DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturis son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


28 - Muérdeme

Bella caminaba rumbo a la habitación seguida de Demetri, en silencio, no había vuelto a mirarle siquiera desde que abandonaron el dormitorio de la primera planta. En el estrecho pasillo en el que incluso oían el sonido de sus propias respiraciones, la tensión entre ambos podía palparse.

—Sé lo que opinas de mí.

—Ay, es verdad, no recordaba que la adivinación se encuentra entre tus muchas habilidades…

—Piensas que soy un mezquino y un insensible.

—Pues mira por donde no se te da tan mal —dijo sin detener su paso decidido. Entonces él la agarró del brazo y la obligó a girarse para mirarle.

—Estoy dispuesto a todo para que esta misión se cumpla.

—Eso lo has dejado muy claro.

—Es mucho lo que está en juego, muchas vidas de compañeros y las de muchas mujeres que…

—No tienes por qué sermonearme. Podrías haberme dicho que podía confiar en ti, podrías habernos ayudado a escapar.

—Traté de hacerlo, ¿acaso crees que es tan fácil noquearme con una silla?

— ¿Lo fingiste?

—Sí, lo hice, traté de concederos una oportunidad. A pesar de que tenía prohibido interferir por vosotras de algún modo. Pero vuelvo a repetir lo que dije ahí arriba: si tu hombre provoca el fallo de la misión, el primer disparo que recibirá será mío.

—Pues procura que el segundo sea para mí, porque si no es así, juro que te mataré con mis propias manos —le amenazó muy seria antes de proseguir su camino.

Demetri sonrió seducido con el ímpetu y el tesón de aquella joven.

Aquel SEAL era un tipo afortunado.

Quizá él consiguiese ser amado de ese modo algún día.

Desde que se unió a la Interpol se había limitado a cumplir una misión tras otra, sin espacio para su propia vida. Hacía tanto tiempo que no tenía una cita, que estaba convencido de que no sabría cómo comportarse llegado el momento, pero aquella misión también era algo personal, como lo eran todas en las que se investigase el tráfico de mujeres desde la desaparición de su hermana Tia, hacía ya seis años. Por ello, cada vez que surgía un caso similar, solicitaba ser destinado a él, por si cabía la remota posibilidad de encontrar una imagen, un dato que pudiese arrojar luz sobre su desaparición. Sin suerte, por el momento.

—Toma, sé que tienes hambre. Escóndelo —dijo entregándole un bollo de pan de especias que llevaba oculto bajo la cazadora oscura.

El orgullo de Bella le habría impedido aceptar alimento de alguien que había amenazado con matar a Edward, pero empezaba a sentirse demasiado débil tras tantas horas de ayuno, por lo que aún con desagrado lo cogió y lo ocultó bajo la ropa. Demetri abrió la puerta y cerró con llave tras ella.

Cuando se adentró en la habitación detectó de inmediato que algo sucedía.

Percibió el extraño silencio y vio cómo las tres niñas estaban juntas en una misma cama hacia la que corrió. Reneesme permanecía tumbada de lado, acompañada de Bree y Kate, que la acariciaban con mimo.

— ¿Qué te pasa, Nessie? Por Dios, ¿qué ha pasado?

La pequeña lloraba, Bella miró a las otras dos niñas en busca de una explicación, pero ambas respondieron con gestos de no saber qué sucedía.

—Nessie, por favor, ¿qué te pasa?

—El hombre del pelo negro —balbució levantando el rostro enterrado contra la almohada. Sus mejillas estaban encendidas y sus ojos enrojecidos.

— ¿Laurent? Dios mío, ¿Laurent te ha hecho algo?

—Él y la mujer mala han venido a la habitación y me metieron en el baño… —Bella sintió que se rompería en mil pedazos en cualquier momento mientras la oía—. La mujer mala me quitó la ropa.

— ¿Y te hizo algo? ¿Te han hecho daño?

—No —respondió entre hipidos—. Solo me miró desnuda y después entró él, la mujer mala dijo algo de que yo estaba bien así, que era bonita para el jefe porque no tenía pelos. Él me miraba y me miraba…

—Pero ¿te tocó?

—No, solo me miraba. La mujer mala le preguntó si tú eras mi madre y él le dijo que no, que… que mi madre estaba muerta —sollozó. Bella la alzó y la apoyó contra su cuerpo, acariciando su cabecita dorada—. ¿A que es mentira? Dime la verdad —exigió mirándola fijamente. Estaba pidiéndole la verdad, era solo una niña, pero tenía derecho a saberla, a dejar de soñar con que su mamá regresaría algún día.

—Nessie, tu mamá… Tu mamá estaba muy cansada.

—No, no, no. Mi mamá no se ha ido al cielo —protestó apartándose de ella, apretando el rostro de nuevo contra la almohada. Le besó el cabello y se tumbó a su lado, acariciándola con cariño hasta que el sueño y el llanto la vencieron bien entrada la madrugada.

A la mañana siguiente despertó con su cuerpecito cálido abrazado al cuello. La besó en la frente, y la pequeña inspiró hondo, algo sobresaltada, aun así, no se despertó. El sol se colaba por la ventana iluminando la habitación, que Bella observó con detenimiento: las paredes de madera blanca, con frisos y labrados rebordes, los muebles de estilo victoriano, rimbombantes y refinados. Habría sido un dormitorio hermoso si no lo hubiesen utilizado como una cárcel para retenerlas, si en él no se hubiesen desarrollado acontecimientos tan terribles. A saber a cuántas niñas, a cuántas mujeres habían encerrado en él. Cuántas habrían sufrido en el interior de aquellas paredes. Pensó en lo que le había contado Nessie, en como Sulpicia la había examinado desnuda como si fuese ganado, para comprobar si sería del agrado de su jefe, por suerte, el malnacido aún no había regresado.

Los ojos se le empañaron.

Con casi total probabilidad Jane volvería a reclamarla a lo largo del día que recién comenzaba y ella, ahora más que nunca, tendría que someterse a sus deseos, pues si gritaba o si forcejeaba con ella, provocaría que Edward interviniese, poniéndole en peligro.

Edward.

Aun a pesar del dolor que sentía, del miedo que le atenazaba el pecho, no existían palabras para describir lo que había sentido al reencontrarse con él: una sensación entre el vértigo y la náusea, entre lo celestial y lo humano, un cosquilleo que le ascendió desde el vientre hasta el rostro, y la imperiosa necesidad de tocarle para convencerse de que era real, no un sueño, no un espíritu ni una aparición.

Te amo, había dicho.

Ella también le quería, con una necesidad instintiva, casi vital.

Se rendiría ante Jane. Haría todo lo que ella le pidiese, se humillaría, se rebajaría lo que hiciese falta para resistir esos dos días más, siempre y cuando Reneesme o cualquiera de las otras dos niñas no corriesen peligro.

La pequeña se movió. Bella la besó en el pelo y decidió levantarse, inquieta. Tomó la mitad que quedaba del bollo que le había dado Demetri la noche anterior, lo partió en cuatro pedazos, comió el suyo y escondió el resto bajo la almohada. Se levantó y se lavó la cara en el baño. Al salir, Sulpicia, acompañada por un miembro de los Vulturis, abrió la puerta de la habitación. Dijo algo con su voz chirriante y metálica, observándola con recelo; sin duda no olvidaba el incidente del día anterior, tampoco lo hacía ella. La mujer dejó un pequeño bolsito de tela sobre una silla junto a la puerta. Las niñas despertaron ante las órdenes de Sulpicia, se levantaron y, tras ponerse los zapatos e ir al baño, la siguieron al pasillo, incluida Kate, que por primera vez parecía sentirse con las fuerzas necesarias. También iba a hacerlo ella cuando Demetri le cortó el paso.

—Tú no. Date una ducha y vístete con esa ropa —dijo indicando hacia el bolso traído por Sulpicia—. En media hora vendré a buscarte para ver a Jane.

— ¿Es que a tu jefa no le gusta que huela a choto?

—Mi jefa es de gustos delicados, ponte la dichosa ropa y si sabes lo que te conviene…

—Sí, ya lo sé, me vestiré de puta barata y me abriré de piernas para ella. Debe parecerte muy fácil, ¿no? —Él enarcó una ceja, molesto con tanto reproche.

—Dúchate y vístete, y no olvides con quién hablas —advirtió antes de cerrar la puerta y desaparecer por donde había venido.

Bella indagó en la bolsa, había un nada ostentoso vestido de flores estampadas sobre fondo gris, unas medias de cristal de medio muslo, un conjunto de braguitas y sujetador de encaje blancos, y unas manoletinas de tela gris de su número.

—A la muy cerda le va el rollo Casa de la Pradera, quién lo diría con las pintas de puticlub de autovía que se gasta—, dijo para sí antes de encerrarse en el baño.

Se duchó desahogando su frustración en un mar de lágrimas bajo el agua y jurándose que una vez que saliese de la ducha no volvería a derramar una sola más, pero era tan duro, tanto…

Se vistió con las prendas que le sentaban como un guante, se peinó el largo cabello con los dedos ante el espejo y lo recogió en un par de trenzas, pero cuando pensó que esto podía darle aún más morbo al ir a juego con la ropa, las deshizo y lo dejó en una coleta.

Entonces oyó cómo un vehículo aparcaba en el exterior y se asomó a toda velocidad a la ventana de la habitación. Solo podía vislumbrar el lateral de la parte trasera de una furgoneta de gran tamaño que había estacionado en el lado opuesto a la entrada principal, a unos veinte metros de su posición. A pesar de ello vio a uno de los hombres de Alec abrir una de las puertas traseras mientras otros dos le observaban de cerca. El que había abierto la puerta forzó a bajar a una joven rubia, vestida con vaqueros y camiseta, y la empujó al exterior con malos aires. La muchacha miró alrededor, era joven, veinte años como máximo, y parecía asustada. A esta la siguieron varias más, pero no alcanzaba a contar cuantas. Se inclinó sobre el marco tratando de verlas con mayor claridad.

—Buenos días —dijo Demetri sorprendiéndola desde la puerta.

Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo. Aquel vestido de flores minúsculas corto hasta la rodilla realzaba el color de su melena dorada, la palidez de su piel y el brillo de sus ojos; estaba preciosa. Sería muy difícil que Jane volviese a dejarla marchar sin obtener de ella lo que tanto deseaba, pensó—. ¿Estás lista?

— ¿Se puede estar lista para algo así? —Su respuesta fue el silencio—. ¿Quiénes son esas chicas?

—No preguntes.

— ¿Para qué están aquí?

—Vámonos.

—Dímelo, por favor.

—Para la fiesta de mañana. Son el regalo de Alec para sus messrs, sus cabecillas. Vámonos.

Aquellas palabras la dejaron en shock. Alec regalaba mujeres a sus hombres como quien compra relojes de aniversario. Pobrecillas. Sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, pero se recompuso, debía interpretar un papel, debía sacrificarse y lo haría sin dudar ni un segundo más. Accedieron por el corredor hasta el rellano de la escalera principal, siguiendo los pasos de su guía como quien sigue al maître que le conduce a la mesa apropiada. Miró de reojo a los dos matones que custodiaban el acceso a la planta superior, que saludaron a Demetri con una leve inclinación de la cabeza. Pisó la moqueta roja que cubría los peldaños de madera y alzó el mentón, tratando de imponerse una fuerza de la que carecía.

Llegaron al piso superior, pero en lugar de continuar por el ancho pasillo central siguieron por el lateral derecho de la balaustrada hasta una zona de habitaciones en la que nunca había estado.

El agente infiltrado abrió la puerta y le ofreció pasar dentro, cuando lo hizo, se encontró en el interior de un pequeño salón de paredes empapeladas en tono verde agua, con estampado floral idéntico al que tenían un sillón acolchado con reposabrazos y dos sillas. En el centro había una mesita de tres patas unidas por una base triangular de cristal y sobre un lujoso aparador, un reloj dorado que marcaba las diez de la mañana. La alfombra que cubría la práctica totalidad de suelo también era verde, salpicada de motivos cobrizos.

—Toma asiento, enseguida vendrá alguien a servirte.

— ¿A servirme?

—Come, cuanto más fuerte estés para lo que se avecina, mejor.

Su consejo sonó a advertencia, pero Demetri se marchó sin añadir nada más. Permaneció un instante en silencio recorriendo la estancia con la mirada. Cuánto lujo la rodeaba, cuánto dinero debía poseer Alec y qué modo tan despreciable de obtenerlo, el muy malnacido.

Ella nada más quería cerrar los ojos y abrirlos dentro de cuarenta y ocho horas, cuando todo hubiese acabado, y abrirlos sabiendo que Reneesme, Edward, Kate y Bree estaban a salvo, muy lejos de allí. Que el peligro había pasado y que aquellos seres detestables habían obtenido su merecido castigo.

Alguien se adentró en la habitación empujando una pequeña mesa camarera. Era la joven que había visto por primera vez en la habitación de Alec cuando fue a ayudar a Kate. Vestía un sencillo vestido de algodón gris y llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo, su mirada permanecía fija en el suelo. En la camarera portaba una cafetera, una lechera y una bandeja cubierta que abrió después de depositarla en la mesita. Había huevos cocidos, beicon frito, tostadas, miel, mantequilla, bollos y cualquier cosa que hubiese podido desear para desayunar. La joven se giró dispuesta a regresar por donde había venido.

—Hola. No te vayas. ¿Cómo te llamas? —La chica volvió el rostro, pero no dijo nada—. Do you speak english? What's your name?* —probó, su dominio del inglés era mucho mejor que el del francés, el único otro idioma extranjero que conocía. La joven se movió, como si le hubiesen incomodado sus palabras, como si las hubiese entendido—. My name is Bella. Do you work here?*

—Mi nombre es Irina. O al menos ese era antes de que el monstruo me lo arrebatase —respondió en inglés.

— ¿Te lo arrebatase? ¿Cómo ha podido arrebatarte el nombre?

—Ya nunca nadie me llamará así. Ahora solo soy su pak kurvë, su pequeña puta. Todos me llaman así.

—No. Para mí serás Irina. No permitas que te haga pensar que te ha arrebatado el nombre, porque ni él ni nadie, puede hacerlo. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No lo sé en realidad, creo que seis años, porque han pasado siete inviernos, este será el octavo… —Bella no pudo evitar pensar que ese octavo invierno jamás llegaría, todas serían rescatadas en solo un par de días. Cuánto le habría gustado poder decírselo, pero no podía.

— ¿Eres de aquí?

—No, soy de muy lejos —dijo mientras por su mejilla resbalaba una lágrima que apartó con premura, apretando los labios—. No deben verme hablando contigo, no le digas a nadie que hemos hablado.

—No lo haré, lo juro. ¿Sabes cuándo regresa el monstruo?

—Mañana. Mañana para la reunión. Tengo que limpiar las habitaciones de los messrs.

— ¿Quiénes son los messrs?

—Sus amigos. No debería haber hablado contigo, tengo que marcharme.

Irina cerró la puerta tras de sí.

Seis años. Más de seis largos años encerrada en aquel castillo de los horrores a merced de un ser tan despreciable. Cuánto debía haber sufrido. Un auténtico infierno. Y parecía tan joven, demasiado.

Estaba hambrienta, así que no demoró más las ganas de llenar el estómago. Tomó un café que le supo a gloria, bollos, pan y todo cuanto pudo. Había estado demasiados días privada de alimento y, además, desconocía cuándo podría volver a comer. Una vez que hubo terminado, se incorporó y le sobrevino tal arcada que a punto estuvo de vomitar sobre la alfombra todo lo que había tomado. No debería haber comido así, no después de los días que llevaba sin hacerlo, su estómago no estaba preparado para que lo llenase de golpe de aquel modo. Se sentó en el sillón hasta que poco a poco las náuseas fueron desapareciendo y el color volvió a llenar sus mejillas.

Desde su nueva posición observó con detalle la pintura de una mujer que había en la pared, sobre el aparador. Se incorporó con cuidado para mirarla más de cerca. Era una mujer rubia, con los ojos azules, muy bonita, y cuyos rasgos le recordaban a…

—Era mi madre —dijo Jane, a quien ni siquiera había oído abrir la puerta, era silenciosa como un ánima perdida. Bella dio un respingo, llevándose una mano a los labios, con la que consiguió acallar un grito de sorpresa—. Siento haberte asustado.

—Es una mujer muy guapa.

—Lo era. Falleció hace años —confesó aproximándose a ella con su andar pausado, oscilante, como el depredador que acecha a su presa mientras decide el momento de atacar. Vestía unos sencillos vaqueros y una camiseta de tirantes blanca que marcaba sus pechos carentes de sostén, sus pezones estaban erectos.

—Lo siento.

—No lo hagas. Con la vida que tuvo, la muerte debió ser un alivio para ella. Pero hablemos de ti, mi pequeña fierecilla. ¿Has comido bien?

—Sí. Muy bien.

—Me alegro —dijo más cerca aún, tanto que pudo percibir el aroma de su perfume. Sus ojos azules la recorrieron de arriba abajo—. ¿Tienes una respuesta para mí a la pregunta que te hice ayer?

—La tengo.

— ¿Y bien?

—Serás la primera, la única —dijo y sus ojos centellearon de deseo.

Se lanzó a sus labios y la besó con frenesí. Bella cerró los ojos y trató de imaginar que era Edward quien la besaba, soportando con estoicismo la incursión de aquella lengua cálida y suave en su boca. Sus manos la rodearon por la cintura y la apretaron contra sí, agarrándola por las nalgas y presionándola contra su cuerpo.

—No sabes cuánto te deseo, joder. Lo cachonda que me pones con tu carita de niña buena, deseé follarte desde la primera vez que te vi —admitió sobre sus labios, haciéndole sentir la calidez de su aliento. Se apartó para mirarla a los ojos —. No me hagas esperar más, vamos a mi dormitorio.

Tomándola de la mano tiró de ella al exterior de la habitación. Dos de sus custodios habituales las esperaban fuera, pero para Jane no existía nadie más, nadie excepto Bella, que seguía sus pasos sin oponer resistencia. El nudo en la garganta apenas le permitía respirar, pero no dijo nada. Los guardaespaldas de la hermana del shef se detuvieron en la pequeña salita que precedía a su habitación. En uno de los sillones estaba sentado Laurent, aguardándola.

—Necesito hablar de algo referente a las chicas del sótano —le dijo en albanés.

—Ahora mismo no me interesa nada excepto ella. Sea lo que sea, tendrá que esperar —respondió esta en español para que Bella pudiese entenderla.

Abrió la puerta invitándola a pasar primero, casi podía sentir cómo sus ojos la devoraban con la mirada.

El pelinegro le dedicó una sonrisa llena de maldad.

Cerró tras ambas y sin mediar palabra volvió a besarla contra la puerta. Sus manos ascendieron por las caderas hasta sus pechos, que apretó con fuerza. Bella inspiró hondo, sin moverse un ápice.

—Ven aquí—, pidió abriendo la puerta de otra habitación lateral. Era un cuarto grande con las paredes oscuras en el que había una gran equis de madera con grilletes plateados a la altura de las manos, y una cama redonda forrada de cuero rojo sobre la que había una fusta de pelo. El miedo que sintió debió reflejarse en su rostro, pues Jane se apresuró a tranquilizarla.

—No te preocupes, no te haré daño, no a menos que me obligues a hacerlo.

—No voy a resistirme, no es necesario que…

—Sí que lo es, lo es para mí —advirtió con una sonrisa, llevándola hasta la estructura de madera. Con parsimonia pegó su espalda a esta y ascendió con delicadeza su brazo hasta el grillete de plata, que cerró en torno a su muñeca, repitiendo la operación con la otra y con ambos tobillos. Las manos, en su regreso recorrieron su cuerpo deteniéndose de nuevo en sus pechos. —Ni te imaginas cómo me ponen tus tetas —dijo apretándolas entre los dedos por encima de la ropa. Se alejó caminando hacia un mueble alto sobre el que había un equipo de música y presionó el botón de encendido.

Stars fly with me, fly with me…

La voz de Frank Sinatra inundó la habitación, el volumen no era demasiado alto, lo suficiente para mecer el ambiente.

Jane con los ojos cerrados balanceó la cabeza, disfrutando con la canción, giró sobre sí misma como si repitiese una coreografía de baile aprendida y danzó meciendo las caderas hasta detenerse ante ella. La miró con una sonrisa en los labios y comenzó a abrir uno a uno los botones del vestido, despacio, con deleite, hasta la mitad. Paseó sus manos por su vientre, por las copas del sostén de encaje, y metiendo un dedo por estas las bajó, dejando sus senos al descubierto.

—Son preciosas, y son mías, solo mías.

Lamió sus pezones, recreándose, paladeándolos, mientras Bella trataba de llevar su mente a cualquier otro lugar. Pensó en la casa en la playa de la que Edward le había hablado, imaginaba el porche de madera blanca, frente al mar, la arena dorada haciéndole cosquillas bajo los pies…

La hermana del shef se sacó la camiseta y rozó sus pechos con los suyos.

El mar, el mar seguro que era muy azul, casi podía oír el murmullo lejano de las olas. Un horizonte despejado, con las gaviotas sobrevolando su cabeza, y la risa de Edward como música de fondo, su maravillosa risa envolviéndolo todo mientras corría tras Nessie por las pequeñas dunas de arena en una idílica estampa.

Las manos de Jane se introdujeron en su ropa interior, palpando su pubis.

Resistiría.

Lo haría por Edward, por Nessie, por Kate y Bree, por la seguridad de todos ellos, pero también por el bien de todas las mujeres, porque aquella organización compuesta por asesinos y violadores cayese de una vez y para siempre.

Jane se arrodilló entre sus piernas, lamiendo la línea de su ombligo hasta llegar a su sexo, en el que hundió el rostro con ferocidad. Sintió cómo recorría su intimidad con la lengua aún por encima de las bragas de encaje. Las hizo a un lado y entonces percibió el roce de sus labios presionando su sexo, lamiéndolo, succionándolo, tratando de colarse en su interior.

Rompió a llorar. No se movió, se mantuvo quieta como se había jurado a sí misma que haría, permitiría que tomase de ella lo que tanto ansiaba, pero no podía contener el torrente de lágrimas que recorría sus mejillas, derramándose sobre su pecho, sobre su vientre. Jane, a pesar de estar concentrada en saborear las mieles de su cuerpo, oyó su llanto y alzó el rostro para mirarla.

— ¿Estás llorando? ¿Estás llorando, maldita puta? Te estoy tratando con delicadeza, estoy intentando ser cuidadosa, ¿y así me lo pagas? ¿Quieres llorar?, ¿es eso? Yo te enseñaré lo que es llorar de verdad.

—No, no por favor, Jane, perdóname.

—Ya te lo dije, no habrá una nueva oportunidad. Después de que mis hombres hayan acabado contigo, suplicarás que sea mi lengua la que se meta en tu coño.

—No, por favor, lo siento, de verdad… —rogaba atada a aquella equis de madera.

Pero no había vuelta atrás.

Jane salió de la habitación como alma que lleva el diablo dejándola sola, estaba furiosa.

La música de Sinatra continuaba sonando por los altavoces, aquella voz melancólica y rota que parecía compadecerse de ella. Tiró de las argollas que sujetaban sus muñecas, pero era inútil, jamás lograría liberarse. La mujer regresó un instante después, acompañada de Laurent, que la devoró con la mirada de un buitre que observa a la res moribunda, ansioso por asestarle su ataque.

Sintió terror, auténtico pavor. No, Laurent no, el pelinegro se cobraría gustoso cada uno de los golpes que le había propinado en la habitación, cuando trataba de abusar de Kate. Pero no venía solo, le siguieron Demetri y, para su horror, Edward.

—Ahora vamos a enseñarte a respetar a tu dueña, puta. Laurent, tómala, es tuya —dijo dirigiéndole una mirada a este y sentándose en su cama, dispuesta a disfrutar del espectáculo.

El aludido dio un paso hacia ella. Los ojos de Bella buscaron a Edward, su expresión hablaba por él, apretaba los puños, y dividía su atención entre la espalda del pelinegro y ella. Pudo leer en sus ojos que todo había acabado, jamás permitiría que la tocase.

El SEAL se agachó, llevando una mano al puñal que llevaba escondido en su bota, dispuesto a arrojarlo contra la nuca de Laurent con la precisión de un lanzacuchillos del circo. Pero Demetri estaba a su espalda y sabía que podría volarle la tapa de los sesos antes de sacarlo de la bota. Se debatía entre la angustia de verla allí, atada, sometida, y el temor a ser incapaz de rescatarla sana y salva dadas las circunstancias.

—Que lo haga el nuevo —sugirió Demetri en ruso, sorprendiéndole, capturando la atención de todos—. Querías probar su lealtad, pues que sea él quien dé una lección a esa perra.

El pelinegro le observó con recelo al no entenderle, sabía que cuando ese estúpido ruso y Jane hablaban en su idioma era para evitar que les entendiese. Prosiguió caminando hacia Bella.

—Déjala, Laurent —le ordenó ella en albanés.

—Pero, señora, ¿por qué? —preguntó este temiendo que su fiesta hubiese acabado antes de empezar.

—Demetri tiene razón, tú eres demasiado bruto y no quiero que estropees ni sus tetas ni su coño —le dedicó—. Tú, Anthony, tómala como un pequeño regalo de bienvenida —rio—. Los demás disfrutaremos del espectáculo.

—Gracias, señora —respondió Cullen en ruso.

Él no había entendido la conversación entre Jane y Laurent, pero tampoco lo necesitaba para darse cuenta de que al pelinegro no le había sentado nada bien el cambio de planes. Caminó hacia ella, dando la espalda al resto de los presentes.

—Lo cierto es que Laurent y yo tenemos que solucionar un par de asuntos antes de la llegada de los messrs —advirtió Demetri en albanés para que el lugarteniente de Aro pudiese entenderle.

—Yo me quedo —se negó este.

Las palabras de Demetri y las posteriores indicaciones de Jane, fuera lo que fuese lo que habían hablado entre sí, habían provocado que fuese Edward y no el malnacido de Laurent el encargado de ultrajarla. Bella miró al agente encubierto y este se tocó el arma que portaba al cinto en un claro gesto de advertencia, su amenaza seguía en pie.

Al enfrentar los ojos del SEAL, supo que no soportaría aquello, que no sería capaz de fingir que la violaba ante todos ellos.

—Hazlo —dibujó con sus labios, consciente de que solo él podía verla. Edward hizo un pequeño gesto de negación con la cabeza cuando estuvo frente a ella. —Hazlo, por favor, puedo soportarlo —rogó cuando le tuvo muy cerca, contemplando de reojo cómo Demetri tiraba con suavidad del mango de su pistola.

—Cierra los ojos y olvida dónde estamos —susurró él, enterrando el rostro en su pelo.

— ¿Qué le has dicho? —preguntó Jane en ruso, incorporándose de la cama con curiosidad. Por suerte, la música que los envolvía impedía que le oyese con claridad.

—Que se prepare para conocer a un hombre de verdad —respondió el falso Anthony en el mismo idioma.

Bella apartó el rostro evitando su boca, pero sus labios se posaron en el cuello que él lamió en sentido ascendente, deteniéndose en el lóbulo de la oreja, a la vez que sus manos la rodeaban por la cintura, y se colaban por las braguitas para apoderarse de sus nalgas redondas y prietas.

—Déjame en paz, apártate de mí —gritó con los ojos cerrados, fingiendo que no quería que lo hiciese cuando en realidad quería sentir cómo sus manos la sostenían contra su cuerpo, cómo su lengua recorría su garganta, estaba comenzando a excitarla. Imaginó que se hallaban en cualquier otro lugar. En un lugar en el que tan solo existían el cuerpo de Edward y el suyo, que despertaba a cada caricia, a cada roce de este. Sintió el enloquecedor tacto de su lengua sobre los pechos, la barba de un par de días sobre los pezones enhiestos, encendiendo cada milímetro de su dermis. Cómo los succionaba y liberaba apasionado, mientras sus manos se dividían entre su pecho y sus nalgas. Una punzada palpitó honda en el sexo. Y la sensación de vacío se hizo casi dolorosa, estaba preparada para recibirle, le necesitaba en su interior, le deseaba dentro, llenándola de sus ser, acariciando los resortes que solo él sabía tocar.

Verla de aquel modo, atada a aquella estructura, medio desnuda y expuesta, le había roto el corazón. En el primer par de segundos había calculado cómo cortarle el cuello a Jane y reventar a Laurent antes de que este lograse sacar su arma. Pero a Demetri, a su espalda, no habría podido matarle antes de que, si cumplía su amenaza, le disparase a él o a Bella. O a ambos. Todo dependería de la rapidez del italiano. Estaba decidido a jugársela cuando, hábilmente, este había sugerido que fuese él quien la tomase. No tenía otra opción, rodeado de dos hombres armados y una mujer casi tan peligrosa como ellos. O al menos aquella era la opción de menor riesgo para Bella. Y, sin embargo, en ese momento, mientras saboreaba su cuello, reconociendo el tacto suave y sedoso de su dermis, el aroma a azahar que percibía en su piel, no pudo evitar que su masculinidad se erigiese desvergonzada, aunque a su espalda tuviese a una parte de la cúpula de los Vulturis observándolos, porque en el momento en el que probó su boca el resto del mundo pareció haberse esfumado.

La erección en sus pantalones dolía.

Hacía demasiados días que no se adentraba en su cuerpo, que no tomaba de ella el éxtasis más puro que había experimentado en toda su vida. La deseaba, deseaba hundirse en su carne sin más preámbulos.

Desabotonó su pantalón y abrió la cremallera, liberando su sexo, que, como un león enjaulado, se reveló enhiesto, golpeándola en el vientre. Sus manos se asieron a sus pechos y su boca los lamió, borrando de ellos cualquier rastro de aquella mujer que había intentado ultrajarla, ahora eran suyos, solo suyos, encendidos, enrojecidos por el deseo. Se situó entre sus piernas, que ella apretaba fingiendo oponer resistencia, y sostuvo su sexo entre las manos aproximándolo lentamente al suyo, haciendo a un lado la ropa interior para evitar desprenderla de ella.

Fue al sentir aquella palpable humedad que reflejaba su deseo, cuando las ganas de su cuerpo le llevaron a perder la razón y la penetró con ímpetu, hasta el final, en un golpe seco y decidido contra la estructura de madera. A la vez que escondía el rostro en su pelo inspirando el maravilloso olor de la piel bajo su oreja.

Si el cielo existía debía ser algo muy parecido a hacerle el amor a Bella. Aceleró sus movimientos, estaba tan excitado que podría correrse en solo un segundo, ella gimió en su oído, fue un lamento gutural, nacido de las entrañas de su deseo. Percibió las contracciones de su vagina presionando su sexo. Bella había alcanzado el clímax y caía en picado desde la cima de la montaña rusa.

—Muérdeme, muérdeme para no gritar —le pidió en un susurro al oído y ella lo obedeció, mordiéndole en el hombro con fuerza.

—Joder, la muy puta se va a correr y todo —oyó exclamar a Laurent en español a su espalda, mientras también él se corría, liberando todo aquel deseo contenido en su interior.

Sintió ganas de girarse y arrancarle la cabeza de raíz por atreverse a mancillar ese momento. Por suerte ella no le oyó.

—Vámonos de una vez, Laurent, quiero que me ayudes a clasificar a las chicas, los messrs están a punto de llegar —pidió Demetri en albanés.

—No me voy.

—Vamos, ya podrás matarte a pajas en tu cuarto después —chascó con sarna y el pelinegro ofendido se volvió hacia él.

—Siempre con las putas prisas.

Ambos hombres abandonaron la habitación sin que Bella lo percibiese.

En aquel momento solo podía sentir, sentir el sexo de Edward hondo entre sus piernas, el poderosísimo orgasmo que la había sacudido como un tsunami, la paz momentánea que aquel sexo espectacular le había concedido. Soltó su mordida. Abrió los ojos, y se topó con su mirada verde, su sonrisa y la herida que acababa de producirle en el hombro. Su mordida se percibía con claridad, la sangre manchaba su camiseta blanca, pero él parecía no percibir dolor alguno. Se deslizó despacio fuera de su interior y pudo sentir el calor de la esencia que descendía por sus muslos.

—Veo que mi pequeña salvaje te ha mordido —percibió divertida en ruso Jane desde la cama, ambos la miraron, estaba semidesnuda, recostada sobre la superficie de cuero, con una mano metida en la entrepierna bajo el pantalón vaquero, paseando los dedos por su sexo. Sus mejillas estaban enrojecidas y su respiración acelerada—. Espero que te haya gustado, puta, porque cada día será uno diferente si vuelves a rechazarme —advirtió en español para que pudiese entenderla, incorporándose, caminando hacia ellos y paseándose sin pudor alguno.

—No lo haré.

—Eso espero —dijo al acercarse a la puerta de la habitación—. Tú, ve a curarte ese mordisco —exigió al falso Anthony—. Skolanski —llamó a otro de sus esbirros al interior de la habitación—. Vigílala mientras se viste. Permanecerás en el sótano hasta que decida darte otra oportunidad, y ten por seguro, mi pequeña salvaje, que esta vez sí será la última.


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