Este capítulo va dedicado a "Tatis". Ella lo ha inspirado así que me parece justo dedicarselo. Por cierto, la mayor parte del capítulo son Flashbacks sobre la historia de Sirius y Elizabeth, desde el punto de vista de Sirius. Por si no está suficientemente claro.

Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a J.K. Rowling (salvo algunos de mi invención) y a W.B.


Capítulo 28: La nueva vida de Sirius Black

Cuando me encontré completamente repuesto Elizabeth me llevó a su casa. Yo no estaba muy convencido sobre eso de vivir en un barrio muggle, rodeado de muggles, con cosas muggles… era demasiado muggle para mi. Pero Elizabeth como siempre me había hecho entrar en razón diciendo que vivir entre muggles sería el escondite perfecto. Me afeité, me corté el pelo y me vestí como cualquier muggle. Así que cuando llegué al barrio en el que vivía Elizabeth, nadie me miraba distinto. Aquella tarde estaba sentado en el porche mirando el atardecer, pensando.


Aquella casa que tanto había odiado se alzaba ante mi. Aquella casa de la que había escapado con dieciseis años como si de una cárcel se tratase. Eran las doce de la noche de un lluvioso día de verano. Había tormenta. Desde la vuelta de Voldemort había mantenido correspondencia casi a diario con Albus Dumbledore que estaba reorganizando la Orden del Fénix. Ofrecí aquella casa como refugio. Pero lo peor, sin duda era tener que vivir en ella. Aunque me consolaba pensando que al fin podría estar cerca de Harry. Entré dentro. Albus Dumbledore me esperaba ya dentro. La casa necesitaba una buena limpieza y hacer algunas reformas. Nos sentamos en la cocina a charlar donde había comida. Al parecer Dumbledore se la había traído de Hogwarts. Hablamos sobre Voldemort, sobre Harry, sobre la Orden del Fénix, sobre todos los planes de Dumbledore.

- Ehhh… yo… he estado investigando un poco por mi cuenta… ¿Qué ha sido de Lizzie Potter?- pregunté notando cómo mis mejillas se encendían como si fuese un chiquillo.

- Lizzie… hace años que no se nada. La última noticia que tuve no era muy halagüeña.

- ¿Y la pequeña?

- Sirius… es mejor que las olvides. Hay libros que están mejor cerrados.


Elizabeth estaba sentada en la butaca frente al fuego. En una de sus piernas estaba Harry y en la otra Valerie. Elizabeth les contaba un cuento sobre una sirvienta que quería ser princesa. Harry y Valerie estaban embelesados mirándola, al igual que yo. Su pelo negro caía sobre sus hombros como una interminable cascada de bucles. Sus ojos azules reflejaban los destellos del fuego. Su sonrisa traviesa marcada por unos labios rosados. Su piel pálida que adquiría calidez con el resplandor de la chimenea. Sentí cómo se me hinchaba el corazón. Ojalá hubiera sabido que aquella sería la última vez en dieciseis años que estaríamos los cuatro juntos.


Harry gateaba grácilmente sobre la manta de cuadros que Lillian había puesto sobre el cesped del jardín. Harry era un bebé tranquilo y curioso. Le gustaba explorarlo todo y tocarlo todo. Normalmente era muy fácil de manejar, salvo cuando Valerie estaba presente. Entonces los dos solían montar algún escándalo que otro. Pero ninguno los reprendíamos ya que solía ser bastante divertido mirarles. James salió al jardín con unos vasos de limonada en una bandeja, seguido de cerca por Elizabeth. Llevaba un vestido de color azul mariño, ceñido que dejaba ver sus voluptuosas curvas de mujer. Sentí que me faltaba el aliento. Elizabeth se sentó a mi lado con Valerie en brazos que luchaba por deshacerse de los brazos opresores de su madre para hacerle alguna trastada al primo Harry.

- Tenemos que hablar con vosotros- dijo James de repente en tono grave.

- Ya sabéis que el-que-no-debe-ser-nombrado está detrás de nosotros… así que queremos pediros una cosa- dijo Lillian.

- Como padrinos que sois de Harry nos gustaría que os ocupáseis de su seguridad en caso de que a nosotros nos sucediese algo malo- dijo James.

- Se que en vosotros encontrará a los padres que perdió- dijo Lillian con la mirada vidriosa mirando al pequeño que se afanaba en investigar una florecilla.

- ¡¿Pero de qué estáis hablando?! No os va a suceder nada… y viviréis muchos años para ver crecer a vuestro hijo, lo veréis ir a Hogwarts, hacerse un hombre, enamorarse, y casarse y llenaros la casa de nietos- dije

Todos reímos. Pero sabíamos, o intuíamos que ese día llegaría.


- Empuje, Elizabeth ya casi está. Ya le veo la cabeza- dijo la enfermera. Elizabeth estaba tirada sobre la camilla, con las piernas abiertas y la enfermera entre ellas. Tenía el pelo empapado de sudor, la cara. Agarraba mi mano con fuerza. Notaba que apenas me llegaba sangre a la punta de los dedos, pero no me quejaba.

- Venga Lizzie, ratoncito… tú puedes- le dije al oído.

- Aaaaahhhhhh!!!!!!

Unos segundos que me parecieron eternos, Lizzie cayó sobre la camilla, agotada. Vi cómo la enfermera cogía a la niña por las piernas y le daba un azote en el culito para que la niña se pusiera a llorar con una fuerza asombrosa. Era el llanto de la vida. La enfermera la envolvió en una sábana y se la puso a Elizabeth en el pecho. Estaba llorando. Yo me agaché para besarle la frente.

- Bienvenida Valerie- dijo mientras le acariciaba su manita- Mira este es el tío Sirius. Ya verás lo bien que lo váis a pasar los dos…


- Siriuuuuuuusssss- decía alguien a mi oído mientras me zarandeaba.

Abrí los ojos sobresaltado y vi los ojos azules de Elizabeth encima de los míos. Un millón de mariposas se instalaron en mi estómago.

- Sirius…. Tengo un antojo…- dijo Elizabeth.

- ¡Ohhh! Lizzie… vuelve a dormirte- dije dándome la vuelta.

Ella se levantó con trabajo. Tenía una enorme barriga de siete meses. Así que sus movimientos era reducidos y bastante torpes.

- Pero si la niña sale con cara de fresa no te espantes- dijo desde la puerta de la habitación.

- ¡¡Está bien!!- dije levantándome de la cama- Elizabeth Potter, eres una insufrible.

Pero agarré mis vaqueros y me los puse. Me vestí antes de salir a comprar las dichosas fresas con nata para Elizabeth.


Esto va a notarlo frío, señora Richards- dijo el médico.

Elizabeth estaba empeñada en que su bebé estaría mejor atendido si en lugar de examinar su embarazo un médico, lo hacía un médico y un sanador. Así que estábamos en la consulta de un ginecólogo muggle esperando esta vez poder ver el sexo del bebé. Yo le sostenía la mano. Ella estaba nerviosa. El médico colocó un pequeño aparato sobre su abultada barriga y lo movió sobre el gel que acababa de echar en la tripa de Elizabeth. Tras unos segundos detuvo la imagen que se veía en otro aparato que tenía una pantalla.

Señora Richards, le presento a su bebé.

¿Qué es¿Se ve el sexo?- pregunté más ansioso si cabía que Elizabeth.

Oh, sí, es una nena… y además está sanísima…

Una niña… Sirius… una niña- dijo Elizabeth dejando que unas cuantas lágrimas se escapasen de sus ojos.


- ¿Estás mejor?- pregunté mientras le daba a Elizabeth una taza de humeante leche caliente con cacao. Justo como sabía que le gustaba.

- Sí- dijo ella ahogadamente.

Elizabeth estaba sentada en el sofá de mi casa. Llevaba un vestido negro ajustado en el que se marcaba una incipiente curvatura en su abdomen. Llevaba una chaqueta negra. El pelo lo llevaba suelto callendo como una cascada sobre sus hombros. Ese día no había sido fácil para ella. Ese día había sido el entierro de su marido, Gilbert Richards, el padre del bebé que llevaba en sus entrañas.

- ¿Qué voy a hacer ahora Sirius¿Qué voy a hacer sola y con un bebé?

- Yo voy a estar aquí para cuidarte, Lizzie. Siempre voy a estar aquí- dije tomándola ente mis brazos.

Elizabeth se aferró a mi camisa estallando en llanto. Lloró y lloró hasta que no le quedaron más lágrimas.


- Yo, Gilbert Richards, te quiero a ti Elizabeth Potter como esposa y me entrego a ti. Y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

Era el turno de Elizabeth. Estaba tan hermosa vestida de blanco. Parecía más frágil y más etérea que de costumbre. Sus ojos escondidos tras el velo de la novia miraron a James. El cual asintió orgulloso. Después unos segundos que me parecieron horas su mirada azul se clavó sobre la mía. Imaginé que me levantaba allí, que la cogía en brazos y la raptaba para que no se casase con ese panoli de Gilbert Richards. Lo que me devolvió a la realidad fue su dulce voz.

- Yo, Elizabeth Potter te quiero a ti, Gilbert Richards como esposo y me entrego a ti. Y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

- ¡Lo que el destino ha unido que no lo separe el hombre!. Puedes besar a la novia.

Gilbert la tomó por la cintura con brusquedad. El muy animal no tenía ni idea de cómo tratar a una mujer. Retiró el velo de su cara y la besó. Juraría que cuando Elizabeth pasó por delante de mi estaba pálida como la cera. Todos lo achacaron a su embarazo, pero nadie se fijó en la tenaz tristeza que había en sus ojos.


- Riiiiiiinnnnnnggggg- sonaba el timbre de mi casa insistentemente.

- ¡Ya va, ya va!- dije desde la cocina.

Estaba en casa, haciendo la cena para sentarme a ver un programa en la televisión muggle que me gustaba especialmente. Era una noche lluviosa de tormenta. Al abrir la puerta me encontré con Elizabeth del otro lado. Estaba empapada de pies a cabeza. La hice pasar y la llevé al cuarto de baño. Se dio una ducha y yo le dejé algo de ropa para que se pusiera. Se sentó en el sofá, con las piernas encogidas, la barbilla encima de sus rodillas, sus brazos rodeando sus piernas.

- Qué te sucede Lizzie- dije.

- Ohhhh... Sirius, quiero morirme- dijo ella escondiendo su cara entre sus brazos.

- Qué ha pasado...

- Jim me va a desheredar como mínimo... se va a poner como una fiera... y tendrá razón... he traído la desgracia a la familia Potter.

- Pequeña...- dije abrazándola con cariño. Ella se refugió en mi abrazo- ¿Qué puede ser tan malo?

- Estoy embarazada...- dijo ella antes de estallar en llanto.

- Pero... estás segura...

- Sirius...

- Vale, vale. No sabía que tuvieras novio.

- Y no lo tengo... salí un par de veces con él... estaba despechada... porque el hombre al que amaba no me hacía caso...¿Y ahora qué?

- Todo se arreglará, Lizzie, y si no se arregla... yo estaré aquí para cuidar de ti, pequeña...


Hacía dos años que habia salido de Hogwarts y en todo ese tiempo no había vuelto a ver a Elizabeth. La recordaba como aquella niñita que era cuando abandoné Hogwarts. Allí estábamos los tres James, Lilly y yo, esperándola en el andén 9 y 3/4. Vi a una jovencita bajar del tren. Llevaba el pelo suelto, muy largo y se le ensortijaba en las puntas. Llevaba unos pantalones vaqueros ceñidos, una camisa blanca y unas sandalias. Durante unos segundos me quedé mirando para ella como si no fuese ella. Como si la acabase de conocer. Y después me di cuenta de que algo me hacía cosquillas en el estómago. La pequeña Lizzie ya no era una niña pequeña, nuestra pequeña. Estaba hecha una mujer. Una mujer hermosa, inteligente y que despertaba en mi sensaciones que ninguna otra mujer había despertado. Elizabeth corrió a abrazar a James, después a Lilly.

- ¿A mi no me vas a dar un abrazo?- dije.

- ¡Sirius!

Caminó hacia mi. Rodeó mi cuello con sus brazos. Yo la cogí por la cintura. Hundió su cara en mi cuello. Aquel abrazo me parecía que duraba horas y que si no se separaba de mi pronto podría notar cómo me latía el corazón. Después me dio un beso en la mejilla, demasiado cerca de mis labios. No pude evitar que mi imaginación se disparara. E imaginaba situaciones con las que no se debería pensar sobre la hermana de tu mejor amigo. Aquel fue el momento en que me enamoré de ella.


- Sirius- dijo una suave voz a mi lado.

Levanté la vista. Allí estaba Elizabeth, sonriendo afablemente. Me había quedado dormido entre mis recuerdos. Elizabeth se sentó a mi lado. La miré. La verdad era que no había cambiado demasiado. Se había hecho una mujer. La Elizabeth que había conocido cuando salió de Hogwarts representaba para mi la manzana prohibida. Esa cosa que anhelas sobre todas las cosas pero que sabes que jamás podrás tenerla. Pero cuando Gilbert se murió y ella se apoyó en mi para superar la muerte de su marido, me enamoré de ella de nuevo. Y ahora siendo mi sanadora, mi compañía me había vuelto a enamorar de ella.

- ¿En qué pensabas?- preguntó en una risita deliciosa.

- Solo recordaba.

- Pensabas en James…- dijo ella con gesto preocupado entrelazando su brazo con el mío.

- No. Recordaba cuando volviste de Hogwarts…

- Oh.

Ambos nos quedamos allí en silencio hasta que se hizo de noche. Me moría de ganas de decirle todo lo que la amaba, todo lo que la deseaba… pero… ¿Qué tipo de vida podría ofrecerle?. No podríamos salir a ningún lugar por miedo a que me descubrieran. Elizabeth no se merecía algo así. Y a mi me dolía profundamente no poder ofrecerle algo mejor.


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Capítulo siguiente: Harry es consciente de que aquella podría ser la última vez que viese a Hermione. Pero tiene que verla por última vez y despedirse de ella.