Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Gracias a Isa por revisar y corregir este capítulo.
Diosa Oscura
Por Lissa Bryan
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Capítulo 29
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Jacob llevaba veinte minutos discutiendo con el piloto y no estaba llegando a ningún lado.
—Lo siento —dijo el piloto, aunque no parecía lamentarlo en absoluto—. Pero si el Señor Cullen no está a bordo, no puedo despegar. Este es su avión y trabajo para él. Sin su permiso…
—Y yo le digo que ha sido secuestrado —espetó Jacob—. Intentamos rescatarlo, y estamos desperdiciando un valioso tiempo.
El piloto alzó una ceja.
—Y yo le digo a usted: si fue secuestrado, ¿por qué no llama a la policía?
—No podemos. No es así. Mire, no puedo explicarlo, pero…
—Jake, mejor vamos a ver si podemos conseguir un vuelo comercial —le urgió Nessa por tercera vez.
Jacob sentía ganas de arrancarse el cabello. Seguían diciendo lo mismo sin llegar a ningún lado.
Los ojos del piloto se suavizaron un poco.
—Lo siento, señor Black…
—Doctor —lo interrumpió Emmett.
El piloto parpadeó.
—¿Qué?
—Es doctor no señor —le dijo Emmett—. Pero no del tipo de doctores útiles. Del tipo de los inteligentes.
—Uh, er… bien. Doctor Black. Lo siento, pero necesito este trabajo. No puedo arriesgarme a perder el único ingreso que tiene mi familia. Tengo un hijo en la universidad.
—Le daré cinco millones de dólares si nos lleva a Italia —anunció Rose.
Todos se giraron para verla. Jacob se quedó boquiabierto.
—No estoy jugando —dijo—. Cinco millones. Aquí y ahora. Son casi veinte años de salario para usted, ¿no?
El piloto asintió pasmado.
—Sólo llévenos a donde Edward le dijo que fuera. Ni siquiera tiene que llenar un nuevo plan de vuelo. —Rose sacó su teléfono y mantuvo un dedo posicionado sobre las teclas—. ¿Tenemos un trato?
El piloto tragó un par de veces antes de encontrar su voz.
—¿De verdad habla en serio? ¿De verdad?
—Muy en serio. Llamaré a mi banquero justo ahora y haré que le transfiera los fondos. Puede llamar a su banco para confirmar.
Todo fue hecho en cuestión de minutos. Rose llamó a su banquero y platicó plácidamente por unos minutos, preguntándole a la persona del otro lado de la línea cómo estaban sus hijos y si la ciática de Mimi ya había mejorado antes de pedirle que los fondos fueran transferidos a la cuenta del piloto. Con una expresión de asombro, el piloto marcó a la línea 24 horas de su banco y descubrió que la transferencia bancaria estaba esperando a que el banco abriera en la mañana.
—¡Listo! —dijo Rose alegremente y se abrochó el cinturón—. ¿Y bien? No hay que quedarnos aquí. Vámonos.
—S-sí, señora, señorita Hale —tartamudeó el piloto y se movió hacia los controles de la cabina. Rose sonrió y guardó su teléfono.
—¿De dónde sacaste cinco millones de dólares? —preguntó Emmett. Jacob podía ver en la expresión de su hermano que Emmett se sentía abrumado por otra diferencia entre ellos. Primero su educación, y ahora descubrir que era rica. Hizo una nota mental de hablar con él más tarde.
Rose no pareció notar la incomodidad de Emmett.
—¿Recuerdas eso que siempre dicen de que el "crimen no paga"?
—¿Sí?
Rose sonrió.
—Están equivocados.
Jacob se acomodó en su asiento y Nessa se dejó caer junto a él, subiendo su escayola a un otomano. Ahora que ya habían solucionado el problema inmediato e iban en camino, sus otras preocupaciones lo atacaron como lobos voraces. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el asiento. La verdadera impotencia de su situación se colocó sobre él como un féretro. No podría salvar a Edward y Bella; en lo profundo de su ser lo sabía. No podía pelear contra vampiros ni elfos, estaba tentado de decirle al piloto que pisara los frenos y obligar a Rose, Emmett y Nessa a salir del avión. No podía abandonar a Edward, no si necesitaba de su ayuda, pero odiaba poner en peligro a otros.
—¿Qué pasa? —preguntó Nessa.
Abrió un ojo para verla.
—¿En serio?
—Bien, fue una pregunta tonta.
Se quedaron en silencio por un momento más antes que Jacob confesara.
—No sé qué demonios estoy haciendo, Nessa. En qué nos estoy metiendo. No sabemos lo que nos está esperando.
—No, pero sabemos que Edward y Bella nos necesitan. Eso es suficiente. —Nessa le agarró la mano y la apretó entre las suyas.
—Podría hacer que nos maten a todos.
Nessa lo consideró.
—Hay cosas por las que vale la pena morir.
Jacob la miró.
—¿Morirías por Edward y Bella?
—No, por ti, porque tú los amas y te partiría el corazón si algo les pasara.
Jacob no sabía cómo responder a eso, especialmente ya que la idea de Nessa muriendo era como si le encajaran la cuchilla caliente de una navaja en el corazón. Esperaba que la amistad que tenía Nessa con la Reina la salvara, incluso si las cosas salían tan mal como él esperaba que salieran.
Mierda. Deseaba tener una bebida. Se preguntó si la alacena tenía una de esas botellas de licor…
Nessa lo estudió por un momento.
—¿Quieres ir a la parte de atrás a pasar un buen rato? —Su rostro estaba de un brillante rojo, aunque intentaba parecer indiferente.
—¿Qué? —él parpadeó rápidamente, no estaba seguro de haberla escuchado bien.
Ella se encogió de hombros.
—De otra forma todo lo que harás es quedarte aquí sentado y preocuparte hasta provocarte un ataque al corazón. Entonces, ¿por qué no pasar el tiempo de manera más placentera? —le guiñó un ojo, se paró del asiento y cojeó por el pasillo hasta la habitación de atrás. Pausó en la puerta levantando una ceja a señal de reto. Su rostro seguía rojo, pero se veía con más confianza al abrir la puerta y entrar.
Jacob sonrió y la siguió.
Bella tomó la mano de Edward en la suya.
—Debemos irnos —dijo en un rápido Quechua—. Los otros vendrán pronto.
—¿Por cuál camino? —preguntó Edward.
—Por el río. Es la única manera de evitar que rastreen nuestro aroma.
Edward se metió la espada en la parte trasera de su cinto y bajaron por el acantilado, agarrando ramas y rocas para bajar por las empinadas laderas, probando cuidadosamente cada asidero. La rama que estaba agarrando Bella se soltó de la orilla y con un grito asustado, se cayó. Edward soltó la roca que estaba sosteniendo, atrapó su brazo e hizo un intento desesperado por agarrar la estrecha cornisa. Los dedos de él se aferraron a la orilla y por un momento infinito y desalentador, colgaron sobre la cama del río cubierta de piedras.
Bella se aferró a su mano con los ojos bien abiertos. Él podía ver que ella luchaba por no entrar en pánico, pero seguía bajando la vista y apretó su agarre hasta el punto del dolor. Edward sintió que sus dedos se resbalaban un poco en la orilla de piedra, pero se mantuvo perfectamente calmado al preguntarle:
—¿Puedes subir?
Bella parpadeó y asintió. Bajó la vista una vez más y cerró los ojos. Sus facciones se llenaron de determinación y comenzó a subir por su brazo como si éste fuera una cuerda. Edward siempre había admirado su valor, pero ahora, al verla luchar y conquistar su miedo, se sintió impresionado. Ella envolvió una pierna alrededor de su cintura y agarró la orilla. Estaba temblando, pero logró subir los brazos y luego tomó impulso para sentarse en la pequeña orilla de piedra. No había espacio para sentarse junto a ella, pero Edward se subió lo suficiente para recargar ahí sus brazos y descansar sus adoloridas manos.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí. —Pudo haber sido más convincente si no siguiera temblando, pero esa mirada de determinación seguía en sus facciones. Bella no se permitiría estar nada más que bien.
—¿Lista para seguir? —Él hubiera preferido darle tiempo para tranquilizar sus alocados nervios, pero tenía que seguir. Los Volturi podrían descender en cualquier momento.
Bella tragó, pero se bajó de la orilla hacia el siguiente asidero. Edward se quedó debajo de ella y platicó de cosas inconsecuentes para distraerla, y pareció funcionar. Él llegó al piso y le alzó los brazos, ella se dejó caer en ellos con una risita. Él besó sus sonrientes labios y luego comenzó a avanzar por el agua helada.
—Puedo caminar —protestó.
—Sí, pero, ¿de qué sirve que ambos nos congelemos los pies? —dijo Edward. Ella había perdido su otro zapato a lo largo del camino y aunque él sabía que eso no la lastimaría, no le gustaba la idea de que caminara sobre piedras con los pies descalzos. El agua se ahondó hasta sus rodillas y esperaba que no fuera a hacerse más profundo. Todavía no sabía nadar.
Voces.
Edward y Bella intercambiaron una mirada rápida. Edward se lanzó hacia un árbol caído medio sumergido y se metió bajo el agua, ambos se acostaron en el lecho del río justo cuando dos figuras en túnicas negras aparecieron en la parte más alta del río. Los Volturi miraron río arriba y abajo, y Edward deseo ser un hombre de plegarias. Si venían en esta dirección, no había manera de poder esconderse y los otros no debían venir muy lejos.
Los Volturi discutieron, pero estaban demasiado lejos para distinguir su conversación sobre el sonido del agua. Edward atrapaba una palabra aquí y allá… Jane… lejos… Reina… uno de ellos comenzó a avanzar en dirección de Edward y Bella, pero su pareja le agarró el brazo y sacudió la cabeza, señalando por el río hacia dirección contraria. Sus túnicas se agitaron en el agua alrededor de ellos al avanzar.
Esperaron hasta que los Volturi desaparecieron por la curva y luego Edward y Bella se pusieron de pie. Edward cargó a Bella, moviéndola para ponérsela en la espalda.
—Agárrate —dijo y comenzó a correr, tan rápido que el agua sólo salpicaba luego de que hubiera pasado. Esperaba no tropezar, pero no podía detenerse.
Sí se tropezó cuando un hombre alto saltó sobre ellos desde la ribera. Edward se apartó del camino y movió a Bella para poder agarrar la espada… y se dio cuenta de que no estaba ahí. Debió haberla perdido, pero no tenía idea de dónde o cuándo. Pensó que tuvo que ser antes de echarse a Bella a la espalda, o hubiera sentido la empuñadura clavarse contra él.
La brisa levantó el largo cabello rubio del Volturi en un halo alrededor de su delgada cara y llevó su esencia hasta Edward, la esencia de un vampiro, de uno que olía débil para él a pesar de su edad. La bestia dentro de él le susurró a modo de ánimo y Edward se rindió ante su urgencia. El vampiro abrió la boca para gritarle a los otros justo cuando Edward arremetió contra él, tirándolo sobre su espalda en el agua que le llegaba hasta las rodillas.
Fue una batalla viciosa en la que el vampiro le araño los brazos e intentó quitárselo de encima. Edward lo mantuvo abajo lo mejor que pudo, metiéndole la cabeza al agua para callarlo, lo cual no era poca cosa en esta agua de poca profundidad. Una espada, pensó Edward. Daría mi reino por una espada…
—¡Bella, corre! —gritó Edward. No estaba seguro de poder contener por mucho más al vampiro—. ¡Vete!
—Demonios, no —dijo Bella. Corrió hacia Edward con una piedra del tamaño de una pelota de futbol en las manos. La lanzó contra la cabeza del Volturi y la sangre nadó en el agua. La volvió a lanzar con más fuerza y dejó de moverse. Ella lanzó a un lado la roca y le agarró la cabeza, arrancándosela con un gruñido a causa del esfuerzo. La cabeza que tenía en sus manos explotó en cenizas que volaron cubriendo su piel y ropa antes de que la corriente se las llevara.
Bella hizo una mueca ante la pastosa mugre gris que cubría su piel.
—¡Ugh! —se agachó para enjuagarse con agua, pero Edward le agarró la mano.
—Tenemos que irnos, cariño. ¡Vamos!
Corrieron durante lo que parecieron ser horas antes de que Bella finalmente se detuviera.
—Tenemos que encontrar un lugar donde quedarnos. Pronto amanecerá. Ya debería ser seguro dejar el río.
Avanzaron entre el bosque, caminando tan cuidadosamente y en silencio que la vida salvaje de ahí no notaba su paso hasta que captaban el aroma y huían a causa del miedo instintivo. Ante cada sonido se congelaban queriendo ver si una figura en una túnica negra emergería entre los árboles. Salieron del bosque junto a una carretera que estaba en silencio y sin tráfico a esta hora antes del amanecer.
Bella olió el aire y señaló.
—Por aquí. —Él también lo olió y captó el ligero aroma de un pueblo, una combinación de basura, aguas residuales, gases de vehículos, químicos y cuerpos humanos. Hizo una mueca y juró que cuando todo esto terminara, él y Bella construirían una casa en algún lugar del bosque. El bosque tenía sus propios olores, de vegetación muerta y animales descomponiéndose en el suelo, pero olía mucho mejor que cualquiera de las ciudades que había visitado desde que se convirtió en vampiro.
Como la mayor parte de Italia, el paisaje a su alrededor era encantador. Había granjas esparcidas por las colinas. Edward siempre había pensado que Italia era uno de los países más bellos del mundo, incluso sin su arquitectura y arte debidamente famosos. Deseaba tener tiempo para disfrutarlo, pero estaban corriendo de nuevo, compitiendo para vencer el sol y protegerse.
Cuando era pequeño, Carlisle llevaba a Edward y a Esme cada verano a Italia. Tenían unos primos lejanos que vivían ahí y estaban felices por hospedarlos durante unas semanas cada año. Edward tenía recuerdos felices de soñolientos atardeceres, de leer en los huertos de olivos y explorar el campo. Pero luego de que Carlisle muriera, Esme no pudo soportar los recuerdos que este lugar le traía de regreso. Desde entonces Edward no había regresado a Italia.
Aunque no sería lo mismo ahora, pensó, y eso le trajo un golpe de tristeza. Nunca más volvería a ver esas colinas en el sol y sombra. El convertirse en vampiro le había dado una visión de color, pero nunca vería los cielos azules.
Él y Bella entraron en una pequeña villa una hora antes del amanecer. La piel de él picaba a modo de alerta mientras el horizonte se iluminaba con la llegada del sol. Sus instintos le gritaron que encontrara un lugar a cubierta, que cavara un hoyo y se metiera dentro de la misma tierra si debía hacerlo.
Encontraron una pequeña posada en la orilla del pueblo, un encantador edificio de ladrillo cubierto en mayor parte por hiedra. La puerta sobresalía ligeramente con la parte superior redondeada y tuvieron que tocar durante un rato antes de que la somnolienta dueña de la posada viniera a responder su llamado.
Jadeó a causa de la sorpresa y Edward se dio cuenta de que seguían cubiertos con ceniza gris. Comenzó a hacer preguntas en un rápido Italiano, ciertamente debieron haber tenido un accidente. Bella avanzó un paso y capturó la mirada de la mujer.
—Nosotros normales —le aseguró Bella.
—Bella, no habla inglés. Estamos en Italia.
—Oh. —Bella frunció el ceño—. Entonces habla tú.
Edward sintió que su rostro ardía. La mujer era amigable y audaz, una combinación que siempre hacía que Edward se refugiara en su coraza y su timidez sólo pareció interesarla más. No podía verla a los ojos mientras tartamudeaba su respuesta, así que no pudo obligar que su mente aceptara lo que estaba diciendo acerca de haber perdido su equipaje. No pudo encontrar una excusa para la ceniza así que sólo pretendió que no estaba ahí. Sus preguntas disminuyeron cuando Edward le pagó el doble para asegurarse de que no los molestaran durante el día y les mostró su habitación en el piso de arriba, un pequeño cuarto simple y ordenado acomodado bajo un alero. En cuanto ella se fue, Edward quitó el edredón y tapó cuidadosamente la venta, y luego tuvo que poner el armario frente a ésta a modo de pared para poder relajarse.
Bella salió de la ducha envuelta en una toalla, su pálida piel estaba llena de agua y tenía el cabello acomodado en mechones mojados sobre la espalda. Edward olvidó instantáneamente que sólo tenían unos minutos antes del amanecer, cuando podría escoñarse a mitad de…
Se escuchó un golpe en la puerta. Edward maldijo. Era la posadera y sus brazos estaban llenos de ropa. En un tono de voz fresco y sin dejar lugar a argumentos, le ordenó a Edward que le diera su ropa y se metió al baño en busca de las de Bella. (Bella era una diosa, y al parecer las diosas no ponían su propia ropa en el cesto. Edward o Felix siempre recogían sus cosas de donde las tirara.) Edward se desvistió rápidamente y al no tener otra opción, agarró una almohada para taparse por enfrente a causa de la modestia cuando ella regresó a la habitación. La mujer ni siquiera parpadeó.
—Tiene casi la misma complexión que mi esposo —anunció, y le dio a Edward unos pants y una camiseta. Agarró la ropa sucia que Edward le ofrecía con el rostro rojo y la lengua atada—. Lavaré estas y se las tendré listas en la mañana.
—Gracias —murmuró Edward, y se obligó a agregar unas palabras de lo amable que era. Ella miró su rostro ardiente y le guiñó de manera conspiratoria a Bella antes de irse, aunque lanzó una mirada rápida y confusa hacia el armario.
Edward se metió al baño y tomó la ducha más corta de su vida. Ya podía sentir el efecto sedativo del amanecer. Bella se había vestido con la camiseta y los shorts que la mujer le había dado y le estiró los brazos a Edward en cuanto éste regresó a la habitación. Él se metió felizmente en ellos y ella rodó para recostar la mejilla en su hombro, acurrucándose contra él con un suspirito de felicidad.
—¿Bella?
—¿Mm?
—¿Qué sigue?
Ella trazó la figura de un corazón en el pecho de él.
—Vamos a ver a la Reina e intentamos detener esta locura.
—Va a ser difícil pasar a los Volturi —dijo él. Y por difícil, se refería a imposible. Le acarició la curva del cuello con la cara e inhaló profundamente su aroma dulce y delicioso. Cuando los Volturi los habían rodeado, él pensó que nunca volvería a tener otro momento como éste, y estaba agradecido por el regalo de ser capaz de sostenerla en sus brazos sólo una vez más.
Ella giró la cabeza para verlo y le sonrió gentilmente.
—Ten fe, mi amor.
La tarde siguiente se despertó y encontró a Bella sentada sobre él, vistiendo sólo una sonrisa y su cabello oscuro que le caía alrededor con una cortina, llegándole casi a las caderas. Le escondía el cuerpo; eso no era aceptable. Él intentó apartárselo, pero descubrió que sus muñecas no se podían mover. Alzó la vista y las encontró atadas a la cabecera con la camiseta de ella. Ella le sonrió y alzó una ceja, él se rió. La bestia dentro de él gruñó e insistió que se liberara para restablecer su dominio, pero Edward lo ignoró.
—Soy tuyo —le dijo—. Haz conmigo lo que quieras.
—Mío —susurró ella y bajó la cara para darle un beso dulce y caliente que le hizo hervir la sangre.
Era ya considerablemente tarde cuando bajaron hacia el escritorio de la posadera. Encontraron sus ropas lavadas en una canasta fuera de la puerta y depositaron ahí las que les habían prestado. Edward metió dentro un billete de cien dólares americanos, para agradecerle a la mujer por su amabilidad. Expresó consternación cuando los vio y notó que Bella no tenía zapatos, e insistió en que Bella se quedara con un par de sus sandalias. Eran demasiado grandes para los piecitos de Bella, pero de igual manera Bella se sentía agradecida.
—¡Le mandaré lluvia! —le dijo a Edward al salir.
Edward miró al cielo.
—Quizá más tarde, amor. No queremos tener que caminar en ella.
Ella señaló.
—Tomemos ese carro.
Era un Porsche de color amarillo brillante. Edward se rió entre dientes, pero se dio cuenta de que ella hablaba en serio cuando abrió la puerta y se metió en el lado del copiloto.
—¡Bella! ¡No podemos robarnos un carro!
—¿Por qué no? Lo regresaremos.
Al parecer, las diosas tenían el poder de expropiar carros cuando lo creían necesario al igual que los policías en las películas antiguas. Considerando las circunstancias, Edward decidió que tenía razón y se subió al asiento del piloto. Quitó la tapa que había debajo del volante y jaló los cables necesarios. Bella lo miró con interés.
—Un verano ayudé a Jacob a reconstruir su primer carro —le dijo Edward—. Me interesé mucho en los esquemas de los vehículos. —Tocó dos cables y el motor se encendió con un rugido. Edward nunca se había sentido particularmente interesado en carros deportivos, pero tenía la sensación de que se iba a divertir mucho manejando éste.
—Cinturón —le recordó a Bella y ella se lo puso—. Los muertos vivientes no obedecen los límites de velocidad. —Ni necesitaban luces delanteras, lo descubrió cuando salió hacia la carretera y pisó el acelerador. Bella gritó de júbilo cuando el carro se lanzó hacia adelante con los neumáticos chirriando. Él le sonrió ante su regocijo. El carro se manejaba de ensueño, abrazaba las curvas y Edward finalmente entendió la emoción de la imprudencia cuando aceleró en una pequeña colina y el carro se alzó unas pulgadas en el aire. Gritó como si estuviera protagonizando The Dukes of Hazzard y la risa de Bella lo animó.
El carro giró por una esquina y casi choca contra una camioneta, a Edward se le ocurrió la desalentadora idea de que terminaría lastimando a alguien si no bajaba la velocidad… y luego se dio cuenta de que también la camioneta llevaba las luces apagadas.
La camioneta frenó y se dio la vuelta.
—¡Oh, mierda, son ellos! —exclamó.
Bella se dio la vuelta en su asiento para mirar por el vidrio trasero.
—¿Cómo nos encontraron?
Edward cerró los ojos y golpeó suavemente el volante con un puño. Cometió el mismo error que hizo en el hotel en Catalupa: usó su tarjeta de crédito para pagar los cargos de la habitación. Se maldijo por su estupidez. Rose le había dicho que los Volturi tenían increíbles recursos a su disposición. Después de todo, contrataban a gente como Rose. Probablemente su locación se había encendido como un faro parpadeante en el segundo en que la posadera deslizó su tarjeta. Esperaba que no la fueran a lastimar. Intentó recordarse que los Volturi no eran malos y que tenían leyes para proteger a los humanos, pero en ese momento, cuando veía a la camioneta acercarse ominosamente por el retrovisor, ciertamente parecían malos.
—¡Más rápido! —gritó Bella cuando la camioneta se acercó a ellos.
—No puedo, Bella. La carretera es demasiado estrecha y con muchas curvas. —La camioneta avanzaba por el costado de una colina, cayendo de golpe por un costado. Edward podía ver por su ventana un barranco incómodamente cerca.
La camioneta aceleró de nuevo y se puso en el carril contrario junto a ellos, Edward miró y captó la imagen de rostros pálidos sobre las capas oscuras. Bella soltó un gritito de sorpresa cuando golpearon el costado del Porsche con la camioneta. Edward luchó con el volante para recuperar el control cuando el carro tambaleó en la orilla del barranco. Pisó los frenos y la camioneta siguió avanzando. Salió humo azul de las llantas cuando chirriaron para detenerse, querían ver qué haría Edward.
—Edward, no podemos detenernos —chilló Bella—. ¡Avanza!
—Nos sacarán de la carretera.
Una de las puertas de la camioneta se abrió.
—¡Avanza, avanza, avanza! —gritó Bella. Pisó el acelerador y el Porsche golpeó la puerta abierta al pasar porque apenas les quedaba espacio para caber ahí. El vampiro que había abierto la puerta se quitó justo a tiempo para no ser golpeado. La puerta quedó colgando de un lado de la camioneta como un ala rota.
La camioneta los golpeó desde atrás y el Porsche salió disparado. Gira en dirección de la vuelta, recordó Edward que le decía su maestro de Clases de Manejo, pero no parecía estar ayudando. La camioneta los golpeó de nuevo, esta vez enchuecando la puerta del copiloto. La ventana de Bella se quebró, bañándolos con pedacitos punzantes de vidrio.
La camioneta estaba sacándolos de la carretera.
—¡Avanza! —gritó Bella de nuevo y Edward pisó el acelerador. Ella giró el volante a la derecha y salieron disparados lejos de la camioneta, avanzando por la carretera a una velocidad vertiginosa.
Había una curva adelante y una casa con un amplio patio se encontraba en la orilla. Bella sostuvo el volante con firmeza, al parecer no tenía intención de girar.
—¡Bella, esa no es carretera! —gritó Edward al saltar sobre la colina del patio, pero Bella ni siquiera parpadeó. El carro pasó junto a la casa y Edward no vio nada más que aire al otro lado. Tuvo tiempo de verle el rostro a ella y vio la determinación en su mirada antes de que las llantas del carro dejaran tierra firme, lanzándolos sobre el barranco.
Él estiró el brazo y agarró la mano de ella cuando el impulso hacia adelante del coche paró y comenzó a caer. Se arrepintió de momento al pensar que ya todo había terminado, pero entonces se dio cuenta de que no perdían altitud con la velocidad que deberían. No volaban exactamente, pero el carro seguía avanzando hacia adelante al caer, como un avión al aterrizar. El rostro de Bella estaba tenso y él se dio cuenta de que ella estaba usando su poder para intentar llevarlos hacia la carretera que estaba abajo que pasaba por el lado opuesto del barranco. La miró asombrado. La había visto mover cosas más pesadas, como las piedras que había quitado del túnel debajo de su templo, pero esto era increíble. El esfuerzo era visible en sus facciones y él deseaba tener un poder propio para ayudarle.
Edward dejó de respirar, se congeló, esperó, sin atreverse a tener esperanza, pero oh Dios, parecía que podrían lograrlo. Podrían…
El carro aterrizó en un costado de la carretera y Bella se dejó caer contra al asiento. ¡Lo lograron! Edward jadeó una risa de incredulidad, y luego el carro se deslizó de su precaria posición. Estúpidamente, Edward pisó el freno, pero no detuvo el deslizar del carro. Se fue de lado sobre la bajada y rodó, impactando primero en el lado del copiloto. Edward lanzó sus brazos alrededor de Bella, al menos todo lo que le permitió su cinturón de seguridad, e intentó protegerla mientras caían por un lado. Cielo, tierra, cielo, tierra… se movían de locura por el parabrisas, el cual se rompió en la tercera vez que el techo golpeó con la tierra y Bella gritó, un terrible sonido de dolor y miedo.
El carro se detuvo sobre el techo. Bella colgaba inerte, estaba sostenida en su lugar por el cinturón de seguridad. Edward agarró la orilla del suyo y tiró de él lo más fuerte que pudo. Rompió el seguro y cayó de su asiento al techo, aunque no había mucho espacio libre. Gateó por la ventana y se acercó al lado de Bella, donde arrancó la puerta y le quitó el cinturón, atrapándola antes de que cayera.
—¿Bella? ¿Bella? —El pánico agudizaba su tono. Intentó recordarse que no podía estar muerta; sería pura ceniza si lo estuviera, pero en ese momento su mente no estaba interesada en la lógica.
Ella abrió los ojos.
—¿Lo logramos? —preguntó. Su voz sonaba débil a causa del cansancio.
Un alivio tan dulce lo inundó que las rodillas de Edward se debilitaron y tuvo que recargarse en el carro destruido. El radiador descompuesto siseaba mientras se le escapaba el vapor y podía escuchar el aire saliendo de las llantas agujeradas. Alzó la vista hacia la carretera sobre ellos y luego hacia el barranco donde la camioneta era sólo un pequeño punto moviéndose lentamente por la carretera. Tardarían un rato en llegar a este lado al tener que darle toda la vuelta al lugar.
—No exactamente.
Ella miró el carro y suspiró.
—Supongo que después de todo no regresaremos el carro.
Pido una enorme disculpa por la tardanza, no daré más explicaciones, pero sepan que no pienso dejar abandonada ninguna de mis traducciones. Además, a este fic ya sólo le quedan 4 capítulos, de los cuales dos ya están traducidos.
Espero que les haya gustado y gracias por sus comentarios :)
