Notas del Autor: Lamento mucho la espera de varios meses, pero afortunadamente ya libre de deberes podré subir actualizaciones más seguido. Muchas gracias por continuar leyendo esto. Besos
Disclaimer: Hellsing no me pertenece, aunque me gustaría igual que vosotros (estoy segura) esto lo hago por simple diversión.
Aparecieron en una callejuela oscura y deshabitada a pesar de ser de día. Él había permanecido en silencio todo el tiempo, causándole así la sensación de un vuelco en el estomago y nauseas por el nerviosismo, sentía su corazón latir rápido y creía que podía desmayarse en cualquier momento. No debió haber hecho eso, ni decir eso. Temía tanto ese momento, sabía que estarían a solas y no quería confrontarse con él ni dar una explicación, el príncipe estaba muy molesto y entendía las razones pero no del todo. Tal vez nunca podría comprenderlo: era un ser en continuo cambio de estado de ánimo a veces sin leves transiciones aparentes, podía estar relativamente de buenas y cambiar al segundo al otro extremo; o quizá tuviera una razón, sin embargo dudaba mucho que algún día la compartiera con ella. De cualquier modo y por lo menos en ese instante, deseaba estar tan lejos como fuera posible de él y paradójicamente se encontraba entre sus brazos, atrapada voluntariamente en ellos, aferrándose a su cuello intentando no caer. Alucard la volteó a ver desde lo alto de su estatura - debía aceptarlo, a comparación de él era demasiado pequeña y menuda no solamente por su altura sino por su gesto imponente – sus miradas se encontraron involuntariamente: estaba tan serio y reservado que la asustó y la obligó a bajar la vista. No sabía por qué estaban ahí, ni por que había decidido acompañarla si eso no era algo que él hiciera con normalidad.
Antes de que el conde pudiera decir una palabra se soltó de él e intervino con rapidez esperando cambiar un tema que aun no se había iniciado:
- Señor, en la visión Stella no estaba aquí, ella… - se detuvo antes de terminar la frase...
Pero Alucard ni siquiera se había molestado en responderle o siquiera verle, tan solo había tomado asiento en uno de los escalones que había en la entrada de un edificio vacío y lúgubre. Se quedó extendiendo la mano, asustada, sin saber cómo actuar: ¿Estaba esperando que tomara la iniciativa y fuera a buscarla? ¿Hasta ahí había terminado de acompañarla? Por un momento se tentó a irse y buscar por si misma a la esposa de Ernest, pero ¿y si quería que le diera una explicación de aquella propuesta indebida?, cerró los ojos y respiró profundo buscando la calma deseada en lo íntimo de su fuero interno, no debía tomar conclusiones precipitadas, después de todo él había estado muy dispuesto también, no había de que preocuparse – se dijo a sí misma – si no lo hubiera deseado se habría escandalizado desde un inicio, sin embargo, la había aceptado además de que con anterioridad ya había dado muestras de que quería llevar a un punto más lejano su relación maestro – aprendiz lamentablemente no de la manera que ella lo deseaba. Escuchó un golpe seco seguido de otro, no necesitaba ver para entender que su maestro estaba chocando rítmicamente la punta de su bastón contra el suelo, como quien tiene mucha impaciencia y no puede soportar un segundo más de la situación.
¿Siempre era así de pretencioso y rudo? – pensó. La ignoraba con una facilidad inmensa que incluso la hizo dudar de su propia existencia en ese lugar. Se sintió ofendida, pero al mismo tiempo aliviada. No quería hablar de aquello que acababa de suceder, ni siquiera quería pensar en ello. Tuvo la sensación de que sus mejillas se encendían anunciándole que se había sonrojado una vez más así que cubrió su rostro con sus manos.
- Espero volver pronto – dijo el conde severo, poniéndose de pie y sacudiendo su traje con elegancia, interrumpiendo con esto sus pensamientos – no te muevas de aquí a menos que te ordene lo contrario.
- Pero… yo…
- Si alguien llegase a atacarte – prosiguió él volviendo a desatender sus palabras tal como si nunca las hubiera mencionado – bon appetit draculina.
Se volvió dándole la espalda y se alejó de ella con tanta suficiencia que le hizo sentir insignificante. Quiso no quererlo, quería ya no quererlo, puesto que si ya no lo hacía no sería complicado abandonarlo o simplemente aquellas acciones no tendrían relevancia y no la asustarían tanto; tal vez también deseaba esconderse debajo de alguna roca o montaña y desaparecer de la faz de la tierra para que nadie pudiera vez la vergüenza que pasaba. Por un momento se pregunto qué habría pasado si le hubiese dado un sí ¿Qué estaría pasando en ese momento? ¿En donde estarían? ¿Se estaría propasando él con ella? Volvió a sonrojarse y a intimidarse a causa de lo que acababa de imaginar en su cabeza: No habría querido que la tocara, no podría soportarlo, tenía mucho miedo aun aunque él no fuese el culpable de nada. Lo quería tanto, pero no estaba preparada y tenía miedo de nunca estarlo.
Tenía el deseo de poder decirle tantas cosas tan abiertamente como lo hacía con Vlad, después de todo eran tan idénticos… Deseaba expresarle que estaba asustada, que no deseaba que la tocaran bajo ninguna circunstancia porque tenía miedo de que la trataran de la manera tan indigna y humillante como habían hecho con su madre muerta. Decirle que para ella ese recuerdo traía consigo tintes de desesperación e impotencia que revivía cada vez que alguien osaba poner una mano sobre si. Que nadie tenía la culpa, ni ella ni él, tan solo aquellos que habían llevado sobre su vida una desgracia que la perseguiría por el resto de la eternidad.
Se tentó a pensar que a Alucard no le interesaría, sin embargo algo en su interior, cual punzada molesta que no le abandonaba le decía que se equivocaba y que sería una injusta si lo afirmaba. Sentada sobre aquel peldaño que hubo elegido su amo con antelación se quedó en silencio reflexionando…
…
Stella Stevenson en ese mismo instante arribaba a un pequeño local en el centro de la ciudad. Desde que había llegado a Londres con su esposo Ernest le propuso ayudar también en los gastos del hogar, después de todo, ya no sería tan sencillo para el rubio vivir como antes ahora que ella se había sumado a estar bajo su mismo techo; él, por supuesto, cual caballero, se había negado. A pesar de ser muy condescendiente, el joven abogado era un hombre sobreprotector y cariñoso, y le pidió que postergara esa decisión hasta que fuese absolutamente necesario pidiéndole que le diera la dicha de tratarla como a una reina, diciéndole que no permitiría que ella hiciera el trabajo que a él le correspondía. Tal como él lo había dicho, vivieron sin sobresaltos, quizá no con lujos pero tampoco con carencias, sin embargo, meses más tarde, recibieron aquella noticia que llenó de dicha aquel pequeño departamento: la llegada de la hermosa Angelique.
Ante aquello Ernest no pudo negarse más y le permitió conseguir un empleo con la condición de que fuera sencillo de hacer y no representara algún esfuerzo físico pesado; y ahora estaba ahí, llegando a aquel lugar en donde hacía meses había aplicado y en el cual sus compañeras: Kathie y Stephie en poco tiempo, se habían convertido en su segunda familia. La señora Emilie Ahrendts y su nieto Allen le habían dado la bienvenida con los brazos abiertos y tratado con especial cariño y comprensión a aquella pequeña pero lujosa joyería.
Su trabajo era bastante gratificante y estaba muy ad hoc a la profesión que había estudiado: consistía en observar a los clientes y dependiendo de aquello que ella consideraba era su estilo, ofrecer la joya perfecta basada de los gustos del comprador; además de acomodar las alhajas en el lugar correcto para que se vieran más resplandecientes y brillantes. Sin embargo, ella no manipulaba de forma alguna los ingresos monetarios, de eso se encargaba Stephanie a quien de cariño llamaban Stephie. Stephanie era una joven muy bella de carácter algo complicado. Alta, delgada y rubia, nunca había estado completamente conforme con su físico que ya de por si era bastante agraciado, sobretodo tenía un complejo con sus ojos castaños que siempre escondía detrás de lentillas azuladas. Altanera y orgullosa de su hermosura, mantenía irremediablemente enamorado a Allen Ahrendts sin darle esperanza alguna de comenzar una relación a su lado pero siempre aprovechándose de las ventajas que esto traía por añadidura.
Katherine, mejor conocida como Kathie era quizá todo lo contrario a Steph. Adorable y risueña, siempre buscando sacar una sonrisa de cualquiera que se encontrara a su alrededor, no obstante, siempre había sido el objeto de burlas de Stephie quien la maltrataba haciendo énfasis en su ligero pero notorio sobrepeso. Kate, por supuesto, hacía caso omiso de sus palabras simplemente repitiendo que por lo menos ella podía disfrutar de lo que se le antojara sin estar sufriendo por siempre estar delgaducha y traumada. De las dos, con quien mejor se llevaba era con Katherine ya que Steph de pronto era algo "inaccesible" y altiva. Siempre había pensado que la historia de Kathie era una telenovela de poca monta, con una historia dolorosa, predecible y hasta cliché, que, de tener la pluma ya habría cambiado desde hacia tiempo para dar a esta un final feliz, porque por lo menos en las historias de ese tipo la protagonista siempre terminaba con el príncipe encantador pero la vida real no era tan condescendiente: Katherine, como lo podría imaginar cualquiera, estaba enamorada de Allen.
Los fines de semana eran días de descanso para ella, de hecho, la señora Ahrendts le había prohibido ir a trabajar desde hacía varios días ya, debido a lo avanzado que estaba su embarazo para ese momento. Bajo la excusa del viaje de Ernest y la soledad que sentía por su ausencia le pidió encarecidamente que le permitiera seguir yendo aunque fuese en calidad de visitante. A pesar de que aquella llamada que había recibido por parte de su amadísimo esposo la reconfortó en su momento no podía dejar de lado aquel extraño presentimiento que le presionaba el pecho, algo parecía estar mal, muy mal. Decidió no pensar en cosas tristes y ahogó unas lagrimas que no se atrevían a salir en el espacio que hay entre el corazón y el raciocinio, Kate había dicho que Angie podía sentir cuando se encontraba triste o angustiada, no quería que su pequeña conociera del dolor antes de haber puesto un pie sobre la tierra – y dudaba mucho que aun después de nacer deseara que su pequeña conociera de tristezas y penurias – así que sonrió de corazón tomando las cosas desde un lado positivo: Aun podía sentir en su corazón el amor puro, fiel e incondicional de Ernest; Sabía que si estaba lejos de ella no era porque buscase a alguien más sino porque las circunstancias - aun desconocidas - no lo permitían. Algún día estarían igual que ese par de enamorados que podía ver en la acera de enfrente, tomados de la mano y sonriéndose dulcemente como si estuviesen jurándose amor eterno con la mirada; pero Ernest y ella no estarían solos, sino que habría una pequeña niña girando alrededor de ellos, jalando insistentemente los vaqueros de su padre, persuadiéndole de comprarle alguna golosina. "No hay nada de qué preocuparse, no hay nada que pueda impedírnoslo" - se repetía intentando acallar los gritos de una intuición que le decía lo contrario.
Entró entonces a la joyería. Allen y Kate se adelantaron con rapidez a su encuentro, ayudándole con las compras que acababa de realizar:
- Pero ¿Cómo se te ocurre andarte así por la calle? – le reprendió Katherine mientras quitaba de sus manos un par de bolsas – Sabes bien que no debes realizar esfuerzos innecesarios. Pudiste haberme dicho que llevase todo eso a vuestra casa cuando saliera.
- No quiero molestarte ya suficiente has hecho por mí.
- ¡No digas tonterías! Siempre es posible hacer más, además no lo hago por ti – la joven se inclinó y acarició su vientre dulcemente – lo hago por mi pequeña sobrina.
- Nunca cambiaras – dijo con una sonrisa
- Ni esperes que lo haga – contestó jalándola de las manos y guiándola a una silla detrás del mostrador – toma asiento y descansa un poco.
Así lo hizo, se sentó en aquella silla alta mientras sus compañeros guardaban sus pertenencias en la habitación de atrás. Stephanie solo volteo a verla por unos instantes saludándola con un leve pero notorio gesto de mano, casi como si le hubiera molestado que Allen hubiese desviado su atención de ella para ayudarla; en el fondo sabía que Steph no la veía como una amenaza, después de todo ella estaba casada y a punto de tener una pequeña; además, ella no tenía ojos para nadie más.
- ¿Y...? – empezó a hablar aquella joven al ver que Kate y Allen salían de la habitación contigua - ¿Cómo te sientes?
- Muy bien gracias, de hecho…
Se escuchó como las campanillas de la puerta se agitaban anunciando la llegada de un posible comprador, se interrumpió a si misma por respeto a la persona entrante. De pronto se hizo un silencio sepulcral, extraño y repentino que inundó el lugar sin razón aparente. Extrañada, levantó la mirada para ver el causante de dicha reacción por parte de sus compañeros. Kathie y Steph observaban muy interesadas hacia la entrada, casi boquiabiertas, inmóviles: Un joven muy apuesto y elegante acababa de hacer su arribo, no dijo nada ni siquiera saludó a nadie tan solo había dejado así, estupefactos a todos los presentes sin saber siquiera el porqué ¿Era acaso la siniestra y sobrenatural perfección de su imagen? ¿Aquellos detalles tan artísticos en su faz y en su cuerpo que le hacían parecer más una estatua viviente que un ser vivo? ¿O quizá esos lentes anaranjados algo vintage que daban un aspecto estrafalario a su indumentaria? No podía saberlo, pero si de algo estaba segura era de que su presencia, tan efímera, tan casual, imponía a tal grado que podía hacer sentir nerviosos a todos, incluyendo a Angie.
Pero aquel hombre no parecía haberse percatado de su presencia, podría afirmar incluso que no prestaba atención especial para con nadie, por el contrario, se había quedado observando con detenimiento hacia una de las vitrinas donde se encontraban los relojes de bolsillo, quizá eligiendo uno con especial cuidado. En sus modales y sus gestos era notoria cierta altivez y garbo propio de la aristocracia. Pero a juzgar por sus verdaderas acciones, sus movimientos algo erráticos pero imperceptibles podría pensar que estaba inquieto, desconcertado y frustrado. No pudo evitar sentirse una invasora de su espacio, pensando que tal vez estaba intuyendo más de lo que debía aunque de eso iba su trabajo. Tuvo miedo de ver más allá, porque de algún modo sentía que él lo notaría. Quizá estaba pasándose de paranoica, sí, así debía ser.
Alucard por su parte se había percatado de todo a su alrededor, de los pensamientos de Stella y de las miradas penetrantes de aquellas dos que parecían deshacerse por él. Estaba acostumbrado a ello, era parte de ser lo que era; de hecho pensándolo bien podría alimentarse de una de las dos, de aquella virgen que se encontraba a lado de Stella, solo necesitaba observarla un poco, quizá guiñarle el ojo sutilmente y ella caería rendida a sus pies, luego tendría que pensárselo muy bien: Sacarle el corazón para evitar que se convirtiera en vampiresa o dejarla como parte de la corte de Seras Victoria quien probablemente se sentiría enfadada hacía con él por haber atacado a una inocente, ¡qué mujer tan testaruda y torpe!; la otra chica no parecía tan apetecible, ya no era inocente y parecía poder convertirse en una molestia, un ghoul más para este mundo; Si su hermosa prometida no fuese tan virtuosa y moralista incluso le daría a beber la sangre de Angelique servida con vino fino como ofrenda a su adoración.
Una vez más estaba pensando en Seras y eso lo hacía molestarse de sobremanera. No podía entender como cualquier camino que tomase concluyera en ella, no importaba el rumbo que decidiera seguir. Estaba molesto, demasiado cabreado consigo mismo por haber sido tan estúpido y haber dejado pasar la oportunidad tan importante y posiblemente irrepetible de estar con su draculina y demostrarle con que intensidad un hombre podía amar a una mujer; no tenía por qué estar ahí buscando en ese momento a una desconocida cuya importancia era nula para él, podrían estar en Rumania o en cualquier otro lugar elegido por ella disfrutándose el uno al otro; pero muy en el fondo sabía que si la hubiese tomado las cosas no habrían resultado para nada bien: Seras Victoria era tímida y estaba muy herida por aquellos acontecimientos que habían marcado su pasado. No necesitaba decirlo en voz alta para saberlo, había bebido su alma y la había unido a la de él con un lazo inquebrantable. Quizá, si hubieran adelantado sus pasos ya no habría vuelta atrás y sabía que al no estar preparada probablemente terminaría por odiarlo a causa de las consecuencias. No deseaba lastimarla y eso era lo que más lo irritaba, no por el hecho en sí, sino porque sabía, muy en el fondo del alma que miles de veces había proclamado haber perdido, que se estaba ablandando y eso era mucho peor.
Veía sin mirar aquellos relojes de bolsillo, perdido en sus pensamientos intentando resolver el dilema que lo había traído ahí en primera instancia. En ningún momento de su no-vida había pensado en si debía tomar una decisión basado en las consecuencias, todo el tiempo había actuado por capricho o por venganza sin que nadie pudiese dictarle que o no hacer. Había sido un príncipe severo e implacable en vida, un rey intransigente y brutal en su inmortalidad, y si algo había tenido en común en ambos tiempos era que siempre había seguido sus instintos; y ahora llegaba una muchacha menuda y debilucha a poner todo su mundo de cabeza… La odiaba, la aborrecía por eso; debía deshacerse de ella lo más pronto posible antes de que el problema se convirtiera en irremediable. Había sido una tontería haber entrado en sus sueños aquel día en que ella lo había envenenado con ese insignificante e inexperto beso, había sido una torpeza mostrarse como un humano ante ella ¡Cómo si el tuviese algo que envidiarle a los mortales! Antes bien, quienes debían envidiarle eran ellos porque jamás llegarían a ser lo que él era ni alcanzar lo que él había alcanzado. Había sido un error haberle confesado sus sentimientos en aquel sueño de hacía unas noches atrás y haberla acunado en sus brazos aquella tarde en la que ella se sentía vulnerable, no, ella no había sido la vulnerable, el vulnerable había sido él.
Cerró los puños y quiso estrellarlos contra la superficie donde descansaban sus manos, pero cuando lo iba a hacer detuvo el golpe antes de conseguirlo: estaba aun en esa joyería, rodeado de personas que lo estaban observando atentos, personas que lo considerarían un loco a punto de romper un escaparate de cristal lleno de joyas invaluables que para él representaban nada en lo absoluto. Cubrió su cara con sus manos y retirando sus lentes frotó sus ojos mientras disimulaba su frustración.
- ¿Hay algo en lo que pueda servirte? – había preguntado sugerentemente la joven que se encontraba en la caja, parecía muy interesada en él - ¿Deseas algo en especifico?
- Por el momento solo estoy observando – contestó amable, sonriendo encantadoramente siempre mirándole a los ojos.
La joven rubia se había sonrojado, lo cual le tentó a reír un poco ya que por un momento había dudado que una mujer de su estilo todavía tuviese la habilidad de apenarse ante un hombre. Sabía que no se daría por vencida, puesto que ya había leído en su alma los pensamientos impropios que tenía hacia con él; era del tipo de mujer con quien podría divertirse un rato y luego deshacerse de ella cuando se hubiese aburrido, algo así como sus novias lo habían sido. Nada trascendente: solo encuentros indecorosos, una llama de pasión tan brillante como los fuegos fatuos de fuera de su castillo y posiblemente igual de esporádico. Una cortesana impertinente que no sabía en lo que se metía al coquetear con el príncipe del inframundo, quizá si se lo dijese tuviese tiempo de arrepentirse.
- Permíteme entonces mostrarte esto – aquella dama caminó hacia adelante saliendo de detrás del mostrador y tomándolo del brazo lo llevó hacia otra estantería llena de joyas – esto es parte de lo más fino que tenemos.
Stella se sentía un tanto molesta y escandalizada por la forma de actuar de Stephanie, sobre todo al ver los gestos de celos que estaba provocando dicha escena en Allen. Katherine, también visiblemente indignada se había acercado para susurrarle algo:
- ¡No puedo creerlo! ¡Esto es el colmo de la desvergüenza! – exclamo Kath por lo bajo, disgustada - ¿Cómo se atreve… delante de nosotros… con un desconocido?
- Tranquilízate – dijo intentando mantenerse serena – no querrás exhibirla y exhibirnos delante de nuestro cliente…
- Por supuesto que no – añadió enojada su interlocutora con un ligero zumbido en su voz al hablar entre dientes – pero, no tengo idea de que es lo que intenta hacer… me refiero… mira, es obvio que él estaba buscando un reloj ¿Por qué demonios lo ha guiado a otra vitrina?
El caballero a pesar de parecer tan sorprendido como ellas, había actuado de lo más educado y gentil. Stella pensaba que quizá por estar tan ensimismado en sus pensamientos no había tomado muy en cuenta aquel incidente desagradable, por fortuna. Él había sonreído amablemente y había dejado que lo llevara hacía donde ella apuntaba para luego observar a través del vidrio aquellos brillantes antiguos que estaban en exhibición; tenía razón Katherine, eso no era lo que él estaba buscando pero parecía no querer dejar en mal a su compañera mostrando algo de cortesía y fingido interés. Seguía serio y taciturno, pero, por más que deseaba dejar de observarlo no podía hacerlo, seguía teniendo esa extraña sensación de temor y angustia que le decía que no debía perderlo de vista, tal como hace una presa con su cazador cuando espera el primer ataque.
Aquella sensación extraña se iba intensificando tanto que ya se estaba pensando cada vez más paranoica; él no era bueno, algo muy dentro se lo decía. Necesitaba calmarse, tomó el brazo de Kate por inercia, como una niña pequeña que se aferra a su madre en busca de protección sin siquiera saber el porqué; Kate no lo noto quizá porque estaba demasiado molesta, pero juraba que en la voz tan masculina y barítona de su cliente había escuchado cierta resonancia irreal que le había puesto los cabellos como escarpias. Respiró profundo, estaba desesperada, no por el joven apuesto de la joyería sino por lo que sentía en su presencia, debía estar volviéndose loca; primero los malos presentimientos que tenía de Ernest, y ahora parecía estar queriendo inculpar a un inocente - que ni siquiera la tomaba en cuenta - de ser un enviado de lo demoniaco.
Le miraba tan insistentemente que temía que en algún momento él se percatara y se molestara con ella, aquella forma de verle era considerada una descortesía y una falta de educación. Era alto y delgado, pero lo que más le llamaba la atención de él – aparte de su guapura – era su piel exageradamente pálida y esos lentes anaranjados tan estrafalarios que le hacían creer que sus ojos ardían debajo de ellos.
- Bien, ¿Y qué trae a un elegantísimo caballero como lo eres tú, a nuestra pequeña joyería? – Stephanie seguía de su brazo, acompañándole, intentando verse tan fina como él.
- Escuché que aquí había tesoros invaluables – el hombre hizo una media sonrisa agradable y cordial – además que me han hablado muy bien de su servicio. Ya veo que no mentían…
- ¿Y qué clase de tesoro invaluable has venido a buscar? ¿Alguna antigüedad?
- Siempre he apreciado lo clásico sobre lo nuevo – él puso su mano sobre su barbilla, dubitativo.
- Estoy segura de que tenemos aquello que deseas, solo tienes que pedirlo… Cualquier cosa.
- Yo también estoy seguro de que aquí esta lo que estoy buscando – afirmó él con mucha seguridad.
El caballero soltó del brazo a Stephanie y se acercó al mostrador que estaba justo delante de Stella. Por unos instantes se miraron a los ojos, segundos que supieron a eternidad; sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, no de miedo sino de vergüenza temiendo que la hubiese descubierto, pero para su alivio él bajó la mirada para observar el resto de los artículos que se encontraban debajo de sus manos. Para su sorpresa él dibujó en su rostro una sonrisa cálida al ver aquellas tiaras de novia que estaban detrás del cristal.
- Veo que le han gustado los tocados de novia – se apresuró a decir Katherine – este con detalles de esmeraldas es muy hermoso ¿Alguna afortunada?
Hubo un pequeño silencio incomodo, tal parecía como si a su comprador lo hubiesen sorprendido in fraganti en una situación embarazosa ya que se sonrojó involuntariamente.
- Creo que yo soy el afortunado. – aclaró su garganta y bajó nuevamente la mirada, aparentemente avergonzado
Se quedaron en silencio, Katherine sonreía mirando el gesto de molestia en el rostro de Stephanie mientras que Allen se veía más aliviado; debía aceptarlo, era como si de pronto el ambiente se hubiese vuelto menos tenso con tan solo esa simple sonrisa. Él estaba pensando en alguien, alguien que parecía traerle un recuerdo gentil. Por su parte ella se sentía menos asustada, ese hombre no podía ser aquello que se imaginaba, nadie podía fingir tan bien un sentimiento tan hermoso, antes bien parecía querer esconderlo.
- ¿Quiere que le muestre alguna? – continuó Kathie
- No es necesario – respondió cortante, una vez más dubitativo y taciturno.
El joven dio la media vuelta como dispuesto a salir con pasos firmes y decididos, sin embargo se detuvo a medio camino. Respiró profundamente, como si estuviera cansado y se hubiese rendido de pronto, y retrocedió sobre sus pasos. En definitiva parecía que internamente se debatía entre varias opciones y que ninguna de ellas le convencía de ser correcta. Volvió a acercarse al mostrador, justo delante de ella y bajando la mirada volvió a observar las tiaras esta vez con seriedad.
Probablemente era un tipo demasiado extraño sin embargo no como para poderle inculpar de lo que su tonta y paranoica intuición le dictaba, era obvio que estaba asustado y enamorado aunque los demás no lo notaban. Por un instante se encerró en su mundo interno junto a él, mundo en el cual los demás sobraban; quiso decirle que todo el mundo se asustaba cuando se encontraba con la primera persona que causaba esas sensaciones, que no debía luchar contra el sentimiento porque era imposible ganar una guerra así, que debía ser valiente y luchar por esa persona. Pero todo se quedó en pensamientos, pensamientos que gritaban dentro de ella y que deseaba que él escuchara.
Y Alucard los escuchó, para él ambos Windsor eran tan sabios como entrometidos. Había estado peleando en silencio tanto tiempo con Seras Victoria que había olvidado la razón por la cual había ido a ese lugar. – Aunque esa razón fuese la misma Seras – Había ido a conocer a aquella mujer que habría de encontrarse con su draculina antes de que aquel acontecimiento se llevara a cabo tal como sus premoniciones lo dictaban. ¡Una vez más pensando en ella y en su seguridad! cuidando al sirviente en lugar de que el servil cuidase al amo. Lo estaba volviendo loco, no obstante en el fondo sabía que si algo realmente lo volvería loco eso sería sin dudas que la lastimaran o que la perdiera irremediablemente. Encontró a quien buscaba pero no lo que buscaba, en su lugar encontró a una mujer en cinta tan piadosa como su propio abuelo, alguien digno de su chica policía. Su mujer tenía el don de encontrar problemas incluso donde no los había y también era magneto de personas buenas y amorosas, personas como las que él disfrutaba degustar.
Sonrió ante la situación, una vez más un pensamiento gentil cruzó su muy creativa imaginación: Quizá aquella tiara de diamantes sería la que tuviese el honor de coronar la hermosa melena de su futura esposa, si esa pequeña vampiresa la usara se vería más bella que el ángel más hermoso del cielo. Quiso dejar de pensar en ello, pero hizo caso del consejo de Stella y disfrutó de aquella imagen mental. Se retiró los lentes para poder contemplar mejor y los dejó encima del mostrador.
- Es una diadema de plata pura, tanto los hilos como las flores están hechos a mano por un excelente artesano – comenzó a apuntar Stella – los brillantes del centro de cada flor son diamantes. Sin duda una excelente elección ¿Le gustaría que se la mostrara para que pudiera verla más de cerca?
- Por favor – contestó levantando la mirada, sonriéndole amable y genuinamente.
Ella sacó la tiara del mostrador y se la ofreció, la tomó con sumo cuidado para no romperla. El metal resplandecía con la luz de los candelabros de cristal que colgaban del techo; imaginó que cuando Seras la pusiera sobre su cabeza se vería igual que un halo bajo la luz de la luna. Quizá algún día hiciera sus votos con ella, obviamente no ante las leyes de Dios o de los hombres, esas eran patrañas creadas por los mortales y casualmente rompían cada que les daba en gana, él haría sus votos con ella cual promesa inquebrantable tal como solo un demonio sabía hacerlo: ofrendaría su alma por medio de un pacto de sangre como promesa de amor eterno, aunque hacía tiempo que la había perdido. Aun se preguntaba que parte de su ser la adoraba de esa manera si ya no había nada bueno dentro de sí. El día en que eso sucediera, ella vestiría de blanco y usaría esa tiara como muestra de la inocencia que poseía y que perdería entre sus brazos.
Relamió sus labios. Incluso para sí mismo, se estaba viendo muy romántico y eso lo hacía sentir patético: patético pero con una sonrisa imborrable. Dejó la diadema plateada sobre el cristal y giró la cabeza hacía un lado, ahí donde se encontraban las sortijas de compromiso ¿Cuál de todas sería digna de su princesa? Después de todo, se había prometido a ella en "un sueño" pero nunca le había dado el anillo que por tradición debía entregarle; esta era una buena oportunidad de encontrar el indicado, quizá más tarde, cuando por fin se recostaran en sus ataúdes y fingieran dormir, cuando la llevara de regreso a Rumania y pasearan tomados de la mano por aquellas pintorescas calles, se lo diera como una hermosa sorpresa, ya encontraría la forma más adecuada, sí que lo haría.
- Podría mostrarme por favor las sortijas – preguntó sin poder disimular su ilusión, aunque lo intentó fervientemente.
- Yo lo haré – dijo con rapidez aquella mujer a quien consideraba una cortesana, visiblemente enfadada.
- Muchas gracias.
Aquella mujer sacó un estuche de madera cuyo interior estaba forrado en terciopelo color índigo y lo puso delante para que pudiera observar bien las joyas que llevaba en su interior.
- Esto es lo mejor que tenemos – añadió la rubia de falsos ojos azules – son joyas de importación.
Había anillos de todos tipos, cada uno más extravagante que el anterior: De rubí, zafiro, esmeralda y diamante, con piedras tan enormes que era imposible no verlas a la distancia. Los más sencillos eran tan sin gracia que tampoco llamaban su atención. Estaba disgustado de no encontrar aquello que buscaba.
- ¿Ninguno de estos es de su agrado?
No contestó nada, sabía que era evidente que así era.
- ¿Sabe algo? – interrumpió sus pensamientos la voz de Stella – Siempre he pensado que los anillos de compromiso deberían ser justo a la medida de la persona ya que ningún amor es igual. Sin embargo estoy segura que cualquiera de estas joyas será del agrado de la joven, cuando mi esposo me regaló este anillo yo lo consideré el más hermoso de todos y sin duda lo es porque él me lo dio.
- Lo es, no obstante no puedo evitar pensar en sus gustos al elegir el indicado – se sorprendió dando una explicación – si por mi fuera yo le daría el más caro y el más lujoso, el precio me sabe a nada, sin embargo ella es diferente…
- Ella es diferente – repitió mecánicamente Stella
- Ella es sencilla, es tierna y es una atolondrada… no creo que… - su voz se fue apagando a medida que se percataba de que expresaba sus pensamientos en voz alta.
- Estos son sencillos – volvió a interrumpir la cortesana, mostrándole anillos solitarios.
- Ella no merece algo común – dijo disimulando su molestia y poniendo miel en sus palabras – vaya contradicción ¿No le parece?
- Creo tener lo que usted desea – señaló Stella con una sonrisa – Algo extremadamente raro, pero sencillo. Digno de una reina, pero sin llegar a la extravagancia.
- Sorpréndame – comentó Alucard con intriga.
- Espere un momento, por favor
Stella se bajó de aquella silla alta y caminó hacia la habitación de atrás seguida de Katherine que la veía estupefacta.
- Has logrado hablar con el chico guapo – dijo Kathie emocionada - ¿Viste la cara que puso Stephanie cuando se enteró de que estaba a punto de prometerse?
- ¡Oh, claro que la vi! – contestó sonriente
- Pagaría un millón de libras por volverla a ver
- No seas tonta, ese dinero no lo veremos junto ni trabajando toda la vida. Mírame a mí, preocupándome por tener lo suficiente para poder pagar un hospital cuando nazca Angie. ¡Oh Dios, cuanto necesito a Ernest en estos momentos!
- Tranquila amiga, te he visto muy tensa desde que llegaste.
- Te he de ser sincera, me sentía algo incomoda en la presencia de ese joven – confesó avergonzada mientras buscaba – vas a decir que estoy loca pero…
- No te preocupes, yo también me sentía avergonzada ¿Es muy apuesto no es así? Parece un príncipe azul…
- Yo… no me refería a eso…
- ¿Entonces?
- Eso ya no importa. Locuras mías. – contestó sonriéndole tiernamente a su amiga – Ahora me he dado cuenta que es una buena persona, se veía tan ilusionado pensando en su dama…
- Vaya afortunada… - contestó soñadora su interlocutora – ¿Y, que clase de anillo vas a ofrecerle?, Stephanie le ha mostrado los más caros ya no tenemos en esta tienda algo mejor.
- Estas equivocada, por aquí debe estar - dijo sacando una cajita de cartón que dentro contenía un estuche pequeño de madera – si esta es.
- ¿Qué es eso?
- Hace un mes llego esto del extranjero – explicó amable – es un anillo de compromiso muy extraño y por lo mismo muy caro, la señora me pidió que lo pusiera en exhibición lo antes posible, sin embargo, sucedió lo de Ernest y lo olvide por completo. Es una fortuna que no lo haya hecho y nadie más lo haya comprado. Vamos a mostrárselo.
Se sentía cada vez más tranquila con respecto a aquel hombre, después de haber visto la ternura de aquellos ojos azules al pensar en su amada estaba segura que no había peligro alguno con él. Se acercó a él y sonriendo puso la caja de madera delante, abriéndola explicó con amabilidad.
- Este anillo puede parecerse a los demás: Esta hecho del platino más puro, como podrá ver en el aro cerca de la flor del centro tiene pedrería, esas piedras son diamantes transparentes reales, la flor que corona esta joya también tiene incrustaciones de diamante en los bordes que la delimitan. Pero eso no es lo que lo hace realmente especial ¿ve la piedra del centro? – señaló con su dedo la piedra más grande que se encontraba en medio de la flor
- Por supuesto.
- Es un diamante del tipo D blanco excepcional, perfectamente incoloro y por lo tanto totalmente transparente. Uno de los más puros que existen y de los que no va a encontrar en cualquier lugar. Observe por favor la brillantez de la piedra.
- Es perfecto – añadió él – me lo llevo. De apariencia sencilla pero valioso, extremadamente puro como su futura dueña. Envuélvalo entonces por favor.
- Pero es extremadamente caro – dijo Katherine boquiabierta mientras lo observaba con una lupa especial de diez aumentos – es muy raro…
- Lamento mucho si esto me hará sonar algo rudo pero, el dinero es lo que menos me interesa. No me importa el precio, envuélvalo por favor.
Se veía tan seguro que no hicieron más lo que él pidió.
- Son tres millones de libras esterlinas señor – dijo Stephanie mientras cobraba el anillo, aun estupefacta sin poder creerlo – alguna tarjeta de crédito.
- ¿Podría prestarme un momento su teléfono?
- Por supuesto. – Stephanie le pasó el teléfono y el caballero marcó tranquilamente.
Escucharon al hombre hablar con toda calma, sonriendo:
- Sebastian, comuníqueme con Integra por favor. – continuó aparentemente respondiendo a su nuevo interlocutor – se que tú y tu familia han estado administrando mis cuentas todos estos años… si… no me interesa para que, me sabe a nada lo que hagan… quiero que permitas a Sebastian hacer una transacción de momento… no tienes porque aleccionarme lo que yo haga no es de tu incumbencia… tres millones de libras… ¿Ahora tengo que tachar a tu familia de ladrones? porque eso legítimamente me pertenece… haz lo que desees con el resto, no me interesa… te explicaré luego ¿vale?... gracias.
Hizo una pausa
- Sebastian – continuó – por favor necesito que pagues a la ¿joyería?
- Ahrendts
- Ahrendts, la cantidad de tres millones de libras de inmediato… si… estaré esperando… si… te dejo con la señorita para que te dé todos los datos. Gracias Sebastian.
Entregó el teléfono a Stephanie y se quedó de pie esperando a que lo que acababa de pedir se llevase a cabo. Parecía impaciente, mirando su reloj de bolsillo de cuando en cuando. Pasaron algunos minutos, hasta que por fin Stephanie asintió aceptando que todo estaba listo y entregó el paquete al caballero. Él lo puso sobre el cristal justo para volver a revisar el dorado reloj de bolsillo que había sacado de su saco. Con rapidez tomó sus lentes del mostrador y salió de la joyería a toda prisa, aparentemente alguien lo estaba esperando en algún lugar.
- ¡Vaya hombre tan extraño! – exclamó Allen cuando Alucard se hubo ido.
- Es verdad, pero ha hecho la compra más grande en toda la historia de la tienda…
- Y tú que decías que no veríamos un millón de libras juntas, ahora nos han dejado tres millones – comentó Kathie revolviéndole la melena – la señora Emilie debe darte una buena gratificación por la venta…
- Pero yo fui quien lo vendió – argumentó Stephanie.
- Por supuesto que no, fue Stella…
- Pero ella esta de permiso, no puede vender nada…
- Basta, basta, basta – interrumpió Stella – no tienen porque pelear. Hablando de eso, estoy algo cansada… debo retirarme.
- Mira, se ha dejado el anillo de compromiso sobre la mesa – dijo Katherine – vamos te acompaño a la salida, igual y lo encontramos en el camino.
Katherine ayudó a Stella a cargar sus cosas y salieron juntas a toda prisa buscando al joven apuesto que había comprado la joya.
Alucard permanecía sentado en una banca justo en la plaza que estaba delante de la joyería donde trabajaba Stella, estaba esperándola, sabía que pronto volvería a él para entregarle aquello que deliberadamente había dejado olvidado:
- Draculina, draculina…
- ¿Maestro?
- ¿Quién más podría hablarte de la manera en la que yo te hablo, tonta?
- Lo siento…
- Ven pronto, quiero que me acompañes esta hermosa tarde…
- Pero señor, tenemos que buscar a…
- ¡Obedece! ¿Es acaso que alguna vez te he dado algún motivo para desconfiar de mí?
- ¿Dónde está?
- Usa nuestro lazo, chica policía – contestó sonriendo - ¿o acaso debo enseñarte a usar eso también?
- Ya llego… - dijo ella resignada, con aquella voz tan dulce que la caracterizaba.
- Apresúrate, no me gusta que me hagan esperar.
Una vez más se había dejado llevar por su lado débil, se sentía extraño. Ahora tendría que esperar el regaño de Integra que probablemente terminaría castigándole sin permitirle ver a Seras durante una década. Quería verla en ese mismo instante y disfrutar esa tarde junto a ella – a su muy peculiar forma de actuar - antes de que fuese demasiado tarde, también deseaba cumplir su deseo de hablar con Stella. Había gastado tres millones de libras en un anillo para ella…
- La jovencita lo vale, Willis – Una voz conocida y molesta resonó en sus pensamientos – Yo he conocido a muchas mujeres hermosas Willis, pero ninguna como ella Willis.
- ¿Otra vez tú? – Deseó sacar su arma y darle un tiro entre ceja y ceja
- ¿Me extrañaste Willis? – dijo el espíritu de la Jackal entre risas – he venido a darte mis infalibles consejos románticos Willis, he conquistado a muchas mujeres como a una mujer extraterrestre capaz de salvar al universo Willis. Soy el más indicado para esto Willis.
- No necesito tus consejos, así que lárgate de aquí.
- Me iré Willis – contestó el molesto espíritu señalando a Seras Victoria que venía cruzando la calle – No querré arruinarte la tarde Willis, ella se acerca Willis.
Ella se acercaba, caminando con rapidez casi corriendo. Se sorprendió pensando en lo hermosa que se veía con ese vestido azul, sonrió sin proponérselo ante la dificultad que tenía su futura reina para andar con esos zapatos altos y al mismo tiempo ser tan refinada y graciosa, era encantadora. Fingió un gesto serio y volvió a colocar sus lentes en su sitio
- Maestro – dijo Seras deteniéndose a lado suyo – he llegado, disculpa la demora es solo que no podía aparecerme…
- Lo entiendo – se puso de pie y le ofreció su mano – de hecho llegas justo a tiempo.
Apenas hubo hecho esto Stella y su amiga llegaban a toda prisa a ese lugar:
- Se le ha olvidado… - dijo entrecortadamente la acompañante de Stella, estupefacta ante la presencia de la draculina – esto…
- Es hermosa – susurró por lo bajo Stella mientras ofrecía la bolsa que contenía la caja con el anillo.
Seras Victoria se quedó viendo fijamente a Stella, afortunadamente los lentes cubrían aquella mirada de desasosiego y emoción. No supo que decirle, tan solo se limitó a extender las manos y tomar lo que ella estaba entregando
- Oh, ¿Qué es esto? – preguntó Seras Victoria intentando tomar la bolsa
- Es mío – dijo mientras interceptaba la mano de su draculina y tomaba el paquete para sí.
- Déjame verlo, anda – exclamo ella suplicante, intentando quitarlo de sus manos – vamos, ¡yo quiero saber que es…!
- Lo sabrás en su momento. – sacó el paquete de la bolsa y lo escondió en su abrigo.
- Bueno, nosotras nos retiramos – coincidieron las dos vendedoras, aun embelesadas por haber conocido a la draculina – es mejor que no estorbemos aquí.
Stella y su compañera dieron la vuelta para regresar por donde habían llegado.
- Espera – dijo Seras tomando rápidamente a Stella del brazo – no te vayas.
- ¿Necesita algo? – la pelirroja parecía confundida y sorprendida.
- No te asustes – continuó Seras sonriendo tan dulcemente como acostumbraba – se que sonará extraño pero, es que me dio ternura saber que serás mamá. Yo, yo…
- ¿Quieres tocarlo? – dijo Stella mientras ponía la mano de Seras en su abdomen – Es una niña, se llamará Angie.
- Angie es un precioso nombre – contestó la draculina con la voz entrecortada, emocionada por sentir un bebe moviéndose bajo la palma de su mano – apuesto a que será hermosa como tú.
- Muchas gracias, usted también es muy bella…
Seras Victoria enrojeció hasta las orejas y bajó la mirada, visiblemente apenada luego volvió a sonreír a la pelirroja:
- Te lo agradezco. pero, por favor no me llames con tanta formalidad. Soy Seras Victoria.
- Mucho gusto, mi nombre es Stella Stevenson.
