, hasta que Korra sólo pudo verle los pies descalzos—. ¡Ajá! ¿Pero quién la habrá pateado para que llegara a extraviarse en este rincón? Kya debería molestarse en recoger un poco este lugar.

—Sal de ahí, antes de que te coma algún bicho raro —la apresuró Korra—. No quiero ni pensar en qué cosas habrán bajo la cama de una bruja.

Entonces se rodeó con los brazos y se preguntó por qué diantres tenía tanto frío. Asami no tardó en volver de su incursión bajo la cama y se sentó a su lado luego de colgarse la funda de la espada en la cintura.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó la joven, preocupada—. De pronto te veo más pálida, Korra.

—He despertado peor que ayer —confesó la cazadora.

Asami le tocó la frente y las mejillas. En su pulcro rostro apareció un rictus conturbado y de inmediato se puso de pie para salir de la tienda.

—Ardes en fiebre —dijo—. Buscaré a Kya. Ella sabrá qué hacer.

A Korra le hubiese gustado pedirle que no lo hiciera, tan sólo quería acurrucarse con ella y volver a dormir. Pero para cuando se dio cuenta, Asami ya se había marchado. Entonces fue consciente de sufrir un dolor de cabeza monumental. Se envolvió en las sábanas y optó por desentenderse del mundo. Asami se encargaría de todo, y todo estaría bien cuando ella regresara. Al menos, eso quería creer.


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Una vez más, Asami se abrió paso a través del campamento, cobrando la atención de los hombres que dormían, cocinaban carne en las lumbres y jugaban a las cartas en medio de la naturaleza. Ella mantuvo alerta la mente, rozando levemente las que había en derredor para percibir a tiempo un posible incidente, así como al general o al príncipe, si bien deseaba con todas sus fuerzas no encontrarlos. Con algo de sorpresa, descubrió que los soldados se mostraban más cohibidos con respecto a ella, y aquello se debía sencillamente al brillo de la empuñadura de su espada, repiqueteando contra su cadera.

«Con un arma no soy más una simple oveja para ellos» —concluyó satisfecha—. «Ahora tengo colmillos y puedo morderlos devuelta. Eso los ahuyenta».

Buscó por todas partes hasta que dio con el campo de entrenamientos, donde por fin divisó la cabellera plateada de la bruja curandera, brillando con el sol saliente. Kya y la ex capitana Lin estaban juntas, dormidas, apoyadas contra un blanco de madera y paja, y la una en la otra. En cierto momento Kya, ignorante de que hubiera una testigo cercana y muy curiosa, le dio a Lin un beso adormilado en la oreja.

Asami se había hecho preguntas respecto a las dos. Era muy grato que al menos una cosa en el mundo quedara aclarada. Sobre todo cuando era algo bonito.

Procuró fingir que no las había visto e hizo sonar sus pasos más de la cuenta para que alguna reparara en su presencia sin alarmarse. Kya fue la que se desperezó primero y le dio un empujón a Lin para que hiciera lo mismo. Al ver que Asami se acercaba, ambas se pusieron de pie y la recibieron con sus habituales actitudes.

—¿Qué haces aquí tan temprano, niña? —la interrogó Lin.

—Madrugué para verme con el maestro armero, y me percaté de que Korra no ha mejorado, sino lo contrario —anunció—. Tiene mucha fiebre.

Al oír esto, Kya se despejó tan de golpe como si se hubiera zambullido en agua helada. Intercambió una breve mirada con la ex capitana y dijo:

—Voy enseguida. Esto no es bueno, hoy no… —y se alejó deprisa.

—Niña —aseveró entonces Lin, sin poder ocultar la urgencia de sus palabras—. Ve por tu caballo y el de Korra, ensíllalos, y ven a verme tan rápido como puedas. Estaré esperándote en el pabellón del Rey. ¡Muévete!

Sin permitirse hacer ni una sola pregunta, Asami obedeció y corrió tan deprisa como sus piernas se lo permitieron. El sendero que conducía a los establos se encontraba desierto, desprendiendo un agradable olor a heno fresco y a caballos limpios, y como sólo había un farol encendido al inicio de las cuadras, éstas estaban casi a oscuras. La mayoría de los caballos dormían, incluido Isilión, que dormitaba recostado de lado, ofreciendo el mismo aspecto que cuando estaba despierto, es decir, tranquilo y poderoso a la vez. En cambio Pólvora, el frisón negro de Korra parecía un edificio a punto de venirse abajo, y la muchacha se habría preocupado por él de no ser porque siempre dormía en esa postura, ya fuera apoyándose en un costado o en el otro.

Abrió la puerta y entró primero en la cuadra del corcel fey. Isilión la percibió como si nunca hubiese estado dormido y pisoteó la tierra con sus pezuñas, tal cual si dijera: "¡Date prisa y átame la silla, debemos cabalgar enseguida!"

Buscó los arreos con torpeza en la oscuridad, tan apresurada que dejó caer las riendas de plata. Se agachó para levantarlas y detectó al instante que no se hallaba sola, pues oyó una voz masculina de barítono, muy cerca, muy queda. Isilión le dio un par de hocicadas en la cabeza y ella comprendió que si quería saber lo que ocurría, tenía que mantenerse oculta detrás de la puerta de la cuadra, en el suelo.

—¿Qué pasó con la estrategia de la Capitana Korra, Lu Ten? El plan era lanzar un ataque masivo contra la Reina fey antes de que terminara el mes. ¡Es una tontería dividir el ejército ahora! ¡Nos acabarán!

Asami se asomó con cuidado por una rendija en la madera. El príncipe Mako ofrecía un aspecto apuesto y fiero, y llevaba la capa echada sobre la armadura de malla y cuero. A escasos pasos de él se encontraba el general de la Milicia Real. Pulcramente afeitado, Lu Ten iba armado con arco y espada, pero no vestía armadura sobre la oscura ropa de montar. Era más bajo que Mako, aunque de mayor estatura de lo que ella recordaba; todo en su aspecto —cabello oscuro, entrecejo fruncido y semblante severo— contribuía a mostrar una actitud muy distante.

—Ya lo discutimos, Príncipe. Las órdenes de tu padre fueron muy claras: Tú debes reunir a tus mejores hombres y escoltar a la ex capitana Lin y a Korra de regreso a la Ciudadela Real. Es nuestra última esperanza. Sólo ella tiene la fuerza para llevarnos a la victoria en esta guerra. Apégate al plan.

—Si los abandonamos, ¿qué posibilidad tendrán ustedes de sobrevivir hasta que regresemos? ¿He de permitir que arriesgues la vida de mi padre? —replicó Mako, alterado.

El general descansó una mano sobre el hombro del príncipe.

—Los fey creen que nos han acorralado. Creen que ahora que Korra está fuera de combate podrán eliminarla junto con el resto de la Milicia Real. Pero se equivocan. Tan sólo se dirigen hacia nuestra trampa —explicó—. Cuando lleguen al campamento y desplieguen todas sus fuerzas en nuestra contra, tú ya deberás haber salido del reino Aqua junto con Korra. Podrán escapar, habrán pocas amenazas en su camino en tanto mantengamos a los fey distraídos en batalla. —Lu Ten dijo entonces, en tono apacible, suave, contemporizador—: Príncipe Mako, tu deber es asegurarte de que ella llegue sana y salva al palacio. Allí Korra podrá recuperar sus fuerzas y decidir por fin, frente a la hija de Izumi, quién será la nueva Cazadora Real. Es lo que el Rey desea.

Asami no tendría que estar escuchando aquella conversación bajo ningún concepto, por nada del mundo; lo comprendió perfectamente, pero era imposible evitarlo porque dar a conocer su presencia habría sido desastroso. De modo que se quedó muy quieta, casi sin respirar, y a su pesar escuchó con atención, pues el hecho de que el general Lu Ten demostrara tanta fe en Korra le resultaba sorprendente. ¿Por eso había sido tan severo con ella? ¿Para dejarla incapacitada, fuera del combate y tener una excusa para ponerla a salvo en la Ciudadela Real?

Estaba tan asombrada que le costaba respirar sin hacer ruido. Sólo entonces pudo reconocerlo como el hijo de Lord Iroh, un estratega genio. De pronto, sintió un gran respeto hacia él y temió por lo que pudiese pasarle durante la batalla que se avecinaba.

—No te atrevas a regresar aquí sin la Cazadora Real y el grueso de la Partida de Caza pisándoles los talones. Serán nuestro refuerzo, el último empujón hacia la victoria. Al final, siempre ha sido el destino de una cazadora acabar con las maquinaciones de la Reina fey. ¿Lo entiendes, joven Príncipe? No debes fallar.

Hubo un largo silencio en el que Asami contuvo la respiración: recuperar a la Partida de Caza Real, hacer surgir a la nueva Cazadora Real para que los lidere en la lucha… De modo que ése había sido el plan desde un principio… Pues sólo una cazadora estaba destinada a acabar con las ambiciones de la reina fey. Qué bien entendía ese planteamiento, más allá de las palabras y del razonamiento; lo captaba igual que la música.

«Es el destino del que no podemos huir», pensó ella.

A todo esto, Isilión se rebulló y asomó la cabeza por encima de la puertecilla de la cuadra para examinar a los visitantes que hablaban en voz baja.

—¿Cuándo deberé partir? —preguntó entonces Mako, lleno de nueva y pura determinación.

—De inmediato, si es posible —dijo el general—. Recuerda, lleva sólo a tus mejores hombres: debes ser muy escrupuloso al escoger a los guerreros que viajarán contigo, han de tener reputación de ser rápidos con la espada, sensatos y, por encima de todo, de temperamento tranquilo y bien dispuesto. Ah, y si encuentras entre tu regimiento a algunos que no deseen a las mujeres, tanto mejor.

El príncipe enarcó la cejas.

—¿Y eso por qué?

—Porque también quiero que lleves contigo a la joven civil. No es correcto tener a una mujer, que no sea soldado, en un ejército de mil hombres. No puedo tolerar más transgresiones en contra de esa muchacha. Creo saber quién es en realidad: Lady Asami Sato, hija de un antiguo miembro de la Corte Real. Qué hace aquí es lo único que no logro adivinar. De todas formas, confío en que sepas apreciar lo atinado de esta medida.

Asami se incrustó en el rincón de la cuadra; no había escuchado que la llamaran por su apellido en años, y casi había olvidado que era una Sato, una joven de cuna noble. El sólo oír su nombre pronunciado así, "Lady Asami Sato", le provocó una sensación que la dejó fría y mareada. Porque no calzaba con el concepto que había tenido que forjar de sí misma durante toda su vida. Semejante título la volvía tan importante como Lord Iroh, su madrastra e incluso el general Lu Ten.

Era algo imposible de creer.

Entonces Lu Ten alargó la mano y acarició el hocico de Isilión.

—Pobre animal, te hemos despertado —dijo mientras lo acariciaba—. Anda, vuelve a dormirte.

—Es su caballo —informó Mako—. El caballo de Lady Sato.

—Es magnífico, incluso más que los corceles del Rey —Isilión hociqueó la mano de su nuevo amigo y él le habló con palabras suaves—. Llévate a tu dueña lejos de aquí, ¿oíste? Merece estar en un sitio mejor, al igual que tú.

Cuando él y el príncipe se hubieron marchado, Asami apuñó las manos con todas sus fuerzas, tragándose un indignante sentimiento de afecto, porque era inconciliable con lo demás. El general quería protegerla también a ella…

Isilión lanzó un relincho que la sacó de su estupor, y rápidamente, Asami retomó la acelerada faena de ensillar los caballos. Pólvora tenía heridas en la grupa y en los flancos, producto de su última batalla como montura de Korra, y no se veía capaz de cargar con mucho peso, así que la joven decidió colocarle solamente la brida alrededor de la cabeza y atarlo a la silla de Isilión. Luego, se apresuró a conducir los caballos hasta el pabellón del rey, tal y como Lin se lo había indicado.

El príncipe Mako ya había movilizado las filas. Ahora reinaba la agitación en el campamento y había tanta ansiedad entre los hombres, que éstos ni siquiera notaron a Asami mientras corría entre ellos y a través de las tiendas dispersas, trayendo consigo a los dos corceles. Una niebla pegajosa se levantaba del suelo a causa de la evaporación de las lluvias pasadas y era difícil ver por dónde iba. Entonces un brusco tumulto en las alturas la obligó a apartar los ojos del suelo traicionero y desviarlos hacia arriba.

Lo que vio fue una bandada gigantesca de pájaros que revoloteaban sobre el agitado ejército. Distinguió águilas, gavilanes y halcones, junto con una incontable cantidad de cuervos rapaces, con sus picos como dagas, sus espaldas azuladas. Cada pájaro graznaba pidiendo sangre para mojarse la garganta y carne para llenar el estómago y saciar el hambre. Por experiencia y por instinto, sabían que cuando se movilizaban los ejércitos, podían contar con hectáreas enteras llenas de carroña para darse un banquete.

—Así que es de este modo cómo se ve venir una batalla —observó Asami—. Parece un paisaje sacado del sueño de un lunático.

Entró en el pabellón del rey y los caballos metieron la cabeza tras ella. Se encontró con un rasgueo de metales cuando el general Lu Ten y media docena de los comandantes del rey desenfundaron las espadas ante su intrusión. Los hombres bajaron las espadas cuando la ex capitana Lin dijo:

—Niña, ya era hora —la tomó del brazo con su única mano y tiró de ella—. Ven, rápido. No te distraigas. Nuestros exploradores informan de que una compañía de cientos de guerrilleros se acerca por el sureste. Y eso no es todo, la legión fey de Suyin se desplaza tras ellos con apenas cincuenta kilómetros de distancia entre ambos ejércitos.

—¿Por qué no nos avisaste de lo que ocurría a Korra y a mí? —le preguntó de camino a la tienda de Kya, sin poder ocultar su frustración—. Sé lo que el General planeó contigo y con el Príncipe.

Lin hizo un gesto difícil de interpretar.

—Porque Korra jamás escaparía de una batalla por voluntad propia, por eso. Ahora, ayúdame a convencerla para que se deje atar al caballo. No está en condiciones para montar por sí misma.

A pesar del aspecto lastimero que tenía, Korra se mostraba más molesta que confusa, porque nadie se había dignado a explicarle lo que estaba sucediendo y Kya se limitaba a responder sus preguntas con evasivas. Asami notó que la joven cazadora hizo el intento de correr en pos de ella nada más verla surgir de entre el tumulto de soldados, pero se tambaleó y tuvo que sostenerse del brazo de Kya para conservar el equilibrio, esperando a que la joven llegara a su lado. A Asami se le anegaron los ojos en lágrimas al verla tan desvalida, tan indefensa. Así que regresó junto a ella, dejándole los caballos a Lin.

—Sami, ¿tú tienes idea de lo que pasa aquí?

—Te lo explicaré en el camino —le dijo y le ofreció el hombro para que se apoyara en ella—. Tienes que subir a mi caballo, vamos.

Korra casi no podía andar, sufría mareos y parecía que le costaba ver. Kya y Asami la empujaron con todas sus fuerzas para auparla a la silla de Isilión, y aunque la cazadora estuvo a punto de irse de cabeza al suelo por el otro costado del animal, alguna reacción instintiva la hizo agarrarse al brazo de Asami y evitar la caída. Entonces, la ayudó a sentarse y se dispuso a atarle una cuerda alrededor de las piernas. Le tocó la cara; la frente le ardía, y su entrecortada respiración le reveló a Asami el dolor que sentía.

—¿Por qué has empeorado tanto de pronto? —le dijo alterada.

—Se ha debilitado mucho a causa de sus heridas —contestó Kya—. Por eso se ha enfermado de manera tan repentina. Puedo tratarla, pero no aquí. Ahora debemos concentrarnos en alejarnos del campamento o quedaremos atrapadas en la refriega. Asami, vigílala y avísame si necesita algo.

La joven asintió y montó a Isilión detrás de la cazadora. Lin le ató a Korra por la cintura sin apretarla mucho y Asami la rodeó con los brazos para sostener las riendas y guarecer a Korra, pues sabía que era atemorizador confiarse por completo al equilibrio de otra persona. Así, rodeadas de hombres que gritaban y de azogados caballos, se unieron al grupo de jinetes que Mako reunía alzando la voz.

Ahí estaba el príncipe montado ya en su corcel blanco, exaltado, impaciente por ponerse en marcha, transformado, de modo que el joven de aspecto indiferente que ella recordaba se había convertido en una figura de porte regio. Alentaba a los soldados yendo entre ellos y los colocaba en formación para el viaje. Los caballos salían en fila de los establos y se congregaban cerca del límite norte del campamento.

Y en ese instante, a través del ruidoso mar de armaduras y crujidos del cuero de las sillas de montar, el príncipe Mako dio la orden de partir. El ejército se dividió y la fracción que pretendía defender el campamento, encabezada por el rey San y flanqueada por el general Lu Ten, fue prontamente dejada atrás, a su suerte, y las puertas de una batalla campal.

A medida que se alejaban, Asami experimentaba una creciente insatisfacción. Pudo percibir que los soldados a su alrededor también compartían aquel amargo sentimiento: el de haber abandonado a su rey y a sus compañeros. Miró a Korra, que se había recostado en ella, cediendo toda responsabilidad en sus manos, y quedándose dormida. Pobre Korra, enferma, demacrada, con un gesto crispado de dolor que no se le borraba.

Ella era la razón de todo esto; proteger a Korra era salvaguardar la última de sus esperanzas.

Y aún más, le parecía que en el horizonte se estaba preparando una tormenta de mal presagio, una tormenta que amenazaba con desatarse en cualquier momento y barrer la tierra entera, destruyendo cuanto encontrara en su camino. Miró a su alrededor y divisó rostros conocidos entre la plétora de jinetes: el maestro armero Bumi, la ex capitana Lin, Kya en el flanco derecho sobre una yegua pintada, y Arquímedes, que asomaba la peluda cabeza desde una de las alforjas de la bruja.

El viejo Archimago compartía su inquietud. Le dijo: El mundo está muy tenso, Asami fricai. Pronto estallará y se desatará la locura. Lo que sientes es lo mismo que el último de los dragones y los fey: la inexorable marcha del amargo destino, a medida que se acerca el fin de nuestra era. Llora por aquellos que morirán en el caos que ha de sumir a este reino. Y mantén viva la esperanza de que ganemos un futuro más luminoso con la fuerza de nuestras espadas y escudos, así como con mis colmillos y mis garras.

Una triste sonrisa cruzó el rostro de Asami.

—Así lo haré, Granemalión.

El gato volvió a ocultarse en la alforja y ella taloneó a Isilión para ponerlo al trote y reagruparse con la formación de jinetes. Durante el resto del día, aquella pequeña fracción de la Milicia Real galopó a rienda suelta, ignorando la incomodidad y la fatiga. Apretaron a sus monturas tanto como pudieron, aunque sin dejarlas exhaustas, y de vez en cuando desmontaban y corrían a pie para que los animales descansaran. Sólo se detuvieron dos veces, y en ambos casos fue para que los caballos pudieran comer y beber.

La penumbra desdibujó el paisaje cuando el crepúsculo tendió una capa negra por el cielo. Los jinetes continuaron su viaje sin descanso y cubrieron kilómetros y kilómetros, y cuando ya era muy entrada la noche, la tierra se fue alzando a sus pies para formar pequeñas colinas, punteadas de gruesos pinos.

Cuando el ejército se detuvo por fin para pasar la noche, acamparon en una gigantesca gruta subterránea, a mitad de camino entre la provincia más norteña del reino Aqua y las extensas llanuras de pasto alto que los separaban del reino Terra; Asami no había contemplado nada semejante en toda su vida. Tampoco es que se viera mucho, porque dentro dominaba la penumbra; la escasa luz penetraba a través de algunas fisuras del techo y se colaba por varias aberturas laterales.

Se encendieron varias fogatas conforme los soldados se acomodaban en los rincones de la cueva. Asami encontró un espacio propio y distante en uno de los recovecos de la caverna. Tenía que despertar a Korra, desatarla y ayudarla a desmontar; encontrar leña para encender un fuego y después cocinar algo, además de hacer otra cura a Korra en la espalda, porque lo pesado del largo viaje le había abierto las cicatrices y éstas seguían sangrando sin parar, por fuerte que Kya se las hubiera vendado.

La cazadora susurró su nombre en ese momento, y Asami detuvo a sus caballos y se le aproximó.

—Deberías intentar dormir, Sami. Duerme al menos un cuarto de hora. No hay peligro aquí. No vas a tener otra oportunidad de dormir esta noche.

—Tú eres la que necesita reposar.

Korra la asió del brazo y le sonrió.

—Estoy mareada —dijo—. Sé que debo de tener cara de muerta, Sami, pero no voy a morir desangrada ni tampoco me voy a morir por un mareo. Duerme, aunque sólo sean unos minutos.

—Tiene razón —abundó Kya, que se había acercado—. Deberías dormir. Yo me ocuparé de ella. Podemos tomar turnos, así todas descansaremos un poco antes de reemprender el viaje en unas horas.

Asami accedió finalmente, reparando en el cansancio que la embargaba. Se tumbó junto a la lumbre y se impuso no dormir más de un cuarto de hora. Cuando se despertó, Korra y Kya casi no se habían movido y ella se encontraba mejor. Comieron en silencio y deprisa de lo que algunos hombres consiguieron pescar durante el viaje. Korra se recostó en la pared de la cueva y cerró los ojos; dijo que casi no tenía apetito, pero Asami no se dejó convencer. Se sentó frente a ella y le dio de comer trozos de pescado hasta que consideró que había comido suficiente.

—¿Qué te duele más, Korra, la espalda o la cabeza? —le preguntó por la madrugada, cuando los soldados se preparaban para reanudar la marcha.

—La cabeza.

Una persona con dolor de cabeza no debería montar a caballo, porque el paso del animal le repercutiría en el cráneo como un golpeteo continuo. Korra estaba mareada y con náuseas continuamente; y no dejaba de frotarse los ojos porque notaba molestias. Más que nada, Asami deseaba que el príncipe Mako detuviera el viaje, al menos durante un día, con tal de que Korra pudiese recuperar algo de salud.

—No vamos todo lo deprisa que deberíamos —le dijo él en respuesta a su súplica—. Puedo decirte que los fey nos buscarán en cuanto se enteren de la ausencia de Korra, y te aseguro que nos seguirán buscando mientras sigamos en el reino Aqua; también puedo decirte de antemano que lo más probable es que den con nuestro rastro, y te adelanto que tendremos a una tropa enemiga pisándonos los talones una vez que lo hayan encontrado.

—Un día es todo lo que pido —insistió ella—. ¡Korra no podrá soportar este ritmo sino se repone un poco más!

Mako, con los ojos relucientes, negó lentamente.

—Tendrá que resistir, Lady Sato —aseveró.

—¡Pero!

El agudo grito de un soldado explorador le cortó la palabra repentinamente.

—¡Príncipe Mako! ¡Mire! —Siguieron la mirada del explorador que enfocaba hacia el oeste. El rostro de Mako palideció—. ¡Hay demonios por arriba y por abajo!

A más o menos cinco kilómetros de distancia, en paralelo a la cadena montañosa, se veía una columna de figuras que marchaban hacia el norte. La hilera de tropas, formada por cientos de figuras, tenía una longitud de más de un kilómetro, y al avanzar levantaban nubes de polvo, mientras las armas brillaban en la naciente luz del amanecer. En cabeza iba un portaestandarte que cabalgaba en una cuadriga negra, blandiendo un pendón dorado.

—No son simples guerrilleros —dijo Mako, agotado—. Son soldados fey. Nos han alcanzado mucho antes de lo imaginado… no sé cómo.

—Alteza —llamó el explorador—. ¿Sus órdenes?

El príncipe miró a Asami, acalorada, con los puños apretados, dando ya de lado toda pretensión de aparentar tranquilidad.

—Hay que salvar la vida —sentenció y elevó la voz por lo alto—. ¡Monten! ¡Hay que cabalgar! ¡Correr todo lo rápido que se pueda! ¡No importa que revienten los caballos! ¡Es imposible hacer frente a una tropa de fey! ¡Debemos alcanzar las murallas de la Ciudadela Real a cómo dé lugar!

Galoparon a una velocidad que Asami hubiera creído imposible apenas una hora antes; las leguas desfilaban a su paso como si los corceles tuvieran alas en los cascos. Sabía que Isilión podía mantener ese paso por su naturaleza fey, pero no estaba segura de cuánto resistirían los demás caballos. Para empeorar las cosas, el movimiento sobre la montura le resultaba doloroso a Korra. Pese a ello, no se quejó en ningún momento por el trote del caballo, pero respiraba agitada y, en la mirada, se le reflejaban tanto el dolor como el miedo, que Asami supo identificar con facilidad. Y también le descubrió ese mismo dolor plasmado en el semblante y en los agarrotados músculos de la espalda y el cuello cada vez que Kya le trataba la heridas.

Se esforzaron por distanciarse de los fey, pero sus perseguidores seguían ganándoles terreno. Al caer la noche los fey habían acortado la distancia en una tercera parte con respecto a la mañana. Y como la fatiga les socavaba las fuerzas, Asami y los demás jinetes se turnaban para dormir sobre la montura, y el que permanecía despierto se encargaba de guiar a los caballos en la dirección adecuada.

En un momento dado Kya y Lin se aproximaron sobre sus respectivos corceles, una a cada lado, y la ex capitana informó:

—Los fey se nos echan encima —dijo en tono seco y señaló hacia la columna de guerreros que se acercaba cada vez más y más.

—¿Cuánto nos falta? —preguntó Asami, que alzó una mano al cielo, calculando las horas que aún quedaban para el amanecer.

—Normalmente… diría que otros dos días, pero a la velocidad que llevamos, sólo uno. No obstante, si no llegamos mañana, es probable que los fey nos atrapen y seguro que Korra se muere, porque irán primero por ella —razonó Kya.

Asami examinó las posibilidades con expresión consternada.

—Sólo podemos llevarla hasta la Ciudadela Real a tiempo si no nos detenemos para nada, y mucho menos para dormir. Es nuestra única posibilidad.

—¿Y cómo esperas lograrlo? —preguntó Lin con una risa escéptica—. Ya llevamos varios días sin dormir lo suficiente. Salvo que ustedes las brujas estén hechas de una materia distinta que los humanos, estás tan cansada como yo, niña. Hemos recorrido una distancia asombrosa, y los caballos, por si no te has dado cuenta, están a punto de desmayarse. Otro día así, y podríamos morir todos.

Asami se encogió de hombros.

—Pues así sea. No tenemos otra opción.

La ex capitana miró hacia las montañas.

—Podría irme con un puñado de soldados hacia otra dirección. Y el Príncipe podría comandar al resto para que hiciera lo mismo. Eso obligaría a los fey a dividir sus fuerzas, y entonces tendrías más opciones de llegar hasta la Ciudadela. Tu caballo es más veloz y resistente que el resto, Asami. Lo lograrías.

—Sería un suicidio —dijo ella horrorizada—. ¡No quiero que ustedes se arriesguen así mientras Korra y yo escapamos!

—No tiene nada de distinto a la propuesta del General Lu Ten en el campamento —objetó Kya, con una mirada sobria y grave, como jamás había visto en ella—. Es la misma estrategia, para el mismo cometido. Hemos de hacerlo, Asami. Es la única alternativa.

—Le informaré al Príncipe —procedió Lin, decidida—. ¿Cómo está Korra?

—Le ha subido la fiebre —contestó Asami al borde de las lágrimas—. Ha estado agitada y dándose vueltas. ¿Qué esperabas? Sabe lo que ocurre, ¡pero no puede hacer nada para ayudarnos!

Kya y Lin se miraron, ambas con los rostros contraídos de angustia.

—Kya —suspiró la ex capitana—. Es el fin del camino, pero tú aún podrías ser de mucha ayuda para Korra y la Partida de Caza Real. Deberías ir con Asami.

—¿Qué? Pero… Tú también me necesitas —trastabilló—. Con sólo una mano no podrás defenderte, y… y… Lin, no seas cabezota. No ahora. ¡Quiero luchar a tu lado!

—¡Sabes bien lo que tienes que hacer! —le gritó—. ¿Crees que yo deseo que te vayas? Si te digo que debes irte es porque tienes que hacerlo. ¡Korra y Asami van a necesitarte más!

Una lágrima se le deslizó por la mejilla a la apesadumbrada bruja y, al verla, la ex capitana alargó la mano y la enjugó con un dedo.

—Kya —la voz de Lin sonó firme, aunque con un punto de ternura—. ¿Has entendido lo que te he dicho?

—Lo he entendido —contestó, con un sollozo ahogado.

—Despídeme de Arquímedes —dijo con una leve sonrisa, y se adelantó en la formación para explicarle su plan al príncipe.

Asami habría preferido que la voz de la ex capitana no sonara tan dulce ni tan cariñosa, porque eso fue justamente lo que hizo desmoronar a Kya. El príncipe Mako aprobó la nueva táctica y, cuando los dos grupos se alejaron galopando para frenar el avance de los fey, Asami no miró atrás, pero asió con fuerza a Korra mientras gritaba para sus adentros con tanto dolor, que durante mucho tiempo no sintió nada más.

»Continuará…