Veintiocho

Cambios

Odiaba madrugar. Siempre había detestado tener que abandonar la cama cuando el resto dormía, pero aquella mañana sin duda, iba a suponer un esfuerzo extraordinario por culpa de la escena que se encontraba justo a su lado.

Elise seguía profundamente dormida cuando la vibración de su móvil le hizo abrir los ojos. Abrir los ojos después de apenas un par de horas de sueño, porque aquella noche, Quinn apenas logró dormir un par de horas. El resto las pasó allí, recostada junto a la pequeña, dejando que su respiración tranquila y ajena a todo lo que sucedía a su alrededor, la ayudase a al menos a calmar su estado. Tal vez el sueño no lograba permanecer en su cuerpo por más de dos horas, pero la relajación que le ofrecía el estar con su pequeña era más que suficiente para sustituirlo.

Mientras estaba a su lado todo se volvía calma.

Excepto cuando un mensaje la obligaba a abandonar la cama como lo estaba haciendo. Apenas eran las 7 de la mañana de aquel domingo cuando Santana la devolvía a la realidad. A la cruda y dolorosa realidad.

Todo está listo. Ven a casa lo antes posible y te explico el procedimiento.

Podía sonar a tortura, a ejecución. Las palabras de Santana en aquel tosco y severo mensaje no podrían denotar nada bueno. Por supuesto, supo de qué se trataba sin siquiera tener que esperar a llegar a su casa, y no, no era nada bueno, ni que le ayudase a enfrentarse a aquel día con otro ímpetu, muy diferente al del día anterior. Es más, probablemente fuese mucho peor que lo que ya había vivido.

Dejó un beso en la frente de su hija sin que ésta apenas notase nada, de hecho, ni siquiera se movió de la cama. Lanzó una última mirada a la misma desde la puerta, y dejó que el sueño siguiera regalándole aquella tranquila y acogedora estampa.

Más o menos la misma que le ofrecía Rachel en su habitación.

Tenía que entrar sí o sí. Toda su ropa seguía en el vestidor del mismo, y si no quería presentarse en el hogar de Santana en pijama, no le quedaba más opción que hacerlo.

Con sigilo, casi sin mover el aire, se adentró en la misma dispuesta a colarse en el interior del vestidor y tomar la ropa que aquel día trataría de mostrar su mejor cara. Una completa utopía sintiéndose como se sentía. Y lo hizo. Cruzó toda la habitación de puntillas hasta colarse en el vestidor, coger la ropa que iba a utilizar aquel día, y abandonarla sin romper la calma con la que Rachel dormía. Al menos eso creyó.

Le dio tiempo a adueñarse de uno de los baños, tomar una ducha, vestirse y prepararse un café hasta que supo que no, que su mujer no estaba dormida cuando entró a escondidas en la habitación. Y lo supo porque justo cuando permitía que Skimbles se comiese parte de una galleta y ella se disponía a dar el primer sorbo de la taza , la vio aparecer en la cocina, frente a ella.

—Ho…hola—balbuceó Quinn—¿Te he despertado? Lo siento, no quería hacer mucho ruido pero…

—Estaba despierta—respondió apoyándose en la puerta, lanzando una mirada al pequeño de la casa mientras mordisqueaba la galleta— Te he oído entrar en la habitación e incluso ducharte.

—Oh…Vaya…

—¿Dónde vas? ¿Qué haces despierta a esta hora?

—Tenía pensamientos de aprovechar la mañana y pasarme por la galería a solucionar algunos trámites. Pero… me, me ha escrito Santana. Me ha dicho que tiene todo listo y que me pase por su casa lo antes posible para explicarme el procedimiento. Así que iré a verla y luego me iré a la galería.

—¿El procedimiento?—se interesó acercándose a la isleta, donde Quinn ya descansaba tomándose el café—¿Te refieres a…?

No necesitó responder. Quinn desvió la mirada hacia la taza dando entender que era lo que ambas pensaban.

—¿Estás segura de que quieres seguir adelante con eso?—cuestionó Rachel con dudas, con el temor a oír lo que ya sabía que iba a escuchar.

—No, por supuesto que no estoy segura, pero no quiero seguir tentando a la suerte, Rachel. Si necesitan vernos separadas oficialmente para acabar con todo, lo haré. No me importa nada, solo Elise y tú. Firmar un papel no significa que deje de quererte como te quiero.—Sentenció tras dejar escapar varios suspiros llenos de resignación y pena. Un apena que Rachel quería eliminar a toda cosa.

—Quinn—musitó sin dejar de mirarla—Anoche, anoche Beth regresó. Quise decírtelo cuando se marchó, pero vi que estabas dormida y no quería molestarte.

—No, no estaba dormida. Y sí, sé que vino. La escuché hablar en el pasillo. No quise volver a enfrentarme a ella y hacerle más daño, así que preferí seguir en la habitación. Supongo que vino a recoger sus cosas, ¿No?

—Sí, así es. Al parecer Jennifer la obligó a que viniese y ella lo hizo después de discutir mucho con ella.

—Al menos a ella le hace caso—susurró recuperando el malestar que vivió durante la discusión.—No sé cómo voy a hacer para que no me odie más de lo que ya lo hace.

—No te odia, Quinn—interrumpió Rachel obligándola a que alzara la mirada hacia ella— Estuve hablando con ella, y a pesar de saber que es probable que me recrimines y te enfades conmigo por hacerlo sin consultártelo, te tengo que decir que le dije la verdad.

—¿Qué?

—Beth sabe todo, bueno prácticamente todo…—hizo un breve silencio mientras se decidía a tomar Skimbles en brazo, y evitar que siguiera mordiendo sus pies—Sabe lo de la denuncia y que estamos fingiendo con nuestras amigas y con la gente que nos rodea. No sé si fue o no buena idea, pero confío en ella…Y creo que puede hacerlo bien, es más me dijo que mientras estuviese en Nueva York, es probable que siga tratándote mal cuando te vea y haya gente presenciándolo, porque todo el mundo que la conoce sabe que no soporta las infidelidades y aunque seas su madre, contigo no sería diferente—soltó casi sin respirar, esperando algún tipo de respuesta por parte de Quinn, aunque esta se limitaba a mirarla un tanto confusa.—¿No…no vas a decir nada? ¿No vas a gritarme por involucrar a Beth en esta locura?

—¿Por qué lo has hecho?—fue lo único que acertó a preguntar y Rachel tuvo que tomar aire para ser sincera.

—Porque no soporto la idea de mentirles a nuestros padres o nuestros hijos. Porque me parece injusto que te trate así después de todo lo que estamos viviendo. Porque no soporto verte como estabas ayer. Ella te adora, y tú a ella…No podía soportarlo.—Confesó y Quinn no pudo evitar dibujar una leve sonrisa que casi se convertía en llanto tras escucharla. Un llanto de emoción por supuesto, porque escucharla hablar así le recordaba que los sentimientos de Rachel hacia ella, a pesar de todo, seguían intactos. Porque todos los errores que había cometido a lo largo de su vida, no lograban apagar esa llama que seguía encendida en el amor de su vida. –Lo siento—añadió de nuevo Rachel—Siento haberla involucrado y obligarla a mentir…

—No sientas nada, Rachel—susurró fijando su mirada en la suya—No sientas haberme devuelto la fuerza que había perdido. No sientas haberme recordado una vez más por qué te amo como lo hago.

—Quinn no…

—No, no tranquila—no dejó que hablase— No es mi intención avanzar sin tu consentimiento. También puedes estar tranquila, no voy a volver a obligarte a que tengas que ocuparte de mí como lo hiciste ayer. —Musitó tras dar un último sorbo a la taza de café— Te prometo que no me voy a hundir de ese modo. No voy volver a darte pena.

—Quinn, te he dicho muchas veces que no prometas algo que no sabes si vas a poder cumplir—replicó.

—Pero, yo solo pretendo…

—Nada—volvió a interrumpirla justo cuando se situaba frente a ella— Lo que hice ayer no fue nada que no hubiera hecho en otra situación, Quinn. No sentía pena, jamás he sentido pena por ti. Lo que sucedió ayer me rompió el corazón porque no soporto ver que lo pasas mal, que te hacen daño y que lo soportas por protegernos. No te confundas, Quinn. Que esté decepcionada por lo que tú y yo ya sabemos, no significa que haya dejado de quererte, que deje de preocuparme o no me importes nada. ¿Queda claro?

—Clarísimo—respondió sin apartar la mirada de ella, siendo consciente de como habían ido acercándose hasta quedar a apenas un palmo la una de la otra. Y Rachel no tardó en reaccionar desviando la mirada hacia Skimbles, dejándole claro que un paso más no estaba dentro de sus pensamientos.—Será mejor que me marche ya. Santana parecía tener prisa porque fuese.

—Ok. Eh…¿Debería ir yo también?

—No te preocupes—respondió apartándose de ella tras acariciar la cabeza de Skimbles—Traeré lo que tenga preparado y esta noche, cuando tus padres no estén y Elise duerma, hablamos con calma, ¿De acuerdo?

No respondió. Rachel se limitó a asentir aun sin creer que estuviesen hablando de aquello, de su separación real. Y Quinn lo supo. Como siempre sabía lo que le sucedía cuando fruncía los labios de aquella forma y ni siquiera se atrevía a hablar.

Quinn no tardó en adentrarse en el salón para recoger su bolso, y rápidamente regresó a la cocina dispuesta a abandonar su hogar como venía haciéndolo desde hacía ya una semana; por la puerta trasera del jardín. Pero Rachel no permitió que lo hiciera.

—Quinn espera…

—Dime.

—Ayer, ayer cuando estuve hablando con Beth, subimos al ático y vi que tenías un sobre sin abrir encima de tu escritorio—musitó tratando de no darle demasiada importancia.

—¿Un sobre?

—Sí, el que te enviaron con un mensajero. Es una revista. Lo abrí para ver que era.—Confesó contundente, sin dudas, esperando algún tipo de reacción en su mujer. Una reacción que no parecía llegar.

—Ah, sí. Supongo que es la revista de Aria—susurró pensativa.

—¿La revista de Aria?

—Sí. ¿Es una revista del Art Monthly?

—Sí, es esa revista. No sé, pensé que tal vez era importante y con todo este asunto te habías olvidado de ella.

—No, no—la interrumpió rápidamente—No es importante. Me hicieron varias entrevistas cuando estuve en la exposición de Shane y esa chica, Aria, es la columnista del Art Monthly. Me dijo que me enviaría el número de la revista donde salía la entrevista y supongo que es esa. No tiene importancia, no me interesa demasiado a decir verdad.

—Ok. –Respondió satisfecha por la respuesta que había recibido. Una respuesta sin nervios, sin nada aparente que ocultar. Algo que tras haber descubierto el detalle del sujetador que llevaba aquella chica en la fotografía, creía que sucedería.

Cuando vuelva la pondré junto a las otras—añadió con serenidad y Rachel se limitó a asentir de nuevo.—Te veo luego.

—Claro, si necesitas algo, me llamas. ¿Ok?

—Ok—replicó lanzándole una última mirada segundos antes de abandonar, esta vez sin interrupciones, la cocina. Y lo hizo como lo hace una adolescente cuando quiere evitar que su madre la vea salir de casa en mitad de la noche; casi de puntillas, lanzando miradas alrededor del jardín para pasar todo lo desapercibida que fuera posible.

Por suerte, un domingo a las 8 de la mañana era buena hora para no temer ni levantar sospechas. Juraría que todos sus vecinos, incluidos los pájaros de los árboles estaban dormidos a aquella hora, al menos eso intuyó tras recorrer las escasas 5 calles que la separaban de su objetivo aquella mañana. Cinco calles que recorrió en apenas un par de minutos tras decidir tomar el coche para ello.

Podria haberlo hecho andando, pero cuantas menos personas la viesen caminar por aquellas calles, más desapercibida pasaría y menos opciones tendría quien estuviese vigilándolas. Si es que realmente había alguien haciendo tan ardua labor.

Quinn no tardó en dejar varios golpes, con cuidado y sin que sonasen demasiado fuertes, sobre la puerta de la casa de la familia Pearce-Lopez. Despertar a los pequeños no entraba dentro su objetivo, y Brittany lo supo.

—Buenos días, Quinn—la saludó nada más abrir la puerta con apenas un susurro—Pasa, Santana te está esperando

—Gracias. ¿Estabas dormida?

—Eh no, yo no. Estoy preparando un picnic para los chicos y para mí. Nos vamos a pasar el día en el parque—sonrió—Santana tiene mucho trabajo y cuanto menos la molestemos, mejor.

—Oh, genial. Apuesto a que os lo vais a pasar muy bien.

—¿Crees que Elise podría venir? Podemos pasar por tu casa y…

—No lo sé, Britt. Los padres de Rachel están en casa y supongo que querrá estar con ellos hasta que se marchen. No obstante, llamalá—le sugirió—Tal vez le parezca buena idea.

—Ok, le escribiré en un rato. Vamos…Santana está en su despacho, no la hagas esperar.

—Está bien, iré—musitó Quinn desviándose hacia el pasillo que dividía la estancia principal y que la llevaba directamente hacia la zona de trabajo de ambas.

—Quinn—susurró Brittany segundos antes de que ésta se perdiese por el pasillo.

—Dime…

—¿Estás bien? ¿Cómo…cómo lo llevas?

—Pues—musitó dejando escapar un suspiro lleno de resignación—Digamos que saldré adelante.

—Sabes que puedes contar conmigo, ¿Verdad? Estoy aquí para lo que necesites.

—Lo sé, y se agradece mucho oírlo. Gracias por todo.

—No des las gracias—respondió dibujando una de esas sonrisas cómplices que solía utilizar cuando la sensatez se apoderaba de su privilegiada mente—Solo pide lo que necesites, y ya.

—Lo haré—respondió Quinn cuando su amiga ya acertaba a dejarla a solas y permitir que continuase con su trayecto hacia el despacho de Santana.

Una puerta a la derecha, la habitación de estudio de los pequeños del hogar. Otra a la izquierda, la sala de trabajo de Brittany, donde permanecía ordenado todo aquel material que solía utilizar en su trabajo. Y justo en frente, cortando de raíz el trayecto del pasillo, la puerta que no tardó en golpear con la misma sutileza con la que lo hizo en la entrada.

Cielo, puedes entrar sin llamar—se escuchó tras la puerta y Quinn no pudo evitar sonreír mientras la abría.

—Creo que en 25 años es la primera vez que me llamas así—bromeó y Santana no tardó en reaccionar a su voz.

—Oh, Quinn…Eres tú.

—Me estabas esperando, ¿No es cierto?

—Eh sí, sí, pero pensé que era Britt quien llamaba. Creí que me escribirías antes de venir y…

—Ya estoy aquí—la interrumpió colándose en el interior del despacho.

—Ya veo, vamos…cierra esa puerta y siéntate. Siento, siento mucho el desorden de la mesa—se excusó al tiempo que apartaba una montaña de papeles del asiento que debería ocupar Quinn. Una montaña que se sumaba a las tres que se apilaban sobre el clásico escritorio.—Llevo unos días sin poder dedicarme a ordenar.

—No te preocupes. Me sorprende que estés trabajando un domingo a ésta hora. ¿No tienes descanso?

—¿Descanso?—repitió con sarcasmo tras ofrecerle el asiento—Ya he olvidado lo que significa esa palabra. Y como siga así, me temo que no lo sabré en mucho tiempo.

—Vaya, ¿Y por qué me has escrito tan pronto si tienes tanto trabajo?

—Porque me dijiste que era urgente—alzó la mirada por primera vez hacia sus ojos—¿No?

—Eh sí, bueno…Pero no pensé que pudieses tenerlo ya. Ni siquiera han pasado 24 horas.

No es complicado, solo es un formulario estándar de separación, nada más. He redactado lo que me dijiste y punto. Solo tenéis que firmar.

Sencillo y directo. Las palabras de Santana describían el divorcio de la forma más sencilla y directa que jamás había oído. Pero evidentemente, Quinn no lo recibió de aquella manera, de hecho, incluso sintió como la presión de su cuerpo bajaba y sentía un leve mareo que la obligaba a aferrarse a los posa brazos de la silla.

—Es eso lo que necesitas, ¿No?

—Eh, sí, pero si lo dices de una manera tan directa parece un trámite más, y no…no es un trámite más.

—Quinn—la interrumpió cerrando de golpe la tapa del portátil donde trabajaba—No sigas mintiéndome, ¿Ok? Acepto que no me quieras decir lo que os sucede, pero después de lo que vi y lo que más o menos pude oír ayer, intuyo que todo es una película para que alguien crea que estáis separadas. El objetivo no lo sé, pero si esa es la única manera que tenéis de hacerlo, evidentemente para mí no es más que un mero trámite, y las abogadas estamos para llevar a cabo esas acciones.—Añadió a modo de reprimenda. Reprimenda que Quinn aceptó sin rechistar.—Toma—Espetó entregándole varias hojas grapadas— Léelo cuando estés con ella y lo firmáis. He redactado justo lo que me indicaste, que cedes tus bienes en favor de ella y de Elise, y poco más. Mañana me la traes o mejor yo me paso por tu casa, la recojo y la llevo al juzgado. En dos o tres días estaréis divorciadas oficialmente.

—Santana por favor—susurró Quinn tratando de evitar que continuase con el monologo que estaba saturándola, y rompiéndola.

—¿Santana qué?—repitió—No estoy haciendo otra cosa más que lo que me pediste ayer. Preparar tu divorcio y callar, callar hasta que tengas bien a decirme lo que os está sucediendo. Nada más.—Sentenció y Quinn se dejó caer sobre el respaldo de la silla.

Había perdido la paciencia. Había dejado escapar el último suspiro que la obligaba a mantenerse firme y alargar una mentira, o mejor dicho un silencio, que ya era absurdo. Santana las había escuchado, había sido testigo de cómo terminaba hundiéndose ante el desmesurado, aunque lógico, ataque de Beth y como Rachel acudía en su auxilio. Era absurdo seguir manteniéndola al margen.

Estamos en problemas.—Dejó caer con algo de recelo—Tenemos que fingir que no estamos juntas, hacer creer al mundo entero o básicamente a quienes nos rodean, que no estamos juntas por el bien de Elise.—Añadió buscando algún tipo de reacción en Santana, que completamente en silencio la miraba confusa.—¿No vas a decir nada?

—Ya te eestoy diciendo que lo sabía—Masculló tras lograr la confesión— Sabía que no os estabais separando, además…Esa forma de mentir a Beth era demasiado evidente.

—¿Sabías que le estaba mintiendo?—balbuceó desconcertada.

Quinn, te conozco…Y ya sé que en un momento determinado por alguna circunstancia extraña tendrías la poca vergüenza de meterte en la cama de alguna zorra, pero jamás, y escúchame bien, jamás creería que te fueras a callar y permitir que tu hija sepa la verdad, y menos aún como sucedió ayer.

La Quinn que conozco habría gritado hasta la saciedad llevando la voz cantante, y no habría permitido que Beth dijese todo eso sin tener idea. Es más, por ese mismo detalle me metí en medio de vuestra conversación para que ella supiese de lo que hablabamos. Necesitaba ver que estaba en lo cierto. Necesitaba ver como reaccionabas ante su respuesta y más clara no pudo ser. Además Rachel lo corroboró.

—¿Escuchaste nuestra conversación en la habitación?—Interrumpió de nuevo Quinn.

Solo es un papel, solo es una firma. Nadie, absolutamente nada ni nadie podrá separarnos—musitó sin dejar de mirarla— Esas fueron las palabras exactas que escuché de Rachel. Fue entonces cuando supe que algo grave parecía estar pasando con vosotras, pero no entre vosotras. –Matizó logrando que el lamento regresara a Quinn tras no haber podido evitar que se viese involucrada en aquel asunto. Porque llegadas a ese punto, no podía seguir ocultándole lo que sucedía.—Tranquila Quinn, puedes contar conmigo y lo sabes. Haré todo lo que esté en mis manos para ayudaros. Si es algún tema mediático, sabes que conozco bien ese mundo y…

Nos quieren quitar a Elise—soltó sin pensarlo, sin apartar la mirada de las cláusulas que aparecían impresas en los documentos y dejando a su amiga completamente bloqueada.—Nos han denunciado, bueno mejor dicho han denunciado a Rachel alegando que está influenciando de manera negativa a Elise al estar casada con una mujer, y que ello la ha llevado a sufrir un incipiente problema de trastorno de personalidad, todo ello corroborado por la inepta de la psicóloga de su colegio, que es una estúpida y que parece que nos tiene manía. Spencer nos ha dado una serie de instrucciones para intentar detener el avance de la denuncia y que no llegue a ningún juzgado civil hasta que podamos averiguar quién ha sido el denunciante. Una vez que lo sepamos, veremos cómo hacer para demostrar que no están en lo cierto.

No dijo nada. Santana permanecía completamente pálida mientras la observaba inmóvil desde su silla. Solo reaccionó cuando decidió levantarse de repente y comenzó a andar por el despacho de un lado hacia otro, estrujándose las manos la una contra la otra mientras mostraba una actitud pensativa que hizo perder la paciencia a Quinn.

—¿Qué, qué haces?—balbuceó.

—¿Me estás diciendo que os han denunciado desde el Centro de protección infantil?

—¿Centro de protección infantil?—repitió un tanto confusa—No, no creo que no. Spencer habla de otra organización…De la ONPF.

—¿Qué? Oh mierda—susurró al tiempo que se detenía de su hipnótico ir y venir por la estancia.

¿Qué? ¿Qué sucede? ¿Conoces esa organización?

—Claro que la conozco, y me sorprende. Esa organización va más allá de la simple protección familiar. Para ellos una familia nuclear, o sea la familia convencional con un padre y una madre es la única vía factible en nuestra sociedad. Quien os ha denunciado ha ido directamente a hacer daño , no a tratar de proteger a Elise.

—¿Cómo? No entiendo.

—Quinn, cuando existen casos de violencia infantil o cualquier conflicto en la que la integridad física y mental de un niño esté en peligro, es el centro de protección infantil quien se encarga de investigarlo antes de ponerlo en manos de los jueces. A ellos les da igual si la familia es monoparental, homoparental o nuclear. Ellos solo intervienen por el bienestar del niño en cuestión. Pero la ONPF es una maquina homófoba.

—Pero…Spencer nos dijo que no, que esa organización es seria y que…

—Spencer sabe la mitad de lo que yo puedo llegar a saber de ese tema—la interrumpió— Te recuerdo que estoy colaborando para el bufete de abogados de la casa blanca, y conozco muchos casos y lo que se maneja en política. La ONPF recibe subvenciones de los estados en los que gobiernan los republicanos. Es más, te aseguro que en hay muchos altos cargos en esa organización que son teoconservadores.

Eso suena muy mal, tan mal que me extraña que Spencer no nos lo haya comentado.

—Tal vez haya querido suavizarlo un poco, pero te aseguro que si es esa organización la que está llevando la investigación, estamos jodidas. No quieren a los homosexuales, y les bastará tener una mínima prueba de que estáis perjudicando a Elise, para organizar una caza en toda regla.

—Oh dios—dejó escapar con apenas un hilo de voz.—¿Qué hacemos? ¿Qué mierda tenemos que hacer?

—No lo sé Quinn, tengo que hablar con Spencer. Supongo que la separación es la mejor opción, porque eso destruye cualquier intento desesperado de ellos y hará que la investigación se detenga. ¿Tenéis idea o tal vez sospechas de alguien que pueda estar detrás de todo esto?

—No, no tenemos ni idea. Rachel y yo hemos pensado en todo el mundo que nos rodea, porque Spencer nos dejó entrever que debía ser alguien cercano a nosotras.

—Eso no tiene nada que ver, Quinn.—Volvía a interrumpirla—Rachel es una imagen pública, sí…Tal vez solo la conozcan quienes estén al tanto del mundo de Broadway, pero todo el mundo que la conoce sabe que está casada con una mujer. Puede haber sido cualquiera que conozca un poco su historia. ¿Por qué dices que la psicóloga del colegio de Elise está metida? ¿Cómo se llama?

—Grace, se llama Grace Fowler—respondió rápidamente y Santana no tardó en anotar el nombre en la primera hoja que acertó a rescatar del montón sobre su escritorio

¿Habéis hablado con ella?

—Sí, Rachel lo hizo cuando expulsaron a Elise.

—¿¡Qué!?—cuestionó alzando la mirada de nuevo hacia ella—¿Qué han expulsado a Elise del colegio?—Repitió y Quinn fue consciente de como su amiga también desconocía aquel pequeño pero importantísimo detalle.—¿Cuándo? ¿Por qué?

—Fue cuando yo estaba en España. Elise…Elise llevaba un tiempo un tanto rebelde con sus compañeros, de hecho incluso llegó a tirarle un bote de pintura a uno de los chicos porque no le tiene demasiada estima. Según me ha contado, escucha cosas feas acerca de los homosexuales y le daba miedo contárnoslo porque creía que nos haría daño.

—Oh dios…

—Además—no dejó que la interrumpiese—Cometió la rebeldía de cortarse el pelo delante de todos sus compañeros—confesó provocando aún más el desconcierto en la latina—Elise me dijo que solo pretendía engañarles haciéndole creer que era un chico, porque de ese modo les dejaría jugar con ellos. Y no tuvo otra cosa más que escaparse de una sala de castigo, entrar en el despacho de un profesor para robar unas tijeras, y cortarse el pelo delante de sus compañeros.

—Una jodida Fabray—balbuceó aún sin creerlo—Esa niña es tu viva imagen, ¿Lo sabes no?

—Santana, no estoy para bromas, ¿Ok?. No fue agradable para ninguna de nosotras, y menos para Elise. La expulsaron a tres días del final de curso, y fue precisamente esa psicóloga, la tal Grace Fowler, quien recomendó a Rachel que llevase a Elise a un psicólogo privado, que podría estar sufriendo trastornos de la personalidad por culpa de nosotrasmatizó con sutileza. —Según Spencer, esa organización ya tiene en su poder un informe del historial de Elise en el colegio.

—Ok. Déjame que averigüe algunas cosas y que hable con Spencer. Es pronto aún en Los Ángeles, así que la llamaré más tarde. Voy a terminar unos informes y me pongo de lleno con esto, ¿De acuerdo?

—Está bien. ¿Y yo? ¿Qué hago mientras?—preguntó tras ver como su amiga volvía a abrir el ordenador.

—Pues imitar lo que ha hecho Elise y cortarte el pelo—respondió con sarcasmo, sin embargo, Quinn no estaba demasiado centrada como para percibirlo.

—¿Qué? ¿Cortarme el pelo?

—¡Claro!—exclamó Santana regresando la mirada hacia ella—No tienes otra cosa que hacer más que córtarte el pelo—Añadió con sarcasmo— O tal vez debas hacer lo que has venido a hacer aquí, ¿O es que acaso te gusta levantarte los domingos a las 7 de la mañana para venir a visitarme?

—Oh, los documentos—susurró tratando de centrarse, algo que ya le era imposible después de todo lo vivido y la información recibida por parte de su amiga y abogada. Una información que la obligaba a cambiar de actitud y tomar las riendas de aquella locura sin permitir que el desconsuelo y el miedo volviesen a hundirla. Y si había una fórmula para que Quinn Fabray se sintiera renovada y con fuerzas para seguir caminando, era precisamente la que Santana había dejado escapar a modo de broma; Su pelo.

—¿Te pasa algo?—musitó la latina tras ver como guardaba silencio y mantenía la mirada baja, sobre el documento que ya permanecía entre sus manos.

—¿Tienes unas tijeras?—reaccionó aumentando aún más el desconcierto en Santana.

—¿Tijeras?—repitió al tiempo que abría uno de los cajones de su escritorio y sacaba una de él—¿Para qué quieres unas tijeras?

No respondió. Quinn soltó los documentos sobre la mesa y giró la silla para darle la espalda al tiempo que tomaba la coleta en la que recogía su pelo y se la ofrecía.

—¿Qué haces, Quinn?

—Vamos, córtame el pelo.

—¿¡Qué!?—Exclamó confusa— ¿Qué dices? ¿Estás loca?

—No, no estoy loca. Vamos, toma esas tijeras y córtalo—insistió completamente seria, pero el rostro de Santana mostraba lo opuesto. Una nerviosa sonrisa de incredulidad comenzaba a apoderarse de ella.

—No pienso hacer algo así. Por amor de Dios, ¡soy abogada, no peluquera!.

—¡Santana!, coge las malditas tijeras y córtame el pelo, ¡Ya!