29. La Cacería de Brujas

Se oyó una explosión, y la puerta voló lejos.

Allí delante, estaba El Cazador de Brujas. Con su máscara de lobo y su capa, parecía mirar directo hacia Harry.

-¿Qué quieres? -preguntó Harry, desafiante. Sirius gruñía a su lado, amenazante, en forma de perro.

El Cazador de Brujas se quedó en silencio unos instantes, imponente.

-Muerte -dijo entonces-. Hoy es día de muerte.

Harry lo miró, a su máscara.

-¿Por qué? ¿Por qué quieres hacerlo?

De nuevo, silencio.

-Hoy no es tiempo de explicaciones -dijo, tendiendo su mano hacia Harry-. Y ya no es tiempo de amenazas y demostraciones. Hoy es la Cacería de Brujas.

Harry apretó su puño, con fuerza.

-No voy a dártela. Moriré si es necesario, antes que eso.

Otro silencio de El Cazador de Brujas.

-Sí… también morirás -dijo, lentamente-. Luego de darme esa capa.

-Entonces pelearemos. Y si muero, jamás la tendrás.

Harry sacó su varita y apuntó hacia él.

-¿Así será?

El Cazador de Brujas sacó su varita y apuntó hacia Harry también.

-Que así sea -dijo.

Al mismo tiempo, ambos empezaron a disparar. Los hechizos colisionaron e impactaron entre sí como un cañón de guerra. Harry trató de desarmarlo, de recuperar la varita. Pero era evidente que la lealtad de esta estaba con él ahora.

Contrario a como había sido en su encuentro con Voldemort, ahora Harry se vio en desventaja.

Los rayos de luz salían de ambas varitas. Ambos magos se atacaban con hechizos de desarme y de combate. El sonido de sus encantamientos saliendo disparados de sus varitas, uno tras otro, era como el de cientos de explosiones simultáneas. Los colores surgían de las dos varitas como fuegos artificiales, estas escupían hechizos uno tras otro, rapidísimo. Ninguno usaba maleficios imperdonables, era una lucha limpia. El Cazador de Brujas no buscó ventajas, peleó limpiamente como su igual.

-¡Desmaius! -gritaba Harry, esquivando hechizos y lanzando otros-. ¡Impedimenta!

Blandía la varita a toda velocidad, como le habían enseñado en la Academia. Su brazo le dolía de los movimientos que realizaba. Los vidrios estallaban en la casa, la mesa se partió a la mitad y la cocina quedó destruida, con el concreto de la pared en el suelo y el polvo llenando todo.

Tanto Harry como él luchaban a toda velocidad. Pero Harry sentía que la Varita de Saúco era más poderosa que él, y le costaba cada vez más repeler los hechizos que le lanzaba.

Lanzó un grito de furia, cuando un hechizo de El Cazador de Brujas le dio y cayó de rodillas al suelo. Siguió peleando con todas sus fuerzas, moviéndose en el suelo, agitando su varita a toda velocidad.

Exhausto, sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Sirius ladraba, el techo parecía a punto de desplomarse, los rayos de luz y chispas bañaban todo, de forma violenta. Harry sentía sangre en su rostro.

El Cazador de Brujas, a diferencia de Harry, en vez de estar tendido en el suelo, sudando y sangriento, estaba de pie con tranquilidad, limpio y apenas se movía al realizar sus hechizos, con mucha más facilidad.

Harry no pudo más. Las fuerzas lo abandonaban. Se obligó a sí mismo a seguir más allá del punto en que sus músculos no le respondían, más allá del punto en que no podía más. Siguió y siguió peleando a pesar de que su cuerpo no aguantaba un segundo más.

Siguió y siguió, y de pronto su brazo ya no lo obedeció, por más que quiso. La varita se le soltó de los dedos y cayó al suelo, como un pedazo de madera inútil. El brazo estaba acalambrado y ya no lo sentía. Sus pulmones explotaban.

Harry cayo de lado, en el suelo, sangrando y con dificultades para respirar. El Cazador de Brujas seguía de pie limpiamente ante él, en silencio.

-Jamás… tendrás… la capa… -dijo Harry, sacando energías de donde no las tenía para articular las palabras.

-Quizás necesitas un poco de motivación -dijo él. Entonces, apuntó su varita hacia Sirius, que le ladraba sin cesar-. La capa, o él muere.

Harry seguía jadeando, desplomado. Le lanzó una mirada a Sirius, mientras se sujetaba un costado. Luego miró a El Cazador de Brujas y negó con la cabeza.

-Mátame a mí -le dijo entonces-. Ya me venciste en combate. Ahora termínalo. Mátame.

Harry se dio cuenta de que esa sería la única forma. Debía morir, para que él no consiguiera la capa.

Pero entonces él habló otra vez:

-Mejor dejemos que él muera primero -y apuntó de lleno hacia Sirius-. ¡Avada Kedabra!

-¡NOOOO! -Harry extendió sus brazos, pero el rayo de luz pasó por delante suyo y golpeó al perro en el pecho. Este lanzó un gemido animal y se desplomó de lado, muerto. -¡NOOO!

Harry hundió su rostro en sus brazos. Aquello no podía haber pasado de verdad, no era posible.

-Maldito hijo de... -le lanzó Harry, entre sollozos.

-Vamos a dar un paseo, Potter –dijo con malicia, con su voz gruesa y fría. Alzó su varita al cielo, y Harry vio que todo se ponía negro a su alrededor. Una sombra crecía desde la varita y se extendía hasta envolver a Harry y a toda la casa, que ya no era visible. Entonces, Harry se dio cuenta que ya no estaban allí. Aparecieron en otro sitio, lejano, juntos. Había hecho una aparición conjunta de ambos con su varita, sin tocar a Harry, con alguna clase de magia negra.

¿Dónde estaban?

Harry vio que había ahora magos y brujas caminando alrededor de ellos. De pronto, algunos miraron la máscara del mago junto a Harry, gritaron y empezaron a correr. Era el Callejón Diagon. Aún había gente a esa hora paseando y recorriendo tiendas.

-No hay necesidad de que todos ellos mueran –dijo El Cazador de Brujas a Harry-. Solo debes darme la capa.

Harry no dijo nada ni se movió. Estaba agotado y no podía respirar bien.

-¡Avada Kedabra! -gritó él, apuntando a una señora que pasaba por allí. Esta cayó muerta al suelo, de lado, como una muñeca de trapo-. ¡Avada Kedabra! -apuntó a la niña que venía con la señora, que había empezado a gritar al ver caer a su madre. Esta quedó lívida y cayó al suelo también.

-¡NO! ¡Basta! -gritó Harry, desesperado-. ¡No lo hagas! ¡Te daré la capa!

Pero entonces, este rio, apuntó a un grupo de magos que se iban corriendo de allí, desesperados, y gritó:

-¡Sancturum Supremus!

Entonces, fue como si el grupito de magos se desarmara en pedazos. En verdad, sus cuerpos se desarmaron. Cada parte de sus cuerpos se desprendió del resto y cayó al suelo de forma sangrienta, en un rio de sangre.

-¡Noooo! ¡Basta! ¡Te dije que te la daría! -gritó Harry con horror, sin poder tolerar lo que veían sus ojos.

-¿Qué decías? Ah, sí, es que no oí bien –El Cazador de Brujas rio de forma estrepitosa, macabro.

Harry sintió un escalofrío. Estaba dolorido y abrumado por la maldad de ese mago. No concebía tanta malicia, no parecía humano…

-¡AVADA KEDABRA! -bramó, apuntando a una bruja que gritaba y trataba de huir. Harry creyó reconocerla como a una empleada del Ministerio. -¡Partius Corpus! -gritó, y partió a la mitad el cuerpo de un adolescente que se había quedado de pie observando, bañando las calles de sangre.

-¡Nooo! ¡Basta! ¡Dije que te daría la capa! -gritó Harry, horrorizado. Pero El Cazador de Brujas no le hizo caso. Parecía haber olvidado que había llevado a Harry allí para amenazarlo y poder obtener la capa. Ahora solo parecía querer matar gente.

-¡Missil Bombarda! -gritó, y su varita pareció lanzar un cañonazo. La bola de fuego que salió de ella voló lejos, más allá del Callejón Diagon, y explotó en la distancia en algún lado muggle de Londres, con un impacto enorme y ocasionando muchos gritos y alaridos provenientes de la distancia, además de mucho humo y fuego.

Llegaron a la tienda de George. Harry no quería moverse, pero él lo obligaba a avanzar con su varita, con algún encantamiento que le movía las piernas.

-¡Missil Bombarda!

La tienda de George explotó en mil pedazos, al igual que media cuadra de comercios y negocios.

-¡Nooooooo! -vociferó Harry-. ¡Nooooo!

¿Estarían George y Evangelina allí? ¿Habrían muerto?

Harry tenía el brillo del fuego y el horror en sus ojos. Magos y brujas huían de allí, conmocionados por la destrucción. El mago enmascarado les daba caza con la Varita de Saúco, mostrándolos al instante de formas sanguinarias. El fuego inundaba la calle.

Entonces, Harry vio que, a mitad de la siguiente cuadra, un mago hacía señas a otros. Entre varios, se dirigieron rápidas palabras, comandos. Estaban organizándose para pelear. Todos alzaron sus varitas y corrieron hacia allí, lanzando gritos de guerra.

El mago que los lideraba venía a la cabeza. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Harry vio quien era: Neville. Debía haber estado cerrando el negocio en la otra cuadra cuando todo pasó. Venía ahora gritando, con valentía, junto a otros.

El Cazador de Brujas apuntó hacia ellos y lanzó otro explosivo, que estos esquivaron.

Harry levantó su varita, que había recogido del suelo antes de dejar Land's End, dispuesto a pelear con todas las fuerzas que le quedaran, junto a Neville. Pareció que el mago vio su movimiento de reojo, porque con un vago movimiento de la Varita de Saúco hizo que la varita de Harry se partiera por la mitad y cayera de sus manos, al suelo.

Entonces, El Cazador de Brujas arremetió contra Neville y los demás magos que corrían gritando hacia él. Lanzó varios hechizos, que ellos esquivaron, mientras se acercaban.

-¡Vamos, Neville! -gritó Harry, frenético.

Uno de los acompañantes de Neville, el dueño de un comercio cercano, fue alcanzado por un hechizo oscuro y un chorro de sangre brotó de su garganta. Cayó muerto.

-¡MORIRÁS POR ESO, MALDITO! -Neville peleó con valentía, desviando los hechizos que le llegaban, atacando con rapidez y acercándose cada vez más, mientras a su lado los otros magos iban cayendo muertos de formas sangrientas, uno tras otro.

Harry quería hacer algo para ayudar, pero estaba desarmado y débil.

Neville lanzó un último grito de guerra, ya a pocos pasos de ellos. El Cazador de Brujas rio, como si no hubiera intentado aun lastimarlo hasta el momento, sino que solo se divertía con el muchacho. Entonces, lanzo un haz de luz violeta al pecho de Neville, y este estalló en pedazos, muriendo de la forma más sangrienta posible.

Harry reprimió el llanto, ante el horror de ver a su amigo morir. Un llanto de rabia y tristeza juntas. El Cazador de Brujas se regodeaba en el desastre de sangre y lanzaba explosiones por doquier, riendo y destruyendo el Callejón Diagon por completo, incluyendo la tienda de Harry, las demás, y hasta Gringotts. Aunque varios duendes quisieron pelear, no duraron demasiado. Con crueldad, el mago oscuro los abatió a todos, descuartizándolos con sus hechizos. Luego lanzó algo muy potente que pareció bajar hasta los mismos cimientos del banco, sin parecer hacer nada al comienzo. Harry vio entonces que un fuego más potente que el lanzado por Crabbe el año anterior brotaba desde lo más profundo del banco, y este estallaba en mil pedazos, lanzando bloques de concreto pesadísimos por los aires, que impactaron contra las casas, personas y calles alrededor, haciendo más matanza y destrucción. La manzana entera quedó en llamas, y el humo trepaba hasta el cielo.

El fuego brillaba en los ojos de Harry, que veía la escena junto al mago oscuro.

Se mordía los labios, tan fuerte por la rabia y el horror, que le sangraban. Quería gritar algo que expresara su ira y dolor, pero no tenía aire en los pulmones.

Harry cerró los ojos con fuerza, y supo qué hacer. Como había concluido antes, solo había una opción para frenar esa locura.

Miró a su alrededor. La pared frontal de un edificio estaba por desplomarse, y seguramente todo el edificio con ella.

-¿Quieres la capa? -gritó Harry, rabioso, con los ojos desorbitados-. ¡Pues suerte en la búsqueda!

Salió corriendo a toda velocidad hacia el edificio, que en ese momento caía hacia el lado de la calle, desplomándose por el material caliente en su interior y el fuego. Quizás Harry no tenía varita, pero el impacto de ese edificio encima suyo sería suficiente para matarlo.

Cuando llegaba, Harry supo que esta vez no habría resurrección. Esta vez, no tenía nada a su favor: ni hechizo protector de su madre, ni compartir la sangre con el cuerpo reconstruido de su atacante, ni Reliquias de la Muerte, ni nada. Esta vez, eran solo él y El Cazador de Brujas. Esta vez, ni siquiera tenía su varita. Ni siquiera tenía fuerzas. Ni ningún otro plan.

Harry extendió los brazos y cerró los ojos. Esperó a que el edificio cayera sobre él y lo aplastara, lo matara de una vez y terminara con eso. No por él. No para que el horror terminara para él. Sino para que, sin la clave ni ubicación de la capa, que no había revelado a absolutamente nadie en el mundo, El Cazador de Brujas no tuviera nunca ninguna forma de llevar a cabo su verdadero cometido. Porque Harry sabía que aquello no era un ataque para amenazarlo, para intimidarlo y que de esa forma le de la capa, era el principio de lo que de verdad tenía pensado hacer El Cazador de Brujas.

Harry se quedo allí, con brazos extendidos, esperando el fin de todo. Pero no llegaba... y no llegaba… y no llegó.

Harry abrió de nuevo los ojos.

El fuego seguía allí. El horror seguía ante él. Pero el edificio no le había caído encima. Estaba de vuelta en su sitio, con menos fuego que antes, sin señales de vida en su interior, pero tampoco de que fuera a ir a derrumbarse.

Y Harry estaba ileso, de pie ante él, sin un rasguño.

La risa macabra del mago oscuro le llegó desde atrás.

-No vas a morir tan fácilmente, Potter -le dijo. Harry entonces giró y vio que apuntaba hacia el edificio con su varita. Él había detenido el impacto. No solo tenía el poder para matar a tantos magos y brujas tan fácilmente, sino que tenía el poder de evitar que uno se quitara la vida. Había devuelto el edificio a su lugar con toda normalidad.

-¡¿Quién eres?! -escupió Harry, desaforado, temblando de la rabia e impotencia, y deduciendo que, además de tener esa varita tan poderosa, tenía que ser alguien con gran habilidades mágicas-. ¡Da la cara! ¡Cobarde!

El Cazador de Brujas rio más y más. Divertido, entretenido, disfrutando el momento. Nada le importaba en lo más mínimo. Ni el comentario de Harry, ni la gente que mataba, ni el mundo. Era un ser trastornado, demente.

-Soy el que pondrá fin al mundo -dijo, con voz ronca y riendo cada vez más.

Entonces, agitó su varita y Harry vio que todo oscurecía otra vez.

-No…

De pronto, Harry se encontró a sí mismo en medio de la calle principal de Hogsmeade. Él seguía a su lado, desternillándose de la risa, con la varita en alto.

-No. No lo harás… -Harry vio cómo apuntaba con su varita alrededor, como si aquello le fascinara, y no supiera por dónde empezar.

Entonces, de la nada, Harry vio que cientos de magos y brujas salían de sus casas con varitas en alto, a pelear.

¿Cómo lo habían sabido? ¿Cómo sabían que él iba a aparecer allí? Pero eso era lo que menos importaba en ese momento. Seguramente alguien del Callejón Diagon les había advertido.

Harry vio cómo los magos salían de sus casas, sus rostros contorsionados por la furia y el odio que tenían hacia aquel demente, y empezaban a lanzar hechizos a toda velocidad, sin ningún tipo de consideración ni precaución. Todos estaban disparando a matar.

-¡Toma, muchacho! -gritó una bruja de veinte y tantos años, que salía de una casa cercana con dos varitas en la mano. Le lanzó una a Harry. -Mi bebé está dentro, ¡no dejes que nos mate!

Harry atrapó la varita al vuelo y le asintió a la chica, respirando bien hondo y preparándose para dar lo mejor de sí, una vez más.

Junto con las otras decenas de magos y brujas que atacaban, Harry lanzó un grito de batalla y arremetió contra El Cazador de Brujas, lanzando Sectumsempras uno tras otro a toda velocidad y con toda su destreza y agilidad que había estado entrenando en el gimnasio de la Academia el último mes.

El Cazador de Brujas estaba en medio de un círculo, rodeado de los magos que lo atacaban. Daba pelea a cada uno de ellos, sin trampas y sin usar explosiones. Sencillamente, desviaba los hechizos con mucha facilidad y los atacaba luego, como debe hacerse en un duelo entre magos. Pero con la ventaja de tener la varita más poderosa que jamás hubiera existido, los estaba derrotando a todos.

Harry le lanzó todo cuanto hechizo pasó por su mente, pero el mago los desviaba también, junto con los otros cincuenta o sesenta hechizos que recibía, los desviaba o repelía todos a la vez. Conjuraba escudos gigantes frente a él donde colisionaban los hechizos sin hacerle daño. Luego lanzaba al mismo tiempo veinte hechizos que golpeaban a sus atacantes.

Fueron cayendo, uno tras otro. Muertos. Harry vio, con horror, que se estaba formando una pila de cadáveres en torno a él. De la cantidad de magos que habían ido a atacarlo en un comienzo, que sería casi toda la población de Hogsmeade completa, ya solo quedaba menos de un cuarto.

Harry no podía más. El dolor lo mataba. Aún no había conseguido derribarlo a él, porque Harry se defendía con muchísima habilidad e impedía que los encantamientos asesinos de su atacante le dieran, desviándolos nuevamente hacia El Cazador de Brujas (luego él los desviaba o los hacía impactar contra un escudo).

Se dio cuenta de que no iban a ganar esa batalla. Harry vio a Madame Rosmerta pelear con valentía, gritando palabras de aliento a otros magos y brujas que atacaban a su alrededor. Y, entonces, un hechizo de El Cazador de Brujas la golpeó en la cara y cayó hacia atrás, sin vida. Más allá, Aberforth Dumbledore movía su brazo de aquí para allá, conjurando todos los hechizos que podía contra él, hasta que recibió el golpe de uno en el pecho y también cayó muerto. Harry reconoció a los dueños de negocios como Honeydukes, el almacén donde él hacía las compras, entre otros magos y brujas del pueblo, todos ellos muertos en el suelo.

Entonces, Harry decidió por segunda vez en esa noche que era tiempo de dar su vida. Si bien el plan original había sido morir para que El Cazador de Brujas no pudiera obtener la capa, ahora sabía que debía morir simplemente por el hecho de que era deshonroso que tantos magos y brujas hubieran muerto allí, ante él, y él, Harry, todavía no hubiera dado todo, hasta el último aliento, hasta su última gota de vida, para destruir a aquel bastardo.

Entonces Harry dejó de atacar. Solo se defendió, repeliendo los hechizos, pero empezó a correr a toda velocidad hacia él. En vez de atacarlo, priorizó poder llegar junto a El Cazador de Brujas con vida.

Este se dio cuenta de que Harry planeaba llegar a su lado. En vez de atacar a los pocos otros magos que quedaban con vida, concentró sus esfuerzos en defenderse de los hechizos que le lanzaban, y solo atacar a Harry.

Harry corrió más y más, acercándose. Era difícil llegar junto a él, porque ahora todos los cientos de hechizos que el mago oscuro lanzaba a toda velocidad estaban todos dirigidos solo a Harry.

Enceguecido por el color de los haces de luz, de las chispas que fluían a toda velocidad hacia él, Harry cerró los ojos, lanzó otro grito de guerra y avanzó a ciegas, blandiendo su varita de un lado a otro para repeler todos los hechizos a toda velocidad, usando solo su mente, sin usar más sus ojos. Avanzaba lento, porque la fuerza de todos los rayos de luz contra él le frenaban el paso.

Sentía que le iba a explotar el cuerpo. Literalmente, no podía más. El esfuerzo y la fuerza de tantos hechizos queriendo destruirlo, a la vez, hechizos potentes de la Varita de Saúco, parecían estar a punto de hacerlo derrumbar por la misma energía que su cuerpo estaba soportando.

Pero Harry no se derrumbó, no cayó, ni se detuvo. Siguió avanzando, con la boca abierta en el mismo grito de guerra, que no había cesado. Sus ojos al rojo vivo, con furia. Su rostro lleno de rasguños, sangre y sudor. Su mano agarrotada en la varita, sin poder ya sentir el puño, solo el calor de la varita hirviendo por la cantidad de hechizos mudos que estaba conjurando, todos a la vez y a toda velocidad, para abrirse camino y avanzar hasta su agresor.

Entonces, Harry llegó. Llegó junto a El Cazador de Brujas, que seguía recibiendo ataques de los otros magos, pero los repelía con mucha facilidad. Al ver que Harry ya estaba a su lado, quiso apartarlo con varios hechizos poderosos, pero no pudieron contra Harry.

Harry levantó su brazo libre, con sus últimos alientos, mientras su otro brazo seguía conjurando hechizos a toda velocidad. Levantó ese brazo libre, lo dirigió hacia el brazo de El Cazador de Brujas, y logró atrapar su mano.

Harry gritó a todo pulmón, apretando la mano con fuerza. Tenía atrapada la mano con la que El Cazador de Brujas manipulaba su varita. A pesar de ello, él seguía lanzando hechizos y defendiéndose, aunque tuviera menos movilidad. Pero no pudo quitarse la mano de Harry de encima.

-¡Dame... esa... maldita... varita! -Harry apretaba su mano con toda la fuerza que hubiera podido hacer en su vida. Estaba tan mal, físicamente, aguantando la potencia de toda la energía con la que El Cazador de Brujas le daba pelea, que era muchísima, que era increíble o más bien imposible que tuviera la fuerza para apretarle la mano de esa forma sin soltarse.

Harry fue acercando su mano más al borde del puño de su atacante, tratando de llegar hasta la varita. Cada célula de su cuerpo estaba concentrada en una sola cosa: sacarle de la mano la Varita de Saúco. Así como lo había hecho con Draco, que le había quitado la varita sacándosela de la mano, no con un hechizo, y aun así había pasado a ser legítimamente de Harry, sabía que eso iba a funcionar ahora, si podía conseguirlo.

Harry gritó, hizo fuerza. Clavó sus pies en el suelo. Cualquier otro ser humano se habría derrumbado ya hace rato, porque El Cazador de Brujas le lanzaba cientos de hechizos a la vez, a quemarropa, justo junto a él. Su máscara de lobo estaba a centímetros de su cuerpo. Casi se sentía tentado a quitársela, pero no podía pensar en absolutamente nada más que en su único objetivo.

Harry siguió moviendo su brazo de varita para desviar los hechizos que este le lanzaba a centímetros del cuerpo, sin entender cómo no había muerto aún.

Entonces, sintió que estaba a punto de llegar. Estaba a punto de llegar a la varita.

-¡DÁMELA! -gritó, su último grito de furia. Supo que no iba a aguantar un segundo más.

Era ahora o nunca.

Harry soltó la mano y la cerró nuevamente. Fue un segundo en el cual la movió los centímetros necesarios, y quedó aferrando la Varita de Saúco.

Hizo toda la fuerza que pudo. Sentía la Varita de Saúco caliente, hirviendo, en su mano, mientras esta le lanzaba miles de hechizos a la cara. Harry empezó a tirar de ella.

Era su fuerza contra la fuerza de El Cazador de Brujas. Ambos tiraban de la varita, tratando de quedársela.

Entonces, Harry sintió que estaba cediendo. La varita cedía del puño seguramente sudoroso de El Cazador de Brujas. Estaba cediendo hacia su lado. Solo debía aguantar un segundo, un segundo más, y esta sería suya.

Se oyó un fuerte y potente "CRACK", y decenas de nuevos magos nuevos aparecieron en la escena, alrededor. Eran magos venidos de todas partes: del Ministerio, de Hogwarts, todos apareciendo allí seguramente para dar batalla.

-¡Harry! -gritó una voz. No sabía si de Ron o alguien con una voz similar, pero Harry estaba muy concentrado para mirar a un lado.

Ni bien aparecieron todos esos magos nuevos, atacaron todos juntos a El Cazador de Brujas. Pero entonces, uno de los hechizos que lanzaron golpeó en la Varita de Saúco, y esta, impulsada por la energía del hechizo, se retrajo hacia atrás, hacia El Cazador de Brujas.

-¡NO! -gritó Harry-. ¡Casi la tengo! ¡NO DISPAREN!

Pero otro hechizo proveniente de esos magos llegó nuevamente, volvió a golpear a la varita desde detrás de Harry, y el impulso metió a la varita más adentro del puño del mago oscuro.

El Cazador de Brujas, recuperando el control de la varita, se soltó del agarre de Harry. Entonces, explotando en furia por casi haber perdido su varita, el mago lanzó un grito de ira, blandió la Varita de Saúco en el aire y conjuró una onda expansiva tan potente que lanzó a todos los magos allí presentes a varios metros de distancia hacia atrás, incluyendo a Harry.

Harry voló por los aires y su espalda golpeó contra la pared de una casa, antes de caer de cara al suelo.

Estaba tan agotado, tan destruido, que supo que no iba a poder levantarse de allí.

Alzó la cabeza, justo para ver como El Cazador de Brujas, explotando en cólera, más poderoso y peligroso que nunca por su furia descontrolada, clavaba la Varita de Saúco en el suelo.

-¡BOMBARDA MÁXIMA! -aulló, a través de su máscara.

Harry sintió arder los cimientos bajo él, y supo que ese era el fin.

Todo Hogsmeade explotó en mil pedazos. Desde debajo del suelo, desde la tierra bajo ellos, emergió un fuego abrasador que los envolvió. Harry salió despedido por el aire, hacia el cielo nocturno, hacia la luna llena.

La ciudad entera fue levantada del suelo, desde debajo de la tierra. Los edificios, construcciones, magos y brujas fueron lanzados por el aire, en un abrasador fuego maldito.

Harry usó un último gramo de fuerzas que le quedaban para apuntarse con la varita y aplicarse un hechizo repelente de impactos. Le hubiera gustado poder aplicárselo a alguien más en vez de a sí mismo, pero todo lo que podía ver a su alrededor era fuego, escombros y explosión. Ningún mago o bruja.

Una vez que Harry fue impulsado lo suficientemente alto, pudo ver el escenario bajo el, a cientos de metros de altura: la ciudad entera había explotado en pedazos, y se había convertido en una bola de fuego ardiente.

Harry abrió los ojos. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas?

¿Había muerto? ¿O seguía con vida?

Solo sabía que le dolía cada centímetro de su cuerpo, un dolor insufrible.

Miró a su alrededor: el ambiente era caótico, desastre. Estaba tendido en un lugar negro, agobiado por el humo, plagado de escombros, fuego y destrucción. Harry tenía encima la puerta de una casa, que de milagro había actuado como escudo sobre él, porque sobre esta había bloques de material probablemente de cientos de kilos de peso que lo habrían aplastado hasta la muerte.

Tuvo miedo de moverse. Si la puerta, que estaba trabada entre dos pilas de concreto, se deslizaba, quizás todo el peso que había sobre ella caería sobre Harry y lo aplastaría.

Igualmente, aunque no hubiera muerto aplastado, sabía que tenía varios huesos rotos, por el dolor que sentía en las piernas. Se apuntó hacia allí con la varita y murmuró el hechizo que le habían enseñado en las sesiones defensivas de la Academia, para sanar huesos rotos. Sintió un agradable calor en las piernas, y supo que ya estaban arregladas.

Se miró el pecho. No tenía ninguna perforación allí. Le habían enseñado que, en caso de tener alguna allí, no debía intentar moverse hasta arreglar esa herida.

Ahora que estaba seguro de que no tenía heridas mortales, tenía que solucionar el problema de los cientos de kilos de escombros sobre él, amenazando en caer en cualquier momento.

Harry apuntó con la varita que aún tenía en la mano, aquella que le había dado esa joven, hacia arriba.

-¡Expulso! -gimió.

Los escombros salieron todos despedidos hacia arriba.

-¡Sostendo! -dijo entonces, y estos, en vez de caer, quedaron suspendidos en el aire-. ¡Wingardium Leviosa!

Harry guio los pesados escombros hacia un lado, con cuidado, con la varita, temiendo que cayeran sobre algún mago o bruja herido y le hicieran daños. Se aseguró de dejar la pila de concreto en un sitio seguro, donde no había nadie.

Entonces, con muchísimo esfuerzo, se incorporó y se puso de pie.

El escenario a su alrededor era devastador. La destrucción total de Hogsmeade estaba ante sus ojos. Aún había fuego por doquier, y una columna gigantesca de humo negro azabache se alzaba hacia el cielo, como una chimenea del tamaño del pueblo entero.

Harry vio algunos cuerpos, todos sin vida, evidentemente, y su corazón se comprimió en su pecho, dejándolo aun con menos aliento.

-Ron.

Harry se abrió paso entre medio de varios escombros. Acababa de ver a su mejor amigo tendido y sangrando en el suelo a algunos metros de distancia.

Se abrió camino hacia allí, tan rápido como pudo, apartando bloques gigantes de concreto con la varita, de una sacudida, apresurándose para llegar ante él lo antes posible.

-Ron, ¿estás bien?

Ron giró la cabeza hacia él. Aún seguía con vida. Pero no había tenido tanta suerte como Harry: Estaba aplastado por un gigantesco bloque de piedra, y solo se veía la parte superior de su cuerpo. La cara que tenía indicaba que esos eran sus últimos segundos de vida.

-Harry... -dijo Ron entonces, en agonía, esforzándose por mirar a su amigo. Su rostro estaba empapado en sangre y le costaba mantener sus ojos abiertos. -Harry...

-Ron, lo siento tanto –Harry se puso de rodillas y lo abrazó, o al menos intentó abrazar lo que podía de su moribundo amigo. -Lo siento, por todo...

Las lágrimas caían del rostro de Harry. Ron no parecía siquiera poder comprender lo que Harry le decía. Lo miró una última vez, y entonces su mirada quedó perdida en alguna parte del negro cielo que brillaba en rojo por las chispas de fuego que subían entre la humareda.

Había muerto.

Harry agachó su cabeza y la hundió en el pecho de Ron, que había quedado tieso, sin el típico movimiento de respiración. Se quedó allí unos instantes, llorando, con el peso de todo lo que estaba pasando sobre él. Con la culpa, y miles de sensaciones más.

Había querido morir dos veces, y no había podido. En cambio, todos los demás sí.

Levantó la cabeza nuevamente, justo cuando una figura oscura contra el fuego rojo aparecía a varios metros de distancia, caminando tranquilamente hacia Harry. Caminando entre los escombros, entre los cuerpos. Con toda calma, casi hasta con elegancia, sin inmutarse por el contexto.

Harry supo quién era a metros de distancia. Se incorporó, levantó su varita y se quedó mirando a la figura aproximarse.

El Cazador de Brujas no dijo nada. El fuego y la destrucción no le habían quitado la máscara de encima de su rostro. Tampoco habían perturbado la capucha que tapaba su cabeza, ni habían chamuscado su capa.

Cuando estuvo suficientemente cerca de Harry, este trató de mantenerse de pie, porque sus piernas aun dolían como nunca. Aunque tuvieran sus huesos soldados, seguían sangrando y lastimadas.

Llegó y se detuvo, a unos tres metros de distancia. Lo miraba.

Harry lo apuntaba con su varita. Entonces, miró a su alrededor, miró su varita, y miró a El Cazador de Brujas.

Se apuntó a sí mismo con su propia varita, rápidamente.

-¡Avada Ke...! -empezó Harry, dispuesto a suicidarse, pero con un vago movimiento de su varita, El Cazador de Brujas hizo que la varita de Harry saltara lejos de la mano del muchacho, perdiéndose entre las pilas de escombros, sin completar el hechizo.

-La capa –dijo entonces, serio, inmóvil.

-Ya mátame de una vez –le dijo Harry-. Jamás te daré la capa. Sé para qué la quieres. Si vas a destruir todo el mundo, no voy a facilitártelo. Tendrás que hacerlo de la forma más larga, pueblo por pueblo. Ciudad por ciudad... -tomó aliento, porque su pecho estaba tan herido que no podía hablar bien-. No voy a facilitártelo.

-Eso pensé -entonces, El Cazador de Brujas conjuró un círculo con su varita, en el aire. Se abrió una especie de portal en el aire, ante ellos. Y de allí apareció, de la nada misma, Hermione.

Harry sintió que su alma abandonaba su cuerpo.

-Harry -musitó Hermione. Estaba vestida con su túnica de Hogwarts, y tenía el cabello desordenado.

-Hermione iba a morir, en cuanto me dirigiera hacia Hogwarts para destruirlo también -dijo El Cazador de Brujas, con la voz grave y ronca-. Da igual si me das la capa o no, sabes bien que ella morirá -siguió, hablando lentamente y arrastrando las palabras-. La diferencia será, únicamente... que, si no me das la capa, su muerte será mucho, mucho más lenta. Y mucho más dolorosa.

Harry miró a Hermione a los ojos. Ella entendió lo que pasaba, y negó con la cabeza, en desesperación, indicándole a Harry que no obedeciera al mago oscuro.

Harry se quedó en silencio, inmóvil.

El Cazador de Brujas apuntó con su varita a Hermione.

-Espera –dijo Harry, extendiendo su mano hacia adelante-. De acuerdo... Te daré la capa.

-¡No! -gritó Hermione-. ¡No lo hagas, Harry!

-Llévame al cementerio de Ottery St. Catchpole –dijo Harry.

El Cazador de Brujas asintió con la cabeza, y apuntó con su varita al cielo, haciendo que todo se oscurezca.

-¡NO! -bramó Hermione.

Pero todo se oscureció nuevamente, y los tres reaparecieron en otro sitio, muy lejos de allí. Ahora estaban en medio de un cementerio, uno que Harry había visitado recientemente.

Rengueando, Harry caminó a pasos pesados hasta la lápida de Ginny, tratando de no pensar.

-Harry, no... -decía Hermione, inmovilizada parcialmente por algún hechizo del mago, sacudiéndose en el lugar sin poder mover los brazos, mientras el mago oscuro la hacía caminar tras Harry.

Harry llegó junto a la tumba de Ginny, y extendió una mano. El Cazador de Brujas le quitó su varita a Hermione y se la arrojó a Harry, que la atrapó al vuelo. Harry entonces apuntó con la varita hacia la lápida, dijo el código en latín, y extrajo la capa para hacerse invisible que su padre le había heredado, la misma que había pertenecido una vez a Ignotus Peverell.

-Aquí tienes –dijo, tendiéndosela a El Cazador de Brujas.

-¡No! -gritó Hermione, mientras el mago tomaba la capa y la observaba a través de su máscara-. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué lo has hecho, Harry?!

-Cumple tu palabra –dijo Harry, mirando a El Cazador de Brujas.

Este entonces asintió con la cabeza, indicando que así lo haría. Apuntó con su varita a Hermione, y Harry sintió que su corazón se detenía.

-Avada Kedabra –dijo El Cazador de Brujas, casi con pereza. Hermione cayó al suelo, de lado, y se quedó allí tendida, muerta.

Harry siguió allí de pie. Ni siquiera se preguntó si acababa de cometer un grave error. Supo que no había tenido opción. Jamás hubiera podido soportar estar allí, de pie, viendo como ese mago torturaba a Hermione haciéndola morir de las formas más dolorosas posibles.

El Cazador de Brujas examinó la capa, entonces sacó del interior de su propia capa algo más. Juntó ambas cosas, y las apuntó con su varita. Harry supo qué era lo otro: la Piedra de la Resurrección. Con las tres Reliquias de la Muerte juntas, una luz brillante y un destello emergieron de sus manos. El Cazador de Brujas quedó envuelto en un brillo blanco inmenso que emergía de la conjunción de las tres Reliquias. Un viento surgió de allí, y el mago quedó envuelto de ese poder, destellando.

Harry estaba paralizado por el avistamiento de ese hecho. El Cazador de Brujas acababa de convertirse en el Amo de la Muerte, en un ser supremo con poder infinito.

Cuando acabó de regodearse en ese brillo y poder, el mago aun enmascarado examinó su varita, la Varita de Saúco, como maravillado por alguna sensación extraordinaria. Como si ahora pudiera destruir el planeta entero con solo clavar la varita en la tierra.

-Soy el Amo de la Muerte –dijo entonces, levantando la varita en alto-. Soy indestructible...

Y, con esas palabras, El Cazador de Brujas se desvaneció en el aire. Desapareció en un segundo, esfumándose en la nada. No necesitó girar sobre sí mismo, ni nada.

Harry corrió hacia el cuerpo de Hermione, tendido en el suelo del cementerio. La abrazó y se desplomó a su lado, llorando desconsoladamente.

-Hermione –dijo, aunque sabía que ella no podía oído, que se había ido-. Hermione...

La luna llena, en el cielo, había descendido bastante ya, casi a punto de desaparecer en el horizonte tras unas montañas.

Harry abrazaba el cuerpo sin vida de Hermione y se sacudía por el llanto. Su cuerpo estaba tan destrozado que se sentía casi en agonía él también. Pero no le dolía eso, el verdadero dolor que no lo dejaba respirar era el de la muerte. La muerte que sostenía en brazos, mientras sentía que todo el universo a su alrededor se había reducido a cenizas.