En brazos de su futuro padre, Yuuri observó cómo el pelinegro de peinado gracioso, maleta en mano, arrastraba a la pelirroja bonita hacia la habitación. Después, giró a mirar al rubio, que aún tenía el llavero de cerdito en su poder. Yuuri estaba decidido a recuperarlo, por lo que gimoteó en busca de llamar su atención y se rebulló en brazos del hombre de cabello de juguete, queriendo que avanzara. Sus deseos se vieron concedidos sin mayor problema y Yuuri sostenía el llavero en su manita a los pocos segundos, agitándolo con ilusión.
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—¿Cuánto tiempo crees que tarden en volver a salir? —preguntó Viktor a su mejor amigo, aburriéndose de solo pensar en la larga espera.
—Todo depende de lo fuerte que sea Mila —sonrió Chris—, ya sabes lo exigente que puede ser Georgi.
—No me lo recuerdes —se erizó Nikiforov, llevando una mano a sus cabellos—, de solo recordar que se pasó horas para hacerme una maldita trenza...
—¡Hya! —el chillido que Yuuri soltó los sobresaltó, y Makkachin ladró—, ¡iah!
—Eso va para ti, Viktor —Chris miró burlón hacia azul cielo—, a tu hijo no le agrada que maldigas.
Parpadeando, Nikiforov se echó a reír, mas dejó de hacerlo cuando Yuuri empezó a removerse, nada contento.
—De acuerdo, de acuerdo —declaró Viktor, enarcando las cejas y elevando al bebé a la altura de su rostro—, papá no volverá a maldecir, ¿sí?
—Ha —asintió Yuuri.
Chris no podía creerlo.
—Es demasiado listo, Viktor —aseguró.
—¿Qué fue lo que te dije antes, Chris? —sonrió Viktor con suficiencia—, por supuesto que lo es. Es mi hijo.
Yuuri no demoró en demandar alimento. Y le fue concedido.
