¡Muy buenas a todos! Una semana más os traigo un nuevo capítulo que, francamente, y como comprobaréis, irá dando cuerpo a lo que es el desenlace de la historia. Pero tranquilos. Que aún quedan algunos capítulos más, o al menos eso dicen mis ideas xD


Las horas de patio eran los únicos momentos en los que podía pensar y reflexionar con calma. En ese momento estaba sentado en la primera fila de una pequeña grada compuesta por cinco tablones. Los presos solían utilizarlas muchos para hacer sus trapicheos. A él nunca le habían ido esas cosas… dentro de esas paredes. Recordaba como si fuera ayer cómo había cerrado el trato con Veltro, lo que casi les había llevado a su destrucción.

Había olvidado lo tenaz y persuasivo que podía ser Norman. Sus compatriotas habían decidido suicidarse, y él había decidido hundirse con el barco. La B.S.A.A., como siempre, había dado con él y sacado ese maldito vídeo que el hijo de puta había grabado por si se la jugaba. Lansdale había tenido constancia de él desde el principio, y había ordenado a su equipo que encontrara el Queen Dido y se hicieran con esa grabación costara lo que costase.

Obviamente, habían fracasado. Posiblemente el barco estaría infectado de B.O.W.S., y por mucho que lo deseara, sus hombres no estaban preparados para enfrentarse a algo de tal magnitud. No tenían experiencia ninguna con el bioterrorismo. En cambio, Redfield y Valentine… lo habían logrado. Esos dos siempre estaban metiendo las narices en todo, y estaba totalmente convencido de que esta vez no iba a ser una excepción.

Aún no había recibido noticias de Jessica, y era realmente preocupante. Suspiró. Le echaría un vistazo al periódico que habían dejado en el comedor para ver si decían algo interesante sobre el ataque. No le hizo falta siquiera desdoblarlo; en primera plana ya tenía lo que buscaba. Era una fotografía de una avenida completamente desierta, con coches abandonados y edificios destruidos.

Un nuevo ataque bioterrorista se ceba con las ciudades de Chicago y Salt Lake City

Se quedó petrificado. Pues sí que habían volado rápido las noticias. No sabía por qué, pero tenía el presentimiento de que lo encontraría dentro no le haría demasiada gracia. La ausencia de su ayudante le tenía completamente intrigado. Pasó página y consultó el índice para localizar el artículo. No estaba demasiado lejos. Página cinco. Con furia, pasó las páginas con demasiada fuerza, y allí estaba, el veredicto, el fracaso… o el éxito.

Un nuevo suceso ha conmocionado al mundo entero. Ayer, aproximadamente a las doce de la mañana, hora este, se produjeron dos ataques bioterroristas al mismo tiempo en dos ciudades completamente ajenas: Salt Lake City y Chicago. La intervención policial y de los equipos especiales no fue suficiente para evitar que estemos hablando de casi un 95% de población desaparecida entre ambas ciudades.

Nadie pudo prevenir lo que iba a ocurrir, ni siquiera el Presidente en funciones, que esta misma tarde dará una rueda de prensa para esclarecer un poco más las causas y las consecuencias de dichos ataques. Se habla también de que algún miembro de la B.S.A.A. hará acto presencia. Recordemos que es la organización más prolífera del último año.

Además, cabe destacar según los primeros datos, que han sido ellos los que han evitado que la tragedia sea mayor. Se han encargado de eliminar las armas bioterroristas que habían sido desplegadas.

Aún no se ha nombrado a ningún culpable, aunque algunas fuentes cercanas a la organización afirman que pueden tener una pista muy buena a seguir. No se sabe si estaremos hablando de un grupo organizado como Veltro o de un ataque aislado y perpetrado por un solitario. Podrán seguir actualizados en nuestra página web, donde…

Lansdale apretó los puños y arrojó el periódico a un lado. ¿Cómo había podido fracasar de esa forma? El ataque se había producido, sí, pero la B.S.A.A., como siempre, había acudido a tiempo, y ya no sabía cuántas veces iban. ¿Por qué siempre metían las narices en todo? ¿Acaso tenían algún espía? No tenía ni idea, pero cada vez que intentaba hacer algo allí estaban para arruinarle los planes.

Se levantó. Necesitaba hacer una llamada, sólo para asegurarse de que Jessica estaba bien. Metió la mano en el bolsillo de su mono naranja buscando alguna moneda suelta. Encontró una. No sabía si sería suficiente, pero con que tuviera un minuto le bastaba. Se acercó a la cabina que estaba junto a la verja, donde un policía vigilaba atentamente el patio. Un capullo arrogante.

Algunos presos jugaban cerca al baloncesto. Nunca le había atraído el deporte, y eso que en la universidad había formado parte del equipo de natación. Metió la moneda por la ranura observando atentamente los alrededores. No podía permitir que el guarda se enterara de lo que estaba hablando. Se llevó el auricular a la oreja mientras marcaba los números. Se alejó un poco, lo máximo que le permitía el cable. No respondió a los tres primeros tonos, pero al cuarto descolgaron al otro lado.

-¿Sí? –sonaba a voz dormida. ¿De verdad que podía estar tranquilo con todo lo que había pasado? ¿Estaría eligiendo correctamente a sus secuaces?

-Iré directo al grano… -dijo con un tono de voz autoritario que esperaba que espabilara a ese cretino. A veces le daba la sensación de que parecía estar en otra parte. Tal vez esa Redfield tuviera algo que ver. No era tonto, y sabía que esa pelirroja le gustaba -. ¿Dónde está Jessica?

-Oh, Morgan… -pareció espabilarse. Bien. Había captado la indirecta -. No, lo cierto es que no sé… ¿No se suponía que estaba en Salt Lake City?

-Sí, capullo, por eso lo pregunto –estaba empezando a perder la paciencia. Parecía que con Fisher no iba a conseguir nada. De pronto, vio al alcaide de la prisión dirigirse hacia la verja escoltado por tres guardias -. Tengo que colgar. Estaremos en contacto.

Dejó el auricular en el momento en el que la puerta que daba acceso al patio se abría. Lansdale sonrió, aunque lo último que le apetecía en ese momento era eso. Debía mantener las apariencias. El alcaide caminaba con paso decidido, demasiado rápido a su gusto. Pasaba algo. Lo intuía.

-Lansdale –se detuvo a pocos metros con los guardas sin despagarse ni un centímetro -. Quiero verle en mi despacho enseguida. Es urgente.

-Vaya… Eso sí que es un recibimiento por todo lo alto –su tono sonaba burlón, pero sabía que algo gordo se estaba cociendo. El alcaide no solía acudir por allí a menos que fuera una emergencia, y eso confirmaba sus sospechas. Alguna llamada de los mandamases con toda seguridad… o la B.S.A.A.

-Sin tonterías, Lansdale –le hizo un gesto a los guardas, que caminaron hacia él y lo agarraron por los brazos -. Andando.

-¡Tengo mis derechos! –gritó forcejeando sin demasiado éxito -. ¡No soy un maldito criminal!

-¿Ah no? –inquirió uno de los vigilantes arqueando una ceja sorprendido. La arrogancia de esos capullos no tenía límites. Más de una vez le hubiera encantado darle un buen palo -. Lo que hay que aguantar aquí dentro…

Uno de sus compañeros asintió estando de acuerdo. Los presos o estaban locos o se comportaban como tal. Había algo allí dentro que los trastornaba. Había comprobado varias ocasiones cómo la conducta de una persona podía cambiar de un día para otro cuando pasaba demasiado tiempo entre cuatro paredes. Lansdale no era una excepción, y aunque tenía máxima vigilancia, había algo que les hacía sospechar que seguía manteniendo contactos con alguien del exterior.

Tardaron unos minutos en llegar al despacho. Los policías entraron agarrando con fuerza al preso, que había dejado de forcejear, consciente de que estaba malgastando fuerzas inútilmente. Era increíble la fuerza que sacaban esos tipos cuando querían. Algo parecido a lo que ocurre con los locos. De los tres guardias dos salieron, y uno se quedó junto a la puerta, vigilando constantemente por si ese gilipollas intentaba hacer algo.

El alcaide se sentó en una silla de cuero que parecía bastante cómoda. Su despacho estaba decorado con fotografías y títulos. Se quedó callado, observando atentamente al hombro que tenía enfrente. Era bastante alto; debía medir más de un metro noventa. Había oído que en sus tiempos universitarios había participado en el equipo de natación, lo que explicaba su corpulencia. No lograba entender como un hombre que podría haberlo tenido todo se había dejado ir de esa forma.

El ataque contra Terragrigia había sido uno de los eventos más catastróficos de la unidad tras el de Raccoon City. Se habían perdido muchas vidas, demasiadas, y todo por culpa del hombre que tenía enfrente. Si por él fuera, lo mandaba al corredor de la muerte de inmediato. Pero eso no dependía de él. Sabía que los jueces no tenían ningún tipo de piedad con los criminales, y por eso confiaba plenamente en el sistema.

-Mañana se va a celebrar un nuevo juicio contra usted –le comentó sin alterar lo más mínimo su tono de voz. El gesto de Lansdale se mostró algo sorprendido, pero muy poco -. Hay nuevas pruebas que no le dejan en muy buen lugar.

-Tenía entendido que ese juicio no sería hasta el próximo mes… ¿Qué ha cambiado? –y por primera vez en mucho tiempo empezó a experimentar miedo. Si habían encontrado sus instalaciones secretas podía darse por hombre muerto.

-Ya se lo he dicho –su tono sonaba cansado, incluso algo molesto. ¿Cuántas veces tenía que repetir lo mismo a ese idiota? -. Hemos recibido cierta información que consideramos que el juez necesita examinar lo antes posible.

-¿Ya no se acuerda de mis advertencias?

El alcaide apoyó los codos sobre la mesa y lo miró fijamente. Le había dado un pequeño voto de confianza sin saber por qué. Tal vez fuera por las ganas que tenía de pillar al asesino del Presidente, que seguía sin aparecer. Pero con los informes que había recibido cada vez tenía más claro que Lansdale estaba implicado de alguna forma. Iba a tomar medidas drásticas, como cortarle las comunicaciones con el exterior.

-Por supuesto que las recuerdo. Pero no eran más que una patraña para ganar tiempo, ¿verdad? Leon Kennedy no tiene nada que ver con el asesinato del Presidente –y eso volvió a sorprender al preso, que arqueó una ceja sorprendido -. Hemos comprobado que las fotografías que nos enseñó eran un montaje muy hecho, a decir verdad. ¿A quién estaba llamando por teléfono? ¿Qué oculta?

Lansdale se cruzó de brazos y se quedó en silencio. Poco a poco el cerco se estaba cerrando, y cada vez sospechaban más de él. Si tan sólo pudiera ponerse en contacto con Jessica para aclarar la situación… Pero lo que tenía claro era que no iba a decir absolutamente nada delante de un impresentable como el alcaide. Le acercó el teléfono interno sin alterar su gesto serio.

-Póngase en contacto con su abogado… Y le advierto que si realiza alguna llamada que no debería lo sabremos. A partir de este momento se acabaron los juegos de espías. Vas a pagar muy caros tus errores, Lansdale.

El aludido agarró el auricular con algo de duda. La situación estaba tan mal como pensaba, y parecía que sólo un milagro podría sacarlo de allí. Empezó a marcar el número con dedos temblorosos. Ahora sí que estaba completamente perdido. Había perdido todo el apoyo del exterior, y no creía que un abogado del tres al cuarto pudiera arreglar algo del lío en el que se encontraba.

Leon movía la cerveza en su mano de forma ausente. Estaba sentado en la barra de un bar que estaba bastante lleno. Eran casi las siete de la tarde. Hacía algunas horas que habían vuelto de Milwaukee. Le habían dado unos días de baja para que se recuperara de sus heridas. Por supuesto que había tenido que rendir cuentas con sus superiores, que lo habían tachado de incompetente y descerebrado.

Lo cierto era que tenían parte de razón. Se había involucrado en algo que no tenía ningún tipo de respaldo y que le podría haber costado la vida. Hunnigan estaba intentando arreglar la situación, pero no creía que pudiera hacer mucho. Ni siquiera ella había tenido constancia de la operación, y eso que ella siempre había sido su enlace con el alto mando. No había hablado demasiado con ella, pero lo suficiente para saber que en la Casa Blanca no estaban nada contentos con su ausencia durante esos días.

¿Qué lo podría haber evitado? Posiblemente. Pero no podía perderse la marcha por nada del mundo. Habían evitado que Jessica y Lansdale se salieran con la suya a pesar de que el daño que habían producido era casi irreparable. Y luego, por supuesto, estaba Ada. Se había largado sin más, echándoles una mano cuando la situación se había puesto bastante complicada y luego se había largado sin más.

También estaba su misterioso mensaje. ¿A qué venía? ¿Le daba la patada como tantas veces había hecho y se disculpaba? ¿De verdad debía creerla? Lo intentaba, lo intentaba con todas sus fuerzas, y siempre había algo en su interior que le decía que estaba de su parte. ¿Por qué? Bueno, era algo difícil de explicar, pero todo se resumía en que había tenido infinidad de veces para matarlo, y nunca lo había hecho.

Un grupo de jóvenes que iban vestidos con uniformes de trabajo charlaban a su lado formando bastante escándalo. Si quería escuchar con atención el discurso del Presidente accidental tendría que acercarse algo más a la televisión. Cogió su cerveza, que ya iba más o menos por la mitad, y se cambió de taburete. Eligió uno que estaba al final de la barra y bastante cerca del televisor encendido. En ese momento un presentador daba una noticia que no tenía nada que ver con lo que le interesaba. Él debería estar allí, vigilando por la seguridad del Presidente y oyendo su discurso en directo.

También iba a haber representación de la B.S.A.A. Pero no serían ni Chris ni Jill los encargados de estar allí. No tenía ni idea de quién ocuparía ese lugar. Ambos estaban aún en Milwaukee esperando que a Chris le dieran el alta. Antes de volver a Washington, el médico había dicho que la recuperación avanzaba a buen ritmo, y que en un par de días, si todo seguía así, podría volver a casa. Él no tenía ni idea de cuándo le quitarían el aparatoso vendaje en las costillas, pero la persona que lo había atendido le había asegurado que diez días no se los quitaba nadie.

Detestaba estar tanto tiempo parado, pero no podía hacer nada más. Se había arriesgado, y la jugada no había salido todo lo bien que le hubiera gustado. Todos habían salido mal parados de una forma u otra, y tardarían un tiempo en reponerse, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que habían tenido que pelear para salir con vida. No se parecía en nada a Raccoon City, por supuesto, pero la amenaza de muerte inminente había sido tan real que se consideraba un auténtico afortunado por estar allí sentado bebiéndose una cerveza.

De repente, en la pantalla apareció la sala de conferencias de la Casa Blanca. Leon dejó el botellín a un lado y centró toda su atención en la pantalla. El Presidente accidental caminaba hacia el estrado seguido por otro hombre que no tenía ni idea de quién era y tres guardaespaldas que se quedarían en cada lateral del estrado. Las cámaras empezaron a soltar flashes como locas. Leon odiaba todo aquello, pero era parte de su trabajo, y a veces hasta se quedaba ciego con tantos flashes. Todo el mundo quería la mejor instantánea.

Apoyó las manos en el atril sin dejar de observar unos papeles que había sobre él. A su derecha se situó el tipo trajeado. Lo más seguro es que fuera el representante de la B.S.A.A.

-Tom, dale voz a eso –dijo una de las camareras que estaba al otro lado de la barra con los brazos cruzados y sin apartar la mirada de la televisión. El tipo, que resultó ser un hombre de mediana edad que estaba lavando unos vasos, se secó las manos con un trapo que llevaba dentro del delantal y cogió el mando que estaba sobre una repisa junto a la máquina registradora. Subió el volumen. Los murmullos fueron cesando hasta que se apagaron. La voz del Presidente accidental sonó en cada rincón sin ningún tipo de distorsión -. Gracias.

-Querida nación americana –empezó diciendo con una voz bastante serena. No sabía aún quién era el nuevo Presidente, pero algo en su tono le indicaba que era un tipo bastante enérgico -. Convoco esta asamblea de emergencia dados los acontecimientos de las últimas horas –hizo una breve pausa. Todo el mundo en el local estaba atento -. Dos de nuestras ciudades más importantes han sufrido un duro golpe del que va a costar recuperarse. Chicago y Salt Lake City sufrieron ataques bioterroristas que han provocado graves daños materiales y, sobre todo, personales. Se han perdido muchas vidas, demasiadas, y desde la Casa Blanca no podemos consentir que actos de tal calibre vuelvan a ocurrir –se giró hacia la derecha y señaló al tipo que estaba a su lado -. El señor Mayo es uno de los altos directivos de la B.S.A.A. Hemos mantenido una charla distendida antes de este comunicado, y hemos llegado a la conclusión de que aún es demasiado pronto para erradicar por completos estos despreciables actos, pero lo que sí es cierto es que desde la creación de esta organización hace algo más de un año la mayoría de los ciudadanos podemos respirar con algo más de tranquilidad –volvió a quedarse en silencio mirando hacia la prensa, que no dejaba de grabar y hacer fotografías -. Hemos barajado los nombres de algunos sospechosos, y puedo asegurar a toda la nación que no tardaremos en dar con el culpable o los culpables, y que todo el peso de la ley caerá sobre ellos de forma implacable. Sin más dilación, les dejo con el señor Mayo, que les pondrá al corriente sobre las últimas novedades que se hayan producido en la investigación.

-Gracias, señor Presidente –hizo una breve inclinación con la cabeza antes de dirigir la atención hacia las cámaras y los periodistas -. Como ya saben, la B.S.A.A. fue creada con el propósito de convertir el mundo en un lugar habitable, donde todos los ciudadanos podamos vivir en paz sin tener que estar mirando constantemente por encima de nuestro hombro. Eso, desafortunadamente, no es cuestión de un día para otro. El bioterrorismo se ha convertido en una amenaza real que día a día se cobra nuevas vidas. Estamos consiguiendo reducirlo, por supuesto, pero queda muchísimo trabajo por delante. Bien… La situación es la siguiente: nuestros agentes de campo acudieron a los citados lugares en cuanto se tuvo constancia de la situación. Desafortunadamente, fue algo tarde. Se han perdido demasiadas vidas, y aunque conseguimos que el virus no se expandiera más allá de esas ciudades, la organización tiene la sensación de que podría haberse prevenido. Estamos en la búsqueda del sospechoso. Tenemos varios nombres, pero hay uno que ha levantado más sospechas –guardó silencio sin dejar de mirar a la prensa. Todos parecían impacientes por saber quién había perpetrado los ataques -. Morgan Lansdale.

Hubo una exclamación general de sorpresa. Se sucedieron los murmullos. Leon echó un rápido vistazo al local viendo que todos estaban cuchicheando. Desde luego que la noticia les había pillado por sorpresa. El representante de la B.S.A.A. seguía hablando, pero el agente no le prestó atención. Ya había oído más que suficiente: tal y como habían afirmado Chris y Jill, sus compañeros no eran de los que se metían en demasiados fregados.

-¿No era ése el de Terragrigia? –preguntó uno de los camareros abriendo una cerveza que dejó en el mostrador cerca de un tipo trajeado.

-Sí –respondió una de sus colegas con los brazos cruzados y sin apartar la mirada de la pantalla -. ¿Cómo es posible que sea culpable si está en la cárcel? ¡No tiene ningún sentido!

-Tiene cómplices fuera –intervino Leon dándole un trago a su botellín. Todos los que estaban cerca se giraron para mirarlo. Ya estaba bastante acostumbrado a esas miradas, y lo cierto era que ya no le intimidaban.

-¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso trabajas para el Gobierno o algo de eso? –ironizó uno de los que estaban en la barra. Algunos soltaron carcajadas, otros permanecían en silencio, a la expectativa.

-Pues da la casualidad que sí –contestó el agente con una ligera sonrisa. Dudaba que no lo hubieran reconocido. Estaba constantemente en televisión, cuidando las espaldas del Presidente -. Pero no puedo decir nada más. Es secreto de sumario.

Dejó un billete de un dólar sobre el mostrador y unas monedas y se levantó del taburete metiendo las manos en los bolsillos. Se encaminó hacia la puerta ante la atenta mirada de la mayoría de los clientes, que habían estado pendientes a su conversación. A veces deseaba que se lo tragara la tierra, que pasara junto a la gente y nadie lo reconociera. Pero Raccoon City había sido el comienzo de todo, desgraciadamente. Chris y Jill sí tenían motivos para pelear contra Umbrella, ¿y él? Había sido un maldito accidente.

Pero desde ese momento había tenido claro que lucharía costara lo que costase para evitar que ese tipo de cosas volvieran a ocurrir. Estaban fracasando, pero no por falta de esfuerzo o motivación. No. Esos terroristas eran cada vez más inteligentes. Esperaba que Lansdale pagara un precio muy alto por todo el daño que había causado. Salió del local comprobando que el tráfico era bastante abundante a esa hora.

Su coche estaba aparcado a un par de manzanas. Con un poco de suerte dentro de una hora estaría ya en cama. Estaba realmente cansado. Había viajado demasiado en las últimas horas, y su cuerpo estaba empezando a notarlo. Caminó en silencio, sin prestar atención a nada, por la acera. Tal vez llamaría a Claire cuando llegara a casa para asegurarse de que se encontraba bien. Era otra de las que había tenido que salir pitando por el trabajo.

De pronto, sintió que alguien lo estaba vigilando. Se detuvo. Miró de un lado a otro. A su derecha tenía la carretera, donde los coches y las motos pasaban a una velocidad moderada. A su izquierda había un callejón que parecía pertenecer a un restaurante que había allí. Había numerosos cubos de basura llenos hasta arriba. Olía bastante mal. Puede que se lo estuviera imaginando… o puede que no.

Metió la mano bajo la chaqueta y sacó su pistola. No perdía nada por comprobarlo. Caminó con lentitud sin dejar de estar atento a todo lo que pasaba a su alrededor. Tenía claro que si una amenaza lo estaba esperando no dudaría ni un instante en apretar el gatillo. La experiencia le decía que si una cosa no le respondía inmediatamente es que no era humana, o no se le parecía.

Se adentró en el callejón con la respiración agitada. Ya había notado esa sensación otras veces. Pero aún tenía demasiado frescos los recuerdos, y su adrenalina estaba a tope. La pistola le daba cierto confort, aunque eso no quería decir que fuera intocable. Quien quiera que estuviera allí, o lo que fuera, podía pillarlo desprevenido.

Oyó movimiento detrás. Se giró y le quitó el seguro al gatillo. Había una figura en la penumbra. Su sexto sentido no se había equivocado. Quien quiera que fuera, si resultaba ser una amenaza, iba a morder el polvo. La figura no se movió. Estaba observándole. Leon dio unos decididos pasos hacia ella. Apretó los dientes. No podía dejarse llevar por las emociones.

-Leon… -esa voz le hizo detenerse en seco. No bajó la pistola… pero estuvo a punto de hacerlo. No… de ninguna forma podía estar ocurriendo. ¿Qué demonios hacía allí? El misterioso invitado dio unos pasos hasta situarse bajo la luz de una farola. El agente apretó los dientes, pero no se movió.

-Ada… -murmuró bajando ligeramente su arma. ¿Por qué siempre tenía que aparecer en el momento más inoportuno? ¿Qué diablos quería ahora? Lo único que tenía claro era que no podía dejarse amedrentar -. ¿Qué diablos haces aquí?

La asiática sonrió ligeramente, volviendo a acercarse más. Leon la observó atentamente. Llevaba una chaqueta roja y unos pantalones negros de cuero que le sentaba de maravilla. Siempre ese aire de misterio, ese… no saber qué esperar. No tenía ni idea de por qué estaba allí ni qué pretendía, pero lo único que tenía claro era que debía permanecer muy atento. ¿Acaso tenía alguna muestra de algún virus y quería quitársela? Siempre había funcionado así.

-No era la bienvenida que esperaba –su voz sonaba demasiado alegre, hasta amistosa. Eso puso aún más en alerta a Leon, al que se le tensaron todos los músculos. Si detectaba cualquier cosa rara no dudaría en apretar el gatillo. Ada se cruzó de brazos delante de él, a pocos centímetros. Leon casi podía tocarla si estiraba el brazo -. ¿Es así como se tratan a los viejos amigos?

-No voy a volver a repetirlo… ¿Qué quieres? –su voz sonaba autoritaria, tal y como quería. El gesto de Ada cambió por completo. Se puso seria, bastante. Lo cierto era que un callejón solitario lleno de basura no era el mejor lugar para hablar, pero no tenía otra opción. El tiempo apremiaba.

-Vaya, directo al grano… Como siempre. ¿Tienes prisa? –no sabía por qué, pero había algo en su voz… que sonaba decepcionado. ¿Tal vez era porque se estaba mostrando demasiado frío? ¿Por qué le estaba dando largas? Ni idea, pero no podía consentir que su juego siguiera adelante.

-Ninguna, pero me desconcierta tu presencia… Y apuesto a que no tiene nada de bueno. ¿Vas en busca de un nuevo virus o algo?

Esas palabras le dolieron profundamente. Ella siempre había procurado no meterse en el camino de Leon, que, de alguna forma u otra, parecía cruzarse siempre con el suyo. Raccoon City, España, Salt Lake City… Y posiblemente alguno más. No parecía entender que era su trabajo. A ella no le importaba donde acabara la muestra siempre y cuando consiguiera dinero. De alguna forma había que sobrevivir.

Y eso le había hecho reflexionar muchas veces sobre su moralidad. ¿De verdad estaba haciendo lo correcto? Wesker casi había destruido a todo el equipo S.T.A.R.S. en la mansión Spencer, se había encargado de acabar con el mismísimo fundador de la corporación Umbrella, y a saber qué más estaba rondando por su cabeza. Sus contactos con él se limitaban a los objetivos de la misión. No había nada más allá del trabajo; Wesker era muy hermético.

-No, Leon, no estoy aquí por ninguna muestra –negó en silencio lentamente, sin poder evitar sentirse decepcionada por la actitud del agente, que seguía sin bajar la pistola -. Te pediría que bajaras eso. Como ves, estoy completamente desarmada –y levantó los brazos -. Regístrame si quieres.

-No hace falta… -murmuró el rubio luchando con todas sus fuerzas por no hacerle caso. Pero bajó la pistola con lentitud, apretando los dientes, sin creerse que lo estuviera haciendo. Algo le decía que Ada tenía razón -. ¿Qué es lo que ocurre?

Ada no pudo evitar sonreír. ¿Por qué siempre que se enfadaba resultaba tan mono? Era parte de su encanto. Siempre obsesionado con los peligros, siempre dispuesto a ayudar. Era un hombre encantador, por el que merecía la pena luchar… aunque para ella todo eso tuviera que quedar en un segundo plano.

-Sólo quería verte –le soltó sin más. El gesto de Leon cambió por completo. Estaba sorprendido. Mucho -. Tenía que pasar por Washington y, bueno… Aquí estoy.

El agente asintió con lentitud, distraído. Cada vez estaba más y más confundido. ¿Estaba de nuevo jugando con él? Esta vez no lo parecía, pero no podía dar nada por sentado. Ada siempre se salía con la suya, de una forma u otra, siempre conseguía lo que se proponía. ¿Él contribuía de algún modo? Por supuesto que no. Pero algo le decía que su actuación ayudaba a allanarle el camino para que consiguiera lo que venía buscando.

-Quería disculparme por haberme marchado tan repentinamente ayer… -sonaba claramente a disculpa. Parecía realmente arrepentida. Algo en su voz la delataba -. Me alegra ver que estás bien.

-Tengo un par de costillas rotas, pero dentro de lo que cabe, sí, me puedo considerar afortunado –su tono sonaba ligeramente enfadado. Odiaba andar con tanto secretismo. Ada era la mujer que había amado en secreto desde Raccoon City, y estaba claro que sería así siempre. Lo atraía de una forma realmente misteriosa -. La B.S.A.A. llegó justo a tiempo.

-Lo sé… Los vi –se acercó un poco más. Leon se sentía algo incómodo, aunque una parte de él adoraba aquella cercanía. Aún recordaba como si fuera ayer ese beso cuando pensaba que la había perdido para siempre. Ada le acarició el rostro con mimo. Se relajó ligeramente. Hacía días que no se afeitaba, pero no importaba; ambos parecían disfrutar de lo que estaban haciendo -. Tengo fe ciega en ti. Lo sabes, ¿verdad?

El agente no dijo nada. Siguió observándola atentamente, dejándose llevar por las caricias. De pronto, lo besó. Fue un beso corto pero intenso. No quería que terminara; había esperado demasiado tiempo. La atrajo hacia sí y volvió a besarla. No era el lugar más romántico del mundo, pero era suficiente. Ada se apartó con lentitud, con desganas. Sabía que, en parte, no había sido buena idea ir allí. Pero no podía resistirse: Leon era demasiado tentador.

-Debo irme… -murmuró pasando los brazos por la espalda del rubio, que arqueó una ceja. Ada sabía perfectamente lo que estaba pensando. A ella le pasaba exactamente igual -. No es buena idea que me vean contigo.

Conociendo a Wesker estoy segura de que hasta me ha puesto un localizador.

-Ada…

-Lo siento, Leon…

Y se alejó sin mirar atrás. Era un juego peligroso, y no debía arriesgarse más de lo necesario. ¡Pero cuánto había disfrutado de esos besos! Leon la observó marcharse. Estaba confundido, como siempre. Lo había besado… y eso quería decir que sentía algo por él. ¿Y por qué se iba? ¿Por Wesker? Era una pregunta muy buena.

Claire abrió la puerta de su despacho cansada, muy cansada. Había viajado mucho en las últimas horas. Al menos estaba tranquila porque sabía que Chris estaba en buenas manos. Jill se había quedado con él hasta que le dieran el alta. Estaba mejorando a un ritmo muy bueno, y si seguía así, tal vez el próximo día lo mandaran de vuelta a casa. Una noticia realmente agradable.

Mostró una mueca de desagrado al ver tanto papeles sobre la mesa. Desde luego que su ausencia se había notado. Aún no había tenido oportunidad de hablar con Neil, y esperaba que estuviera por allí, pero al parecer aún no había llegado. Era una lástima. Estaba deseando verlo, abrazarlo… Se ruborizó ligeramente. ¿Por qué demonios pensaba en esas cosas? Cogió aire y se sentó en la silla dejando a un lado su bolso. Se llevó las manos a la cabeza.

¿Cómo iba a poder olvidar la aparición de Steve? Sabía que Wesker lo tenía en su poder, pero nunca hubiera imaginado que lo utilizaría en su contra. Steve había sido un gran aliado sin el que no habría podido conseguirlo. Unas lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. ¿Qué habían hecho para merecerse eso? Ella había tenido la desgracia de ir a Raccoon en busca de su hermano sólo para descubrir que se había largado para destruir la base principal de Umbrella.

Aunque no hubiera ido a la ciudad, lo más seguro era que se hubiera visto involucrada de una forma u otra; Chris llevaba semanas sin dar señales de vida, y las noticias que oía en la televisión tampoco eran demasiado alentadoras. Una ciudad desaparecida, muertos vivientes… ¿Quién iba a creerlo?

Dejó su teléfono junto a la pila de papeles y volvió a suspirar. Lo que menos le apetecía en ese momento era ponerse a leer aburridos informes y actas de reuniones. Sabía que era una de las que más en serio se tomaba su trabajo, pero necesitaba un respiro. Demasiadas emociones por una temporada. Su móvil vibró. Comprobó que tenía un mensaje de Leon.

Ha estado aquí… No quería nada, pero me ha besado…

Claire volvió a leer el mensaje sin entender absolutamente nada. ¿Qué esa tiparraca, porque no tenía otro nombre, había intentado una vez más aprovecharse de él? Ya había oído que había estado en Salt Lake City buscando una nueva muestra con la que hacer a Wesker más poderoso. El tiempo se les estaba acabando, lo sabía, y el juego se estaba volviendo cada vez más peligroso.

¿Qué demonios ganaba trabajando para el enemigo? Estaba segura de que personas como ella sólo trabajaban por el dinero, y que le importaba una mierda todo mientras recibiera su dinero. Era como una especie de mercenario, sólo que un mercenario un tanto peculiar. Leon no parecía querer aprender la lección: o era tonto… o estaba realmente enamorado de ella.

Iba a contestarle cuando la puerta de su despacho se abrió apresuradamente. Levantó la mirada. Era Neil. Parecía tener bastante prisa. Llevaba una camisa gris oscura y unos pantalones vaqueros claros. Olía a loción después del afeitado y a colonia. Era un jefe realmente sexy. Claire se puso de pie inmediatamente y se acercó a él. Se abrazaron. Podía sentir los latidos acelerados del corazón de Neil.

-Dios mío, Claire… -murmuró a su oído dándole unas palmadas en la espalda. La pelirroja volvió a llorar. ¿Por qué últimamente estaba tan susceptible? Tal vez era que le tocaba ponerse con la regla. Solía pasarle muy a menudo. Se apartaron un poco y Neil le limpió las lágrimas -. ¿Estás bien?

-Sí, Neil… Aunque casi no lo cuento… Ha sido horrible…

-Siento oír eso preciosa… -compuso una mueca de desagrado sin dejar de observarla. Si ella supiera el plan que se estaba tejiendo a sus espaldas… Aún faltaba mucho, por supuesto. La muestra había demostrado ser un auténtico fracaso. Necesitaban perfeccionarla. Llevaría un tiempo, pero estaba convencido de que merecía la pena. La cogió de la mano y le hizo un gesto para que se sentara. Él también lo hizo -. Necesito que me cuentes todo lo que ha pasado… Cuando me enteré ayer que no te habías presentado al trabajo… -tragó saliva. Las apariencias contaban, y mucho -. Te llamé por teléfono. Fui incluso a tu casa… No… sabía qué hacer. Pensaba ir a la policía a denunciar tu desaparición… ¿Por qué no me contaste nada?

-Porque sabía que te opondrías –lo dijo con total convicción. Ella era uno de los activos más valiosos de Terrasave, y no hacía falta más que ver su mesa para darse cuenta de su importancia -. Había evidencias bastante claras de que se iba a producir un ataque bioterrorista. Chris me pidió ayuda… y no pude rechazarlo.

Neil frunció el ceño. La B.S.A.A. siempre estaba metiendo las narices en todo, y sobre todo Redfield. Aunque habían llegado demasiado tarde, habían evitado que el virus se expandiera más allá de la ciudad. A Jessica tampoco le había ido demasiado bien. No sabía nada de ella desde ayer, desde que la llamó desde Salt Lake City, y Lansdale parecía estar bastante preocupado. No sabía si era porque pensaba que podría irse de la lengua o porque podría traicionarlos.

-Podríamos haber ayudado. Ya sabes que nuestra misión es ayudar a las víctimas de ataques bioterroristas –pero sabía que Claire tenía razón: de ninguna forma se hubiera metido en el ajo estando involucrado. La policía ya había señalado a Lansdale como principal sospechoso, y si empezaba a decir nombres, el suyo sería uno de los primeros que saldría de su boca.

-Lo sé, Neil, pero esto era algo que había que arreglar entre los supervivientes de Raccoon City –el jefe asintió en silencio, algo distraído. Desde luego que no hubiera sido buena idea ofrecer apoyo -. Se produjeron dos ataques con tres muestras diferentes de virus.

-¿Tres muestras? –repitió Neil boquiabierto, como si no diera crédito. Pero él sabía perfectamente qué virus eran. Precisamente, él se había encargado de probar una de ellas hacía unas semanas allí en Nueva York.

-Sí, no sé cómo lo hacen, pero siempre consiguen pillarnos desprevenidos –hizo una breve pausa mirando distraídamente los documentos. Las ganas que tenía en ese momento de trabajar eran cero -. Wesker estaba por allí –no sabía si Neil había oído alguna vez hablar de él, pero estaba convencida de que sí. Puede que se lo hubiera mencionado en alguna ocasión.

-¿Wesker? –se quedó pensativo cruzándose de brazos -. Espera un momento… ¿no era ése el terrorista que se hizo con el T-Veronica? ¿Ése con el que tu hermano lleva luchando años?

La pelirroja asintió lentamente sin poder quitarse de la cabeza las imágenes de Steve transformado, de cómo los había atacado hasta casi acabar con ellos. Las lágrimas volvieron a amargar con salir. No, en esos momentos debía mostrarse serena, debía continuar con una lucha que sería larga, tediosa y sin un vencedor claro. Neil estiró el brazo y alcanzó su mano. La acarició. Claire adoraba aquel contacto; era lo que más necesitaba en ese momento.

-Vayamos a tomar algo. No quiero que des más vueltas a ese asunto de momento… -o tal vez era para evitar sacar a la luz sus recientes tratos. Mientras supiera tener el pico cerrado no había de qué preocuparse. Se había encargado de dejar todos los cabos bien atados -. Y después… Puedo llevarte a casa, si te apetece. Pareces cansada. Si quieres puedo quedarme contigo.

La proposición era de lo más apetitosa. Lo cierto era que estaba realmente cansada, sí. Necesitaba dormir durante horas, aunque era bastante difícil rechazar un buen revolcón. Con un poco de suerte, eso la ayudaría a coger el sueño mejor. Aceptó la proposición casi sin pensarlo.


Bueno, vamos viendo que poco a poco la situación va volviendo a la normalidad, aunque aún quedan algunas cuestiones pendientes... Esa aparición de Ada... intrigante... ¿no os parece?

Stardust4: la idea de incluir a todos los protagonistas me apareció bastante atractiva desde el principio, y el incluir el combo Leon-Jill Claire-Chris me parecía también muy interesante, porque son parejas que nunca han intervenido juntas, aunque bueno, Chris y Claire ya colaboraron un poco en la Antártida. Ya va quedando menos desgraciadamente :(

Xaori: jajaja cómo están las mentes calenturientas :D Ya estoy maquinando escenas subiditas, tranquila. Lo que pasa es que antes quiero cerrar algunos cabos que están sueltos, que los descubriréis entre el capítulo de hoy y el de la próxima semana. Habrá sorpresas, puede que no demasiado agradables... Ya veremos mi mente lo que maquina :D Muchas gracias de nuevo, y ahora voy a darle a tu capítulo, que tengo algo de tiempo antes de ir al gimnasio. P.D. Sí, me enrollo tanto que llego al viernes y no tengo terminado el capítulo o.o Hoy me ha vuelto a pasar. Acabo de terminarlo xD

Pues eso es todo por esta semana. La próxima se viene muy pero que muy calentita. Muchas gracias a todos por vuestro apoyo.