XXX 29º 30 de septiembre

Los tres niños se habían acostado, una noche más Mario hacía el paripé de fingir que se iba a dormir a su cuarto, pero en cuanto las puertas de las habitaciones de los chicos estaban cerradas, ni siquiera abría la puerta del suyo, se daba la media vuelta y bajaba al salón a dormir en el sillón.

Llevaba por lo menos dos horas en el sillón mirando al techo recordando momentos más felices, cuando sintió unos pasos en las escaleras. Se incorporó para ver cuál de los tres estaba allí, rezaba para que no fuera Carlitos, pero nadie debió escucharlo porque de pie al final de las escaleras se encontraba el menor de sus hijos:

- Papá ¿otra vez vas a dormir aquí? – dijo el niño con tristeza.

- Otra vez – contestó sorprendido Mario - ¿cómo que otra vez?

- No has dormido en tu cuarto desde que llegamos, no has abierto la puerta – continuó el niño para sorpresa de su padre.

- Pero… ¿Tú cómo sabes eso? – preguntó Mario agachándose a la altura del pequeño.

- Porque te veo dar la vuelta en el pasillo – contesta el niño - ¿Por qué no duermes en tu cuarto?

- No puedo – dijo Mario con los ojos llorosos.

- Es porque mamá no va a dormir contigo – el niño secó con sus manitas las lágrimas que escapaban de los ojos de su padre.

- Si, es por eso – Mario esbozó una media sonrisa.

- Vamos – dijo Carlitos de repente agarrando la mano de su padre – Ven conmigo.

- Carlitos, ¿qué haces? – Mario se irguió y comenzó a subir las escaleras detrás del niño que no dijo nada.

- Te voy a ayudar, como hacía mamá conmigo cuando tenía miedo – contestó el niño al fin delante del pasillo que llevaba a la habitación de su padre – Ella me llevaba de la mano con las luces apagadas para que fuera al baño por la noche, me daba miedo con todo oscuro – Mario lloraba viendo como el niño de siete años parecía todo un adulto – después de hacerlo con ella sabía que no me iba a pasar nada.

Mario no dijo nada, dejó que Carlitos tirara de su mano por el pasillo, tenía miedo de dormir en aquel cuarto sin Silvia, sería otra confirmación de que nunca más volvería. El niño abrió la puerta y siguió avanzando hasta la cama, se giró hacia su padre y sonrió con inocencia:

- Ya está, ya estamos aquí, ves como no pasa nada – dijo Carlitos – Es mejor dormir aquí que en el sillón, y como ya no tienes pesadillas, no nos despierta por la noche.

- ¿Qué? ¿Cómo que despertaros por las noches? – preguntó Mario sentándose en el borde de la cama.

- En la otra casa, después de que mamá se fuera, gritabas por la noche, Sandra dijo que era porque tenías sueños en los que mamá se iba – contestó Carlitos con tranquilidad.

- Lo siento, no sabía que os estuviera despertando – Mario acarició el pelo del niño.

- Pero tranquilo, desde que estamos aquí no gritas por las noches – dijo Carlitos con una sonrisa – Y lo hacías menos desde que nos pusimos de acuerdo para despertarte.

- ¿Eso fue idea vuestra? – añadió sorprendido el hombre.

- Si, se lo dije a Sandra y Lucas, siempre te reías cuando lo hacía con mamá – explicó el pequeño.

- Te quiero mi vida – Mario abrazó con fuerza a su hijo.

- Y yo a ti papá – dijo el niño respondiendo al abrazo – Hasta mañana, que descanses.

Carlitos se levantó, le dio un beso a su padre y se fue cerrando la puerta, Mario se quedó sentado en la cama sin moverse durante unos minutos:

- Silvia, te quiero – dijo entre sollozos.

Después de cuatro meses, Mario lloró al fin la muerte de su mujer, se quedó vacío sin más lágrimas, sin más dolor, durmió la noche completa y por primera vez en cuatro meses volvió a soñar, sin tener pesadillas:

Sayid regresaba y hablaban durante horas sentados en el balancín del patio como tantas veces habían dicho, Carlitos, Lucas y Sandra reían, levantó la vista y allí entre los árboles del patio vio a Silvia, que sonreía feliz de verlos a todos juntos disfrutando, sin sufrir por ella. Sólo el ladrido de un perro lo sobresaltó, pero por mucho que ladrara no le afectaba, en aquel momento nada podía.