Capítulo 28

Temiscira

- Las monturas están listas. -anunció el escudero.

De inmediato, la diosa y su séquito descendieron las escalinatas del templo. Athena se acercó a los finos córceles que esperaban por ellos. Pasó su mano sobre las crines mientras susurraba una bendición que nadie alcanzó a escuchar. Con calma y precisión, examinó el cargamento de las bestias. Sus santos llevarían solamente lo necesario para sobrevivir. Nada que pudiera serles estorboso. Ropa, dinero y armas; lo demás no era necesario. Revisó las monturas. Firmes. Después, buscó la mirada de los guerreros.

- Una larga travesía espera por ustedes. -dijo.- Tendrán que cabalgar a Pireo. Ahí, he dispuesto una galera que les guiará hasta Troya, desde donde continuarán el camino hacia el norte, bordeando las costas del Mar Sombrío. Sin duda encontrarán Temiscira. ¿Tienes el mapa? -preguntó al arquero quien, como única respuesta, le mostró el rollo de papel que sostenía en sus manos.- Tengan cuidado. Los tiempos de paz se han mantenido en la región, pero existen quienes se atreverían a poner en riesgo todo, con tal de contar con el favor de algún dios.

- ¿Una galera? ¿Tendremos que cruzar el Mediterráneo? -preguntó Kanon.- ¿Cuál es la posición de Poseidón al respecto? -no pensar en su antiguo dios era imposible para el general marino.

- No creo que tengamos problemas. Me parece que el señor de los mares no es quién debe preocuparnos.

- Aioros está en lo cierto. -Athena miró de soslayo a los caballos revisando por enésima vez el equipamiento. Ningún detalle debía ser pasado por alto.- Poseidón nadará y las tormentas azotarán el navío, eso no lo dudes, Kanon. Así ha sido y será siempre. Sin embargo, no es su deseo arrastrarles hasta las profundidades de su reino, ni tampoco cobrar sus vidas. Estarán bien.

Kanon respiró. Esperaba que la de ojos grises estuviera en lo cierto.

- No tenemos tiempo. -interrumpió el mayor de los hermanos. Con un rápido movimiento, montó al córcel.- ¿Cuánto nos llevará alcanzar las fronteras de Temiscira?

- Una semana…mínimo.

El gemelo meneó la cabeza con desaprobación. Una semana… no disponían de ese tiempo. Era demasiado.

- Con la velocidad de la luz estaríamos ahí en un pestañeo. -masculló. Sus puños se cerraron con fuerza alrededor de las riendas.

- Las misiones deben ser realizadas en las mismas condiciones que Héracles estableció. Su velocidad no es más una opción, Saga.

Estuvo a punto de responder, pero prefirió callar. De alguna forma, sentía culpa en todo ello. Había elegido un pésimo momento para quebrarse y ahora sus compañeros pagaban el precio. Tal vez, con él y Aioros ahí, la situación no hubiese llegado a sus límites.

- Como sea… -concluyó.- Cada segundo que perdemos en despedidas puede ser la diferencia entre la vida o muerte de los demás.

- Busquen a Gamínedes en el puerto. Él sabrá guiarles con bien hasta las murallas de Troya.

- Lo haremos.

No había más que decir. Ahora, lo único que quedaba por delante era el largo y penoso camino hasta la tierra de las amazonas. Los obstáculos eran muchos y las esperanzas estaban mermadas. Aún así, mantendrían la cabeza en alto y, una vez más, enfrentarían cara a cara al destino que se ensañaba con ellos. Y al igual que en cada una de las ocasiones anteriores, lucharían hasta la muerte por imponerse. Esa era su cruz. Esa era su fortuna.

Hundieron los talones en el costado de sus monturas y, con un relinche, los animales iniciaron la carrera. No se detendrían hasta alcanzar el principal puerto de Grecia: Pireo.

- Sea Niké quien dirija sus pasos. -oyeron la voz de su diosa perdiéndose en el viento.

Sin mirar atrás, cabalgaron hacia la salida de Atenas. Una nueva misión comenzaba.


Dohko se sentó sobre la arena del minúsculo campo de entrenamiento. Cerró los ojos. Pudo sentir la caricia del sol en su piel. El silbido del viento colándose por el viejo edificio se escuchó con claridad. Suspiró. El ensordecedor silencio de los calabozos permanecía latente en su mente. Por ello, cada sonido, cada movimiento, por simple que fuera, era una delicia para sus atormentandos sentidos.

Habían transcurrido poco menos de quince minutos desde que un grupo de jóvenes guerreras le guiaron hasta aquel antiguo y derruido coliseo. Junto con él, las mujeres habían dejado un gran lote de armaduras de cobre. Eran tan viejas que ya nadie usaba ese tipo de indumentaria. El tiempo había corroído el metal del que estaban hechas, que ya de por sí resultaba débil. Cada armadura era diferente, por lo que a Dohko no le fue difícil pensar que, muy probablemente, pertenecieron a hombres que habían sucumbido bajo el poderío del reino amazónico.

Unas cuantas armas le fueron dejadas también. En general espadas sin filo y cuya hoja había sido doblada por el exceso de uso. Instrumentos completamente inútiles.

- Es una locura. -habló para sí mismo. Y, sin más que hacer, tomó en sus manos una espada corta para después blandirla en varias ocasiones.

Las primeras gotas de sudor resbalaron por su frente. Se sentía bien estirar las piernas después de aquel sofocante aislamiento en las prisiones subterráneas del castillo.

Con el reverso del brazo, se secó el sudor. Levantó la mirada hacia la parte elevada del graderío. Ahí, alineadas en los segmentos que todavía se mantenían en pie, un numeroso grupo de mujeres mantenía la vista fija en él. Cargaban arcos en sus manos. En sus espaldas se distinguían las flechas que salían del carcaj. Ninguna de ellas titubearía en clavarle una flecha en el pecho si fuera necesario. Un movimiento en falso y una lluvia de sagitas caería sobre él.

Chasqueó la lengua con fastidio y decidió deshacerse de ese tipo de pensamientos. Tenía cosas mucho más importantes en que pensar, situaciones prioritarias que debían ser resueltas de la mejor manera posible. Intentando establer la estrategia a utilizar, se acercó al montón de chatarra que le habían dejado ahí. Se agachó y comenzó a rebuscar. Fue eligiendo las armas que se encontraran en las mejores condiciones posibles. Ya era complicado aprender a usar armamento como para tener que hacerlo con unas en tan deplorable estado.

No pasó mucho antes de que la brisa trajera consigo los murmullos lejanos de unas voces conocidas. Una en particular.

- Milo. -sonrió.

Y es que las constantes quejas y palabrerías del escorpión de oro se dejaban escuchar por toda la explanada. Solo Athena sabía que tanto mascullaba el peliazul, pero ninguna de sus captoras parecía estar prestándole atención. Unos minutos después, vio la procesión entrar a la arena. Seis de sus compañeros se adentraron en el abandonado campo de batalla, cada uno guiado por al menos dos de las guerreras de Hipólita. A excepción de Milo, los demás se veían tranquilos. Tan pronto pusieron un pie dentro, el sonido de las cuerdas de los arcos tensándose se oyó. De pie en las barandas, las amazonas apuntaban al grupo con sus flechas.

- Tal como te dije, aquí los tienes. -Nicia se abrió paso entre la pequeña multitud para hablar con Dohko.- Dos días, santo. Ni un amanecer más.

- Estas armas son basura. No son de ninguna utilidad para nosotros. -reclamó.- Tu reina debería tener la decencia de proveernos, al menos, de lo necesario para entrenar. Si en verdad quiere divertirse a costa nuestra, que al menos nos ofrezca la oportunidad de mejorar el espectáculo.

Ninguno de los santos presentes entendía nada de la conversación entre el antiguo maestro y la amazona. ¿Armas? ¿Entrenar? ¿Espectáculo? Pero ninguno de ellos permitió a su lengua traicionarles. Inclusive Milo calló y entregó su completa atención a la discusión.

- No estás en posición de exigir nada.

- Nicia es tu nombre, ¿cierto? -la mujer asintió.- ¿A qué le temes, Nicia? ¿Acaso no nos han privado ya de nuestros cosmos? ¿Tan intimidantes resultamos para la raza más fuerte de mujeres guerreras?

Indignada, la joven apretó los dientes desencadenando con ello que la comisura de los labios del chino se curvara para dar lugar a una sonrisa arrogante. Y Dohko no fue el único. Sí, podían estar en desventaja debido a la falta de cosmo energía, pero todavía eran peligrosos… muy peligrosos.

- No soy una cría a la que puedas manipular con tus palabras. -Nicia le devolvió la sonrisa. Sus ojos turquesas permanecieron con el santo de Libra.- Esas armas son todo lo que tendrás, así que deberías acostumbrarte. La única razón por la que siguen vivos es porque Hipólita así lo ha ordenado. De estar en las manos de cualquiera de nosotras, ahora mismo todos ustedes serían cadáveres. Aprovecha tu fortuna mientras los dioses estén de tu lado.

- ¿Qué saben los dioses de la vida y la muerte cuando ellos son inmortales? Deja a los dioses fuera de esto y permítenos ser dueños de nuestro propio destino, Nicia, porque entonces descubrirás porque incluso ellos nos temen.

Esta vez no encontró respuesta. Tampoco insistiría.

La mordaz mueca en el níveo rostro de su contraparte le indicó que hasta ahí llegaba la discusión. Ninguno de los dos estaba dispuesto a seguir con ese debate. La vio alejarse hasta que, tanto Nicia como su comitiva se perdieron de vista. Solo entonces, relajó su postura.

- ¿En qué nuevo lío estamos metidos?

Giró la cabeza para encontrarse con que sus jóvenes camaradas esperaban respuesta de él. Milo era el único que se había atrevido a preguntar, sin embargo le resultaba fácil reconocer la ansiedad en las miradas de los otros. Dejó caer los hombros mientras un suspiro abandonaba su boca; aquella sería una larga explicación.

- ¿Se encuentran todos bien? -asintieron. Pero la ausencia de uno de ellos era notoria.- ¿Dónde está Shura?

- Maestro, ninguno de nosotros sabe siquiera la razón por la que estamos aquí. Esperabamos que las respuestas vinieran de usted. -respondió el toro dorado después de un incómodo silencio.- ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Qué significan éstas armas? ¿Y las armaduras?

- Esto es Temiscira, pero supongo que eso lo saben ya. -comenzó la explicación.- Hipólita, la reina amazona, tiene planes para con nosotros… con uno en especial.

- ¿Quién? -preguntó Afrodita.

- Ni ella misma sabe la respuesta a esa cuestión. Sin embargo, tiene claro una cosa: sólo quiere al mejor. O, al menos, al que sea capaz de matar al mayor número de sus guerreras sin morir en el intento.

- Cacería de amazonas. -Milo se carcajeó.

- No exactamente. Duelos. Uno contra uno. Con armas. Sin cosmos…A muerte.

- ¿Y el premio? -cuestionó con sorna. Dohko negó con la cabeza.

- Históricamente, solo hay una cosa que las amazonas han necesitado de los hombres y, si Hipólita esta buscando al mejor, tiene sentido. -Camus recorrió con su estoica mirada a los demás.- Descendencia. -anunció.

- Oye, oye, Camus. -el escorpión dorado pasó el brazo por encima de los hombros de su amigo.- El celibato no se nos da bien, pero tampoco exageremos con esos pensamientos, ¿vale? El sexo sería una excelente recompensa, sin embargo no tengo la menor intención de dejar a un mini Milo en esta época.

- En primera, lo que digo tiene validez. En segunda, si engendraras un mini bicho, el niño sería sacrificado, por lo que, técnicamente, no estarías dejando nada. Y, en tercera, ¿de dónde demonios sacas que serás el ganador de esta competencia? -un mohín altanero adornó sus labios.

El santo de la octava casa volvió a reirse escandalosamente. Su contagiosa risa robó sonrisas al resto de los caballeros.

- Te extrañaba, Camus. -acotó. El aludido correspondió con un amigable gesto.

- Dejando a un lado las bromas, Camus tiene razón en todo. - el santo de las rosas adoptó una actitud más seria.

- ¿Han pensado que esa es probablemente la causa por la que Shura no está aquí? -intervino Shaka.- Sin su cosmos, no hay forma en que pueda ver. Le resultará imposible pelear de esa manera.

- Eso sin mencionar que, en caso de que Camus esté en lo cierto, su ceguera podría descalificarlo como candidato para los fines de Hipólita.

- Si la cabra estuviera muerta, las amazonas se habrían acordado de mencionarlo. Además, lindo e inocente carnerito, las mujeres no se fecundan con los ojos. Es otra parte de la anatomía la que hace el trabajo. -indicó el escorpión mirando su entrepierna con desverguenza.- Shion debió darte más información al respecto.

Aldebarán, Afrodita e, inclusive, Dohko, ahogaron una risa ante la divertida expresión del santo de Escorpio. Mu y Shaka, más prudentes, intercambiaron miradas.

- ¡Basta, Milo! -le reprendió el acuariano.- Esto es serio.

- No, Camus. Ustedes lo están haciendo serio. -se alejó del grupo y empuñó una oxidada espada.- Atormentarnos con todas esas ideas no nos hará mejores espadachines o arqueros. Así que dejen de pensar en lo que se vendrá. -después, apuntó el pico de la hoja hacia ellos.- Esto es un reto, caballeros. Y nosotros siempre estamos a la altura de los desafí leyendas nacen en tiempos de incertidumbre. Pero eso ya lo sabemos, ¿cierto? -rió.

- ¡Ese es el espíritu, Milo! -el gran toro le apoyó.- ¿Qué estamos esperando? Demostremos nuestra estirpe de oro.

Dohko asintió. La determinación brillaba en sus orbes turquesas. A como diera lugar, estarían listos. Él, personalmente, se encargaría de eso. Harían de los incrédulos, creyentes; y aquellas que creían tenerlos en su poder, descubrirían la verdad detrás del mito que les envolvía.


Cerca de una hora había pasado desde su salida de Atenas cuando, por fin, divisaron la entrada del puerto. Lejos de detener la carrera, el trío apuró el paso por las escuetas callejuelas de piedra. Pronto, la dureza de la roca fue sustituida por la inestabilidad de la arena conforme se acercaban más y más a la orilla del mar.

Siendo Pireo el principal puerto de Grecia, la actividad era vigorosa. Decenas de barcos se encontraban encallados en la costa. Sus tripulaciones enfrascadas en sus respectivos deberes. Algunos cargaban las mercancías en los navíos, otros recogían las improvisadas tiendas en las que había pasado la noche. Unos cuantos, reclutaban tripulación. Modestos puestos se extendían por la playa vendiendo comida y vestido a los marineros. Todo bajo la atenta supervisión de grupos de soldados que resguardaban el orden. Buena parte de los ingresos del gobierno ateniense provenían del cobro de impuestos a comerciantes y ciudadanos del puerto; y, siendo tal su importancia, resultaba vital mantener los niveles de seguridad elevados para atraer a las embarcaciones a resguardo. Por eso, la presencia de las fuerza militares era esencial para el funcionamiento del ancladero.

Cabalgar entre la arena sin duda era más cómodo que andar. Sin embargo, las grandes cantidades de gente moviéndose de un lado a otro impedían el libre tráfico de los caballos o terminaban por espantarlos; así que los jóvenes desmontaron. Tomando por las riendas a sus cabalgaduras, pasearon por la playa en busca del hombre que Athena había mencionado.

Recorrieron un largo tramo sin saber exactamente que hacer. Encontrar a Gamínedes entre la populosa orilla parecía convertirse en todo un reto. Les tomó pocos minutos darse cuenta que preguntar el nombre de la galera a Athena hubiese simplificado mucho su problema. Incluso una descripción, por breve que fuera, les hubiera ahorrado el tener que vagar por el lugar en busca del susodicho capitán. Sin más remedio, pronto se convencieron de que tendrían que preguntar por instrucciones.

- ¡Hey! ¡Ustedes! -el grito les sorprendió.

Voltearon por inercia. Delante de ellos, a unos cuantos metros, un hombre robusto ondeban la mano en el aire. Su espalda ancha y cuerpo fornido, producto de sus años al servicio de los mares, contrastaban con la edad que su rostro revelaba. Lleva una barba descuidada y teñida de gris a causa de las canas. Pero su mayor rasgo, era la enorme sonrisa que dejaba al descubierto los agujeros dejados por la pérdida de dientes.

- ¿Gamínedes? -cuestionó el arquero.

- El mismo. -el hombre soltó una carcajada.- He de suponer que ustedes son los elegidos de la diosa. -saludó y después, sin ninguna vergüenza se detuvo a mirarlos.- No tomen ofensa en mis palabras pero… no se ven como los héroes que se dice que son. Incluso el marino más inútil de la tripulación tiene músculos más desarrollados que los suyos.

Los tres callaron.

Aoiros esbozó una nerviosa sonrisa. Saga simplemente torció la boca y miró al hombre con indiferencia. Kanon frunció el ceño y bufó con fastidio.

Divertido por sus expresiones, Gamínedes volvió a soltar una carcajada escándalosa.

- Al menos son graciosos. La tripulación sin duda pasará un rato animado con ustedes.

- ¿Gracias? -el castaño contestó más por educación que por otra cosa.

- No me agradezcas, muchacho. Aunque deberán tener cuidado. Con esa apariencia de niños bonitos, ahí arriba, en el aislamiento del mar y ante la falta de mujeres, más de uno de estos hombres estaría dispuesto a probarles el culo. -cuando los vio abrir los ojos cual platos, el marinero rió estruendosamente.- Ya, ya. Mientras estén bajo mi protección, nadie en este barco les pondrá un dedo encima.

- Comenzaba a preocuparme… -masculló con ironía el menor de los hermanos.

- ¡Por cierto! No me han dicho sus nombres.

- Soy Kanon. Este es mi hermano, Saga, y Aioros.

Gamínedes les miró, incrédulo.

- ¿Esos son sus nombres?

- Pues…sí. ¿Esperabas algo más? -Kanon le observó con fastidio. Ese hombre comenzaba a agotarle la paciencia.

- Para ser héroes, los tres son bastante ordinarios. -calló y tomó una posición pensativa.- Necesitarán algun apodo que convenza a mis hombres que son tan grandes como se dice.

- No necesitamos convencer a nadie ni probar nada. -Saga habló por primera vez.

- Oh, si que lo necesitarán. Este es un mundo díficil en el que ganarse un lugar requiere trabajo, sudor y sangre. Afortunadamente para ustedes, soy bueno eligiendo sobrenombres.

- Disculpe pero, a pesar de nuestras escuetas apariencias y ordinarios nombres, nos hemos ganado el respeto de muchos. -escupió Kanon. Insolente hombre que se atrevía a tratarlos así.

- Como digas, Cástor.

Aioros rió por lo bajo. Gamínedes no les tenía ningún temor y tampoco tendría reparo en hacer como le diera en gana. Kanon iba a tener un largo y difícil viaje que compartir con el viejo.

- ¡¿Cástor?! -reclamó.

- Sí. Tu hermano será Pólux. -respondió restándole importancia a las facciones embravecidas del gemelo.

- Y, ¿por qué no puedo ser Pólux?

- Pólux era inmortal y tú, con la enorme boca que tienes y esa lengua que eres incapaz de controlar, es más probable que mueras primero que él.

Esta vez fue Saga quien dibujó una sonrisa burlona en el rostro.

- ¿Pueden creerlo? ¡Ni siquiera nos respeta! -espetó mientras veía a Gamínedes alejarse. Entonces, se dirigió a sus compañeros, ofendido. Ambos respondieron con una traviesa mueca.- Y lo que es peor, ustedes encuentran divertida esta situación. -complementó al descubrir el poco interés por parte de los otros.

- Estás exagerando. El hombre solo intenta ser agradable… -Aioros llevó su vista hacia Gamínedes.- … a su manera. -agregó en un supiro.

- ¿Agradable? El tipo acaba de lanzarnos a su tripulación entera encima. No sé tú, arquero, pero en lo que a mi respecta, nadie va a ponerme un dedo en el trasero…mucho menos otras cosas- bufó.

- ¡Sólo hizo un comentario! -se carcajeó.

- Así empiezan. Primero un comentario, después un guiño y al final…

- Kanon, esto es la Grecia Antigua. -habló su hermano.- Estás escandalizando por nada. En el peor de los casos, si un tipo de te acerca, mándalo a otra dimensión. -Saga subió los hombros con naturalidad.

- ¡¿Cómo le dices eso?! Terminará desapareciendo a media tripulación.

- Si lo hace, no pienso ayudarle con los remos. -contestó el peliazul con una indiferencia que resultaba de lo más divertida mientras los tres iban al alcance de Gamínedes.

- Muy gracioso, Saga. Muy gracioso. Cuando algún marinero pervertido se te acerque, ni siquiera te atrevas a pedir mi apoyo, querido hermano.

- No lo necesitaré. Sé cuidarme solo.

- ¡Perfecto! Ya somos dos. -sonrió y su mirada se clavó en Aioros.- Dejemos que se entretengan con el arquero, ¿te parece?

- ¿Por qué siempre contra mi, Kanon?

- No es nada personal. Es solo que… -el marina pensó un segundo sus palabras.- Es solo que tu eres más del tipo "receptivo." -rió.- Saga y yo somos más de los "dominantes." Estoy casi seguro que los marineritos quieren a alguien pasivo.

- Eres un verdadero idiota, Kanon. -se quejó.

- ¿Qué? Tú eres mucho más cariñoso que nosotros. -prosiguió con el mejor semblante de inocencia que pudo.- Y también te hace falta un poco de diversión.

- ¿Y a ti no? -Aioros le miró de soslayo.- Te recuerdo que no soy el único en abstinencia.

- ¡Jah! ¡Sueña, arquero! -después, giró hacia su hermano.- Dinos, Saga, ¿qué opinas al respecto?

El gemelo, que iba adelantado un par de pasos, se detuvo. Su cabeza se ladeó ligeramente, permitiéndole ver a su hermano y amigo por encima del hombro. Sonrió con un aire sarcástico.

- Cualquiera diría que este asunto les es más importante de lo que quisieran. Si tanto les preocupa quien de ustedes es más apropiado para satisfacer a esa horda de marinos, les sugieron que cuando suban al barco hagan la prueba y vean que sucede. Es un largo viaje. A esos hombres no les molestará tener variedad.

Los dejó callados. Antes de que cualquiera de los dos tuviera algo que responder, el santo de Géminis continuó su camino complacido del resultado de su comentario. Rió por lo bajo.

- ¡Oigan! ¡¿Van a quedarse ahí todo el día?! -Gamínedes se había detenido delante de un gran navío. Se encontraba metido dentro del mar y sostenía en sus manos la gruesa cuerda de los amarres.- Esta belleza es la Kyrenia. -les señaló la embarcación.

Detrás de él, una magnífica nave se encontraba encallada en la arena. Sus líneas eran exquisitas y la madera con que estaba construída brillaba con la luz del Sol. Traía las velas amarradas, sin embargo, aquel detalle no restaba a su impresionante diseño. El número de tripulantes sin duda era elevado. A juzgar por el espacio designado para los remeros, la cantidad de hombres necesarios para poner en movimiento un monstruo marino de esas dimensiones no podía bajar de ochenta fuertes pares de brazos.

- Bastante impresionante. -Kanon recorrió con la vista el navío.- ¿Cómo es que Poseidón no se las ha ingeniado para hundir esta cosa? Nunca le ha gustado que los mortales se atrevan a retarle con sus grandes construcciones.

- Lo ha intentado. Dos veces. -mientras hablaba, Gamínedes llamó con un gesto a tres marinos y les ordenó que desataran las pertenencias que los santos llevaban en los caballos.- En ambas ocasiones, Kyrenia soportó orgullosa los embates del Emperador y se ha probado digna de surcar sus dominios. Poseidón ha nadado innumerables veces desde entonces y nos ha mantenido a salvo.

Su explicación se vio interrumpida cuando las muñequeras de la armadura enviada para Saga cayeron sobre la arena.

- Les sugiero que no usen ese armatoste a bordo. -les dijo.- Sería una muerte segura si llegan a caer al mar. Se hundirían y ningún poder, humano o divino, podrías arrebatarles de las garras de Hades.

- Lo tendremos en cuenta. -el peliazul mayor levantó la pieza de metal para volver a colocarla entre el resto de sus pertenencias.

- Bueno, de a partir de aquí, solo me queda algo que hacer. -se colgó del amarre e inició el camino hasta la cubierta.- ¡Bienvenidos a bordo!


Ese día no habría entrenamiento. Así lo había decidido Máscara de Muerte y no tenía la menor intención de cambiar de idea.

Más temprano, las doncellas se habían presentado en sus aposentos para conducirle hasta aquel claro del bosque en medio de los territorios de Artemisa en que solía practicar con sus aprendices. Pero, a diferencia de cada mañana, el cangrejo se había negado a mover un solo músculo. Después de ello, se había tirado en la cama y de ahí no pensaba moverse.

Tenía mucho en que preocuparse, por lo que dejar a su mente divagar con relativa libertad no sonaba como una completa pérdida de tiempo. A veces se preguntaba si de verdad podría mantener su promesa de salir de aquel miserable lugar. Y es que, hasta ese momento, ninguna idea había llegado a su cabeza. Luego, estaba la delicada situación de Aioria. Con un solo toque la diosa cazadora era capaz de arrancarle la vida en una fracción de segundo, ¿podría hacer lo mismo con el león dorado? Aún suponiendo que ambos consiguieran escapar del control de la histérica rubia, ¿cómo demonios se las ingeniaría para sacar a aquel desconocido del cuerpo de su compañero? Una cosa era descubrir posesiones, otra muy diferente era lidiar con ellas.

- ¡Joder, Máscara! -habló consigo mismo.- ¿Por qué siempre nos tocan los tipos con problemas de posesión?

El gruñir de su estómago atrajo sus pensamientos. No era de sorprender el hecho de que, como obvia revancha, el desayuno no había sido servido ese día. A decir verdad, más allá de las protestas de su estómago, a Máscara de Muerte eso no le importaba.

Algo tenía que admitir: hacer nada le daba pereza. Cerró los ojos con cansancio. Estaba aburrido. Fastidiado más allá de sus propios límites. Soltó un bostezo y giró hasta colocarse boca abajo, hundiendo el rostro en las almohadas. Cualquiera diría que, después de todo lo que había experimentado en sus escasos veintitrés años, su mente de estratega debería haber encontrado una respuesta a sus problemas; sin embargo, de manera sorprendente, no tenía la menor idea de lo que haría de ese punto en adelante. En el fondo, sabía que ese paro no le dudaría. Era cuestión de tiempo antes de que una furiosa, e insoportable, deidad rubia se presentara a su puerta para gritarle las miles de formas en que le poseía. Irónico, pero casi esperaba que eso sucediera.

De repente, escuchó el casi impertible rechinar de la puerta. No se movió. Esperaría que el intruso desapareciera ante la falta de atención de su parte. Por unos pocos segundos no hubo nada más que silencio.

- ¿Estará enfermo? -habló una voz infantil en un murmullo.

- Espero que no sea contagioso. -le respondió otra.

- ¡Idiotas! -intervinó la tercera persona.- Es obvio que el maestro está cansado. Lidiar con gente tonta como ustedes debe ser agotador. -susurró la niña.

Sin que el santo de Cáncer se diera cuenta, una sonrisa involuntaria se posesionó de sus labios. La mocosa le agradaba. Al menos parecía ser la única que aprendía algo de lo que les enseñaba. Con todo, no dio señales de vida. Si él no les mostraba atención, pronto se darían cuenta y le dejarían en paz.

Y, curiosamente, lo consiguió. Un instante después, el repicar de la cerradura se oyó; los niños se habían marchado. Su afilado oído permitió que el peliazul notase que sus pequeños aprendices no se habían alejado. Sus voces aún se escuchaban. Intrigado, y sin nada mejor que hacer, se puso de pie y avanzó hasta la salida. Se pegó a la puerta para escuchar el parloteo.

- Que mala eres, Nix. -escuchó reclamar el pequeño Corban. Los labios del niño se curvaron en un mohín de reproche.

- No la escuches. Quizás el maestro sigue molesto con la señora Artemisa, por eso tratará de no obedecerla. -le consoló su hermano mayor.

- La verdad es que ha estado actuando raro desde aquella vez que le pidió permiso a la señora para visitar a su amigo.

- ¿Le habrá sucedido algo a su amigo? -el chico miró a sus mayores. Ambos subieron los hombros y sacudieron la cabeza con negación.- Deberíamos ayudarle.

- ¿Ayudarle? ¿Cómo pretendes hacer eso?

- No lo sé, Nix. -respondió cabizbaja.

- Si pudieramos averiguar que le sucede a su amigo, el maestro estaría mucho más tranquilo, ¿no? -reflexionó Altair.- Si preguntamos a la señora Artemisa, quizá…

- No, no. -le interrumpió la niña de cabellos púrpuras.- Nada de preguntarle. Ella y el maestro no se llevan bien, y si le preguntamos seguramente no querría decirnos la verdad de lo que sucede.

- ¿La estás llamando mentirosa?

- No, pero los adultos son raros. Suelen ocultar demasiadas cosas.

Los hermanos se tomaron su tiempo para pensar.

- ¿Estás diciendo que deberíamos averiguarlo por nuestra cuenta? -Altair casi tenía miedo a la respuesta. Nix asintió.- Eso nos traerá problemas. -suspiró resignado.

- Velo como una oportunidad, Altair. Pondremos en práctica las habilidades de espionaje que hemos aprendido. -sonrió, astuta.- En el mejor de los casos, conseguiremos encontrar algo y el maestro estará orgulloso de nosotros.

Al otro lado de la puerta, Máscara de Muerte se pasó la mano por el rostro. Ese trío de niños iban a terminar metiéndole en más problemas de los que tenía. ¡Y esa niña! ¿De que infierno se había escapado aquel pequeño demonio? ¿Por qué simplemente no podía dejarlo tranquilo?

- A nuestra diosa no va a gustarle esta idea.

- ¿Y qué con eso? Nuestro maestro no puede salir de su habitación si la señora Artemisa no lo permite, pero nosotros podemos hacer como nos plazca en este lugar. Nadie sospechará. Será sencillo.

- Si nos descubren, estamos muertos.

- ¡Pues que no lo hagan entonces! -se carcajeó.

Si uno le conocía lo suficiente, sabría que la pícara niña no solía echarse atrás. Cuando una idea le llegaba a la cabeza, era imposible arrebatársela. Eso era precisamente lo que Corban y Altaír sabían. Discutir estaba de más. Persuadirla, un imposible.

- Vale. -aceptó el mayor bajo el escrutinio de la mirada de su hermano.

- ¡Genial! -festejó la tercera.- ¡Andando! Tenemos muchos planes que hacer.

Avanzó por los pasillos, con paso constante, siempre seguida de sus dos secuaces. El resto de la mañana lo dedicarían a afinar los detalles de su primera y arriesgada misión.


- Su Alteza. -ambas mujeres hincaron una rodilla tan pronto llegaron a los pies del trono. El sonido de sus voces retumbó en el silencio del mégaron.

La reina alzó la mirada y les observó con indiferencia.

Lo turbio de sus ojos tomó por sorpresa a las mujeres, sin embargo, como buenas guerreras, se guardaron para sí sus impresiones. En los últimos días, desde que se diese la orden de ir en busca de aquellos misteriosos hombres, la conducta de la soberana de Temiscira había sido errática y poco digna de ella. Después, con la visita del dios de la guerra y la señora del Olimpo, las preocupaciones de Hipólita se incrementaron. Ello impactaba en su comportamiento, más nunca, nadie, se atrevería a cuestionarla.

- Mi señora, hay algo que debería saber. -se permitió hablar una de las amazonas al no recibir respuesta por parte de la castaña.- Es acerca de los ocho.

- De uno de ellos. -complementó la otra con presteza.

Hipólita se incorporó. Caminó lentamenta hacia la salida que conducía hasta un enorme balcón. El viento batió sus cabellos de color chocolate.

- Continúen. -ordenó.

- Desconocemos exactamente como sucedió, pero uno de esos hombres ha perdido la vista.

- Pudo ser una reacción al veneno usado para dormirles o, probablemente, alguna enfermedad que se ha desencadenado en estos días; el santo no parecía ciego cuando le capturamos en los bosques de Cerinia. -concluyó.

- ¿Están seguras? -la reina les miró de soslayo. La mirada afilada.

- Apenas puede avanzar dos pasos sin tropezar con algo. Sacarlo del calabozo, en esas condiciones, ha resultado una completa ás deberíamos considerar sacrificarlo.

- No se considerará nada. -interrumpió Hipólita.- ¿Le van visto nuestras curanderas? -las mujeres negaron.- Entonces que lo hagan. Hasta que ellas tengan una respuesta que me satisfaga, no se hará nada con él, ¿entendido?

- Señora, su falta de perfección lo hace inútil.

- Eso lo decido yo. He dado una orden y espero que sea cumplida. -sus chispeantes ojos marrones fueron de una amazona a otra.- Ahora, retírense y hagan como he decidido.

Con una reverencia, sus guerreras se despidieron.

De nuevo en soledad, Hipólita dio rienda suelta a sus pensamientos. En otro tiempo, bajo otras circunstancias, ese santo estaría muerto; de ello no tenía duda. Pero no en ese momento. La profecía de Phineas hacía mella en su cordura, y no podía arriesgarse a que ese uno resultara ser aquel del que la mujer hablaba. Para bien o para mal, dejaría que las palabras del Oráculo siguieran su curso y, al final, haría frente a la amenaza que se alzaba frente a ella.

¿Había perdido el juicio? Probablemente. Tenía a ocho guerreros de Athena sometidos bajo su poder. Uno de ellos cargando en su interior el destino de la soberana. Y luego estaban los dioses. No podía negar que Ares, su padre, hablaba con la verdad. Él la había creado y él sería quien la destruiría.

Sonrió. Una sonrisa altiva.

No caería sin pelear. Si en uno de esos desconocidos yacía su suerte, no descansaría hasta encontrarlo. Bueno o malo; eso no importaba ya. Lo que fuese que le aguardase más allá, lo aceptaría y, de ser necesario, lo resistiría.


- ¡Oye! ¡Gamínedes! -Kanon apuró el paso y cruzó la cubierta persiguiendo al viejo marino.- Te olvidaste de algo importante. -sonrió.

El susodicho se respingó. Nada nunca le pasaba por alto.

- ¿De qué hablas, Cástor? -entrecerró los ojos y le miró sospechosamente.

- De mi amigo: Aioros. -la sonrisa del general marino se ensanchó.- También necesita un mote.

El santo de Sagitario, que venía unos pasos atrás, se detuvo. Su semblante adoptó una expresión de reproche y fastidio ante la sugerencia del gemelo menor.

- ¡Cierto! -la voz ronca de Gamínedes se oyó aún más profunda mientras pensaba. -Dime, muchacho. ¿Tienes algo de especial? -cuestionó al castaño.

- Nada. -interrumpió un satírico Kanon.

Nuevamente, la recriminatoria mirada de Aioros se posó en él.

- Es arquero. -esta vez, Saga fue quien habló. -Quizás puedas hacer algo con ello. -Aioros pudo haber jurado que Saga esbozó una sonrisa divertida al respecto.

- ¡Oh! Un arquero. Se me ocurren un par de ideas. -comentó.

- Nada de Centauro, ni Quirón, ni algo parecido. -volvió a entrometerse el peliazul menor.- La mitad de la gente en casa le llama el Centauro Dorado y la otra mitad le dice el Arquero de Oro. Algunos le dicen Aioros y el resto le llamamos idiota. -río. Aioros giró los ojos con cansancio.- Sé original, Gamínedes.

- Bueno, las opciones se reducen entonces. -se llevó la mano a la barbilla y jugó con la enmarañada barba grisácea.- Te llamaría el Hijo de Apolo, pero la señora Athena no llevaría a bien ese apodo.

- No, no creo que le guste. -aceptó entre dientes.

- ¡Yo tengo una idea! -se carcajeó el gemelo.

Lamentando su mala suerte, el arquero se pasó la mano por el rostro. De alguna forma, intuía que Kanon llevaría las cosas al terreno donde no quería estar.

- ¿Qué esperas? ¡Cuéntanos! -solicitó el capitán.

Los tres miraron expectantes a Kanon. Sin duda, cualquier idea que viniera de él, estaría a la altura.

- Podremos llamarle… ¡Eros! -exclamó. Casi de inmediato, la contagiosa risa de Gamínedes estalló.

- Llámalo asi y lo harás completamente irresistible a los ojos de mis muchachos. Probar al mítico dios del amor es una tentación considerable.

- No le molestará la atención. -rió el gemelo.

- ¿Seguro que no te pondrás celoso? -el arquero contestó con sarcamo.- Todos sabemos cuanta emoción te causa ser el centro de las miradas.

- En este caso, no tengo problema en cederte el papel principal.

- Gracias, pero no me interesa.

Los ojos de Gamínedes y Saga pasaban de santo a santo. Un par de sonrisas distraídas permanecían en sus rostros.

- Bueno, bueno, no hay necesidad de discutir por mis marinos. En este barco, ese tipo de conductas no están permitidas entre tripulantes. Cuando lleguen a la playa pueden cogerse a cualquiera o dejarse coger, mientras tanto, tendrán que aguantar los instintos. -se carcajeó al ver sus semblantes desencajados. Los jóvenes atenienses podrían no ser lo que esperaba, pero sin duda eran entretenidos.- Pólux, mantén un ojo en ellos. -le ordenó a Saga.- No queremos que terminen tirándose el uno al otro.

Saga tampoco pudo guardarse una gran carcajada. Aioros y Kanon juntos, sería como intentar unir agua y aceite. Imposible.

- Los mantendré vigilados. -contestó observando sus expresiones de fastidio.

- ¡Excelente! Además, he pensando en algo. -continuó el marino.- Creo que tengo el mote perfecto para ti, Aioros: Aphetoros, el dios del arco. Impresionante, ¿no? -rió.

Palmeó con brusquedad el hombro del joven Sagitario y, sin decir más, se posicionó en la parte más elevada de la cubierta. Su sola presencia acalló las voces de los marinos.

- ¡Suelten las velas! ¡Eleven anclas!

El sonido de los remos hundiéndose en el oleaje del océano anunció el inicio. Y así, el barco se deslizó suavemente sobre las olas.


- ¡¿Dónde te habías metido?! -Perséfone corrió al encuentro de su hermana para estrecharla entre sus brazos con fuerza.- Me tenías preocupada.

- No hay razones para tu inquietud, mi querida Perséfone. Aunque agradezco desde el fondo de mi alma tu ayuda e interés en mi. -Athena besó la mejilla de la diosa peliverde.- Discúlpenme por postergar este encuentro. Hubiese deseado presentarme ante ustedes antes, pero ciertas situaciones me lo han impedido. Poseidón, señor de los mares, mis infinitas gratitudes por los favores que haces para mí y mis santos. -ofreció una reverencia al dios peliazul quien le correspondió de igual manera.

Tan pronto sus santos habían abandonado la ciudadela dedicada a ella, la diosa de la sapiencia desapareció de su templo para atender asuntos de igual importancia. Ante la advertencia de Aioros acerca de la presencia del Emperador de los Océanos y la Señora del Inframundo en su templo, Athena no podía sacarse de la cabeza que pronto tendría noticias relativas a sus dos santos perecidos. Deseaba enterarse de ellas.

La triada divina se reuniría en un lugar alejado de las recelosas miradas de los dioses hostiles, donde ninguna sospecha fuera levantada a causa del consejo. Así, el reino submarino fue acordado como el punto de encuentro.

Presta, la de ojos grises había librado los espaciosos corredores del palacio de las profundidades. Raras habían sido las ocasiones en las que visitara el templo de Poseidón y, en todas y cada una de ellas, mantenerse impávida frente a la exótica belleza de sus terrenos, le había sido imposible. Dos mundos opuestos, el suyo y el del señor de los mares, pero sin duda, ambos de hermosuras entrañables. Sin embargo, era algo poco usual lo que en realidad le fascinaba de ese lugar: su aroma.

Miles de playas había conocido antes. Incontables eran los días en que la brisa del gran mar había inundado sus sentidos. Pero su olor era nada comparable con el que se sentía en el recinto de la deidad del tridente. Durante el trayecto hasta el salón de su tío, Athena gozó de la fresca esencia del mar impregnándose en ella.

- ¿Han conseguido alguna información? -preguntó. Sus ojos grises miraron expectantes de un dios al otro.

- Tenemos noticias, pero no respuestas, Athena. -habló Poseidón.

- Buenas noticias, o eso es lo que creemos. -se apresuró a complementar la esposa de Hades.- Cuando me pediste que velara por las almas de tus santos, me tomé la tarea de buscarles. Como sabes, el destino de todo hombre se encuentra escrito en el Libro de la Vida. Después de muertos, son juzgados. El lugar en el que purgarán sus pecados es decidido y escrito en el gran libro. Los nombres de tus guerreros no se encuentran en él.

Athena abrió los ojos, severamente impresionaba por la noticia.

- Están vivos… -susurró.

- Desafortunadamente, el hecho de que sus nombres no aparezcan el libro también da lugar a otras opciones. Es posible que hayan sobrevivido, sí; pero también hay que considerar la posibilidad de que sus espíritus nunca hayan pasado por la sala del juicio.

- Poseidón tiene razón. Athena, debes saber que hemos estado haciendo todo tipo de averiguaciones.

- ¿Qué más saben?

La joven señora del los muertos posó su mirada sobre Poseidón. ¿Hasta que punto era conveniente que la diosa de la guerra supiera todo?

- Presta atención a mis palabras, Athena, y mantén la calma sin importar lo que suceda. -le advirtió.- Mientras más ajena te mantengas de todo, mejores serán las oportunidades de descubrir la verdad detrás de su desaparición. -entonces, indicó a la su contraparte que continuara.

- Creemos que Hermes esta involucrado. -soltó sin tapujos la peliverde.- No sabemos cómo y tampoco por qué, sin embargo él conoce la realidad.

- Dudamos que Hermes haya actuado solo. Nunca ha sido su estilo. Hay alguien más. ¿Quién? Aún no podemos responder esa cuestión.

- ¿Y qué tiene que decir el maldito al respecto? -siseó furiosa.

- Muchas cosas. Ninguna de utilidad.

- Seguiremos insistiendo. Tarde o temprano, tendrá que decirnos todo lo que sabe. Por eso necesitamos que no te acerques a él, ni al Olimpo. Ocúpate de tus propios asuntos, y finge haber dado por terminada esta hazaña.

- ¿No sería mucho más sospechoso si hiciera eso?

- No lo creo. -dijo la diosa.- Tienes otros once santos de quienes preocuparte. Uno en especial que parece ser más problemático que el resto.

- Saga. -suspiró cansada.- Me gustaría comprenderlo. Lo he intentando, pero es tan difícil.

- ¿Puede un dios comprender el infinito dolor de un mortal cuya vida descansa en las manos de un ser superior y repleto de maldad? -los ojos de un profundo color azul de Poseidón la observaron.- Puedes protegerlos, admirarlos, inclusive quererlos; sin embargo, mientras no conozcas el significado de la muerte, jamás podrás entender, Athena. Para comprender a un mortal, se requiere de otro.

La pelinegra bajó la vista y guardó silencio. En su mente repetía las palabras del dios del tridente. Quizás se había apresurado a juzgar, probablemente estaba siendo dura y, a pesar de todo, se sentía incapaz de justificar las acciones del gemelo.

- Sólo quisiera saber algo más. -rompió la afonía.- ¿Qué piensan hacer con lo que saben?

- Esperar. En algún momento, Hermes y su cómplice cederán. Entonces tomaremos las oportunidades que no sean dadas.

- Si no les importa, me gustaría que me mantuvieran informada.

- Cuenta con ello. -respondió su hermana.- Volveremos a reunirnos tan pronto consigamos algo.

- Nuevamente, agradezco su ayuda. -ella esbozó una sonrisa casi invisible.

- No es necesario. -le dijo su tío.- Pero hay algo más. -ambas diosas le miraron con curiosidad.- Esta mañana he hablado con tu padre. Tu futura reencarnación ha solicitado una audiencia con él.

- ¿Por qué haría eso?

- Ni siquiera Zeus conoce sus razones. Y él no es el único invitado; Hera también ha sido convocada.

- ¡¿Qué?! -exclamó una sorprendida Perséfone.

- ¿Qué está planeando esa niña? -musitó Athena. Poseidón cerró los ojos como respuesta.- ¿Mi padre te pidió que hablaras conmigo?

- Sé que sientes que te traicionó en el momento en que se deslindó de ti, pero él se preocupa. Creo que las decisiones de tu joven reencarnación le son temidas. Te quiere ahí. Confía más en tu juicio.

- Pero si son la misma persona. -objetó la peliverde.

- No lo somos. Mi reencarnación tiene un largo camino que recorrer antes de descubrirse a sí misma. Sus intenciones son nobles, pero sus decisiones pueden ser cuestionables.

- ¿Te presentarás?

- Por supuesto. Lo que tenga que ser dicho acerca de las misiones, se discutirá en mi presencia. Cualquier decisión pasará primero por mí. -sentenció.

Continuará…


Bueno, bueno, que Sunrise tiene que admitir que se divierte de lo lindo atormentando a los tres santos mayorcitos (y también al lindo de Shuris jeje). A ver como les va en el infame navío y si logran sobrevivir a las hormonas de los marineros xDDD

Dama de las Estrellas, Kisame Hoshigaki, Leonis-Alterf, RIADVD, Neferet Ichigo, Doje-chan, Cybe, IceQueen102, Jaelinna, Chris, Claudia, sol angel dpl, Tisbe, Art1sta, White Lady EF, DiCrO, SilentForce, Amary22, Minelava, Kilder, LIZ y Suigin Walker. ¡Gente linda! ¡Gracias por los 400 reviews!

Próximo capítulo: La ciudad de las murallas hace su aparición y ¡comienzan las batallas! Que el mejor santo sea padre…¡digo!...gane n_nU

Hasta entonces, mis amores…

¡Saluditos!

Sunrise Spirit