29. Coordinación

—¡Alba! ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? –preguntó desesperado Jake en cuanto entré en casa de los Cullen, colocando sus manos en mis mejillas.

—¡Sí, sí! ¡Tranquilo! Paul no me ha hecho nada, se ha comportado fenomenal. Él propuso casi todas las ideas. –le tranquilicé yo, apartando sus manos de mi rostro. –Hemos acordado el lugar. –informé, con Jacob de la mano, a la familia vampiro que había delante de mí.

—¿Dónde, dónde, dónde? –preguntó excitada Alice.

—En el claro. –contesté.

—¡Genial! Yo colocaré los globos, las mesas, los carteles, los regalos…

—Alice, la fiesta la organiza Alba. –la paró Carlisle.

—Tiene que elegir ella, cariño. –coincidió Esme.

—¡Pero no es justo! ¡Tiene que ser…

—Alice, a Embry no le van esas cosas, así que no va a ser así, lo siento. –le señalé yo.

—¿Cómo que no? ¡Pero es… —replicó Alice.

—Amor, no es tu fiesta. –dijo Jazz, cogiendo a Alice de la cintura.

—Alice, sabemos que te encanta organizarlo todo, pero déjalo en las manos de Alba esta vez. –intentó convencerla Edward.

—Está bien… —dijo triste Alice.

—Si lo hago mal, te prometo que no organizaré nada más y te lo dejaré a ti. –prometí.

—Una propuesta arriesgada, ¿no crees? –me susurró Jacob.

—Déjala que sea feliz. –le respondí de igual forma.

—Bueno, entonces di cómo será la fiesta. ¡Va, hombre! –dijo Alice, volviendo a estar excitada.

—Bueno, yo había pensado hacerlo como un picnic. Haré magdalenas gigantes para los chicos y un pastel, en el que me podéis ayudar. –agregué, mirando a Esme. –No sé si poner música de fondo…

—Mientras sea de fondo y no para bailar… —se quejó Jake.

—Será de fondo, pero si alguien quiere bailar me gustaría que se pudiera bailar. –le expliqué yo.

—Lo que es el acontecimiento parece simple. –comentó Carlisle. –Así que, ¿por qué no pasamos a hablar de los regalos?

—Me parece apropiado. –dijo Emmett, que estaba con Rosalie, cogiéndole de la cintura.

—Vale, hum… ¿qué tenéis pensado regalarle?

—Hemos pensado que un coche entre todos no estaría mal. –contestó Rose.

—¿Un coche? ¿De los caros?

—Un Audi A5 descapotable en color negro. –dijo Emmett, experto en el tema.

—Es un buen coche. –dije, impresionada. –No… ¿será muy caro?

—No te preocupes por eso, cielo. Queremos hacerle un regalo a Embry, y creemos que ése es el mejor que podemos darle. –dijo Esme.

—¿Participaréis en el regalo, Jake? –preguntó Bella, con Nessie en brazos.

—Supongo que sí. Total, hemos propuesto nosotros el modelo…

—¿Tú también? –le susurré a Jacob, girándome hacia él.

—Oh, vamos… Somos doce para comprar el coche, no nos saldrá tan caro.

—¿Doce? –pregunté, extrañada.

No me salían las cuentas.

—Leah se ha unido al proyecto.

—Guau. Oye, ahora que pienso… La manada de Sam también podría participar en el regalo. Ya sabes, un regalo conjunto. –propuse yo.

—No es mala idea, Jake. –me apoyó Bella.

—Hum… de acuerdo, hablaré con Sam. –dijo Jacob.

—¿Y si se lo digo yo? –propuse yo. –De todas formas tengo qu…

—No, ni hablar. No correrás más riesgos. –me interrumpió él.

—¿Qué? ¿Qué riesgos? Jake, Paul ya no tiene motivos para enfadarse conmigo, ¿no lo ves?

—¿Y si ése día está de mal humor?

—Jacob, por Dios… Deja de ser tan protector. Si está de mala leche, Sam no le dejará acercarse a mí. Ni Sam ni los demás. No son tontos, Jake.

—Pero puede…

—Ya vale. –declaré.

—Está bien. Pero deja que esta vez vaya yo. Embry es uno de mis mejores amigos. Me gustaría tomar un papel más importante en todo esto, por favor.

Mierda. ¿Por qué lograba convencerme? Es que tiene razón… No es justo.

—Vale. –le dije, muy a mi pesar.

Él me rodeó la cintura y me besó la mejilla.

—Bueno, la fiesta es mañana. –dije, nerviosa.

—¡Sí, sí, sí! ¡Mañana! –exclamó feliz Alice.

—Alice, tranquilízate un poco, ¿quieres? –le dije, haciendo gestos con las manos.

—¡Vale! Ups, digo… Vale. ¡Estoy…! Hum… Estoy tranquila. No chillo. –contestó ella, bajando y subiendo su tono de excitación en la voz.

—Y borra ésa sonrisa que dice: "Estoy tramando algo sensacional, como por ejemplo, una fiesta sorpresa." –le dije, señalando su sonrisa.

—¿Sabes? Mejor me voy, yo no puedo con esto. –dijo, sin dejar de sonreír.

Y se fue dando saltitos de excitación.

—¿Qué le pasa a Alice? –preguntó mi padre, saliendo del comedor.

—Oh, nada. Está nerviosa por lo de la fiesta. –le contesté, girándome hacia él.

—Oh, ya… No recordaba que fuera tan… así.

—Referente a eso, papá, ¿podrías intentar no pensar en la película cuando Edward esté cerca? Durante la batalla, Embry me contó que Edward había visto imágenes en tu cabeza, cosa que les extrañó y apuesto lo que quieras a que lo investigaron. Así que, por favor…

—Sí, vale. Intentaré no pensar. Pero no es justo que me lo digas tú.

—¿Qué? –pregunté, confusa.

—Para ti es fácil decirlo. Edward no te puede leer la mente. –contestó él, cruzándose de brazos.

—Hum, esto… Voy a mi habitación. –dije, saliéndome por la tangente.

Me dirigí a las escaleras corriendo para que no pudiera quejarse, y cuando estuve en mi habitación, cerré la puerta.

—¡Yo también te quiero! –chilló él desde el piso de abajo, sarcásticamente.

Yo sonreí y me senté en la cama. El ordenador portátil estaba delante de mí, encendido. Moví el ratón para quitar el salvapantallas y me puse en internet. En el buscador de Google, escribí:

Kristen Stewart

Había pocos datos de ella. Muy pocas páginas, muy pocas fotos. Fui a su página en Wikipedia, y no había ni foto. Leí su biografía y su carrera. No ponía nada de ningún proyecto sobre la adaptación de un libro.

Sí, aún no había perdido la esperanza. Patético, ¿verdad?

Entonces un ruido me asustó, pero supe en seguida qué era.

—Hola, Embry. –saludé, sin apartar la mirada de la pantalla.

Cerré la ventana con un clic y se descubrió el fondo de pantalla.

—Hola, Alba. –me saludó él. —¿Cómo sabías que era yo? Podría haber sido Edward, o Jacob…

—Es más normal que aparezcas tú, no ellos. –dije, girándome para mirarle.

Él se tiró encima de mí, no fuerte, y me besó la mejilla.

—¿Cómo estás? ¿Has cenado? –le pregunté.

—Sí. He cenado y estoy bien. Bueno, normal, como siempre. –dijo, encogiéndose de hombros. —¿Y tú? No se te ocurra ponerte anoréxica, ¿eh?

—No, tranquilo. –dije, sonriendo. –He cenado y estoy fresca como una rosa.

Él me devolvió la sonrisa.

—Oye… tú… —empezó él.

—¿Sí? –le incité yo.

—Tú… —suspiró. –Me… ¿tienes que decir algo?

—¿Qué? –pregunté, disimulando estar confundida.

Hablaba de su cumpleaños, pero representa que yo no sé nada…

—¿No me tienes que decir algo? No sé, como una palabra así muy concreta, ¿sabes?

—No. –mentí, mordiendo el labio inferior.

Quería comprobar si me acordaba de su cumpleaños. Él no me lo iba a decir. Esperaría a que yo me acordara o sacara el tema, y le daba igual si era dentro de dos meses.

Suspiró.

—Da igual. Total, no es importante, sólo es una chorrada sin importancia. –dijo, dolido.

Oh, no podía verle así… ¿Y si se lo digo? ¡No! La fiesta es sorpresa… Pero es que con ésa carita de niño bueno… Va, se lo digo. ¡No, ni loca! No puedo decírselo. Oh, por Dios, Embry, no pongas esa cara…

—¿Seguro que no es importante? –le incité.

—No, no. A nadie le importa, y menos a ti.

Ouch… Eso ha dolido…

—Bueno, vale… —conseguí decir sin expresar el dolor que me causaban sus palabras. –Sabes que eres mi mejor amigo y te quiero muchísimo, ¿verdad? –le pregunté, esperando que la respuesta fuera afirmativa.

—Sí, claro. Me lo has demostrado unas cuantas veces. –dijo él, sonriendo con la sonrisa que me encantaba y me llenaba de alegría.

—¿Qué te pasa? Te veo… de bajón. –pregunté, y no era por lo de su cumpleaños.

—Oh, bueno, sí… Estoy de bajón, no sé porqué, sí.

—Mentira.

—¿Cómo lo haces? –preguntó, sonriendo.

—¿El qué? –pregunté, confundida.

—Saber cuándo miento.

—No te lo voy a decir. Si no, intentarías no hacerlo, y yo no sabría cuándo mientes.

—Es que eso es lo que quiero.

—Y por eso no te lo digo. –dije, riendo.

Él sonrió.

—Bueno, es que… Jacob me ha, nos ha dado vacaciones durante una semana, cosa que es un poco rara. Además, cuando entro en fase y encuentro con el pensamiento a Sam o a cualquiera de ellos, siempre tienen una excusa para salir de fase, así que me encuentro solo. La única que sigue ahí es Natalia, y tú, claro. Y estoy empezando a pensar que he hecho algo para merecer esto…

—¡No! ¡No lo vuelvas a pensar! ¡Nunca! –exclamé ante su ridículo pensamiento.

Oh, Dios… Esto no está funcionando… ¡Lo estoy destrozando por dentro! Espero que cuando vea la fiesta me perdone… Sin él no sé cómo podría seguir.

—¡Vale, vale! Si no vuelvo a pensarlo, ¿te tranquilizas?

—Sí. –dije a la carrera.

—Vale, entonces prometo no pensarlo nunca más, ¿vale? –me prometió, acariciándome el pelo.

—Vale. –acepté, apoyando mi frente en su pecho. –Por cierto, ¿tienes algo que hacer mañana?

—Hum… no. ¿Por?

—Para pasar un rato juntos fuera de estos muros. –dije, sonriendo y retirándome de Embry para mirarle a los ojos.

—"Fuera de los muros de este palacio", ¿no? –bromeó, riendo.

Yo también reí.

—Sí, eso. –dije, sonriendo.

—Me parece bien. Tengo ganas de pasar un rato contigo, a solas en el exterior.

Me mordí el labio, planeando algo. Alice quería organizar la fiesta, ¿no? Y Embry y yo queríamos pasar un rato a solas, ¿verdad? Hum…

—¿Qué planeas? –preguntó Embry, levantando ambas cejas.

—¡Oh! Hum… Nada, ¿por? –mentí, mordiéndome el labio al acabar de hablar.

—Mientes.

—¿Cómo lo sabes?

—Yo también tengo mis trucos.

Me mordí el labio de nuevo.

—Vale. Estoy pensando en pasar todo el día juntos, y solos. –dije, sonriendo ligeramente.

—¿No tienes cosas que hacer? Ahora que Jacob está de vacaciones…

—No, no, no. Tú déjame a mí. Y ahora largo, fuera de aquí. Mañana me vienes a buscar y nos vamos a Seattle o a donde tú quieras. Nos podemos quedar aquí, también. Pero tengo que irme a dormir pronto para eso. Va, va, largo… —le insistí, empujándole hacia la ventana.

—Hem… ¿A… a qué hora paso? –preguntó, sorprendido ante mi reacción inmediata.

—A cualquiera, pero ahora va… Lárgate ya… —dije, poniéndome espalda con espalda para empujarle mejor.

—Ya, vale, ya me voy. –dijo, por fin, saltando por la ventana.

Yo la cerré y corrí la cortina, por si acaso. Cogí el móvil y marqué el número de Alice. Espero que no esté cazando…

—¿Alba? ¿Qué ocurre? –contestó una voz al otro lado de la línea, preocupada.

—Nada, no pasa nada que tenga que ver con ningún peligro para mi vida. –la tranquilicé.

—Oh, vale. Dime, entonces. –dijo, con su jovial voz.

—Oye, yo mañana voy a pasar toda la mañana con Embry y, desgraciadamente, no podré preparar la fiesta… —dije, con un falso tono decepcionado.

—¡Aaah! ¿¡Me dejas prepararlo a mí! ¿Soy la encargada? –dijo, alegre.

—Sí. Las magdalenas y el pastel los haré yo, igualmente.

—¿Cómo?

—Ya verás. Tú ocúpate del resto. ¿Podrás?

—¿Estás loca? ¡Claro que podré! Aunque yo con los hombres lobo no me llevo muy bien, que se diga…

—Que se ocupe Jacob.

—¡Vale! ¡Tranquila, lo dejas en buenas manos!

—Me lo creo. Gracias, Alice.

—¡A ti! ¡Buenas noches! –y colgó.

¿Acababa de dejar en manos de Alice la fiesta sorpresa de Embry? Debo estar loca.