Capítulo 27.
¿Cómo puedo aprender de mis errores si no los recuerdo?
Nuestros siguientes días transcurrieron con un tipo de tranquilidad que no conocía. Cada uno cumpliendo con sus obligaciones cotidianas y al llegar la noche, me lo encontraba siempre de pie frente a mi edificio, con una bolsa de papel llena de alimentos y la más radiante de sus sonrisas, esperándome para pasar el resto de nuestra jornada uno al lado del otro.
Era obvio que él quería evitar que su hermano nos pusiera en una situación incómoda, o que interrumpiera de nuevo nuestros momentos juntos, y eso hacía que una tonta emoción adolescente despertara en mí, una que creo no haber disfrutado antes. Era como tener una relación secreta, que de secreta tenía poco, pero así la sentía: secreta, y era maravillosamente… ¡infantil!, y mía, y deliciosa.
También me había quedado claro que no tenía la más mínima intención de discutir los pormenores del tratamiento al que pensaba someterse, en realidad no quería siquiera mencionar el tema, y había encontrado una forma bastante efectiva para desviar mi atención. Cuando preguntaba, por ejemplo: ¿qué tipo de tratamiento es?, me plantaba un beso de esos que te dejan sin aire y con el cerebro en blanco; un, ¿cuándo comenzarías a hacerlo?, venía acompañado de un «tengo cosas más interesantes qué hacer ahora mismo» y el cerebro se me ponía en pausa; un, ¿el doctor Martin vendrá a Londres?... la respuesta de ese aún hace que se me suban los colores, reía como tonta y el cerebro se me iba de vacaciones. Y es que tener el cerebro en blanco, en pausa y de vacaciones, mientras disfrutaba retozando entre sus brazos, era una de las cosas que más ansiaba día a día, y las que ahora más añoro. Porque tener la libertad de dejar de pensar y desnudar tu alma ante otra persona es simple y sencillamente hermoso, y me encantaría saber que todo el mundo ha tenido la oportunidad de sentir algo así al menos una vez en su vida.
Cenábamos, disfrutábamos, leíamos, dormíamos y despertábamos juntos. Él siempre decía que se sentiría más sosegado en su pequeño departamento pero no creo que nuestra convivencia hubiese sido mejor en el edificio Magnolia, porque lo que hacía que cada día contara, era que él estaba a mí lado y yo estaba con él.
Me acostumbré en poquísimo tiempo a arrullarme con el sonido de su voz o el de su respiración; adoraba despertar entre la protección de su abrazo y comenzar mi día en el momento justo en que sus ojos azules se topaban directamente con los míos. Logré hacerlo sentirse suficientemente cómodo y a gusto como para dejar no solo una muda de ropa en mi casa, sino también algunas de sus medicinas. La palabra «aventura», para mí, había quedado en el olvido, y aunque no quisiéramos portar ningún tipo de etiqueta, Albert y yo representábamos la relación más seria y real de la que he podido formar parte, a veces del tipo adolescente, a veces del tipo maduro, pero la nuestra era una relación fuerte y hermosa, que nadie más que nosotros tenía la fortuna de disfrutar.
Una madrugada desperté al escucharlo gimotear entre sueños. Coloqué mi mano sobre su hombro, lo moví ligeramente y poco a poco comencé a llamarlo. Abrió los ojos de golpe, con la respiración agitada. Intentó asegurarme que todo estaba bien, que no había sido más que un mal sueño, pero al darse cuenta de que no me estaba convenciendo me confesó que finalmente había visto el rostro de la mujer que creía su hermana, que era hermosa y que le sonreía con muchísimo afecto, pero que por más que intentaba llegar a ella no lograba alcanzarla, aun cuando la llamaba por su nombre. Había recordado su nombre: Rosie.
Supuse que un nuevo recuerdo sería una fuente de alegría, pero lo único que reflejaban sus facciones era congoja, y al preguntarle por qué, me dijo que ni él mismo lo sabía. Se levantó, fue a la cocina por un poco de agua, y me pidió que volviera a dormir. Me debatí por un momento entre seguirlo y hacer lo que me había pedido, pero lo que tenía que hacer me era obvio, así que lo seguí. Lo encontré de pie frente al lavadero, con las manos nerviosamente asidas al recubrimiento metálico, la barbilla recostada contra el pecho, los ojos cerrados con fuerza, y un vaso que se derramaba bajo el chorro de agua. Me acerqué a él con calma, cerré la llave, recosté mi frente contra su espalda y abracé su cintura. Ninguno de los dos dijo una sola palabra. Permanecimos así un buen rato hasta que él tomó una de mis manos entre las suyas y la llevó hasta sus labios.
―¿Entiendes por qué debo hacerlo, cierto? ―me limité a afirmar con la cabeza―. Sé que es experimental y que puede ser peligroso. Sé que podría no tener efecto alguno, o incluso podría empeorar mi condición actual ―me estremecí―, pero no puedo seguir así.
―No tienes que explicarme nada, Albert ―respondí y mi voz se escuchó menos segura de lo que quería. Él suspiró.
―Me había dado por vencido, Candy. Luego entraste en mi vida y…
―¿Estás haciendo todo esto por mí? ―pregunté y la voz de Terry resonó en mi mente «tú le has metido esa idea en la cabeza», pero Albert lo negó.
―No. En realidad, en estos últimos días he llegado a pensar que no necesito recuperar la memoria si estoy contigo. He deseado dejar las cosas tal y como están porque, en este refugio que hemos creado, me siento en paz. Tú y yo, Candy…, no necesito saber quién fui cuando estoy contigo. Me basta saber quién soy ahora. Pero creo que mi cerebro no está del todo de acuerdo.
―No entiendo.
―La imagen de Rosie ―lo sentí agitarse al pronunciar esa pequeña palabra―, sin rostro y sin nombre, ha estado conmigo casi desde que recobré la conciencia. Sentada al pie de mi cama, cuidando de mí y velando mi sueño. Siempre pensé que solo necesitaba decidirme y estirar una mano para tocarla y recibir su abrazo, pero nunca lo había intentado. Hoy recordé su nombre, e intenté con todas mis fuerzas acercarme a ella, pero no lo logré, aun cuando la llamaba con todas mis fuerzas ―lo sentí temblar―. Creo que es mi convivencia contigo la que está haciendo que mi mente ansíe despertar, aun cuando mi subconsciente me diga que no necesito cambiar nada.
―Porque no necesitas cambiar nada ―murmuré―. No por mí ―echó los brazos hacia atrás para estrecharme.
―Uno de mis médicos alguna vez dijo que el principal problema de mi amnesia, o su tratamiento, era que no había nadie de mi pasado que pudiera ayudarme a recordar, o que le consintiera a mi subconsciente sentirse querido y cuidado ―se giró para verme directamente a los ojos―. Tu cabello rubio, el tono de tu piel, tus ojos verdes ―dijo pasando sus dedos por cada parte que mencionaba―, quiero suponer que incluso tu forma de ser, me hacen pensar en mi hermana ―descansó su frente contra la mía―. Dime que entiendes por qué debo hacer esto.
―Lo entiendo ―me puse de puntillas para besarlo―. Pero necesito que me asegures que lo haces por ti y por nadie más.
―Lo hago porque necesito recuperar mi vida, Candy. Solamente por eso. Porque sé que el fantasma de mi desaparecido pasado siempre estará a mi lado, atormentándome. Si quiero vivir de nuevo, no puedo seguir haciéndolo como lo he hecho hasta ahora. Fue gracias a ti que me decidí a hacerlo, porque quiero ofrecerte mucho más. Pero lo hago por mí, para recuperar mi vida.
Nos despedimos después del desayuno, y a eso de medio día recibí una llamada suya en la que me decía que su hermano quería invitarnos a cenar a su apartamento, así que de nuevo cambié mi turno de la noche en el hospital y salí relativamente temprano para ir a casa y arreglarme un poco mejor.
Quería que Terry viera que yo no tenía necesidad alguna de colgarme del dinero de su familia y, recordando los consejos de Archie y los mil regaños de mi madre, opté por un sencillo y carísimo vestido verde que Stear me había regalado, acompañado de unos aretes que él mismo había hecho (jamás he podido ponerme ese vestido sin los curiosos sarcillos); unos zapatos incluso más caros que los que Terry había visto, que fueron regalo de mi padre; y un maquillaje sencillo. Albert había accedido a esperar por mí en su casa y subir juntos al departamento de su hermano, pero mientras estaba arreglándome volvió a llamar, para decirme que Thomas pasaría por mí porque había habido un ligero cambio de planes. No me dijo más, pero no me sorprendió que el chofer de los Granchester no se dirigiera al edificio Magnolia, lo que sí fue una sorpresa fue ser recibida por el mayordomo de la mansión del Duque, quien amablemente me guió hasta un exquisitamente decorado salón, en el que los caballeros estaban esperándome.
Por vez primera agradecí los constantes y molestos discursos de mi madre acerca de la importancia de un buen arreglo, y por vez primera vi a Albert enfundado en un traje azul oscuro confeccionado a medida, con camisa celeste, corbata del mismo tono del traje y pañuelo blanco. Archie no habría tenido un solo punto que criticar. Se veía perfecto, y la vocecilla cínica de mi cerebro murmuró un «todo lo que es perfecto en este mundo es falso», pero entonces él comenzó a caminar hacia mí y mis ojos captaron un destello de color proveniente de sus tobillos, y dándose cuenta de que lo había descubierto me regaló una radiante sonrisa.
―¿Te he dicho alguna vez que eres hermosa? ―dijo besando mi mano. Sonreí y me detuve a pensar un momento.
―No. Creo que nunca lo has hecho.
―Pues lo eres ―sus ojos se clavaron en los míos―. Increíblemente hermosa.
―Tú también ―dije un poco sonrosada.
―¿Yo también soy hermoso? ―bromeó sonriente.
―Y vanidoso, por lo que puedo ver ―sonreímos, y me ofreció su brazo para acompañarme a saludar a su familia.
Ambos caballeros se habían puesto de pie en cuanto entre a la habitación, pero permanecían prudentemente en silencio intercambiando miradas.
―Interesantes aretes.
―Dijo el señor con calcetines a rayas rojas y amarillas ―rió.
―Candy, me da muchísimo gusto que hayas podido acompañarnos ―dijo Terry con ceremonia en cuanto estuvimos a su alcance y tendió su mano derecha para estrechar la mía. Él también se veía muy atractivo, enfundado en un traje gris Oxford.
―Gracias por la invitación ―respondí sonriente.
―¿Has notado algún cambio en Andrew? ―preguntó con emoción.
―¿Además de la ropa elegante? ―sí lo había notado―. El cabello y la barba más cortos te sientan muy bien ―dije mirándolo y dejando que mis ojos se acostumbraran a su nuevo y más aliñado aspecto (porque no podía permitir que mis manos lo acariciaran en frente del duque), el cabello rubio a penas a la altura de sus orejas y la barba de solo un par de centímetros. Se veía mucho más atractivo que antes, si eso era posible.
―No tienes nada que agradecerme, Candy ―murmuró el insolente hermano de mi príncipe.
―¿Agradecer?
―Terry insistió en que mi yo vagabundo no correspondía con un traje como éste ―acarició su nuca ahora desnuda, y dejó que sus dedos recorrieran su cuello y barbilla, como reconociendo partes de su cuerpo que habían estado escondidas por mucho tiempo.
―Vaya. Gracias, supongo ―el duque carraspeó.
―Richard ―dijo Albert, como recordando que el duque también estaba en el salón―, permíteme presentarte oficialmente a la señorita Candice White Brighton.
―Un gusto conocerla señorita ―sí, el duque también era sumamente guapo y elegante, con su cabello cano y un clásico traje negro―. Por favor tome asiento.
―El gusto es mío señor ―¿cómo demonios debía dirigirme a un miembro de la nobleza?―. Señor… Duque de Granchester ―estuve a nada de hacer una reverencia ante él pero la risa de Terry me lo impidió.
―Richard será suficiente ―dijo el hombre sonriendo con amabilidad.
―No podría…
―Entonces, puede dirigirse a mí como señor Granchester si le es más cómodo, señorita White. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? Tengo un excelente Balbalair del 89, uno de los mejores whiskies escoceses que probará jamás.
―Se lo agradezco, señor Granchester ―sonreí―. Por favor llámeme Candy.
―Tu rostro me parece familiar, Candy ―dijo entregándome la bebida, y señalándome un sofá. Una vez que hube tomado mi lugar los tres caballeros se sentaron también, Albert al lado mío y los Granchester frente a nosotros.
―Nos conocimos en el apartamento de su hijo, hace un par de meses, señor.
―Imagínala con un traje de enfermera, Richard. Candy cuido de mí después del último incidente en el zoo.
―¿No hay una regla que impide al personal médico salir con sus pacientes? ―preguntó Terry con una sonrisa pícara.
El duque me miró con una mezcla de curiosidad y recelo.
―No soy su paciente, Terry. Candy cuidó de mí aquella noche, pero la había conocido antes ―no negó que estuviéramos saliendo―. No creo que la regla aplique para nosotros.
―¿Así que eres enfermera, Candy? ―la pregunta del duque no parecía malintencionada, pero por algún motivo sentí como si estuviera entrando voluntariamente en una trampa.
―Lo soy. Recibí mi título hace un par de años.
―Tu acento no es inglés ―el de él sí lo era, y bastante posh para ser honestos―, ¿qué te trajo a Londres?
―El hospital para el que trabajo en Chicago necesitaba voluntarios para un proyecto de colaboración bilateral aquí. Me pareció una buena oportunidad para conocer cómo funciona la vida hospitalaria fuera de los Estados Unidos.
―¿Te especializas en algún área en particular?
―En casa trabajo principalmente como enfermera de urgencias, pero aquí cubro los espacios en los que necesitan personal.
―¿Alguna vez has trabajado con tratamientos experimentales? ―las alarmas comenzaron a sonar en mi cabeza.
―¡Richard! ―intentó interrumpir Albert.
―Mi padre solo está intentando conocer a tu novia, hermano.
―Todos sabemos que no es así, Terry. Y por milésima vez te lo repito, Richard, si quieres saber algo, pregúntamelo directamente a mí.
―Honestamente, Albert, no veo que tiene de malo que intente conocer a la completa desconocida que has traído a mi casa y que está generando cambios tan espectaculares en ti.
Las cosas se ponían tensas y decidí que lo mejor que podía hacer era responder a todas las preguntas que se me hicieran con la mayor tranquilidad que me fuera posible.
―No, señor Granchester. Nunca he trabajado en proyectos experimentales ―tomé la mano de Albert y la apreté para intentar comunicarle que todo estaba bien.
―Albert me ha dicho que contactó al Doctor Martin, uno de los encargados del proyecto, después de su visita a la villa Ardlay. Y por lo que sé, estuvo ahí con una amiga suya. Supongo que hablaba de ti.
―Sí, estuvo conmigo y mi amigo Stear.
―¿El militar americano que trabaja para el ejercito inglés?
―En realidad es escocés de nacimiento, pero ha vivido casi toda su vida en Estados Unidos, y no es un simple militar, es piloto, Comandante de Ala para ser exactos, de la Real Fuerza Aérea de su Majestad.
―¿Andrew te contó algo de sus antecedentes con la milicia?
Comenzaba a sudar, pero no iba a permitir que Terry y su padre me pusieran contra las cuerdas tan fácilmente. Después de todo yo no había hecho nada malo.
―Esas preguntas deberías hacérmelas a mí, Terry ―los ojos de Albert comenzaban a lanzar chispas.
―Pero se las estoy haciendo a ella ―respondió Terry con tono frío y socarrón. Volví a hablar intentando evitar problemas.
―Sí, Albert me contó que el ejercito lo ha tenido en la mira desde su accidente.
―¿Y no tuviste ningún problema con permitir que un amigo tuyo le sugiriera someterse a un tratamiento experimental que está dirigiendo el ejercito?
―Yo no sabía nada hasta tú, Terry, me lo contaste todo ―¡error!
―¿A qué te refieres con «tú, Terry, me lo contaste todo»? ―preguntó Albert mirándome molesto.
―Terry vino a verme a Lakewood y…
―¿Quién te crees que eres para intervenir así en mi vida? ―en dos pasos estaba parado frente a su hermano con una actitud muy poco amistosa. Pero Terry no se inmutó siquiera, siguió sentado con calma, sorbiendo su estúpido Balbalair del 89.
―¿Sabías que el tratamiento consiste en abrirle la cabeza y taladrar su cráneo para implantar en su hipocampo un chip prostético de silicón, que pretende imitar las reacciones químicas de su cerebro; que tiene grandes riesgos de alterar su personalidad, su conciencia e incluso borrar sus memoria por completo… incluyendo estos diez años? ―las palabras del duque sonaron mucho más sombrías de lo que debían y volteé a verlo asustada.
Había leído acerca de ese tratamiento y aunque presentaba soluciones de ensueño, cuando fallaba tenía efectos secundarios bastante terribles.
―¿Estás poniéndote en manos de la Agencia de Proyectos Avanzados de Investigación del Departamento de la Defensa de Estados Unidos? ―pregunté nerviosa.
―He hecho cosas peores ―respondió Albert con timidez, aun de pie, al lado del sofá en el que se encontraban los Granchester.
―Pero las pruebas en animales no han sido concluyentes. ¡Acaban de pasar de ratones a monos!
―Desde hace algunos años han comenzado también a probar con pacientes epilépticos y con Parkinson para perfeccionar los patrones y algoritmos que debe llevar el chip.
―Pero no está diseñado para tratar amnesia ―ahora entendía la preocupación de Terry y el Duque.
―Tienen aprobación del gobierno y la FDA para comenzar a probar con pacientes humanos que presentan problemas relacionados con la memoria, y soy un candidato que se ajusta a sus requerimientos ―hablaba con seguridad pero sin verme.
―¿Y si te fríen el cerebro? ―preguntó Terry y su tono sonaba como el de un chiquillo asustado.
―No lo harán ―no se atrevía a vernos.
―¿Cómo puedes estar tan seguro? ―ahora era el duque quien hablaba con preocupación.
―No lo estoy ―respondió Albert con tono vacilante―. Pero ya me cansé de vivir así. Se me está ofreciendo la que quizás es la última oportunidad de recuperar mi vida. No pienso dejarla pasar.
―¡Pero es que tienes una vida! ―dijo Terry poniéndose de pie y colocándose frente a él―, aquí, ¡con nosotros! ―nunca pensé que el soberbio actor pudiera hablar así.
―Sí, tengo una vida con ustedes, pero está incompleta y es siempre demasiado gris y triste. ¿Por qué no pueden entenderlo? ―aun no miraba a nadie―. Hasta hace algunos años eran ustedes quienes venían a mí con miles de tratamientos milagrosos para curarme, ahora soy yo quien ha encontrado uno. ¿Por qué no pueden apoyarme ahora como lo hicieron antes?
―Porque ninguno antes había sido tan peligroso como éste ―dijo Terry intentando contener su frustración.
―Tienes razón, Albert. Este no es el primer tratamiento al que te sometes ―el duque intentaba sonar sosegado sin lograrlo―. Pero dime, ¿qué sucederá si éste también resulta fallido? ―y entonces la desesperación salió a flote―. Es que no aprenderás jamás de tus errores.
―¿Cómo demonios puedo aprender de mis malditos errores si no los recuerdo? ―su grito contenía toda la ira y frustración de sus años amnésicos y me golpearon con una fuerza inusitada. Finalmente levantó la mirada y sus ojos estaban llenos de determinación―. Entiéndanlo. Si el tratamiento funciona, por fin podré saber quién fui, y si falla ―suspiró―, si me fríe el cerebro, bueno, entonces ya no tendré nada más de qué preocuparme. De cualquier manera finalmente seré libre.
―¿No aprendiste nada de la historia de Charlie y Algernon? ―la voz de Terry sonaba ligeramente derrotada.
―Aprendí que no siempre se obtiene lo que se desea, pero no por eso debemos de resignarnos a vivir una vida incompleta.
―¿Y si tu pasado resulta ser igual de trágico que el suyo?
―Entonces aprenderé a vivir con él, pero al menos lo sabré.
―Albert.
―Andrew ―dijeron ambos caballeros al unísono.
―¡No! ―dijo tajante.
Levantó la cabeza como si en el techo intentará encontrar un argumento que fuera irrefutable. Cerró los ojos y apretó puños y mandíbula con fuerza.
―Díganme: ¿es así como debo vivir? ¿Como he de morir? ―lo sentí contener un rabioso sollozo―. Furioso y desquiciado, asustado como un niño y entumecido. Pretendiendo tener una vida que no tengo, de la forma más ilógica y estúpida: sin recuerdos. Escondido por siempre y aterrado.
El silencio era total en la habitación, apenas roto por el crepitar del fuego en la chimenea y nuestras agitadas respiraciones.
―¿Cómo viví? Necesito saber si fui suficientemente amable, si amé y me amaron, si disfruté mi vida y tuve una familia que se sintiera orgullosa de mí ―se llevó las manos a la cara y tomó tres profundas respiraciones―. Me atormenta pensar que si muero aquí, ahora, será como morir en un sueño, y ahora, justo ahora, siento que estoy listo para despertar y recuperar todo lo que alguna vez pude haber sido y tenido.
―Albert.
―Por favor, Richard, no me dejes morir así. No te interpongas en mi camino y déjame intentar despertar y volver a vivir ―el duque pareció avejentar de golpe.
―Lo haré aunque no esté de acuerdo ―murmuró.
―¿Por qué ahora? ―la voz de Terry, lejana y frenética me sobresaltó.
―Porque diez años ha sido demasiado.
―No me vengas con estupideces, Andrew. ¡Responde mi maldita pregunta con honestidad!
―Porque por primera vez en diez años he deseado compartir mi vida con alguien más y jamás podré hacerlo completamente sin saber quién soy.
El corazón me dio un vuelco y las malditas mariposas volvieron a hacer acto de presencia con enardecida emoción.
―¿Lo haces por ella? ―Terry era experto en sacar tonos cortantes que sonaban a peligro y herían―. Por una mujer que acabas de conocer y se largará de vuelta a casa en cuanto su proyecto de colaboración bilateral termine.
―Lo hago por mí, Terry ―cuando su voz adquiría ese aire sereno era casi imposible negarle algo―. Porque estoy enamorado como un estúpido, pero no puedo permitirme sentir todo lo que quiero. No si no tengo siquiera una identidad que ofrecer.
―Albert ―murmuré y los ojos se me llenaron de lágrimas.
Me miró con intensidad y comprendí que todo lo que decía era cierto. Pero estaba tan estremecida por su confesión y mis sentimientos que no logré decir más.
―Pues no, Andrew, no tienes mi apoyo, ni mi comprensión ―Albert sonrió con tristeza.
―No te estoy pidiendo permiso, Terry. He tomado una decisión y en cuanto el Doctor Martín me comunique que ha arreglado todos los pormenores, me someteré a esto, con o sin tu apoyo… con o sin ti.
―Supongo que ahora estás contenta ―dijo Terry, mirándome con los ojos llenos de lágrimas―. Gracias por destruir mi familia.
Se puso en pie, le dedicó la mirada más fría y cruel que he visto en mi vida a Albert y salió del salón.
―Richard yo… ―escuché como su voz se quebraba.
―No soy tu padre, muchacho ―dijo el anciano poniéndose en pie y abrazando a su hijo―, pero eres parte de mi familia. Prometí cuidar de ti cuando te dejaron bajo mi custodia y eso es lo que pretendo hacer. Si esta es tu decisión, estaré a tu lado y te ayudaré a salir adelante si tú me lo permites.
―Gracias… papá.
No los vi llorar. No los escuché sollozar. Pero un abrazo como ese jamás se olvida porque transmite muchísimas más emociones de las que las palabras pueden expresar.
Thomas nos llevó de regreso a casa, sin cenar y sin despedirnos de Terry. Viajamos en silencio, con las manos entrelazadas y con mi cabeza recostada sobre su hombro.
Y una vez que traspasamos el umbral de mi departamento él se dirigió a la cocina como lo hacía siempre, pero en cuanto su mano se posó sobre la puerta del refrigerador las palabras que había estado queriendo decirle desde hacía muchísimos días salieron de mi boca sin control.
―Te amo.
Sus movimientos se frenaron de golpe y por un segundo temí que su discurso hubiera tomado el rumbo que tomó solamente para asegurarse que los Granchester lo apoyaran. Pero su mirada, cuando se giró para verme, me hizo olvidar cualquier recelo.
Caminó hacia mí con determinación y me besó con una intensidad que no conocía.
―Te amo, Candy. Te amo ―dijo entre beso y beso, sonriente. Feliz.
Me tomó en brazos, me alzó en vilo y me llevó a la recámara, donde por vez primera nos permitimos hacer el amor, sin ningún tipo de restricción. Sin el fantasma de una aventura acechándonos. Y permitiendo demostrarnos, lo grande que era el amor que sentíamos el uno por el otro.
Y así retomamos la historia. Gracias por su paciencia, cariño y mensajes durante este tiempo de ausencia y fiestas. Espero que hayan disfrutado el capítulo y como siempre sus comentarios son mi sueldo. Un abrazo grande a la distancia.
