Día 18 tras nuevos sentimientos
…daria. ¡Legendaria! O eso creía el ítalo al comienzo hasta que vio como el francés llegaba al poco de que Elizabeta se hubiera alejado para bailar y charlar con Antonio.
Lovino bebió su tercer vaso de mala gana, empezando a notar como el mundo quería tumbarse, ¿o era él el que lo estaba haciendo? De eso no estaba seguro. Por suerte, estaba sentado todavía. Frunció el ceño y miró fijamente a Elizabeta, como tratando de decirle mentalmente todo lo que debía hacer y mencionar. La morena sólo se dedicó a mirarle en respuesta y encogerse de hombros, sin entenderle las intenciones. Tras esto, le alzó el pulgar en señal de que las cosas iban bien y volvió a girarse para seguir bailando y conversando con el español.
–Está más borracho que Gil en el Oktoberfest…– Soltó la joven, riendo frente a Antonio.
–¿En serio…?
Prestó atención hacia el italiano, el cual estaba mirando fijamente su vaso vacío, además de zarandear la cabeza de vez en cuando de un lado a otro, como cansado o con sueño.
–Creo que será mejor que lo lleve a casa.
–¡En absoluto!– Agarró el brazo de su acompañante en un acto desesperado, aunque después lo soltó mientras reía entre dientes– Deberías charlar un poco con él. Puedes preguntarle cómo se encuentra y, si está bien, puedes bailar con él… Yo creo que quiere eso.
Los gruñidos de Lovino podían ser escuchados desde la lejanía. Antonio rio un poco y negó con la cabeza.
–No lo veo realmente bien cómo para quedarse.
–¡Eso es porque se pone tonto fácilmente con el alcohol! Pero tranquilo, ¿eh?, que está perfectamente. Lo he visto vaciar botellas sin dificultad alguna y seguir perfectamente, aunque borracho.
Elizabeta sonrió y se alejó de él, dispuesta a llamar al menor para que éste al fin pudiera charlar con "su príncipe azul". Nada más dar dos pasos, sintió como ciertas personas se habían acercado y rodeado a Antonio. Francis y Gilbert lo habían apartado de ella cuando menos atención les había prestado. Frunció el ceño y agarró el brazo de su pareja para apartarlo.
–¿Pero qué hacéis?– Preguntó la muchacha con el ceño fruncido.
–Nos apetece hablar también con Toño. Es nuestro amigo, ¿lo recuerdas?
–¡Sí, pero tenéis muchos más días para hacerlo! Lovino quiere bailar con él, pero con vosotros cerca le va a ser imposible.
–¡Antonio no caerá en las garras de ese hombre de nuevo!
–¡No me fastidies el plan de boda, Gilbert, o sabes lo que te espera!
El albino mostró una mueca de horror al escuchar la amenaza que la muchacha le acababa de susurrar en el oído, pero no tardó mucho en volver en sus trece.
–¡No! Ese chico no es bueno.
–¡Tú sólo dices eso porque no te cae bien!
–Exacto. Gracias por comprenderme– Sonrió, como si realmente le hubiera dado la razón.
–¡Qué no! ¡No vas a parar el amor homosexual que estos dos tienen! ¡Nadie puede pararlo!
Gilbert le enseñó la lengua y volvió a hablar con sus dos mejores amigos. Elizabeta frunció el ceño todavía más y fue junto al borracho de la barra, es decir, Lovino.
–Lo siento– Se disculpó al sentarse justo a su lado.
–¿Por qué?– Preguntó éste con el vaso todavía vacío entre las manos.
–¿El plan quizás…?
El italiano miró hacia ella y alzó ambas cejas.
–¡Ah! ¡Cierto!– Vio con una auténtica mirada asesina a los que habían apartado a Antonio todavía más– Esos… esos… brócolis. ¡Se van a enterar!
Se levantó y dejó su bebida sobre la barra. Se despidió de Elizabeta y fue hacia la pista, donde su futuro marido (Porque sabía que lo iba a ser, aunque tuviera que atarlo y forzarlo a ello) y sus dos amigotes charlaban algo apartados del resto. Notaba como el mundo le daba vueltas y la música a todo volumen acentuaba su mareo todavía más, por no mencionar las luces verdes y blancas que iban directas a sus ojos cada dos por tres. Cuando llegó hacia los tres, apartó a los jóvenes que se interponían en su camino mientras se sentía una diva llegando a su destino, robó a Antonio la bebida que tenía en su mano, la acabó, se la dio a Francis y les hizo un gesto para que se fueran.
–¡Oye, espagueti!– Gruñó el alemán, mientras Francis miraba al vaso con cierta curiosidad– ¿Qué haces?
El de ojos ambarinos movió su dedo hasta los labios de Gilbert y lo depositó ahí, diciendo con ese gesto que cerrara la boca.
–Quiero hablar con él– Explicó arrastrando las erres y enes con una sonrisa socarrona en los labios. Se giró hacia Antonio y asintió– Contigo, sí.
Antes de que el albino o Francis pusieran añadir algo, Elizabeta ya se había ofrecido para apartarlos a empujones de allí, dejando a la pareja al fin sola.
Lovino rodeó con sus brazos el cuello de Antonio, todavía zarandeándose de un lazo al otro, y lo miró a los ojos, tratando de comenzar lo que parecía ser un baile lento de pareja… o algo así. El moreno comenzó a reírse ante el gesto, pero le siguió el juego.
–¿Qué haces, Lovi?
–¿A ti qué te parece? Bailar.
–Ya, pero la canción es movida– Se rio de nuevo.
–¿Ves que al mundo le importe? Porque a mí no me importa, y yo soy tu mundo.
Antonio comenzó a reírse con aquel comentario todavía más.
–Claro que sí, Lovi… ¿No se supone que debería haber sido yo quien hubiera dicho eso?– Sonrió y le dio un par de palmadas en la cabeza, tratando de contener la siguiente carcajada– Creo que estás demasiado borracho, y apenas llevamos tiempo aquí.
–Si no hubiera bebido, no me habría atrevido a bailar contigo, imbécil– Explicó con el ceño fruncido y las mejillas levemente sonrosadas.
–Entiendo, entiendo– Asintió, divertido, y rodeó con sus manos la cintura de su compañero.
El italiano se estremeció ante el contacto y sonrió, aunque todavía lleno de vanidad.
–Y dime… ¿Qué te ha contado exactamente Elizabeta? Sólo es curiosidad… No es que me entrometa en tu vida o algo. –Su pie resbaló, aunque afortunadamente estaba aferrado a Antonio como si su vida dependiera de ello.
–¿Estás bien?
–Perfectamente– Gruñó un momento, mas recobró su carácter no-Lovino de borracho–. ¿Qué te dijo?
–Varias cosas. Me preguntó cómo me iba, si me sentía cómodo viviendo contigo… Luego me dio consejos… bastante explícitos.
–¿En serio? Oh, bien…
–Me dijo que no debía robarte el sofá, o hablar sobre tu peso. Añadió que te tomas muy mal si alguien te gana en los videojuegos o juegos de mesa. "Muy mal", remarcó– Comenzó a reírse–. También me explicó que en caso de ganar, tengo que compensarte con algo dulce para que se te pase el enfado, como galletas o chocolate. Bastante útil el consejo, he de decir.
El menor escondió la cabeza en el cuello de Antonio, algo avergonzado.
–Y bueno. También me dio consejos ya más íntimos…– Añadió el español, pensando– No sé cómo sabe tanto acerca de eso…
–Ya… Es un misterio. Un misterio sin duda. Ni idea de cómo lo sabe. No, no…
–Seguro, seguro– Sonrió, divertido, y acarició con la punta de los dedos la espalda de su acompañante, despacio.
– Antonio…–Se apartó de pronto, para mirar a Antonio directamente a los ojos, y aferró la camisa que éste llevaba puesta en ese momento en un acto reflejo– Voy a vomitar.
Y sin dudarlo demasiado, se fue al baño, dejando al moreno con una expresión de confusión adornando su rostro. Dirigió una mirada a Elizabeta, la cual simplemente se encogió de hombros. Lo mejor sería ir a casa.
Tras tener que, prácticamente, arrastrar a Lovino fuera de la barra y de la entrada del club durante unos largos cinco minutos de pataletas de borracho, al final consiguieron salir. El italiano frunció el ceño lo máximo que pudo, mostrando su irritación por haber tenido que abandonar su plan.
–Dame las llaves, Lovi.
–¡No!– Arrugó la nariz todavía más, molesto– ¡No te dejaba conducir el coche cuando no tenías problemas mentales, y ahora te lo voy a dejar menos todavía!
–¡Lovino! No seas infantil. Tú no puedes conducir.
–Pues tú tampoco. También has bebido, y apestas a alcohol… ¿o soy yo?
Antonio suspiró y agarró la mano de Lovino para empezar a tirar de él.
–Pues vamos andando.
El menor trató de clavar sus pies en el suelo para hacer más difícil al otro conseguir moverse.
–¡Llévame en brazos…!
–Es media hora andando. No te voy a llevar en brazos.
–Venga, por fa…
–Lovi…
–¡Por favor, con chocolate por encima y una guinda!
Antonio comenzó a reírse y cedió.
–Está bien, está bien, pero sólo un rato.
El italiano alzó ambos brazos en señal de victoria y trepó a la espalda de su ¿amigo?, el cual comenzó a caminar con algo más de lentitud tras eso. Lovino se aferró a los hombros de Antonio, rodeando con sus brazos el cuello de él y hundiendo con disimulo su nariz en el pelo y cuello del moreno. Sintió el embriagador olor del cabello del moreno, ese champú que tanto le gustaba mezclado con la esencia del propio Antonio.
–Toño…
El español se dio por aludido. Llevarían diez minutos en silencio caminando cuando escuchó la voz del ítalo.
–¿Qué pasa, Lovi?
–¿Por qué no me quieres?
Antonio sintió que el corazón se le paraba un momento, aunque siguió caminando con insistencia.
–¿Por qué dices eso? Si yo te quiero un montón.
El menor pataleó un poco, mostrando molestia y desacuerdo.
–Eso no es cierto. Tú sólo me aguantas porque sé cocinar y tengo buen porte.
–¿Qué? –Se rio fuerte, sin pensar demasiado en los vecinos de los alrededores los cuales, quizás, querrían dormir– ¿Lo dices en serio?
–¿No lo parece?
–Estás borracho. No sé qué dices de verdad y qué no.
–Yo te quiero mucho… ¿Por qué no me quieres, eh? Quiéreme…
–Te estoy cargando en la espalda… Si eso no es muestra de afecto, no sé qué puede ser.
Lovino gruñó un poco, mas asintió.
–Está bien…
El español sonrió, dulce, y siguió caminando, sólo que esta vez tarareando una canción. El otro siguió el ritmo, cantando en voz baja con sus labios cerca de la oreja de Antonio. Éste permitió que cantara, disfrutando de su suave voz pegada a su oído.
–Antonio…–Susurró de nuevo, cansado.
–¿Qué ocurre esta vez?
–Déjame caminar. Ya puedo yo solo.
El moreno asintió y dejó a Lovino bajarse. Éste bostezó y comenzó a caminar, zarandeándose un poco. No obstante, siguió con su cabezonería y no detuvo su paseo. Antonio se limitó a seguirlo, sonriendo un poco, aunque ahora que no estaba tan pegado, el frío de la noche comenzó a calar sus huesos.
El ítalo se giró un poco para comprobar a su amigo. Éste se estremeció un poco tras una fuerte brisa del norte que les sacudió el cabello a ambos.
–¿Tienes frío?
–No, no– Se rio un poco, tratando de permanecer recto y no encogerse por un escalofrío.
Lovino rodó los ojos y se quitó la chaqueta, para pasar una parte de esta por encima del hombro de Antonio, la otra parte sobre su propia espalda, y pegó su cintura con la de él, sintiendo cómo su acto de borracho enternecía al otro. Antonio sonrió y pasó su brazo por la cintura del de ojos ambarinos, los cuales lo miraron al sentir sus dedos rodeándole la espalda, y sonrió.
–Gracias– Susurró, dando un leve golpe con su mejilla en la del menor.
–Idiota…
Antonio se detuvo justo al ver su casa a un par de metros de ambos. El italiano suspiró y liberó al otro de su abrazo, para ponerse bien la cazadora de nuevo.
–Bueno. No fue tan largo el camino– Comentó Antonio con una ligera sonrisa.
–Deberíamos seguir en el club... –Pateó una piedrecilla que había cerca y ojeó las estrellas del cielo. No había demasiadas debido a la luminiscencia del lugar, aunque sí podía apreciar algunas manchando el cielo con pequeños puntos de luz blanca que añadían belleza a una noche vacía.
–Te encontrabas mal. Volveremos otro día, ¿vale?
–Yo quería balar contigo...
–Ya lo hicimos, Lovi– Sonrió, recordando el momento.
–¿A eso llamas un baile? No fue más que un par de contoneos mientras escuchábamos metal de fondo.
Las risas de Antonio no se hicieron esperar. El español sonrió, sacó su teléfono móvil y agarró la mano de Lovino, para tirar de él levemente. Una suave canción comenzó a sonar poco después, entre las tenues risas todavía persistentes del español. Éste se detuvo cuando fueron cubiertos por la luz de una farola cercana y subió el volumen de su teléfono. Sin dudarlo mucho, tomó la mano de Lovino y lo hizo girar sobre sí, para después pegar su pecho con el de él. Su mano derecha se deslizó hasta la cintura del ítalo, y comenzó a balancearse suavemente al ritmo de la música, guiando a Lovino con sus movimientos y su sonrisa dulce y segura, aunque en el fondo estuviera muerto de nervios por lo que estaba haciendo.
Lovino no supo cómo reaccionar al comienzo. Se dejó hacer, con sus labios ligeramente separados por la sorpresa y las cejas alzadas. Cuando el baile comenzó, descansó su mano libre en el hombro de Antonio y siguió sus pasos, aunque algo torpe de vez en cuando debido al alcohol.
–Sé que no es lo mismo, pero es algo, ¿cierto?
Soltó la mano de Lovino y rodeó con ambas su cintura. El menor hizo lo mismo que él y envolvió la nuca del español con sus brazos para disfrutar más de la cercanía de éste.
–Cierto...– Susurró prácticamente escondiendo su rostro ruborizado hasta las orejas en el cuello de su acompañante.
–Esta canción estaba en la lista de reproducción "Lovi" de mi móvil. Supongo que te agrada.
El más joven asintió lentamente todavía escondido, disfrutando de la canción, de la cercanía de su acompañante, de la tenue luz que los iluminaba a ambos y hacía resplandecer todavía más los ojos perfectos de Antonio.
El tiempo fue pasando al ritmo de sus balanceos. Era un momento calmado, lento se podría decir, mas tan agradable para ambos que ninguno se atrevió en un comienzo a romperlo tratando de entablar conversación.
La siguiente canción empezó poco después que la primera. Lovino dejó a Antonio acelerar un poco sus pasos, mas sólo hasta que la tercera canción hizo acto de presencia. Estaban tan abstraídos el uno en los brazos del otro que llegaron a perder el compás en más de una o dos ocasiones, pero eso no importaba realmente.
El español se separó un poco y agarró la barbilla de Lovino para depositar un beso en sus labios justo después de mirarlo directamente a los ojos y cerrar los suyos propios. Suave, cálido, tierno... Así se sintió ese beso que brindó Antonio al amor de su vida. El ítalo abrió los ojos por la sorpresa, aflojando el abrazo que los mantenía unidos. Antonio dejó los labios de su acompañante unos segundos después y sonrió, todavía descansando su mano sobre el rostro del menor.
–Elizabeta me contó que los besos que más te gustan son los que uno no se espera– Susurró, con aquella sonrisa que estaba haciendo que Lovino se derritiera todavía más en ese momento frente a aquel hombre.
Éste ni contestó. Permaneció viéndolo directamente a los ojos mientras la canción acababa y la música se detenía, y en un momento dado, quizás cuando los cables de su cerebro se volvieron a unir para hacerlo funcionar, sonrió. Esa sonrisa sincera y brillante que a muy pocas personas se había atrevido a enseñar. Agarrando la mano de Antonio, lo llevó hasta casa. Sentía el alcohol martillearle la cabeza, y mareo, mas se limitó a abrir la puerta y mirar al moreno a los ojos.
–¿Podemos dormir esta noche juntos?
Antonio ladeó un poco la cabeza, quizás algo confundido, pero asintió después.
–Claro.
Lovino siguió a Antonio hasta el piso de arriba y dejó que éste se fuera al baño. Sonrió, aunque esta vez de forma algo diferente, soltó una risita infantil e inquieta, y comenzó a quitarse la ropa.
Esa iba a ser LA noche. Seduciría a Antonio con sus encantos italianos y, al fin, tendría su recompensa por la paciencia que había tenido. El propio español se había mostrado interesado al mostrar toda aquella escena anterior, besándolo bajo la luz de las estrellas mientras sonaba una canción sobre amor. Esa noche Antonio caería a sus pies, y ni se molestarían en dormir porque no habría tiempo para ello. Le daba igual si tenía que quedarse tumbado en cama sin poder caminar una semana, pues valdría la pena y Antonio lo serviría como buen mayordomo. Arrojó los pantalones al suelo y se tumbó en cama de la forma más atrevida y sensual que pudo. Sí... Quizás el alcohol todavía le hacía bastante efecto.
Antonio abrió la puerta, ya con su pijama puesto, y observó al dormido ítalo frente a sus ojos, tumbado de forma que, prácticamente, ocupaba toda la cama, y con la boca ligeramente abierta por la posición. No pudo evitar reírse un poco. Al parecer Lovino había estado demasiado cansado y, al poco de tocar las sábanas, cayó rendido frente a los encantos de Morfeo.
El mayor agarró a Lovino con suavidad y lo dejó bajo las sábanas, para tumbarse él después justo a su lado. Quizás no habían tenido la mejor cita de su vida, pero la noche había sido agradable. Sonrió al recordar el beso dado y apagó la luz, dado por finalizada la velada.
Leves quejidos comenzaron a sonar en la cabeza de Antonio, seguido de algún que otro sollozo. El español abrió los ojos lentamente, saliendo de su sueño, y frotó su rostro entero ante el mareo repentino por haber dormido poco tiempo. Se acostumbró a la oscuridad de la habitación y comprobó con sus propios ojos que el joven a su lado era el causante de aquellos sonidos tan deprimentes. Lovino lloraba cada vez más alto, soltando de vez en cuando alguna palabra suelta. Antonio agarró su hombro y lo zarandeó un poco, gentil.
–¿Lovi?– Bostezó involuntariamente– Lovi, ¿estás bien?
No recibió contestación. Las quejas siguieron incrementando a pesar de ello. El moreno se acercó a su compañero, comprobando que estaba todavía durmiendo a pesar de sus gimoteos. No dudó demasiado y lo abrazó enteramente, haciendo que la cabeza y manos del menor descansara sobre su pecho. Lovino comenzó a patalear, y las quejas pasaron a gritos. Entre todos las palabras y frases que éste decía, Antonio sólo pudo entender algo, y que era su culpa aquella pesadilla.
Movió una de sus manos hacia la cabeza de Lovino y comenzó a acariciarla lentamente, tratando de tranquilizarlo.
–Todo está bien, Lovi. Tranquilo.
Las manos del menor se aferraron al pijama de Antonio con fuerza, temiendo dejarlo marchar.
–Es mi culpa... –Susurró entre lágrimas.
–Todo está bien, Lovi. No te preocupes.
–Es mi culpa. Es mi culpa. Es mi culpa.
La misma frase comenzó a repetirse cada vez más y más rápido y con insistencia a pesar de las caricias y el abrazo que lo único que deseaban era mostrarle todo lo contrario a aquello.
–No lo es. Lovi, no pienses eso–Trató de decir entre las quejas del menor, más altas e insistentes por momento–. No tienes culpa alguna. Deja de llorar, por favor...– Rozó sus labios con la oreja de Lovino, decaído por aquella horrible sensación que oprimía su pecho al escuchar al italiano de aquella forma– No tienes culpa alguna...–Besó su frente, consiguiendo una reacción positiva por primera vez en aquellos minutos.
Lovino detuvo sus gritos para, únicamente, sollozar.
–No llores. Te quiero, Lovino. Por favor, no llores– Susurró el moreno, aferrándose con cuidado al cabello de éste para abrazarlo mejor.
Y los llantos cesaron poco a poco. Antonio liberó al otro de su abrazo y posó su mano en la cintura de éste, acomodándose para tratar de descansar en lo que quedaba de noche.
Lovino abrió los ojos, sin saber dónde estaba y qué hacía. Notó sus ojos y mejillas húmedas, pero el corazón se sentía cálido, y en el fondo, feliz. Prefirió no molestar a Antonio y lo abrazó de vuelta aunque el calor de aquella noche de mayo le dijera que no era una buena idea.
La cabeza le dolía y todo le daba vueltas. Además, sentía un calor asfixiante por culpa del bastardo que estaba prácticamente sobre él. Antonio estaba tumbado con una pierna envolviendo las de Lovino, y el torso y brazo ocupando parte de la cama que no le correspondía, es decir, con el ítalo de por medio. El menor gruñó, aunque debido a la garganta seca no consiguió más que hacer un sonido de algo moribundo que suplicaba por eutanasia.
–Agua, Antonio– Pidió golpeando con el brazo la cara del otro.
El español se levantó despacio y asintió, para luego frotar sus ojos con modorra.
–Voy...
Lovino se reincorporó y sintió la cena revolviéndose en su estómago. Una primera arcada lo alertó de lo que venía y fue corriendo al baño.
Cuando regresó, Antonio le tendió el vaso y se sentó la cama de éste. Bebió un poco y se llevó una mano en la cabeza.
–¿Qué ocurrió después de volver a casa...?– Frunció el ceño en señal de molestia por la resaca y bebió un poco más.
–Simplemente fuimos a dormir.
–Ah...– Hubiera asentido, pero no habría sido buena idea.
Hubo un pequeño momento de silencio entre ambos. Lovino observó fijamente al vaso que tenía entre las manos, comenzando a pensar acerca de lo que había pasado la noche anterior. Repasó mentalmente lo ocurrido y sonrió al llegar a la parte del beso. Lo había conseguido al fin. Había llegado a la primera base tras un mes y algo de mareos entre ambos. No obstante, ¿eso lo convertía oficialmente en el novio de Antonio?
No. La verdad es que no.
Volvió a fruncir el ceño mientras miraba hacia una gota de agua que resbalaba poco a poco por el vaso de cristal. Tras pasar dos o tres minutos observando como si quisiera asesinar a aquella inocente gota echándole la culpa de todas las desgracias que había vivido, le dedicó una mirada rápida al español.
–¿Pasa algo?– Preguntó éste, ladeando ligeramente la cabeza.
–Estoy cansado. Ve a hacer el desayuno o algo... Yo no puedo.
Antonio dudó.
–Podrías haberlo pedido mejor– Suspiró pesadamente y se fue de la habitación, dejando al menor solo.
Ya que el moreno estaría ocupado, decidió ir a darse una ducha. Se levantó despacio de la cama y fue hacia el baño. Quizás a la vuelta tendría ganas de llevarse algo a la boca y se encontraría mejor.
Cerró la puerta tras él y se despojó de su ropa interior. No estaba seguro de por qué únicamente llevaba el bóxer puesto, pero ni se molestó en pensar en preguntarle a Antonio.
Abrió el grifo de la ducha y se metió en esta sin molestarse siquiera en esperar a que el agua se atemperara. El frío pronto se hizo notar, incluso se intensificó debido a lo caliente que estaba su piel tras haber dormido pegado a otra persona. Soltó un chillido no muy alto y se estremeció, como si alguien le hubiera metido un cubito de hielo en la camiseta.
Se tomó su tiempo, esperando sin siquiera moverse a que el agua fuera calentándose, y tras unos quince minutos o quizás más, cerró el grifo, agarró la toalla colgada en la mampara de la ducha y salió de ésta.
Bostezó largamente y se enroscó la toalla a la cintura. Por suerte, tras esa ducha se encontraba mejor, aunque la resaca todavía perduraba. Sólo en ese momento se dio cuenta de que no había traído la muda al baño debido a su malestar. Bufó en señal de molestia, recogió la ropa sucia y salió del baño sin siquiera molestarse en secarse.
Una mala idea, pues su pie derecho resbaló, haciendo que cayera prácticamente todo su peso sobre su otro pie, el cual, para mayor desgracia, no estaba bien apoyado. Cayó al suelo con un ruido contundente. Por suerte no se había golpeado la cabeza, aunque sí comenzó a sentir poco a poco un dolor punzante trepando por su tobillo izquierdo. Si no le bastaba con el dolor de cabeza, ahora también ahí. Gimió por la molestia y trató de levantarse en vano.
Antonio apareció poco después, preocupado y con un cuchillo de untar en la mano.
–¡Lovi! ¿Estás bien? Escuché algo y vine a ver qué había pasado.
Le dedicó una rápida mirada, apreciando que la toalla estaba casi fuera de sitio, y se acercó.
–¡No, gilipollas! Me he resbalado.
–¿Puedes caminar? Deja que te ayude... –Dejó el cuchillo sobre el lavabo del baño y agarró a Lovino.
–No. Creo que me he torcido el tobillo o algo así– Se quejó mientras pasaba su brazo por los hombros de Antonio mientras que con la otra trataba de sujetar la escurridiza toalla.
Por suerte, no tuvieron que caminar mucho hasta la habitación de Lovino, donde Antonio lo sentó en la cama y observó la hinchazón que comenzaba a aparecer en la zona afectada.
–Mejor será ir a que te lo vean– Comentó.
–Lo que tú digas. Pásame algo para vestirme... –Cruzó sus piernas y miró hacia la ventana, molesto con el mundo. Porque un día no podía ir bien para él. Cuando menos se lo esperaba, navajazo de mala suerte en el costado.
El moreno le arrojó ropa interior limpia, una camiseta y unos pantalones cortos, para que le fuera más sencillo ponérselos. Lovino alzó una ceja, ofendido, y miró a su compañero.
–Bromeas.
–¿Qué pasa...?
–Antonio– Hizo una pausa dramática para tomar aire profundamente y lo vio directamente–. Sé que eres extremadamente difícil con la ropa, pero... creo que hasta un niño pequeño se habría dado cuenta de que una camiseta rosa y unos pantalones rojos no son una buena combinación.
–Fue lo primero que vi, Lovi. No seas quisquilloso y vístete. Mientras buscaré otra camiseta...
–Gracias– Gruñó, tomando los calzoncillos para ponérselos–. Algunas veces me pregunto si serás daltónico o algo, porque...Joder.
Antonio comenzó a repetir por lo bajo en tono burlón y de molestia lo que el ítalo había dicho y escogió una camiseta blanca con un gato enorme jugando con una madeja de lana enana.
–¿Por qué mierda tengo yo esa camiseta en mi armario...? Es igual.
El moreno entregó la camiseta a Lovino y salió de la habitación para dejarle privacidad. Tras escuchar el llamado del italiano, volvió.
Sin dudarlo demasiado, pasó una mano por la parte interna de la pierna de Lovino hasta que llegó a la zona de la rodilla. La otra mano fue a parar hacia la espalda del otro. Tomó aire y se levantó de nuevo, aunque esta vez con Lovino sujeto en brazos. El menor se retorció en señal de desacuerdo.
–¡Suéltame! ¡Puedo caminar!
–Será mejor así, Lovi– Comentó el español mientras salía de la habitación. Debía reconocer que Lovino era más pesado de lo que pensaba, y eso que lo había cargado a la espalda la noche anterior–. Si no podrías hacerte más daño.
–Ya verás cómo se reirán los vecinos... –Murmuró con molestia mientras cruzaba los brazos en todavía mayor señal de desacuerdo.
–¿Y? No es como si fuéramos a morirnos. A mí me es bastante indiferente.
–¿Y cómo mierda vamos a ir al hospital si el coche está todavía donde lo dejamos ayer?
Antonio se detuvo y dio media vuelta.
–Esperarás aquí a que yo vaya a buscarlo y luego te llevaré.
–¿¡Qué!? ¡No vas a tocar mi coche!
El español volvió a dejarlo sobre la cama y sonrió.
–Trata de detenerme si puedes– Mostró su lengua y se fue a por las llaves.
Lovino se acostó en cama mientras su compañero iba a por hielo y el antiinflamatorio le hacía efecto. Al parecer, se había hecho un esguince tal y como habían pensado desde un principio.
Antonio entró en la habitación del ítalo y dejó la bolsa de guisantes congelados sobre la mesilla de noche. Siguió a lo suyo, yendo y viniendo con cojines para levantar la pierna de Lovino. El menor se dejó hacer, algo mareado por la molestia de la herida y la dichosa resaca persistente que parecía que no quería dejar de fastidiarlo todavía más. Lo peor de todo es que aún no había comido.
–Creo que el universo está en mi contra...
–¿Por qué lo dices?– Preguntó el español mientras envolvía el hielo con un paño y lo dejaba sobre las vendas del pie de Lovino.
–¡Porque es así! Hay un ente superior a nosotros que quiere verme sufrir una y otra vez.
–¿Dios?
–Lo que mierda sea, pero se lo pasa muy bien viéndome sufrir.
Antonio comenzó a reírse por lo bajo.
–No creo eso, Lovi. Simplemente has tenido mala suerte. ¡Ya vendrán cosas buenas!
Lovino rodó los ojos con hastío, mas decidió guardar silencio. El español, por su parte, le dedicó una mirada amigable.
–Vamos a probar esa suerte, a ver si mejora– Soltó de pronto, levantándose y dejando la bolsa de guisantes sobre el pie del menor.
–¿Cómo?
Antonio se fue de la habitación para volver poco después con una baraja española.
–Jugando. Ya verás como seguro que ganas todas las rondas.
Lovino sonrió ligeramente ante aquello y asintió. Desde el principio supo que Antonio lo dejaría ganar todas y cada una de las partidas que harían, mas el gesto se le hizo tierno igualmente.
Al menos su deseo de pasar unos días en cama con Antonio de mayordomo se cumplió, aunque... no exactamente como él esperaba.
...o...o...o...
¡Yay! Casi cinco mil palabras de capítulo. Esto sí que ha sido mucho para mí(?). Siento haber tardado en escribirlo, pero siempre me tomo mi tiempo, y más si es uno tan largo como éste (Para mí 5000 palabras es mucho y si a alguien no se lo parece, mis disculpas, pero compáralo al primero de todos que ni llega a 1000).
Vamos a tratar lo importante de este capítulo: El beso. Os dije a los que preguntaron que llegaría pronto, y ya veis. ¡Al fin! Menuda satisfacción fue escribir esa escena, madre mía. La canción que suena de fondo mientras bailan no estoy segura de cuál es, pero me gusta como queda "Kiss me" de Ed Sheeran (De vez en cuando puedo ser romántica, ¿vale?).
El siguiente tema es el del esguince. Sé que soy cruel y retorcida, pero ¡hey! Los sueños de Lovino se cumplieron, de una forma retorcida pero lo hicieron, y que nadie me lo niegue (Hasta lo de tener a Antonio entre sus piernas. De esa no me había dado cuenta). Al menos tiene a Toño para que lo cuide y mime.
Para los que hayan comenzado las clases, mis condolencias y apoyo, y para los que vayan a hacerlo, ánimo.
pd: La referencia al final del capítulo anterior y al comienzo de este es de "Como conocí a vuestra madre"
¡Hasta la próxima!
