Aquí va el otro! XD

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Verdad nº29: Lo más decente que le puede enseñar un padre a sus hijos no es a no cometer los errores, sino dar salida digna a ellos.

-¿Kairouseki? – preguntó Thatch por fin cuando se quedaron solos en el pasillo.

-…Sí.

-Me lo imaginaba – comentó con sencillez.

-A la enfermería no – añadió Marco al percatarse de la dirección que tomaba el cuarto comandante.

-¿Por qué no?

-Después del asalto a las naves las enfermeras ya tienen gente a la que atender, no me hace falta.

-Pero Marco, por Dios…

-He dicho que no – zanjó el primer comandante secamente. Un siseo escapó de sus labios cuando Thatch se recolocó el brazo que se había pasado por los hombros para sujetarle mejor -… Llévame a mi camarote.

-¿Y después? ¿Te acuesto y te canto una nana? – Marco esbozó una dolorida sonrisa.

-Te agradecería que me extrajeras las balas... En cuanto estén fuera podré curarme, pero yo no puedo hacerlo solo.

-…Está bien – accedió a regañadientes, cambiando el rumbo de sus pasos. Caminaron en silencio un par de minutos antes de que Thatch hablase de nuevo -… ¿De verdad era necesario que le tratases así? – inquirió, intentando cambiar de tema. El primer comandante no le contestó enseguida. Ya lo sabía, lo sabía… No hacía falta que se lo recordase.

-No era mi intención gritarle.

-Pero lo hiciste.

Marco no le replicó. Se quedó callado ante la obvia observación del castaño. Un par de minutos después estaban en el camarote del primer comandante y Thatch le llevó a sentarse en el sillón de su escritorio. Se fue a trastear al baño y regresó con un pequeño botiquín y algunas gasas mientras Marco se quitaba la camisa y comprobaba que ningún trozo de tela se había adherido a las balas. Si Thatch las extraía y la herida cicatrizaba dejándolo dentro, la infección le mataría sin remedio. El cuarto comandante regresó dejando las cosas en la mesa y cuando lo tuvo todo listo esterilizó la pequeña navaja que siempre llevaba consigo y unas pequeñas pinzas. Finalmente levantó los ojos castaño oscuro hacia él con una tensa sonrisa.

-¿Estás listo?

-Sabes que sí – asintió tomando aire profundamente y aferrándose a los reposabrazos del asiento -. Hazlo de una vez… arden como el infierno.

-Ay, Marquitos. Cómo se nota que no estamos acostumbrados a que nos peguen tiros, ¿eh? – rió -. ¿De verdad que no quieres que vaya a por anestésico o algo?

-¡Por Dios, Thatch! – exclamó empezando a cabrearse ya con tanta guasa.

-¡Está bien, está bien! Pero te aviso que va a escocer lo más grande.

Thatch procuró ser rápido. Era raro el pirata que no sabía hacer torniquetes, sacar metralla y chapuzas varias en caso de emergencia. Acercó un taburete para sentarse a su lado y empezó por la del hombro. Hizo una incisión alargada sobre el orificio después de palparlo un poco y rápidamente controló la sangre que empezó a manar con fuerza mientras ejercía una ligera presión. Se estiró a coger las pinzas que había dejado a mano sobre la mesa cuando por fin tuvo la bala a su alcance y tras un par de intentos y más de un taco al aire por parte del primer comandante, sacó el perdigón. Un minuto después el balazo del pecho también estuvo ventilado y las llamas azules de Marco le envolvieron por fin cerrando sus heridas y aliviando aquel lacerante dolor. Thatch las lavó para asegurarse de que ningún fragmento de metralla se hubiera quedado dentro y finalmente le guiñó un ojo, victorioso.

-Bueno, pues esto ya está. Si es que estoy hecho un manitas.

-¿Fuiste cirujano en otra vida? – inquirió Marco suavemente siguiéndole la broma.

-No te rías de mí, pelo piña – le replicó, sonriente.

Marco rió quedamente entre dientes y fue a buscarse otra camisa y limpiarse la sangre seca adherida a la piel. Thatch no era un hombre rencoroso, él mismo se jactaba de ello. Tenía no pocos defectos, principalmente el de ser la persona más bocazas de la tierra o tener la obsesión de encandilar a cualquier mujer que se le pusiera por delante, pero era un compañero leal y con el que siempre se podía contar. Por muy diferentes que fueran o las peleas demenciales que tuviesen, eran amigos por encima de todo. Habían pasado demasiados años como camaradas para dejar de entenderse a aquellas alturas. Marco tenía una reputación que defender. Era muy obstinado en ese aspecto, el de mantenerse firme y fuerte en todo momento tal y como sentía que le exigía su posición. Mostrarse débil frente a la tripulación porque un miserable fragmento de metal le hubiera taladrado el hombro había acabado por desquiciarle, y Thatch lo había notado. Aun así había pagado su frustración con Ace, otra vez. Marco se sentía desbordado por sus fallos, y todo por empecinarse en negar lo evidente.

-Tenías razón en todo, Thatch – murmuró Marco mirando el suelo mientras el castaño limpiaba la sangre de su navaja.

-Por supuesto que sí – bromeó el otro alegremente sin hacerle mucho caso.

-Casi le he… besado – la confesión del primer comandante detuvo los movimientos del castaño, que se ladeó a mirarle con los ojos de par en par.

-¡¿Que qué?

-No me hagas repetirlo – pidió, suspirando.

-Está bien – Thatch acercó un taburete y se sentó despacio, dándole tiempo -. Cuéntame.

-Yo – se detuvo un segundo ordenando sus pensamientos antes de seguir -… Ace vino a verme.

-Me lo imaginaba – Marco parpadeó con suspicacia -. No, bueno, nada. Sigue, sigue.

-Se sentó a mi lado intentando hacerme hablar. Y yo – tragó saliva -… fui estúpido y en cuanto abrí la boca metí el patón del siglo. No es que nos peleáramos exactamente… pero le hice daño. Entonces quiso irse. Le empujé… y le tiré a la cama – Thatch arqueó una ceja sorprendido, pero no dijo nada -. Y yo… yo… me puse encima de él… Estuve a punto de hacerlo. Y quién sabe qué más.

Ambos guardaron silencio un momento antes de que el cuarto comandante se aclarase la garganta con un carraspeo y preguntar.

-Y… ¿Qué hizo él?

-¿Cómo que qué hizo él?

-Sí, claro, Marco. Tuvo que hacer algo – el primer comandante le miraba ofuscado. Thatch se pasó los dedos por la frente pensando en la mejor manera de intentar hacerse entender -. ¿Se enfadó cuando le tiraste a la cama? ¿Te gritó?

-Pues claro que sí – replicó, atormentado.

-¿Estás seguro?

-¡¿Cómo no voy a estarlo, joder? – exclamó amargamente.

-¿Y por qué no se fue entonces?

-¡Te lo estoy diciendo! ¡Yo estaba encima de él!

-Podría haberte apartado. Sabes que es perfectamente capaz de hacerlo.

-¡No, él no…! – Marco se detuvo y Thatch le miró con curiosidad -... Me dio un buen puñetazo, pero…

-¿Pero…? – le animó.

-…Dejó de moverse – los ojos azules de Marco se quedaron abstraídos en el recuerdo -. Él… no me apartó cuando le empujé. Se quedó… quieto – Thatch se limitó a quedarse en silencio, dejándole pensar en lo que acababa de decir.

¿Por qué? ¿Por qué Ace no se movió? Podía entender que en el primer momento de haberle empujado no hiciese nada, pero… ¿Por qué después de pegarle se había quedado quieto? Se habían mirado. Marco lo recordaba. Recordaba el irresistible magnetismo de sus ojos negros. Lo había sentido con una fuerza increíblemente poderosa, llamándole. Y habían estado fijos en él, todo el tiempo… Sin apartarse. Era casi como si él también…

-Me estás confundiendo – declaró, sinceramente turbado -. ¿Por qué me obligas a darle vueltas?

-Eres tú el que me ha sacado el tema – comentó -. Yo sólo hago mi papel de maruja. ¿Y qué pasó entonces?

-¿Entonces cuándo?

-Cuando os fuisteis de fiesta al bar del pueblo – bromeó con sarcasmo -. ¡Pues cuando estabais ahí! ¿Qué hiciste?

-Sólo me quedé mirándole. No hice nada. Ninguno hicimos… nada. En realidad fue apenas un momento. Entonces empezaron a atacarnos y él… volvió en sí. Nos gritamos otra vez y yo me fui – Thatch suspiró.

-Entonces no creo que se haya dado cuenta. Ya sabes cómo es, no te preocupes. Aunque por otro lado – añadió aprovechando la situación - deberías replantearte el…

-Thatch, por favor, esta noche no, estoy cansado – Marco suspiró hundiendo los hombros -. No quiero hablar más de esto.

-Está bien – concedió, levantándose dispuesto a irse -. Ya hablaremos de ello en otro momento.

-Thatch – Marco le llamó de nuevo con un ligero tono de vacilación.

-Dime.

-Siento mucho haber… – le cortó con un movimiento desdeñoso de la mano dando a entender que no quería oírlo y encaminándose hacia la puerta.

-Alguien tenía que hacerte reaccionar, pelo piña. Si te crees que por zarandearme un poquito de un lado para otro te vas a deshacer de mí, estás listo – Marco esbozó una pequeña sonrisa.

-A veces se me olvida – admitió. En el último momento, Thatch se giró hacia él antes de abrir con una burlona sonrisa de oreja a oreja.

-Siempre supe que acabarías abalanzándote encima de él como un animal.

-Que te jodan, Thatch.

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Pffff XDDD

Qué grande es thatch, qué grande xD (se mea sola)