Quiero ser escritora

29º

Imperfectas mitades

No sé que voy hacer cuando me vaya a casar y me redirija a mi luna de miel. Es decir, soy capaz de resistir un día entero en la cama sin hacer absolutamente nada más que tener sexo y comer. Con total honestidad yo puedo afirmar que es una idea deliciosa hacer una pausa y disfrutar junto al hombre de mi vida. Pero al día siguiente empieza a ser un poco abrumador volverlo a repetir y en el tercer día no lo aguanto. Soy de las que se aburren muy rápido en casa. Me gustaría seleccionar un lugar afrodisíaco al que nunca he ido, me dará tiempo para explorar el territorio e inspeccionar las tiendas (comercio intensivo) y más tarde relajarnos en una suite para recién casados. Ojalá mi futuro esposo también le guste estar al aire libre, del mismo modo que sea proclive a buscar una conversación y no me obligue a mí, todo el tiempo, a tomar la iniciativa. Esa es la gracia de las lunas de miel y el propio matrimonio en sí mismo: compartir juntos.

Esta mañana del domingo fui al balneario con Tomoko. Dio pie para pensar en aquello. La manicura y pedicura estuvieron bien, pero me sentí como una diosa consentida luego de la sesión de masajes. Me atendió un masajista que me pareció muy sexy, les puedo garantizar que fue completamente maravilloso cuando él deslizó sus dedos a través de mi piel (conste que traía una toalla blanca que envolvía alrededor de mis pechos). ¿Realmente importa o es un gasto de subproducto de adrenalina sumado a que estaba semidesnuda, untada en aceite y dentro de una habitación ultra cerrada? Las hormonas hacen de las suyas bajo un contexto similar a ese, no se limita a la adolescencia solamente. ¡Uhm! Y él tenía un porte igual al de Ian Somerhalder: salvaje y juvenil. En el hidromasajes mi hermana y yo pudimos platicar más tranquilas. Era acrílica de color blanco y semicircular. El agua a temperatura caliente, las burbujas borboteaban a la superficie haciéndonos cosquillas, un olor a coco se desglosa en el ambiente, la brisa sacudiendo las palmas y el sol broceándonos a la intemperie era una imagen perfecta. Las dos jugábamos a salpicarnos agua cuando una hoja interfirió nuestro juego, metiéndose en el jacuzzi. Tomoko la sacó y charlamos. La conversación giró torno a los chicos y no me resistí a la tentación de referirme al comportamiento del idiota ayer.

—A mí no me parece extraño —decía Tomoko con una sonrisa— por lo que me has venido contando sobre tu relación con Raimundo, desde el instante en que se conocieron hasta ayer todo parece indicar que tienes a ese hombre loco por ti. La psicología ha determinado que si un chico te molesta es porque le gustas y si tú le sigues la corriente, se sentirá más atraído. Los encuentros inesperados, las excusas tontas, lo que te dice, la forma en que se te insinúa y cómo te mira...

—¿Yo gustarle a Raimundo? ¡No es cierto! —reí de la ironía— si sería la última persona en el mundo en quien podría enamorarse: ¡él me detesta! Fue muy convincente cuando me dijo que yo nunca podría gustarle.

—¡Ay Kim, a veces pareces tan inocente! —jadeó mi hermana azorada—. Si un hombre en verdad te dice que te detesta es para alejarse ¡en serio!, pero si sólo se acerca más y más eso es porque hay una fuerza que se lo impide. Nadie puede luchar contra sus sentimientos. Los labios no dicen lo que el corazón siente. Las palabras no concuerdan con sus acciones hasta ahora.

—Todavía me abstengo de compartir tu opinión, hermana, y perdona que te lo diga, pero yo considero que estás conjeturando y haciendo de lado los hechos congruentes. No estuviste allí cuando Raimundo se expresó de mí en frente de nuestros apartamentos o lo que confirió a su mejor amigo o en cualquiera de nuestras conversaciones.

—¿No crees que miró más allá de tus defectos? Tú también posees buenas cualidades: Eres altruista, carismática, divertida, tenaz, chispeante, romántica, leal y con una gran fortaleza, él debió notarlo a través de estos meses, ¿por qué insistes en menospreciarte? ¿Es que tú no crees que puedes atraer a un hombre por ser quien eres? Es cierto no he estado allí, pero sí estuve presente en el gimnasio y puedo decirte que vi el color de su aura, era verde, indica que está pasando por un estado de transición y sanación. ¿Sabes por qué lo estoy pensando? ¡Porque son perfectamente imperfectos! Raimundo tiene lo que a ti te falta y complementas lo que él carece. Los dos cometieron errores y han aprendido de ellos, descubrió que quizás tú no eras tan hueca como había pensando y te precipitaste al juzgarlo rápidamente sin darle la oportunidad de mostrarse. Ambos tienen sus defectos, empero reconocen las virtudes del otro ¡es tan romántico!

—¡Ay hermana mía qué imaginación tienes! Él estará loco, pero no tanto.

—Verás que si tengo razón, hoy no, pero pronto sí. Porque podría apostar que si él hubiera sido parecido a ti no te gustaría.

—¿Gustarme?

—¡Claro que sí! No finjas conmigo, soy tu hermana y te conozco desde que tú eras pequeña —se estremeció—. Sabes muy bien de lo que hablo ¿acaso te importaría tanto la opinión de un desconocido?

—Cualquiera que hubiera herido mis sentimientos me habría afectado por igual —alcé los hombros.

Veía muy de lejos la teoría de Tomoko pese de sus buenos deseos, la inquina entre nosotros se había entretejido en un muro de espinas ponzoñosas para que de improviso él engendrara sentimientos amorosos por mí. Y de ser así estoy bastante segura que mi físico no lo habría cautivado. Ha sido un completo idiota en algunos detalles, pero yo también. Los dos fuimos necios, ciegos y testarudos, de una extraña manera que siente lo mismo que yo e intenta hacer borrón y cuenta nueva, reinventarse y empezar desde cero mas me resulta inverosímil que ignore las palabras que alguna vez usó. Los tiempos cambian, pero seguiré siendo yo y él de igual forma. En adición, había prometido que no volvería a juzgar arbitrariamente ni a sacar conclusiones apresuradas encasquilladas en ideas preconcebidas fuera de lugar ni atormentarme con problemas que sólo existen en mi cabeza hasta que tenga la certeza.

Mientras tanto podría volver a reanudar nuestras relaciones, ¿de qué me es útil alimentar la rabia y guardar amargura contra un hombre? El lunes después del mediodía, Kei llamó para comentarme lo que había hablado con Clay acerca de Raimundo. Ambos eran amigos desde que Raimundo llegó hace cuatro años cargado de ilusiones porque nunca había abandonado a su pueblo y era la primera vez que vislumbraba una ciudad. A pesar que numerosas chicas tonteaban a su lado, él nunca se apartó de sus estudios. Trabajaba con el sudor de su frente, dividiéndose entre el periódico y las carreras para aficionados (la última más por devoción) para enviar dinero a sus padres y se invirtiera en el tratamiento para su hermana Sagrario, pues aún cuando se había ido de su casa no perdió contacto con ellos. Él hablaba mucho de sus hermanos y solía mostrarle fotos de un álbum familiar registrado en su celular, el tono de su voz palpitaba el afecto que sentía hacia ellos lo cual pudo constatar en una visita que le hizo su tercer hermano, Liam, una vez en la ciudad un par de años atrás. Clay confiaba en la probidad de Raimundo, en su proceder siempre había sido atento consigo y todas las personas a su alrededor lo apreciaban. Nunca obró en actos de mala fe. Al unísono también era un hombre atormentado en consecuencia de sus errores, había requerido ayuda especial. Asimismo reconoció el nombre de Hannibal, pero fue franco cuando admitió que nunca lo había conocido. Lo que sabía era por boca de Raimundo.

Aunque Clay no sabía más allá de lo que tenía conocimiento, me tranquilizaba un poco. No podría explicarse que Clay, la deferencia personificada, fuera el mejor amigo de un hombre abyecto e inverecundo. Era un hecho incomprensible. Clay bien sería un tipo suave, pero no era el monigote de nadie ni ingenuo para no darse cuenta con quien andaba. Si conoció a un hermano de Raimundo y observó que sus relaciones eran como éste la describía, es porque es cierto. Delante de su novia confesó que podría parecer ser pedante y repulsivo, pero sólo eran impresiones absurdas, ídem lo exoneró de cualquier atribución por el que estuviéramos acusándolo ella o yo: Clay había resuelto sus asuntos con Raimundo en privado y éste pidió disculpas, aceptó de buen grado que en cierta medida intercedió entre ellos y advertido a su padre, pero ahora entendió su equivocación y volvió a concertar con el Sr. Bailey esperando que cambiara de idea así sea que tuviera que destruir su confianza en él. El jefe de familia manifestó su decepción por un muchacho al que le tenía estima, pero al menos reivindicó su parabién a su hijo y a su novia, que era lo que más le importaba a Raimundo.

Clay podría no dirigirle la palabra a Raimundo por un día, pero el Sr. Bailey a su hijo podía aguantar hasta dos semanas manteniendo su ley del hielo. En efecto, Clay ganaba mejor que nadie el título del hombre más humilde en la faz de la tierra. Parece ser que todo tuvo lugar minutos después que terminara nuestra plática y apeara por el amor sincero de mis amigos. Ahora las cosas volvían a circular con normalidad entre Raimundo y Clay. Kei todavía no lo perdonaba, el apocamiento impreso en su tono de voz indicaba que no estaba de acuerdo. Me tomé la libertad de insinuarle que sería mejor para el futuro de su relación no discutir ni comentar nada al respecto, a los hombres no les gusta que se entrometan con sus amigos ya que sería inmiscuirse en su espacio personal y entonces pensará que quiere asfixiarlo, para que todo estuviera claro le puse el ejemplo de que Clay se opusiera a que nosotras fuéramos amigas. Ella alegó que él sería incapaz porque me conocía, en cambio él no sabía manejar a su amigo quien sabía de sobra como imponerse sobre su juicio. Disentí con su opinión y me puse a favor de Clay, como último le dije que Raimundo pareció haberse retractado, pues ni otro modo hubiera hecho lo que hizo. Fatuamente, Kei sólo se afincó en aquella inofensiva nota.

En tanto mi hermana encomia y alienta un noviazgo entre Raimundo y yo, estoy segura que mi mejor amiga habría convocado una insurrección en contra de esa unión... y como Kei es bien dramática convencidísima estoy de haber usado esas palabras, en contraste Tomoko se habría ido más por la tangente, respetando mi decisión. Pues ni para bien ni para mal de una u otra le habríamos de dar esa satisfacción. Paulatinamente los argumentos en dirección a la ofensiva de Raimundo iban mermándose y depurándose. Para caer bien al padre de Clay se necesitaba o ser muy encantador o muy persuasivo: él tiene un ojo clínico para analizar la bondad en las personas, una habilidad que también me gustaría poseer y, por ende, es difícil que ceda su severidad, ¡ah así es Guan!

Pasado el lunes, llegó el martes, el idiota no llamó para notificar ningún inconveniente ni el Sr. Fung ni canceló. Se presentó el miércoles y todo iba acordado al plan. El niño se había cambiado en la escuela para irse, Omi se rehusó a ir con un uniforme escolar al campo. Yo dije ¿por qué no? Elegí un par de tacones Tod's (¡ojo! Que por culpa del idiota se rompió el tacón de uno de mis zapatos favoritos, me costaron mil doscientos dólares y sé que estos van a desprender brillo, literalmente escarchados, en el césped de los jugadores), un vestido Gucci con diseño de leopardo dorado, para el maquillaje decidí apuntarme Elizabeth Arden. Los varones estaban apresurándome, se pararon junto a la puerta del apartamento. El idiota se puso a escribir mensajes de texto y el niño brincaba emocionado en su mismo lugar cada vez más alto.

—¡Tranquilo, pequeño huracán amarillo! —dijo Raimundo, presionando su cabeza— vas a pegar la cabeza contra el techo y del estadio iremos al hospital.

—A este ritmo me estrellaré contra el espacio si Kim no sale ya, ¡señor, las mujeres tardan en arreglarse! Hubiera pedido a Tiny prestada su consola si esto iba a ser así. ¡Oye, ¿quieres ver algo interesante?! Anoche cacé un grillo en la cocina, dicen que su presencia anuncia la buena suerte, sin embargo, voy a soltarlo esta noche... ¡¿quieres verlo antes que suceda?!

—Caballeros, ya estoy lista —aclaré mi garganta interrumpiendo la fascinante plática entre Raimundo y Omi. El idiota alzó la mirada y cruzó los brazos bajo el pecho. Omi se sacó la camiseta por dentro, enderezándose.

—¿Qué es eso? —preguntó Raimundo señalando mi ropa.

—¡Tema de moda! ¡ta-dá! —exclamé levantando los brazos.

—¿Cuál era el tema? ¿humillación? —Omi se rió entre dientes, se tapó la boca para que no lo viera, pero yo le lancé una mirada fulminante y tuvo que morderse el labio inferior.

—¿Buscas provocarme antes de que inicie este viaje? —gruñí girándome al idiota, bajando las extremidades. Él se encogió de hombros.

—Algo así, ¿cómo voy?

—¡Oh no señor, no vas a impedir que no me divierta! —negué con un dedo adelantándome primero que ellos al ascensor.

—Sólo digo, tienes unos trajes muy lindos en tu guardarropas y entre todos ¿enserio tuviste que escoger el más excéntrico? Vamos a un estadio de futbol, no a un desfile de modas. —dijo él rascándose la cabeza con una mano y la otra presionando el botón del elevador. Omi en vez de caminar, iba de salto en salto.

—Pensé que sería un elegante adorno en el estadio —dije.

Ladeó la cabeza sonriente. Las puertas se abrieron, Omi entró primero y Raimundo alargó el brazo casi estrechándome, sentí el fantasma de su mano cálida en la parte más baja de mi espalda descubierta (mi vestido era muy descotado por atrás). El diminuto espacio entre los dos estaba cargado de electricidad y me estremecí en respuesta. Todos mis pensamientos se enfocaron en este punto y mi corazón se estrujó. De reojo vi a Raimundo balancearse de un lado a otro, igualmente intranquilo. Yo apreté los hombros del Guerrero Monje de Shaolin, como si buscara transferirles mis cargas mientras intentaba permanecer en equilibrio.

—En ese particular tendrás el mejor estilo en cuatrocientos metros a la redonda.

—No sé qué te quejas: No está tan horrible. Es el último grito de la moda, muchas actrices y primeras damas han usado estos diseños y todos comentan que se les ve muy bien, pero si los usa la mujer común está mal. ¿Tu prejuicio es contra la moda o contra los animales?

—Para nada —sacudió la cabeza— me gustan los animales ¿y a ti?

—También y hasta demasiado, los dos últimos con quienes salí eran animales —Raimundo volteó y mi mano llegó hasta mi pecho—: mi ex era un asno y el tipo que me invitó a salir y me dejó plantada resultó ser en realidad un cerdo.

—¡AUCH! —carcajeó Omi. Raimundo disimuló una sonrisa bajando la cabeza y mirándose los zapatos. Las comisuras de mis labios dilataron una gran sonrisa.

—Touchè, supongo que estamos a manos, pero ¿quién las cuenta?

—Siete a ocho a favor de Kimi —señaló Omi. Raimundo clavó sus ojos en los del niño y él cambió el tema de conversación, desviando la mirada— ¿crees que podremos ver a alguien famoso jugar?

—Puede ser, por eso es mejor ir temprano —contestó.

—Omi, ¿no estarás tramando una travesura o sí? —indagué picándole su nariz. Omi se rió.

—¡¿Yoooooooo?! ¿Cuándo se ha visto a un Monje Guerrero de Shaolin faltarle el respeto a una estrella insufle de futbol?

—Querrás decir "insigne". Insufle es sinónimo de introducir.

—Por eso decía yo, quería introducir que era jugador de futbol. Como sea, soy un ejemplo para la sociedad, mis días de travesuras se acabaron...

Quisiera creerle a Omi de verdad, pero es muy embustero y manipulador, los tres habíamos guardado en un lugar de fácil de acceso nuestras credenciales para sacarlas diligentemente cuando nos la pidan. Iríamos en el coche del idiota, había un estacionamiento y estábamos bastante lejos como para caminar. Omi se montó atrás entre tanto nosotros íbamos adelante. Hubiera prefiero que Raimundo encapotara el vehículo, pero el hombre lo tenía descubierto a causa del calor. Las ráfagas de viento deterioraban mi maquillaje, necesité hacerme unos retoques de emergencia. Omi se recostó de espaldas y subió las piernas. Raimundo le indicó sentarse como debería, pero el chico apenas escuchaba.

—¿Falta mucho para llegar, hermano?

—Sí.

Omi puso los ojos en blanco y volvió a tirarse. En un cuarto de hora repitió la pregunta.

—¿Falta mucho para llegar, hermano?

—Sí.

—No te preocupes, llegaremos. Ten paciencia.

—¡Pero es que no puedo, tengo ganas de hacer chichi!

—¿Y por qué no hiciste antes de salir?

—¡Se me olvidó, lo siento muchísimo!

—¿No puedes esperar? —gimió Raimundo. Omi negó con la cabeza, el idiota miró a través del retrovisor la contestación. Se giró a ambos lados.

—¿Estás buscando un árbol? —pregunté.

—¡Un árbol no! ¡No puedo hacer chichi en un árbol! ¡Me daría vergüenza a que me miren!

—Y además, que es ilegal hacer actos inmorales en la vía —agregó Raimundo—. Bueno, —suspiró— podemos mirar si en los establecimientos nos dejarían usar su baño y si no... no estamos tan lejos de casa, ¿te podrías quedar cuidando el auto mientras vamos?

—¿Por qué no te quedas tú con el auto y yo me voy con Omi?

—¡No! —terció—. No es nada personal Kim, pero prefiero que vaya mi hermano por esta vez.

—Ya lo oíste: Cosas de hombres. Volveremos en un rato, te dejaré las llaves y cerraré todo por si acaso. Ya sabes cómo encapotar el auto —se estacionó a centímetros de la acera.

Raimundo hizo un ademán. Se bajó del coche y se dirigió a donde estaba Omi, al igual que si fuera sostener un muñeco lo levantó, lo puso en el piso y se lo llevó. Me quedé sola en el auto y sin nada qué hacer. Desde mi perspectiva actual no era el sitio más cómodo, pero por lo menos era tranquilito. Ahora que mi cerebro estaba menos podrido que hace media hora cuando discutía con el idiota, ordené las posibilidades de lo que yo podría hacer durante el plazo y las resumí en una lista mental. Me hundí en mi asiento y volvía a subir, entreveía a los coches flanquear a mi izquierda, leí cada uno de los anuncios que colgaban en la tienda e intenté inútilmente de inventar una forma a las nubes que flotaban encima de mi cabeza. Los músculos se me estaban cansando (común para las personas que no hacían yoga aunque su vida dependiera de ellos). A cada diez minutos revisaba la hora en el celular. ¡Dos horas, habían pasado dos horas! ¡¿cómo es posible?! ¡Omi mide más o menos un metro cincuenta! No puede orinar por una hora entera. La zozobra me estaba venciendo. ¡No me pudo haber abandonado aquí! Me dejó la llave de su auto como garantía y se fue con Omi, ¡no!

Busqué en mis registros a Raimundo, pero él no estaba allí. A mala hora la memoria decide jugar conmigo: Había anotado a Raimundo no por su nombre si no como "El idiota". Era el único nombre por I (el celular no tomaba en cuenta el artículo). Llamé varias veces, pero el celular estaba fuera de servicio. Sea el que sea el lugar donde estaban Raimundo y Omi no había señal. ¡Demonios, ¿pero qué infierno de cita es esta?! Les escribí mensajes de textos y les dejé mensajes de voz. No me devolvieron ni uno y ya estaba malpensando que quizás les había ocurrido algo serio y por eso no habían venido. Era eso o ambos se compenetraron en una broma de mal gusto, ¡pero las entradas eran reales!

Mis respiraciones endebles me hacían estremecer y una dosis helada de miedo se filtró en mi sistema cuando apareció de la nada un hombre, antes lo creía bizantino porque siguió de largo, pero no fue así. Regresó y trató de meterse o sacarme del coche. No me dio tiempo para pensar en nada. Abrí la boca para gritar y pedir ayuda, sin embargo, todo sucedió muy deprisa. Sé que lo arañé en la cara y mi tacón encajó en su ojo, el ladrón se cubrió gruñendo de dolor. Heme otra buena razón por la que mi colección de zapatos viene muy bien. Todos y cada uno de mis tacones de aguja es una buena arma maldita. Si hubiéramos luchado cuerpo a cuerpo, no dudaría en incrustar el tacón en la entrepierna, el pie o la espinilla. La enfermedad de la cojera me daría ventaja por una hora. No obstante, temía que sacara una pistola y me apuntara. Tenía más opciones de huir en el coche que abrir la puerta y echar a correr. Aproveché estos segundos. Encapoté el auto y me moví al asiento del conductor.

¡Al diablo las lecciones de manejo! ¡Iba a conducir esta mierda y saldría a cualquier costa! Giré la llave y empujé el pedal. El motor arrancó. ¡Maldición, maldición, ¿por qué no se mueve?! ¡¿Qué espera para moverse?! Como sabía que no podía llevarse el coche conmigo adentro, desistió y cogió mi bolso abandonado en el otro asiento.

—¡OYE!

Intentó escapar cruzando a la otra cuadra cuando un lujoso auto se atravesó justo en medio. El hombre se montó en la acera de nuevo y echó una carrera. Yo ya había salido, al mismo tiempo que el dueño del otro vehículo: ¡Era Jack!

—¡¿Kim, estás bien?!

—¡Mi bolso, mi bolso, se ha llevado mi bolso! —mostré con el dedo la ruta en que se fue.

Jack miró de refilón, se dio la vuelta y lo persiguió. Yo di un paso para alcanzarlo, pero me di cuenta que uno de mis tacones colgaba de mis dedos, me acordé que me lo había quitado para usarlo como arma. Sentí resquebrajar mi alma mientras prescindía del otro zapato, me arrojé detrás de mi ex. Tenía qué o si no podría romperse un tacón, ya es suficiente dolor al haber perdido un par. Ahora mis pies descalzos galopaban sobre el pavimento cuarteado y empedrado. Las minúsculas piedritas rozaban mi piel haciéndome daño. No sabía a dónde quería llegar con esto, si milagrosamente Jack atrapaba al que me robó tal vez necesitaría mi ayuda ¡¿pero qué estoy diciendo?! ¡Eso no tiene ningún sentido! Lo más seguro es que habría perdido su rastro, en ese entonces que haya salido habría sido en vano y me lastimé los pies innecesariamente. Sé que debía haber esperado, sin embargo, no sé si entienden. Estaba siendo dominada por un deseo mucho más fuerte que mi voluntad o el poder de la razón. Me consumía un deseo de correr. Quizás para liberar estrés o porque quería pillarlo.

Corrí unas cuantas cuadras abajo cazando la casaca gris de Jack. Mis piernas estaban como fideos, mis pulmones ardían, el viento como hojas cuchillo helado horadaron ambos lados de mi rostro y mi boca estaba seca. Lo acorralamos en un callejón contra una verja. Él trepó habilidosamente y saltó al otro extremo. Jack tiró su chaqueta y se esforzó por escalar, pero era más torpe en estas cosas que estaba teniendo mucho más cuidado del que debería. En cambio yo demoré menos tiempo y brinqué, para amortiguar la caída frené mis manos, pero al salir en la calle lo había perdido de vista. Volteé rápidamente. No hay rastros de mi bolso ni el ladrón. Pasé una mano desde mi frente peinándome hasta la coronilla, oportunamente me recogí el flequillo para que no me estorbara mientras yo escudriñaba desesperada. Nada. A última hora, Jack se unió a mí. Extenuada y sin aliento, me desplomé encima de él. Con la cabeza echada hacia atrás de su cuello y chorreada en sudor, chupé galeones de aire. No pude hablar por diez minutos. Jack me sujetó, rodeándome con su brazo.

—Escapó... —dijo él— ¡maldito bastardo! Vamos, regresemos, no hay nada que podamos hacer por ahora. ¿Y tus zapatos? —preguntó fijándose en mis pies más colorados que la tez natural de Raimundo, grasientos y con la pedicura resaltando a la vista, en aquel momento mis uñas tenían esmalte de coral—. Olvídalo, pediré que nos lleven —determinó buscando su celular.

Jack llamó a su asistente Vlad y éste, en el automóvil que vi hace un rato, fue por nosotros. Hicimos una parada para recuperar mis zapatos, celular y llaves del auto del idiota. Cuando empezamos a alejarnos de ahí, Jack me ofreció un vasito con agua (típico, autos de ricos ya vienen instalados con su propia máquina para agua) y apenas tragué duro, retomé el ingenio suficiente y las terminaciones nerviosas de hormigueo del miedo se fueron apaciguando le conté lo que ocurrió: Raimundo, Omi y yo íbamos al estadio de futbol, en el camino el niño necesitaba ir al servicio y en compañía de Raimundo se bajaron a buscar uno, entretanto los aguardaba apareció ese tipo y robó mi bolso. Jack explicó que estaba dirigiéndose a su casa cuando vio que ese hombre forcejeaba conmigo. Eché mi cabeza adelante y tapé mi cara.

—¿Era valioso? —preguntó, me volví hacia él— el bolso, ¿qué contenía además?

—Era un bolso Prada, sólo mi cartera y el pase de cortesía. Tenía el celular en la mano pues que revisaba la hora.

—¡Uf, carísimo! —puso una mueca de dolor—. Cuánto me apena no haber podido ayudarte con eso, Kim, tendrás que denunciarlo y dejar esto con la policía. Lo único de lo que no me cuadra es que hacías tú con Raimundo, creí que no volverías a hablar con ese mal sujeto…

—Tal vez nos precipitamos con respecto a él, Jack. Estuve haciendo unas averiguaciones y he descubierto que me he equivocado —dije con mesura—. Como sea, decidí ofrecerle una oportunidad.

—Uhm, disculpa que te esté contrariando, pero no puedo apoyar lo que deliberaste. Él te ha hecho sufrir demasiado y tú no mereces semejante humillación ni permitir que se burle otra vez, nadie lo merece. Por otra parte si es tan importante para ti, no voy a entrometerme y de ser necesario podría interceder por ti con él, no lo dejaré hasta que oiga lo último que tenga que decirle —¡ahí lo tienen! Otro que convocaría un comité contra que esté con Raimundo.

—¡Ay Jack, no debes hablar por mí! Eso es algo que perfectamente puedo hacer yo sola, de todas formas gracias por ayudar. Tú has hecho más de lo que hubiera esperado por alguien.

Embebido, esbozó una sonrisita débil y asintió. El color en sus hundidas y opacas mejillas comenzó a asomarse. Yo suspiré. Estaba ansiosa por oír cuál era la excusa de Raimundo de haberse atrasado. Jack insistió subir conmigo, pero yo lo desanimé y le di las gracias. Omi, Raimundo, un vecino del segundo piso y dos bomberos estaban reunidos en el pasillo frente al ascensor: Las puertas abiertas y las luces apagadas. Omi haló del pantalón del idiota, éste giró sobre sus talones: La sorpresa aumentó de grado en grado conforme me iba acercando.

—¡Kim, ¿qué estás...?!

—¿...haciendo aquí? Eso iba a preguntarte, tal vez tu historia resulte mucho más interesante que la mía.

—¡Nos quedamos atorados en el ascensor! —escupió Raimundo—. Tuvimos que volver, en ninguno de los restaurantes nos permitieron usar el sanitario a no ser que fuéramos clientes, ya íbamos de salida cuando el ascensor se detuvo de repente y tembló, escuchamos un ruido extraño, forcé las puertas, pero por nada en el mundo se abrían y pedimos ayuda. Ahora fue que nos sacaron ¡estaba a punto de llamarte cuando los bomberos empezaron a envolvernos con sus preguntas y...! ¡Demonios, Kim, lo lamento! —jadeó el idiota llevando las manos a su cabeza y prensando sus cabellos— ¡debiste haber estado muy preocupada!

—¡Sí, fue demasiado horrible y si no que te digan los bomberos! ¡Yo me estaba quedando sin aire allá adentro, casi creí que moriría por falta de oxígeno, Kim! ¡Esperando por horas que alguien nos rescatara! ¡Ni siquiera mis habilidades Shaolin nos pudieron sacar! Pateé y golpeé, ¡nada que abría! ¡Pero la peor parte fue cuando tuve que depender de otras personas para que me rescataran, es decir, nos rescataran! ¡Tienes que creernos: No fue nuestra culpa en serio! —murmuró.

La presencia de los bomberos; la puerta entrecerrada del apartamento y su residente afuera en pantaloncillos a cuadros rojos, camiseta blanca y babuchas de cuña, el ascensor fuera de servicio, el celular en mano del idiota, los rostros rezumados de los dos, sus pechos subían y bajaban a toda brida. El niño tenía las mejillas encendidas. Raimundo se rascó la cabeza. Aunque estaba asediada por el coraje, sus voces sesgadas entre la agitación y el cansancio, les creí. Permití la ira drenar y exhalé por la boca. Les referí lo que había sucedido conmigo mientras tanto. Ambos me miraron boquiabiertos cuando acabé mi relato. Procurando en no dejar ir un detalle. Mi voz era apenas un susurro audible, revivir estos recuerdos me mareó. El letargo había sido demasiado para mí por un día, me estaba venciendo. No estaba menos decepcionada que el pequeño, no sólo porque fracasó el objetivo inicial si no la pérdida de mi bolso (a pesar que guardé casi nada dinero, ahí si hubiera llorado con más ganas). Jamás he sido víctima de un atraco. La carne se me pone de gallina de pensarlo siquiera.

Ya no nos daba tiempo de ir para ningún sitio, Raimundo partió a recoger su auto cuando le devolví las llaves y me quedé con Omi hasta que llegara su abuelo. El Sr. Fung lamentó que no pudimos llegar a nuestro destino. Fui incapaz de reprimir mi consternación. Como cerca de las siete del día siguiente, posteriormente de haberme duchado (era la tercera vez que fui a lavarme, me sentía asqueada y quería sacar de mis poros este sentimiento) el idiota vino a hablar conmigo. Preparaba el desayuno cuando alguien tocó el timbre. Limpié mis manos y fui abrir. Si me vieran, aun temblaba y mis respiraciones eran frenéticas. Sus dedos jugaban con un objeto extraño: Eran los lentes anaranjados que yo le había obsequiado. Él levantó la vista.

—Kim perdona que te moleste tan temprano, pero necesitaba conversar contigo. Anoche no pude dormir porque estuve reflexionando. —No lo culpo, su noche tampoco pudo ser mejor que la mía— ¿puedo pasar?

—Sí, adelante —respondí un poco aturdida.

Raimundo asintió, paseó a través de la estancia. No se sentó, cualquiera que no lo conociera diría que estaba alterado, pero parecía sometido a las más profundas cavilaciones. Cerré la puerta y permanecí inmutable en mi lugar, decidí no abordarle si no esperar que comenzara hablar. De pronto se paró en seco y con agitados ademanes preguntó:

—Disculpa que insista, pero ¿el hombre que te asaltó aquella tarde tenía arma? —respondí con un gesto negativo con la cabeza. No que recuerde, nunca me intimidó ni con una pistola ni con una daga— bien, dices que entre todas tus cosas no se llevó tu celular, ¿puedo verlo?

Sé que me dejé llevar por la paranoia del momento, empero consideré que mi celular estaría más seguro conmigo que cualquier otra parte. Lo había guardado en un cajón de la mesilla de noche al lado donde yo dormía. Raimundo no iba a seguirme hasta mi dormitorio, nomás tomar precauciones no hace daño a nadie. Volteé la almohada del costado en que no tengo al horrible dibujo que hice del idiota y pegaba puñetazos como pera de boxeo cada vez que estaba reñida con él por la noche. Se me ocurrió la segunda vez que discutimos, sale mucho mejor que hacer un muñeco vudú y arriesgarme a una misión suicida que incluiría arrancar a la fuerza cabellos directos de su cuero cabelludo o cortar sus uñas (¡asco!) o robar alguna prenda de vestir o pañuelo; en cambio, una hoja de papel arrugada, una almohada, una cinta adhesiva y unos marcadores resultaba más práctico. Regresé cargando el celular y se lo di.

Me volví hacia él cruzando los brazos bajo el pecho. Yo no había entendido bien que quiso indagar haciéndome la primera pregunta, pero la segunda di en el clavo. Desde que reprobé el maldito examen de conducir dejé de inspeccionar los autos en venta así que no sé cuánto costaría uno en estos días; pero la economía actual del país y la demanda todos-quieren-un-auto especulo que mínimo se consumiría un año de mi sueldo en ambos empleos cutres, mi bolso es ostentoso, lo admito, al igual que los autos las marcas contrastan la diferencia entre una segunda categoría y uno de moda, pero ¿acaso un Samsung Galaxy y un coche tampoco lo son? ¿por qué no llevarse el premio gordo? El hombre me tornó mi teléfono y me miró a los ojos como si leyera mis pensamientos.

—¿Si sabías que detesto el anaranjado? —inquirió enseñándome las gafas de sol.

—No.

—¿Omi estaba contigo cuando elegiste estas gafas? Porque él sí sabía que no me gustaba el color.

—Sí, estaba de niñera cuando fui a seleccionar los regalos, y como no tenía idea que podría gustarte le pedí su opinión, ¿qué insinúas?

—Ambos sabíamos que Omi estaba detrás de la broma del champú y decidí perdonársela ya que fue una sola vez, pero que se haya guardado lo de la enfermera, compartió contigo una información errónea y me apartó de ti justamente cuando te asaltan y surge de la nada Jack, es un poco extraño. El robo fue extraño, abandonó cosas de mucho valor, estás bien...

—Aguarda, ¿crees que Omi está implicado?

—Bueno, no en todo, en esta última no al menos. Es demasiado rebuscado para él, pero yo recuerdo quien fue la persona que presionó los botones cuando bajamos en el ascensor y no había otra persona además de nosotros. Pienso que Jack planificó este show para aparentar ser un héroe, ¿no estás de acuerdo?

—No lo sé, Raimundo, sería señalar que Omi y Jack lo planearon juntos y no tiene sentido una unión como esa. A Omi no le cae bien Jack y él le tiene miedo de lo que le pueda hacer el pequeño. Pudieron habernos robado a todos de cualquier manera y Jack interrumpido el asalto, si hubiera querido lucirse cogería al bandido justo en el acto, lo cual me dejaría muy asombrada puesto que Jack no tiene un pelo de James Bond.

—Quizá no quería ser tan obvio, lo conoces y no puede cambiar eso. Por desgracia sólo son presunciones que he estado masticando y sopesando desde anoche fundadas sin pruebas.

—¿Hasta dónde quieres llegar con esto?

—No estoy seguro, tal vez excavar hasta llegar al fondo de la verdad —frunció los labios— si hubo una segunda significa que habrá otra y otra, si no se somete a una acción inmediata podría salirse de control. No me gusta tanto misterio. Y creo que esto es más serio de lo que creía, ¿de dónde dijiste que conoces a Jack?

Puede ser, pero no comprendo el vínculo entre ambas. Omi pudo haber sido responsable de las anteriores y Jack el autor intelectual de esta última, ¿demasiadas coincidencias? ¿es hora de creer en la causalidad? La poca convencionalidad de los hechos me hace conceptuar que dude que en verdad las cosas así sucedieron, ¿en qué saldría ganando Omi? ¿para qué Jack se tomaría tantas molestias? Raimundo parecía sugestionado una teoría, pero nada de lo que yo diría amainaría esos humos ni querría participármela.

Le conté que Jack y yo fuimos novios durante la secundaria hasta que rebasé el límite de la tarjeta de crédito que me regaló por mi cumpleaños, lo siguiente que fue es que a él le dio casi un paro cardíaco y no volvimos a saber nada el uno del otro si no mucho después, hace unos meses, coincidiendo en el tiempo que me había mudado y al parecer me quiere de vuelta. La mala noticia es que no estaba interesada en la oferta, pero el hombre seguía igual de recalcitrante. Raimundo se mostró inherente a un desconcierto insustancial, como si él lo hubiera estado esperando, sin embargo, me dejó continuar con mi relato. Nos retiramos a la cocina, tenía que terminar de preparar mis tortitas. Una opción deliciosa para el desayuno y que Omi amaba (bueno, todos los niños pequeños les gusta), luego de freírla añadiría sirope de chocolate, ¿tengo excusa? Es mi placer culposo. Ya me preocuparía por desaparecer esas calorías este sábado con una rutina extra en el gimnasio.

—¿Ya formalizaste tu denuncia, princesa?

—He tenido que atender otros asuntos: Entre la universidad y servir como niñera me quita tiempo.

—Perdona, pero esto no es algo que puedes postergar para después. Deberías hacerlo ya.

—Tranquilo —ni sé por qué hice eso, sus ojos verdes rodaron hasta donde puse mi mano en su hombro. Le dejé tan extrañado como a mí, tuve que disimular una sonrisa y separarme—. Jack me echó mi sermón ayer, no necesito de otro, pero de todas formas gracias. Pienso ir esta tarde —no me preocupaba, en la jefatura cuento con un amigo policía y es exactamente el delegado. Claro está, mi intención no es abusar de él.

—¿Podrías posponerlo hasta esta noche? Quisiera ir contigo, tomemos el bus, sería mejor si fuera: Mi auto se vio involucrado y tal vez te convenga no ir sola.

—No tengo por qué, podría decirle a Jack que venga conmigo y...

—¡Preferiría que no! —arqueé las cejas y él se aclaró la garganta— tú puedes elegir a quien quieras, pero no te quedes sola con ese estúpido, es todo.

—¿Ese estúpido? —me eché a reír— ¿acaso detecto un tic de celos en esa "orden"?

—Yo no soy un tipo celoso —puntualizó indiferente—; los celos son el último petardo para destruir una relación, no tiene nada de romántico un hombre o una mujer que sienta celos, derivan de la inseguridad, la desconfianza y el prejuicio, ¿sabes cuántas personas mataron a su pareja por celos que están pudriéndose en prisión? No lo he hecho hasta ahora ni jamás procedería tan enfermizamente. Sólo sigo una corazonada: Hay algo extraño en ese tipo que no me agrada.

—Sin ofender, pero también tuviste otras corazonadas con relación a mí y comprobaste que era un error. Lo llevo conociendo mucho más tiempo, confieso que posee una personalidad extraña y resulta quizá afeminado, pero es totalmente inofensivo. Si quieres acompañarme, está bien...

—¿Estás untando chocolate a esos panqueques? —señaló arrugando el entrecejo.

—Sí, es súper delicioso, ¿no lo has probado aun? ¿Quieres hacerlo? Abre la boca.

Apreté el sirope y disparé un chorro de chocolate en su mejilla. Reí entre dientes mientras lamía mis dedos bañados en dulce, con esa mancha perdía toda clase de seriedad. Él sonrió, se limpió un poco con el pulgar y se lo metió en la boca, asintió con la cabeza. No reprochó ni se quejó, prosiguió haciendo eso mismo hasta que la borró. Se enjuagó las manos y secó con el trapo en la cocina.

—Me pregunto qué pasaría si hubieses sido fea ¿te prestaría la misma atención de ahora? A menudo desearía que lo fueras.

—¿Y a qué viene eso? —gruñí, poniendo la mano en la cadera.

—Que por un momento parecía que te importara que sintiera celos. Es confuso, por extraño que parezca también yo lo quería. Bueno, ya me marcho.

—¿Al trabajo, profesor?

—No, voy a ver a mi Ford India 2009, es mi bebé.

—Tu automóvil de la Fórmula Uno, supongo, ¿algún día me llevarás a conocerlo?

—Claro, si te portas bien.

Raimundo robó una manzana de la canasta de frutas que ocupaba el centro de la mesa del el comedor, la pulió un poco con la manga de la chaqueta, la lanzó al aire y atrapó ex abrupto. Le metió un gran mordisco y se fue con ella. Pese que tenía un bigote de chocolate encima del bigote, vestía una camiseta con tiras y pantalón acampanado y mis pantuflas tenían cara de hámster lo perseguí. El hombre bajó las escaleras silbando jolgoriosamente ignorando el sonido de mi voz. Pero no regresó ni con su cuerpo ni con la manzana. ¡Ojo! Lo de si algún día me llevaría a conocerlo lo decía en broma, por supuesto.

—¡Oye, esa manzana no es tuya! ¡al menos si la quieres paga! ¡¿Y cómo es eso que si "me porto bien"?! ¡SIEMPRE me porto bien! —puse los ojos en blanco, cuando volteé había un muchacho rubio llevando a su perro que se había quedado mirándome— ¡¿y tú qué?! ¡Ay!

Y cerré la puerta.


A/N: Unos lectores felices es igual a la suma de una nueva actualización y una autora eficiente. Una autora contenta es igual a la suma de los comentarios y las visitas que le llegan por cada capítulo reciente. Perdonen, no me pude resistir. El episodio que viene y el subsiguiente son narrados en tercera persona, ¡pero animen ese espíritu! Ahora es que las cosas se ponen más jugosas. Hagan memoria de lo que les dije, de los capítulos treinta a cuarenta empieza lo que es bueno. Si se fijan en este y el capítulo consecutivo entre los personajes se está armando dos comitivas: Una en contra de que Raimundo y Kim sean novios y otra que está a favor. ¿Ustedes de qué lado están? Si los apoyan me imagino que es por una razón similar a la de Tomoko y si se oponen es por un motivo como el de Keiko (que el idiota, no, perdón, Raimundo no es buen hombre para Kim). Kei, Jack y Tomoko dieron su opinión. En el que sigue conocerán tres discernimientos más. Para que haya un equilibrio entre ambas partes.

En realidad este episodio abarcaría una escena extra, pero para no alargarlo y ustedes no chillen lo resumí hasta aquí. ¡Se me hizo largo! Admitámoslo o no, fue un capítulo que acabó más o menos parecido al anterior, ¡ya nos acercamos más a la decisión que tomará Raimundo! ¡Dos episodios, señores! ¿Ya vieron? Raimundo sospecha de Jack y Omi (cuando se trata de una pareja, uno de los dos tiene que ser al menos inteligente por amor a los clavos de Cristo), ¿veremos algo de eso en el capítulo que sigue? Sean sinceros, "¿el plan de Jack fue muy rebuscado?" Yo sé que lo fue, pero gran parte fue circunstancial aunque no lo crean, no quiero agregar detalles porque se explicará en el capítulo a continuación. No quiero sonar como la reina de lo obvio, sin embargo, la teoría de Tomoko fue lo que me basé para unir a estos personajes en esta fic: A veces los defectos de una persona pueden atesorarse como cualidades para otras personas. Ser imperfectos es lo que nos hace perfectos. Valga la redundancia.

Y por si fuera poco, el título del capítulo. Bien dice que siempre estaremos buscando a nuestra otra mitad (bueno, para mí la persona nace completa porque, malvaviscos asados, tengan en cuenta que no necesitamos un hombre/mujer para estar completos y ser felices, pero para todo el mundo existe un par perfecto) y se supone que éste/está tiene lo que tú careces (por eso "polos opuestos se atraen" no es una teoría loca). Sería divertido. No sé, en mi caso sería buscar un atleta extrovertido que lleva el alma de las fiestas. Eso me recuerda a un primo mío que dijo a mi tía: Mamá, yo voy a buscar un trabajo en donde lo único que tenga que hacer es sentarme... y se convirtió en un profesor reconocido. Tampoco nos vamos a caer a coba que tendremos que someternos a lo que no nos gusta. Eso es mentira.

Ejem, el capítulo que viene no se lo pierdan por nada del mundo. ¡Edición de oro! (es un decir) ¡capítulos especiales es lo que sobra! Recuerden, tienen una cita este martes de la semana que viene para ver: Apostar es arriesgar. ¿Comentarios, críticas, dudas o sugerencias? ¿favoritos o follows? ¡No lo olviden! Si comentan, Raimundo aparecerá en sus sueños (si es hombre, Kim aparecerá en sus sueños). Yo no prometo nada, pero hay quienes dicen que la imagen venden ¿no es así? ¡Saludos y cuídense queridos míos!

PD: Anteayer fue el día del escritor de mi país, tienen cinco minutos para felicitarme *después de los cinco minutos* ¡Gracias, muchas gracias! *eres una payasa, Alice*