Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Puede que sean rivales en la cancha, e incluso enemigos, pero la llegada de un nuevo integrante a la gran familia del basket, hará que olviden sus rencillas y se unan para apoyar a los nuevos padres, al tiempo que van contando la historia de amor de Kagami y Kuroko, y como su noviazgo dió paso a su boda y su ahora, reciente paternidad.
KagaKuro, MidoTaka... y alguna pareja mas.
Dedicado a MoniK. Mi pequeña princesa Fujoshi.
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Uno mas en el equipo.
Capítulo 29: Una familia pequeñita.
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Silencio.
Había carteles por todas partes, pidiéndolo, suplicándolo en nombre de los pacientes, de los médicos, de los familiares.
Silencio por los pasillos, en las salas de espera, en los cuartos de revisión, en la sala de maternidad.
Estaba mas que claro, una estúpida palabra de ocho letras. Todos la veían y estaba seguro de que todo el mundo podía entender su significado, a si que su pregunta lógica era:
¿Por que nadie mantenía silencio?.
Midorima suplicaba, al igual que uno de los muchos carteles pegados por todo el maldito hospital, unos minutos de silencio... a esas alturas se conformaba con unos pocos segundos, unas decenas..
Pero no, la gente no parecía muy colaboradora en esa cuestión, y el ruido, la música, incluso los pitidos y sonidos de tecleos, en toda clase de aparatos, inundaban todo el recinto.
Takao suspiró a su lado, tomando su mano con sumo cuidado.
Podía sentir el enfado de su esposo desde su silla, era como un ente vivo junto a ellos.
Miró la aguja clavada en el dorso de su mano y siguió el tubito que le unía con el suero colgado en el soporte. Suspiró de nuevo, sintiéndose culpable.
No es que esperase que Midorima se volcara como hizo con Kuroko, a su manera, pero su silencio, junto a su tensa postura y su enfado evidente, hacía que la mamá se sintiera de lo mas culpable.
No era culpa suya que el bebé decidiera salir ese día, en ese momento. Para ser honestos, él tampoco estaba muy contento con la idea de estar ahí, del trauma que tenía que pasar. Lo sabía, le iba a doler, y mucho... y tendría que pasarlo él, en su cuerpo. Una caricia, una mirada de apoyo, un pequeño roce que saliera de su marido... ¿Era mucho pedir?
Tal y como le había dicho Kagami, habían ido a urgencias mas veces, mas falsas alarmas, pero en todas ellas era cierto que sentía un dolor inimaginable recorrerle el cuerpo entero.
Después del susto, Midorima no le reclamaba, siempre se las arreglaba para hacerle dormir, y al despertar, era como si nada hubiera pasado. Pero esta vez todo era distinto.
No le dolía nada, ni tenía los pies hinchados, ni hambre, ni ganas de ir al baño... ni siquiera un pequeño dolorcillo de cabeza. Nada.
Se sentía bien, en forma, lleno de energía... el bebé estaba tranquilo, no se movía bruscamente como había estado haciendo las últimas dos semanas, lo que le daba a Kazunari un aura de paz bienvenida.
Hizo un puchero involuntario.
¿Es que no pensaba preguntarle si estaba bien?, ¿Ni una sola vez?...
Estaba asustado. Iba a tener un bebé, el primero. No sabía que esperar, que iban a hacerle, que tenía que decir, ni a quien. Había leído mil historias de partos que salían mal, de conocidos que le habían contado lo mucho que duele, lo desesperante que es...
Quería irse de ahí.
Midorima seguía con el ceño fruncido, mirando hacia el pasillo, con la cara contraída en una mueca de odio profundo, intentando con su mente que todos cerraran la maldita boca, para ver si así el terror que tenía en ese momento, se alejaba, sin ser consciente de que su pequeño esposo había traspasado el límite de lo razonable segundos antes.
Takao se levantó, y se arrancó la vía del dorso de la mano de un tirón. No dijo nada, ni le miró siquiera. Tomó sus cosas y se metió en el baño, sin mas. Midorima no le vio quitarse el suero, y pensó que querría utilizar el inodoro, a si que no le siguió.
Cuando salió al pasillo, vestido con su ropa, el peliverde casi sufre un infarto ahí mismo.
Kazunari entró en la consulta de la doctora y le dijo algo, que la mujer asintió un poco confusa. Después le vio caminar hasta la sala de espera y pararse frente a Kise.
– ¿Me llevas a casa, por favor?. – El modelo se levantó de la incómoda silla, asintiendo, triste. – Ya se lo he dicho a la doctora, quiero tenerlo en casa. – Posó la mano abierta en el centro de la tripa y tomó aire profundamente, sofocando así la presión que sentía en sus pulmones.
– No vamos a ir a ningún sitio, cariño. – Su madre, comprendiendo todo, le dedicó una mirada asesina a Shintarô que le hizo darse una bofetada mental. Estaba tan pendiente del ruido que no estaba teniendo en cuenta a Takao.
– Pero la doctora ha dicho que puedo tenerlo en casa... – Replicó, con un puchero.
– Lo sé, claro que puedes, pero... – Le abrazó contra ella, llevándole de nuevo a la silla que había ocupado en el pasillo, lejos de miradas curiosas. – Todo va a salir bien, cielo. Es normal que tengas miedo, ¿De acuerdo? Estoy aquí, tu padre también... bueno está fuera, fumando, pero todos estamos aquí por tí, te esperamos... esperamos a tu pequeño.
– Eso no me ayuda. – Se acurrucó contra ella como cuando era pequeño. – Shin... está enfadado... hemos venido tantas veces por falsas alarmas...
– No está enfadado... tiene miedo, como tu... – Le acarició el pelo, despacio, y dibujó una sonrisa...
– Mamá... ¿Tu también crees que todo esto es una locura?. – La miró un segundo, para volver al refugio de sus brazos. – Mi relación con Shin... la boda, el bebé...
– Por supuesto que es una locura, en que cabeza cabe, hijo... Sois un par de mocosos... no tenéis ni idea de lo que es la vida... y si no fuera ilegal, le arrancaba las bolitas a ese cuatro ojos... pero … – Hizo una pausa pensando... – Cada día recuerdo cuando me dijiste que te habías enamorado de él... tus ojos, llenos de esperanza, tu voz alegre... tu actitud, diciéndome que te daba lo mismo si no me gustaba, por que ibas a casarte con él... y solo tenías ¿Cuantos? ¿Ocho o nueve años?... y mírate ahora, ya eres un hombre, aunque para mi seas ese mocoso desdentado que me desafiaba... Solo tu sabes si merece la pena, Kazunari... y cuando tu bebé venga al mundo, solamente tu podrás decir si todo es una locura...
Midorima, que había estado esperando al final del pasillo para no interrumpir, caminó hasta ellos cuando Takao levantó la mano para indicarle que se acercara.
– Quiero tenerlo en casa. – El papá asintió. – Pero ya que estamos aquí, esperaré a los resultados...
Midorima suspiró, aliviado. Reemplazó a la madre de su chico a su lado, y le ayudó a levantarse.
– La doctora me ha dicho que camine un rato... para que baje. – Se sonrojó un poco avergonzado. – Y que si dentro de un rato sigo pensando igual, preparará todo para que pueda tenerlo en nuestra casa.
– Todo va a salir bien, ya lo verás. – Aunque su voz tembló, Takao comprendió que su madre tenía razón y que el futuro papá también estaba aterrado. – Venga, vamos a dar un paseo... al final de este pasillo está el nido, ¿Vamos a ver a los compañeros de cuarto de nuestro hijo?.
Pasó la mano por su cintura, y le guió dando pequeños pasos. No tenían prisa alguna.
Las futuras abuelas se sentaron juntas, en el sitio que el nuevo matrimonio había ocupado hasta ese momento, mirando como se alejaban caminando, abrazados. Las dos sonreían.
– ¿Te acuerdas que bromeabamos con que nos harían abuelas?. – Fue la madre de Kazunari quien habló en voz baja a la otra mujer.
– Solo tenían siete años, era para tomarlo a broma. – Se miraron unos segundos, para volver la vista de nuevo a los chicos. – Tu Kazu chan no tenía dientes, estaba tan gracioso gritándote que iba a casarse con mi Shin chan, aunque no le dejaras... sin los dos dientes de delante...
– ¿Y te acuerdas cuando mandaste a tu Shin chan al campamento de verano?. Kazunari no me habló en todo el verano...
– Y llamaron a su padre al trabajo por que se había dedicado a romper todo en el cuarto para que le echaran. – Suspiró feliz.
– En aquel entonces era imposible separarlos...
– Y juntos no paraban de pelearse por todo...
– ¿De que habláis que no paráis de mirarnos?. – Takao, mas animado después de ver a los recién nacidos, se sentó en la fila de sillas, sobándose el costado con cariño.
– De lo mono que estabas sin dientes... ¡Ah! ¿Te acuerdas de la primera vez que hicieron cositas?... Shin chan pasó varios días esquivándonos a su padre y a mi... como si así no nos diéramos cuenta de nada...
– ¡Mamá!. – Protestó el peli verde, sonrojado.
– Kazu chan estuvo unos días andando raro también... salía corriendo a clase, esperando a última hora para no tener que estar conmigo a solas...
– ¡Mamá!. – Ahora era el castaño quien protestaba.
– Si, es lo malo de ser padres. – Las dos mujeres les miraron, alternativamente. – Vuestros hijos os volverán locos, os engañaran, mentirán, protestarán, pasaran la mayor parte del tiempo viendo como desobedeceros, hacer lo que ellos quieren y no lo que tu les mandas... os preocupareis por tonterías hasta hacer un mundo, que os dejará sin sueño, ni hambre...
– Pero, ser padres es todo eso... y ver a tu hijo así. – Posó su mano dulcemente en la curva de la mamá. – Ver que es feliz, que algo de lo que le has dicho ha servido, que en algún momento te escuchó, notó que te preocupabas por él...
– Os queremos, aunque sigamos pensando que sois demasiados jóvenes para esto... pero para eso estamos las abuelas... para desobedecer lo que vosotros mandéis.
– Vamos a consentir a este pequeño, le daremos de comer lo que vosotros prohibáis... dejaremos que se manche la ropa en el parque, que tire la comida, y que coma con las manos
– Que grite hasta volveros locos, que salte en el sofá, y se suba a la mesa cuando tengáis invitados. – Las dos mujeres iban relatando cosas que ellos dos habían hecho de pequeños, tanto juntos como por separado...
– Pero al final del día, cuando agotado y medio dormido, os diga que os quiere y pida un beso – La madre de Midorima besó a su hijo y luego a Takao.
– Tomaréis aire profundamente, y no podréis hacer nada mas que acariciar su flequillo, apartarlo de su carita redonda, y darle no uno, si no mil besos.
– Estamos orgullosas de vosotros, de los dos... lo haréis bien.
– ¡Ah, estas aquí!. – La doctora salió con la carpeta de su ficha de ingreso en la mano. – Pasa, por favor, haré una nueva exploración y depende de lo que vea, te diré si puedes dar a luz en casa o es mejor que te quedes aquí. – Abrió la puerta y la sujetó con la mano para que pasara. Midorima entró sin que le hubieran invitado y las dos abuelitas se despidieron de ellos para volver de nuevo con sus esposos, a la sala de espera.
Takao se quitó su ropa, y subió a la camilla de la consulta, en un gracioso saltito. Midorima a su lado, acariciando su cara, su cabello y cuello, con suma delicadeza, agachado para compensar la distancia, repartiendo pequeños besos mientras la doctora hacía su trabajo.
Ambos se perdieron en su propio mundo, entre miradas, diminutas sonrisas, besitos de apenas un segundo. Sus manos perdidas en el rostro ajeno, la preocupación presente, pero menos importante.
Los dos se dan cuenta de que juntos pueden con cualquier cosa, desde siempre.
El ejemplo mas claro, el basket.
Takao no quería jugar, ni siquiera era lo bastante alto, ni hábil en deportes como para interesarse en el baloncesto, pero lo hizo, para estar con él.
Se hizo mas fuerte, mas rápido, amoldó su juego para ayudarle, en lo que Midorima fallaba. Se convirtió en su compañero imprescindible por méritos propios. Y Midorima lo sabía. Podía jugar en equipo con cualquiera, sin ningún problema, pero haciendo tandem con Takao todo era mucho mas sencillo, y divertido.
Su esposo le hizo amar el juego, por jugarlo juntos. Reconocía su esfuerzo, su dedicación y su habilidad para desarrollarlo como un profesional.
El sonido que hace el guante de látex al ser retirado de la mano de la doctora copa su atención al instante.
– Ya está muy avanzado. – Palmeó en el muslo interno para que la mamá se sentara en una posición un pelín menos vergonzosa. – No te asustes, ¿Vale?, pero ya has dilatado mas de la mitad. El bebé está colocado en su sitio, lo habrás notado seguramente, por que hace rato que no se mueve tanto como antes. – Takao asintió dándole la razón. – Podemos hacer dos cosas. Puedes caminar un rato mas, y darle tiempo al bebé para que todo se desarrolle naturalmente, o puedo ponerte el suero con un medicamento para acelerarlo, y lo tendrías en unos minutos. Subirías directamente de aquí al paritorio. – Miró al papá que a su vez tenía sus verdes ojos clavados en su esposo. – En cualquiera de las dos opciones, no puedo dejarte ir a casa. Podría desencadenarse durante el viaje, y no es muy agradable tener a tu bebé en una ambulancia, ¿No crees?.
– ¿Qué quieres hacer?. – La voz de Midorima le hizo mirarle, serio.
– Me gustaría... caminar un poco mas. – Sonrió a la sonrisa de la doctora, que le pasó una de las batas y le ayudó a ponérsela, del revés, cruzándola por delante y anudando los lazos en la espalda, para dejarle el trasero cubierto del todo.
En la sala de espera todo estaba en una tensa calma, esperando cualquier información por pequeña que fuera. Las abuelas se sintieron del todo observadas, y fue la madre de Takao quien se acercó al entrenador con una sonrisa.
– Tardará un poco, pero ya está en marcha. – Le estrechó la mano, amigablemente. – No les doy mas de un par de horas como mucho. Tiene la tripa abajo, el crio está para salir.
El entrenador se giró, solo para ver como el resto del equipo negaba, para dejarle claro que ninguno pensaba irse de ahí, y menos ahora que ya sabían que no les quedaba una sesión maratoniana de romperse el trasero en las incómodas sillas de la sala de espera.
Kuroko le mandó un mensaje a su chico para contárselo y se sentó junto a Murasakibara, que devoraba ajeno a todo una gran bolsa de gusanitos blancos cubiertos de chocolate.
– ¿Quieres?. – Ladeó la bolsa y esperó que Kuroko tomara un par de ellos para volver a meter la mano y seguir comiendo. – El bebé de Kazu chin va a salir ya, ¿No?... Tengo que volver, si Aka chin se despierta y quiere algo estaré en un lio...
– Murasakibara kun... ¿Akashi kun está bien?, ¿Por qué no ha venido contigo?. – Kuroko usó el tono mas suave y amoroso del mundo que encontró.
Atsushi siguió comiendo un rato, mirándole de reojo de vez en cuando, queriendo contestarle pero dejándolo para el siguiente bocado.
– Es que, ayer la doctora nos dijo que mi bebé no se ha metido dentro de Akachin, y se puso triste. – Suspiró, travieso. – A si que, para que Akachin sonría, mmm. – Desvió la mirada a los lados, para acercarse mucho a Kuroko y susurrarle el resto de la frase. – Ayer pasé todo el día, y toda la noche, ya sabes... poniendo mis... mi... dentro de Akachin... muy dentro... le llené tanto y lo hicimos tantas veces que ya no podía mas... pero yo no quiero que se ponga triste, a si que, lo hice mas veces, hasta que se ha quedado dormido... pero no ha comido nada y a lo mejor, no puede levantarse de la cama. – Kuroko levantó las dos cejas, sorprendido por la confesión. – Pero está bien, lo prometo. – Hizo una cruz con los dedos sobre el corazón. – No le hice daño, ni nada... yo quiero mucho a Akachin, te lo juro.
– Está bien, tranquilo. – Kuroko le atrajo hasta él, para darle un besito en la sien. Le apartó el pelo y lo dejó tras la oreja, con cariño. – Lo conseguirás, ya verás, pero no hace falta que lo hagas hasta que Akashi se desmaye, ¿Entiendes? – Asintió, comprendiendo.
– Si lo entiendo. – Sacó el móvil y llamó a su novio. Una enorme sonrisa llenó su rostro cuando le contestaron del otro lado.
Hizo un gesto con la mano para indicarle que salía fuera, para hablar tranquilamente con Akashi.
Media hora después, los efectos del paseo se hicieron notar.
Takao caminaba pesadamente, apretando la mandíbula para aguantar la contracción que, ahora si, se hacía notar con fuerza.
Lo que había estado sintiendo durante las falsas alarmas ni se acercaba al dolor que sentía en ese momento.
Midorima a su lado, impotente se limitaba a sostenerle por la cintura, con todo el cuidado que los nervios le dejaban.
– Vamos a volver con la doctora y que me ponga lo que sea. – Apretando su antebrazo con ganas el papá se dio por enterado.
Con la mano en la mitad de su espalda le fue guiando de nuevo hasta las sillas en las que habían estado al principio. No quería dejarle ahí, pero tenía que ir por la doctora y por la mueca en el rostro de su esposo, tenía que hacerlo ya.
La enfermera que acudió al llamado ya tenía instrucciones precisas, a si que, llegó con una silla de ruedas que usó para transportar cómodamente a la mamá hasta el paritorio, donde le acomodaron rápidamente.
El suero volvió a ser pinchado en el dorso de su mano, junto a un fármaco que le alivió, ligeramente el dolor.
Su respiración rápida, jadeante, se unió a la de Midorima, que a su lado, respiraba del mismo modo, conteniendo en sus pulmones el aire sin darse cuenta. Su mirada iba de la curva perfecta del vientre de Takao descubierto, a sus piernas, abiertas con los pies posados en su lugar.
La doctora ocupó su lugar, y tras ponerse los guantes y ordenar el instrumental a su lado, se dispuso a mirar una última vez, para proceder en consecuencia.
– ¿Cada cuanto son las contracciones, cielo?. – Su voz susurrante, se escuchó perfectamente .
– Cada dos minutos. – Midorima contestó en su lugar, con la vista en su cuerpo, que ahora había adquirido un pequeño temblor que se extendía por todos sus miembros.
Takao dio un respingo cuando sintió los dedos de la mujer en su interior, explorando, reconociendo el terreno, con sumo cuidado. La vio sonreír.
– Estás listo... ¿Algo que decir antes de que empiecen los gritos?. – Le acarició el tobillo y el puente del pie, divertida, tratando de relajar el ambiente tenso de la sala.
– Sácalo ya... dame lo que sea, pero que deje de doler, por favor. – Midorima le miró sorprendido por esa afirmación. No sabía que le dolía tanto como para decir eso, como no se quejaba, pensó que era soportable.
– Está bien, ya sabes lo que viene ahora, lo hablamos en las clases de preparación al parto. – Kazunari apretó los dientes con fuerza, aguantando el dolor en silencio. – Cariño, si quieres gritar hazlo, nadie va a enfadarse.
– Puedes insultarme si quieres, o decir lo que sea. – Midorima le sostenía por los hombros, por que las manos de la mamá estaban en el borde de la camilla, para no dañar las manos de su esposo.
El dolor pasó, dejándole relajado, casi somnoliento. Takao se sentía como si estuviera formado por gelatina entre cada dolor.
Sintió un nuevo síntoma, una fuerte presión en las caderas, un deseo de empujar irreal, y lo hizo, se tensó hasta el límite con el cuerpo entero. Se quedó sin aire, aún así, siguió empujando, aferrado a los agarres metálicos a los lados de la camilla.
El sudor que caía por sien y frente le llegó hasta una de las cejas, obligándole a cerrar los ojos. Los últimos segundos del esfuerzo le arrancaron un pequeño gemido, que surgió desde lo mas profundo de su ser, dejándole sin fuerzas al final, cayendo a plomo contra el fino colchón bajo su cuerpo.
Midorima comprendió por qué Kagami le había dicho que era como vivir una vida que no es la tuya. Ser espectador de su propia paternidad, sin poder hacer nada, viendo sufrir así a la persona que mas amaba.
– Está bien, papá. – La doctora, perdida entre sus piernas, le habló. – Ayuda a tu esposo... límpiale el sudor, refréscale un poco y un par de mimitos y palabras de aliento le vendrían bien... nos vendrían bien a todos. Lo está haciendo muy bien, esto acabará enseguida.
Una de las enfermeras le pasó una bandeja con gasas húmedas, que Midorima utilizó para limpiarle el rostro y el cuello de sudor. Se inclinó para besarle, despacio, temiendo que el dolor no solo fuera en los bajos, y que un beso fuera también doloroso.
Takao aferró su mano, con cuidado, entrelazando los dedos, acariciandose con tranquilidad. El miedo ya no estaba ahí, no existía, solo quería terminar de una vez, nada mas.
Soltó la mano de su esposo de un tirón y volvió a aferrarse al soporte metálico, pero Midorima le soltó de el, agarrando su mano con fuerza, dándole su tacto también como apoyo.
Ahora si, gritó, desde el principio, sin querer contenerse. Expulsó todo el aire hasta enrojecer su rosto por completo. Shintarô le ayudó, subiendo su espalda y yendo hacia delante con él, apretando los dientes como si así le ayudara de algún modo.
Escucharon un ruidito, indefinido, y acto seguido, la doctora se puso de pie con un pequeño bultito entre sus manos.
Dejó al bebé sobre su mamá, y la enfermera le limpió por encima con rápidos movimientos, con una gran toalla, comparada con el cuerpecito del pequeño.
Takao jadeó ante la impresión. Levantó la mano temblorosa pro el esfuerzo de estar agarrado al soporte metálico y quitó un poco de la sangre mezclada con algo parecido a gelatina blanca que cubría la pequeña carita, para poder verlo bien.
Al pequeño no pareció gustarle mucho, por que volvió a gemir, y rompió a llorar con ganas.
Mientras los papás estaban entretenidos con el bebé, ella se aseguró de limpiar a Takao y desinfectar todo. No había tenido que cortarle ni nada, a si que no tendría puntos en esa parte.
Subió para cortar el cordón y pinzarlo con la pincita de plástico y se lo pasó a la enfermera, que esperaba con una bañera diminuta llena de agua tibia para poder limpiarlo.
El llanto no cesó, ni un solo instante, incluso cuando ya había finalizado el aseo, seguía llorando.
– ¿Qué es?. – Takao preguntó, cansado, tratando de mantener los ojos abiertos hasta el último segundo.
Los dos habían decidido que fuera una sorpresa hasta el parto.
– Una niña. – La enfermera, que ya había puesto el pañal y una gasa en la cabeza para que conservara el calor, fue la que respondió. – Una nena sana de casi cuatro kilos.
Hizo las pruebas necesarias a la pequeña antes de ponerla en los brazos de su inexperto padre, que no cabía en sí de felicidad.
– Bueno, todo ha salido bien, no he tenido ni que darte puntos. – La doctora le ayudó a pasarse a la camilla, después de quitarse la bata, y dejar entrar a una nueva enfermera con la cunita. – Te subirán a la habitación y se llevaran a la bebé al nido. Descansa, duerme todo lo que puedas. Mañana pasaré a verte y si todo va bien, por la tarde estarás en casa. ¿De acuerdo?
Midorima asintió, y miró a Takao, que completamente agotado, atinó a darle un último beso a su pequeña y caer profundamente dormido.
Mientras le acomodaban en su habitación, Midorima salió a la sala de espera.
Todos acudieron nada mas verle. Había pasado hora y media desde que había hablado con su madre y su suegra en el pasillo, pero para él era como si hubiera pasado un año entero.
– ¿Y mi pequeño?. – La madre de Takao le agarró por los hombros.
– Está en la habitación, dormido. – La vió suspirar aliviada. – Todo ha salido bien, no le han tenido que dar puntos ni nada. La doctora dice que mañana por la tarde estaremos en casa.
– ¿Y el niño?. – Su madre fué la que preguntó auqnue todas las caras parecían tener la misma pregunta escrita en el rostro.
– Es una niña, guapa, sana de casi cuatro kilos, que está en el nido. – Se llevó la mano a la boca, dándose cuenta que de estaba llorando de puera felicidad. – Una niña... una ...lo siento...
– Está bien tio, lo entendemos. – Sus compañeros de equipo hicieron piña alrededor, dándole palmadas para felcitarle.
– ¿Podemos verla?. – Kuroko preguntó, ilusionado.
– Supongo que si no armamos mucho escándalo, si. –
Midorima entendió en ese momento por que nadie hacía caso del cartel de silencio.
Su pequeña hija lloraba, con todas sus ganas, y a él, ese irritante sonido, le pareció la canción mas hermosa del mundo.
Tenía el pelo de su mamá, y sus pulmones, era imposible no reconocerla.
Dejó a todo el mundo con su hija, y él, sigiloso , se deslizó hasta la habitacion de su esposo, para velar su sueño, y besarle un millón de veces, dándole las gracias por estar ahí, por hacer posible el milagro, por amarle, y simplemente, por hacer su vida maravillosa.
El matrimonio Midorima, acababa de convertirse en una pequeña familia, de tres miembros.
Dos hermosos papás y una preciosa princesa.
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Bueenoooo penúltimo cap... ohhhhh ( puchero)
Espero que os haya gustado, el cap, ha sido una delicia para mi escribirlo.
Nos leemos en el siguiente.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
