Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.

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Trato Hecho

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Beteado por Isa :)

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Capítulo Veintisiete: Desastre amoroso

—¡Vete de aquí!

Cerré mis ojos. Oh, no, no otra vez, por favor.

—Pero… Alice, escúchame.

Quité mi vista de mis papeles esparcidos por toda la mesa de la sala y tomé a Fofi, deteniéndola en su intento de correr y saltar encima de Jasper; no para darle una cálida bienvenida, por supuesto. Las cosas entre Alice y Jasper no estaban muy bien. En realidad, para nada bien; y mi perrita no era la única que se daba cuenta de ello.

—Tú ya hiciste tu elección, Jasper, yo hice la mía… —Se escuchó un silencio profundo y pude identificar la respiración errática de mi mejor amiga; sabía que estaba aguantando sus ganas de llorar—. Adiós. —El fuerte sonido del portazo dio por finalizada la discusión.

La última semana se basó, básicamente, en lo mismo. Discusiones entre Alice y Jasper. Gritos. Más gritos. Algún que otro insulto. El llanto de mi mejor amiga. Y las contradicciones de Jasper. Cada vez que terminaba de hablar/gritar con su ex —porque sí, lastimosamente eso ya era un hecho—, acababa de la misma manera: refugiándose en mis brazos, llenando de lágrimas y mocos mi hombro; como ahora. Sinceramente, me sentía atada de pies y manos, pero apoyarla era lo único que podía hacer, pues no se me ocurría ninguna otra forma de ayudarla sin meterme en el medio de su relación —ahora rota— con Jasper; algo que no quería hacer, ya que era un asunto entre ellos dos.

—Es un idiota —sobó su mocos, sin dejar de sollozar.

«Todos los hombres, en algún momento de su vida, son idiotas, querida Alice».

Largué un fuerte suspiro. Odiaba verla así de mal, y me odiaba por no ser capaz de hacer algo para calmar su dolor, ¿pero qué se podía hacer en estos casos más que estar junto a ella? Froté su espalda mientras dejaba que llorara todo lo que quisiera. No tenía nada de malo llorar por algo que dolía. Estaba bien hacerlo. Desahogarse de alguna manera, era un buen mecanismo para tranquilizarse. O eso creo.

—Shh, tranquila, Alice —susurré, apretando más fuerte mis brazos en torno de ella. Fofi también intentaba calmar a mi mejor amiga, refregando su cabecita en sus piernas.

—¿Por qué tiene que mandar todo a la mierda, Bella? ¿Por qué?

Suspiré.

—¿No han pensado en buscar algún tipo solución?

Quitó su cabeza de mi hombro y me miró a los ojos.

—¿Una solución? —bufó, sobando sus mocos—. No le importa nuestra pareja, Bella. Me lo dejó en claro. Él ya tomó su decisión… solo, ni siquiera pensó en mí.

Obviamente, no era la mejor persona para dar consejos amorosos; pues mi vida sentimental había comenzado hace muy poco tiempo. Lo único que podía hacer era escucharla y ayudarla a tranquilizarse. Cuando Alice se enfadaba, era muy difícil que cambiara de opinión. Podía estar destruida, pero si tomaba una decisión, era la definitiva. Costase lo que costase.

—Yo creo que deberían charlar el tema como dos adultos, Al. —Tomé una de sus manos; secó sus lágrimas y siguió mirándome—. Cada vez que comienzan a hablar terminan discutiendo como perros y gatos.

—Es que… ya no hay nada de qué hablar. —Hizo un puchero, sabía que se echaría a llorar en cualquier momento—. Ya todo se terminó.

Y volvió a romper en llantos.

Y yo sólo la abracé, sintiéndome muy mal por ella, porque sabía todo lo que Jasper significaba en su vida. Quería creer que todo lo que sucedía era un lapsus, de esos pleitos que suceden en las parejas, algo absolutamente normal. Pero una parte de mí me decía que quizás las cosas eran más graves de lo que parecía. Yo sabía que Alice amaba a Jasper y que Jasper amaba a Alice, pero, a veces, el amor no lo es todo.

«A veces, el amor duele».

Estuve de acuerdo con Amanda.

—¿Sabes qué es lo peor? —hipó; la abracé más fuerte—. Que yo, jamás, jamás, pondría el trabajo por encima de nuestra relación. Nunca me perdonaría hacer algo así. Amo a Jasper, ¿entiendes? Ni siquiera imagino estar sin él. Y..., siento que todo se desmorona, Bella; que ya todo se desmoronó.

Las lágrimas fluían con intensidad sobre sus mejillas manchadas de maquillaje negro. Suspiré pesadamente. ¿Por qué tenía que pasar esto ahora? Jamás me hubiese imaginado que este día llegaría. Es decir, ellos se veían bien, peleaban, sí, pero no pasaban un mísero día sin hablarse. ¿Por qué ahora todo era distinto?

—Pero… —Sabía que era inútil querer encontrarle algún lado positivo a esta situación, pero la idea en mi mente de Alice y Jasper separados no cuadraba. Ellos representaban esa típica pareja que ves consagrada y que le ves un gran futuro por delante. Parecía, que ese futuro cada vez estaba más lejano—. Siempre existe la posibilidad de mantener su relación, Alice, sin importar la distancia. ¿No crees?

Me miró con caras de pocos amigos y me arrepentí al instante de haberle hecho esa pregunta.

—Sabes lo que pienso de eso, Bella. —Cerró sus ojos—. ¿Por qué me tiene que hacer esto? ¿Justo ahora? ¿Tan poco vale nuestra relación que decide irse a la otra punta del país sin pensar en mí?

Eso era lo que ocurría. Jasper trabajaba en una empresa. Esa empresa había abierto una nueva sucursal en San Francisco, muy lejos de Nueva York; y a Jasper le habían propuesto un muy buen puesto, el cual aceptó sin ni siquiera dudarlo. En realidad, esa no era la mala noticia y la única razón por el enojo de Alice; sino que Jasper esperó dos semanas antes de viajar para contárselo. Era justificable que mi mejor amiga se pusiera en este estado y por supuesto que Jasper había obrado mal. No sólo tomó una decisión egoísta, sino que también había lastimado a Alice en su punto débil: la distancia.

Los padres de mi mejor amiga se habían separado justamente por la misma razón. Su madre y padre se conocieron en Jacksonville, ambos eran nativos de esa ciudad. Un día, al padre de Alice le ofrecieron un muy buen puesto de trabajo en Toronto, Canadá, y después de varias idas y vueltas, finalmente el señor Brandon aceptó la propuesta.

Al principio, todo iba bien, se llamaban, se visitaban, pues Alice y su madre viajaban seguido, pero ella misma fue partícipe del desgaste que hubo en la relación de sus padres; inducido por la distancia, obviamente. Yo quería creer que cuando un amor es verdadero, no hay frontera ni distancia que pudiera con él; pero, lastimosamente, los padres de Alice no pudieron contra la distancia. Unos meses después de la ida del padre de Alice, se dieron cuenta que su amor no era tan fuerte como habían pensado. Allí, según palabras de Alice, su pequeña familia comenzó a romperse, pues decidieron la inminente separación.

En ese período de tiempo, Alice y yo nos volvimos inseparables; ambas apoyándonos mutuamente, con sólo pocos años de edad. Fue bueno encontrar a alguien que me entendiera y, sobre todo, era bueno escuchar a una persona describiendo la misma situación por la que estaba pasando en ese entonces. Por eso, yo entendía perfectamente cómo se sentía ahora. Si había algo que a Alice la afectaba más que cualquier otra cosa, era la distancia; y eso se volvía más lastimero si se unían en una misma oración: distancia y Jasper. Inevitablemente, esa había sido la secuela que quedó en ella, luego de que sus padres decidieran separarse. Ella, simplemente, no quería volver a sentir todo ese dolor que sintió en el pasado, no quería pasar por lo mismo otra vez.

—Es egoísta —siguió diciendo con la voz rota—. Porque ni siquiera pensó en mí. Sabe lo que me afecta toda esta situación, sabe lo que sufrí por ello y, sin embargo, me plantea esto. ¿Sabes qué es lo que pienso?

«¿Que las bolas de Jasper quedarán bien colgadas en la sala?»

Me silencié, porque sabía que necesitaba hablar.

—Que los que dicen que en una relación siempre hay alguien que pone más, es verdad. —Miró hacia arriba, luchando con sus lágrimas—. Siento que yo siempre soy la que doy todo por los dos, que yo intento día y noche que nuestra relación funcione. Yo siempre pensé en Jasper como el hombre de mi vida…, pero ahora, no sé si quiero eso para mí.

Era difícil escuchar eso. Era muy difícil ver en esta situación a Alice porque yo había visto nacer su relación con Jasper. Ambos se complementaban, ambos se veían muy felices cuando estaban juntos y sentía que eran de esas parejas que inspiran.

—Jasper me demostró que él está por encima de todo. —Frunció sus labios, luchando para que las palabras salieran con naturalidad—. Sé que hay muchas parejas que atraviesan momentos así, pero yo sé que no quiero eso para mí. ¿Qué sucederá si él un día me llama y me dice que ya no quiere más nada conmigo? No podré superarlo jamás, Bella. No quiero que la historia se repita conmigo.

Sus hombros se hundieron y la atraje a mi cuerpo, estrechándola con fuerza. La situación era muy difícil, pero también entendía el punto de vista de Alice. Una relación a distancia no era fácil de llevar y, por lo visto, ni siquiera Jasper había optado por esa solución. Era como si los dos ya estuviesen dando por hecho que su relación había llegado a su fin; pues bien, ahora eso ya era un hecho. No sólo Alice estaba rota, sino también su relación.

—¿Puedo decirte sólo una cosa? —le pregunté una vez que se calmó un poco.

Secó sus mejillas manchadas de negro por su maquillaje corrido y forzó una sonrisa triste.

—¿Me veo patética?

«Como una novia psicópata; sólo te falta el vestido blanco ensangrentado».

«No exageres, no está tan mal».

«¿La maquilló un panda?».

Sonreí un poco.

—Bueno, además de eso… —respondí su pregunta anterior; ella sonrió sólo un poco—. No dejes que esto arruine tu día, Al. Sé que es difícil, realmente lo sé, pero… piensa en ti ahora.

—Lo sé… pero…

La miré con ternura, Fofi saltó a sus piernas y comenzó a lamer su rostro; Alice soltó algunas risitas y eso me hizo sentir un poco mejor.

—Hoy es tu graduación —insistí—. Un día que llevas esperando desde que vinimos aquí, ¿recuerdas?

Asintió, y nuevamente comenzaban a formarse lágrimas en sus ojos.

—Disfruta de eso lo más que puedas, guapetona. —Palmeé su mano—. Y… ahora, ya no hablemos de esto. Sé que la situación es delicada, pero intenta estar bien. Luego, si quieres, te acompaño con el helado de chocolate y esas películas melodramáticas que te gustan. Así que… cambia la cara, piensa en ti y en todo el camino que has hecho para llegar a dónde estás hoy. —Sus ojos se mantenían apagados, pero supe que haría su mejor esfuerzo para estar bien, o, al menos, disimular un poco—. ¿Así piensas ir? Porque déjame decirte, que das miedo.

Puso sus ojos en blanco.

—Eres una tonta.

Sonreí abiertamente.

—Una tonta que te hace reír.

Volvió abrazarme con fuerza y me miró a los ojos.

—Si tuviera pene, no dudes que ya estaría casada contigo.

Comencé a reír con fuerza.

«El único pene que nos interesa es el de Edward, Alice».

Sonreí por Amanda.

«No te olvides de Armando».

«Jamás podría hacerlo, Bellita».

—Porque es obvio que soy mejor que el tonto de tu novio —rió con tristeza y volvió a abrazarme—. Gracias, Bella.

—Jamás te dejaré sola, Al.

Intentó limpiar su rostro con ambas manos y me miró.

—¿No doy para Halloween?

—Definitivamente —respondí, sacándole una sonrisa.

Volvió a mirarme una vez más, se levantó del sofá y emprendió camino hacia la habitación. Que hoy sea el día de su graduación era algo bueno, después de todo podría mantener su cabeza ocupada, al menos algunas horas.

Me volví a sentar en el sofá y miré a todos mis apuntes y libros esparcidos por la mesa, largando un fuerte suspiro. Nadie me había avisado que hacer una tesis sería tan complicado. Siquiera había encontrado algún tema para desarrollar.

—Hey, tú. —Miré hacia el pasillo, donde se asomaba la cabeza de Alice—. También tienes que ir a arreglarte. Sólo dos horas.

Sonreí por verla de mejor ánimo y semblante, y asentí, comenzando a juntar mis cosas.

Bien, la tesis podía esperar.

Entre duchas, maquillaje y peinados —por parte de Alice todo más sofisticado, claro—, las horas fueron pasando. Finalmente, me calcé mis hermosas zapatillas plateadas, de las que me había enamorado apenas las vi en el centro comercial, y me paré de mi cama para verme al espejo. La verdad, no pensé que la ropa me quedara tan bien cuando Alice la sacó de su armario para prestármela, pero debía reconocer que la prenda se veía bastante bien en mí. Consistía en un traje enterizo, que se fraccionaba justo en mis caderas, haciendo que se dividiera en un pantalón con una musculosa. La tela era brillante, de un color gris claro, haciendo que sea perfecta para la ocasión. Ni algo muy formal, ni tampoco tan informal.

—¿Cómo me veo? —preguntó Alice con una sonrisa tímida.

Solté un silbido por lo bajo. Decir que estaba preciosa era quedarse completamente corta. Su vestido era perfecto; perfecto para la ocasión y perfecto para ella. Era recatado pero a la vez sexy, enseñando las partes del cuerpo justas para llevarse miradas curiosas. De un lado, tenía una pequeña manga hasta la mitad del hombro, del otro era una manga enteriza. El vestido combinaba de una forma muy beneficiosa los colores negros y blancos; era largo, pero delante de él tenía un tajo que mostraba su rodilla y mitad de muslo. El maquillaje suave y su cabello suelto, hacía el trabajo aún más perfecto.

—Completamente hermosa —respondí con una sonrisa.

Ella hizo una mueca triste mirando su vestido con los ojos opacados.

—Pensé en Jasper cuando lo compré.

«Cuando te vea, tendrá la erección más grande del planeta y le demostrarás qué es lo que se está perdiendo. ¡Aprovecha al karma!».

—¿Podemos no nombrar a J en lo que queda del día?

Cerró sus ojos y lanzó un fuerte suspiro.

—Está bien, ¿pero me dejas decir lo último por hoy? —Rodé los ojos, terminando de poner un poco de sombra en mis párpados—. No dejaré que arruine mi día, tú tienes razón. Si él fue lo suficientemente hijo de su madre para terminar con nuestra relación justo en mi graduación, no le daré el gusto de verme mal. No tiene por qué enterarse de mi deplorable estado de ánimo. Que lo jodan; a él, a San Francisco, a todos los hombres. Los odio, a todos, sin excepción.

Luego, suspiró pesado y me miró.

—Estás hermosa —dijo con la voz muy suavizada. Okay, hoy era uno de esos días en que Alice estaba muy bipolar. Le sonreí, porque amaba como era—. El tonto de tu novio se ahogará con su propia baba cuando te vea.

«Es la idea, querida Alice».

—¿Dijo que pasaba a buscarnos?

Asentí, terminando de retocar mi cabello. Lo puse de un lado de mi hombro y me eché una última mirada en el espejo. Ya estaba lista.

—Estará por llegar en cualquier… —Se escucharon unos golpes en la puerta y señalé hacia esa dirección—. Ya está aquí.

Mi mejor amiga terminó de guardar sus cosas en la cartera mientras yo iba hacia la puerta, con Fofi correteando a mi alrededor. Sus días de enojo con Edward ya habían pasado aunque, de vez en cuando, mostraba que su orgullo estaba por encima de él.

Cuando abrí la puerta y lo vi… simplemente, me quedé sin palabras.

«Y sin bragas».

Sí, bueno, eso también.

—Buenas tardes, mi Voz de Pito.

Una de las cosas que odiaba de Edward era como se aprovechaba de mí y, lo peor de todo, es que sabía cómo hacerlo. Prácticamente, me había dejado con las piernas hechas gelatina. Estaba precioso. No había otra palabra para describirlo. Lo había visto en trajes muchas veces, pero hoy..., hoy estaba radiante. Su camisa blanca, su pantalón y saco gris azulado, y su hermoso rostro, no había nada que desentonara con él; era el hombre más perfecto que había visto en mi vida. Su sonrisa torcida se abrió paso entre sus labios y sentí sus ojos viajar por todo mi cuerpo.

«¿También sientes eso?».

«Amanda, claro que lo siento. Ni siquiera recuerdo mi puto nombre».

—Estás… ¡Uau! —dijo, sin quitarme los ojos de encima. No podía culparlo, yo tampoco podía apartar mi vista de él—. Eres la mujer más hermosa de todas.

Mis mejillas ardieron y él cerró el espacio entre nosotros para tomarme de la cintura y besarme con ansias. Mi reacción no se tardó en esperar, y en poco tiempo estaba devolviéndole el beso con fervor. Desde que nuestra reconciliación oficial pasó, nos era muy difícil estar separados; cada vez que estábamos juntos, nos era imposible mantener nuestras manos quietas. De hecho, habíamos estado casi toda la semana juntos. En su departamento o en el mío, era igual. Y no sólo hablo del plano sexual —eso no faltó, por supuesto—, sino que también disfrutábamos del tiempo en pareja. La verdad, era algo maravilloso.

—Dios, si no tuviésemos que irnos ahora…

Relamí mis labios, mirándolo a los ojos.

—Lo sé…

«¡Puta graduación! ¿Si nos retrasamos un poquito?».

«Nadie lo notará, ¿o sí?».

«Nah, yo creo que no».

—Hola, par de sopapas, estoy aquí. —Se escuchó una voz a nuestras espaldas.

Edward se separó un poco de mí, aunque me mantuvo sujeta de la cintura mientras saludaba a mi mejor amiga. Alice nos miró con una sonrisa suave y suspiró. Quise matar a Jasper una vez más. ¿Por qué tuvo que haber elegido terminar su relación justo en un día como hoy?

—Hola, Alice.

Ella sonrió un poco.

—Aún estoy un poco enojada contigo, pero agradezco que estés aquí. —Edward le sonrió. Ese discurso de Alice ya estaba bastante utilizado. Cuando volvió de su viaje de Jacksonville le había reclamado a Edward el haberme dejado sola, pero finalmente volvieron a amigarse, por decirlo de una manera, cuando nos vio tan bien. A veces, las separaciones ayudan para darnos cuenta qué tan importante es la otra persona—. ¿Nos vamos?

Tanto Edward y yo asentimos. Él entrelazó nuestras manos, pero Alice levantó su palma, frenándonos. La miramos con el ceño fruncido.

—Les dejo un momento en pareja, porque realmente es demasiada azúcar para mi pobre organismo —suspiró con una mirada triste aunque intentó disimular su expresión—. Por cierto… lamento lo que voy a decirte, Edward, pero últimamente odio a todo objeto que tenga pene. Tú lo tienes, o bueno eso creo, supongo… es decir, sé que lo tienes pero no le he visto, ni tampoco quiero hacerlo, claro. —Sacudió la cabeza y tanto Edward como yo la miramos con los ojos como platos. ¿Cómo habíamos terminado conversando del pene de Edward?—. La cuestión es que hoy no entras en mi listado de personas favoritas. Lo siento. Los veo abajo.

El rostro de Edward era digno de una fotografía. Su ceño se iba distorsionando a medida que Alice desaparecía del departamento. Me reí y pasé una mano por delante de su cara, para pedir su atención. Él me miró, sin quitar esa graciosa mueca de su rostro.

—¿Qué le sucede a Alice?

Le devolví la mirada, intentando no reír por su mueca extraña y divertida, encogiendo mis hombros. La verdad, últimamente entender a mi mejor amiga era más difícil que armar un rompecabezas de tres mil piezas en diez minutos. Así de cambiante estaba. Y no exagero.

—Está en plan de: "Odio a todo lo que tenga pene" —respondí con sinceridad. Desde hacía una semana que venía diciendo que odiaba a todos los hombres. Al parecer, hasta ahora no había ninguna excepción a la regla—. Es bueno que en casa seamos todas mujeres, incluida Fofi.

Me quedó mirando un momento intentando entender alguna cosa. Luego, sus ojos se abrieron y creo que si fuese una caricatura, por encima de su cabeza se hubiese dibujado una lamparita prendida. Volví a reír.

—Uhm, Bella —carraspeó, casi mirándome con preocupación—. Yo tengo pene.

«¡Gracias a Dios!».

Sonreí, aguantando la carcajada que amenazaba con salir de mis labios.

—Entonces… —Lo miré con una mueca divertida—, te odia.

Reí en voz alta y rodé los ojos por lo adorable que se había escuchado. Luego, besé su mejilla para borrar su ceño fruncido.

—Se le pasará, Edward —intenté tranquilizarlo, disimulando mis ganas de reír. Entrelacé mis dedos con los suyos otra vez y volví a mirarlo—. ¿Vamos?

Asintió y saludamos a Fofi antes de salir. Edward miró hacia todos lados del pasillo y, cuando se aseguró que no había moros en la costa, me estampó contra la puerta y me besó de tal manera que tuve que concentrarme en recordar cómo era respirar. Se separó de mí, en un tiempo muy corto debo admitir, y pegó su frente a la mía.

—A mí me alegra tener pene —soltó, mirándome con los ojos ensombrecidos.

Algo en mi interior se removió.

«Le haré un altar a tu polla, Ojitos. ¡He dicho!».

—A mí también me alegra que tengas un coso para mi cosa —dije con burla.

Edward comenzó a reír a las carcajadas y besó castamente mis labios, para luego tirar de mi mano y comenzar con el camino escaleras abajo.

—Eres hermosa —pronunció antes de besarme una vez más.

Cuando llegamos abajo, saludamos a Peter y Charlotte, pues después de todo el asunto de Cupido no se habían separado jamás. Es más, ahora era extraño no verlos juntos. Me alegré por ellos y por nosotros, puesto que habíamos hecho un gran trabajo. Quizás, podríamos volver a recrear todo ese escenario de Cupido para ayudar a otra pareja. ¿Funcionaría?

«¡Salmón a la vista!».

Sonreí cuando sentí la sonrisa de Simon sobre nosotros. Mi vecino y amigo era una historia aparte. Desde que se había enterado de la noticia del nacimiento de su sobrino, estaba muy extraño. Era el mismo Simon de siempre, pero sin serlo en realidad. ¿Raro? Sí, muchísimo. Y lo peor de todo es que no había ningún tipo de indicio de que quisiera largar la lengua. No lo decía por ser chismosa y saber por fin de su vida, sino porque se notaba que necesitaba hablar con alguien. Sentía que el peso de todos los secretos que guardaba era demasiado.

—Creo que hoy no es el día de ninguno de los dos —murmuró Edward, mientras nos acercábamos a Alice y Simon.

Para que Edward se diera cuenta que algo no andaba bien con irlandés, era porque realmente Simon ya no podía disimular su estado de ánimo, aunque quisiera hacerlo. Realmente me preocupaba.

—¿Ya estamos todos listos? —pregunté.

El irlandés guardó sus manos en los bolsillos de sus pantalones negros y asintió, esbozando su sonrisa característica, aunque sin ningún tipo de emoción en sus ojos. Alice suspiró y asintió. Sintiéndome inútil por no saber cómo ayudarnos, nos subimos al coche de Edward. Alice y Simon iban en la parte trasera pero, la verdad, parecía como si no estuviesen allí.

Recargué mi espalda en el respaldo del asiento y suspiré. Edward colocó su mano encima de mi muslo y me miró un momento; le devolví la mirada y sonreí tímidamente.

—Estarán bien —moduló con sus labios sólo para mí.

Largué todo el aire de mis pulmones y asentí. Quería creer que toda esta tormenta pasaría.

El camino hacia la Universidad fue un poco… raro. Edward y yo intentábamos hacer partícipe en las conversaciones a Alice y Simon, pero sólo contestaban con monosílabos; quizás, mi vecino hablaba un poco más que mi mejor amiga. Odiaba verlos así, Alice era una dinamita cuando estaba bien y Simon nunca había perdido la sonrisa; realmente, ambos me preocupaban y mucho. ¿Tardarían mucho en volver a ser los de antes?

Cuando llegamos a la Universidad, Alice rápidamente se perdió con sus compañeros, pues todos tenían que aproximarse hacia el otro lado del establecimiento para salir todos juntos. Junto a Edward y Simon nos encaminamos con Tanya y Jessica cuando las vimos; nos habían guardado lugares bastante privilegiados.

—Hola, chicos. ¿Cómo están? —Esa dulce voz era la de Tanya. Estaba hermosa, con ese vestido blanco estampado de detalles azules y su chaqueta de jean. Ella era preciosa, todo lo que se pusiera le quedaría bien.

—Creí que se tardarían más —añadió Jessica levantándose. Ella también estaba muy linda, traía una pollera azul, con algunas líneas cruzando horizontalmente a la prenda. Arriba, una remera también color azul y conjunto finalizaba con un bléiser color negro. Aunque, si su rostro hubiese sido más alegre, seguramente se vería más linda de lo que ya era.

«¿También problemas de pantalones?».

«Es muy probable que eso sea, Amanda».

Jessica también tuvo una semana media rara, aunque su semana rara había empezado hacía varias semanas atrás. Tanto Tanya y yo quisimos saber qué es lo que le ocurría, pero ella no nos decía ninguna palabra; siempre se las arreglaba para cambiar de tema. Había estado callada, ya no bromeaba tanto como otras veces y, lo más extraño de todo, es que había dejado de ir a fiestas y de verse con algún hombre de turno. La última vez que la habíamos visto así de afligida fue cuando terminó con su primer novio, aunque los momentos de tristeza, en ese entonces, sólo le habían durado tres días.

—¿Sigue sin decir qué le pasa? —murmuré para que sólo Tanya me escuchara.

Ella me miró y asintió con su cabeza.

—No quiere decir nada —respondió en mi mismo tono—. Me preocupa bastante.

Jessica levantó la mirada y nos miró.

—¿Qué cuchichean?

Tanya y yo nos miramos y encogimos nuestros hombros.

—Ya les dije que estoy bien. —La castaña rodó sus ojos—. Párenle el carro a eso.

No dijo más nada e intentó mantener una charla con Simon. Me crucé de brazos y sentí la palma de Edward apoyarse en mi pierna. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro y suspiré con pesadez. ¿Por qué sentía que algo malo iba a pasar? No hablando de algo trágico, claro, pero sentía que toda esta situación que estábamos viviendo con Alice, con Simon y Jessica sólo estaba comenzando.

—Deberías dejar de preocuparte tanto —murmuró Edward, jugando con mis dedos.

—No sé cómo hacerlo —respondí, mirando hacia adelante. Ahora a la charla de Jessica y Simon se había añadido Tanya, y si mal no escuchaba estaban hablando de películas y series de televisión—. Quiero verlos bien.

—Y lo estarán, hermosa. —Dejó un beso en mi frente y me acurruqué contra él—. Supongo que será sólo un momento, ya verás que las cosas mejorarán.

Quise creerle y así lo hice. Amaba que siempre tuviese las palabras justas para lograr tranquilizarme.

—¡Bella! —gritó una voz de una mujer.

Mi cabeza voló hacia esa dirección y una sonrisa de oreja a oreja se plantó en mi rostro cuando vi a Mary parada sólo a escasos pasos de mí. Salté como resorte de mi asiento y me acerqué a ella para abrazarla con fuerza. Mary era la madre de Alice, una gran mujer y una de las mejores amigas de mi madre. Gracias a esa relación, Alice y yo nos habíamos conocido.

—Pero qué guapa y grande que estás, cielo —dijo, mirándome de arriba abajo.

Alice y Mary eran prácticamente iguales. Ambas tenían las mismas facciones, los mismos ojos grises y el color castaño oscuro en el cabello. Salvo que la madre de mi mejor amiga lo llevaba corto, un poco más arriba que los hombros, no como Alice que lo tenía por mitad de la espalda.

—Qué lindo es volver a verte, Mary.

Ella me sonrió y miró hacia atrás.

—¿Así que ese es tu novio? —seguí su vista y le sonreí a Edward cuando nuestras miradas se conectaron—. Es mucho más guapo de lo que tu madre me dijo.

«Y eso que no lo has visto desnudo».

Rodé los ojos.

—Ven que te lo presento, a él y a mis amigos.

Mary se acercó a todos y los fue saludando uno por uno. Claro está que no perdió la oportunidad de poner a Edward en una situación incómoda repitiendo todos los cumplidos que le había dicho mi madre. Esos incluían: «En serio tienes que verlo, parece salido de película» o, «mi hija es suertuda, es obvio que sacó mi suerte», y un sinfín de cosas sin sentido. Yo no sabía si reía para no llorar, pues estaba muerta de la vergüenza. Aunque, al menos, eso sirvió para hacer reír a los demás.

—Alice me dijo que Henry no podría venir hoy… —murmuré apenada. Alice se había enterado que a su padre se le iba a hacer casi imposible poder asistir a su graduación; esa era otra de las cosas que la tenía bastante decaída.

Mary me sonrió y señaló detrás de ella. Al darme la vuelta, vi al muy buen mozo padre de Alice; aquí, a pocos pasos. Hacía mucho tiempo que no lo veía, pues se había mudado a Toronto hacía muchos años atrás. Pensé en la cara de felicidad que pondría Alice al enterarse que su padre sí estaba aquí después de todo.

Creo que mi boca se desencajó y Mary rió con libertad.

—Si le decíamos que Henry llegaría, no sería sorpresa.

Mi sonrisa no se borró en ningún momento.

—Alice se pondrá muy feliz.

Finalmente, el padre de mi mejor amiga se acercó a mí y me saludó con calidez. Cuando sonreía era imposible que no recordara a mi mejor amiga, sus gestos eran prácticamente iguales.

—La piojito ha crecido, Mary —murmuró el hombre de ojos castaños. Sonreí, recordando el horrible apodo que me había puesto Henry cuando me vio por primera vez. No lo culpo, en mi niñez creo que llegaba al metro con suerte. Okay, exagero, pero era bastante enana, la primera en la fila de mi jardín de niños.

Sentí la sonrisa de Edward puesta en mí. Lo miré como diciendo: «No un apodo más, por favor». Su sonrisa se ensanchó y me apretó hacia su costado. No pasé por alto la mirada de los padres de Alice puesta en nosotros.

—Ambas han crecido, Henry —le respondió la aludida. Si había algo que admiraba de Mary y su exesposo era la capacidad de hablar con tanta espontaneidad entre ellos, supongo que se debía a que su relación había terminado en buenos términos. A pesar de que su relación amorosa terminó, seguían siendo grandes amigos.

«Ya Bella no es virgen».

Mis ojos se abrieron escandalizados.

«¡Amanda!».

«¿Qué? Sólo soy sincera, Bellita».

Nos quedamos un momento en silencio, hasta que los organizadores de la ceremonia de entrega de diplomas comenzaron a avisarnos que no tardaría en empezar el acto. Henry saludó a mis amigos y a Edward, y rápidamente emprendieron lugar a la zona de familiares. Me alegré de verlos tan bien; seguramente, Alice se pondría más que feliz al ver a sus padres, en un día de suma importancia para ella y, lo que más importaba, era que ellos estaban muy bien. Creo que muy dentro de mí, deseaba que algo así sucediera entre mis padres; que, al menos, fuesen buenos amigos.

—Son geniales —comenté, volviéndome a sentar en mi sitio.

—Lo son, piojito. —Rodé los ojos y le saqué la lengua, en un gesto de una persona muy madura como yo.

El rector de la Universidad se colocó en medio del escenario y comenzó a hablar un discurso muy interesante, todos nosotros hicimos silencio, escuchándolo con atención. Habló de todas las cosas que uno, inevitablemente, cambia en la vida universitaria. Habló de los logros, de los fracasos, pero hizo hincapié en que uno no debe bajar los brazos, así se esté agobiado y con ganas de dejarse vencer, pues ese era el cambio más importante —en su opinión—; ser perseverante.

Cuando el discurso terminó, ingresaron los graduados, con los típicos trajes negros de graduación. Eran chistosos de ver, sobre todo con esos graciosos birretes encima de su cabeza.

—Tú te verás hermosa —susurró Edward en mi oído.

Puse los ojos en blanco.

—Son horribles, yo seré una especie de sacerdote o algo así.

Edward sonrió y pasó un brazo por el respaldo de mi silla, rozando de vez en cuando mi espalda.

—Obviamente nosotros cambiaremos el color —añadió Jessica—. No seré tan aburrida de ponerme uno negro. ¿Qué tal amarillo?

«¿Y ser integrante de la familia Simpson?».

Me reí por las ocurrencias de Amanda, mientras Tanya miraba a Jess con los ojos bien abiertos.

—¿Quieres ser una especie de canario? —Negó con la cabeza—. Creo que el rosa sería genial.

—¿Por qué rosa? —Puse cara de desagrado y todos rieron.

Finalmente, cuando todos ingresaron y, junto a ellos, estuvo mi mejor amiga viéndose deslumbrante, el rector de la Universidad pronunció su nombre con voz clara y firme. Ella se levantó, con una sonrisa suave que escondía su nerviosismo y comenzó a caminar hasta el micrófono, parándose delante de él. Antes de comenzar a hablar, miró hacia adelante, buscando a sus padres con la vista y sus ojos se abrieron con sorpresa cuando se percató que ambos estaban aquí, inclusive Henry. Sus ojos se iluminaron aún más y creo que lagrimeó un poco, pero no estaba tan cerca de ella como para poder afirmarlo.

Se aclaró la garganta y miró al frente, intentando mantener sus ojos apartados de sus padres, para que la emoción no interrumpiera el discurso que había preparado a lo largo de la semana.

—Cuando me enteré que tendría que armar el discurso de graduación, me puse muy nerviosa, pues no estoy acostumbrada a hablar en público, demasiados ojos se centran en mí y eso me incomoda bastante. Algunas veces, las cosas suelen terminar en desastre… una vez vomité —añadió en voz baja y se escuchó como todos tragaban en seco—. Prometo que esta vez no será el caso —añadió rápidamente, mientras sonreía.

Se escucharon algunas risitas bajas y ella suspiró, ahora se sentía más tranquila para comenzar a hablar.

—Tenía un discurso preparado para decir, pero… a último momento, decidí cambiarlo e improvisar uno. —Nos buscó con la mirada y nos hizo una mueca—. Lo siento.

Fruncí el ceño, sintiendo como todas las personas hacían silencio, escuchando con atención a mi mejor amiga. Me pareció extraño que quisiera cambiar su discurso ahora, estando parada frente a casi toda la Universidad, pues había trabajado mucho en ese discurso, intentando mantener su cabeza ocupada para no pensar en alguien cuyo nombre comienza con J. incluso me había pedido un poco de ayuda, para terminar de editarlo. Simon me miró, muy confundido con la decisión de Alice, puesto que también la había ayudado bastante.

—No lo sé —modulé con la boca, encogiendo mis hombros.

—Ella sabe lo que hace —murmuró Jessica, mirándola con atención.

Mis ojos fueron a mi mejor amiga y comenzó a hablar.

—"Objetivos.

Pronunció dando por iniciado su discurso improvisado, bajo un silencio sepulcral de todos los presentes.

—Cuando los años pasan, las personas cambiamos, maduramos y nos transformamos —suspiró con pesadez, sin quitar su vista del frente—. Cuando eres niño, todo parece posible. Volar no cuesta nada, soñar con cosas casi imposibles son tareas de todos los días —sonrió débilmente—. Todos tenemos sueños, eso está claro. ¿Pero qué tan importantes son los sueños cuando el mágico mundo de la niñez ya no te acompaña?

Hizo una pausa y les sonrió a sus padres. Mary ya lloraba y Henry acariciaba su espalda, intentando confortarla. Alice miró hacia arriba, intentando no derramar las lágrimas que estaba conteniendo. Apreté la mano de Edward, sintiendo mis ojos humedecidos y él me estrechó a su cuerpo, besando mi frente.

—Sin dudas, los sueños son muy importantes, es nuestra naturaleza desearlos, imaginarlos. Pero, muchas veces, cuando uno ya es adulto… esos sueños se convierten en objetivos. —Tomó una bocanada de aire y prosiguió—. Casi, casi todos tenemos nuestros propios objetivos. La vida adulta te lleva a eso. Estudiar, trabajar, formar una familia. Así parece resumirse el ciclo de la vida, al menos en la mayoría de los casos. Pero, ¿a eso es a lo que se resume la vida adulta? Por supuesto que no, ser adulto no significa que debas cambiar todo lo que eres, sino agregarle más responsabilidades a tu vida cotidiana.

Sus ojos se detuvieron en mí y me sonrió. Le devolví la sonrisa sin dudarlo, escuchándola con atención.

—Una persona muy importante me enseñó que no es importante llegar a la meta, sino disfrutar del camino. —Miró a todos sus compañeros—. Hoy llegamos a la meta, de eso no hay duda, y aunque cueste admitirlo somos adultos. Bueno, sí, lo somos hace rato… pero creo que ahora todo se siente más genuino. Las responsabilidades nos seguirán agobiando y estoy segura que más de uno de nosotros querrá volver a las épocas en donde nuestra única preocupación era el regaño de nuestros padres cuando se nos ensuciaba la ropa. En serio, la chancla de mi madre dolía —añadió soltando unas risitas; todos los demás también reímos, salvo Mary que podía escuchar su llanto emocionado desde aquí.

La sonrisa de Alice se borró por completo cuando su vista se quedó fija hacia adelante. Pude notar como su cuerpo se tensó completamente y sus ojos se cerraron una milésima de segundo. Giré mi cabeza hacia la dirección en donde sus ojos se perdieron y vi a Jasper parado al final del pasillo.

«¿Qué mierda hace aquí?».

No lo sabía. Creí que Alice le había dejado en claro que no quería que estuviese aquí. No después de todos estos días de dolor para ella.

—¿Por qué la sigue lastimando? —preguntó Tanya en voz baja, mirando a Jasper.

Suspiré con pesadez e intenté que Alice me mirara, pero era en vano, sus ojos no abandonaban al que fue su novio.

—Pero el tiempo no puede detenerse —siguió diciendo, su voz se escuchaba vacilante—, él sigue su curso, colocándonos en el camino correcto, con las personas correctas. Aquellas personas que realmente nos valoran y están junto a nosotros aún en los peores momentos. —Hizo una pausa, pasando una mano sobre su mejilla y dibujó una sonrisa débil en sus labios—. Una nueva etapa comienza, eso está claro, y confío en que todos estamos listos para ello. Felicitaciones, flamantes odontólogos".

Un estallido de aplausos se escuchó en todo el lugar y todos se pusieron de pie, incluidos nosotros, obviamente. Luego, todos comenzaron a hacer sus volar birretes negros por los aires, y Alice miró la escena con los ojos brillantes; se quitó el suyo, pero no lo hizo volar, sino que lo sostuvo en su pecho, sin borrar la sonrisa de su rostro, aunque sus ojos se mantuvieron apagados.

.

.

—Entonces, ¿irás más tarde?

Alice asintió, terminando de quitarse su traje de graduación.

—Ya les prometí a mis padres que iría a cenar con ellos, pero ustedes pueden ir ya, los demás ya emprenden camino —comentó, mientras Mary la ayudaba a quitarse su capa.

—Nosotros no somos bienvenidos a la fiesta, sólo irán las personas cool.

Me reí.

—No digas eso, mamá. —Alice hizo un mohín, sonriendo con diversión; diversión que no llegó a sus ojos, por supuesto.

Henry apareció en escena y miró hacia la dirección de Edward y los demás.

—¿En serio le regaló un auto a tu padre? —preguntó con asombro.

«Ojitos puede ser muy estratega, señor Brandon».

—Y uno muy costoso, pa —respondió Alice, mientras su padre la abrazaba y besaba su cabeza.

—Tipo suertudo —murmuró con una sonrisa divertida—. ¿Por qué no me consigues un yerno así, Al?

El semblante de Alice decayó y Mary le propinó un golpe en el brazo.

—Lo siento, hija —dijo con pena. Luego frunció los labios—. Ya no está aquí, ¿verdad? Porque juro que si vuelvo a verlo soy capaz de…

—Ya, papá —Alice suspiró con pesadez—. No volverá a molestar, se lo has dejado en claro.

Y así lo hizo. El señor Brandon no se daba de rodeos y cuando notó que su hija se había puesto triste, no lo pensó dos veces y tuvo una charla bastante intensa con el que había sido su yerno. Jasper parecía entender el punto de vista de Henry, y no quiso discutir mucho, pues se había ido sin siquiera insistir en hablar con Alice. Creo que eso empeoró la situación. Yo sabía que las cosas aún eran muy prematuras y que costaría trabajo que el verdadero problema se comprendiera, pero tanto mi mejor amiga como Jasper eran muy testarudos y tendría que pasar un milagro para que intentaran hablar sin pelearse.

—En fin, ¿vamos?

Los tres se despidieron de mí y partieron rumbo al coche. Me puse muy feliz al ver que hoy Alice contaba con el apoyo de sus padres. Sabía que necesitaba eso más de lo que podría admitir.

—¿Todo bien? —preguntó Edward abrazándome.

«Teniéndote a ti, ¿qué puede estar mal?».

Lo miré a los ojos, perdiéndome en sus profundidades.

—Te amo —murmuré en un hilo de voz. Quizás la situación con Alice me tenía bastante sensible, y ni siquiera podía pensar en cómo se debía sentir. Ella sentía y siente por Jasper lo mismo que yo siento por Edward. Ahora lo comprendía. Podía hacerlo, porque yo también estaba enamorada.

Él acarició mi mejilla con ternura y mi corazoncito se aceleró todavía más. Creo que podría salirse de mi pecho con facilidad.

—No deseo nada más —murmuró, antes de cerrar el espacio entre ambos para besarme con suavidad.

«¿Y mis dos palabritas?».

«Sabes que las dirá cuando esté preparado, Amanda».

«Bueno, pues dile que vaya agilizando los trámites. Me volveré anciana esperando».

Sonreí sobre sus labios y él se separó un poco de mí para mirarme con interés.

—Créeme, no quieres saber.

Sonrió de lado.

—¿Otra vez los planes de violación de Amanda?

Okay, quizás para una persona cuerda escuchar a dos sujetos hablando de una conciencia, era algo muy preocupante. Pero, para dos chiflados como nosotros, era algo absolutamente normal. Amaba eso. Porque todo el mundo necesita un poco de locura para ser feliz.

—No le des ideas.

«No, sí, mejor dámelas. ¿Qué es más efectivo que el cloroformo?».

—Sabes que no necesitas de eso, soy tuyo por completo.

¿Cómo no amar a este hombre? Lo miré como la idiota enamorada que soy. Supongo que describirlo como ese emoticón con corazones en los ojos era algo pobre comparado con la cara de boba que puse y me tiré a sus brazos para besarlo a mi antojo. Porque sí, él era todito para mí.

«¿No te estás olvidando de alguien?».

«Tú tienes a Armando, no me jodas».

«Hacemos un excelente cuartero».

—¿Piensan comerse más tiempo o nos vamos a la fiesta? —vociferó Jessica, mirándonos con las cejas alzadas—. En serio, creo que ya tengo diabetes crónica.

—No seas mala, Jess.

La castaña rodó sus ojos y dibujó un corazón con sus dedos, burlándose de nosotros. Simon sonrió colocando ambas manos en sus bolsillos, aunque luego su vista se fijó detrás de mí; casi pude ver como su boca se frunció.

Miré por el rabillo del ojo, y me topé con dos ojos color azul.

—¿Jasper? —pronuncié su nombre en un murmullo.

Todos nos quedamos en silencio, mirándolo fijamente.

—Hola —pronunció en un hilo de voz.

Nadie respondió.

—¿Qué quieres ahora, cabrón? —estalló Jessica tomándonos a todos por sorpresa—. No sólo la dejas tirada a Alice, sino que encima tienes el tupé de venir aquí y seguir cagándole la vida. ¿Qué mierda te crees?

Simon la sostuvo por el brazo porque prácticamente quería tirarse encima de Jasper. Él no respondió nada, sólo se limitó a agachar su cabeza. Se notaba triste, decaído y, por supuesto, su rostro estaba completamente inexpresivo.

—Jessica, cálmate —le susurró mi vecino, aumentando el agarre de sus brazos.

«¡Pégale por mí también, Jess!».

—Yo… —comenzó a decir—. Sólo quiero hablar un momento contigo, Bella. ¿Puedo?

Miré a Edward y Edward me miró a mí. No me había dado cuenta que apreté su mano con fuerza, hasta que él la acarició con suavidad. Cerré mis ojos y asentí.

—Está bien —respondí.

Jasper asintió.

—Lamento que tengan que pasar por esto… yo…

—Tú eres un maldito idiota —siguió diciendo Jessica completamente fuera de sí, ahora también se unió Tanya para sostenerla. Le decía algunas cosas para que se calmara, pero era en vano—. Otro del montón, que se aprovechan de nosotras y luego nos dejan votadas. Ojalá, Jasper, ojalá todo te vuelva el doble y sufras mucho, porque Alice lo está haciendo demasiado y sólo es tu culpa. Le clavaste una puñalada en la espalda, maldito.

Tanya se puso firme delante de ella y la tomó por los hombros.

—¡Ya basta! —rugió la rubia, haciendo que todos nos quedáramos asombrados por escucharla gritar. Nunca gritaba fuerte, salvo en ocasiones necesarias, como ahora—. Ese maldito problema, es problema de Jasper y Alice, nosotros no somos quién para interferir en ellos.

Edward volvió a apretar mi mano y señaló hacia Jasper; sabía que sugería que vaya a hablar con él, aprovechando que Tanya intentaba calmar a Jess. Asentí y él me soltó, mientras caminaba junto al exnovio de Alice.

—Siento el comportamiento de Jess… —comencé a decir.

Él me miró, sus ojos celestes estaban opacos, ni siquiera brillaban con los últimos rayos del día.

—Jessica sólo dice la verdad. —Miró hacia arriba, con enojo—. La estoy lastimando mucho.

«Mira nada más, qué novedad».

—Jamás la había visto tan mal como ahora —respondí—. Mira Jasper, sé que no soy quién para opinar y realmente deseo de corazón que las cosas entre ustedes se aclaren y puedan volver a ser una pareja feliz. Pero, ¿por qué no dijiste nada? ¿Por qué no compartir la idea y tus planes? Estoy segura que hubiesen encontrado alguna solución para ambos.

Jaló sus cabellos con nerviosismo, casi con furia.

—Porque soy idiota. —Tomó una bocanada de aire—. Porque sabía cómo Alice iba a reaccionar y no quise echarlo todo a perder; pero ya ves, hice todo mal.

—¿La decisión está tomada? —quise saber.

Él me miró, era como mirar a un zombi, realmente se notaba mal.

—Viajo mañana.

Lo único que podía hacer era pensar en Alice y en el gran dolor que todo esto le estaba causando. Sabía que Jasper tenía todo su derecho de aceptar ese trabajo y triunfar, porque realmente esos son trenes que sólo pasan una vez, pero también veía el otro lado de la moneda. Ambos estaban sufriendo. Ambos estaban dejando de ser esa pareja consagrada. Y sabía que tardarían mucho en poder recomponerse.

—Realmente es una gran oportunidad para mí, de hecho la única que alguna vez pensé tener… —siguió diciendo—. Sé que he hecho mal, que debería haberle dicho todo desde el principio y no soltarle la bomba por teléfono pero… me puse nervioso, Bella. No supe qué hacer, y elegí la peor manera de obrar.

No respondí nada, pues estaba de acuerdo con él.

—¿Puedo decirte algo? —Asintió—. Ya no la hagas sufrir más. Si ya has hecho tu elección y sabes con certeza que ya no estarán juntos, te pido encarecidamente que ya no la jodas. Realmente está muy mal y también sé que tú no la estás pasando bien, pero si no tienen otra solución que su separación, es mejor que comiencen desde ahora.

—Cuesta mucho dejarla ir.

—Es lo que debes hacer —respondí—. Debes dejarla ir si no la quieres hacer sufrir más.

«Encontrará a alguien mucho mejor que tú, cabrón».

—¿Puedes dejarle esto? —Me entregó un paquete pequeño, envuelto en un papel de regalo fucsia. Como el color favorito de mi mejor amiga—. Iba a entregárselo hoy, pero ni siquiera tuve la posibilidad de hablar con ella.

—Yo se lo daré —prometí, tomando el paquete entre mis manos.

Jasper suspiró con mucho pesar.

—Lo lamento mucho.

Asentí.

—Yo lo lamento aún más, Jasper.

Nos miramos una vez más y sintiéndome muy triste por ambos, me alejé de él, llevando el regalo para Alice en mis manos. Quería creer que esta historia no se terminaba allí, pero era difícil de estar seguro. Al volver con los demás, nadie dijo nada ni hicieron preguntas de mi charla con Jasper. Lo agradecí, porque ya no quería hablar del tema.

Los demás comenzaron a subir al auto y yo me quedé mirando fijamente los corazones del papel de regalo del paquete de Alice. Edward acarició mi mejilla y lo miré.

—Dos personas que se aman no siempre pueden estar juntos… —murmuró, sin quitarme los ojos de encima—. Pero no porque estén separados, dejarán de estar enamorados.

Estuve de acuerdo con sus palabras, pero más allá de eso no entendía la lógica. ¿Por qué Alice no podía ser feliz con el hombre que amaba? ¿Jasper no era el indicado para ella, después de todo?

—Alice sufrirá mucho.

—Jasper también lo hará, Bella.

También concordé con ello. Miré a Edward a los ojos y ni siquiera procesé las palabras antes de que salieran de mis labios.

—¿Tú no te alejarías de mí, verdad?

Él suspiró y comenzó a negar con la cabeza, atrayéndome a su cuerpo para abrazarme con fuerza.

—No podría soportar estar apartado de ti, mi dulce Voz de Pito. —Besó mis cabellos, y aproveché para enterrar mi cabeza en su cuello y llenarme de su delicioso perfume—. No debes pensar en ello, estoy seguro que pronto todo pasará.

Realmente quería creer en ello, pero pensar en Alice y Jasper separados era muy difícil de asimilar.

Minutos más tarde, por fin habíamos llegado a las puertas del boliche que hoy sería utilizado como salón de fiestas para festejar la graduación de los flamantes odontólogos. Desde afuera, el lugar parecía muy lindo. Las luces brillantes era lo primero que llamaba la atención. Aunque lo más simpático de todo era un globo gigante en forma de pieza dental que estaba ubicado en la puerta.

—¿Un diente gigante? —murmuró Tanya con una sonrisa—. Es lo más loco que vi en mi vida.

Todos comenzamos a reír, el ambiente se notaba un poco más relajado que hacía unos minutos atrás. El celular de Edward comenzó a sonar y, una vez que estacionamos, contestó la llamada. Mientras, todos los demás comenzamos a descender del vehículo, el lugar estaba comenzando a llenarse. Había coches estacionados por todos lados.

—Lamento mucho como me comporté antes… —comenzó a decir Jessica.

Simon la cortó.

—Creo que deberíamos dejar zancado el tema, al menos para que Alice se olvide por esta noche todo lo que tenga que ver con Jasper. ¿No creen?

Las tres asentimos.

—¿Tendré alguna chance contigo alguna vez, irlandés?

«¡¿Perdón?! El Salmón también es mío».

«No puedes tener a todos, Amanda».

«Pero el Salmón es el Salmón, y no dejaré que cualquiera lo tenga».

Sonreí.

—Lo siento, Jess, pero ya sabes lo que pienso al respecto. —Respondió con diversión.

La castaña lo miró con burla.

—Lástima —insistió—. Aunque puedo ser bastante persuasiva, guapo. —Le guiñó un ojo y comenzamos a reír como locos.

Edward se unió a nosotros y me sostuvo por la cintura.

—Daniel y Brad están en camino.

El rostro de Jessica se transformó.

—¿Y qué quiere ese viniendo aquí?

Tanya me miró. Yo la miré. Y ambas clavamos la vista en Jessica. ¿Qué nos estábamos perdiendo?

—Uh, bueno, Alice me avisó para que los invitara… —respondió Edward un poco confundido.

—Pues bien, yo no pienso verlo. —Enrolló su brazo al de Tanya y nos miró—. ¿Entramos?

Bueno, definitivamente hoy era el día bipolar. ¿Qué pasaba con mis amigas?

Mientras los demás comenzaban a ingresar, sentí la mirada de Edward fija en mí.

—¿Me estoy perdiendo de algo? —preguntó con confusión.

Encogí mis hombros.

—Somos dos —respondí, entrelazando mi mano con la suya para ingresar al boliche.

El lugar era justo como Alice me había descripto. Habían pensado hasta en el último detalle. La temática, por supuesto, era todo relacionado con el área de odontología. Había globos en forma de dientes, tornos gigantes que, la verdad, me hicieron estremecer un poco —sí, lo sé, soy tonta por tenerle respeto a esas maquinitas, pero no era nada gracioso escuchar ese ruido del demonio y, encima, tener que tenerlo dentro de la boca. Gracias, pero paso—, hasta los sorbetes de los tragos tenían en el extremo superior una pequeña pieza dental sonriendo. Me llevaría uno para casa, claro está.

—Pensaron en todo —murmuró Edward en mi oído.

Su aliento me hizo cosquillas y sonreí un poco, asintiendo.

—Todo es genial —respondí, mientras nos aproximábamos a los demás.

Los chicos habían conseguido un sector libre, así que allí nos acomodamos. Escuché que las canciones que pasaban comenzaban a ser más movidas y mi pie comenzó a moverse por sí solo. Edward me miró y sonrió ampliamente.

—¿Quieren algo para tomar? Hoy planeo embriagarme —dijo Jessica con mucha seguridad.

Tanya la miró feo.

—¿Por qué tomar hasta embriagarse? —bufó.

La castaña la miró, pero no respondió.

—¿Ronda de chupitos?

Todos asentimos menos Tanya, pero igualmente fue ella quien la acompañó a la barra.

—¿Es un día extraño o sólo me parece a mí?

Simon se dejó caer a mi lado y Edward se sentó al otro costado, quedando yo entre medio de los dos.

«Eso me da ciertas ideas».

«Que ya las puedes ir descartando. Gracias».

—Indudablemente algo pasó con Jessica y Brad, pero no tengo idea de qué haya sido.

Sí, yo también sospechaba lo mismo. De hecho, hacía mucho tiempo que mi amiga siquiera nombraba al amigo de Edward y eso muy extraño, ya que desde que lo conocía no había un solo día que no hablara de él.

—Quizás, sólo tenemos mala suerte. —Edward y yo miramos a Simon—. Hablo de Alice, Jess y yo, por supuesto.

—¿Por qué dices eso?

Suspiró y sonrió tristemente.

—Por nada, Bella —añadió, aprovechando que Jessica ya había vuelto con una bandeja cargadas de tragos. Simon y sus misterios, ¿alguna vez los sabríamos?

El clima de la fiesta realmente era muy divertido, la música era genial y creo que por primera vez en el día, todos los problemas estuvieron de lado. Alice había llegado hacía algunos minutos y la veía mucho mejor que antes, así que decidí esperar a estar en casa para darle el paquete que Jasper había dejado para ella; para que no volviera a su estado depresivo una vez más.

—¿Dónde están tus amigos, Edward? —preguntó Alice.

No hizo falta que Edward respondiera, pues los dos aparecieron en escena y se acercaron a nosotros cuando identificaron nuestra posición. No me contuve y codeé a Tanya, avisándole que su príncipe azul ya había llegado. Ella se puso de todos los colores, y su rostro enrojeció aún más cuando Daniel dejó un beso tierno en su mejilla. Brad también comenzó a saludarnos, pero cuando llegó a Jessica, ella lo miró y caminó en otra dirección, sin molestarse en saludarlo de vuelta.

—Más podrido de lo que me imaginaba —murmuró mi mejor amiga en mi oído.

—¿Tú sabes algo?

Encogió sus hombros.

—Es hombre —respondió con simpleza—. Creo que con eso basta y sobra.

Suspiré y negué con la cabeza, el odio-a-todos-los-hombres de Alice era evidente que todavía no había encontrado excepciones.

Las cosas estaban raras desde el principio, pero desde que habían llegado Daniel y Brad el ambiente se había puesto todavía más tenso. Me gustaría decir que la estaba pasando bien, pero no era del todo cierto. Alice intentaba parecer que ya había superado a Jasper, bailando como loca en el medio de la pista y llamando la atención de los hombres que la rodeaban. Jessica..., bueno, ella no había largado sus chupitos de Vodka, aunque ahora tomaba directamente de la botella y, Simon…. El pobre se había quedado a un lado, apartado de todos, bebiendo como si su vida dependiera de ello.

Miré a los tres de hito a hito y me clavé mi chupito de un trago, haciendo una mueca de desagrado cuando el líquido pasó por mi garganta.

—¿No estás tomando mucho?

Miré a Tanya con una sonrisa.

—¿Quién?

Ella rodó sus ojos.

—Tú, tonta —sonrió levemente—. La verdad, creo que todo es un desastre.

—Un desastre amoroso en todo caso —añadí, sirviéndome más vodka. De tan feo que era, sólo pensaba en tomar más y más—. Todos se comportan muy extraño, míralos.

Ahora Jess miraba a Brad como psicópata en el extremo opuesto a donde estaba él, buscando seducir a una castaña; desde aquí no podía ver quién era, pero debía ser una muchacha que Jessica conociera, pues se notaba que trinaba. Era de esperarse, de todos modos, pues Brad era un caradura mujeriego.

—Simon me preocupa mucho. —Seguí su vista y lo vi sentado, con su rostro escondido entre sus manos mientras seguía tomando a grandes sorbos el único Whiskey irlandés que había podido encontrar.

«Mi pobre Salmoncito, no me gusta verlo así».

«Ni a mí tampoco».

Bebí un trago más.

—¿Sabes? Creo que los únicos que estamos bien soy tú y Edward, y Daniel y yo.

La miré con interés. Sus mejillas se colorearon, aunque intentó disimularlo escondiéndose detrás de su cabello.

—¿Hay algo que me estoy perdiendo?

Edward y Daniel estaban acercándose a nosotras, el primero con una lata de Sprite en sus manos y el otro con dos botellas de agua.

—No, bueno sí… digo no. —Sacudió su cabeza—. Estamos hablando mucho, eso es todo.

Le sonreí con dulzura.

—Te gusta mucho, ¿cierto?

«¡Cómo para que no le guste! Si sólo falta que le pruebe el zapato a ver si es Cenicienta o no».

Le rodeé los ojos a mi conciencia y volví mi atención a mi mejor amiga.

—Demasiado —admitió poniéndose más roja que una cosecha de tomates—. Pero no sé…

—Nunca sabrás el porqué, Tan. —Vacié mi vaso de chupito, volviendo a repetir esa mueca de desagrado—. Pero no debes precipitar nada, sólo deja que fluya. Daniel parece un buen muchacho.

—Eso es lo que más me gusta de él —sonrió levemente, viéndolo venir.

«Eso y que está como para comérselo».

«¿El alcohol ya te empezó a afectar?».

«Sólo aprecio las maravillas masculinas, Bellita, no me culpes».

—¿Qué te parece si cambiamos ese vaso por este? —dijo Edward extendiéndome la lata de Sprite delante de mí.

Arrugué mi nariz, mirando con cariño a mi chupito nuevamente recargado de líquido trasparente.

—Pero me gusta esta asquerosidad. —Agité mi vasito—. Es horrible, pero muy rico.

Edward rodó sus ojos y negó con su cabeza, con una sonrisa enorme y divertida.

—¿Qué haré contigo, Voz de Pito?

Sonreí y enganché mis brazos detrás de su cuello.

—¿Sostener mi cabello mientras vomito?

Me miró con preocupación.

—¿Quieres vomitar? —Comencé a negar con la cabeza, suspiró de alivio—. No más alcohol para ti.

Hice un puchero y no pudo evitar sonreír.

—No tomaré mucho más, te lo prometo. —Levanté mi palma—. Pero es que eso realmente es horriblemente sabroso.

Agachó su cabeza y me dio un suave beso en los labios.

—Eres una loquita sin remedio, y eso me encanta.

«A mí me encantas tú».

Me subí en las puntas de mis pies y lo abracé con todas mis fuerzas, para besarlo como yo quería hacerlo. Bien, puede ser que los chupitos comenzaran a subirme a la cabeza, pues la timidez y la pena de dar espectáculos en público se habían ido por el retrete.

—¡¿Me estás jodiendo, Brad?!

Edward y yo nos separamos con rapidez al escuchar ese grito. Miré hacia todos lados, sintiendo que mi cabeza daba vueltas por la rapidez del movimiento y pude ver a Brad y Jessica mirándose fijamente el uno con el otro. ¿Y ahora qué sucedía?

—Podría estar haciéndolo, pero no sé qué mierda te pasa.

El cachetazo que le propinó Jessica se escuchó en todos lados. Muchos de los chismosos que ya miraban con interés la escena, jadearon por la fuerza del impacto. Yo me quedé muda, sin entender qué estaba pasando.

—Eres un idiota, un asqueroso cerdo. —La voz de Jessica comenzaba a quebrarse y di un paso hacia adelante, pero Edward me sostuvo—. ¿Te crees que estaré disponible cada vez que tu polla tiene hambre de sexo? ¿Aún cuando intentas ligar con la puta más puta de la Universidad? Porque sí, yo no seré la virgen María, pero Lauren me gana en lo puta, eso te lo puede decir cualquiera.

Brad la miró a los ojos, sosteniendo la mejilla lastimada.

—Yo jamás te prometí nada —murmuró.

—¿Qué puede prometer alguien como tú? —siseó entre dientes—. Un egoísta, un egocéntrico y mujeriego como tú. Me das asco, y también lástima, porque te crees el gran macho Alfa ligando con cuanta mujer se te cruce por delante, sólo para disfrazar lo solo que estás. No quiero volver a verte, infeliz, nunca más. Mi coño y yo nos vamos, no dejaré que sigas jugando conmigo.

Le tiró el vodka de su vaso en el rostro y, luego, con la dignidad intacta comenzó a alejarse de él, para salir prácticamente corriendo hacia el patio trasero. Tanya y yo nos miramos, y Alice apareció como por arte de magia. No lo dudamos un segundo y, con pasos torpes, fuimos hacia la misma dirección de Jessica.

—No diré nada y mucho menos pediré disculpas —dijo, sentada sobre un banco de madera—. Bueno, sí, te pediré disculpas a ti, Alice, por el escándalo.

—Descuida, Jess —dijo Alice, pasándole una botella de cerveza. ¿De dónde la había sacado?—. Los hombres son idiotas.

—Muy idiotas.

«Pero necesarios».

—Salud por eso. —Chocaron botellas—, y salud porque el amor realmente apesta. Menos para ustedes dos, chicas, porque ustedes sí merecen su mundo de fantasías.

«Y de Orlandolandia. No te olvides de los Orlandos».

Volví a vaciar mi chupito, una vez más, de sólo un trago.

—Déjennos ahogar las penas aquí, chicas —dijo Alice con la voz completamente apagada—. Ustedes disfruten de la fiesta.

Como mi cabeza ya estaba bastante abrumada de todo lo que pasó a lo largo del día, y también por la ingesta del alcohol, decidí no replicar sus palabras. Tanya me miró y negó con la cabeza. La comprendí enseguida, era mejor dejarlas a ambas y esperar que se tranquilizaran entre las dos.

Al volver al interior, los brazos de Edward me rodearon y sonreí sobre su pecho, mientras veía por el rabillo del ojo que Tanya se iba junto a Daniel. Bueno, la verdad, esperaba que al menos ellos dos sí tuviesen futuro.

—Estarán bien, créeme —murmuró mi novio, trayéndome a la realidad. Las cosas se empezaban a mover, tuve que concentrarme para que mi alrededor se quedara quieto.

—Odio no poder hacer nada para ayudarlas.

Me miró con dulzura.

—¿En serio dices eso? —Levantó mi barbilla con sus dedos y me miró a los ojos—. Haces mucho por ellas, y ellas lo saben.

—Pero…

Negó con su cabeza y cubrió mis labios con su dedo índice.

—¿Vamos a bailar?

Sonreí y hablé, a pesar de su dedo cubriendo mi boca:

—¿Otra vez te prometí un baile que no recuerdo?

Asintió.

—Así es, Voz de Pito. —Guiñó su ojo—. ¿Me concede esta pieza?

Luego de las discusiones, los sobresaltos y las penas que sucedieron a lo largo de todo el día, me permití disfrutar de la fiesta, y ahora veía todo con otros ojos. O quizás, ayudaron los chupitos, no estoy segura. Pero las personas se veían más alegres, más sonrientes y también más divertidas.

—¿No está así como el ambiente muy divertido?

Solté unas risitas tontas, sosteniéndome de Edward para no caer. ¿Por qué todo daba vueltas? ¡Era muy divertido! Si hasta se parecía a los carruseles a los que me llevaba mi padre cuando era pequeña.

—Tú estás más divertida que de costumbre —sonrió de lado y pude ver como sus ojos brillaban con diversión. Reí un poco más.

«Es divertido que todo se mueva. ¡Veo dos Ojitos!».

Eso era algo que no había pensado. Volví a reír y Edward sacudió la cabeza con una gran sonrisa en su rostro. Mi visión también comenzaba a ser doble. Me concentré para darme cuenta cuál era el Edward real; uno se movía mucho, tambaleándose para ambos lados, y el otro se mantenía un poco quieto. Comencé a torcer mi cuello para descifrar cuál era el Edward auténtico. Fue un poco más fácil cuando comenzó a hablar.

El Edward uno, dijo:

—Creí que nunca te vería en este estado.

El Edward dos continuaba meciéndose hacia los lados, mareándome por completo. Dios, mi cabeza explotaría. Cerré mis ojos y tiré mi cabeza para atrás, riéndome a carcajadas.

—¡Pero si estoy muy bien!

Estaba un poco ebria, sí, no lo niego, pero tampoco era que no tenía conciencia.

«Estoy un poco alegre, pero aquí estoy, Bellita. ¡También tengo un Armando doble!».

—Eso no lo dudo. —La voz de Edward me hizo enfocar mi atención en él—. Estás bastante borracha.

Hice un mohín cruzándome de brazos; pero como no podía controlar mis movimientos, casi me caigo de culo contra el suelo; por suerte, los brazos de Edward fueron rápidos y me sostuvieron antes de darme un buen porrazo.

—¿Cuántos chupitos has tomado?

No estaba muy iluminada para las matemáticas en este momento.

—¿Luego de la discusión o antes? —reí tontamente. Ya no controlaba eso, la risa salía con naturalidad.

Edward acarició mi mejilla y sonrió, mirándome con dulzura.

—Hasta media borrachita eres hermosa.

Mi corazón se derritió y, un poco ebria y todo, me las ingenié para besar al Edward uno. Si con mis cinco sentidos era capaz de perder la cabeza cuando me besaba, imagínense con mis sentidos nublados. Creo que al alcohol hacía activar mi lado salvaje. ¿Habría algún recoveco remoto y oscuro en el que podría perderme con mis Edward uno y dos?

«El sueño de mi vida se cumple, ¡un trío con dos Ojitos!».

Relamí mis labios, intentando ser sensual. Edward me miró con curiosidad.

—Quiero… —murmuré, sin procesar la palabra antes de decirla.

Su rostro se desfiguró de la confusión.

—Quiero —volví a repetir, mientras dejaba un beso en su mandíbula.

Su agarre en mí se intensificó y podía sentir su ardiente mirada en mí.

—Explícate, Bella… —susurró, pegando sus labios en mi oído, mandándoles oleadas de corrientes eléctricas por todo mi cuerpo. No sé si era un efecto secundario del alcohol o algo así, pero me sentía completamente encendida.

Enredé mis manos en sus cabellos y lo atraje hacia mí, para darle un beso necesitado. Sabía que estaba actuando sin pensar, pero realmente no podía pensar. El alcohol me nublaba mis sentidos y la cercanía de mi cuerpo con el Edward, sintiendo su familiar calor, no me dejaba pensar con claridad. Igualmente, la tarea de pensar en el estado en el que estaba, estaba siendo bastante difícil.

—Jesús, Bella —bramó, apretándome más hacia él, mientras mi lengua se abría camino hacia el interior de su boca. Necesitaba esto. Necesitaba a Edward. Aquí y ahora. Sabía que estábamos haciendo un espectáculo en plena pista de baile, pero ahora nada me importaba—. ¿Estás diciendo que…?

«Estás un poco lento, Ojitos. Ya, llévanos de aquí. ¿Qué dices de los reservados, Bellita?».

«Demasiada gente. ¿Qué me dices de los baños?».

«¡Caliente, excitante y espacio reducido! Definitivamente, me encanta. Lárgate a los baños, mujer. ¡Ya mismo!».

—Sí, Edward, quiero —volví a repetir, repartiendo besos por su mandíbula apretada. Sonreí con burla y putamente orgullosa al sentir un miembro más entre nosotros. ¡Ya lo estaba extrañando!

Edward tragó pesado y clavó sus ojos fieros en los míos.

—¿Aquí?

Mordí mi labio. Dios, la antelación era malditamente buena.

—Aquí —afirmé, sintiendo mi pulso acelerarse como loco.

Edward sacudió la cabeza y se agachó para aclamar mis labios. No podía quejarme, porque ahora además de darme todo vueltas por los efectos de los no sé cuántos chupitos, ahora también mi cabeza volaba por el Edward uno, o el dos, no estoy segura. Lo único importante es que él estaba aquí junto a mí y parecía muy dispuesto a seguirme la corriente con mi locura.

—Espera cinco minutos y ve a la parte de los sanitarios.

¿En serio íbamos a hacer esto?

«Calla, tonta, y hazle caso».

—Pero…

Él me silenció dándome un beso duro y fiero en los labios; ya era difícil recordar en dónde estábamos.

—Cinco minutos dije —repitió dándome esa mirara sensual que me volvía loca—. Tú empezaste esto, cariño.

Sonrió de costado y dejó una palmadita en mi trasero antes de irse y dejarme allí sola, en medio de todas las personas igual o aún más alegres que yo. Con una estúpida sonrisa en mi rostro, lo vi alejarse de mí y no me perdí el espectáculo que hacía su trasero al caminar. Pensar que todo eso era mío, y en minutos podría disfrutarlo una vez más.

«Nuestro».

«Mío, dije».

«Mhp».

Sólo me quede parada en medio de todas las personas bailando y, con una sonrisa estúpida y corriéndome en las venas la adrenalina por lo que vendría, comencé a caminar hacia los pasillos que me llevaban al área de los baños, casi flotando de la felicidad. ¿De verdad yo iba a hacer esto? ¡Ja! Mírame mamá, o no… mejor que no lo haga. Uhg.

Al seguir caminando, me encontré con la silueta de Simon recostada sobre la barra, se veía bastante perdido, mientras jugaba con su vaso de Whiskey a medio tomar.

—Hola —lo saludé muy alegre para la situación. Pero ya no había caso, el alcohol estaba de juerga en mi pobre cabeza.

—¿Qué haces? —respondió con la voz ronca.

—Uh, bueno, creo que iré a follar con Edward. —Las palabras no eran procesadas por mi cabeza, eso está claro—. ¿Tú estás bien?

Me miró, me miró y me siguió mirando con sus ojos oscuros. Luego, hizo una mueca.

—Bien es una palabra muy subjetiva. —Encogió sus hombros—. ¿Sabes? Creí que ya lo había superado, pero me doy cuenta que no. Mira lo patético que me veo, embriagándome por una persona a la que jamás le importé.

¿Ah?

«Habla más lento, Salmoncito. No sé ni cómo me llamo».

—¿De quién hablas?

Sus ojos oscuros volvieron a centrarse en mí.

—De Michelle —respondió casi con dolor al pronunciar su nombre.

«¡¿Ese es el nombre de la perra que te rompió el corazón?!».

—¿Quién es Michelle, Simon?

Tomó un gran sorbo de su bebida y miró hacia abajo.

—Una mentirosa que sólo jugó conmigo —contestó rascando sus sienes—. Y eso no es lo peor, sino que sigue dentro de mi familia. O bueno, la que alguna vez consideré como una.

Odiaba tener los sentidos tan nublados por el maldito-exquisito vodka, porque la Bella sobria hubiese podido hacerlo sentir bien. La Bella ebria ni siquiera sabía en qué lugar estaba parada, sólo tenía en mente que tenía que ir hacia los baños.

—Lo siento. —Era lo único que podía decir.

—Yo siento que mi sobrino tenga que crecer junto a ella. —Refregó su rostro con ambas manos y frunció el ceño—. ¿No ibas a follar con Edward?

¡Cierto!

«Pregúntale si quiere ir».

«Ya haremos un trío con dos Ojitos, Amanda. No me presiones».

—¿Estarás bien? —volví a preguntar.

—Lo estaré, Bella —sonrió de costado, levantando su botella.

—Deberías dejar de beber tanto —dije, antes de emprender camino hacia los baños—. Te hará mal.

Fui silbando bajo una canción que ni yo misma estaba segura de cuál se trataba, y creo que me tropecé con dos chicas que estaban aún peor que yo y en algún momento me caí, pero nada grave, pues seguía viva. Estuve unos minutos parada afuera del baño de damas, preguntándome qué era lo que venía a hacer, luego recordé: follar con Edward. ¿Cómo había podido olvidarlo? Entré al baño y no había nadie, algo extraño porque prácticamente afuera estaba lleno de personas divirtiéndose.

Dos brazos conocidos me envolvieron por la cintura y me pegó a su cuerpo, rozando mi cuello con mi nariz. Por supuesto, sólo me dejé ser, él sabía lo mucho que me afectaban las caricias en esa zona.

—Te tardaste mucho —susurró sobre mi oído, mandándome descargas eléctricas a todo mi cuerpo.

«Pero ya estamos aquí. Vamos, sácate la ropa».

—No es un día común —respondí girando sobre sus brazos para poder aplastar mi boca contra la suya—. ¿Cómo hiciste para echar a todos?

Sonrió con perversidad y besó mi mandíbula, hasta bajar su boca hacia mi clavícula. Todo mi cuerpo comenzó a prepararse. Definitivamente, el vodka tenía algo afrodisíaco. ¿Hacía mucho calor o sólo era yo?

—El baño está clausurado.

Enarqué una ceja.

—¿Y cómo estamos aquí?

Comenzó a reír.

—Ay, mi Voz de Pito, siento que me estoy aprovechando de ti. —Besó mi mejilla.

—En todo caso, yo me estoy aprovechando de ti. —De a poco, mi cordura comenzaba a llegar. Si había algo bueno que tenían mis esporádicas borracheras era que una vez que encontraba su pico más alto, luego se dispersaba. Ya las cosas no se movían y recordaba mi nombre.

—¿Cómo es eso?

—Bueno, tú dijiste que yo había empezado esto, cariño.

Sus ojos se iluminaron y me miró con tanta dulzura que quise llorar, pero no lo hice.

—¿Quieres ir a casa?

«¿Qué? ¡No!».

—¿Por qué? —pregunté, comenzando a desabrochar los primeros botones de su camisa—. Nadie entrará, porque el baño está clausurado.

—Bella, no estás en tus cinco sentidos y…

—Ya estoy mejor —lo interrumpí—. Sólo veo a un Ojitos.

—¿Ah?

Sacudí mi cabeza.

—Nada —sonreí—. ¿Lo haremos o no?

Me miró con diversión.

—¿Quién eres tú y que has hecho con mi Voz de Pito?

—Soy la misma Voz de Pito de siempre, un poco mareada, pero sigo siendo la misma.

Volvió a reír una vez más y me dio una botella de agua.

—Toma esto, te hará bien. —Tomé la botella en mis manos y creo que la terminé en dos sorbos. Estaba sedienta.

—No haremos nada, ¿verdad?

«¡Ufa! Yo que comenzaba a emocionarme».

—No estando así. —Picó mi nariz con su dedo—. Además, necesito que recuerdes cada detalle, y hoy no podrás hacerlo.

—¿Ni un poquito?

Volvió a reír.

—No hoy.

—¿Mañana?

Me abrazó con fuerza y besó mi frente.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo?

Lo miré con una ceja alzada. ¿No se lo había dicho ya?

—Ya te dije, me quedé hablando con Simon porque…

No pude seguir hablando porque rápidamente su boca cubrió la mía con desesperación. Me alegré un poco cuando su lengua pidió permiso para ingresar a mi boca, pues creí que en realidad sí lo haríamos aquí. Lo abracé con todas mis fuerzas y enganché una de mis piernas en torno a sus caderas. Creo que me arrepentí un poco de no haber traído un vestido, pero qué más da.

Mi espalda chocó contra una pared y no me importó que estuviese fría. Edward rompió el beso y me miró jadeando en busca de aire. Yo lo miré con una mueca de felicidad, porque me sentía muy feliz de tenerlo conmigo, follemos en el baño o no.

—Sabes todo lo importante que eres para mí, ¿no?

Besó otra vez mis labios y suspiré, disfrutando de cada momento.

—Será mejor que salgamos de aquí, porque no me importará que sigas un poco borrachita.

«¡A nosotras tampoco nos importará!».

—Claro.

—¿Eh?

Miré a Edward.

—Que ni Amanda ni a mí nos importará.

Se rió y tomó mis mejillas con ambas manos.

—Ni a Armando ni a mí. —Besé sus labios una vez más, mientras sentía como sonreía—. Vamos, no confío en mi autocontrol si te tengo aquí para mí solo.

—Me debes un Orlando. —Hice un mohín como niña pequeña.

Me rodeó con sus brazos y comenzamos a caminar hacia la salida.

—Te daré todos los tíos Orlandos que quieras, pero cuando ya no haya invasión de vodka en tu organismo.

Bufé pero no objeté nada, supongo que tenía razón.

—¿No lo crees?

Me miró con confusión mientras salíamos del baño, muy a pesar sin haber podido estrenarlo. Maldito y horriblemente delicioso vodka.

—¿Qué cosa, Bella?

—Que el título del día sería: "Desastre amoroso" —Recordé las palabras de Tanya. ¿Vieron? Mi cordura estaba volviendo de apoco—. En todo el día hubo peleas, discusiones... Todo fue un desastre.

Sonrió de lado y volvió a arrinconarme contra una pared, mi pulso volvió a acelerarse.

«¿Ahora sí lo haremos?».

«Cruza los dedos, Amanda».

—No, no todos. —Sonrió con un brillo extraño en sus ojos—. Nosotros no somos un desastre amoroso, cariño —añadió antes de atacar mis labios con ferocidad—. Sino un desastre apasionado, ya verás de qué hablo cuando hayas vuelto en sí y pueda regalarte cuanto Orlando quieras.

«Comienza a correr. ¿Para qué mierda has tomado tanto vodka?».

Lo mismo me preguntaba yo. Estúpido y horrible líquido trasparente, me había cortado la fiesta.

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¡Holaaa a todos! :)

Después de mil años, aquí estoy. Lamento mucho la tardanza, pero este capítulo me costó horrores escribirlo. Pero bueno, ya estoy de vuelta ^^. Espero que les haya gustado el capítulo, ya sólo nos quedan tres u.u

Infinitas gracias por su paciencia, chicas, en serio no tengo palabras para agradecerles su apoyo constante con la historia. Isa, gracias por hacer tu magia y estar siempre del otro lado, salvándome cuando más lo necesito. Te amodoro (L). Les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su entera disposición, los links están en mi perfil de FF.

¡Hasta la próxima actualización! (Espero no tardar mucho)

Muchos, muchos besos :*

Alie~