Disclaimer para este y los siguientes capítulos: Todos los personajes que conocen son de JK Rowling, el uso de ciertos nombres son mera coincidencia y no tienen el propósito de herir o burlarse de alguien. El nombre del fic lo base en la película "Cuando Harry conoció a Sally" (When Harry met Sally) pero el contenido del fanfic no tiene que nada que ver con el de dicha película.
Cuando Scorpius Conoció a Rose
LIES
Mi tarde con Ray me recordó a nuestros viejos tiempos. Cuando no teníamos que preocuparnos tanto de nuestro futuro, cuando aún éramos inmaduros, llenos de sueños y disfrutando el momento en vez de saber qué debíamos hacer cuando saliéramos de Hogwarts. Aunque yo siempre he pensado en esas cosas, también encontraba un hueco en todas mis preocupaciones para relajarme por una vez en el día. Generalmente encontraba este hueco con Ray (y lo hacía con Owen).
-¿En qué estás pensando? –susurró en mi oído mientras nos recostábamos sobre el pasto, mirando al lago.
Cerré mis ojos, disfrutando de la sensación del aire, mientras Ray tenía su mano en mi cintura. A pesar que aún estaba esperando a que las cosquillas en mi estómago llegaran, ya no me importaba mucho que no pasara. Si es que no llegaban, era porque ya estaba acostumbrada a estar con Ray, concluí. Estaba tan acostumbrada a su presencia alrededor mío que ya no sentía lo mismo que sentían toda la gente cuando empezaban a salir.
-Nada en particular –respondí, curvando mis labios en una media sonrisa.
Nos quedamos así, él preguntándome cosas y yo contestándolas, por otros diez minutos más. Lo que no me gustaba tanto acerca de Ray era que hablaba más de lo necesario. A veces prefería eso al silencio incómodo que se producía en algunas ocasiones, pero él podía marearte con tantas palabras que tenía…
Sentí cómo su brazo se movía hasta llegar a mi muñeca izquierda, donde estaba mi reloj. Al momento siguiente, su cuerpo se tensó y se levantó del suelo.
-Bueno, creo que es hora que vuelvas a tu sala común –dijo mientras estiraba sus brazos.
Me levantó del suelo como si se estuviera apurando, y tomó mi mano, sin soltarla hasta que llegamos a mi sala común. Me dio un rápido beso de despedida y desapareció por el pasillo. Frunciendo el ceño, murmuré la contraseña y entré por la alfombra que cubría la pared. Como lo esperaba, la sala común estaba desierta, por lo que subí a mi habitación sin tomarme la molestia de chequear si el otro Premio Anual estaba en su habitación.
Me acosté sobre mi cama, sin importarme que fuera aún estaba de día, y cerré mis ojos, volviendo a soñar lo mismo de la noche anterior…
A la mañana siguiente, me levanté perezosamente, sabiendo que era domingo, por lo que no debía prepararme para clases. Me tomé una larga ducha, quedándome dormida más de una vez debajo del chorro de agua. Dejé que mojara cada centímetro de mi cuerpo, como lo hacía cada vez que me duchaba, para que me liberara de todas las preocupaciones que me esperarían al otro lado de la puerta de mi baño.
Esta era mi parte favorita del día. Quedarme debajo de la ducha, con los ojos cerrados, sentada en la tina abrazando mis rodillas sin que nadie me molestara. Sabía que me veía vulnerable, pero era el único momento que me permitía ser vulnerable.
Ni me tomé la molestia de secarme el cabello, aunque sabía que si no lo hacía se iba a convertir en un arbusto con piernas. Bajé al Gran Salón a paso lento, y al llegar me di cuenta que ya estaba lleno. No podía divisar a Albus ni a Ray en la mesa de Gryffindor, tampoco a mi hermano o Lily, por lo que me senté en el único lugar donde había gente que conocía: la sección de mis compañeras.
Al ver que tenían un espacio abierto, caminé lentamente hacia ellas, atrasando la hora de sentarme. Sabía que aún me odiaban, y que las miradas fulminantes que me mandaban eran sólo para que no me olvidara de ese hecho. Cómo fuera. No era como si yo las adorara, de hecho, me sentaba con ellas para no quedarme sola en la mesa de mi casa.
Podía sentir sus miradas sobre mí mientras preparaba mi desayuno. Leche, tostada, y tocino. Miradas fulminantes, voces de Banshees, y compañeras que te querían atacar. Era domingo, ¿quién iba a trabajar en el día de descanso? Bueno, esa regla no se encontraba en mi lista, porque yo trabajaba en los deberes extra cuando quería, sin importarme el día.
Lisa, quien se sentaba a mi lado izquierdo, carraspeó más fuerte de lo necesario, tratando de llamar mi atención. Ah, Lisa…solía ser tan amistosa y ahora estaba convertida en el almirante del ejército de Martha…
Merlín, Albus debió haber estado demasiado enojado conmigo como para salir con alguien como Martha.
-Así que… -me fijé en Martha, quien estaba sentada al lado de la chica al frente mío. Sus codos estaban apoyados sobre la mesa mientras que su mentón estaba sobre sus manos entrelazadas.
Era la primera vez que me hablaba desde la cena de la segunda noche de escuela, y eso había sido hace casi cuatro semanas. Alcé mi ceja, desinteresada, masticando mi tostada indiferente. Martha tenía su ceja alzada también, pero con una expresión completamente diferente a la mía. Ella me veía con superioridad, como si fuera cien veces mejor que yo.
Cosa que, por supuesto, era mentira, porque todos sabían que Rose era mejor que Martha. Porque Rose podía referirse a sí misma en tercera persona.
-¿Has podido dormir? –preguntó, sacándome de mis pensamientos. Por un momento pensé que ellas ya no estaban sentadas alrededor mío.
Sin embargo, al momento siguiente, me pregunté porqué vine a sentarme con ellas.
-¿Porqué preguntas? –dije yo, dejando la mitad de mi tostada sobre mi plato.
Lisa acomodó su cabello detrás de su hombro con un movimiento que podría romperle el cuello a cualquier persona. Pero mis compañeras no eran personas comunes…
-¿Porqué sería? –preguntó como si fuera lo más obvio- Me pregunto cuántas personas cabrán en su cuarto –siguió-. Como Albus ya no está interesado en mí, tal vez podría hacerme un espacio…
Si no fuera porque estábamos en el Gran Salón, hubiese sacado mi varita y lanzado un Avada Kedavra a todas mis compañeras. No sabía qué era lo que me daba el impulso, probablemente el hecho que mencionó el nombre de mi primo, pero una ola de rabia invadió mis extremidades. Empecé a respirare pesadamente, y esta vez no era por hiperventilación. No. Esta vez era lo la estupidez de la gente a la que solía hablar.
Negué con mi cabeza lentamente, tratando de calmar mis ganas de estrangular su cuello mientras las demás lanzaban pequeñas risitas.
-Nunca pensé que podrías caer tan bajo… -dije en un tono casi inaudible para mis propios oídos. El resto de las chicas se acercaron más hacia mí, tratando de escuchar lo que iba a decir.
¿Querían saber lo que quería decir? ¡Pues yo les iba decir…!
-Ah, pues claro –escupí-, como mi primo se dio cuenta que no valías la pena ahora te vas con Malfoy, porque sabes que a él no le importa si eres sangre pura, mezclada…
Un dolor en mi rodilla me hizo detener. Miré a Martha con fuego en mis ojos, en ese mismo momento la odiaba más que nunca. El hecho que me haya pateado en la rodilla sólo lo hacía peor. Me fijé en su expresión. Estaba con los ojos abiertos como plato, mirándome furiosa, con sus dos manos apoyadas sobre la mesa, enterrando sus uñas…
-Me imagino que tú ya lo has hecho, Weasley–
-No –interrumpí-. Yo no soy tú. Yo no voy buscando lo que tú quieres, Martha –mi tono era tan monótono que me sorprendía a mí misma.
Me levanté de mi asiento, dejando al resto de las chicas sin palabras para defenderse de mi ataque. Esta discusión la gané yo, y espero que sea la última, porque no iba a volver a hablarle a ese grupo de cabezas de escoba. Escuché a Martha golpear la mesa con sus manos, exasperada. Hasta incluso podía leer sus pensamientos: Esto no se queda así. Y no se iba a quedar así, estaba segura, pero iba a evadir nuestros futuros encuentros como me fuera posible.
-¡Sólo crees que me puedes tratar así porque eres hija de héroes de la guerra!
Me detuve.
¿Cómo dijo?
Mi cuerpo, involuntariamente, se dio media vuelta y se encontró con una muy enojada Martha. Merlín, estaba segura que sus garras habían crecido también.
-¿Qué fue lo que dijiste? –murmuré en un tono bastante peligroso. Ese tono lo usaba sólo para ocasiones especiales.
Martha se cruzó de brazos, con una sonrisa triunfante en sus labios, y quise golpearle en la cara.
-Lo que escuchaste.
Mi mano fue hacia mi bolsillo, en busca de mi varita. Tal movimiento fue tan rápido que ni me di cuenta cuando ya estaba apuntando a Martha. Ya no me importaba que estuviéramos en el medio del desayuno, con todos los alumnos y profesores observándonos con interés. Sólo quería ver a Martha con la cara llena de granos púrpuras y canarios volando sobre su cabeza. Estaba a punto de lanzar un hechizo cuando otra mano se puso sobre la mía, tomándome por sorpresa.
-No vale la pena –esa era la voz de Albus.
Miré a mi lado y me encontré con su rostro, mirando hacia frente sin expresión en sus ojos. Era una de las tantas veces que se podía confundir con tío Harry. La misma expresión serena, pero sin mostrar nada.
Bajé mi brazo lentamente, sin volver a mirar a mis es compañeras de cuarto, y salí por las puertas del Gran Salón sin mirar atrás.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a decir que creía poder hacer eso? ¿Que acaso ella sabía lo que era tener a Ron y Hermione Weasley como padres?
No.
Nadie sabía cómo era ser la creación de héroes de la guerra. Excepto los Potter y el resto de mis primos.
Mamá me enseñó que nunca debía actuar como si fuera más importante que los demás porque ellos no tenían padres como los míos. Me enseñó a actuar como una igual. El resto de la comunidad mágica tenía los mismos derechos que yo, y yo tenía los mismos derechos que ellos. Punto.
Pero nunca –nunca- me aproveché del hecho que mamá y papá eran los mejores amigos del Niño Que Vivió. Nunca lo hice y nunca lo haré. Porque eso era llegar tan bajo, que podrían compararme con un mortífago o el mismísimo Lord Voldemort. Martha estaba enferma de la cabeza, porque ella sabía que después de habernos pasado los últimos seis putos años conociéndonos, nunca me aprovecharía de mi estatus.
Era una idiota. Y las demás también. Y pensar que por un tiempo tuvimos la posibilidad de se más que conocidas, convertirnos en amigas… Estaba feliz que decidí alejarme de ellas. No quería convertirme en alguien así. No quería ser parte de su pequeño y estúpido grupo. Sería parte de la minoría por el resto de mis meses en Hogwarts.
-¿Cómo quieres que me calme? –pregunté al desplomarme sobre el sofá de mi sala común.
Albus estaba parado delante de mí, con los brazos cruzados, sereno. Me había dicho que me calmara, pero no entendía cómo quería que me calmara si Martha había tratado de humillarme en frente de toda la escuela. Ay, la despreciaba tanto…
-Martha no tiene cerebro, tú sí –aseguró, sentándose al lado mío-. Rose, no dejes que ellas te provoquen-
-¡No me están provocando! ¡Ella usó una razón inválida para acusarme de algo que yo no hice! Albus…
-Y tú eres más inteligente que ella –me calmó, poniendo sus manos sobre mis hombros.
Maldición, odiaba a las chicas de mi curso.
-Es que-
-Será mejor que te quedes aquí por el resto del día –sugirió al interrumpirme.
Y lo hice.
No salí durante todo el día. Tomé por hecho que Albus le había avisado a Ray que estaba en mi sala común; sin embargo, él nunca vino. Mi primo sólo venia a dejarme comida, y Malfoy iba y venía a veces, sin quedarse más de cinco segundos en una misma habitación. No era que me importara que estuviese aquí o no. Después de nuestro acuerdo de ser civilizados con el otro, habíamos decidido silenciosamente que nos ignoraríamos. Era como si todo lo que hubiese pasado antes de que los dos fuéramos elegidos como Premios Anuales nunca hubiese pasado. Las ganas de insultarnos todavía estaban visibles, pero no tanto como antes.
De hecho, Malfoy se había convertido en alguien bastante… maduro. Cada vez se parecía más al chico con el que me senté en mi primer viaje a Hogwarts.
Me pregunto si estaba presente en la escenita que tuve en el Gran Salón esta mañana…
Las ganas de hechizar a Martha volvieron a invadirme. Antes que ella empezara a interesarse en mi primo, era una de las chicas a la que le hablaba más. No consideraba a mis compañeras de cuarto como amigas cercanas, porque nunca les conté ninguno de mis secretos ni nada. Estaba –estoy- muy preocupada con mis deberes como para tener una vida social fuera de los libros y de los paseos de Hogsmeade. No me importaba que no hablara tanto con el resto de mis compañeros; era suficiente conversar con Albus cuando él no estaba con sus amigos, y los libros tampoco eran mala compañía.
De hecho, hasta este punto, habían sido la mejor compañía que había tenido, excluyendo a mis primos.
Por eso, en ese mismo momento, me encontraba haciendo mis deberes extra. Era la única manera de distraer mi mente, pensando acerca de las teorías de Transformaciones, los nuevos hechizos de Encantamientos, la anatomía de una mandrágora… Era mi terapia, una de las pocas cosas que me podían calmar cuando estaba descontrolada. Aunque a veces no funcionara, era algo en que podía contar.
Hacía más trabajo de lo necesario. Los profesores nos asignaban un ensayo de dos pergaminos, yo hacía tres. Diez de las quince preguntas del libro, yo hacía las quince. Siempre me parecía que era necesario dar más esfuerzo que el requerido, sólo para tener mejores resultados. Eso lo aprendí de mamá, quien siempre llevaba un libro de 600 páginas como "lectura ligera".
Ahora mismo me encontraba en la sala común, con mis libros esparcidos por todo el suelo frente a la chimenea, que aún tenía unas cuantas leñas prendidas. Eran pasadas las doce de la noche, y al día siguiente – o en unas horas más- teníamos clases. Estaba acostada sobre el sofá, con un pergamino sobre mi estómago, mientras contemplaba la leña quemarse lentamente…
No podía dormir.
Porque después de haber terminado todos mis deberes, y los que yo me hacía para mí misma, no tenía nada más que hacer, por lo que los acontecimientos de esta mañana volvieron a mi cabeza. Merlín ¿sólo de esa mañana? No. De hecho, de todo el tiempo. Como la primera vez que hablé con Malfoy, tratando de conocerlo más. Papá ya me había advertido que debía ganarle en todo, lo que he estado haciendo hasta este día. Habían excepciones, pero la mayoría de las veces, era yo quien salía en primer lugar y él en segundo. Siempre era así. Siempre sería así. Pero ahora que estábamos actuando civilizadamente… era como si volviéramos a mediados de Sexto Año, cuando él me ignoraba completamente, como si no existiera. Ahora no me molestaba porque sabía que había una razón, y porque yo también lo hacía. Pero el aire misterioso que podía envolverlo cada vez que…
Eso me hizo pensar en el accidente de Lucy. Cuando estuve más cerca de su rostro por más tiempo que las veces que he estado con Ray u Owen. Debía admitir que me sentía algo cohibida debajo de sus ojos, aunque no le prestaba mucha atención a ese tipo de cosas en ese momento, porque…
Mierda. Eso me hizo pensar en mi regalo de cumpleaños. El momento en que más odié a Malfoy, porque no tenía ni una pista de porqué me había besado. Los últimos encuentros que tuve con Malfoy antes de ese, podía deducir que eran por simple odio mutuo o competencia académica, pero cuando me besó… no pude ni pensar en una explicación para mí misma.
No podía cerrar mis ojos, por mucho que quisiera. Demasiados recuerdos invadían mi mente, y aunque estuviera cansada, mis ojos no cedían. Estaba tan calmado que podía escuchar mi respiración, las aves del otro lado de la ventana… Estaba tan pacífico, pero algo faltaba. Sentía que una pieza del rompecabezas estaba perdida, y que no sabía como encontrarla.
El abrir y cerrar de una puerta me despertó de mi hipnotización. Levanté mi cabeza de la posa brazos del sofá para poder ver a Malfoy bajar de las escaleras a la sala. Después de bajar el último escalón, se dio cuenta que yo estaba acostaba sobre el sofá. Se quedó allí, mirándome fijamente, por unos segundos antes de empezar a avanzar de nuevo. Repentinamente, volví a sentirme cohibida debajo de sus ojos.
A pesar que su mirada conectada con la mía me hacía sentir desnuda, no me dejé apartar mis ojos mientras él caminaba hacia delante de la chimenea. Estudié cada uno de sus movimientos. Primero, me dio la espalda, para después sentarse en un espacio que mis libros no habían ocupado. Segundo, como este espacio estaba tan cerca del sofá, Malfoy apoyó su espalda en dicho mueble, su nuca a centímetros de mi rostro. No sabía porqué había bajado de su habitación para sentarse en el duro suelo de la sala común y apoyar su espalda en el sofá; pero sabía que él tenía el mismo problema que yo: no podía dormir.
No necesitaba escuchar sus razones, porque no quería compartir las mías. Sólo nos quedamos así, en un silencio que, por primera vez, no fue incómodo. Malfoy y yo estábamos tan acostumbrados a lanzarnos insultos que cuando nos quedábamos callados era como si no fuéramos nosotros mismos. Sin embargo, esta vez fue diferente. El silencio era más necesario que las palabras. Y el silencio me gustaba. Al igual que su fino y casi transparente cabello.
Merlín, era tan rubio que se podían hacer pasar por canas. Pero las canas no eran tan brillantes o sedosas como el cabello platinado de Malfoy. Por lo menos no las de los abuelos Weasley y Granger. El cabello de Malfoy era… bien cuidado, sedoso, con una gracia que sería difícil de alcanzar para cualquier persona menos él. El cabello que tenía adelante le daba un aire de elegancia que pocos podían imitar. Era como si hubiese nacido con esa cualidad.
Me dieron ganas de tocar los mechones cortos y desordenados que estaban en su nuca. Aunque seguía viéndose bien, uno podía deducir que se había dado varias vueltas en la almohada.
Y lo último que registré fue mi mano estirándose para rozar el mechón que estaba más cerca de mi cara, porque al segundo siguiente tenía mis dedos metidos en su cabellera. Merlín, ¡era más suave que la mía! ¿Cómo diablos lo hacía para mantener su cabello tan perfecto? Bueno, debía ser algo bastante eficiente, porque seguramente no era la única que había anhelado tocar su cabello.
¿Anhelado a tocar su cabello? Sí. Porque el hecho que éramos enemigos no me prohibía a anhelar a tocar su cabello.
Merlín, era tan sedoso.
Malfoy movió su cabeza ligeramente, y por un momento volví a la realidad y me di cuenta de lo que estaba haciendo. Ahora me encontraba sentada sobre el sofá, con mis manos sobre el cabello de mi peor enemigo. ¿Alguna excusa válida? No lo creo. Pero a Malfoy no parecía importarle el hecho que estaba masajeando su cabeza. De hecho, era bastante relajante para mis dedos cansados. Su cabello era tan liso y ordenado que no tenía ni un nudo, cosa que el mío no podría alcanzar ni con la poción más poderosa para tratamiento de cabello.
De hecho, parecía que Malfoy también lo estaba disfrutando, porque inclinó su cabeza hacia delante, dándome más acceso a la parte de atrás de su nuca. Los cabellos de atrás eran más cortos que los de adelante, y también más suaves. Su cabello era tan liso que no tenía ni un remolino. Era perfecto.
La siguiente cosa que hice me sorprendió demasiado. Dejé su cabello en paz y mis manos se fueron a sus hombros, indicándole que se levantara del suelo y se sentara al lado mío en el sofá. No sabía qué era lo que me hacía hacer todo esto, pero no quería enterarme ahora. Se sentía correcto. Me sentía completa.
Esta vez estaba viendo su rostro. Se veía cansado, con unos cuantos mechones cayendo sobre sus ojos grises. Levanté mi mano y moví los mechones de caían sobre su rostro hacia un lado, repasando el contorno de su rostro con las yemas de mis dedos. Él seguía mirándome fijamente como lo había hecho hacía unos momentos atrás, sin pestañar, como si estuviera hipnotizado. Pero la verdad era que yo era la que estaba hipnotizada con sus ojos. No sé. Cada vez que me encontraba con ellos me hundía en la profundidad de sus iris.
Apenas pude sentir cuando él rodeó mi cintura con sus brazos, y ambos caímos sobre el sofá, él sujetándome mientras yo le daba la espalda, con mi mano aún tocando su cabellera. Cerré mis ojos, sintiendo la respiración de Malfoy en mi espalda, mis piernas enredadas con las suyas, y finalmente me dormí.
Lo primero que vi cuando abrí mis ojos fue el escudo de Hogwarts. Pestañeé unas cuantas veces, acostumbrándome a la luz ¿Dónde estaba? Miré a mí alrededor, y me encontré con todos mis libros esparcidos por el suelo de la sala común, al igual que mis pergaminos y plumas. Lo segundo, fue un terrible dolor en mi espalda, y de la incómoda posición en la que estaba. Mi brazo derecho estaba estirado, saliendo del sofá –sí, estaba durmiendo en un sofá-, mientras que es izquierdo estaba sobre mi cabeza, tocando algo.
Y ahora todo volvió a mi mente.
Oh, no, hiperventilación, hiperventilación…
Mi mano izquierda estaba enredada en el cabello de Scorpius Malfoy. Sus brazos estaban rodeando mi cintura, sujetándome cerca de él, sin dejarme ir. Su respiración me llegaba al cuello, y me daba cosquillas mientras toda mi espalda subía de temperatura. Mis piernas y las suyas estaban hechas un nudo difícil de deshacer, y sentía más frío que se costumbre.
Pues claro, dormiste abrazada a alguien que no era tu novio y a ninguno de los dos se le ocurrió ir a buscar una manta.
Me levanté lentamente, rascándome mis ojos con una mano mientras la otra estaba tocando el estómago de Malfoy. Sus brazos habían caído de mi cintura a mis piernas, dormidos, con sus palmas mirando hacia arriba. Sus dedos eran flacuchos y finos, como su rostro. Perf…
El movimiento de su índice me indicó que él también se había despertado. Lentamente, sus brazos se levantaron de mis piernas y su torso se encontró al mismo nivel que el mío. Él también se sentó en el sofá, tratando de buscar mi mirada, pero yo lo evitaba. Después de haberse pasado varios momentos tratando de llamar mi atención, tomó mi cara en sus dos manos y no tuve otra opción más que mirar en sus ojos. Estábamos tan cerca que podía sentir su fragancia sobre mí. Era helado. Refrescante. Sus ojos no se separaban de los míos, y lentamente se acercaba más y más…
-No –interrumpí, moviendo mi cabeza hacia un lado.
Malfoy aún no soltaba mi rostro, podía sentir que el suyo seguía tan cerca como antes. Lo pude confirmar cuando volví a mirarlo, encontrándome con algo que nunca antes había visto en su expresión.
Anhelo, súplica, tentación…
Sus labios estaban a milímetros de los míos, podía sentir su aliento en mi boca. Sólo un poco más e iba a besarlo…
-No puedo –me aparté nuevamente.
Él soltó mi rostro, dándome a entender que no estaba satisfecho con mi reacción.
-¿Porqué? –preguntó, molesto.
-Porque estoy en una relación –respondí, acordándome de Ray por primera vez desde ayer.
¡Y el premio a la novia de año va a Rose Weasley, por año consecutivo!
En serio, estaba demasiado ocupada con mis deberes como para acordarme que tenía un novio. En mi diccionario, los estudios eran mi prioridad, recuerden eso.
Malfoy lanzó un bufido, indignado con mi respuesta. Pues claro, era la primera vez que alguien le rechazaba.
Y estaba feliz de ser la primera persona.
Se alejó de mí lentamente, levantándose del sofá y dándome la espalda. Estudiaba cada uno de sus movimientos, leyendo sus pensamientos con la manera que su cuerpo decía. De hecho, era la primera vez que me fijaba en su cuerpo, por así decirlo: sus hombros eran anchos, al igual que su espalda. Era delgado, seguro que más que yo, y sus brazos tenían los músculos algo enfatizados…
¡Estudié algo de anatomía humana y qué!
Alejé esos pensamientos de mi mente al sacudir mi cabeza, mientras también trataba de hacer que mi cara volviera a su color normal: estaba roja. Malfoy se dio vuelta, y estaba lista para cualquier insulto que me iba a decir, o cualquier frase. Estaba lista para todo, menos para lo que dijo:
-Singh te está engañando.
Esperen.
¿Qué?
-Singh te está engañando –repitió al ver mi expresión.
Aunque no había ningún espejo donde me podía mirar, sabía cómo me veía. Mi rostro demostraba lo chocada y confundía que estaba. Sus palabras…no cabían en mi cabeza. Es decir, ¿Ray engañándome? Eso era imposible, el chico me quería como el calamar gigante a sus tentáculos. Era…imposible.
Malfoy, por el otro lado, tenía la suficiente inteligencia para pensar en una mentira como esa.
-Estás mintiendo –acusé, levantándome abruptamente.
-Que no.
-Malfoy…
-¿Porqué no me creerías? –preguntó subiendo el tono de su voz.
¿Qué por qué no le creería? Estaba hablando con mi peor enemigo, claro. Iba a creer cada palabra que saldría de su boca.
-Cállate, Malfoy, ¡no sabes de lo que estás hablando! –me defendí.
Malfoy frunció su entrecejo, creando una pequeña línea en su frente. Algunos cuantos cabellos más cayeron sobre su rostro, aunque no eran suficientes para cubrir su expresión de desconcierto.
-Lo que sea, Weasley –dijo después de unos cuantos segundos en silencio-. Pero no quiero que vengas a mi sala común llorando y diciendo lo infiel que es Singh.
Disculpa mi ignorancia, ¿pero de qué mierda estaba hablando?
Al terminar de decir dicha frase, Malfoy se dio media vuelta y desapareció por las escaleras a su cuarto. Yo me quedé parada en el mismo lugar por, mmm.....… ¿cinco minutos? No lo sé, pero se sintió como una eternidad. No todos los días alguien te decía que tu novio te estaba engañando, ¿verdad?
Agh. Malfoy era una cabeza de escoba.
Gracias a Laila Potter M.D por ofrecerse a ser mi beta y mejorar esta historia. Su trabajo es increíble y le agradezco por corregir mi historia. Vayan a su profile a leer sus historias! Y también a Amanda , mi prima, la otra dueña de esta cuenta :P
Las palabrotas las saqué del video "Wizard Swears", la idea y -lamentablemente- los muñecos le pertenecen a Neil Cicierega.
Sí, les dije que me iba a demorar en subir otro capítulo más! Lamento no haber respondido ninguno de sus reviews, no he tenido tiempo. Ojalá que este capítulo les guste :) Cada vez se pone mejor y mejor. No sé cuándo subiré de nuevo, puede que me tome meses en hacerlo. Los quiero.
Juro solemnemente que pondré un review en cada fic que lea, sin excepciones, para seguir alegrándole el día al escritor/a
atte
Mrs Scorpius Malfoy
