Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia. Tampoco la franquicia Springfield:)

CAPÍTULO 29. Una opción mejor.

Una vez John aparcó el coche en el parking, Kurt desapareció entre chispas azules con un sonido muy breve pero que a Marie le recordó bastante al roce de una lija contra la madera.

-Kitty y yo nos ofrecemos a ir por las entradas- anunció Bobby, alejándose con Kitty y dejando a Marie y a John solos.

-¿Nosotros qué hacemos mientras tanto?- le preguntó Marie a John, cuando acababan de subir los escalones que llevaban al cine, y dicho sea de paso, a las tiendas.

-Yo sentarme; tú, no sé- respondió él, tomando asiento en uno de los bancos que había cerca de donde la gente hacía cola para comprar las entradas, a la que se añadieron ahora Kitty y Bobby.

Marie lo miró, lejos de molestarse por el tono de voz tan hosco que había utilizado. Se había acostumbrado a John y empezaba a comprender cómo era su personalidad. Por eso, sabía que, aunque le hablara así, no por ello había dejado de caerle bien. Así era John, cortante y frío, a pesar de que el fuego fuera su elemento.

-Yo iré a mirar ropa mientras tanto- le avisó ella, fijando los ojos en la fila de gente que se amontonaba para conseguir entradas- Esto va para rato.

John asintió, absorto, su mirada puesta en la pequeña llama que brotaba de su encendedor. Marie lo miró un momento antes de alejarse y dirigirse a una franquicia de Springfield cercana. Aún le quedaba algo del dinero que se llevó cuando huyó de su casa. Todavía le sobraría bastante si se compraba una buena cantidad de ropa. Se estaba cansando de vestir siempre tonos oscuros. El negro era su color; siempre lo había sido. Sin embargo, esta vez quería algo rojo, más vivo.

Además, había escuchado rumores de que iba a celebrarse un baile de la primavera y no sabía si la dejarían ir o no, pero en caso de que sí se lo permitieran, no tendría nada decente que ponerse, a no ser que se comprara algo en ese instante. Dado que no sabía la fecha de la fiesta, no estaba segura de si tendría otra oportunidad así antes de que tuviera lugar.

Se internó en la tienda, y no tuvieron que pasar dos segundos escasos hasta que lo vio. El vestido de sus sueños, del color de la sangre. Elegante, sencillo, hasta las rodillas. Se ajustaba en la cintura y luego caía suelto, con mangas hasta el codo. Podía comprárselo, pero no le quedaría dinero para comprarse más prendas. No dudó mucho más de lo que lo había hecho en un primer momento al ver el precio y fue a los probadores.

Mientras tanto, John se hallaba sentado en el mismo lugar donde lo había dejado Marie, hasta que algo le hizo dejar de prestar atención al fuego del mechero. Lo cerró de golpe, mirando con fijeza las puertas principales, que daban a la calle.

Un grupo de personas había entrado en el centro comercial, pero nadie parecía fijarse en ellos, salvo él. Uno de ellos era un hombre alto, de hombros fuertes y anchos, pero nada fuera de lo normal, salvo la enorme capucha que ocultaba su rostro, dejando ver solamente su mentón. Por lo demás, no destacaba en nada; llevaba vaqueros oscuros y camisa de rayas por debajo de una chaqueta que le estaba dos tallas más grandes de tamaño.

El resto de personas que lo acompañaban no llevaban cubierta la cara. Había dos hombres jóvenes junto a él, uno de cabellos oscuros y piel pálida y otro rubio de ojos azules. Una mujer bastante atractiva de cabellos largos y claros iba con ellos, con pantalones negros de cuero y tacones con plataforma del mismo color.

Un poco más apartado, había un chico con vaqueros grises y camiseta negra. Unas gafas oscuras escondían sus ojos, pero la chaqueta plateada y los cabellos del mismo color que le sobresalían por debajo de la gorra también gris, lo delataban. La habilidosa y sorprendente forma de actuar de Quicksilver en la pelea que había tenido contra Tormenta y Lobezno aquel día en la tienda de deportes, había impresionado bastante a John como para olvidar su aspecto. Por eso, tenía claro que los recién llegados eran mutantes y que muy probablemente pertenecerían a la Hermandad.

Los ojos verdes de John se fijaron inevitablemente en el hombre que escondía su rostro, que desprendía un aura carismática de la que cualquiera que tuviera dos dedos de frente podría darse cuenta. En ese instante, hizo un leve gesto con la mano, sus dedos índice y corazón juntos señalando primero a la izquierda y después a la derecha.

Quicksilver y el hombre joven de cabellos oscuros se apartaron, caminando hacia la derecha, y el chico rubio hizo lo mismo, pero a la izquierda. La mujer se quedó con él, que fue a sentarse a dos asientos a la derecha más allá de donde se encontraba John. Ella se sentó a su lado derecho, más apartada de John de lo que lo estaba el hombre.

El muchacho se los quedó mirando con fijeza, con el encendedor aún en su mano derecha, abriéndolo y cerrándolo una y otra vez; ruido que, a pesar de la cantidad de gente y de las voces que resonaban en el centro comercial, llamó la atención del hombre con el rostro cubierto. En un momento dado, volvió la cabeza hacia John.

-¿Te gusta el fuego, chico?- le preguntó, con una voz grave, pero suave.

A John le sorprendió en un primer instante que le hablara, pero una de sus comisuras no tardó en irse levemente hacia abajo, trazando una pequeña sonrisa torcida.

-Más de lo que debería estar permitido, señor- respondió, volviendo a prestar atención a la llama diminuta que salía del encendedor.

-¿Cuánto es eso, muchacho?- inquirió el hombre, tendiendo una mano hacia él y atrayendo el mechero con una fuerza invisible hasta su palma.

Ninguna de las personas que caminaban de un lado hacia otro pareció darse cuenta de lo que había hecho, ya que siempre iban demasiado ocupadas con sus asuntos como para mirar a otros.

En un principio, John calló, asimilando lo que acababa de suceder. Sabía quién era ese hombre, él mismo había querido que lo supiera al mostrarle que podía controlar el metal con solo pensarlo. Entonces, John atrajo el fuego del encendedor hacia su mano, antes de responder:

-Mucho más de lo que podría soñar cualquier humano.

John pudo entrever a través de las sombras que se recortaban contra el rostro anguloso del hombre, debidas a su capucha, que le sonreía ligeramente.

-¿Sabes quién soy?- cuestionó entonces, devolviéndole el mechero.

John asintió, devolviéndole la sonrisa. Cerró el puño en torno a la llama, apagándola.

-¿Quién eres tú, Pyros?- preguntó el hombre- Porque supongo que tu nombre es Pyros.

-Lo es- respondió John-, pero todos me llaman John. John Allerdyce.

-Bien, John. ¿Estás afiliado a alguna asociación que contribuya a la causa?

John desvió la mirada, algo reacio a contestar.

-No. Estoy en la escuela de Xavier- dijo, finalmente.

La sonrisa del hombre desapareció, pero John no pudo ver qué expresión tenía porque la capucha le cubría la nariz y los ojos.

-¿Estás bien con ellos?- le preguntó, bajando algo la voz.

John se volvió hacia él, pensativo.

-Quieren llevarnos a la comisaría a registrarnos- contestó, ceñudo-, así que no. No lo estoy.

-¿Quieres unirte a nosotros, John?- le ofreció entonces Magneto.

El chico abrió los ojos con sorpresa.

-Se me había pasado por la cabeza, pero nunca hubiera esperado que me dijera que me fuera con usted- admitió John.

-Tienes talento más que suficiente, John. Estaría más que contento si te convirtieras en un miembro de mi Hermandad.

John inclinó la cabeza levemente, halagado.

-Pero antes de que abandones la escuela de Charles, me harás un favor. ¿Estarás dispuesto?

John lo miró con fijeza antes de responder.

Marie salió de la tienda, guardando la bolsa que contenía el vestido en su mochila. Aunque le había salido caro, estaba satisfecha. Iba pensando en ello, cuando vio pasar varios metros por delante a dos chicos, de los cuales solo pudo ver la espalda. Sin embargo, podría jurar que eran Pietro y Dominik, por la forma de los hombros, por la estatura, y porque por lo que sabía, no había muchas personas que tuvieran el cabello del mismo color que el de Pietro. Además, no podía ser una coincidencia que se parecieran tanto.

Tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo, comenzó a andar deprisa tras ellos, casi corriendo. Nunca había caído en la cuenta de lo pesada que podía ponerse la gente interponiéndose en el trayecto de otros cuando estaba interesada en comprar y en ir de un lado para otro.

Los vio de lejos, entrando en una tienda de deportes. Supuso que irían allí para comprar las zapatillas deportivas que necesitaba Pietro cada dos por tres. No había puesto un pie en el umbral del local cuando una mujer le cortó el paso. Era alta y fornida y vestía como un guardia de seguridad.

Marie se detuvo frente a ella, tragando saliva y tratando de mirar por encima del hombro de la mujer para ver dónde estaban los supuestos Pietro y Dominik.

-Disculpe, ¿qué…?- trató de decir, antes de que ella la interrumpiera.

-No puedes pasar, chica- le dijo, instándola a que saliera con una palmada en la espalda- Vamos a cerrar.

Marie frunció el ceño con desconcierto.

-¿Cómo cierran a esta hora?- cuestionó- Ni siquiera son las nueve.

-Órdenes del dueño- respondió la mujer, encogiéndose de hombros.

-Ellos acaban de pasar- replicó Marie, señalando con el dedo al fondo de la tienda, buscando a los desconocidos que tenían tanto parecido con sus amigos. Sin embargo, ya no estaban allí- ¿Dónde…?

La mujer se dio la vuelta para seguir el trayecto de su dedo, y se volvió hacia ella con una sonrisa de condescendencia.

-Ahí no hay nadie, chica.

-Pero los he visto entrar- insistió Marie, aunque el tono de su voz se iba apagando paulatinamente- Estaban ahí…

-Se te ve nerviosa, quizá deberías ir a sentarte a algún sitio y tranquilizarte o beber un poco de agua- sugirió la agente- Allí hay unos bancos.

Marie asintió, confusa, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia donde le había indicado la mujer. Ahora tenía visiones. Le era tan conocida la sensación de que se estaba volviendo loca, que ni siquiera se asustó. Deseaba tanto ver a sus amigos, que ahora su cerebro se molestaba en hacerle creer que estaban allí.

A su espalda, los ojos de la mujer relucieron con un brillo ámbar por unos instantes. Se volvió y caminó hacia el interior de la tienda perdiéndose entre los estantes.

Entretanto, el hombre joven de cabellos oscuros que le había parecido ver a Marie, se acercó al mostrador con un par de deportivas.

Mientras se las cobraban, fijó la vista en lo que podía divisar fuera del local y descubrió la silueta de Marie, parada en mitad del pasillo, mirando en dirección opuesta. Frunció el ceño, le recordaba demasiado a alguien que conocía, pero descartó la idea cuando otra chica de cabellos castaños y cortos se le acercó y la llamó Anna.

-Vamos, Anna. La película ya va a empezar. Si no nos damos prisa, nos perderemos el principio y luego será más difícil enterarnos de la trama.

Marie ladeó el rostro hacia ella, sin mirarla en realidad.

-¿Te encuentras bien?- le preguntó Kitty, preocupada, al ver su expresión ausente.

-Sí, sí. Es sólo que me había parecido ver a…- calló, fijando los ojos en los de su amiga- Olvídalo. Vámonos ya.

Dentro de la tienda de deportes, Dominik, el hombre de cabellos oscuros y alta estatura, contempló con incredulidad cómo la recién llegada, preciosa, de apariencia frágil y delicada, se llevaba del brazo a una chica idéntica a Marie. Salvo que no la llamaba Marie, sino Anna.

En ese momento, Pietro llegó a su lado, portando otro par de zapatillas y dejándolas sobre el mostrador.

-No entiendo la absurdez que tiene el hecho de que vengamos aquí para hacer como que compramos- masculló el chico, ceñudo, cuando abandonaban el local- Con lo barato que sale robar.

-Ya- convino Dominik, mirando a lo lejos, por si volvía a ver a la chica que se parecía tanto a Pícara- Pero yo no soy tan rápido como tú y el jefe ordena que te acompañe y que tú me acompañes a mí a la hora de hacer lo que tenemos que hacer.

-El jefe- reiteró Pietro, entornando los ojos. Clavó la mirada en su amigo cuando se dio cuenta de que no parecía muy interesado en él- ¿Qué es lo que te pasa?

-Antes me ha parecido ver a Pícara- respondió Avalancha, sin rodeos- O a una chica igualita a ella, pero no podía ser…

Pietro se puso rígido, cambiando la expresión inalterable de su cara. Parecía angustiado.

-¿Por qué no?- le preguntó, casi en un susurro. La voz no quería emerger de su garganta.

-Porque otra chica se le acercó y la llamó Anna- contestó Dominik, sin apenas mirarlo- ¿Su nombre no era Marie?

Pietro bufó, quitándose la gorra casi con violencia.

-Se llama Anna Marie, idiota- le espetó, mirando hacia todas partes en busca de aquella muchacha que debía parecerse tanto a Marie. A su Marie.

-No hace falta que me llames así- replicó Dominik, prestándole atención- ¿Yo qué sabía? Tú siempre la llamabas Marie y el resto, Pícara. ¿Cómo iba a imaginar…?

-Eso ahora ya no importa- lo cortó Pietro, buscándola entre la multitud- Si está aquí, ¿sabes lo que significa?

Dominik asintió, lívido.

-Tenemos que sacarla de aquí antes de que sean las nueve y cuarto- contestó Avalancha, observando el pasillo que se bifurcaba frente a ellos- La encontremos o no, tengo que cumplir con las órdenes de Magneto- añadió, bajando la voz- No puedo arriesgarlo todo solo por una posible coincidencia.

-Entonces, mueve el culo y ayúdame a encontrarla- lo urgió Pietro- Tú por el de la derecha y yo por el de la izquierda.

Dominik obedeció, corriendo por el pasillo de la derecha. Por su parte, Pietro se esfumó a su velocidad sobrenatural, sin importarle las cámaras o la gente. Sólo podía pensar en Marie, en que debería haberla visto y hallado cualquier día menos aquel. ¿Cómo podían salirle siempre las cosas tan mal?

-¿A quién te había parecido ver antes, Anna?- le preguntó Kitty, con curiosidad.

Marie se volvió hacia ella, vacilante.

-A mis amigos- respondió- A mis amigos de la Hermandad.

-¿La Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto está aquí?- inquirió la chica, cubriéndose la boca con ambas manos.

-Baja la voz y no los llames así- la recriminó Marie, mientras avanzaban hacia una fuente enorme rodeada de tiendas.

-¿Así cómo?- cuestionó Kitty, ceñuda.

-Diabólicos.

-Ellos mismos se hacen llamar así- respondió Kitty, mirándola como si sintiera compasión por ella; eso molestó a Marie.

-¿Estás segura?- replicó Marie, con fastidio- ¿No es más verosímil que ese sea el nombre que le han puesto los humanos? Les parecemos diabólicos- añadió, utilizando un tono más bajo.

-No lo sé, Anna- reconoció Kitty-, pero tienen razones más que suficientes para llamarlos así.

-¿No deberíamos luchar porque se nos acepte en el mundo? ¿Qué hay de malo en ello?

-Deberíamos- convino Kitty-, pero la manera en la que lucha la Hermandad no es la más correcta.

-¿Cómo lucha?- cuestionó Marie, entonces.

Kitty la hizo detenerse al lado de la gran fuente.

-Aquí es donde hemos quedado con los demás- le informó, tensa.

-¿Cómo lucha?- repitió Marie, sus ojos fijos en los de su amiga.

-Matando, robando y raptando políticos- respondió Kitty, finalmente- Es lo que sale en las noticias. No sé lo que harían cuando tú estabas con ellos, pero hasta no hace mucho la fama que tenían de criminales se la tenían más que ganada.

Cuando Marie iba a contestarle, un temblor en el suelo interrumpió el hilo de sus pensamientos. Después todo el piso se sacudió violentamente, como si en aquel momento estuviera teniendo lugar un terremoto. Marie y Kitty miraron a su alrededor, observando con horror cómo la gente huía, despavorida. Corrían y gritaban con el sonido propio de la desesperación, a medida que las sacudidas iban aumentando en intensidad.

Una grieta se abrió en el suelo, entre las dos chicas, sin darles tiempo a reaccionar.

-¡Kitty!- la llamó Marie, aterrorizada.

El techo comenzaba a caerse a grandes pedazos, cayendo sobre algunas personas que no habían podido correr más deprisa. Uno de los trozos que se resquebrajó terminó sobre la grieta que las separaba. Marie salió disparada hacia el fondo de la gran sala, entre la humareda y los escombros.

-¡Anna!- chillaba Kitty, desde el otro lado de la gran masa de cemento- ¡ANNA! ¡¿Estás bien?!

Sin embargo, Marie no podía oírla. La vista se le nublaba cada vez más por culpa del golpe que se había dado en la espalda. En ese momento, John llegó a su lado y la alzó por la cintura, colocándose uno de sus brazos alrededor del cuello.

-Nos vamos de aquí- le dijo en un susurro que Marie tampoco escuchó, ya que estaba medio desfallecida.

Salieron entre los escombros y John la dejó detrás de un coche lejos de la salida de emergencia del centro comercial, analizando el entorno y viendo si había posibilidades de que donde estaban les pudiera golpear alguna de las rocas del centro comercial.

Entretanto, Kitty trataba de escalar las rocas y los pedazos de hormigón, sin ser capaz de atravesarlas porque el terreno era demasiado inestable. Sin embargo, al dar a Marie por perdida y caer en la cuenta de que tenía que buscar una salida viable cuanto antes si quería salir viva de allí, cesó en sus intentos nulos por llegar al otro lado del gran pedazo de techo que la había separado de Marie.

Se giró, estudiando qué podía hacer. Fue entonces cuando algo más allá, a la entrada de uno de los pasillos, descubrió a un hombre joven de cabello oscuro y piel clara, muy quieto. Parecía tan concentrado- o traumado, pensó Kitty-, que no se daba cuenta de que un gran fragmento de cemento y ladrillo iba a caerle encima.

Kitty no se lo pensó dos veces y corrió hacia él. Ni siquiera entonces el hombre se percató de que ella se acercaba a gran velocidad y del sonido del hormigón al desprenderse. Kitty llegó a tiempo de abrazarlo, compartiendo con él su habilidad para atravesar la materia y evitando que aquella pared lo matara.

Solo en ese momento, el hombre pareció despertar de su trance y fijó sus ojos en la chica que lo rodeaba con los brazos y que había impedido así que su propio ataque al centro comercial acabara con él. Cuando los ojos de ambos se cruzaron, el terremoto cesó.

Dominik apartó a la chica suavemente de sí, descubriendo que era aquella que había acompañado a la que se le había antojado tanto a Marie. Aquella que en su momento le había parecido hermosa y vulnerable, con el aspecto de alguien que podría romperse en cualquier instante.

Kitty le devolvió la mirada, con sus grandes ojos marrones.

-¿Se encuentra bien?- preguntó ella, con una pequeña sonrisa.

-Eso creo- respondió Dominik, despertando de su ensimismamiento inicial- Gracias a ti.

-De nada- contestó Kitty, mirando a su alrededor- ¿Sabe dónde puedo encontrar la salida?

Dominik señaló a su derecha, sin añadir nada más.

-Oh, vaya- suspiró ella, enrojeciendo un tanto- Gracias, no la había visto.

Avalancha asintió, mientras observaba cómo ella se marchaba a paso ligero.

Esa chica era mutante y lo había salvado de una muerte segura. Era tan inocente que ni siquiera se había dado cuenta de que él era el culpable de aquel seísmo tan repentino que había ocasionado varios muertos y muchos heridos. Por ello, le pareció que iba a la escuela del ruedas, y todavía más probable que Pietro tuviera razón y que aquella chica con la que la había visto fuera Marie. Sacudió la cabeza, tratando de deshacerse de aquellos tan perturbadores pensamientos cuya protagonista era su salvadora, y fue en pos de Pietro.

-No podemos irnos- dijo Kurt, mientras John situaba a Marie en un banco con ayuda de Bobby- Falta Kitty.

-Pues no está aquí- replicó John, de malos modos- Y no pienso ir a buscarla ahí dentro, ¿tú sí?

-Es nuestra amiga- apoyó Bobby a Kurt-, y en este momento, podría estar herida o medio muerta y necesitar nuestra ayuda.

-Por mucho que quieras irte- añadió Kurt, ceñudo-, no puedes, ya que el coche estaba en el parking y el parking estará enterrado. La única forma de que volvamos soy yo, y aún no sé si estoy dispuesto a hacerlo.

-Tienes que hacerlo- le dijo Bobby, sosteniendo la cabeza de Marie- Eres nuestra única oportunidad de llegar pronto a casa.

-A casa- reiteró John, entornando los ojos.

-Nunca lo he intentado con tanta gente y a tanta distancia del sitio de destino- se lamentó Kurt.

Justo en ese momento, una voz femenina reclamó su atención unos coches más allá.

-¡Chicos! ¡Esperadme! ¡Estoy aquí!

-Kitty- sonrió Kurt, rodeándola en un breve abrazo- Estábamos tan preocupados…

-Sobre todo, Allerdyce- respondió ella, sabiendo que John sentía de todo hacia ella menos aprecio.

John resopló en respuesta.

-Bueno, venga, vámonos- los instó- Seguro que ya se han dado cuenta de que no estamos.

-Mantened el contacto conmigo- les dijo Kurt, entonces, colocando los brazos alrededor de Marie- Con que me toquéis con la mano o con un dedo será suficiente. Cruzad los dedos para que funcione.

Unos metros más allá, un chico de cabellos plateados se detuvo al lado de un coche a tiempo de ver cómo el grupo desaparecía entre chispas azules. Nadie más lo había notado, todo el mundo estaba demasiado ocupado tratando de averiguar dónde estaban los servicios médicos. Apretó los labios, con aflicción. Se prometió que aquella vez no sería la última que viera a Marie, y que, desde luego, no la volvería a ver en aquellas condiciones tan deplorables.