Capitulo veintinueve
Terry tenía razón. La decisión de Susana de vengarse y asumir las consecuencias era inamovible. Además estaba enfadada con Candy, convencida de que le había ocultado a propósito la parte más importante de la situación, y no la creyó cuando le dijo que no sabía nada al respecto. Aquello no fue de ninguna ayuda para hacerla entrar en razón y le proporcionó una excusa para ignorar todo lo que Candy tuviera que decirle.
Se había burlado cuando ella había argumentado que Terry era parte inocente en todo aquello y que sería él quien acabaría saliendo perjudicado. Susana había dicho que los hombres no se tomaban el compromiso del matrimonio tan en serio como las mujeres, que muchos ni siquiera se molestaban en ocultar sus infidelidades, y los rumores que corrían respaldaban aquella suposición.
-Tendrá amantes que le satisfagan y a la mujer más hermosa de toda Inglaterra como esposa, para ser la envidia de todos -le dijo Susana-. Así que, ¿por qué no iba a salir él ganando con esto? No es que quiera casarse con otra, o bien se lo habría pedido y nada de esto habría sucedido.
Aquel argumento había puesto el dedo en la llaga, aunque no fuera de forma intencionada.
No obstante, servía una vez más para recordar a Candy lo ilusorias que habían sido sus esperanzas. De todas formas, las dejó de lado, como el resto de sus esperanzas truncadas.
Sin embargo, tras haber agotado todos los argumentos que incidían en la forma correcta de obrar, Candy se vio obligada a decir:
-Va a hacer de su vida un infierno. ¿Querría usted pasar el resto de su vida al lado de Eliza?
-Yo no. Yo la encerraría y la dejaría salir únicamente durante las vacaciones, y tal vez ni siquiera entonces. Yo haría de su vida un infierno, créame, y lo haría sin el menor remordimiento, sabiendo que se lo merece. Espero, de todo corazón, que Terrence Grandchester sea lo bastante inteligente para hacerlo. Así que, váyase a casa, Candy. Le agradezco que haya acudido en mi ayuda, pero ahora está perdiendo el tiempo.
Volver abajo y tener que confirmarle la negativa a Terry fue la cosa más dura que Candy había hecho en su vida. Aquella era su última esperanza y ahora todo estaba perdido.
Pero no parecía que Terry esperara un resultado distinto, pues su rostro no se inmutó; aunque era imposible imaginárselo aún más abatido. Sin embargo, la tomó en sus brazos para agradecerle que lo hubiera intentado. Y aquellos breves instantes fueron como el cielo y el infierno para Candy, saboreando el abrazo, pero sabiendo que con toda probabilidad aquella sería la última vez que estuvieran tan cerca.
Terry y Anthony cabalgaron junto al carruaje, acompañándolas hasta Oxbow, donde las tías de la rubia habían decidido finalmente regresar, a pesar de ser tan tarde. Ella no supo que Anthony se hallaba en la casa con Terry hasta que montó en el carruaje y se pusieron en camino. Fue entonces cuando lo oyó hablar fuera, quejándose de un molesto dolor de cabeza.
El viaje de regreso le pareció mucho más rápido. Candy se metió en la cama antes del amanecer, aunque faltaba menos de una hora para que aparecieran los primeros rayos de sol. Había conseguido contener el llanto hasta entonces, pero en cuanto apoyó la cabeza en la almohada, todas las emociones de aquella última semana volvieron a apoderarse de ella, sabiendo que probablemente Terry estaría casado antes de que ella despertara.
Levantarse por la tarde y saber que el matrimonio de Terry se había consumado por la mañana no fue tan doloroso como esperaba. Aquello la sorprendió. Creía que estaría destrozada. Pero, después de pensarlo un rato, se dio cuenta de que, para ella, daba lo mismo que se hubiera casado o no. Como lo amaba, sufría por él, pero si Eliza no existiera, Terry tampoco podría ser suyo.
Para Candy, el peor momento había tenido lugar durante la semana, cuando el abuelo de Terry la había advertido de cuáles eran, sus verdaderos sentimientos hacia ella. Hasta entonces, Candy abrigaba una mínima esperanza de que si Terry no se veía obligado a casarse con Eliza, lo haría tal vez con ella. Pero eso no había sucedido, al menos no por los motivos adecuados. Ella no sería nunca más que una amiga para él; y menuda amiga, puesto que no había asistido a su boda.
Ahora le enojaba habérsela perdido. Richard le había dicho que aquel día Terry iba a necesitar a sus amigos más que nunca. Y no pudo evitar recordar lo abatido que estaba la noche anterior, justo antes de que la abrazara.
Esperaba que al menos sus tías hubieran asistido a la boda. Las habían invitado a las tres. Pero, considerando la hora a la que se habían ido a dormir, era probable que también a ellas se les hubieran pegado las sábanas. Era una lástima que Terry no hubiera podido hacer lo mismo. Candy tenía la certeza de que le habría gustado hacerlo. Pero seguro que alguien lo habría despertado. Era el día de su boda, después de todo.
Al bajar, un poco más tarde, comprobó que al menos una de sus tías estaba levantada y a punto de ir a buscarla, o al menos eso le sugirió Maria cuando dijo:
-¡Ah! ¿Estás levantada? No estaba segura.
-Sí. ¿Habéis ido a la boda?
-Dios mío, no. Necesitábamos dormir. Pero no me cabe la menor duda de que nos enteraremos de todo a lo largo de este mes o en los meses próximos. Ahora mismo tienes una visita en el salón.
Candy no estaba segura de por qué intuía que se trataba de Eliza, tal vez porque había sido la última en ir a visitarla. Aunque, ¿el día de su boda? Querría restregárselo. No, olvidaba lo que Terry le había dicho anoche, que Eliza había cambiado de opinión y ya no deseaba casarse con él. La rubia no terminaba de creérselo. ¿Cómo podía una mujer no querer casarse con un hombre que poseía todas las cualidades deseables en un esposo? Pero Eliza tenía otras prioridades y Terry no las satisfacía.
Entonces, habría ido para quejarse y lamentarse del destino que le había tocado en suerte, un destino por el cual Candy habría dado cualquier cosa. No iba a tolerárselo, esta vez no. Tampoco iba a fingir amistad, algo que no había existido desde el principio, sobre todo desde que se había enterado de cómo le había mentido, la había manipulado e incluso se había propuesto hundirla de forma deliberada. LA ojiverde decidió que se limitaría a pedirle que se fuera por donde había venido.
Resuelta a hacerlo, se llevó un buen chasco cuando se encontró con que era Susana quien la estaba esperando en el salón. Incluso se ruborizó al reparar en los mezquinos pensamientos que había tenido sobre la pelirroja. Sin embargo, ver que Susana también estaba un poco violenta la tranquilizó.
No era difícil adivinar el motivo de su azoramiento. Quizá querría explicarle por qué se había negado a ayudar a Terry; ahora debía de sentirse culpable por no haberlo hecho. Después de todo no era mala, pero no estaba dispuesta a dejar pasar aquella oportunidad única de tomarse la revancha con alguien que en su opinión tanto se lo merecía. Aunque ahora ya nada importaba, porque era demasiado tarde.
-He venido a disculparme -empezó a decir la de ojo azul.
-No es necesario.
-Sí, lo es. Sabía que no sería capaz de hacer lo que dije anoche. Debería habérselo dicho, o al menos insinuarle que tenía mis dudas, para que usted no se hubiera marchado pensando lo peor de mí.
-¿De qué está hablando?
Susana suspiró.
-Solo quería paladear, al menos durante unas horas, la sensación de tener en mis manos el poder de hacer infeliz a Eliza. Y solo quería que ella lo supiera, durante un breve período de tiempo. Necesita saber que tarde o temprano tendrá que rendir cuentas por sus horribles actos y esta era una oportunidad para demostrárselo.
-¿Durante un breve período de tiempo?
-Sí, tenía la intención de visitar Summers Glade hoy, en mi viaje, de regreso a Londres, para hacerle saber a Terry que no está obligado a casarse con ella, al menos no para salvar la reputación de Eliza. Difundir rumores sobre la comprometedora situación de la que fui testigo casual no me haría distinta de ella. Eliza si sería capaz de perjudicar a otros solo para obtener lo que quiere, y el día en que empiece a comportarme así será el día en que espero que alguien me encierre y tire la llave.
Candy sonrió. Se habría reído de buena gana, pero consiguió contener aquel impulso. No quería que Susana supiera cuánto se alegraba por Terry.
-Entonces, ¿ya se lo ha dicho a Terry?
-Bueno, no -dijo Susana-. Esperaba que usted me acompañara. Sospecho que estará enojado conmigo por hacerle creer, incluso aunque solo fuera por un día, que tendría que casarse con esa bruja.
Fue como si el suelo hubiese desaparecido bajo sus pies y se la hubiera tragado. Así de duro fue el golpe para Candy, sobre todo después del alivio que había sentido momentáneamente.
-No sabía usted que la boda era esta mañana, ¿verdad? -preguntó Candy de forma casi automática.
La palidez de Susana fue respuesta suficiente, pero dijo:
-¿Cómo ha podido ser tan pronto? ¡Hacen falta tres semanas como mínimo para obtener la licencia!
-A menos que se obtenga una especial y, por lo visto, lord William la tenía desde hace ya tiempo. Debido a su avanzada edad, no quería perder ni un solo día en cuanto Terry se decidiera. Es comprensible que quisiera conocer a un par de nietos antes de pasar a mejor vida. Pero, en este caso, las prisas también pretendían impedir un escándalo. Después de todo, ellos no sabían que usted no diría nada de lo que vio.
-Dios mío, si hubiera sabido que había tanta prisa... Confieso que incluso pensé en mantener la boca cerrada durante al menos una semana, pero me pareció un tiempo excesivo para permitir que Terry siguiera creyendo que tenía que casarse con Eliza. No pensé que unas cuantas horas fueran a importar, después de todo íbamos a pasarlas casi todas en la cama. Oh, Dios mío. No voy a poder perdonármelo nunca.
En otras circunstancias, Candy habría intentado aliviar el malestar de Susana, un impulso natural en ella, pero por primera vez no fue capaz siquiera de intentarlo. No era la vida de la pelirroja la que estaba arruinada, pensara ella lo que pensase, por el hecho de que Susana hubiera guardado silencio. Iba a ser Terry quien tendría que sufrir las consecuencias de todo aquello.
-Tal vez no sea demasiado tarde -añadió Susana, aferrándose a un clavo ardiendo.
-Están casados. Es demasiado tarde, lo mire como lo mire.
-Sí, pero aún hay otra forma de deshacer un matrimonio, siempre que no se hayan ido directamente a la cama para consumarlo, y ¿por qué iban a hacerlo si ni siquiera se gustan? Podrían obtener la anulación, lo cual sin duda es mucho más aceptable que un divorcio.
Candy no conseguía verlo como una opción.
-¿Basada en qué?
Susana agitó la mano con impaciencia.
-¿Cómo voy yo a saberlo? Pero estoy segura de que podrá sugerirse algo. Tal vez los padres de Eliza no hayan hablado con nadie sobre qué les ha parecido que renovaran el compromiso. En ese caso, pueden decir que se oponen y que ella se casó sin su permiso.
-¿Siendo ellos los que estaban decididos a que se casaran? -le recordó la de rizos.
-Candice, no me está ayudando con su escepticismo - se quejó Susana-. Al menos, tenernos que hacerles saber que hay una opción y antes de que consumen nada, puesto que eso descartaría esa opción de manera automática.
¿Nosotras? Candy no entendía cómo se había metido en aquel embrollo. Susana olvidaba que Eliza había dicho a todo el mundo lo mucho que sus padres deseaban aquel matrimonio, hasta el punto de no respetar sus sentimientos. Tampoco quería ser ella quien le dijera a Terry que ahora tendría que vivir con Eliza solo porque a ninguno de ellos se le había ocurrido informar a Susana del día de la boda, cuando ambos podían habérselo mencionado anoche.
La fiesta aún no había terminado, aunque algunos de los invitados ya estaban marchándose. Ese fue el motivo de que la llegada de Candy y Susana pasara inadvertida. Entraron en Summers Glade justo cuando se marchaba un pequeño grupo de invitados, y el señor Jacobs estaba ocupado en otros menesteres en lugar de atender la puerta.
Sin embargo, hubo alguien que sí las vio llegar. Anthony Brower, muy apuesto aquel día con su traje de etiqueta, estaba apoyado en el marco de la puerta del salón, donde se hallaban reunidos la mayor parte de los invitados que quedaban, mirando casualmente hacia el recibidor porque acababa de despedirse del grupo que se disponía a partir. Tenía un vaso en la mano y los ojos algo enrojecidos, ya fuera por la falta de sueño o por alguna copa de más; probablemente se apoyaba en el marco de la puerta porque eso lo ayudaba a mantenerse en pie.
-Sé que a algunas mujeres les gusta llegar tarde, para que todos las vean llegar, por así decirlo, pero esto es un poco exagerado, ¿no?
Su observación, dicha en voz alta para que la oyeran desde el recibidor, les subió los colores a las dos. Ni Susana con su ropa de viaje ni Candy con un sencillo vestido y el abrigo que llevaba en sus caminatas iban vestidas de modo adecuado para una boda, lo cual ya las incomodaba lo suficiente. Habían preferido ganar tiempo en lugar de vestirse para la ocasión.
Por lo tanto, llamar la atención no era precisamente lo que más deseaban.
Candy se apresuró a reducir las distancias con el futuro duque para que él no tuviera que volver a hablarles a gritos.
-Si no le importa, no estamos aquí por la celebración, si es que puede llamarse así, sino para intentar ofrecer una solución que tal vez permita anular este indeseado evento. Yo creo que es una pérdida de tiempo, pero Susana está desesperada por enmendar su error.
Por eso estamos aquí, y no necesitamos llamar la atención, muchas gracias.
Candy había hablado entre susurros, pero el tono era de franca reprimenda. Ante aquello, Anthony sonrió burlón y dijo:
-Oh, me encantan las adivinanzas. ¿Cuántas oportunidades tengo de adivinar lo que usted quiere decir con eso?
Candy lo dejó por imposible, pues sin duda estaba bastante ebrio.
-Siguen aquí, ¿verdad? ¿Aún no se han ido de viaje?
-Si se refiere a los novios, claro que siguen aquí, como almas en pena. Lo último que sé es que Eliza estaba en su habitación haciendo pucheros, y creo que Terry se ha atrincherado cerca del coñac. Si se casa hoy, está decidido a no acordarse de nada.
Candy pensó que iba a ser Anthony quien no se acordaría de nada, y frunciendo el ceño, preguntó:
-¿A qué se refiere con eso de «si se casa»?
-Caramba, pues que la ceremonia aún no se ha celebrado –respondió el guapo rubio con naturalidad.
La ojiverde volvió a sentir un profundo alivio, pero esta vez se refrenó. No quería exponerse a otra decepción si estaba malinterpretando lo que acababa de oír.
-¿De veras que aún no se han casado?
Anthony le sonrió.
-No, de veras que no.
Candy le devolvió la sonrisa, dejándose invadir ahora por el alivio, y se trataba de una sensación sumamente embriagadora. Era lo último que esperaba sentir allí, y la confusión no tardó en apoderarse de ella.
-¿Y por qué no? -le preguntó-. Creía que todos estaban de acuerdo en que cualquier aplazamiento sería perjudicial para la reputación de Eliza.
-Desde luego que lo sería, pero, dadas las circunstancias, esto no es un auténtico aplazamiento. Por lo que intuyo, y no estaba para presenciarlo, sépalo usted, Terry ha dicho que William se enojado mucho esta mañana al enterarse de que Susana no estaba dispuesta a mantener la boca cerrada. Por eso me ha sorprendido que haya tenido una oportuna recaída justo cuando empezaba la ceremonia esta mañana. Me parece muy acertado, si quiere mi opinión. Han tenido que llevarlo arriba y llamar al médico.
Candy frunció el ceño.
-¿Oportuna? ¿Está usted seguro de que no ha empeorado?
Anthony se rió.
-Bueno, teniendo en cuenta que Terry se ha ido de la lengua y me ha explicado que sus abuelos habían estado discutiendo sobre a cuál de los dos correspondía el honor de tener un colapso, sí, estoy seguro por completo.
-Oh -respondió Candy.
Le costaba un poco creer que el estimado lord William pudiera estar de acuerdo con un ardid como aquel y aún más que se prestara a ponerlo en práctica en persona.
Viendo la duda en su rostro, el ojiazul añadió:
-No es más que una táctica para retrasar las cosas y no durará mucho. Pero, por lo visto, William piensa que si puede hablar con Susana podrá hacerla entrar en razón. Y, si no es así, piensa sacar a colación unos cuantos favores que le debe su padre para que sea él quien entre en razón. Ha enviado a alguien a Manchester para que vaya a buscarla, ahora que al fin se conoce su paradero. Qué bien que usted la haya traído.
Por fortuna, Susana seguía en la entrada y no oyó nada de aquello.
-No la he traído yo. Ha sido ella quien casi me ha traído a rastras a mí. Le atormentaba pensar que era demasiado tarde para arreglar este embrollo e iba a sugerir una anulación.
-¿Demasiado tarde? Anoche tuve la impresión de que estaba decidida a vengarse de Eliza. ¿Qué la ha hecho cambiar de opinión?
-Solo estaba decidida a que Eliza lo creyera durante un poco más de tiempo.
-No es muy amable por su parte, considerando que Terry también era víctima de su venganza.
-Estoy de acuerdo, pero lo comprendo, ahora que conozco un poco mejor los motivos que la han inducido a despreciar tanto a Eliza. Y desde el principio tenía la intención de venir aquí hoy para asegurar que mantendría la boca cerrada. Pero nadie se había molestado en decirle que la boda iba a celebrarse esta mañana. Ella hacía sus cálculos en virtud de lo que acostumbra tardar en concederse la licencia, por lo que pensó que tenía tiempo de sobra para impedir la boda.
Anthony meneó la cabeza, asombrado.
-Caramba, la impresión que te haces de las personas te da a veces una patada en el cu... bueno, los dientes, ¿verdad?
Candy se aclaró la garganta, pero aun así no pudo evitar sonreírle cuando respondió:
-Desde luego, últimamente yo he perdido unos cuantos dientes.
Aquello hizo que Anthony estallara en carcajadas. Por desgracia, el ruido fue muy inapropiado en aquella atmósfera de velatorio que reinaba en la casa. Después de todo, los invitados estaban pendientes de conocer la gravedad del colapso de William, por lo que reírse, en aquellas circunstancias, llamaba de inmediato la atención.
Anthony, ebrio como estaba, no se dio cuenta, pero Candy se ruborizó hasta las orejas cuando todos los ojos del salón se posaron en ella, censurándola con severidad. Se colocó a toda prisa junto a la pared, fuera del alcance de aquellas miradas.
Tuvo ganas de darle a Anthony un puntapié por haberla llevado a mostrarse frívola, tanto como para recurrir a su antigua costumbre de intentar hacerlo reír. Pero cambió de opinión. Hacía mucho tiempo que no le apetecía hacer reír a nadie. En realidad, haber recuperado aquella sensación era un verdadero alivio. Indicaba que al fin estaba empezando a salir del pozo...
Continuara…
