Dedico este capítulo, con mucho cariño, para GossipChii, por su pasado cumpleaños.

ABRIL DEL 2017.- ¡Hola a quienes siguen leyendo!, me disculpo por la tardanza del fic, no es por falta de intento, de verdad que hago lo posible por darme prisa, pero es una historia muy complicada de redactar... no tienen idea de lo difícil que me pareció redactar este capítulo y no sé si de verdad valga la pena, pero al finas estos fue lo que pasó. D4 ha entrado en la recta final y, si todo sale bien, tendrá tres capítulos más, que serán publicados durante este año.

AGRADECIMIENTOS: a SkuAg por ser la beta y consejera de este fic, sin ella yo habría desistido desde hace tiempo. Gracias a GossipChii, por todo su acompañamiento; gracias a Japiera, Ana María, Vanis, Kirika, Antotis, sorato1990, san, Azeneth, Rin, Lila... y todos los usuarios que se han pasado por mi historia, a pesar de que soy bastante lenta en publicarla.

ADVERTENCIA.- Es un capítulo muy largo. Puede que haya escenas violetas y subidas de tono. Este fic habla de temas como prostitución, trata de blancas, mafia, autodestrucción de personajes, locura, ¡y muchas cosas más!, así que lees bajo tu propio riesgo (?)

RESUMEN: Taichi está a punto de matar a Yukio Oikawa; después de enfrentarse a K. Kido, Yamato tiene como misión sacar a su hermano y Hikari del hospital; por otra parte, Jou y Koushiro investigan las perversiones del padre del primero, mientras que Sora sigue firme en evitar que Taichi se vuelva un asesino.

Sin más qué decir, los dejo con la lectura.


Digital Cuatro

Por ChieroCurissu

Veintitrés.- Soul to squeeze

K-sama tomó de su escritorio un estuche, de éste sacó unas gafas perfectas y transparentes, sin marco de metal ni de carey. Chorros de sangre se deslizaban por su nariz y encías. Lucía una expresión de hastío, como si fuera incapaz de admitir que su cuerpo estaba impregnado de dolor.

El dolor, sobre todo el físico, era una sensación desconocida para su persona. No le provocaba nada en especial. Ardía como la lumbre, la piel le quemaba y se hinchaba producto de los golpes del hijo de Hiroaki Ishida, pero la cara amoratada, los dientes rotos y debilidad de sus células no le producían las sensaciones que expresaban sus pacientes.

K. Kido había dedicado su vida a curar el dolor ajeno. Le gustaba ver cómo otros seres humanos se retorcían ante su presencia... El dolor de una mujer a punto de parir, el terror de un niño antes de romperse y la pérdida de la razón de los hombres, era los sufrimientos que más le gustaban ver al padre de Jyou. Las expresiones de pánico le provocaban vértigo y, en más de una ocasión, el dolor ajeno le provocó erecciones en los momentos equivocados.

Pero el dolor propio, el que sentía ahora mismo, no significaba nada en él... Quizás, si tuviera que elegir una sensación, él diría que incomodidad.

Sacó material de curación del clóset de su consultorio, donde minutos anteriores habían estado escondidos dos adolescentes impertinentes y estúpidos.

Eso eran: adolescentes estúpidos desafiándolo. Quizás por eso su hijo menor siempre había sido un perdedor. Quizás por eso Jou era un perdedor. Hay un dicho que dice: "dime con quién andas y te diré quién eres".

Querido Jou, siempre estuviste irremediablemente perdido –susurró calmado. K-sama sabía perder la paciencia, pero no en el hospital, no en ese espacio público.

Cojeó hasta el sanitario privado de la dirección del nosocomio y tuvo el valor de mirarse la cara desfigurada que le había dejado Yamato Ishida.

Con los puños y las patadas, el muchacho le había perforado las cejas y le había roto la nariz. Le había golpeado con despecho y, por un instante, K-sama había pensado que el chico hermoso sufría más que él al pegarle.

El doctor Kido preparó material de curación y, sin emitir ningún quejido, pero con suma eficiencia, se limpió las heridas. Hacía falta suturar y darse algunas puntadas, pero en realidad sólo se preocupó por parar el sangrado.

Su lugar de trabajo estaba hecho un desastre. De fondo, como banda sonora, chillidos y llantos de sus pacientes se esparcían por los pasillos aparentemente impolutos del lugar. Los calzados de las enfermeras parecían danzar mientras corrían de un lado al otro. La guardia de seguridad privada parecía haber resuelto el apagón, no obstante, a K-sama la oscuridad nunca le había molestado.

El problema era que habían accedido a su red privada. Quizás quien le había hecho frente era ese odioso hijo de Ishida, sin embargo, estaba seguro de que la intromisión a su sistema no había sido un plan aislado. Después de todo, el hijo adoptado y bastardo de los Izumi también pululaba como mosca alrededor de su hijo Jyou.

K-sama sabía que finalmente había llegado el día de poner a Jou en su lugar. Había que cortarle las alas, como a su hijo Shin. Había que tenderle una trampa, como a su hijo Shuu. Era momento de actuar y enseñarle a los jovencitos ridículos que declararle la guerra no era un juego de niños. Era momento de demostrar que nadie podía destruirle, ¡uf!, ni siquiera Yuuko Yagami lo había logrado. No había manera de hacerlo caer.

Eso pensaba mientras aplicaba ungüentos y tomaba un analgésico. A su costado, su celular no dejaba de sonar.

Algo estaba pasando en su casa, en su mansión.

«El señorito Jou ha perdido la razón; ha venido el hijo de los Izumi y lo está ayudando», decía un mensaje que K-sama miró de reojo.

—Querido Jou, con papá no se juega.

Eso fue lo que dijo Kido con calma, mientras sin coherencia alguna pensaba en la suavidad de la piel de hijo del policía que una vez estuvo a punto de destruirlo. En cuanto acabara con todo ese escándalo, quería dedicar su tiempo a ese niño que había decidido hacer suyo, ese sería su premio por aguantar tanta impertinencia por parte de Jou y sus amigos.

—¡Kido-san ¿Qué le ha pasado?! ¡¿Qué le han hecho?! —gritó la secretaria particular del director del hospital—. Tenemos que llevarlo a Urgencias.

—Ha sido un asalto, no debe preocuparse.

—¡Hay que llamar a la seguridad! ¡Lo que es peor, acaban de informarme que han robado un ambulancia y secuestrado a dos pacientes!

—Imagino que las víctimas han sido el hijo de la señora Takaishi y la hija de los Yagami... —dijo con serenidad el hombre.

—¡Ha sido la enfermera Rika Nonaka quien les ayudó! ¿Puede creerlo?, ¡llevaba cinco años siendo nuestra enfermera!, hemos dado aviso a la policía y...

—Entiendo, por el momento déjeme sola, señorita Seki.

—Pero señor, debo llevarlo a que le ayuden con las heridas, ¡hay que notificar lo que pasó a la seguridad privada!

—No. —Eso respondió K. Kido, perdiéndose en los pasillos supuestamente impolutos de su hospital.

.

.

—No lo entiendo, Koushiro-kun, ¿por qué tardas tanto?, ¡tiene que ser rápido! ¡Vacíalas! ¡Rompe el sistema!

—Jou, cálmate por favor. —Koushiro se limpió el sudor de la frente; sentía la cabeza pesada, como si un yunque lo hubiera golpeado. Jyou no estaba ayudándole mucho. Caminaba en círculos alrededor de él y se comía las uñas.

—¿Es que no se puede? ¿No puedes hackear a mi padre?, ¡prometiste no juzgarme! ¡Necesito ese dinero! —La voz del joven Kido era un maremoto de emociones, a menudo se le salían las lágrimas o soltaba un carcajeo nervioso.

Koushiro Izumi sabía que la situación se estaba saliendo de control. Era verdad que él había venido justamente a infiltrarse en la casa de su amigo para buscar evidencias contra el señor Kido, era verdad que necesitaba hackearlo para conseguir pruebas incriminatorias. No obstante, la actitud de Jou lo tenía agobiado.

«Quiero que vacíes las cuentas de mi padre y me deposites el grueso de su dinero», eso había dicho Jou, pero no el Jou que era el juez de los Digital Cuatro, sino un Jou desconocido, sin gafas y sin cordura.

A Koushiro no le gustaba cuando sus amigos perdían la razón, ¿acaso no era suficiente con que Taichi se hubiera vuelto a perder?, ¿acaso no era suficiente con que Yamato se hubiera puesto eufórico en su plan de venganza?, ¿por qué Jou no podía quedarse en tierra firme, con él?

Ahora mismo le costaba hallar el hilo conductor de sus movimientos, porque los ojos de Jou brillaban como una luciérnaga a punto de morir. Era curioso, pero para Koushiro las miradas de sus amigos eran sus guías. Desde muy pequeño había aprendido a leer lo que los ojos de sus camaradas transmitían.

Él conocía la luz que proyectaban los ojos de Taichi cuando anotaba un gol y sabía que significaban júbilo; sabía identificar la tristeza detrás de los orbes oceánicos de Yamato y podía captar en la mirada de Jou esa terquedad de su amigo por hacer lo correcto. No obstante, todas aquellas miradas parecían parte de una foto en sepia a punto de desvanecerse en una fogata: los ojos de Taichi habían olvidado la alegría, los de Yamato estaban envueltos en ira, y los de Jou parecían al borde de la locura.

No. Así no. Así no podía trabajar. No podía sentir más tiempo esas miradas sobre sus hombros, éstas ya no endulzaban su presente, ahora sólo lo martirizaban… Tecleaba y tecleaba pero no era tan sencillo hackear el sistema que estaba instalado en la mansión Kido.

Internet era un iceberg muy profundo, ¿es que Jou no lo sabía? ¿Qué había detrás de esos ojos desesperados? ¿Qué secretos escondía su amigo?

Koushiro volvió a secarse el sudor. La residencia estaba en completo silencio, aunque él sentía que murmuraban a sus espaldas. Había desinstalado las cámaras, él y Jou se habían encerrado en el despacho principal, pero aun así se sentía en riesgo… sus zapatos colegiales seguían en el gekán.

Quizás sólo era que estaba preocupado por Taichi y por Yamato… pero no, no era eso, porque cuando ellos se le venían a la mente, de inmediato aparecía Sora Takenouchi. Y Sora, lo sabía, era mejor que él para ayudar a sus amigos.

Si a él le dieran a escoger, en lugar de tarjeta roja, le daría a la chica una tarjeta blanca. Sí, Sora Takenouchi podría salvar a Taichi y a Yamato… pero a Jou no. A Jou Kido tenía que salvarlo él, o por lo menos eso imaginó Koushiro.

—¿Es que necesitas más información? —renegó Jou, sacándose sangre del pulgar al arrancarse parte de la uña—. ¡Ya no encuentro nada más! ¡He revuelto todos los estantes!

Estaban en el despacho principal del doctor Kido. Jou había traspapelado los libreros y el escritorio, mientras que Koushiro tecleaba en su laptop y en la propia computadora del médico.

—¡Contéstame, Koushiro!, ¡atiéndeme!

—¡Basta ya, Jou-senpai! —se molestó el pelirrojo e hizo a un lado los teclados—. Tienes que calmarte, no puedo trabajar así…

Ah, pero si yo fuera Yamato o Taichi, seguro ya lo habrías solucionado ¿Cierto? —juzgó Jou, jalándose el cabello—. ¿Me vas a salir con que se te hace mal que le robe?, ¿es por eso?, ¿te parece de lo peor del mundo que quiera robarme el dinero de mi respetable padre?

—Si hablamos de respeto, honestamente por tu padre siento todo menos eso, senpai.

De un impulso, el pelinegro tomó de la camisa al menor, quien lanzó un pujido. Jou miró la pierna herida de Koushiro, y lo soltó.

—¿Qué has dicho? ¿Que no sientes respeto por mi padre? —las lágrimas salieron con fuerza de los ojos de Jou. Sus ojos sin gafas eran demasiado distintos a su mirada del pasado.

—No.

—¿Por qué, Koushiro-kun? ¿Por qué dices eso? ¿Acaso dudas que sea el médico más importante del país? —y Jou se quebró poco a poco, Koushiro se sorprendió al verle perder la fuerza de las piernas. Su amigo se dobló, se dejó caer al suelo… ya no podía más.

—Jou-senpai…

—Yo tampoco te gusto, ¿cierto, Koushiro-kun?

—¿Eh?

—No sientes respeto por mi padre porque me desprecias, lo sé, siempre lo he sabido.

—No… yo…

—No eres sincero, dices que soy el juez de los Digital Cuatro pero no lo dices de corazón.

—No tienes idea de lo que estás diciendo, pero ahora mismo por supuesto que no eres el juez ni de los D4 ni de ti mismo.

—Lo sé, ¡lo sé! —y de esos ojos sin gafas regurgitaron lágrimas continuas, que se convirtieron en pequeños arroyos—. Tú lo sabes ¿verdad?, sabes que voy a fallar, que mi padre llegará y descubrirá que voy a huir… mamá y Shin no se salvarán, yo tampoco me salvaré…

Jou lloró con más fuerza, pero silenció sus palabras; Koushiro intentó ignorarlo, para seguir tecleando, pero los suspiros descontrolados de su amigo lo obligaron a volver a verlo…

Jou había agarrado un trozo de cristal puntiagudo.

—¡Senpai, ¿pero qué estás haciendo?! —El muchacho acercó el vidrio a su garganta y sonrió, Koushiro pegó un grito y lanzó un puñetazo directo a uno de sus mejores amigos. Tras el golpe le tronaron los huesos.

El impacto dejó a Jou tirado en el suelo, con el rostro agazapado en sus brazos largos. El vidrio se estrelló contra la pared y se desbarató en más cristales que brillaron como espejos.

—Herirte a ti mismo nunca es la solución, Jyou —susurró Izumi en bajito. En días pasados él había intentado lo mismo: morirse junto a la sombra de la esposa dos.

—No, ya sé que no lo es… mamá intentó suicidarse, pero no pudo… si mi padre lo decide, ni siquiera puedes morir para descansar…

Koushiro no supo qué decir. No sabía que la madre de Jou había intentado suicidarse… es más, debido a que la señora siempre estaba enferma, ninguno de los digital cuatro había tenido la oportunidad de conocer bien a la mamá de Jou.

—Estoy muy, muy, muy cansado —admitió Jou. Su euforia parecía haber disminuido después del puñetazo.

—Al parecer, ninguno de nosotros ha sido sincero nunca, ¿cierto, Jou-senpai? —preguntó Izumi—. No tengo idea de cuáles son tus secretos, pero en esta ocasión, aprovechando que te calmaste un poco, vengo a confesarte los míos.

—No quiero saber secretos de nadie más. Los míos pesan demasiado.

—Tu padre fue quien mandó secuestrar a Taichi —se apresuró a decir el pelirrojo, antes de que Jou se pusiera en alerta—. Al parecer se trató de una venganza contra la familia Yagami; su venganza consistía en violentar al heredero de Susumu Yagami hasta matarlo, pero inesperadamente una niña llamada Sora Takenouchi salvó a Taichi.

—¡Ehhh! —Jyou gritó. Sus ojos crecieron, pero su pupila se degradó por tanta lágrima—. ¿¡Pero qué estás diciendo?!, ¿Quieres enloquecerme todavía más?

—Al parecer, tu padre iba a casarse con la madre de Taichi, pero ésta lo dejó por Yagami —siguió diciendo Koushiro—. No tengo idea de cómo funcione la mente de tu padre, pero decidió vengarse de los Yagami con el secuestro de Taichi…

—¡Pero Yamato!

—Yamato fue raptado por negligencia o error de los captores. Y, como bien sabes, nunca estuvieron interesados en llevarnos a nosotros dos… —Koushiro suspiró—. Y Jou-san, sé que tú también sabes lo que le pasó a Taichi en su secuestro, ¿verdad?, o al menos lo sospechas…

Jou se retorció como gusano, escondió más su rostro. Increpó su llanto.

—Dime… dime todo lo que tengas que decir de una buena vez.

—Yukio Oikawa, quien trabaja con tu padre, no sólo fue el encargado de violar a Sora, sino que abusó constantemente de Taichi —confirmó Izumi—. Apenas hace unas horas que confirmamos la culpabilidad de tu padre, aunque me supongo que ya es tarde, porque Taichi se dio cuenta de que Oikawa es su violador y amenazó con matarle… Yamato se suponía que iba a detenerlo, pero casi estoy seguro de que fue tras tu padre a declararle la guerra…

Jou se talló la cara con los dedos. Deseó que su rostro fuera una máscara para poder quitársela. No supo qué sentir, no supo cómo sentir… todo el escenario parecía una pintura incendiándose... ¿por qué no podía quemarse ahí?

—Jou-senpai… te lo he dicho ya, los hijos no podemos responder por las acciones de los padres.

—To… ¿Todavía quiere vengarse de los Yagami?, ¿entonces por qué me comprometió con Hikari-chan?

—No estoy muy seguro, eso no importa ahora —dijo el pelirrojo, luego tomó a Jyou por los hombros y le miró de frente—. Como podrás imaginar, no sólo Taichi y Yamato se activaron ante las noticias, yo también lo hice. Me apena decírtelo, Jou-senpai, pero quiero hacer pagar a tu padre por el daño que ha hecho, por eso mismo me infiltré en la red del hospital y, si he venido aquí a tu casa, es porque sigo buscando pistas para destruir a tu familia.

La habitación se llenó de silencio después de esa declaración. Koushiro escuchó que querían forzar la puerta de la habitación donde estaban, Jou se fue sentando poco a poco y sus lágrimas fueron en reversa, como si quisieran entrar de nueva cuenta en el lagrimal.

—Koushiro, no sé qué decirte, ni siquiera puedo pensar en lo del secuestro —sinceró el menor de los Kido—. Pero quiero que te quede claro lo siguiente: si yo pudiera, si fuera valiente, si me lo permitiera el alma y si fuera la solución, te juro que mataría a mi padre con mis propias manos.

—¿Cómo dices?

—Quiero que vacíes las cuentas de mi padre y me deposites el grueso de su dinero —repitió Jou, tratando de recuperar compostura—. Quiero ese dinero para sacar de esta casa a mi madre y a mi hermano Shin, que son prisioneros de papá.

—¿Qué?

—Mi padre provocó que mi hermano Shin quedara en coma; además hizo que mamá intentara matarse y desde entonces enloqueció… ¡y a Shuu lo ahuyentó de mi lado!, ¡estoy solo, Koushiro!, llevo años obedeciendo a mi padre para que los mantenga con vida, llevo años sacando lo peor de mí mismo para mantener a mi padre contento: he jugado lo más bajo posible, me he prostituido por buenas calificaciones, he puesto en riesgo a chicas como Sora Takenouchi, ¡todo para calmar la ira de ese demonio! ¡Estoy solo!

—Jyou… No… ¡no estás solo!

—Demuéstramelo entonces —rogó Jou—. Ayúdame a escapar. No tengo como pagártelo pero…

—Somos amigos, yo sé que no te la crees, pero la verdad es que los cuatro siempre hemos sido amigos.

Los ruidos del exterior de esa habitación se intensificaron; Jou continuó revolviendo los muebles y Koushiro volvió a teclear, esta vez con la concentración de su lado.

I've got a bad disease

but from my brain is where I bleed.

insanity it seems

has got me by my soul to squeeze.

.

.

Yamato sentía que sus manos ardían. Tenía la mente nublada por ese dolor, no habían pasado ni diez minutos desde que había golpeado al señor Kido tras declararle la guerra.

Debió haberlo matado, lo tenía justo en frente, lo tenía de pechito, justo a su alcance, pero no había podido jalar el gatillo.

«Deberías darte asco a ti mismo; eres un cobarde», le decía una voz parecida a la de Taichi, la cual provenía de su mente. Cada vez que se insultaba por dentro y en silencio, el joven carraspeaba y, casi enseguida, su conciencia se tornaba la voz de Sora Takenouchi, quien lo consolaba: «has hecho lo correcto, así no es como debe funcionar tu justicia, Taichi y tú merecen justicia de la verdadera».

Ese monólogo interno transcurría aprisa, al mismo tiempo en que sus piernas se movilizaban por el hospital. Tenía que sacar a Takeru y a la hermana de Taichi de ese hospital; tenía al menos que ser capaz de eso.

—Por favor, Yamato, ¡espérame! —rogó Mimi, varios metros atrás, agotada por la corretiza. Daisuke Motomiya la había sujetado de la mano y la hacía avanzar a toda la velocidad que le era posible—… ¡Espera!

—Hoi, ya te había ordenado que te fueras, deberías tener listo el auto en la zona de las urgencias, ¡y sin embargo aquí sigues, persiguiéndome como un perro!

—Pero jefecito, ¿no es ese mi deber?, ¡ah, qué lío!, esta situación es peor que ayudarlo a limpiarse el trasero por sus facturas, botchan! —Rezongó el sirviente, también encalmado debido al rebote de sus lonjas—, ¿y qué se supone que vamos hacer con el carro?, ¿a dónde iremos?

—¡Qué sé yo! ¡Lo convertiremos en una ambulancia!, ¡sólo cumple la orden y te recompensaré! —exigió Motomiya, sin soltar la mano de Mimi, quien a su vez se presionaba la sangre que emanaba de la cortada que le había hecho Kido en el rostro.

Yamato apenas los notaba de reojo. Estaba consciente de que los quejidos de Mimi y su respiración entrecortada, así como las órdenes de ese muchacho random —parecido a Taichi— eran parte del conflicto, pero su cabeza no le permitía expresar nada al respecto.

Su mente era una disputa de voces parecidas a las de Taichi y Sora… incluso, en su imaginación, también escuchaba a su hermano llamándolo.

Takeru. Debía sacar a Takeru de ahí, debía llevarse también a Hikari-chan. Debía alejarse de Kido, salvar a Taichi, amar a Sora. Debía actuar. Debía provocar un clímax sin retorno, cuyo resultado lo podía ayudar o condenar. Era ahora. Por eso se movía como si lo correteara un diablo, mientras que el hospital Kido se recomponía a pedazos tras el regreso de la luz eléctrica. En esos pasillos laberínticos, las enfermeras iban y venía acarreando camillas, mientras las bombillas de los techos tintineaban, palpitaban como si tuvieran un corazón con arritmia.

Yamato se tocó el corazón, pero su mente traía tal ajetreo que no pudo escuchar algo más que las voces y los quejidos de Mimi, quien parecía boquear como un pez fuera del agua.

—Aquí es —avisó Yamato, derrapando en el piso para detenerse. Mimi estuvo a punto de caerse pero Daisuke la asió de la cintura, para sostenerla.

—¡Hoi!

—Sí, sí, ¡el auto!, a eso voy, botchan —chilló el sirviente, sin detenerse. Yamato ni siquiera se dio cuenta de ello. Miró la puerta y carraspeó. Sus hombres no habían llegado aún como había ordenado… pero la hermana de Taichi, Hikari-chan, ¿le habría hecho caso de no dejar pasar a nadie?

Arriba del marco de la puerta todavía había una placa que indicaba que su hermano era el paciente de esa habitación. Yamato trató de girar el picaporte, pero estaba trabado.

—¡Takeru! ¡Soy yo!, ¡Hikari-chan, abre! —Yamato gruñó y sacudió la puerta. Volvió a gritar, pero no obtuvo respuesta.

—¿Por qué… por qué no abren, Yamato? —pudo preguntar Mimi. Traía las mejillas impregnadas de una sangre que parecía más falsa que real.

—Cállate, Mimi —ue la respuesta de Yamato.

—Tampoco me hables así, ¡soy tu aliada! ¿es que todavía no lo aceptas? —renegó Tachikawa.

Salvarlos. Tenía que salvarlos, tenía que salvarlos. Aunque no fuera capaz de jalar el gatillo, debía al menos ser capaz de salvar a esos hermanos pequeños que Taichi y él siempre habían soñado recuperar.

—¡A un lado, yo derribaré esa puerta! —Daisuke Motomiya se dejó ir hasta la puerta, pero aunque la golpeó con todo lo que pudo, lo único que logró fue lanzar un grito de dolor, antes de que Ishida lo hiciera a un lado de mala gana.

—Esto lo resuelvo yo, idiota —aseguró. Aunque le temblaron las manos, se apresuró a sacar la pistola.

Apuntó hacia el techo y accionó el arma, fue una acción instintiva que ni siquiera pensó. El disparo rebotó hasta una de las paredes y desapareció; la gente que transitaba por el pasillo gritó despavorida.

—¡Seguridad! ¡Llamen a seguridad! —chilló un paciente. Un niño con ropa de hospitales se fue corriendo, Yamato entiesó sus cejas, sus ojos refulgieron.

—¡No, Yama, no! —rogó Mimi—. ¡Harás que nos arresten! ¡Guarda eso!

—¡Takeru! ¡Hikari-chan! —gritó Yamato, desesperado—. ¡¿Dónde mierdas los metiste, Kido?!

Apuntó al picaporte, de algún modo u otro tendría que abrir esa puerta, la tumbaría a balazos de ser necesario… por ver a Takeru a salvo, Yamato era capaz de casi todo, incluso podía causar disturbios o terminar en prisión, arrastrando.

«Mentiroso», fue lo que escuchó Yamato dentro de él. De nuevo oía la voz burlona de Taichi, «Al final de cuentas, no eres capaz de matar, ni siquiera por Takeru», gruñó por segunda vez. A su vez, Mimi gimió, cubriéndose los oídos.

Los gritos de los pacientes se oían, para Yamato, como ecos desvergonzados, como zumbidos de moscarrones royendo desperdicios. Eran simplemente el paisaje de su decadencia, pero una decadencia de la cual –al menos- debía salvaguardar a su hermano.

«Alguien deténganlo».

«¡¿Y los policías?!, ¡Enfermera, llamen a los guardias de seguridad!».

«Mamá, ¿qué está pasando?».

«¡Corre, corre!».

Eran voces torcidas cuyo sonido no tocaba la conciencia de Yamato Ishida. Los mismos ruegos de Mimi eran ajenos a sus intenciones, en tanto que la presencia de Daisuke le era tan indiferente como el terror que estaba causando con sus disparos.

—Oye, Ishida, de verdad, baja el arma… se nos dificultará huir incluso con la ayuda de mi sirviente —aseguró Motomiya, con cautela. Los ojos de Yamato estaban nublados en un delirio. Su ira, regularmente transparente y glacial, infundía pánico en el hospital y refulgía como el chorro de agua de un géiser.

—¡Estás loco! ¡De verdad estás loco! ¡Se supone que somos los buenos! ¡Deja de asustar a la gente! —reclamó Mimi; le tamborileaban las piernas como un trompo que está dejando de girar.

Yamato ni siquiera le dedicó la mirada, simplemente cargó el arma. No podía perder a Takeru, no en manos del mismo hombre que le había arrebatado la sonrisa bruñida de su mejor amigo, no en manos de la misma bestia que había mandado violar a Sora.

No. No podían hacerle eso; no debían llevarse a Takeru. Takeru era la única esperanza que le quedaba a su mundo. Era la única persona que amaba que todavía podía ser feliz con pureza verdadera. Takeru debía seguir siendo una utopía.

—¡Takeru, resguárdate del disparo! ¡Voy a sacarte de ahí! —avisó y, sin esperar demasiado, accionó la pistola hasta perforar la chapa.

—¡Va a matar a alguien! —chilló Mimi, cubriéndose las orejas—. ¡Detenlo, Motomiya-kun!

Daisuke estuvo a punto de saltar hacia Yamato, pero las piernas no le respondieron al ver que la puerta se tambaleaba y el rubio la pateaba para terminar de hacerla caer. Las personas que estaban en las cercanías huyeron despavoridas cuando los disparos cesaron, sus gritos de auxilio parecieron fundirse junto al caos hospitalario.

El ruido de la puerta, que se estrelló contra el suelo impoluto del nosocomio, dio paso a un silencio corto, que hizo que a Yamato le aumentara el pulso. Frente a él, en el claroscuro de la media tarde, una silueta se delimitó con una perfección asombrosa.

Esa presencia le erizó la piel a Ishida, no obstante, en un principio el joven no dio importancia a esa forma por el contraluz escandaloso. Su prioridad era rescatar a Takeru y a la hermana de Taichi, esa era la única meta que tenía clara.

—¡No están! —se escandalizó Mimi, sujetándole la camisa a un Daisuke Motomiya desubicado. La herida del rostro de la chica parecía estar coagulando, aun así, sus pestañas parecían llevar mascara roja y sus ojeras parecían maquilladas de escarlata.

En la habitación no estaban ni Takeru Takaishi ni Hikari Yagami. La cama donde debía estar postrado el hermano de Yamato estaba húmeda, como si le hubiera caído agua. Gotas de sangre estaban esparcidas por los alrededores. El conejito de peluche que Mimi le había regalado a Hikari estaba tirado en el suelo, lo mismo que un ramo de flores blancas y olorosas.

—¿Nos habremos equivocado de habitación? ¿Dónde estará Hikari-chan? —preguntó Daisuke, mientras Mimi ponía atención a la única presencia humana del cuarto.

Al adaptarse a la iluminación, distinguió a una mujer hermosa que había visto en algún lado. Era una señora de mirada dura, intransigente… de alguna manera a Mimi le inspiraba admiración y miedo al mismo tiempo. Vestía un kimono de seda sencillo, con un obi del mismo tono que los pétalos de los árboles de cerezo.

—¿Quién es usted, señora? —preguntó hipnotizada por esa presencia. El kimono de la mujer estaba roto de uno de los hombros, por donde manaba un hilo de sangre, el cual formaba un arroyuelo en la ropa.

—¡LA ESPOSA SIETE! —Yamato gritó enloquecido, ofuscado, ahora sí totalmente perdido. Se abalanzó hacia esa mujer, apretó la pistola y su mente se perdió en una cólera que le fue creciendo hasta causarle malestar en el estómago, se le desfiguró su rostro normalmente de expresión despectiva e impasible.

—¿La esposa siete? ¿O sea que es la mamá de Cenicienta? —preguntó Mimi.

Toshiko Takenouchi estiró el brazo, como pidiendo a Yamato que se tranquilizara, no obstante, el hijo de Hiroaki tenía pinta de querer atacarla.

—¡Ishida, cálmate! —Esta vez, Daisuke logró detener por la espalda al Digital Cuatro.

Mimi chilló asustada:

—¡Está herida, Yamato! ¡Fue con esos disparos que hiciste! ¡Qué mal, qué mal!

—¡No puedo creer que estés detrás de todo esto, vieja arpía! —estalló Yamato, ajeno a los lamentos de Tachikawa. La voz del rubio era como un torbellino, sus párpados confusos estaban a la deriva de ese remolino que le deformaba el entorno y entorpecía sus acciones.

Así como la casita de Dorothy fue arrastrada por un tornado al mundo de Oz, así la furia transportaba a Yamato a un infierno precipitado, causado por él mismo: por sus rencores y prejuicios; por sus miedos y violencias…

«¡Esa mujer está aliada con Kido! ¡Esa mujer está aliada con Kido! ¡Esa mujer te quitará todo! ¡Esa mujer te quitará todo», esas ideas reiterativas lo torturaban, lo ensombrecían: «la esposa siete, a quien debiste odiar más, no sólo te quitará tu herencia, sino a tu padre… a Takeru, ¡a Sora!, ¡esa mujer está aliada con tu peor enemigo!… ¡destrúyela! ¡Destrúyela ya!».

La mente se le trastocó y un sinnúmero de voces comenzaron a gritarle esas consignas; sentía tensa su respiración, como si en cualquier momento se le fueran a desencajar los pulmones. Quería dispararle, a la esposa siete, pero tenía las manos entumecidas y algo le vibraba por dentro desde que había hecho sonar el arma. Algo parecía haber cambiado en él para siempre.

«Hahaha, Yamato ¿Y ahora qué vas a hacer?», le dijo la parte de su conciencia que estaba rota y que le hablaba como Taichi.

«Si le haces algo a mi madre, si te atreves a juzgarla, si una gota de esa sangre que mana de ella es a causa de tus acciones, me habrás perdido para siempre», eso le decía su Sora imaginaria.

«¡Hermano! ¡Estoy asustado, hermano, sálvame!», finalmente, su representación mental de Takeru fue la que se sobrepuso y se convirtió en su voz del mando, no sólo por tradición, sino por necesidad misma.

Había que salvar a Takeru al menos. La mujer y Taichi ya estaban contaminados, pero Takeru no. Por eso Yamato forcejeó con Daisuke, cuyos brazos estaba aún frágiles por sus recientes fracturas. Le mordió uno de ellos, luego lo pateó hasta hacerlo caer en la cama. Mimi gimió del susto. Se llevó las manos a los labios, para tratar de no gritar y buscar una manera de detener a Ishida.

—No puedo creerlo, Yamato, ¡no puedo creerlo! —fue lo que pudo decir, sin tener valor suficiente para tratar de pararlo—. A pesar de que tienes a Cenicienta, a pesar de que eres el más afortunado de los cuatro, eres el más perdido de todos.

Yamato alzó la pistola sin chistar y la puso justo a unos metros de la cabeza de Toshiko.

—¿¡Dónde mierdas han llevado a Takeru y a la hermana de Hikari tú y el podrido de Kido?!

Toshiko no cambió de expresión.

—Me da tristeza que no solo seas un niño mimado, como en un principio pensé, Yamato-kun —ella reprendió con esa presencia llena de fuerza.

—¡Te voy a volar los sesos si no respondes ahora mismo! —amenazó—. Si crees que no soy capaz de disparar estás muy equivocada, ¡por Takeru soy capaz de lo que sea!, no me importa siquiera que seas la madre de la mujer que quiero, ¡si estás con Kido y has engañado a mi padre, te juro que te voy a chingar por donde más te duela!

—Sí, por supuesto que sé que eres capaz de disparar —respondió Toshiko, de rostro fiero, mientras con una de sus manos se tocaba una herida en el hombro, por donde parecía haberle rozado una bala—. Al parecer, el hijo de mi futuro maduro, Yamato-kun, es la clase de chico cobarde que, al perder la compostura, es capaz de echar tiros a diestra y siniestra, sin importarle qué o quiénes estén detrás de las paredes…

—¡¿Dónde están Takeru y la hermana de Taichi?! ¡Contesta, vieja puta!

—… Sin embargo, confío en que Yamato-kun, en el fondo, tenga el corazón como Ishida y no sea capaz de disparar o hacer daño cuando está de frente a su víctima.

—¡Deténgase señora, va a disparar! ¡Yamato está descontrolado!

—Joder, te voy a chingar —gruñó el joven, aunque pareció decírselo a sí mismo.

Yamato Ishida chasqueó los dientes, desesperado. Toshiko se movió hacia él, quien quedó estático y torcido, como si sus movimientos hubieran sido obstruidos por una especie de karma; la esposa siete sonrió con amargura, pasando de largo la pistola de calibre desconocido que cargaba el chico. Con la misma palma con la que había tocado su herida, segundos atrás, cacheteó con firmeza a su futuro hijastro.

La bofetada no sonó a reclamo, sino que pareció como si fuera un ritual para hacer lazos y retornar la sensatez a las almas. Yamato se sintió hipnotizado.

—Se te acaba el tiempo, Yamato-kun —susurró la señora Takenouchi, con esos ojos rojizos parecidos a los de Sora—. Si quieres dejar de ser tan cobarde, ¿por qué no tomas mi mano y me sigues?

El rubio no supo por qué, pero cuando sujetó la mano de esa señora, su mundo, que estaba de cabeza, comenzó a enderezarse.

—Es tarde… —sentenció la esposa siete—. El arrebol del sol se irá difuminando en oscuridad.

Well all the love from thee

with all the dying trees I scream.

the angels in my dreams

have turned to demons of greed that's mean

.

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Natsuko Takaishi era una mujer perspicaz. Sabía que algo andaba mal en casa de la familia Yagami: se lo decía su olfato, su vista, los vellos erizados de su piel. El hombre que le había abierto la puerta no era parte de la servidumbre de esa familia.

Ese mayordomo pertenecía a la familia Tachikawa, lo sabía perfectamente. A pesar de ello, Natsuko caminó con calma detrás del sirviente con la mayor paz que supo consolidar dentro de sí. Sabía perfectamente el tipo de problemas que era capaz de dar el hijo mayor de los Yagami, Taichi. Ese muchacho era igual de conflictivo que el hijo de Ishida, de aquella carne que había brotado de ella y había tenido que abandonar.

Ni los berrinches de Yamato ni los de ese chico Taichi tendrían por qué modificar sus planes, por más lágrimas que Zoe Marillac y su hermana Catherine hubieran soltado de sus pares de ojos celestes.

—Le ruego que espere aquí, iré a llamar al joven Yagami.

—No quiero ver a ese niño. Estoy buscando a su madre —pidió la señora Takaishi.

Gennai le había indicado que tomara asiento, pero Natsuko no se movió. El hombre la había llevado hasta una habitación donde ordinariamente se recibían visitas de la realeza nipona. Las puertas corredizas tenían pinturas y caligrafías de famosos. Sobre los tatamis había cojines decorados con flores bordadas típicas, como cerezos.

El silencio era un constante en esa casa, lo único que podía oír Natsuko era su taconeo y la respiración acelerada del mayordomo de los Tachikawa.

—Lo lamento, no creo que pueda…

—¿Ver a mi madre? —Taichi descorrió otra de las puertas y se internó. Estaba sudado y sus gestos connotaban euforia—. ¡¿Cómo dices eso, señor Gennai?!, ¡qué mala educación te ha dado Mimi-chan! ¡¿Cómo te atreves a decirle eso a la mamá del embrión, sabiendo que es Very Important People!?

Taichi soltó una risotada, se recargó en la pared y miró con suma atención a la madre de su mejor amigo; Gennai asomó los dientes, inconforme, pero fue incapaz de decir algo. Natsuko cruzó los brazos, en señal de molestia, como si no tuviera ánimo de lidiar con un niño rico mimado.

—No tengo tiempo para hablar contigo, estoy buscando a tu madre.

—Oye, Gennai, qué grosero eres, ¿no le has ofrecido a la señora Takaishi colgar su abrigo en un perchero?, ¡y ambos llevan puestos los zapatos!, qué occidentalizados, lo considero una impertinencia siendo este palacio tan japonés como la casa del emperador

El mayordomo se giró hacia Natsuko, pero ésta negó.

—Se perfectamente que algún berrinche estás haciendo y que has ahuyentado a Catherine y a Zoe; no tengo tiempo para esto, son cosas que debes arreglar con tu madre.

—Es lo que digo yo, señora Takaishi, pero Madre está indispuesta, lleva un rato en silencio, no ha querido ni hablar.

—He notado que no está el servicio de servidumbre —dijo Natsuko—, y has dicho a mis hijastras que matarías a un hombre.

—Sí, algo así —admitió Taichi.

—No has hecho bien en asustarlas, esto no es un juego; eres el heredero de Susumu Yagami, deberías comportarte a su altura —explicó fríamente la mujer—. El enlace con mi hijastra Zoe Marillac conviene a tu familia tanto como a la mía, joven Yagami, no entiendo cómo puedes comportarte así.

—Yo tampoco entiendo muchas cosas —Taichi fue acercándose lentamente a Natsuko, comenzó a caminar en círculos alrededor de ella, sin dejar de hablar. Gennai, en un susurro, sugirió a la señora que se fuera, pero ésta ni siquiera lo notó—. No entiendo, por ejemplo, cómo siendo tan hermosa usted puede ser tan despiadada, ¡uy!, una cosa es ponerle los cuernos al marido y otra muy distinta es largarse a otro país con el embrión pero sin Yamato…

—Es una pena, Yamato y tú son parte de una generación perdida. Haré como que no escuché esas palabras, joven Yagami. Si las has querido decir para lastimarme, no has conseguido tu cometido.

—¡Ah, perdón!, ¡no quería hacerla sentir mal, señora Takaishi!, total, que su marido también le puso los cuernos, entonces: ¡viva la putería!, después de todo, mis padres también se acuestan con sus respectivos amantes, es una práctica común; la verdad es que usted no me cae mal por acostarse con quien le dé la gana, usted me caga por lo que le ha hecho a mi amigo —exclamó Taichi, poniendo los ojos bizcos. Fue ahí cuando Natsuko se sintió desamparada.

—¡Salga de aquí, señora! —le pidió Gennai, pero Taichi le dio un pisotón.

—¿¡Qué pasa contigo, niño?!, exijo ver a tu madre para que ponga orden.

—Como diga la señora desalmada —sonrió Taichi, sujetando la muñeca de Natsuko con fuerza—. Desde que la vi por las cámaras de video pensé "ay, la pseudo-madre de Yamato, es tan, pero tan hermosa y perra, que merece ver el espectáculo con madre".

—¡Suéltame! —ordenó.

—Nada de eso, señora Takaishi, ¿no ha dicho que quiere ver a Madre?, ¡la llevaré con ella!, no está de más tener más espectadores… porque, ¿sabe?, Catherine y Zoe-chan tienen toda la razón en lo que le dijeron: hoy voy a matar a un hombre.

Taichi empujó a Natsuko Takaishi hasta la pared y le aplastó los labios con sus dedos: —¿Qué estás esperando, Gennai?, ¿quieres que no le pase nada a Mimi, cierto?, ¡trae la cinta y ayúdame a atarla!

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El policía Hiroki Hida fue secuestrado hace aproximadamente diez años. Su cuerpo decapitado fue encontrado 15 días después de su secuestro con rastros de tortura y violación.

Eso era lo que Ken Ichijouji recordaba, la base de datos no arrojaba mucho al respecto. Al parecer, Hida, quien pertenecía al departamento de Investigación, estaba detrás de una red de trata de blancas cuando fue levantado en mitad de la calle por unos sujetos vestidos de negro y que portaban máscaras.

El menor de los Ichijouji se mordió los labios, mientras el temblor de los hombros de Miyako se esparcía por su propio cuerpo. No había logrado calmarla, a Inoue-san, pero tras verla llorar tan largamente, la muchacha soltaba chillidos dóciles, los cuales habían parecido vencerla ante la adversidad.

—… Iori… salva a mi Iori, Ken-kun —soltó Miyako, apretando la espalda de Ken, aplastando sus ojos en los hombros del muchacho.

Cuando sintió la presencia de Osamu Ichijouji, Ken levantó la mirada.

—No estaba seguro de si vendrías, hermano —susurró Ken. Miyako se le despegó, mostrando una cara totalmente inflamada. De sus fosas nasales colgaban mocos transparentes, en la frente tenía pintado uno de los botones de la camisa del Ichijouji menor.

—¿Lo dices porque Izumi me dejó libre? —preguntó Osamu.

—Sí.

—Es verdad. Quizás no debí haber regresado a resolver este lío, pero cuando me mencionaste el nombre de Hiroki Hida-san, me puse a atar cabos. Finalmente soy un genio, uno más grande que tú, Ken, ¿siempre lo has sabido, verdad?

—¿Vas a ayudarme? —preguntó con seriedad Ken.

—No lo hago por ti, ni por Izumi, ni por los mocos de tu novia —se rió Osamu—. Si me dieras a elegir, te diría que lo hago por mi compañero de clases Joe Kido.

—¿Por ese Digital Cuatro?

—Sí, lo hago por un miserable Digital Cuatro —dijo el mayor de los Ichijouji—. Joe Kido me repugna, es del tipo de personas que más odio… él es de esa clase de gente que es capaz de venderse, de humillarse o de autocastigarse con tal de no hacer enojar al ogro, ¡Diugh, me da náuseas de sólo pensarlo!

—… y aun así lo haces por él —interrumpió Miyako, sin captar con plenitud todo lo que Osamu estaba diciendo—. Pero no entiendo, ¿qué tiene que ver Jou-senpai con Iori?...

—Lo hago por Jou —insistió—. Entiendo que él sea una persona así de nefasta teniendo un padre como el que tiene, porque, después de todo, estoy casi seguro de que K. Kido mató a Hiroki Hida cuando ése estuvo a punto de descubrirlo, por tanto, ese hombre seguramente también matará a ese niño por el que lloras, Inoue…

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Where I go I just don't know

I got to got to gotta take it slow.

when I find my piece of mind

I'm gonna give you some of my good time.

—¿Lo tienes? —preguntó Jou, zangoloteando los hombros de Koushiro.

—No estoy seguro —fue la respuesta de Izumi. Los signos que se mostraban en el monitor de la computadora de K-sama se traslucían en los irises oscuros del joven hacker, quien estaba robando los datos con una memoria externa.

Jou no entendía nada de lo que estaba pasando ni en la pantalla ni en la mente del pelirrojo, pero ya se sentía más tranquilo, a pesar de que los sirvientes de su casa habían empezado a golpear la puerta del despacho principal de su padre.

—En lugar de comportarse como mis sirvientes, esos hombres parecen asesinos a sueldo…

Le habían gritado a Jou, para hacerlo flaquear: «Violaremos a tu madre», corearon, por ejemplo; «desconectaremos a Shin Kido», agregaron también. Cada vez que Joe estaba a punto de ceder, Koushiro dejaba de teclear y sujetaba con fuerza al menor de los Kido.

—Es… están mintiendo —le decía Izumi.

—¿Cómo puedes asegurarlo?, ¡le harán daño a mi familia!

—No harán nada sin que lo mande su jefe; Jo-senpai, tu padre no dará esa orden, no es del tipo impulsivo, es más bien un hombre calculador —decía Koushiro, tratando de apurarse—… por otra parte, si quieren sacarnos de aquí, es que aquí está escondida alguna clave…

La puerta del despacho tenía chapa de alta seguridad, por eso, una vez que Jyou y Koushiro se encerraron por dentro, los hombres de K-sama no habían podido ni abrirla ni tumbarla.

—Mi padre… mi padre quizás tiene una caja fuerte o algo así —dijo Jou, tratando de aportar a la investigación que llevaba a cabo Koushiro.

—Sí, lo sé —respondió Izumi—. Sólo espera un poco más…

—No sé cómo vamos a escapar de aquí, Koushiro-kun… —se lamentó el muchacho, tallándose los ojos—. ¿Cómo voy a sacar a mi madre y a Shin de la casa?, ¿¡Cómo voy a vencer a mi padre y a esa banda de maleantes que me servían en la mesa?!

El estudio del patriarca de los Kido estaba desordenado. Cientos de papeles habían sido revueltos por Jou en su intento de encontrar algo que pudiera inculpar a su padre de alguno de sus crímenes. Aunque no podía expresarlo en voz alta, desde que Koushiro Izumi le había confesado lo de Taichi, en la mente de Jou no dejaban de filtrarse recuerdos de aquel día en que secuestraron a su amigo.

Era como si decenas de retazos se estuvieran uniendo en su cabeza. En aquellos días, lo recordaba muy bien Joe, su padre siempre le exigía que se juntara con el hijo mayor de los Yagami. A veces sólo lo dejaba salir a jugar si Taichi iba a estar presente.

«Papá no quiere que salga si no voy a jugar con Taichi, ¿por qué, hermano Shin?».

«¿Por qué más va a ser, Jou-chan?, nuestro padre es ambicioso, seguramente algo quiere que le saques a ese niño», habían sido las palabras de Shin, las cuales llevaban un toque de ironía que el hermano menor no había comprendido en aquel momento.

—¡Lo tengo! —dijo entonces Koushiro, interrumpiendo el recuerdo de Jou, quien se exaltó y miró con apuro que su amigo se colgaba la computadora a la espalda y cojeaba hasta donde estaba el retrato de la señora Kido.

En su ataque de histeria, Jou había tirado cuantos cuadros, estantes y adornos se habían cruzado por su camino, la única pintura que no había tocado era la de su madre. No obstante, Koushiro atravesó la antesala del estudio y alzó su mano hacia el retrato. No logró tocarlo, porque una mueca de dolor dejó en claro que la pierna le punzaba, se agachó hasta tocarse la herida.

—Maldito Yamato… —gorjeó al recordar que su amigo le había disparado.

—Es mi culpa, debí haberte curado… no sé lo que me pasó… me dejé poseer por lo peor de mí mismo, lo siento mucho, cuando llegaste te traté pésimo…

—Jo-senpai, la pintura… —siguió diciendo Izumi, sin escuchar el argumento de Kido—. Por favor, pulsa con tus dedos, la gargantilla del collar de la pintura de tu madre.

—¿Eh? —se cuestionó.

—¡Sólo hazlo!

Cuanto tocó el lienzo, Jou sintió que su pulgar se hundió en la almohadilla, como si el retrato tuviera incluido un botón. Inmediatamente después, la computadora de escritorio de K-sama emitió un pitido y la interfaz del software cambió.

Koushiro sonrió satisfecho y saltó con un pie hasta la mesa, se dejó caer en la silla que estaba a un costado. El golpeteo de la puerta forrada en hierro seguía importunando al par de amigos, aunque en los alrededores de la mansión también se empezaron a oír pisadas y vitoreo, como si los sirvientes estuvieran preparándose para un enfrentamiento entre mafias.

—Cuando llegué a tu casa, pensé que era demasiado cuadrada, pero, justo como imaginaba, en realidad tiene forma de laberinto —explicó Koushiro, moviendo sus manos a toda velocidad sobre el teclado—. Al accionar el mecanismo oculto en el retrato, he podido acceder a este mapa.

A Jou se le abrió la quijada y mugió desconcertado.

—¡No puede ser!

—Tu casa está llena de pasadizos, Jo —comentó el pelirrojo.

—Mi padre… mi padre es aún más despreciable de lo que imaginé… —el mapa que se podía apreciar en la computadora se parecía al mapa del merodeador del mundo de Harry Potter. En él se indicaban las habitaciones de cada uno de los miembros y, además, mostraba caminos (desconocidos para Jou) para llegar a éstas—. ¡Ahí están las habitaciones de Shin y mamá!, podemos llegar a ellas desde aquí sin siquiera salir del estudio, ¡aquí hay un pasadizo! ¡Está justo debajo del escritorio!... ¡Ayúdame a sacarlos de aquí, Koushiro-kun!, ya no importa el dinero, primero necesito huir, ¡te juro que te recompensaré!

—… Ahí, a un costado de la habitación de tu madre… ahí debemos ir primero —puntualizó Izumi, mientras accionaba una palanca que abría un agujero debajo del escritorio, en el cual se desplegaban unas escaleras con una luz infrarroja que lastimaba las pupilas.

—Esto se parece al inframundo —juzgó Jou, temblando, aun así fue el primero en introducirse al pasadizo.

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La luz roja era agresiva y contagiosa, por ello los ojos de Iori Hida se han irritado. Se ha revuelto tanto entre esas sábanas carmesí, que la piel ha empezado a escocerle donde las esposas rozan con su piel. Todo él está enrojecido, y por más que ha tratado de pedir ayuda, el niño no ha recibido réplica alguna.

A través de ese cristal, la mujer que está en la silla de ruedas ve la nada. No parece notarlo a él, esos ojos que tiene no parecen enfocar nada en especial: están perdidos, como si estuvieran ciegos o no quisiera ver.

Iori imaginó que, de seguir en ese lugar, terminaría teniendo la mirada y la facha de esa mujer extraviada.

—¡Auxilio! Por favor, alguien… ¡alguien ayúdeme!

Se retorció una vez más, haciendo el mayor ruido posible, entonces aquella mujer, por breves instantes, alcanzó a mirarlo, o eso le pareció a Iori. Ella abrió los labios y aunque el niño no escuchó nada, leyó el mensaje.

«Adiós», le había dicho ella, antes de volver a ensimismarse en su nada personal.

Iori sintió que se le derretía el valor, su cuerpo tenso quedó paralizado. «Adiós», le había dicho eso esa mujer a través del vidrio. Sin duda alguna ya no había esperanza para él.

«Abuelo, sé que Miyako-san no es tu nieta, pero ahora que me maten… ¿podrías quererla a ella tanto como a mí?, sé que si están juntos, ella y tú se darán consuelo… ya lloraste mucho por mi padre, abuelo... ya no quiero que llores más…»; se le vinieron encima las lágrimas y por lo roja que eran las paredes y la luz de esa habitación, a Iori le pareció que esas últimas lágrimas suyas eran sangre.

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Sólo a Mimi le faltaba saltar. Estaba reventada en llanto y Daisuke Motomiya la apuraba, diciéndole que lo lograría si se esforzaba.

De la ventana del cuarto de baño al árbol había más de un metro de distancia, Yamato no pensó en ello cuando brincó, sólo siguió a la esposa siete, cuya agilidad lo asombró. Esa mujer parecía hacer todo con elegancia, era como una serpiente, pero no se arrastraba.

Su corazón seguía desbocado, un hilo de desconfianza se dispersaba —cual gusano— en su intestino.

—¡Te prometo que todo estará bien! —aseguró Daisuke—. Haré cuanto me pidas si lo logras, ¡de verdad que sí, Tachikawa-san!, recuerda que tus amigos corren peligro, ¡date prisa!

Aún con todo lo aborrecible que le parecía ese sujeto, Yamato agradeció su presencia, él no habría podido lidiar con Mimi solo, pues ésta siempre le había parecido un estorbo. La vio saltar con torpeza, la escuchó gritar con escándalo y, por suerte, miró que agarraba una de las ramas con desesperación, mientras Daisuke la ayudaba a descender.

Habían escapado por el baño de la habitación de Takeru. Por ahora, lo que les restaba era correr a la salida del hospital donde los esperaba una ambulancia sustraída por la enfermera Rika. Toshiko se sacudió el kimono, la hemorragia de la herida de su brazo parecía más abundante, a pesar de ello Yamato no se conmovió ni sintió culpa alguna.

—Tomé tu mano no porque confiara en ti, ni porque acepte tu matrimonio con el viejo —aclaró—. Lo hice por Takeru, así que más te vale que esté a salvo, ¿entiendes?

Takenouchi dispuso sus ojos hacia donde estaban Mimi y Daisuke bajando por las ramas.

—Sí, por supuesto —dijo—. ¡Cuidado, niños, esa rama está suelta!

—¡No le permito que me ignore, señora! ¡¿Dónde está Takeru?!, ¿dónde están él y Hikari-chan!

—Hubo un tiempo… —comenzó a decir ella, con voz suave—. Hubo un tiempo en que tenía el corazón más duro que ahora, y en esa ocasión, un niño tocó mi puerta y estiró su mano, pidiéndome ayuda…

—¿De qué habla? —preguntó Mimi.

—¡No hay tiempo, sigue bajando! —aconsejó Daisuke.

—Pero no ayudé a ese niño… a pesar de que el sufrimiento de esa criatura era palpable, la dureza de mi corazón fue más firme —admitió—. Hoy, sin embargo, el destino me dio la oportunidad de enmendar ese error, hoy llegó una niña con la misma esencia de aquel niño pordiosero… esa niña, Hikari Yagami, me explicó a grandes rasgos lo que estaba pasando, así que me decidí a ayudarla a ella y a tu pobre hermano.

—¡¿Dónde están?!

Daisuke pisó el suelo y abrió los brazos para Mimi, quien se dejó abrazar por el debilitado muchacho hasta llegar a tierra firme. El chico no se quejó aunque le temblaron las muñecas, Mimi sólo gimoteó y volvió a limpiarse el sangrado de su frente.

—¡Ahí está el agresor! —gritó, desde una ventana, una enfermera, tras ella había guardias privados y al menos tres policías municipales.

—Mierda… —murmuró Yamato

—Síganme —indicó Toshiko, quien se empezó a desplazar con rapidez por el patio trasero del hospital.

—¡La mamá de Sora parece una ninja! —se quejó Mimi. Daisuke la tomó de la mano para jalarla tras de él. Ambos jadearon por el esfuerzo, estaban consumidos por los últimos acontecimientos.

Rodearon parte del terreno, mientras elementos de las autoridades públicas y privadas ejecutaban un operativo para detenerlos. La esposa siete giró en una esquina y el grupo se encontró con una cochera abandonada que antiguamente había sido una salida de emergencia.

—Ya era hora —Rika Nonaka fumaba tranquilamente un cigarrillo; al arrojarlo al suelo lo pisoteó y miró a los recién llegados.

—¿Qué está pasando?, la verdad yo no entiendo nada —dijo Mimi—. Sólo sé que el padre de Jou es malo y quiere acabar con todo el mundo.

—¡Yamato-san! —Hikari saludó a Yamato—. Perdóname por desobedecer, pero no pude quedarme sin hacer nada, no podíamos esperar más… tu madrastra nos ayudó, ahora entiendo por qué Sora-san es la heroína de Takeru-kun.

—¡¿Dónde está Takeru?! —insistió el rubio, todavía con el estómago revuelto y su cordura pendiendo de un hilo.

—Inconsciente, desmayado y febril, así está mi paciente —aseguró la enfermera.

—Es como dice mi Gatita, Ishida —interrumpió Ryo Akiyama, abriendo las puertas de la ambulancia, donde el cuerpo de Takeru estaba estirado, dormido y silente—. Ichijouji Osamu me contó lo que estaba pasando, así que decidí regresar para ofrecerles mi última colaboración.

—No vuelvas a decirme Gatita, idiota —ordenó Rika.

—En realidad esto lo hago por ti, Gatita... antes de desaparecerme para siempre, quiero llevarte conmigo, de eso me ha convencido este chico Takeru Takaishi, de que hay que ser un romántico al menos una vez en la vida.

—Consíguete un gato con tu abuela, Akiyama, ¡aquí no hay tiempo que perder!

—Muchas gracias por este sacrificio, Rika-san —agradeció Hikari-chan. Estaba algo lívida, Daisuke no dejó de observarla en todo momento, aunque de reojo pareció inspeccionar a ese rubito desvanecido que la niña de sus sueños había elegido como compañero de vida.

—Odio a K. Kido, he sido testigo de sus crueldades —admitió Rika, accionando la compuerta de la vieja cochera, que empezó a abrirse—. No he renunciado por el pretexto de cuidar a mis pacientes, pero es un hecho que estaba en una zona de confort… así que esta es la oportunidad perfecta para rebelarme, ¡rayos, Akiyama, vámonos ya!

La enfermera se trepó en la ambulancia; Ryo subió al asiento de conductor y arrancó los motores.

—Yamato-san… mi hermano está en peligro, siento como si el corazón de Taichi se estuviera quebrando —la voz de Hikari se oyó dulce a pesar de las circunstancias—. Cuidaré de Takeru-kun, no pienso quedarme más tiempo en ese mundo imaginario mío donde sólo hay nubes y no me entero de nada… así que confía en mí, yo estaré junto a Takeru, lo cuidaré con todo mi cariño, pero por favor, ¿podrías tú salvar a Taichi?

Ishida no respondió. Levantó a Hikari de las axilas y la cargó con suavidad hasta ponerla en brazos de la enfermera. La menor de los Yagami intentó reclamar, pero Yamato la silenció con la mirada; intentó sonreírle, sin embargo no pudo.

Él aún lanzaba lava, que le carcomía por dentro; ahora mismo Yamato era un volcán dormido. Le causaba trabajo estar calmado, no obstante, la presencia de la esposa siete seguía mareándolo, imponiéndole hipnosis… Y sus pensamientos convulsos seguían contradiciéndolo, tenía ganas de vomitar y orinar ahí mismo, para liberar estrés.

A pesar de estar erupcionando internamente, los ojos acuosos de Ishida —esos que habían estado concentrados en Hikari— miraron directamente a Toshiko. Y fue como si con sus pupilas le disparara nuevamente a la esposa siete, ya que la hizo lagrimar.

—Yamato-kun, pondré a salvo a estos niños —dijo ella con solidez—. Confío en que tú pondrás a salvo a Sora, si es que está en peligro.

No había siete malo, eso quiso decirle Yamato a Toshiko. Hiroaki había estado casado con putas, asesinas, frívolas, locas, ladronas y perras… sin embargo, ¿de dónde había sacado su padre a esa mujer? ¿Qué clase de persona era Toshiko Takenouchi?, sin duda alguna, esa extraña arpía era tan discordante como su propia alma.

Apenas pudo tocar una de las piernas de Takeru antes de que la puerta de la ambulancia fuera cerrada por Takenouchi.

«Es una pena que ahora mismo no estés despierto para que me des ánimo, Takeru», renegó, «pero al menos estás a salvo, aún continúas sin mácula».

—Por favor, pónganlos a salvo… —dijo al grupo de la ambulancia. Al hablar, el joven no pudo oír su propia voz.

Por su parte, Mimi Tachikawa gimoteaba mientras aplastaba una gasa llena de alcohol en su herida de la de la frente.

—¡Aquí viene Hoi! —avisó Daisuke, mirando su celular—. ¿Qué hacemos ahora, Ishida?

—Debieron haberse subido a la ambulancia para escapar.

—No, claro que no, ¡vamos a ayudarte!, esa señora pondrá a salvo a Hikari-chan y a tu hermano.

—Al lugar donde voy debo ir solo —explicó Ishida, mirando por primera vez el rostro de Mimi.

—¿Vas a buscar a Taichi? —cuestionó.

—Sí. A ella y a la mujer.

—Bueno, pues entonces, yo iré a buscar al superior Jou y a Izzy-chan —decidió la princesa de los Digital Cuatro—. Ellos tal vez no saben lo que está pasando, ¡no es justo para el Superior!, ¡no es justo para él!, seguramente esa tristeza que lleva pegada en la cara es por culpa de su padre.

—Haz lo que quieras, Mimi.

—Yo iré contigo, Tachikawa —Daisuke tomó la mano de la castaña, quien le sonrió.

—No te olvides, Yamato, que Cenicienta es buena —le dijo Mimi al rubio cuando éste comenzó a escabullirse por la cochera; atrás, los ruidos de las ambulancia se mezclaron con las sirena de las policías—. La única manera de merecerla es que tú también seas bueno, estoy segura que lo entiendes, o al menos, así lo creo yo…

Today love smiled on me.

it took away my pain, say please

all that you had to free

you gotta let it be, oh yeah.

Where I go I just don't know

I got to got to gotta take it slow.

When I find my piece of mind

I'm gonna give you some of my good time.

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El doctor Kido no se tensó cuando su ambulancia, hurtada por obra de los amigos de su hijo menor burló a la policía. Escuchó el informe del jefe de seguridad como quien oye llover en un país donde abundan las nubes grises. Al médico el cuerpo le escocía enterito, pero su rostro no reflejaba dolor, ni siquiera dejó que los urgenciólogos le pusieran las manos encima.

K-sama se dedicaba a palpar y examinar a sus pacientes con sus manos, sin embargo, a él no le gustaba que lo tocaran. El contacto humano le era desagradable, aunque —por supuesto— había excepciones a la regla. Durante muchos años —por ejemplo—, soñó con que desvestía el níveo cuerpo de Yuuko Yagami para penetrarla con fuerza, hasta retorcerla. Siempre que soñaba a esa mujer y se despertaba en la cama de otra, su desprecio por su esposa crecía a pasos agigantados.

Se quitó la bata sucia; mandó llamar a los pocos secuaces que seguían en el hospital: Nine, Fourteen y Twelve.

—Las cosas van mal, mi señor —avisó Nine, vestido como enfermero encubierto. A Kido le gustaba desplegar a sus trabajadores por todos los ámbitos posibles: los había profesionistas, bandidos, paramédicos, vagabundos, sirvientes y mafiosos. A K-sama le gustaba la diversidad y la fidelidad de estos más que nada—. Informes de su casa indican que el señorito Jou ha hallado la base secreta y tanto él como el nieto de los Izumi han invadido el sistema y se dirigen al cuarto rojo.

El hombre se ajustó las gafas, cerró los ojos por unos minutos. No era una excepción a la regla que alguien de su familia se le rebelara: lo intentaron su esposa, sus hijos mayores… Jou, a pesar de ser el más débil, no tenía que ser la excepción a la regla. K pidió su abrigo; su atolondrada e histérica secretaria se apresuró a traérselo.

Con la mirada, pidió discreción a su gente. A Nine lo dejó encargado de la restauración del orden del hospital, al resto le pidió que alistaran el auto.

—Aquí tiene, señor —dijo su secretaria. Kido se puso la gabardina soltando un bufido discreto—. Pero debería atenderse, no tiene buen aspecto.

—Señorita Seki, me temo que debo marchar a casa, mi esposa ha tenido una recaída, ¿sería tan amable de atender y facilitar las indagaciones policiales?

—Oh, por supuesto, claro que sí, ¡la enfermera Nonaka pagará caro! ¡Así lo harán ella y sus cómplices!, he dado instrucciones para que se dé aviso a los padres de los pacientes secuestrados, ¡es una desgracia, señor!, ¡las dos víctimas son hijos de personas tan importantes!, estoy segura que la policía desplegará todas sus fuerzas, no se preocupe y…

Shhhhhhhh —la silenció K-sama, sonriéndole. La señorita Seki se sonrojó, apenada.

La sonrisa de K. Kido era cálida. Así le habían enseñado a sonreír desde pequeño. «No eres nada guapo, K», solía decir su madre, «pero si te esfuerzas en perfeccionar tu sonrisa, conseguirás lo que quieras».

Con esa sonrisa, K-sama había logrado comprometerse con Yuuko, cuando ésta era apenas una estudiante de instituto y él un médico recién graduado. Sus dientes blancos y bien alineados, además de su herencia, parecían haber cautivado a la jovencita, quien sin embargo no se había presentado a la boda.

Ahí, en la entrada del Meiji-shrine, con los invitados más pomposos del Japón, K. Kido se vio forzado a sonreír del mismo modo que le sonreía a Yuuko, a pesar de haber sido humillado públicamente, al haber sido traicionado. Esa sonrisa calenturienta, confundida en realidad con el concepto de pureza, le quemaba las encías y la lengua… era verdad que no sentía dolor, pero por dentro se iba marchitando, como si estuviera expuesto a un otoño perpetuo.

Dio unas últimas instrucciones antes de subir al auto. Ahí dentro, lo primero que hizo fue ubicar dos objetos: el balón de aquella niña llamada Sora Takenouchi y la camisa del colegial de 12 años que acababa de secuestrar. Palpó la pelota, la cual le recordaba su derrota del pasado, al no haber podido asesinar al heredero Yagami.

—Arranquen —apremió, mientras llevaba la prenda de vestir hasta su nariz.

Cerró los ojos y recordó la esencia dulzona de aquel adolescente sudado, el hijo del policía Hiroki Hida. Sintió deseos de tenerlo en sus brazos y torturarle lentamente, hasta hacerlo chillar y babear. De haber podido dormir, K-sama ya no habría soñado con Yuuko Yagami, sino con el cuerpo tendido y sin ropas de ese niño a su merced.

Sí, a K-sama no le gustaba el contacto humano, pero había excepciones. Era aficionado a clubes de prostitución, tortura y trata, de los cuales era dueño o miembro honorario, pero generalmente sólo distribuía mercancía y se sentaba a observar el dolor ajeno.

Le excitaban los rostros de mujeres y niños quebrándose de improviso, de un jalón, sin previo aviso. Sentía una plenitud al ver a los humanos chorrear sus líquidos involuntariamente, avergonzados y vencidos…

Diez años atrás Hiroki Hida, un policía de bajo nivel, había descubierto sus negocios del bajo mundo. Era un detective que seguía las pistas del secuestro de Taichi Yagami a pesar de que no había denuncia oficial sobre el caso. El pretexto del por qué se abrió un expediente había sido una llamada anónima, según se enteró Kido, y la familia Yagami se aseguró de encarpetar el caso lo más rápido posible, por temor a que se hiciera público el estado de salud de su primogénito abusado.

«La familia Yagami no caerá en vergüenza, jamás permitiré que perturben a Susumu con esas habladurías», le dijo un buen día Yuuko.

Ella, que nunca fue suya, se permitía sentarse sobre las piernas de K. Kido para que éste no pudiera negarle nada.

«Después de todo, mi hijo Taichi ha aparecido y tú me prometiste arreglarlo, ¿cierto, K?... Sabes muy bien que no puedes negarme nada, ¿lo sabes, verdad?»; K-sama le sonreía a su antigua prometida y, en sus delirios, se imaginaba apresándola en sus brazos y haciéndola suya con la misma pasión que en la juventud.

La mujer, casi tan envenenada como él, se sentaba en sus piernas y le forzaba a sonreír, pero nunca se dejó tocar más allá por K. Su frialdad era sorprendente, su manera de manipular era exquisita, impecable. No tenía nada que ver con la debilidad de carácter del reemplazo de esposa que se había conseguido Kido meses después de que lo plantaran en el altar.

Al oficial Hida lo descubrió husmeando en su red profunda meses después de la aparición del Taichi Yagami, Al parecer, según escuchó Kido por parte del grupo Oikawa, estaba respaldado por el jefe Ichijouji, un político corrupto, sí, pero que despreciaba la prostitución de menores y la esclavitud infantil.

La existencia de Hiroki Hida desató una obsesión en K-sama, sobre todo cuando descubrió que el policía tuvo acceso a la información por parte de su mujer, quien fingía locura en una silla de ruedas en una habitación aislada de la mansión.

«Moeka, pensé que sólo eras una suicida, no una retrasada mental carente de amor por su hogar» fue lo que le dijo Kido al enterarse de la traición de su esposa. «No tienes una pizca de inteligencia dentro de ti, por eso seguirás confinada a esa silla de ruedas, seguiré drogándote hasta que te pierdas para siempre y, lo mejor de todo, verás en vivo y directo todos mis secretos».

A Hida logró secuestrarlo antes de que éste hiciera entrega de las pruebas a Ichijouji. A Zero le pidió que torturara al prisionero enfrente de su esposa.

«¿Qué quiere mi señor?», preguntó Yukio Oikawa, saboreándose los labios resecos con saliva.

«Mátalo, pero antes, haz que ese hombre expíe sus pecados. Los cazadores coleccionan sus presas más preciadas, no pudiste conseguirme la cabeza de aquel pequeño heredero, tienes que redimirte».

«No lo decepcionaré, mi señor».

Y Kido entonces instaló un cristal especial en la habitación de su mujer. Parecía un simple espejo, pero al accionar el sistema, se transparentaba lo que había atrás: una habitación color escarlata, donde había todo tipo de instrumentos de tortura.

Moeka Kido ni siquiera pudo gritar del horror al ver la tortura. K-sama la inmovilizó y le selló la boca. Acercó una silla para sentarse a su lado, dirigió la mano a su entrepierna erecta, para que lo sintiera.

«Disfrútalo, querida».

A partir de ese instante, K. Kido supo que Moeka perdió todo sentido de vida y sensatez, convirtiéndose en una muñeca de su colección, a la que luego agregó a su propio hijo, a quien le había inducido el coma.

K-sama siguió oliendo la ropa del hijo de aquel policía con discreción. El balón lo dejó rodar por los asientos traseros del auto. Una vez terminara este escándalo, necesitaría liberar estrés y usaría a ese niño hasta convertirlo en parte de su colección de muñecos animados.

La criatura le había causado gran expectativa: era magnífico, como la Yuuko Yagami pueril adolescente, de cabello castaño y lacio, como ella. Al mismo tiempo, el chico llevaba sangre de aquel hombre que estuvo a punto de quitarle todo. Sería su consuelo, de eso estaba seguro, pero primero había que frenar al impertinente de su hijo Jou.

Su hijo menor siempre había sido un problema. Demasiado promedio, demasiado sensible. No tenía ni la inteligencia de Shin, ni el carisma de Shuu. Era un niño que se jorobaba, que era torpe y miedoso. Quizás, lo único bueno en Joe era la facilidad con la que podía ser manipulado y sus rasgos fastuosos.

K-sama era feo y sólo tenía a favor su sonrisa. Sus hijos, a pesar de ser un fracaso, eran hermosos como su mujer, una simple advenediza de clase media alta, cuya mayor virtud era parir hijos y tener pocos afectos.

Joe, a pesar de esa fragilidad que lo rodeaba, tenía a ese grupito de amigos a los que veía con adoración. K mismo había insistido a su hijo menor que hiciera lazos con el heredero Yagami, para facilitar el secuestro, no obstante, esa estrategia le había salido por la culata.

Después de todo, el principal problema de Jou no eran sus defectos, sino que no estaba solo, ya que contaba con el apoyo de aquellos jóvenes impetuosos, cuyo poder se igualaba o superaba al de su propia estirpe.

Shin había caído en coma y Shuu no se había dado cuenta de que también había caído en su trampa, no obstante, quizás la solución con Jou fuera matarlo. Si su pequeña basura había llegado lejos tratando de vencerlo, habría que enterrarlo para siempre.

Le rezaría, al retrato de Jou. Le ofrecería incienso y lo convertiría en mártir. Ni siquiera habría que renunciar al compromiso de algún hijo suyo con la niña Yagami, aún le quedaría su hijo mediano.

—¿Sabes una cosa, Twelve?, quiero que te desvíes un poco, hace tiempo que no voy a visitar a mi hijo Shuu —ordenó K-sama, sonriendo—. Fourteen, encárgate por favor de dar las órdenes necesarias en casa.

K-sama entregó un celular a Fourteen y lo hizo bajar en la estación de trenes para que se adelantara a la mansión.

La sonrisa de K-sama volvió de nuevo a su cara, entrecerró los ojos y suspiró. Antes de despedir a Jou y frenar el paso a esos niños berrinchudos que se decían amigos de su hijo, había que respirar con profundidad y reflexionar sobre lo imprecisos que eran los conceptos de maldad y bondad en un mundo tan subjetivo, lleno de imposiciones de otras personas.

—Te aseguro, querido Jou, que conseguirás la paz que siempre has estado buscando. Alcanzarás esa felicidad que no le he dado ni a tu madre ni a tus hermanos. Sonreirás como yo antes de irte, mi bebé.

.

.

Estaba demasiado borroso. La cueva laberíntica de su padre tenía a Jou Kido mareado, con los ojos llorosos y perdidos. Caminar por la vida sin sus lentes era difícil, como si estuviera deambulando sin ninguna certeza o esperanza. La vida sin gafas era la mera realidad que debía haber captado siempre, los cristales que había usado todo el tiempo habían mentido a Jou sobre el mundo.

A pesar de todo, trató de verse valiente. Era el menor de sus hermanos, sí; pero el mayor de los D4, tenía que cuidar de Koushiro, por eso lo tenía sujeto de la punta de la camisa. Ese simple toque le daba seguridad y, en el fondo, Jou sabía que más que protegerlo, era Koushiro quien le infundía valentía.

No era como el coraje salvaje y sinsentido que tenía Taichi, ni los ataques de ira escasos, pero temibles, de Yamato. Koushiro Izumi era discreto a la hora de ser bravo, daba la sensación de que ni siquiera percibía adecuadamente el peligro. Este chico, siempre ensimismado en la computadora, no tenía reparo en caminar al frente, señalando por dónde debían ir y por dónde no.

—No tardarán en descubrir que nos hemos infiltrado en los pasadizos —explicó a Jou—, ojalá pudiera correr, pero con mi pierna en este estado apenas puedo caminar.

—Descuida, no falta mucho ¿verdad?, ¿de verdad no podemos ir antes por mi madre y mi hermano?

—Sí, pero ahí seguramente estarán los guardas de tu padre… necesitamos tener armas para defendernos.

—¿De qué estás hablando? ¿De que hay un arsenal en una habitación oculta?

Koushiro no respondió, apresuró su cojeo. Parecía un malabarista inexperto, porque la computadora le botaba entre manos y brazos mientras apresuraba sus movimientos.

Jou de verdad que veía todo muy borroso y, para el colmo, los ojos se le llenaban de lágrimas cada cierto tiempo, por lo que se los tallaba con fuerza, con el dorso de su mano. No estaba seguro de qué clase de laberinto era ese. Estaba impecable, tan impoluto como las áreas de quirófano del hospital de la familia. No obstante, las bombillas emitían luces rojas, dando la sensación de que se caminaba dentro de una ambulancia que latía sus luces una y otra y mil veces más. Ese lugar era terrorífico, eso se decía Jou, mientras —por intervalos— se alzaba frente a ellos alguna puerta metálica.

—Aquí —dijo Izumi, señalando una puerta al costado izquierdo de Jou.

—¿Qué hay aquí?

—No estoy seguro, pero debemos ir allí —insistió el pelirrojo.

—Deberías decirme al menos lo que habrá, para mentalizarme —susurró Jou, suspirando. Agradecía haber recuperado parte de su cordura, pero todo lo que estaba pasando dolía más que si estuviera zombi—. ¿Cómo entraremos?, está cerrado…

Joe trató de girar la chapa y de empujar la puerta, pero fue en vano. A un costado, había un pequeño monitor y un teclado. Al parecer había que acceder por medio de una contraseña

—No pasa nada, puedo usar el programa para encontrar el password —respondió Koushiro, con tranquilidad. Sus manos agilizaron sus movimientos, pero el otro digital cuatro no pudo apreciarlo bien, porque sin lentes y con esa luz de alarma no distinguía los delgados dedos con los que Koushiro digitaba.

El menor de los Kido trató de prepararse para el peor escenario posible. No dudaba que Izumi pudiera abrir esa puerta, así que no le dio vueltas al asunto y se concentró en normalizar su respiración. No podía dejarle todo a Koushiro, tenía que idear un plan para sacar a su madre y hermano de su hogar. Eso era lo realmente importante.

El reconocimiento universal de la maldad de su padre por parte de sus amigos le había relajado, después de todo, no estaba traicionando a nadie, no estaba cometiendo ningún delito, sus amigos respaldaban sus acciones, no estaba solo. Esa sensación de compañía le provocaba un vértigo de entusiasmo, esa ligera chispa había conectado sus circuitos mentales, dándole cordura… ese pequeño rayo de esperanza le hacía agarrar fuerzas para escapar; lo único que lamentaba Jou era que ese impulso de optimismo estuviera manchado por la pérdida de la inocencia de Taichi, la cual había sido arrebatada por su propia familia, por la sangre que a él le había dado vida.

—Lo tengo —avisó Koushiro. Una serie numérica apareció en la pantalla.

Izumi sonrió al tiempo en que digitaba la clave en el monitor que parpadeaba al lado de la puerta; Jou le miró sonreír y sintió algo de miedo. Era verdad que Koushiro estaba ayudándole, pero también era cierto que se le notaba contento, como si ese tipo de situaciones le excitaran.

—No estoy feliz, Jo-senpai, créeme, no es que sea tan morboso —reprochó Koushiro, como si hubiera adivinado los pensamientos de Jou—. Es sólo que este tipo de incógnitas me atrae, me entusiasma ser capaz de resolver los acertijos.

Jou no contestó, lo distrajo el movimiento abrupto con el que cedió la puerta, que se partió en dos y quedó abierta como si se tratara de esas puertas automatizadas de los centros comerciales. La diferencia era que esta estaba hecha de un metal grueso, ligeramente oxidado en las orillas.

Aunque estaba borroso, Jou distinguió que frente a él se extendía un pasillo largo, de al menos diez metros. Estaba alfombrado, o así lo sintieron las plantas de sus pies. Era un lugar caluroso, todavía más rojo que el anterior.

Las paredes tenían tapices de fondos grises y figuras negras, Jou no pudo distinguirlas. No obstante, lo que más le llamó la atención de ese lugar oculto era el olor a perfume de mujer.

El tufo era tan fuerte que Koushiro tosió, el estómago de Joe Kido se contrajo, ¿no era esa la fragancia favorita de su madre?; no dijo nada a su amigo e, incluso, quiso tomar la delantera, pero Izumi le frenó diciéndole que él iba a ir primero porque tenía el mapa.

—Puedo ayudarte a sostener la computadora, ¿sabes?, te vas a agotar —dijo.

Pero Koushiro apremió el paso. Al final del pasillo, que se asemejaba a una casa de citas, había una cortina, la cual el pelirrojo descorrió de un solo movimiento.

Lo que vieron los dejó pasmados.

(…) Oh make my days a breeze

And take away my self destruction.

.

.

—Mientras padre llega voy a leerte algo madre, ¡a usted también, señora Takaishi! —dijo Taichi—. Por ahora las preparaciones están casi listas, por eso puedo darme el lujo de contarles esto… Madre, señora Takaishi, ¿alguna sabe lo que es un eunuco?

Yuuko Yagami se encontraba amarrada en una silla de estilo occidental. Una silla igual se encontraba vacía al costado de la mujer. Natsuko tenía los tobillos y las muñecas encintados y, así como la madre de Taichi, le habían tapado la boca.

—… es verdad, para que me contestaran tendría que quitarles la cinta de la boca, pero bueno, prefiero continuar mi discurso sin su intervención —comentó Taichi—. Ya sé que piensan que he perdido la cabeza, pero pienso que hay que esforzarse un poco más al hacer ese juicio de valor… no sé, me da la impresión de que hay una tendencia general a simplificar la locura; a decir, por ejemplo: "ah, Taichi hace esto porque perdió la razón", o "ay, está loco, pobrecito" —tomó aire y encendió la pantalla del celular—. Es una pena, pero las personas que se creen cuerdas y son de naturaleza malvada, como ustedes, tienden a simplificar a personas como yo, ¡pero bueno!, retomaré mi pregunta: ¿saben lo que es un eunuco?, yo sé que ambas son damas educadas, inclusive sé de buena fuente que eran compañeras en el instituto, seguramente no eran amigas como Yamato y yo, lo sé, pero es un hecho que eran compañeras en la preparatoria donde ahora yo asisto, y, seguramente, ambas eran tan buenas estudiantes como el traidor de Jo… o sea, lo que pienso es que saben lo que es un eunuco, pero de todos modos les voy a decir lo que dice el navegador del celular: "un eunuco es un varón humano castrado", aunque ya lo hayan sospechado, no tiene nada de malo recordarles ese significado… aquí dice que es la privación de los genitales externos masculinos, se los leo: "La manera parcial es la castración propiamente dicha, es decir, la extirpación, por corte, o la inutilización, por golpes, de los testículos. Otra manera parcial es la extirpación por corte del pene. La manera total es cuando se mutila radicalmente, cortando pene y testículos".

Taichi se detuvo para deleitarse con las caras de Natsuko Takaishi y su madre. Esta última, la que lo parió, parecía asustada de verdad, lo cual emocionó al muchacho.

Frente al joven Yagami estaba dispuesto un escenario donde ordinariamente la familia veía funciones de bunraku, ahí mismo, en el tablado, Taichi había colocado un banco y, al costado, había puesto una mesa donde había un serrucho, un bate de béisbol, navajas y una pistola.

—Dicen que a los hombres se les castraba para que siempre siguieran cantando con esas voces agudas y hermosas que tanto gustaban en Occidente, aunque actualmente es una práctica en desuso entre los humanos, no así en animales domésticos… ¿no les parece una injusticia? —Taichi dio un salto, se asomó a la habitación contigua—. Madre, al parecer Gennai y Matsumoto por fin han alistado a la estrella del espectáculo, ¡dense prisa en traerlo, imbéciles!

Las mujeres, que no dejaban de intentar desatarse, miraron con horror que los sirvientes entraron a la estancia arrastrando a un hombre totalmente desnudo y de piel cetrina, éste tenía los ojos muy despiertos y los labios estirados en una mueca. En la cara de ese prisionero —que las muñecas atadas— había una expresión igual de desviada que la del mismo Taichi, quien se convulsionó al verle.

—¡Lárguense, Gennai y Matsumoto!, yo me haré cargo de ahora en adelante —dijo Taichi en cuanto amarraron a Oikawa al banco—. Necesitamos esperar la llegada de mi padre, esta vez tiene que venir, por eso ustedes deben estar al pendiente, vigilando y arropando su llegada, ¿queda claro?

Al no recibir respuesta, Taichi agarró una de las navajas dispuestas en la mesa y la arrojó con fuerza hasta una de las puertas corredizas, donde se atascó.

—¿Por qué me hacen enojar así?, ya les expliqué que tienen que obedecerme… no les queda de otra, haré de nuevo la pregunta: ¿queda claro que deben esperar a que llegue mi padre para traerlo hasta aquí?

—Está claro, señor —contestó Matsumoto, dubitativo.

—¡Entonces hagan caso de una maldita vez y lárguense! —exigió. Ambos personajes obedecieron.

Taichi cruzó miradas con su madre y con la señora Takaishi. Ya no se veía contento, sino tembloroso, enigmático. Cuando el joven miró al prisionero, de nombre Yukio Oikawa, éste le sonrió, le susurró con enajenación:

—¿Así que aún no aprendes a expiar tus pecados, mi divino?

Taichi se estremeció y se cubrió los oídos.

—¡Cállate la puta boca! ¡Te voy a matar hijo de la chingada! —agarró el bate y, con los brazos temblándole, golpeó lo más fuerte que pudo la entrepierna de Oikawa, quien gimió al sentir el dolor.

El heredero Yagami cayó hincado y soltó el bate. Con terror observó que su secuestrador, Zero, parecía gozar con ese dolor que él le estaba infringiendo. Al parpadear y mirar hacia el genital, Taichi vio con pánico que estaba erecto, lo que le hizo tener una arcada y soltar un vómito color chocolate.

—Maldito degenerado, no hice que te cubrieran los labios porque quiero oírte gritar… eres un maldito enfermo mental, haré que nunca vuelvas a decirme esas palabras, haré que jamás puedas volver a poner esa cara demente, te voy a rebanar y, entonces, no gozarás con el dolor, sino que sufrirás… sufrirás hasta desangrarte… —le dijo, luego, con el rostro pálido, miró hacia su madre y la señora Takaishi—: a este hijo de puta, que me secuestró a mí y a Yamato, que me violó a mí y a Sora, que me jodió la vida a mí y seguramente a otros, lo voy a convertir en eunuco, queridas.

Agarró el serrucho, jugueteó con el sonido de la hoja mientras Oikawa reía y se orinaba al mismo tiempo.

—Te voy a cortar la verga, Zero, y haré que mis padres lo miren todo, para que sepan que me han fallado a mí, al abandonarme, y se han fallado a sí mismos, al desbordar mi locura; ¡será un show espectacular!, yo digo que, aunque no haya llegado padre, hay que empezar con el primer acto…

El sonido de la hoja metálica del serrucho parecía la banda sonora de una película de terror. Natsuko Takaishi no pudo evitar derramar lágrimas, a pesar de que no sabía bien lo que estaba pasando. La expresión de Yuuko era de pánico, aun así, sus ojos no soltaban ni una gota, no parecerían tener la capacidad de lagrimar.

It's bitter baby,

And it's very sweet.

I'm on a rollercoaster,

but I'm on my feet.

Take me to the river,

Let me on your shore.

I'll be coming back baby,

I'll be coming back for more.

.

.

Continuará

.

.

¡Gracias por leer!, espero que me dejen algún comentario o alguna señal de que siguen vivos, como yo (?)

Empieza la cuenta regresiva de este fic, ¡yeah!, el antepenúltimo capítulo se titulará: "Dying for an angel" o "La premisa del despiadado ángel" (dependiendo de mi humor). Haré todo lo posible por acabar este fic este 2017, ¡lo prometo!

Nota: Este capítulo me apoyé de la canción "Soul to squezze", de Los Red Hot Chilli Peppers, no obstante, cabe señalar que dicha canción no me pertenece, lo mismo pasa con los personajes de Digimon. En realidad, escribo este fic sin intenciones lucrativas: sólo quiero entretenerme y entretenerlos.

¡Saludos!

Atte. ChieroCurissu