Perdón, tuve mucho trabajo y quería que quedara perfecto. Espero que les guste J. Ch 29 Los 74º Juegos del hambre

Fuente:Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)

El sonido de la lluvia sobre el tejado de nuestra casa me devuelve el conocimiento. No obstante, lucho por volver a dormirme, envuelta en un cálido capullo de mantas, a salvo en mi hogar. Soy vagamente consciente de que me duele la cabeza, quizá tenga la gripe y por eso me dejan quedarme en la cama, aunque me da la impresión de que llevo mucho tiempo dormida. La mano de mi madre me acaricia la mejilla y yo no la aparto, como hubiese hecho de estar despierta, porque no quiero que sepa lo mucho que necesito ese contacto suyo, lo mucho que la echo de menos, aunque siga sin confiar en ella. Entonces me llega una voz, no la de mi madre, pero es igualmente dulce.

-Katniss -dice-. Katniss, ¿me oyes?

Abro los ojos y se desvanece la sensación de seguridad. No estoy en casa, no estoy con mi madre; estoy en una cueva oscura y fría, con los pies descalzos helados a pesar del saco, y en el aire noto un inconfundible olor a sangre. La cara demacrada y pálida de un chico entra en mi campo de visión y, después de un sobresalto inicial, me siento mejor.

-Peeta- suspiro y le hago una leve sonrisa.

-Hola. Me alegro de volver a verte los ojos- me dice mientras me acaricia el pelo y me besa la frente.

-¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?

-No estoy seguro. Me desperté anoche y estabas tumbada a mi lado, en medio de un charco de sangre aterrador. Creo que por fin has dejado de sangrar, aunque será mejor que no te sientes ni nada.

Me llevo la mano a la cabeza con precaución: me la ha vendado. Ese gesto tan simple me hace sentir débil y mareada. Peeta me acerca una botella a los labios y bebo con ganas.

-¿Estás mejor? -le pregunto.

-Mucho mejor. Lo que me inyectaste en el brazo hizo efecto. Esta mañana ya no tenía la pierna hinchada.

No parece enfadado conmigo por haberlo engañado, drogado e ido al banquete. Quizá ahora esté demasiado destrozada y espere a después para decírmelo, cuando esté más fuerte. Sin embargo, por el momento es todo amabilidad.

-¿Has comido? -le pregunto.

-Siento decir que me tragué los tres trozos de ganso antes de darme cuenta de que podríamos necesitarlo para después. No te preocupes, vuelvo a seguir una dieta estricta.- me dice un poco avergonzado.

-No, no pasa nada. Tienes que comer. Iré a cazar pronto.

-No demasiado pronto, ¿vale? Deja que te cuide un poco.- me dice mientras me aprieta un poco más en sus brazos.

La verdad es que no me queda otra opción. Peeta me da para comer trocitos de ganso y pasas, y me hace beber mucha agua. Me restriega los pies para calentarlos y los envuelve en su chaqueta antes de subirme el saco de dormir hasta la barbilla.

-Todavía tienes las botas y los calcetines mojados, y el tiempo no ayuda -dice.

Oigo un trueno y veo los relámpagos iluminar el cielo a través de una abertura en las rocas. La lluvia entra en la cueva por varios agujeros en el techo, aunque Peeta ha construido una especie de toldo sobre mi cabeza y la parte superior de mi cuerpo metiendo el cuadrado de plástico entre las rocas que tengo encima.

-¿Qué habrá provocado la tormenta? Es decir, ¿quién es el objetivo? -pregunta Peeta.

-Cato y Thresh -digo, sin pensar-. La Comadreja estará en su guarida, donde sea, y Clove..., ella me cortó y después... -No puedo terminar la frase.

-Sé que Clove está muerta, la vi en el cielo por la noche. ¿La mataste tú?

-No, Thresh le aplastó el cráneo con una roca.

-Qué suerte que no te cogiese a ti también.

-Lo hizo, pero me dejó marchar -respondo.

Al recordar lo sucedido durante el banquete se me revuelven las tripas. Por supuesto, no me queda más remedio que contárselo todo, las cosas que me callé porque él estaba demasiado enfermo para preguntarlas y las que no estaba lista para revivir, como la explosión, mi oído, la muerte de Rue, el chico del Distrito 1 y el pan. Todo eso me lleva a lo que pasó con Thresh y en cómo había pagado su deuda, por así llamarla.

-¿Te dejó ir porque no quería deberte nada? Me recuerda a alguien que conozco- me dice con ironía.

-Sí. No espero que lo entiendas. Tú siempre has tenido lo necesario, pero, si vivieras en la Veta, no tendría que explicártelo.

-Y no lo intentes. Está claro que soy demasiado tonto para pillarlo.- me dice exasperado y creo que está enojado por el comentario.

- No quise decir eso, son códigos de La Veta. Es como lo del pan. Parece que nunca consigo pagarte lo que te debo.

-¿El pan? ¿Qué? ¿De cuando éramos niños? -pregunta-. Creo que podemos olvidarlo. Es decir, acabas de revivirme. Además, ya hemos hablado bastante de ese tema.- me dice todavía con el tono alterado.

-Pero no me conocías. No habíamos hablado nunca. Además, el primer regalo siempre es el más difícil de pagar.

- Y sabes que lo hubiera hecho aún sino no hubiese tenido un motivo adicional. Hay cosas que tenemos que hacer sin esperar un reconocimiento a cambio, sólo por ser una buena persona.

- Sí, pero en nuestro caso vos tenías sentimientos hacia mí.

- ¿Acaso tú no te encariñaste con Rue? ¿No lo hubieras hecho por otra niña que te hiciera acordar a Prim?

- Tienes razón.

- Es una cuestión de principios y códigos. Puede ser que nos estén forzando a actuar como animales y, encerrados y desesperados, tenderíamos a hacerlo. Pero mientras podamos, creo que vale la marcar la diferencia.

- ¿Crees que los que están mirando se darán cuenta de eso?

- Realmente no lo sé, pero eso no significa que no lo intentemos- me dice Peeta mientras me acomoda un poco en sus brazos- Entonces, Cato y Thresh, ¿eh? Supongo que sería mucho pedir que se matasen entre ellos- dice cambiando de tema.

Sin embargo, esa idea sólo sirve para entristecerme.

-Creo que Thresh nos hubiese caído bien, y que en el Distrito 12 podríamos haber sido amigos.

-Entonces, esperemos que Cato lo mate, para no tener que hacerlo nosotros -responde Peeta, en tono lúgubre.

No me gustaría nada que Cato matase a Thresh; de hecho, no quiero que muera nadie más, pero no es el tipo de cosa que los vencedores van diciendo por el estadio. A pesar de que hago todo lo posible por evitarlo, noto que se me llenan los ojos de lágrimas.

-¿Qué te pasa? -me pregunta Peeta, mirándome con cara de preocupación-. ¿Te duele mucho?

Le doy otra respuesta que, aun siendo cierta, puede interpretarse como un breve momento de debilidad, en vez de algo más radical.

-Quiero irme a casa, Peeta -le digo en tono lastimero, como una niña pequeña.

-Te irás, te lo prometo -responde él, y se inclina para darme un suave beso.

-Quiero irme ahora.

-Vamos a hacer una cosa: duérmete y sueña con casa; antes de que te des cuenta, estarás allí de verdad, ¿vale?

-Vale -susurro-. Despiértame si necesitas que monte guardia.

-Yo estoy bien y descansado, gracias a Haymitch y a ti. Además, ¿quién sabe cuánto durará esto?

¿A qué se refiere? ¿A la tormenta? ¿Al breve respiro que nos da? ¿A los juegos en sí? No lo sé, pero estoy demasiado cansada y triste para preguntar.

Cuando Peeta me despierta, ya es de noche. La lluvia se ha convertido en un aguacero que convierte las goteras de antes en auténticos ríos. Peeta ha colocado la olla del caldo para recoger lo peor y ha cambiado de posición el plástico para evitar que me caiga demasiada agua. Me siento un poco mejor, puedo sentarme sin marearme mucho y estoy muerta de hambre, igual que Peeta. Está claro que esperaba a que me despertase para comer, por lo que está deseando ponerse a ello. No queda mucho: dos trozos de ganso, un pequeño revoltijo de raíces y un puñado de fruta seca.

-¿Deberíamos racionarlo? -me pregunta.

-No, mejor nos lo terminamos. De todos modos, el ganso se está poniendo malo, y sólo nos faltaría acabar enfermos por comer carne en mal estado.

Divido la comida en dos pilas iguales e intentamos comérnosla despacio, pero tenemos tanta hambre que acabamos en un par de minutos y mi estómago no se siente muy satisfecho.

-Mañana será día de caza -digo.

-No podré servirte de mucha ayuda sin otro arco, pero podría poner algunas trampas- es la primera vez en la arena que desliza la idea de que también sabe usar el arco y la flecha.

-Yo cazaré y tú cocinarás. También puedes recolectar verduras.

-Ojalá hubiese una especie de arbusto del pan por aquí -comenta Peeta irónicamente.

-El pan que me enviaron del Distrito 11 todavía estaba caliente -respondo, suspirando-. Toma, mastica esto -añado, pasándole un par de hojas de menta y metiéndome unas cuantas en la boca.

Resulta difícil ver la proyección en el cielo con la tormenta, pero es lo bastante clara para saber que hoy no ha muerto nadie, así que Cato y Thresh todavía no se han encontrado.

-¿Adónde fue Thresh? Es decir, ¿qué hay al otro lado del círculo? -le pregunto a Peeta.

-Un campo; hasta donde alcanza la vista no hay más que hierbas que llegan a la altura de los hombros. No lo sé, quizás algunas tengan grano. Hay zonas de distintos colores, pero no se ven caminos.

-Seguro que algunas tienen grano y seguro que Thresh sabe cuáles. ¿Entraste?

-No, nadie tenía muchas ganas de perseguir a Thresh por la hierba. Ese sitio tenía un aire siniestro. Cada vez que miraba al campo no hacía más que pensar en cosas escondidas: serpientes, animales rabiosos y arenas movedizas. Ahí podría haber cualquier cosa.

- Me recuerda a cuando nos advertían que no fuésemos más allá de las alambradas del Distrito 12- le susurro a Peeta al oído para que todo Panem no oiga de nuestras actividades clandestinas.

- Tienes razón, pero cuando no estás acostumbrado al paisaje, sonaba un riesgo adicional- responde también en tono bajo.

- Evidentemente, Thresh veía el campo como una posible fuente de comida, además de como una amenaza. Quizás haya un arbusto del pan en ese campo -digo-. Quizá por eso Thresh parece mejor alimentado ahora que cuando empezaron los juegos.

-O eso, o tiene unos patrocinadores muy generosos -responde Peeta-. Me pregunto qué tendríamos que hacer para que Haymitch nos enviase un poco de pan.

Arqueó las cejas antes de recordar que él no sabe nada del mensaje que nos envió Haymitch hace un par de noches.

- Después que te di el beso la otra noche, Haymitch nos envió el caldo- le digo al oído- ¿ Será que un beso equivale a una olla de caldo?

- ¿Quieres decir que debemos jugar la carta de los trágicos amantes del Distrito 12?- me pregunta, siempre al oído- Considerando que nadie está escuchando nuestros susurros, ¿ hasta cuánto estás dispuesta a develar?

- ¿Cuánto crees tú que sería lo suficiente sin causar un problema en el Distrito 12?

- Nunca dejaría que te vieran haciendo algo que no se considere de una dama, si es a lo que te refieres- me dice en un susurro con un tono travieso.

-Bueno, probablemente Haymitch gastó muchos recursos para ayudarme a dejarte fuera de combate -comento, en tono travieso tratando de cambiar el tema, mientras le tomo una mano.

-Sí, en cuanto a eso -responde él, entrelazando sus dedos con los míos-, no se te ocurra volver a hacerlo.

-¿O qué?

-O..., o... -No se le ocurre nada bueno-. Espera, dame un minuto.

-¿Hay algún problema? -pregunto, sonriendo.

-El problema es que los dos seguimos vivos, lo que, en tu cabeza, refuerza la idea de que hiciste lo correcto.

-Sí que hice lo correcto.

-¡No! ¡No lo hagas, Katniss! -Me aprieta la mano con fuerza, haciéndome daño, y noto por su voz que está enfadado de verdad-. No mueras por mí. No me harías ningún favor, ¿de acuerdo?

-Quizá también lo hice por mí, Peeta -respondo; aunque me sorprende su intensidad, -. Quizá lo hice por mí, Peeta, ¿se te había ocurrido pensarlo? Quizá no eres el único que..., que se preocupa por... qué pasaría si...

Estoy mascullando, las palabras no se me dan tan bien como a Peeta, y, mientras hablo, la idea de perderlo de verdad vuelve a golpearme y me doy cuenta de lo mucho que me dolería su muerte. No quiero perder al chico del pan.

-¿Qué pasaría si qué, Katniss? -me pregunta, en voz baja.

Ojalá pudiera cerrar las compuertas, bloquear este momento y ponerlo fuera del alcance de los entrometidos ojos de Panem. Lo que yo sienta es asunto mío, no del público.

-Ésa es la clase de tema que Haymitch me dijo que evitara -respondo, a la evasiva, aunque Haymitch nunca me haya dicho nada parecido. De hecho, seguramente me está maldiciendo a voces por soltar la pelota en un momento con tanta carga emotiva. Pero, de algún modo, Peeta recoge la pelota.

-Entonces tendré que rellenar los huecos yo solo -dice, acercándose y posando sus labios sobre los míos.

Es el primer beso del que ambos somos plenamente conscientes. Ninguno está debilitado por la enfermedad o el dolor, ni tampoco desmayado; no nos arden los labios de fiebre ni de frío. Es el primer beso real que nos damos desde la mañana que Peeta decisión entrenar por separado con Haymitch. Es suave al principio, pero crece en intensidad a medida que nuestros labios reencuentran el ritmo. Peeta pasa su lengua por mi labio inferior y automáticamente abro la boca para dejarlo entrar. Sus manos rodean mi cabeza y se entierran en mi pelo, intensificando el beso y causándome un gemido más fuerte de lo que había deseado. Instintivamente, paso una pierna sobre su regazo y termino montándolo mientras comienzo a acariciarle sus rulos.

Cuando empiezo a presionar sobre su incipiente erección, Peeta se mueve y corta el beso.

-Creo que tu herida vuelve a sangrar. Venga, túmbate. De todos modos, es hora de dormir.- dice con voz ronca mientras me guiña un ojo.

Ya tengo los calcetines bastante secos, así que me los pongo y obligo a Peeta a ponerse de nuevo su chaqueta, porque es como si el frío húmedo se me metiese en los huesos y él debe de estar helado. Además, insisto en hacer el primer turno de guardia, aunque ninguno de los dos creemos que alguien aparezca con este tiempo. No obstante, él sólo acepta a condición de que yo también me meta en el saco, y tiemblo tanto que no tendría sentido negarme. A diferencia de hace dos noches, cuando notaba que Peeta estaba a varios kilómetros de mí, ahora mismo me abruma su proximidad.

Cuando nos tumbamos, él me baja la cabeza para que use su brazo de almohada, mientras me pone encima el otro brazo, como si deseara protegerme. Cuando ambos estamos en el saco de dormir, me recuesto de mi lado izquierdo de manera que mi oído derecho esté cerca de su boca. Peeta está apoyado también del lado izquierdo un poco sobre su pierna herida con su pecho pegado a mi espalda.

- En realidad, creo que vamos a tener calor con las chaquetas y los pantalones puestos. Déjame ayudarte a sacarlos- me susurra al oído.

Aunque la caverna está a oscuras y sólo las luces de los rayos se filtra por la entrada, ambos estamos conscientes de que hay cámaras nocturnas que nos observan.

- Sabes, la primera noche que dormí con los profesionales, en realidad la primera noche que pasé en la Arena, ellos recibieron un paracaídas plateado de algún esponsor. Era una caja de preservativos.- me cuenta en voz baja.

- ¿Para qué?

- Bueno, después que terminó el himno, se pasaron gran parte de la noche teniendo sexo entre ellos. Cato con Clove, Cato con Glimmer, Glimmer con Marvel.

- ¿Marvel?

- Si el chico del Distrito 1. Quedé bastante impresionado, ¿ sabes?

- ¿Por qué?

- Porque parecían animales. Su caras, la forma en que Cato y Marvel trataban a las chicas. La forma en que exponían sus cuerpos.

- ¿ Y tú qué hacías?

- Primero me preguntaron si quería participar, pero les dije que no quería. Me preguntaron por qué y le dije que era por mi novia. Se rieron un rato, pero después de la tercera vuelta se olvidaron por completo y yo me pude esconder para no verlos más. No quise dormir, tenía miedo que me matarán. Además esos ruidos animales que hacían me repugnaban. No quiero hacer nada parecido a ellos contigo. Por eso te detuve.

- Te entiendo. Pero, debo confesar que te extraño.

- Yo también- me dice mientras me abraza fuerte.

- Podríamos quedarnos en camiseta y ropa interior, tratar de ser discretos y ver que pasa. No digo estar sin ropa todo la noche, porque no podemos dejar de estar alerta, pero un rato…

- Puede ser- contesta mientras comienza a besarme el cuello.

Sin salir del saco de dormir ayudo a Peeta a sacarse la chaqueta, desabotonar su pantalones y bajarlos por sus piernas. Luego él me ayuda a mí y dejamos nuestras ropas cerca de las botas, a un costado del saco de dormir. Ahora estamos semidesnudos y, es verdad, el calor corporal disipa el frío húmedo que nos rodea.

- Apoya todo tu cuerpo sobre el mío y usa mi brazo de almohada- me explica mientras nos metemos bien adentro del saco de dormir.

Peeta dobla su pierna derecha hacia arriba generando un espacio en la tela que no permite descifrar qué está pasando por debajo. Con su mano derecha toma mi pierna derecha y me la acaricia hasta llegar al interior de mi muslo. Luego, con un movimiento suave, baja mis calzones hasta el tobillo y me saca sólo el lado derecho. Después toma esa pierna y la pasa sobre su cadera derecha, dejando abierta mi entrepierna. La anticipacón ya me está haciendo humedecer.

- Yo te voy a sostener, sólo trata de quedarte quieta y lo más callada que puedas, sino usa mi brazo para ahogar los gemidos- dice en un susurro bien pegado a mi oído.

- ¿ Puedo tocarte yo?

- Sí, pero espera unos minutos- agrega mientras baja sus calzoncillos con la mano derecha debajo de su cadera para liberar su pene.

Ya reacomodados y bien sostenida por su brazo izquierdo, siento que su mano derecha vuelve a acariciarme la pierna derecha hasta llegar a mi entrepierna, dejando piel de gallina a su paso. De repente, uno de sus dedos se posa muy suavemente sobre mi clítoris. Muy, pero muy despacio comienza a hacer círculos sobre él. Nuestros cuerpos están realmente inmóviles, lo único que se mueve es su dedo. La lentitud con la que se mueve su dedo se convierte en una dulce tortura. No es la primera vez que Peeta me masturba, pero sabe que necesito más presión para alcanzar mi orgasmo. Evidentemente tiene algo en mente y la mía, sólo se concentra en ese pequeño punto de contacto entre su dedo y mi clítoris.

- No estamos apurados Katniss, podemos estar así hasta que se pase la lluvia- su voz está ronca por el deseo.

- Está bien- sale mi voz entrecortada.

Contra mi glúteos siento como su pene comienza a endurecerse y paso mi brazo derecho por debajo del suyo y pongo mi mano entre mi glúteo y su cadera para agarrar su pene. El momento en que lo toco, me doy cuenta que empieza a gotear por la excitación.

- Bien- Peeta gruñe despacio en mi oído- Agárralo fuerte pero no te muevas, ya haré todo el trabajo.

Muy despacio, comienza a mover sus caderas de manera que su pene comience a friccionar sobre mi mano. Pero lo hace a un ritmo tan lento como el que su dedo se mueve en mi clítoris. Cada tanto, arrastra el dedo entre mis labios para recolectar mis fluidos, para luego retomar la dulce tortura a mi clítoris.

- Estas tan mojada. Sé que quieres acabar ya, pero lo voy a seguir haciendo lento, verás que acabarás todavía más fuerte.

Los susurros de Peeta en mi oído bueno me excitan mucho. Muy despacio, su mano izquierda se mueve hacia arriba y con el dedo gordo comienza a rozar mi pezón izquierdo por sobre mi ropa. Mi respiración se acelera y tengo que ahogar un gemido. Nunca pensé que a un ritmo tan lento Peeta pudiera excitarme tanto. ¿Será que no estamos juntos hace algunos días? Antes de venir al Capitolio, ¿nuestros encuentros sexuales no eran tan frecuentes? ¿Será que me excita la idea que nos estén viendo?

Las acciones de Peeta sobre mi cuerpo se prolongan por uno largos minutos, para mi satisfacción, pero nada se compara cuando, de repente, siento que saca su pene de entre mi mano y con la misma mano que está masajeando mi clítoris alinea mi entrada y me penetra. Y un movimiento limpio y fuerte que me deja sin aliento. Sin sacar su dedo de mi clítoris, comienza a moverse lento pero fuerte, tratando de hacerlo más profundo cada vez. Su respiración se acelera, cada vez más y yo siento que estoy al borde del climax.

- Allá vamos mi amor- me dice.

En ese instante, presiona mi clítoris con fuerza mientras empuja decidido adentro mío. Y, evidentemente, es lo que necesitaba porque segundos después siento las paredes de mi vagina contraerse alrededor de su pene junto al calor de su semen y las familiares pulsaciones. Tengo que tapar mi boca con su bícep para evitar gritar. Peeta tiene su boca hundida en mi pelo mientras me sostiene y se sostiene con mi cuerpo para evitar que nos sacudamos descontroladamente. La fuerza contenida intensifica nuestro orgasmo, porque nos quedamos ondulando el uno sobre otro por unos largos minutos.

Cuando nuestras pulsaciones de han reducido y siento que su pene comienza a salir de mi cuerpo, Peeta vuelve a colocar su boca en mi oído.

- Te amo- me dice.

- Yo también- le contesto mientras nuevo mi cabeza para tratar de mirarlo a los ojos.

- Espero que no haya sido tan evidente.

- Salvo por lo que trasmitieron nuestros rastreadores, no creo que hayan podido ver mucho.

- Creo que con sólo mostrar nuestras caras alcanzaba para darse cuenta lo que pasaba acá abajo.- me dice medio en broma al oído.

- No me arrepiento- le contesto.

- Tampoco. Aunque ahora hace calor acá abajo, deberíamos vestirnos para estar listos pase lo que pase.

- Me parece bien.

Me acomodo la ropa interior y nos ponemos los pantalones, aunque nos quedamos en el saco de dormir. Le digo a Peeta que aproveche para dormir, mientras que yo me quedo a su lado, alerta. Con la ayuda de las gafas, me quedo mirando las gotas de agua caer en el suelo de la caverna. Son rítmicas y tranquilizadoras, y doy unas cuantas cabezadas que me hacen despertar de golpe, con sentimiento de culpa y enfadada por mi debilidad. Después de tres o cuatro horas no puedo aguantarlo más y despierto a Peeta, porque se me cierran los ojos.

-Mañana, cuando todo esté más seco, buscaré un lugar muy alto en los árboles para que los dos podamos dormir en paz -le prometo justo antes de dormirme.

Sin embargo, el tiempo no mejora. El diluvio continúa, como si los Vigilantes intentaran ahogarnos a todos. Los truenos son tan fuertes que parecen sacudir el suelo, y Peeta sopesa la idea de salir a buscar comida, de todos modos, pero le digo que, con esta tormenta, no tiene sentido. No podría ver lo que tiene delante de sus narices y acabará chorreando como recompensa. Sabe que tengo razón, aunque empieza a dolemos el estómago.

El día se arrastra hasta convertirse en noche y el tiempo sigue igual. Haymitch es nuestra única esperanza, pero no nos llega nada, ya sea por falta de dinero (todo costará ya una suma exorbitante) o porque no esté satisfecho con nuestra actuación. Probablemente lo segundo. Soy la primera que reconoce que hoy no hemos estado lo que se dice fascinantes: muertos de hambre, débiles por las heridas, intentando no reabrirlas. Estamos acurrucados juntos, envueltos en el saco, sí, pero sobre todo para calentarnos. Lo más emocionante que hemos hecho es dormir. Aunque pienso que lo que pasó anoche debería alcanzarle.

Mi instinto me dice que Haymitch no busca sólo afecto físico, que quiere algo más personal, el tipo de cosas que intentaba que contase sobre mí en las prácticas para la entrevista. Se me da fatal, pero a Peeta no. Quizás el mejor enfoque sea hacer que hable él.

Entonces se me ocurre algo. Me incorporo y paso la pierna izquierda sobre su cuerpo para quedar montada sobre él con las rodillas a cada lado de su cadera. Le doy un empujoncito para que se siente y nuestras cabezas queden casi a la misma altura. Al principio, Peeta parece desorientado pero cuando hundo mis manos en sus rulos y lo acerco a mi para besarlo, sus ojos se abren como dos huevos fritos. No es un beso suave. Lo estoy besando con la boca abierta y procuré sacar bien mi lengua para que la audiencia se dé cuenta de lo que estoy haciendo. Muestras lenguas se entrelazan e intento trasmitirle todo mi amor y deseo en este beso. Instintivamente comienzo a rozar mi entrepierna contra su cuerpo y siento, como poco a poco su penes se pone más rígido. Peeta, ya con los ojos cerrados, no se queda atrás y me agarra fuertemente ambos glúteos con sus manos para aumentar la fricción.

Casi un minuto después, cuando los pulmones me molestan por la falta de aire, me separo de su boca reluctante dejando un estela de baba, que limpio con el dorso de mi mano. Me siento como intoxicada por el beso y parece que Peeta también.

- ¡Guauu!, no me esperaba eso- dice Peeta en un susurro.

-Peeta -digo, como si nada-, en la entrevista dijiste que estás enamorado de mí desde que tienes uso de razón. ¿Cuándo empezó esa razón?- le digo y le giño un ojo a ver si entiende qué quiero hacer. Conozco la historia de memoria, pero la audiencia no.

-Bueno, a ver... Supongo que el primer día de clase. Teníamos cinco años y tú llevabas un vestido de cuadros rojos y el pelo..., el pelo recogido en dos trenzas, en vez de una. Mi padre te señaló cuando esperábamos para ponernos en fila. – me cuenta para luego cerrar la frace con dos besos al costado de mi cuello.

-¿Tu padre? ¿Por qué? – pregunto mientras su boca sigue su camino hacia mi clavícula.

-Me dijo: «¿Ves esa niñita? Quería casarme con su madre, pero ella huyó con un minero». – su voz está más ronca y lo siento más duro debajo mío.

-¿Qué? ¡Te lo estás inventando! – me hago la sorprendida.

-No, es completamente cierto. Y yo respondí: «¿Un minero? ¿Por qué quería un minero si te tenía a ti?». Y él respondió: «Porque cuando él canta... hasta los pájaros se detienen a escuchar».

-Eso es verdad, lo hacen. Es decir, lo hacían -digo.

Siempre me emociona cuando cuenta ésta parte de la historia. Me parece que mi renuencia a cantar, la forma en que rechazo la música no se debe en realidad a que lo considere una pérdida de tiempo. Podría ser porque me recuerda demasiado a mi padre.

-Así que, ese día, en la clase de música, la maestra preguntó quién se sabía la canción del valle. Tú levantaste la mano como una bala. Ella te puso de pie sobre un taburete y te hizo cantarla para nosotros. Te juro que todos los pájaros de fuera se callaron.- agrega mientras mueve un poco mi camiseta para poder besar más piel.

-Venga ya -repuse, riéndome.

-No, de verdad. Y, justo cuando terminó la canción, lo supe: estaba perdido, igual que tu madre. Después, durante los once años siguientes, intenté reunir el valor suficiente para hablar contigo.

-Sin mucho éxito. - le digo juguetonamente.

-Sin mucho éxito. Así que, en cierto modo, el que saliese mi nombre en la cosecha fue un golpe de buena suerte.

El final hubiese sido verdad si no hubiéramos tenido que intercambiar regalos aquel invierno hace año y medio atrás. En ese momento, cuando Peeta me confesó su amor, me costó mucho creerle. Hasta pensé que me estaba haciendo una broma cruel. ¿ Un chico comerciante enamorado perdidamente de una niña pobre de La Veta? Pero lo que me había contado Peeta sonaba a verdad y explicaba por qué Peeta se arriesgó a una paliza por darme el pan aquel horrible día.

-Tienes una... memoria asombrosa -comento, vacilante.

-Lo recuerdo todo sobre ti -responde él, poniéndome un mechón suelto detrás de la oreja-. Eras la única que no se daba cuenta.

-Ahora sí- le digo con voz seductora.

-Bueno, aquí no tengo mucha competencia.- dice haciendo un puchero.

Quiero retirarme, cerrar de nuevo las compuertas, no quiero que sepán más de lo que pasa realmente entre nosotros dos, pero sé que , a esta altura, no puedo, es como si oyese a Haymitch susurrándome al oído: «¡Dilo, dilo!». Así que trago saliva y me arranco las palabras.

-No tienes mucha competencia en ninguna parte.

Esta vez, soy yo la que se inclina para besarlo y no es tan apasionado. Quiero mostrar la ternura que hay entre los dos y trato de perderme en el beso. Pero apenas se han tocado nuestros labios cuando el estruendo del exterior nos sobresalta. Me desenredo del cuerpo de Peeta, saco el arco, con la flecha lista para disparar, pero no se oye nada más. Peeta se asoma entre las rocas y da un salto; antes de que pueda detenerlo, sale a la lluvia y me pasa algo, un paracaídas plateado atado a una cesta. La abro de inmediato y dentro hay un banquete: panecillos recién hechos, queso de cabra, manzanas y, lo mejor, una sopera llena de aquel increíble estofado de cordero con arroz salvaje, el mismo plato del que le hablé a Caesar Flickerman cuando me preguntó por lo que más me había impresionado del Capitolio.

-Supongo que Haymitch por fin se ha hartado de vernos morir de hambre -comenta Peeta al meterse en la cueva, con el rostro iluminado como el sol.

-Supongo.- le guiño el ojo.

Sin embargo, en mi cabeza oigo las palabras engreídas, aunque ligeramente exasperadas, de Haymitch: «Sí, eso es lo que busco, preciosa». Y no puedo dejar de pensar que odio aún más al Capitolio por obligarnos a vender nuestro amor para sobrevivir.