Capítulo

-27-

All my universe.
(Todo mi universo).

NA: La historia es mía, los personajes son de la señora Meyer.
Gracias por leer, gracias por comentar…
Gracias por dejarme hacerte soñar…

X.X.X

Giro el rostro de manera automática al ver una sombra parada tras de mí. Apuño las manos con desconfianza y de una sola, me giro.

Es Bella, enredada en sábanas y tallándose la cara.

—¿Qué pasa?

Respiro y trato de contener la rabia.

—No es nada. ¿Qué haces despierta? — pregunto con demasiada frialdad. Quizás a causa del sueño, no nota el desdén en mi tono de voz. Aparto ese pensamiento, no quiero un enfrentamiento con ella por culpa de malas interpretaciones.

—No te sentí más y me sentí sola. No pude seguir durmiendo…

Sus palabras son un bálsamo para mi alma, — si es que la tengo—, y me siento un poco más controlado. ¿Necesitas de mí para dormir, nena?

Dejo el celular en la mesa y la tomo entre mis brazos. Su calor manda ondas de calma a todo mi cuerpo. Acuno su cabeza en el espacio entre mi cuello y mi clavícula, mientras acaricio su cabello.

—Lamento si te desperté.

—No es nada. ¿Vienes a dormir?

Suspiro. Tengo cosas que hacer pero si me pongo en estado de alerta ella lo notará inmediatamente. Sabrá que pasa algo. Esa gente la quiere a ella y yo debo protegerla así sea omitiendo cierta información. No la tocarán y de eso me encargaré, pero estando cerca, debo mantenerla distraída.

—Claro, nena.

Caminamos hasta la cama y ella se sube para después tumbarse entre las mullidas almohadas. Me pide las manos y yo se las doy.

Pronto me acuesto y la enredo entre mis brazos, donde mi nariz se posiciona cerca de su nuca y oído, para poder sentir su aroma.

El aroma se clava en mi sistema de manera asfixiante pero no me molesta. Es que simplemente su presencia es todo y más de lo que alguna vez quise y desee. Bella amolda su cuerpo a mi pecho y mueve la cabeza hasta acurrucarse muy cerca de mí.

—Estás tenso— murmura con los ojos cerrados.

Reacciono ante sus palabras y suspiro.

—No lo estoy.

—Y mal mentiroso— murmura una vez más.

—Deberías dormir— le digo—, estás muy parlanchina. ¿La bebida te ha dejado chispada?

Ríe.

—Hay más placeres que me dejan chispada… Y no precisamente el alcohol.

Sé a lo que se refiere.

—Descansa, nena. Lo necesitarás.

Sin más asiente y yo espero. Espero pacientemente a que se duerma para poder llamar directamente a Nueva York y comenzar el cuidado mediante guardaespaldas de mi padre y toda la maldita seguridad necesaria. Pienso en un plan coherente pero no se me ocurre alguno estratégicamente viable. Si vuelvo, estaría poniendo en peligro potencial a Bella, cosa que quien sea quien envió el Mail, está esperando. Pero si no hago nada, es como decir entre líneas que la vida de Carlisle no tiene valor alguno para mí. La prórroga es de una semana y contando y presiento que los días estipulados no serán completamente suficientes. La miro mientras descansa y siento una opresión en mi pecho tan grande.

La simple idea de perderla es simplemente dolorosa.

Espero pacientemente pero ella se aferra a mi cuerpo, imposibilitándome salir de la cama. Tendrá que esperar. Consciente aún, me pregunto si Sam ya ha vuelto de su misión. Lo necesitaré más que nunca. Él es experto en seguridad. Nos ayudará bastante. No sé en qué momento de la madrugada no soporto el cansancio y de la nada, también me quedo dormido.

x.x.x


Al despertar, escucho un murmullo suave cerca de la habitación. Apenas abro los ojos, la luz de la ventana entra de golpe dentro de mis retinas. Cuando soy consciente, me levanto de golpe con un temor inmenso al no encontrarla a mi lado.

—¿Isabella? — la llamo casi en un grito.

Los sentidos los mantengo alerta al no escuchar su respuesta.

Camino por el lugar buscando una camisa que ponerme y salgo hacia la sala.

—Isabella, ¿Dónde estás?

El pánico me inunda de una sola. Comienzo a temblar de todo mi cuerpo, al darme cuenta de que habría sido posible — en una situación cualquiera—, que hubiese sido arrancada de mi lado mientras estaba dormido. Maldita sea, ¡No!

—Mierda, ¡Isabella! — grito.

La puerta corrediza que da al balcón se abre de golpe, mientras ella, vestida con una camisa mía, un moño en el cabello y descalza, entra hasta donde estoy con gesto contrariado. Verla hace que vuelva a respirar.

—¿Qué pasa?

Apuño las manos a cada lado y jadeo.

—¿Dónde estabas? — pregunto a medio enojo injustificado.

—Haciendo una llamada.

¡Joder, no!

—¿Llamando a quién? — pregunto con rabia mientras avanzo lentamente hacia donde está.

—A… Varias personas… Edward… ¿Qué te pasa? — inquiere algo preocupada por mis reacciones.

—No puedes llamar a nadie.

—¿Por qué no? — pregunta molesta mientras se cruza de brazos.

Maldita sea. Ya comenzará a estar de terca. No puede hacer llamadas porque así es más fácil que la localicen. Su anonimato es de primordial importancia, pienso.

—No puedes y ya.

—¿Qué diablos te pasa? — Me pregunta mientras avanza hacia mi y me encara—. Nunca me habías prohibido que me contactara con nadie.

—Es lo mejor— solo atino a decir.

—¿Lo mejor? Edward… ¿Qué está pasando?

Coloco mis dedos en el puente de mi nariz.

—¿Alguna vez dejarás de hacer tantas preguntas? Confía en lo que digo y entrégame ese celular.

Su cara es un poema.

—No te lo daré hasta que me digas la razón de tu comportamiento. ¡Maldita sea! Ayer estábamos perfectamente.

—No lo diré una vez más… Dame. Ese. Móvil.

Su mirada desafiante y su postura me lo dice todo, sin embargo, se atreve a decirlo.

—No.

Mi ceño se frunce y yo gruño.

—No seas obstinada. ¿Acaso no confías en mí?

—¿Cómo quieres que confíe en ti si no me dices…?

Antes de que siquiera termine la pregunta, aprovecho el momento para arrebatarle el aparato de entre las manos. Sus ojos se abren de golpe cuando lo pongo lo más alto posible de ella, mientras trata inútilmente de alcanzarlo.

—¡Dámelo!

—No te lo daré, es por tu bien.

—¿Mi bien? ¿Acaso me quieres retener aquí?

Me giro para entrar a la cocina.

—Sí.

—Tengo que comunicarme con mi madre… Devuélvemelo, por favor.

—Si quieres comunicarte con tu madre, lo harás cuando sea oportuno. Pero no ahora, no es lo ideal— contesto mientras me sirvo un café.

Muy en el fondo de mí, sé que está molesta. Bueno, es más que evidente. Pero también estoy consciente de que si le digo algo, cierta información, habré de esperar varias reacciones de su parte. La primera es que entre en pánico. ¿Quién no lo haría? Si me dijeron explícitamente que la querían a ella y sin motivo aparente alguno, claro que daría miedo, siendo más de algún anonimato. La segunda reacción es que, sabiendo que amenazan a mi padre a cambio de ella, no sé por qué pero pienso que haría todo por sacrificarse.

Y la tercera y la que más me temo que suceda, es que, después de decirle toda la verdad, se quisiera inmiscuir para resolver el problema, poniéndose a sí misma como carnada. Ni pensarlo.

—Edward, no lo voy a repetir. Devuélveme ese celular. Es mío.

—No te lo estoy quitando para siempre. Solo será un tiempo indefinido.

La oigo bufar y veo su figura delante de mí con ambos brazos tensionados y los puños hechos por la rabia.

—¿Quieres que esté aquí sin comunicación?

Niego mientras bebo.

—Puedes encender el televisor— digo con despreocupación.

—¿Qué?

—Lo que has oído. Nos mantendremos prudentes— comento—. ¿Quieres desayunar?

Sus ojos se abren como platos.

—¡Qué cínico! Primero me quitas mi teléfono y luego te portas como un imbécil… ¿Ahora me ofreces de desayunar como si nada hubiese pasado? Ya dime, ¿Acaso eres un maldito bipolar?

—No, nena— sonrío como imbécil—. Probablemente si estoy loco y no solo trastornado.

Entrecierra sus ojos y ríe sardónicamente.

—¿Cuál es el maldito plan bajo este teatro?

Alzo una ceja sin entender.

—¿De qué hablas?

—Desde ayer te estás comportando de lo más extraño y eso sin mencionar todos estos cambios en ti. Incluso en… La intimidad estás distinto.

Giro la cara evitando su mirada.

—Me quieres poseer— murmura de la nada y mi atención está toda en ella.

—Claro que sí— respondo porque es más que cierto.

—Ya me tienes, ¿Por qué me quieres incluso privar de hablar con los demás?

—No estás entendiendo.

—No me explicas— me reta.

—No es necesario que lo entiendas. Solo déjame a mí, hacer el trabajo de cuidarte.

—¡Mierda! — grita—. ¿Cuidarme de qué?

Exasperado e incluso al borde, bajo la cabeza.

—Isabella, te pido de la manera más amable que hagas las cosas por la buenas— dictamino a sabiendas que mis palabras podrían volverse en mi contra—. Haz las cosas que te ordene. No rechistes, no lo pienses. Estar conmigo implica muchas cosas y una de ellas es que me hagas caso sin pensar.

—No soy una muñeca que haces a tu antojo, sí a eso te refieres. Tengo una vida propia y mis propios deseos.

—Esa vida propia, ahora va de la mano con lo que yo haga.

—¿Qué acabas de decir? — inquiere al borde la ofensa.

¿Qué mierdas más me queda? ¿Protegerla a base de mentiras?

—No lo diré más. Se hace lo que yo diga y punto.

—Eres un imbécil, Edward Cullen. Me trajiste a este lugar solo para poder hacerme a tu antojo… Justo una semana antes de que volvamos. Me estás reteniendo… ¿Qué era todo ese maldito teatro del romance? Una trampa más para que me quedara más tiempo siendo tu puta…

Abro los ojos de golpe. ¿Cómo mierdas ha llegado a esa conclusión? ¡Joder, no! Ella no es nada de lo que ha dicho. ¡Jamás!

—No vuelvas a decir eso… Tú no eres eso para mí. Te prohíbo que digas eso de ti misma. ¡Te lo prohíbo! — digo a punto de tomarla entre mis brazos y besarla, para desaparecer todos esos estúpidos pensamientos.

Pero ella se despega de mi lado con rapidez.

—¿Por qué? — Me vuelve a retar mientras su nariz casi roza la mía de golpe y luego una vez me deja sin su calor—. Ahora que sé de qué vas, ¿te enoja?

—Isabella… Me estás haciendo encabronar. Deja de comportarte de este modo. Solo es un estúpido celular.

—Me importa un pito, me estás diciendo que haré lo que tú quieras. ¿No es eso lo que me enseñaste, Cullen? Aprender a decir no. ¿Me quieres sumisa como todos? Para hacerme a tu antojo— contesta—. Dame mi celular. AHORA.

—No te daré tu celular y deja de decir eso, por favor— respondo siendo lo más amable posible.

Al ver que mi posición no declinará, su cara se pone roja y su ceño se frunce.

—¡Bien! — grita dándose la vuelta y encerrándose en la recamara, dándole un fuerte golpe a la puerta.

Cuando me quedo solo, siento latir fuertemente mi corazón detrás de mis oídos. Dios, los enfrentamientos con ella son muy duros. No quiero dañarla de ningún modo, pero es que es tan terca y rebelde que me obliga a hacer demasiado para protegerla. Nunca vi a Isabella como una… Ni siquiera puedo pensar en la palabra.

Yo la amo, maldita sea. Pondría el mundo a sus pies si lo quisiera, pero… No puedo, no es el momento de siquiera acercarme de ese modo. Primero está su seguridad antes que mis sentimientos. La cuidaré, la cuidaré aunque ella se oponga.

Rápidamente, configuro mi celular para privatizar las llamadas y borrar la localización inmediata. Guardo el de Bella en un compartimento de mi maletín y enciendo mi laptop, en la cual, comienzo a navegar de modo incognito.

Y comienzo a llamar a Sam.

Uley —responde.

—Sam…— contesto—. Necesito tu ayuda.

¿Qué ocurre? Suena serio.

Bajo la cabeza y miro hacia la puerta, que aún sigue cerrada.

Te escucho.

Me paso la siguiente hora explicándole detalladamente la situación. Por supuesto, Sam atiende con importancia mi llamado y me pide que reenvíe la información — aunque sea muy poca— para que pueda analizarla detalladamente. Le respondo que ya lo he hecho pero que no he tenido tanto éxito con la búsqueda pero no descarto su capacidad por encontrar más. Pronto me anuncia que volará tan pronto pueda para Capri y que mientras tanto, llamará a algunos colegas — según él, los mejores— para ser mi apoyo en cuanto a la seguridad. Le agradezco firmemente y después de terminar la llamada, recibo los expedientes de cada uno de los miembros de seguridad que tendremos alrededor Isabella y yo.


Nombre: Ateara Quil.

Edad: 28 años.

Experiencia y aptitudes:

· Graduado en "Servicio de Seguridad Diplomática" del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

· Guardaespaldas de senadores y gobernadores con saldos blancos.

· Experto en defensa militar, Krav Magá y Judo.

· Manejo de artillería pesada y armas blancas.

· Permiso para portar armas de fuego.

· 6+ años siendo Marine y miembro de las fuerzas especiales.

· Permiso para matar.


Nombre: Call Embry.

Edad: 27 años.

Experiencia y aptitudes:

· Graduado en el Servicio de Investigación Criminal de la Armada de los Estados Unidos (NCIS)

· Graduado en la oficina de Investigaciones Especiales de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos (OSI)

· Ex boina verde.

· Guardaespaldas de figuras políticas y empresarios.

· Experto en Aikido, defensa militar, Kick Boxing y Wing Chun.

· Permiso para portar armas de fuego.

· 5 años en la milicia y veterano de Irak.

· Permiso para matar.


Nombre: Cameron Jared.

Edad: 28 años.

Experiencia y aptitudes:

· Graduado en el "Curso de Entrenamiento de Servicios de Protección de la Escuela de Policía Militar del ejército de los Estados Unidos

· Graduado de Executive Protection International en Massachusetts.

· Executive Security International (ESI) en Colorado.

· Ex miembro de la fuerza de operaciones especiales.

· Experto en Krav Magá, Keysi Fighting Method y Jiu-Jitzu Brasileño.

· Permiso para portar armas.

· Permiso para matar.


Y por último y por comodidad para mí, para no tener tanto hombre rodeando a mi mujer:


Nombre: Clearwater Leah.

Edad: 26 años.

Experiencia y aptitudes:

Graduada en National Protective Services Institute en Texas

Graduada en TEEX de la Texas A&M University En Texas

· Graduada en Servicio Secreto de los Estados Unidos (División de Agentes Especiales versus la división uniformada).

· Experta en Krav Magá, Boxeo, Judo, Karate con cinta negra nivel 3 y Tae Kwon Do.

· Seal de la marina.

· Permiso vigente para portar armas de fuego.

· Controlador de combate de las fuerzas aéreas.

· Permiso para matar.


Muy independiente de sus capacidades de combate, lo que más me importaba algo y que es una de las primordiales necesidades y requisitos: su permiso para matar, porque estoy dispuesto a ir con todo con tal de evitar a que nos toquen siquiera un cabello. Envío tres agentes con similares características a Estados Unidos: Collin Jason, Brady Norlans y Paul Rodríguez.

Nadie amenaza a Edward Cullen y a los suyos.

Cerca de tres horas después recibo la confirmación de los cuatro agentes especializados que nos custodiarán, eso me hace sentir más tranquilo porque la mayor parte de ellos, están cerca de Nápoles junto con Sam. A palabras suyas, no tardarían tanto en llegar a Capri.

Miro hacia la puerta, debatiéndome internamente entre buscarla o no. El silencio ya es tan odioso que me siento molesto. No se ha dignado a salir siquiera de la habitación y no ha salido ningún ruido de la misma. No desayunó al menos y aquello comienza a exasperarme.

¡Qué diablos!

Camino hasta la puerta y trato de abrirla pero no cede.

—Bells, abre la puerta por favor.

No me responde.

Toco con los nudillos.

—Isabella, por favor. Abre la puerta, tenemos que hablar. No me gusta que estés enojada.

Y el silencio permanece. Recargo la frente en la madera y suspiro.

—No hagas las cosas más difíciles. No estoy riñéndote por gusto, sabes que odio las complicaciones. Pelear contigo no es algo que disfrute— digo con honestidad—. Tampoco quise ofenderte de ningún modo— e insisto girando la perilla—. Hablemos, por favor.

Te amo, nena. Odio que me rechaces, pienso.

Vuelvo a instar en tocar y aquello ya me está fastidiando. No soy bueno con la paciencia.

—Deja atrás el capricho y ábreme, por el amor de Dios. No somos niños.

—Déjame en paz, Edward— dice sin abrir—. No quiero hablar contigo ahora.

—Isabella— insisto.

—No, nada de "Isabella". No quiero enfrentarme contigo de nuevo…. Es cansado, me absorbes demasiada energía al discutir. Por favor… Dame tregua.

—No entiendes la situación.

—Y no lo haré hasta que me expliques— reafirma contratacando y la oigo suspirar—, por favor… Sólo… Quiero… Relajarme.

Mi espalda se recarga en la base de la puerta, cierro los ojos y jadeo cansado.

—Sí necesitas eso, sabes que bien podemos ir a un Spa y darte un…

—No, Edward… Diablos… ¿Crees que todo se soluciona así? No siempre podrás pagarle a alguien para que sea mi niñera. Dame tiempo…

—No te estoy pidiendo que te alejes de mí— susurro tocando la madera con trémula franqueza y temor.

—Pero lo necesito— contesta y eso hace que mi cuerpo reaccione en un reflejo violento, casi golpeando la puerta.

—¿Por qué?

—¡Me absorbes! Y no de la manera que crees, no de mi tiempo. Pero sabes que aceptaré cualquier cosa viniendo de ti y que cederé en tus órdenes… Pero esto de quitarme el móvil ya es bastante. No lo había notado hasta este estúpido enfrentamiento… No he pasado más tiempo que contigo y no es que no lo disfrutara pero… Desde el inicio hemos hecho lo que a ti te gusta. Me obligaste aceptar una estúpida tarjeta que tiene más dinero de lo que alguna vez pensé tener y comprarme ropa que de cualquier forma rompes. Y ahora, de la nada… Me confundes. Me compras cosas lindas y únicas, te portas de lo más… Extraño últimamente. Y sin querer, una vez me dijiste que jamás lo harías. ¿Qué quieres de mí?

Cierro los ojos confundido pero casi consciente de lo que dice.

Es porque te amo, es porque quiero todo de ti.

—No quiero confundirte… No soy bueno en hablar… Nunca había compartido tanto tiempo con alguien. Por favor, ábreme para que hablemos.

Y entonces, la puerta cede y la veo parada en el umbral. Porta un vestido estampado y floreado atado por el cuello, una chaqueta de mezclilla afelpada y botines. Luce hermosa.

Me quedo como un imbécil mirándola.

Quiero tocarla pero apenas lo intento se separa. No, no lo hagas. Camino directo a la sala y la veo direccionarse hasta la puerta.

—¿A dónde vas?

—Tengo que salir. Estar en esa habitación no me deja pensar… Me distraigo con tanto…

—¿Distraerte?

Se sostiene la cabeza apretando sus sienes y suspira.

—Huele a nosotros, a ti…. Hay tantas cosas y recuerdos en esa cama que no me dejan pensar con claridad.

Aquello remueve tanto en mí. Me acerco de una sola y la atrapo entre mis brazos, recargando mi frente en la suya.

—Lo siento, Bells. No quería hacerte sentir así… Yo siento mucho… Mucho lo que dije… Pero tengo mis razones. Estar conmigo conlleva una responsabilidad y consecuencia. Soy un hombre de poder y algunos quieren derrocarlo…— miento a medias pero en parte es verdad. Me abstengo de decirle la verdad.

—Me has ocultado cosas…

Frunzo el ceño pero no relajo el abrazo, mi silencio es una afirmación evidente.

—Edward… Si es acerca de la empresa y las llamadas extrañas que has recibido, sabes que puedo ayudar.

Ahí está, como lo imaginé.

—No, no es nada de lo que tienes que preocuparte.

Ella bufa exasperada y se separa de golpe.

—Seguir negándolo no desaparece el problema. Creí que mientras estuviéramos juntos, no habría nada de secretos.

Los hay, siempre los hay.

—¿Por qué insistes? No es nada.

—Aquí vas… Una vez me regañaste porque según tú no atendía la empresa, ¿Recuerdas? Sé que esto tiene algo que ver. ¿Por qué te pusiste tan inquieto de la noche a la mañana?

La miro a los ojos y esa es la gota que derrama el vaso.

—Me voy, vuelvo más tarde.

—No, no puedes salir.

—¿Qué? ¿También tengo prohibido salir?

—No es eso— digo impotente por ver su mirada acusadora—. Pero limítate a quedarte a mi lado.

Niega y suspira dejando en el aire el último resquicio de paciencia para conmigo.

—No más, Edward… Tengo que salir— expresa.

—Isabella, detente.

—Nos vemos más tarde— dictamina y abre la puerta.

No puedo forzarla o retenerla. Dios, ella hace de mí lo que quiere.

Se queda de piedra y lanza un gritito al aire. Todo mi cuerpo se queda helado al pensar que algo le ha sucedido y corro a su lado, poniéndome frente a ella para protegerla de lo que sea.

—¿Señorita Isabella Swan?

—¿Quién es? — pregunto un poco desconcertado y al ver que mete una mano dentro de su saco, escondo a Isabella por detrás de mi espalda, notando que porta una arma.

—Usted es el señor Edward Cullen— dice bajando la mano y de nuevo metiéndola a su saco—. Venimos de parte del agente Knox.

¿Qué?

—¿Edward? — pregunta temblorosa tras de mí.

—Tranquila… ¿Knox?

—Señor— saluda una mujer vestida de traje oscuro y mirada neutral con rasgos duros—. Leah Clearwater, estaré a cargo del cuidado de la señorita Swan. Somos su guardaespaldas.

—¿Guardaespaldas propio? — pregunta Bella saliendo detrás de mí—. ¿Tendré a alguien vigilándome?

—Me presento, Quil Ateara. La agente Clearwater y yo, estaremos a cargo de su seguridad. Estaremos preparados para todo.

Bella aprieta mi mano con fuerza.

—Disculpen que no los haya reconocido. He olvidado sus rostros de un momento a otro.

—No se preocupe, señor Cullen— se presenta un hombre de casi mi estatura y cabello negro, rasgos nativos—. Mi nombre es Jared Cameron y junto con Embry Call— presenta un cuarto quien levanta la vista y no sonríe siquiera, como el resto del grupo—, estaremos pendientes de resguardarlo.

Miro de reojo a mi Bells y sé que está intimidada.

—Bella, Leah y Quil te cuidarán.

—¿Qué?

—Me encargaré de que se sienta cómoda con nuestra presencia— comenta la agente Clearwater—, por eso estoy aquí.

—Gracias— responde Bells confundida y me mira—. ¿Podemos hablar?

—¿Ahora si quieres? — inquiero abusando del buen humor que apenas sostiene.

Entrecierra los ojos y suspiro. Bien, no debo abusar de eso.

—Pueden entrar.

—Claro, señor— responde Cameron—. Nos gustaría hacer una revisión del perímetro para estar relacionado con el lugar y buscar estrategias de salida de ser necesario.

Mi nena abre los ojos de golpe.

—Adelante.

Quil asiente y los cuatro se dispersan por el lugar, reconociéndolo.

Ella en cambio, me toma de la mano y me lleva hasta el balcón, cerrando la puerta para que no nos oigan.

—¿Qué pasa?

—¿Cómo que qué me pasa? ¿Guardaespaldas? No trates de negar que algo serio está pasando— me mira acusadoramente—. Esto es más que evidente.

—Tengo que cuidarte y ellos saben cómo. Me sentiré mejor si no te opones tanto— digo acariciando su rostro.

—Eso no implica que aún esté molesta contigo.

Me sonrío, la tomo de la cara y la beso.

—Puedes estar molesta pero donde yo pueda verte o bajo la custodia de Quil y Leah. No vas a salir sola y sí, aunque te cabrees conmigo, es una orden.

—¡Edward! No me puedes retener aquí…

—No diré más— digo besando su frente y saliendo del balcón.

Mientras camino lo pienso. La amo tanto y tan profundamente. Ella es libre y más que obvio, nada conmigo la une. Ojalá pudiera protegerla de todos, de quien quiera dañarla, de quien desee siquiera hacerla llorar, pero sé que no puedo. No puedo encerrarla en una burbuja de cristal aunque ese sea mi más preciado deseo.

Nadie la tocará.

Me encamino hacia los cuatro y les hablo en privado mientras veo a una Bella malhumorada que se encierra de nuevo en la habitación.

—Señorita, señores… Su trabajo es protegerla a ella, no importa a qué precio. Si existe la situación en que deban elegir, ella es la primordialidad.

—No podemos hacer eso— responde Call—. Usted está bajo mi custodia.

Niego y suspiro, poniéndome la máscara de duro y sin escrúpulos.

—Ella es primordialidad— repito— y cualquiera que atente contra su vida o su persona, ya saben qué hacer… Tiren a matar. Es una orden.

Cuatro cabezas asienten en mi dirección y yo miro hacia la puerta, donde entreabierta, puedo verla sentada en la cama con gesto pensativo. Lo pienso y algo dentro de mí se oprime con fuerza de solo pensar en que pudiese estar en mortal peligro. Esa habitación contiene a lo único por lo que mataría en esta vida con mis propias manos, lo único que vale para mí y lo único por lo que moriría sin lugar a dudas.

Isabella Swan es absolutamente todo para mí. Todo mi universo, mi religión, mi perdición, la causa de todo y el porqué de lo que soy y existo. Sin ella muero y prefiero eso antes de perderla.