Bueno, aquí les traigo el nuevo capítulo de esta historia. Me siento muy feliz porque este mes ha habido varias personas que han agregado esta historia a sus favoritos o a sus listas de alertas :D A todos ellos, al igual que a los que siguen leyendo sin dejar marca de su paso por aquí les doy las gracias.
Bueno, ha llegado la hora de conocer lo que le sucede en las vacaciones al último de los cuatro herederos. Me gustó mucho escribir sobre este capítulo, especialmente por lo que ahondo en la historia de la familia Malfoy. Espero que a ustedes también les guste ;)
29. Miedo
Scorpius recorría distraídamente la mansión Malfoy. A pesar del aspecto adusto que muchos de sus visitantes percibían de ella, a Scorpius le encantaba su hogar. Sabía que antaño aquél había sido un lugar opulento (su padre siempre lo mencionaba cuando hablaba de su niñez), pero sabía que sus abuelos habían vendido gran parte de todo lo que tenían cuando Draco Malfoy había terminado el colegio. Scorpius no sabía muy bien porque razón había sido aquello, sin embargo, debido a pláticas que había oído a escondidas y a lo que le habían dicho Tommy Foster y su amigo hacía poco, Scorpius había llegado a la conclusión de que su familia había vendido gran parte de sus pertenencias en el momento de la caída de Lord Voldemort. Después de todo, las fechas coincidían. Quizás cuando volviera a Hogwarts les pediría a sus amigos ayuda para averiguar más al respecto.
—Joven Malfoy —escuchó una voz a sus espaldas.
El chico Malfoy se dio la vuelta, y vio que Boobles, su elfo doméstico, se encontraba de pie detrás de él.
—¿Qué sucede Boobles? —inquirió el chico Slytherin.
—La comida está servida —dijo el elfo—. Sus padres lo esperan en el comedor.
—Voy para allá —contestó educadamente y con una sonrisa Scorpius.
Boobles desapareció con un chasquido. Scorpius sabía que seguramente se dirigía a la cocina para preparar todo lo necesario para servir la comida.
El chico Malfoy se dirigió al comedor por un pasillo que rara vez utilizaba, pero que en aquel momento era el camino más rápido para ir al comedor. No le gustaba utilizar aquel pasillo porque era donde se encontraba la puerta a lo que había sido la habitación de sus abuelos. Él los apreciaba, pero lamentablemente le parecía que el sentimiento no era mutuo, especialmente en el caso de su abuelo.
Antes del nacimiento de Scorpius, la familia Malfoy no vivía en aquel lugar. No solo habían vendido todo con la caída de Voldemort, si no que habían abandonado la mansión porque costaba demasiado mantenerla. Su padre y abuelos vivían en una pequeña casa en una zona deshabitada de Gales. Obviamente ahí no contaban con ninguno de los lujos a los que estaban acostumbrados. Su abuelo se había amargado un poco, pero Draco decía que en ningún momento se arrepentía de aquello, ya que si bien había sido difícil al principio, a la larga aquello lo había conducido a tratar a Astoria, la madre de Scorpius. Si bien ésta era hermana de una de sus excompañeras de clase, nunca se había tomado la molestia de tratarla porque era la clase de chica que de antaño hubiera considerado como traidora de la sangre. En realidad, su único defecto es que no le veía caso a tratar a los muggles de forma inferior, aunque eso le había llevado a separarse de su familia (los Greengrass) hasta que se casó con Draco Malfoy, un sangre limpia bien conocido.
Astoria había sido una bendición en cierto sentido para Draco. La mujer conocía bastante bien los defectos de su marido, y en lugar de irritarse o intentar ignorarlos había aprendido a lidiar con ellos y obligar a Draco a controlarse. Draco amaba realmente a aquella dulce y delicada mujer, y así aprendió a controlarse un poco así mismo. En el presente, el mismo hombre aceptaba que aquello había sido bueno para él, si bien aún conservaba algunos rasgos egocéntricos, vanidosos y maliciosos aunque bastante atenuados.
Cuando finalmente Astoria y Draco se casaron, ambos pusieron un pequeño negocio de pociones mágicas. Ambos eran excelentes preparándolas, y si aquello no bastaba Astoria tenía varios contactos que sabían prepararlas, ya que pertenecía a la Rimbombante Sociedad de Amigos de las Pociones. Empezaron con un local cercano al lugar donde vivían. Aquello no les hubiera dejado mucho dinero si solo se hubieran dedicado a los clientes que los visitaban, sin embargo, Astoria tenía muy buen ojo para los negocios y expandió el negocio mediante envíos vía lechuza. Sus Pociones estaban tan bien hechas y los precios eran tan módicos que el negocio creció de forma exponencial en pocos años. Pociones Dractoria (cuyo nombre había nacido cuando Astoria y Draco jugaron un poco con sus nombres) prontamente necesitó abrir locales en Hogsmeade y el Callejón Diagon, y actualmente tenía otros en París, Washington, Buenos Aires, Sidney y Tokio. Astoria había estado preocupada por la calidad de los preparadores de Pociones que tendrían que contratar ante el crecimiento de la demanda, pero lo había solucionado mediante una cuidadosa selección realizada por ella misma y su marido a aquellos que iban a ser contratados. Aquello significaba que a veces necesitaban hacer viajes hasta el otro extremo del globo, pero valía la pena porque de esa manera la excelente calidad de Pociones Dractoria se había mantenido. Además, ahora Pociones Dractoria era realmente autónoma y no necesitaba comprar Pociones a otros magos, ya que las Pociones que no sabía preparar el encargado de Hogsmeade eran realizadas por el de Tokio, por poner un ejemplo, y se podían importar.
Una vez que Pociones Dractoria hubo crecido por Gran Bretaña, la familia Malfoy pudo volver a ocupar la mansión, justo cuando Astoria se había embarazado de Scorpius. El chico había nacido en la mansión, felizmente acompañado de sus padres.
Pero la esfera de felicidad no incluía a todo mundo. El abuelo Lucius quería recuperar la "gloria" (así lo llamaba él) de antaño de la mansión Malfoy. Astoria se había negado, ya que ella nunca había sido dada al excentrismo y el deseo de poseer (la verdad es que aunque su familia era de sangre limpia, nunca habían tenido tanto dinero como los Malfoy), mientras que a Draco la verdad aquello le daba igual, ya que estaba muy contento con su nuevo papel de padre.
El hecho de que el dinero no se gastara comprando cosas para adornar la mansión Malfoy amargó aún más a Lucius. El pequeño Scorpius no recordaba haber visto sonreír nunca a su abuelo, y aquello a la larga también fue afectando a su propio padre, a quien no le agradaba aquella tensa relación con Lucius. Draco se volvió más estirado y serio, y cuando Astoria no pudo aguantar aquella situación estalló una pelea con sus suegros. La mujer amenazó con marcharse de la casa con su hijo. Draco dijo que llegado el caso el se marcharía junto con su familia. Siendo así, Lucius y Narcisa perderían la mansión, ya que quien realmente los mantenían eran su hijo y nuera. Así, la pelea había terminado con la partida de los abuelos Malfoy de la mansión cuando Scorpius tenía cinco años. Lucius y Narcisa cortaron toda relación con su hijo y nuera, y por ende con su nieto. Scorpius les mandaba una tarjeta cada Navidad hecha por él mismo desde que tenía siete años, pero jamás había recibido una respuesta o algo a cambio.
Scorpius llegó al comedor donde ya se encontraban sus padres. La habitación era sumamente grande cuando tenías en cuenta que la mesa solo tenía lugar para seis personas, pero el ocuparla para comer era una de las pocas concesiones que Astoria había hecho a Lucius. Si hubiera sido por ella hubiera puesto la mesa en la misma cocina. Y aunque tenía años que los abuelos Malfoy se habían marchado, nadie había movido la mesa.
Draco Malfoy se encontraba en la cabecera de la mesa, oyendo con una sonrisa a su esposa que le platicaba sobre su reciente viaje a Washington. A Scorpius le agradaba ver a su padre así, cuando perdía aquella máscara de hombre duro que estaba acostumbrado a mostrar al mundo exterior. Sin embargo, quizás fuera gracias a él que la sucursal de Pociones Dractoria del Callejón Diagon era aquella donde los clientes intentaban regatear menos. Draco se encargaba en general de aquel local, solo tenían dos empleados que se encargaban del almacén y de la venta cuando los Malfoy tenían que salir o cosas así. Astoria había estado fuera del negocio mientras Scorpius había estado en casa (exceptuando los viajes para evaluar a los candidatos para el trabajo), pero ahora que el chico estaba en Hogwarts se encargaba junto con su esposo de aquel lugar.
Scorpius ocupó el lugar a la izquierda de su padre, y cuando se hubo sentado el primer plato apareció mágicamente frente a todos.
—¿Has estado realizando tus deberes? —inquirió su madre a Scorpius mientras tomaba los cubiertos.
—Un poco —contestó Scorpius entre cucharadas—. Ya terminé los de Encantamientos y Transformaciones. He avanzado un poco con los de Defensa e Historia de la Magia, pero de hecho necesito que me ayuden con los deberes de Pociones.
—No es nada práctico, ¿verdad? —cuestionó Draco un poco preocupado.
—¡Papá, ya no soy un niño de cinco años que se tira el caldero encima! —exclamó Scorpius sintiéndose ligeramente abochornado.
Y es que cuando recién se habían marchado sus abuelos de la mansión, sus padres habían querido empezar a instruir a Scorpius en el arte de elaboración de Pociones. La primera clase había terminado en desastre, con una visita de emergencia a San Mungo. Después de eso sus padres no habían querido que Scorpius se acercara a ningún caldero a pesar de que aquél era el trabajo de sus padres. Él también había terminado con un trauma, pero lo había superado poco a poco en clase de Pociones. Aún recordaba que las primeras clases en la mazmorra habían sido un suplicio, pero terminó dándose cuenta que no había nada que temer siempre y cuando se tuviera cuidado, lo cual por otro lado era imprescindible por la dificultad de las pociones que les ponía a preparar el profesor Baster.
—He realizado Pociones en Hogwarts y en ningún caso he recibido daño —dijo el chico mientras fruncía el ceño y enfocaba la vista en su plato.
Su madre soltó un largo suspiro, con lo cual Scorpius levantó la cabeza.
—Tienes que entender que para nosotros es difícil Scorpius —le dijo su madre—. Aún recordamos lo que te pasó cuando eras pequeño y nos preocupa el que tengas que preparar alguna poción.
—Pero si les preocupa, ¿no sería mejor que estuvieran supervisándome mientras preparo la poción que dejarme hacerla solo? —inquirió el chico astutamente.
Su madre sonrió con aquello.
—Mañana prepararemos lo que tengas que preparar, ¿de acuerdo? —le dijo su madre.
Los Malfoy continuaron con la comida, la cual como siempre estaba deliciosa. Scorpius se preguntaba que pasaría si algún día les faltara Boobles. ¿Dónde conseguirían alguien que cocinara como él?
—❄—
Scorpius se encontraba caminando por las mazmorras de Hogwarts. Se dirigía hacia la clase de Pociones, aunque extrañamente se sentía como si fuera la primera vez que iba a entrar a aquella clase. Sentía sus manos sudorosas y su pulso acelerado. No obstante, en esta ocasión no se encontraba Justin para preguntarle qué le sucedía, y luego para consolarlo diciendo que él le ayudaría a que no le pasara nada.
¿Por qué se sentía así? Si bien le seguía teniendo algo de miedo a la clase de Pociones, ya se había acostumbrado. Era cierto que esperaba con verdadera ansia poder despedirse de esa materia, pero mientras tanto había aprendido más o menos a relajarse. No tenía sentido sentirse nuevamente así.
Los pasillos estaban vacíos, por lo que Scorpius aceleró el paso para llegar al aula de Pociones. Llegó a la puerta y la abrió de un golpe.
—Lamento llegar tarde... ¡AH!
El chico había gritado al precipitarse al vacío cuando dio un paso más allá de la puerta. Cayó en alguna especie de líquido de color ámbar ligeramente transparente, e inmediatamente se puso a patalear para salir a flote. Una vez en la superficie de aquel líquido, levantó la cabeza para ver la puerta por la que había entrado. No obstante, no había ninguna puerta. Descubrió con horror que se encontraba flotando dentro de un caldero gigantesco con lo que evidentemente era una poción.
El joven Malfoy intentó tranquilizarse. Debía de haber algún modo de salir de aquel lugar. Por otro lado, si se desesperaba terminaría hundiéndose hasta el fondo. Lo más importante era mantener la calma y mantenerse a flote.
Sin embargo, aparentemente no se encontraba solo. Sintió como algo lo tomaba por un tobillo e intentaba jalarlo hacia el fondo del caldero. Scorpius se soltó de una patada, pero al intentar buscar qué era lo que lo había atacado se llevó un susto de muerte. Vio como la poción se arremolinaba unos metros más allá, y con horror vio como de la superficie parecía surgir una criatura formada por la misma poción. La elevación que constituiría su cabeza tenía tres agujeros, una boca y dos ojos, pero por lo demás era solo una masa informe de poción.
La criatura giró sus ojos hacia el joven Malfoy, y después moviendo la boca le dijo:
—Me perteneces.
Su voz era cavernosa y provocó escalofríos en Scorpius. Le recordaba vagamente a la voz del Señor de las Tinieblas, pero en aquel momento hubiera preferido enfrentarse a aquél, porque al menos al ente malévolo ya lo había derrotado en una ocasión, mientras que a éste ser no tendría la menor idea de cómo le haría frente.
El monstruo se abalanzó contra él, provocando una inmensa ola que Scorpius aprovechó para llegar al borde del caldero. No logró salir, pero si asirse del borde de éste. Intentó izarse con los brazos, pero en ese momento sintió que algo lo tomaba por los pies.
—No escaparás de mí —le dijo aquella terrorífica voz.
Scorpius se empezó a desesperar. Tenía que hacer algo, no quería hundirse y perderse en aquel mar de poción. Pero no sabía que hacer. Cerró los ojos mientras utilizaba todas sus fuerzas para agarrarse del borde del caldero y no caer en la poción.
—Sabes qué hacer —dijo de repente una voz que le pareció familiar y extraña al mismo tiempo.
Abrió los ojos y se sorprendió cuando se vio a sí mismo cerca de él. Su doble, por decirlo de alguna manera, se encontraba con el rostro muy cerca del suyo, agarrado del borde del caldero aunque desde el otro lado. La imagen parecía como si Scorpius se estuviera viendo en un espejo, pero había algo extraño en aquella imagen. Al chico Malfoy le daba la impresión de que la imagen tenía algo de líquida, como si estuviera viéndose reflejado en el agua. Pero si así fuera, el agua constituía precisamente la imagen por completo y no más allá de ella.
—Scorpius —le dijo aquella imagen, y se dio cuenta que hablaba con su misma voz—, una poción es mayoritariamente agua, y tú sabes como manejar el agua.
El joven Malfoy se quedó un momento analizando aquellas palabras. Independientemente de cuantos ingredientes incluyera una poción, su doble tenía razón, se trataba mayoritariamente de agua con ingredientes disueltos en ella. El podía manejar los líquidos, y eso lo había aprendido tempranamente en su vida. No entendía como podía haber temido de las pociones sabiendo aquello.
Scorpius se soltó del borde del caldero, y la criatura que lo jalaba lo arrastró de regreso hacia la poción. Sin embargo, Scorpius volteó a verla mientras sacaba la varita de su bolsillo. Hizo un movimiento, y el monstruo se deshizo en medio de aquel líquido. Scorpius se hundió un poco, e inmediatamente se encontró de pie, justo frente a un caldero.
—Incluso si te sucediera lo que te pasó cuando niño —dijo otra vez su doble, aunque en esta ocasión no podía verlo—, ya sabrías que hacer.
El caldero frente a él se volcó, pero con un hábil movimiento el chico Slytherin hizo que todo el líquido se dirigiera hacia otro lado en lugar de dirigirse hacia él.
Scorpius hizo una profunda inhalación. Se sentía tranquilo, y sabía que a partir de aquel momento no volvería a temer de las pociones. Después de todo era hijo de Draco y Astoria Malfoy, grandes fabricantes de pociones; además del heredero de Salazar Slytherin capaz de controlar el agua.
