IT'S THE FINAL COUNTDOWN [TINONINO (tinoninoniiiiii) TINONINOOOOOOO]

Bien (? Es en serio, dos capítulos para el final. Estoy tan feliz porque esta será la quinta historia que consiga terminar que no me doy cuenta de que si no fuera la escritora si no una de vosotras, me odiaría. Peeeeeeeeeeero, a lo que iba, dos para el final. Dejo esto aquí y no añado nada más porque no hay nada que añadir (?, sólo que agarráos que vienen curvas, y que algunas de vosotras habéis dado en el clavo en vuestras suposiciones sobre el final. Conocéis mi cerebro, y eso no me gusta, florecillas.

Feliz lectura y feliz verano :3

PD: día 28 y yo subo el capítulo 28, el cosmos va a explotar (?


Parte XXVIII.

El veintisiete de abril era el tercer día, el día en que Dougie debía aparecer en la puerta de la casa de los Jones: Danny agarraría a su familia, que ya estaría preparada para ese momento, y saldrían del país como cobardes para disfrutar de un futuro mejor, juntos.

Danny no quería ir a Turquía, aunque lo habría hecho si Dougie se hubiera visto obligado a ello ya que dicho país había sido uno de los pocos lugares imparciales durante la guerra y el cuello del pequeño no correría peligro allí, o al menos no tanto como en otros lugares, Estados Unidos incluido. Eso sólo le habría alejado más aún de sus primos, pero habría hecho lo que fuera por Dougie. Lo que fuera. Se dio cuenta de ello al despertar el segundo día. La cama volvía a ser demasiado grande sin el enano rubio dándole patadas y robándole las mantas, y después de haber sentido su ausencia durante algo más de un mes aquel febrero, sabía que no quería pasar de nuevo por lo mismo. Por eso lo supo, que le daba igual que Dougie hubiera matado a un niño o que en esos precisos momentos estuviera fingiendo ser nacionalsocialista como el que más. Sinceramente, no le importaba nada, por que era la única persona en toda la maldita Tierra que le conocía de verdad. Era su persona favorita en el mundo, y no podía no perdonarle. Todo el mundo tiene una debilidad, y él había aceptado hacía meses que la suya venía embotellada en un metro setenta de pollito rubio, así que nadie podía convencerlo de algo que sabía que era falso en lo que a Dougie respectaba. Lo conocía tan bien que Turquía, Estados Unidos o la Polinesia habrían sido destinos válidos si eran a su lado.

El veintiséis de abril fue un día turbulento como no podía ser de otra manera dado el estado tan avanzado de la guerra. Un par de días antes, Hamburgo había sido ocupada por los Aliados, la enésima ciudad en caer en manos extranjeras, y tanto Danny como Vicky ya habían perdido la cuenta de cuánta era la suma. Berlín estaba completamente rodeada, sitiada, y era tal el asalto que los rusos habían arrojado contra ella que estaban realizando la conquista incluso a través de los suburbios orientales. Stuttgart, Friburgo y Nuremberg habían sido conquistadas por tropas francesas, los estadounidenses se habían hecho con Heligoland, atacado con bombarderos las principales vías ferroviarias y cortado las comunicaciones. Pero a pesar de todo, el hecho más remarcable recaía en la figura del canciller, como no podía ser de otra manera. Parecía más evidente que nunca que Alemania estaba perdiendo aquella guerra. Hitler ya no intentaba atacar, sino que se hablaba de posibles tratos con los soviéticos a fin de minimizar los bombardeos, o incluso de alianzas. Era difícil de creer que en una guerra de ideología como era aquella pudieran llegar a verse alianzas, por eso Danny no confiaba en aquellos rumores. Le preocupaba más el hecho de que el noticiero informara cada vez de menos comparecencias públicas del canciller. Aseguraban que se encerraba en su búnker secreto y que desde allí lo dirigía todo, al menos lo que aún estaba en su mano.

Pero ese día, ese día veintiséis, el día previo al regreso de Dougie del centro de Munich, Berlín pendía más que nunca de un hilo, y una vez ésta cayera, caería todo el país.

Danny no podía evitar morderse las uñas escuchando las noticias en la radio a escondidas de su madre. Si los rusos vencían, por mucho que fuera lo que él deseaba desde hacía años, los nacionalsocialistas estarían condenados. Literalmente. Tendrían que huir del país, tal y como Dougie había señalado, y les sería muy difícil abandonar Alemania dirección Estados Unidos con un ex soldado de las SS como acompañante. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué los juzgaran a todos sólo porque un alemán puro iba con ellos? ¿Qué los mandaran directamente al paredón? ¿O la presencia de tres judíos conseguiría disuadir a los rusos que se hubieran apostado en pasos fronterizos para dejar marchar a Dougie, como si fuera uno más de la familia?

Lo peor de todo era la falta de certezas, y ese día veintiséis de abril Danny sentía que habían esperado demasiado para realizar ese plan. Que él debería haberle dicho que sí a Dougie días atrás y haber partido directamente hacia Carolina dejando que Alemania se destruyera sola. Que Dougie debería haber dado su brazo a torcer cuando Danny se lo pidió y haberse reunido antes con su padre. Ahora volverían a estar juntos y de camino hacia la próspera Carolina. Lo que más odiaba en el mundo era el sentimiento de lo que podría haber sido y no fue. Llevaba años martirizándose a sí mismo con la muerte de su padre por el mismo motivo. ¿Qué habría pasado si hubiera ido con él al trabajo? ¿Qué hubiera pasado si lo hubiera ayudado a escapar? ¿Cuales serían las consecuencias de haberse aferrado irracionalmente a Alemania? ¿Se arrepentiría de haber esperado demasiado? Incertidumbre, siempre la maldita incertidumbre. Estaba tan harto de ella... Se merecía tener algo completamente seguro por una vez en la vida.

El día veintiséis está llegando a su fin y Danny no ve el momento de irse a la cama y que el nuevo día amanezca y los rayos de sol le traigan de nuevo a Dougie. No puede evitar pensar qué estará haciendo en esos momentos, si habrá logrado encontrarse con su familia, si habrá cambiado de opinión y habrá decidido quedarse con ellos, si seguirá vivo siquiera. Sólo la perspectiva de esa última opción le quita hasta el apetito.

- Danny, cariño, cena – le insta su madre. – Vas a necesitar fuerzas para mañana. No sé si recuerdas que Alemania y Estados Unidos están separados por un inmenso océano que no se cruza solo.

- Madre, ni que fuéramos a ir a nado.

- ¿Quieres dejar de jugar con los fideos? Se te va a enfriar la sopa y sabes que en esta casa no se tira la comida.

- Está preocupado por Dougie, Madre – sale Victoria en su defensa, y Danny eleva hacia ella una mirada sagaz.

Cuando Dougie se fue, Danny informó a su pequeña familia del cambio de acontecimientos. El día veintisiete de abril de 1945 sería el último que pasarían en esa casa y ese país. La noticia cayó como un jarro de agua fría, pero poco a poco se fue haciendo tibia, y Danny descubrió, para su sorpresa, que su madre no se opuso lo más mínimo. Incluso parecía bastante solícita ante la idea de abandonar un país que había negado el asilo y el derecho a la vida a las personas que más quería y por las que habría matado. Parecía pensar que nada le ataba ya allí, justo como Dougie.

Con Vicky tampoco supuso un gran debate. De hecho, fue tan fácil dar la noticia que se sintió desilusionado y culpable. Las dos mujeres de su vida estaban dispuestas a irse y sin embargo había sido él quien siempre había retenido a la familia allí. Lo único que esperaba era que no fuera muy tarde para partir hacia el país de las estrellas del celuloide y ver a su hermana convertirse en una de ellas y cumplir su sueño.

- Dijo que volvería mañana, ¿no es así? – continúa Vicky. – Tres días.

- Exacto, tres días, mañana.

- ¿Has hecho ya tu maleta?

- No creo que podamos pasar una maleta por la frontera, Vic.

- ¿Entonces no vas a llevarte nada contigo?

- Yo no he dicho eso. Lo que queramos llevarnos tendrá que venir con nosotros. Nada de anexos. O bien terminarán estorbándonos si nos toca huir o nos los requisarán los rusos.

- ¿Y qué hago con todos mis libros? – pregunta ella preocupada, dejando de lado un segundo la sopa. – Bueno, supongo que Tom tendrá los mismos ejemplares que yo. Le gustan tanto las novelas como a mí.

- Ten por seguro que Tom tendrá los mismos libros que tú – ríe él también, una especie de calor despertándose en su vientre ante la mención de su primo. – Me apostaría lo que fuera a que incluso tiene algunos más que tú. Algunos que no hayan llegado aquí por la represión.

- Cuando lleguemos a Carolina se los tomaré prestados gentilmente.

- ¿Quieres decir que te apropiarás de ellos, no?

- Estaréis demasiado ocupados colgándoos de los árboles y haciendo castillos de arena como si fuerais niños de siete años como siempre. No se dará cuenta.

- ¿Y el gato? ¿Seguirá vivo? ¿Cómo se llamaba?

Incluso Kathy tiene que reírse ante su conversación. Hacía tiempo, mucho tiempo, que no hablaban de algo que no fuera política durante la cena, y se agradece. Poder hablar de los seres queridos con el ansia de volver a verlos en lugar de mencionarlos de pasada como si fuera el recuerdo de una trágica muerte. Los seres humanos tienden a olvidar a los muertos, o evitar su recuerdo, a sentirse culpables cuando sus nombres salen a colación. A menudo olvidan que en su momento fueron personas, con brillo en sus ojos, personas importantes en sus vidas, y que querían ser recordadas. Y a veces mantenerlos en tu memoria no es suficiente. Hay que sentirse orgulloso de atreverse a mencionar su nombre en voz alta, no hay que tenerle miedo a los muertos. Es de los vivos de los que hay que cuidarse.

- Ojalá Padre pudiera venir con nosotros – musita Danny, la cuchara revolviendo incesantemente los fideos, y ambas mujeres se tensan en la mesa durante unos segundos. – Disfrutaría haciéndote ahogadillas, Vic.

- ¿Cómo te acuerdas de eso? Eras muy pequeño – interviene su madre, recordando las últimas vacaciones que pudieron permitirse. Danny sólo tenía séis años.

- No lo sé. Simplemente se me quedó grabado. Le habría encantado ir a Carolina con nosotros...

- ... si hubiera sido capaz de encerrar la relojería en una maleta.

- Jamás se habría ido sin su relojería.

Y sin todos los cachivaches que guardaba en ella, piensa Danny, y de pronto, el peso del reloj que Dougie le regaló se incrementa por mil y el metal comienza a quemar contra su piel de manera ilusoria. Sólo un día más, un día más y Poynter estará de nuevo con ellos.

La cena termina con tintes un poco sombríos ante el recuerdo reciente de su padre, y mientras Kathy termina de colocar los platos limpios en sus estantes, Danny piensa en qué se llevará consigo a América. No miente cuando dice que no podrán llevar maleta. Su viaje no es un viaje en primera clase, nada más lejos de la realidad. Tendrán que caminar, tendrán que correr y tendrán que luchar. Casi es capaz de verlo contra sus párpados como una película de ocho milímetros: su madre y su hermana agarradas férreamente de las manos, con sus cabezas cubiertas por pañuelos que las protejan de los escombros y de ser identificadas mientras decenas de edificios estallan a su paso, y un par de metros por detrás de ellas, cerrando la retaguardia, Dougie y él corriendo codo con codo tomados de la mano sin darle importancia a tal hecho. No sabe cómo llegarán a Estados Unidos porque en primer lugar tienen que atravesar medio país y lograr llegar hasta la costa, acceder al puerto de Hamburgo, y dios sabe qué después de eso. Partir directamente hacia el sur y arriesgarse a que la supremacía marina británica intercepte su barco (con las posibilidades de que Dougie sea arrestado en cualquier momento), o desplazarse hasta el sur, llegar a Francia, y partir hacia América a través del puerto de Burdeos. Mucho más largo y ciertamente también peligroso (¿a qué alemán se le ocurriría poner un pie en Francia en esas circunstancias?), pero con menos controles marinos. En resumen, la idea básica es llegar a Carolina del Norte, pero no cómo salir de Europa. Y ya ni hablar de llevar equipaje.

Aún así, sí que hay ciertas cosas que le gustaría conservar, aunque sepa que no podrá llevarlas consigo. El libro de Nietzsche que esconde en su cuarto, las cartas de Tom para no olvidar la dirección de su casa, o el torno de 1870 que su padre solía usar en la relojería y que lleva en la familia casi cincuenta años.

- Está a salvo – le susurra Vicky al oído en un momento dado. Danny pega un respingo en el asiento, percatándose de que se ha dejado enredar en sus propios pensamientos y se ha quedado sólo en la cocina. – Lo sé.

- ¿Cómo estás tan segura?

- Porque lo siento. Intuición femenina. Tú también deberías sentirlo.

- ¿Quieres decir que...?

- Quiero decir que tenéis esa conexión, y lo sabes. También sé que si a ti te ocurriera algo, yo lo sabría. O si me ocurriera a mí, tú serías capaz de notarlo. Yo soy capaz de notar que Dougie está bien, y si no estuvieras tan preocupado, serías capaz de advertirlo también tú.

- Supongo que el hecho de que tú lo sientas me reconforta un poco.

- Que sepas que todavía no he podido jactarme y regodearme de mi increíble conocimiento de la psique masculina, pero cariño, creo que deberías reconocer que soy estupenda – musita, echándose flores a sí misma sobre algo que Danny, ahora mismo, no sabe qué es. – Te dije que Dougie tenía un buen motivo para irse en febrero. Habéis estado tan ocupados recuperando el tiempo perdido que no me parecía correcto intervenir.

- Guau, qué considerado por tu parte, Vic – ríe él. – Pero en el fondo creo que te debo una disculpa.

- Yo también lo creo. Pero ilústrame, ¿de qué hablamos concretamente?

- He pasado los últimos meses llenándote la cabeza con quejas sobre mi estrambótica e inestable vida amorosa y siempre has estado ahí para darme un buen consejo o simplemente escucharme. A veces se me olvida que Dougie es lo que es y que yo soy lo que soy, y en resumen, que los dos somos lo que somos, y que sería perfectamente comprensible que sintieras repugnancia hacia nosotros. Nos lo has hecho tan fácil siempre, nos has apoyado tanto, nos has mostrado tu comprensión y nunca te lo hemos agradecido. Cualquier otra persona en tu lugar... – eleva la mirada de la mesa y sus ojos se encuentran con los ojos verdes de su hermana, que están a punto de dejar escapar las lágrimas que guarda ante sus palabras. – En fin. Gracias por ser mi hermana, Vic. No podrías ser mejor ni aunque lo intentaras.

- Tienes razón, soy realmente estupenda.

- Y terriblemente vanidosa.

Se miran un instante y acercan una silla a la otra para poder compartir un fuerte abrazo mientras Vicky se permite llorar un poco en el hombro de su hermano. Es el pequeño pero ella también necesita que alguien cuide de ella de vez en cuando, hacerse la pequeña y reposar el peso del mundo en otros hombros.

- ¿A qué ha venido esto? – pregunta cuando se separa de él, y él se encoge de hombros, rascándose los rizos avergonzado. - ¿Acaso Dougie y tú os vais a desviar hacia el Caribe y nos vais a dejar a Madre y a mi en Carolina solas?

- Me has pillado.

- Bueno, no puedo culparte. Tienes un novio muy guapo.

- ¿Perdona?

Vicky estalla en carcajadas y se pone en pie, saliendo de la cocina rápidamente y apagando la luz, dejando a Danny a oscuras. Éste sale también, en pos suyo, y ambos terminan haciéndose cosquillas tirados en el sofá del salón mientras su madre apaga concienzudamente el fuego, ajena a la conversación que han mantenido sus hijos en la cocina. Cuando el ataque de risa finaliza, Danny deja libre a Vicky y la tiende una mano para que se ponga en pie, su cabeza comenzando a pensar que aquél monólogo de agradecimiento ha sonado aterradoramente a despedida, y ve necesario incluir alguna broma que, aunada a las risas, reste algo de drama a la situación tras la charla sobre su padre y lo que acaba de ocurrir en la cocina.

Pero su aliento queda atascado en su garganta cuando alguien llama a la puerta.

El tiempo se congela entre ellos tres en el salón de su casa a las afueras de Munich, el aire cortándose con un cuchillo a causa de la tensión que hay en esas tres miradas cruzadas.

"Ya hemos pasado por esto", piensa Danny, impidiéndose a sí mismo entrar en pánico. "Lo más probable es que sea alguno de los vecinos. Alguien que esté herido y necesite ayuda". Le gustaría que su madre y su hermana pudiera leerle el pensamiento y así evitar asustarse sin motivos. O al menos, antes de comprobar si existe una amenaza real.

Pero en esta ocasión, es Vicky quien se mueve primero.

- ¿Dónde vas? – sisea Danny, tomándola de la muñeca en último momento y manteniéndola fija sobra la alfombra del salón, a su lado. – No esperamos a nadie.

- ¿Y si es Dougie?

- No es Dougie – sentencia él. - ¿No has oído esos golpes? No son los suyos.

- Pero...

- Sshhh.

Los golpes vuelven a repetirse, un poco más contundentes esta vez.

El corazón le late con fuerza en el pecho, con tanta fuerza que el sonido de los latidos parece sobreponerse al de los aporreos de la puerta, y el pulso le tiembla a causa de los nervios, los dedos de su mano aún cerrados en torno a la muñeca de Vicky con determinación, los nudillos blancos. Siente a su madre a su lado, sus manos enroscadas en su brazo derecho en busca de un toque de serenidad, de algo que la resguarde de sufrir un paro cardíaco o morir a causa del pavor.

No hay manera posible de que, desde fuera, resulte evidente que hay vida en esa casa. El corral queda tan lejos de la entrada que prácticamente parece terreno de nadie, compartido entre una vivienda y la contigua, y precisamente ese ha sido uno de los motivos por los cuales han perdido la mayoría de las gallinas, porque sus vecinos se las han robado. Esa sería la única señal de vida en los alrededores. Todas las puertas y ventanas están cerradas a cal y canto. No hay ninguna luz encendida salvo la del salón, y no hay manera posible de que desde el exterior pueda verse. Las pesadas y gruesas cortinas que su madre colgó cuando se instalaron han funcionado perfectamente durante más de tres años. Sencillamente, quien se encuentre tras la puerta, debe estar allí por algo, no por accidente.

- Tiene que ser Dougie – musita Vicky, y consigue escaparse del agarre de Danny.

Con la agilidad y sutileza propias de una gata, sus pies se deslizan sobre la alfombra que recubre el suelo y ni el aire parece moverse a su alrededor hasta que consigue acercarse al gran ventanal que las cortinas cubren tras haber apagado la luz del salón, todo en menos de diez segundos. Sólo un pequeño vistazo bastará. Si es Dougie, podrán dejar de aguantar la respiración. Si no lo es, les faltará tiempo para intentar huir o esconderse en el refugio secreto de la despensa. Y Dios, Vicky nunca ha deseado tanto encontrarse con la cara paliducha de Dougie como en esos momentos.

Desafiando el miedo que le atenaza los músculos y la razón, Victoria toma entre sus dedos la cortina verde botella que ahora queda junto a su brazo izquierdo, y rápidamente, como un felino, sus ojos se cuelan entre ésta y el cristal de la ventana y viajan por el porche, paseándose por las tablas de vieja madera hasta encontrarse con unos pies envueltos por grandes botas militares. Por encima de estas, unos pantalones bombachos negros dan paso, más allá de la cadera, a una camisa verde caqui que exhibe con orgullo, prendida del brazo izquierdo, una banda rojo fuego con lo que parece una araña negra estampada contra un fondo blanco. Las SS. La corbata y la gorra ladeada son los únicos complementos que porta, pero no es nada de eso lo que hace que Vicky sonría. Es que todo el conjunto le queda exagerada y sospechosamente grande.

- Dougie... – susurra, cerrando la cortina tras un rápido vistazo a su pálida carita.

- ¿Qué has dicho? – pregunta Danny con el corazón en la mano, dando un paso hacia ella.

- Es Dougie. Dios, lleva uno de esos uniformes horribles de hace años. Ahora ni siquiera son negros, son grises...

Sólo una mujer sería capaz de advertir un dato como aquel, pero Vicky también es capaz de centrarse cuando la ocasión lo merece, y en menos que canta un gallo vuelve a encender la luz del salón y pone rumbo hacia la puerta de entrada ya que parece que Danny no puede moverse del punto donde se encuentra, al lado de su madre.

Cuando la puerta se abre y Dougie aparece por ella, parece que la Gran Guerra va a estallar en aquella casa.

Va uniformado.

Danny no sabe qué significa eso, pero verle vestido de esa manera, sea el uniforme en vigor o no, consigue revolverle las tripas. No le gusta Dougie vestido de soldado. Le recuerda a algo que no le gusta asociar con él. A muerte. A represión, a odio. Y Victoria tiene razón, ni siquiera es de su talla.

La puerta se cierra un solo segundo después y el gorro de Dougie cae al suelo ante el fuerte abrazo en el que Vicky lo envuelve. El pequeño se lo devuelve, cerrando los ojos momentáneamente para disfrutar de la sensación de haber vuelto a casa, y se susurran cosas que Danny no alcanza a oír desde su posición. No puede moverse. Dougie dijo tres días, y sólo han pasado dos. Ni siquiera les ha dado tiempo a escoger qué llevar a Estados Unidos. Y no, no es que no se alegre de verlo, es que en toda aquella situación, en su llegada tan repentina, hay algo que no encaja. Algo que huele muy pero que muy mal. Y no puede evitar que su cabecita empiece a barajar teorías, cada cuál más descabellada e imposible, y que todas ellas terminen en un derramamiento de sangre. Una rápida mirada le permite comprobar que Dougie no va a armado, y es algo que consigue tranquilizarlo, pero sólo un poco. No duda que el muchacho esté allí para huir con ellos con destino a América, pero no necesita más sorpresas, y descubrir a Dougie sosteniendo un arma habría sido una muy pero muy inesperada. Observa la sonrisa que el pequeño le dedica a Vicky cuando el abrazo se rompe y él mismo siente que la vida comienza a hacer clic y que podrán empezar de cero, ni rastro de duda o incertidumbre en su mente. Quiere creer que todo saldrá bien, se aferra a aquella esperanza con una fe tan ciega como absorbente, una fe que casi no le deja pensar nada más. Quiere acallar a su cerebro, al miedo y al temor a la muerte y quiere creer que, bajo los desbocados latidos de su corazón, seguirá encontrando el de Dougie, ese que dejó con él dos días atrás, y que si ha vuelto, es para seguir compartiéndolo juntos. Y respirar. Necesita respirar.

- ¿Qué haces aquí? – pregunta Vicky cuando el abrazo se rompe. Toma de las manos al alemán y las aprieta con fuerza, sus nudillos volviéndose blancos ante la emoción y la expectación. – Volvías mañana, ¿ha ocurrido algo?

- Me he escapado –anuncia él, hablando precipitadamente. Durante un segundo, sus ojos viajan de los verdes de Victoria a los azules de Danny, que sigue anclado en el salón sin dejar de mirarle. – Mi padre... tenía una especie de plan y cuando yo... cuando yo me reuniera con él, nos iríamos. Quería que nos fuéramos y...

- Dougie, respira. ¿A dónde quería que os fuerais?

- A Turquía.

Vicky dirige su mirada a la inmóvil figura de su hermano y le observa, sin poder dar crédito a la información que ha abandonado sus labios, pero no es capaz de añadir nada más o exponer en voz alta que no entiende lo que está pasando, ni la mirada muda que Poynter y él están intercambiando, cargada de información codificada a la que ella no puede acceder aunque sabe que le incumbe. Lo único que puede hacer es contemplar cómo, en medio del pasillo, su hermano y su novio comparten un beso grandioso.

Ocurre casi sin poder remediarlo. Dougie no está ahí para delatar a nadie, está ahí para tener una oportunidad con la que siente su familia verdadera, y Danny no puede si no que hacer que su inmovilidad se resquebraje y caiga al suelo como un jarrón chino, hecha añicos. Como una estrella fugaz, abandona el lugar que ocupa junto a su madre, deshaciéndose de su férreo abrazo, y salva de cuatro largos y rápidos pasos los centímetros que le distancian del pequeño. Prácticamente le arranca de las manos de su hermana, y la palabra Turquía se pierde, difuminada con las gotas de aire, flotando en un ambiente que se llena con el beso que comparten. Danny sabe que debería ser consciente de que su hermana está presente, que no puede pedirle más apoyo del que ya les ha brindado y que quizá hacer eso delante de ella sea llevar los límites demasiado lejos. Sabe que a Dougie no le gustan las demostraciones de cariño públicas, o que le interrumpa cuando está hablando de algo importante porque luego pierde el hilo y siempre suele derivar a una más o menos pequeña disputa. Pero se le olvida todo, igual que se le olvidan los cumpleaños o las cosas importantes que no debe olvidar nunca. Y en el momento en que las yemas de sus dedos se fusionan con las mejillas enrojecidas de Dougie por la carrera de llegar hasta su casa, queda desterrada de su mente cualquier idea que no sea besarlo. Así que lo hace. Grosera, maleducadamente, ese tipo de besos que no se pueden dar en público porque levantan vergüenzas, y su lengua se encuentra con la de él y parece querer absorberle la vida, o peor, el alma. Al pequeño no le queda más remedio que seguirle, disfrutar de su saliva y soportar que muerda sus labios, y que haga eso que hace con la lengua que le hace olvidarse incluso de la guerra. Han sido sólo dos días sin verse, pero han sido dos días de terribles incertidumbres.

Para cuando Danny tiene a bien dejarlo libre, respirar ya no está más en su lista de acciones disponibles para mantener su cuerpo en equilibrio. Sus ojos se encuentran con los verdes de Dougie y en ellos lee dos cosas, totalmente opuestas. La primera, la que más alto le grita porque es un aullido de auxilio, le pide que abandonen el país de una maldita vez. Y la segunda, que es la que le hace abrazarlo con fuerza hasta querer fundirse en él, le susurra que está loco, que está completamente loco, y que eso es lo que más le gusta de él.

Luego ambos sonríen dentro de ese abrazo, y el tiempo fuera de él parece congelarse.

Un par de segundos después, Danny puede respirar de nuevo. No quiere voltearse y regresar a la realidad, preferiría permanecer para siempre en la burbuja que creó para Dougie y él meses atrás, pero no es el momento adecuado para huir de las responsabilidades, sino para enfrentarse de lleno a ellas, y la suya, la más apremiante, consiste en sacar a su familia de Alemania. A toda, Poynter incluido. Aunque para ello tenga que enfrentarse primero a la estupefacta mirada de su madre.

Kathy no habla, ni parpadea. No sería tan grave si no fuera porque al parecer tampoco respira, y la mano con la que se sujeta el corazón parece sangrar y gritar que está a punto de sufrir una parada cardíaca, y lo cierto es que no se le podría reprochar nada. Acaba de ver a su hijo y al chico que considera como uno más de la familia compartir un momento que sólo los enamorados pueden compartir, con una intensidad propia de alcoba, y una pureza límpida que hace años no veía en nada ni en nadie. Pero el hecho irrefutable es que no es Dianne, no es cualquiera de las otras chicas que le han interesado a lo largo de sus años de adolescencia. Es otro hombre, uno al que ha dado casa y cobijo durante un mes, al que le ha abierto las puertas de su hogar desinteresadamente. Un hombre, al fin y al cabo, besándose con su hijo, abrazando a su hijo, tomando de la cintura a su hijo con una mirada de disculpa en sus ojos bajos. Un hombre por el que su hijo, su Danny, ha arriesgado la vida varias veces. Y aunque es demasiada información para poder asimilarla, de pronto comprende que todo tiene sentido: las palabras, determinadas miradas, miles de acciones, y sobre todo, los silencios que envolvían a los dos jóvenes. Ahora resulta tan evidente que Kathy está segura de que, si no ha llegado a descubrirlo nunca, es porque no estaba preparada para enterarse de algo así.

Hay un momento de vacile y otro de tensión, y después el menor de los hermanos Jones decide que ya no pueden perder más tiempo. Sabe que su madre ha visto lo que ha visto, y que no reaccione no puede significar nada bueno, pero no puede cambiar lo que siente, y ya no puede deshacer lo que ha hecho. El orden de prioridades no incluía sincerarse ante la mujer que le trajo al mundo sobre su orientación sexual, sino impedir que Dougie sea arrancado de su lado, como sea.

- Subid a vuestro cuarto – ordena, con la voz no todo lo firme que le gustaría, mirando a su madre y a su hermana de hito en hito. – Poneos tanta ropa como os quepa porque será la única que podáis llevaros. Nada de objetos pesados, nada de recuerdos innecesarios. Y si es posible, no cojáis ningún tipo de bolso. Tenemos que ser ligeros.

- ¿Y tú? – inquiere Victoria. Sabe que su hermano está preparado para sobrevivir, pero nunca ha llegado a verle al mando, y encontrarse ante esa imagen consigue impactarla porque sabe lo que significa. Las cosas no pueden ir bien si Danny habla con esa resolución, parece que tuviera veinte años más de los que tiene. - ¿Cuánto tiempo tenemos?

- Poco, Vic, poco.

- Pero...

- Nada de peros. ¡Moveos!

No quiere decirle que necesita un momento a solas para hablar con Dougie, o que él también está asustado, o que no sabe qué va a ser de ellos en cuanto abandonen esa casa y se aventuren hacia el puerto de Hamburgo. No le gusta la incertidumbre, nunca le ha gustado, y este no es el momento adecuado para acostumbrarse a ella. Lo único que hace es mirar a ambas mujeres con dureza, con decisión, para que acaten sus órdenes, y la última mirada que comparte con su madre es tan profundamente sincera y tan sorprendentemente tierna que no puede si no emocionarse por saber que no la ha perdido, que puede que no apoye su relación con Dougie, pero es lo suficientemente inteligente como para saber que no es el momento adecuado para darle a su hijo una charla sobre moralidad porque sus vidas peligran y porque está segura de que todo lo que pueda decirle, él ya lo ha pensado en algún momento. Sabe cómo le ha educado, y le ha educado bien, y el hecho de que se haya enamorado de otro chico no significa que haya algo mal en él, que merezca una sanción o que deba ser considerado un enfermo. El amor es amor, se manifieste en el cuerpo en que lo haga, y eso es algo que ni siquiera la guerra puede cambiar.

Cuando consigue que las dos mujeres de su vida se pierdan escaleras arriba, centra su atención en Dougie, que se abraza a su cintura como si de él dependiera su vida, y lo peor de todo es que no es una manera de hablar.

- Cuéntame qué ha pasado – le pide el mayor, zafándose del abrazo y tomándolo por los hombros. - ¿Qué ha ocurrido con tu padre?

- Sabía que tenía un plan, Dan. Te lo dije. Me reuní con él el mismo día en que os dejé a vosotros y nos escondimos en la casa de un amigo al que aún no han capturado...

- ¿Capturado?

- Los rusos. Están por todas partes. Berlín está sitiada, y Munich cayó hace días. Es cuestión de tiempo que firmen la redención, Alemania no va a ganar la guerra, Danny. Hitler va dando palos de ciego, no deja de mover ejércitos y jugar con ellos como si fueran piezas de un juego de mesa. Está desquiciado. Esto se acaba...

- ¿Qué pasó después?

- Llegamos a su casa y pensé que nos reuniríamos con mi madre y mi hermana... – las manos del pecoso destensan el agarre en torno a las bolas de los hombros del menor ante la mención de su familia y la visión de cómo sus ojos se convierten en dos globos acuosos, la mirada perdida por el suelo, la voz mucho más baja y débil.- Había mucha gente, estaban... estaban escondidos, claro, y pensé... Pero no estaban... Mi padre dijo que se encontraban en casa cuando...

- Lo siento mucho, enano.

- ¿Comprendes por qué no quería volver? Ni siquiera me dio tiempo a aceptar que no volvería a ver ni a mi hermana ni a mi madre con vida. Empezó a explicarme planes, escapadas y estrategias. "Si nos vamos esta noche, a primera hora ya habremos llegado al sur...", "si salimos por sureste recortamos cien kilómetros...", "si hubieras venido antes ahora estaríamos a salvo". Y todas las malditas frases terminaban con "Turquía". ¡No quiero irme a Turquía!

- No lo vas a hacer, Doug, pero necesito que te tranquilices. Así no me ayudas – le pide, y es que siente bajo sus dedos cómo el cuerpo entero del pequeño se sacude bajo pequeños espasmos que intenta controlar alejando de su mente durante un par de segundos la idea de la huida partiéndole de nuevo los labios con un beso arrollador. – Ahora dime, ¿te ha seguido alguien?

- No, he venido solo.

- ¿Estás seguro? ¿Ningún ruso? ¿Ningún colega de tu padre?

- Estaban todos en el salón hablando de planes de escape cuando me he ido – aclara, respirando hondo. – Y he venido por un camino distinto, me he caído dos veces antes de llegar, casi me mato.

- ¿Seguro? – vuelve a preguntar, y el rubio asiente efusivamente, su flequillo flotando en el aire. Danny respira con pesar, tragándose los nervios, y abraza a su pareja por el cuello, enterrando la cara de éste en su regazo. Antes de volver a hablar, deposita un beso en su sudada frente, y suspira. – Perdóname por no hacerte caso antes.

- ¿Estás reconociendo que te equivocaste y deberíamos habernos ido en febrero?

- Estoy diciendo que como te ocurra algo por mi culpa, no me lo voy a perdonar en la vida.

Dougie guarda silencio y siente que el uniforme le pica. Es en ese instante en el que Danny se percata de nuevo de ello. Lo ha apreciado al entrar, pero sólo en ese momento le mira de arriba abajo, tratando con todas sus fuerzas de esconder un gesto de asco. Dougie sabe que odia los uniformes.

- No tenían más ropa para mi – se justifica el pequeño encogiéndose de hombros. – Creo que sería mejor que me la cambiara o no llegaré así ni a la esquina.

- Puedes subir y ponerte lo que quieras. Sólo sé rápido, ¿de acuerdo?

- ¿Tú no coges nada?

- Yo llevo conmigo todo lo que necesito.

Lo cuál son sólo tres cosas. La primera, la medalla que su padre le regaló al cumplir trece años en la ceremonia de su Bar Mitzvah, esa que pende de su cuello y no se ha quitado desde entonces. La segunda, el reloj que Dougie le entregó a sabiendas de su amor por la relojería y su sueño de convertirse en un gran relojero como su padre, y la foto que el mismo Dougie le tiró a la cara la última vez que se vieron aquel febrero. Lleva en el bolsillo de su pantalón desde que se fue dos días atrás, y está manoseada porque lleva cuarenta y ocho horas consecutivas mirándola, como si temiera que los rasgos del enano se fundieran en su mente y no pudiera recordar su rostro. No necesita más. Salvo que se den prisa.

- Te cogeré dos jerséis por si acaso – bromea Dougie, y esboza una sonrisa. Es difícil, y si sonríe es a causa de los nervios, de la ilusión, del miedo y de la esperanza. Es una mezcla peligrosa y extraña que le atenaza los músculos pero le despliega las alas del alma, y es muy difícil dejar que ésta vuele si el cuerpo no te acompaña.

Está besándolo de nuevo cuando Kathy y Vicky regresan. Han obedecido al hombre de la casa y se aprecia, porque sus formas de mujer han quedado prácticamente sepultadas por capas y capas de camisetas y rebecas. Y afortunadamente, ninguna de las dos porta mochilas, petates, bolsos o nada parecido con ellas.

- Estamos listas – anuncia Vicky. - ¿Vosotros?

- Dougie tiene que...

Toc, toc.

Las miradas de los cuatro se congelan fijas en la puerta. No pasan ni dos segundos hasta que los golpes vuelven a repetirse. TOC TOC.

Están llamando a la puerta.

En el pequeño pasillo que sirve de zaguán entre la entrada, la cocina y el salón, el aliento de los tres Jones y Poynter permanece retenido en sus pulmones, y ni una gota de aire planea en el ambiente por miedo a ser escuchada. Lo primero en moverse es la mirada de Vicky. La luz del salón está encendida, y ha olvidado cerrar la cortina para que nadie vea luz desde el exterior. Es casi imposible que quien se encuentre fuera no vea el rastro anaranjado de la lámpara.

- ¡No! – sisea Danny, extendiendo una mano hacia ella.

Sólo consigue dar un paso antes de quedarse petrificada en el sitio, pero las maderas donde sus pies se posan chirrían bajo su peso y el sonido hace estallar los cristales y sus corazones. Ha sido un sonido agudo pero débil, y sin embargo parece que todo el vecindario haya podido escucharlo. La tensión es tal que las piernas de Vicky tiemblan y sus ojos se vuelven acuosos, consciente del peligro que se esconde tras la puerta y de que ésta servirá de poco si quien aguarda tras ella va armado. Y sólo de pensar que por dos errores suyos haya podido poner a su familia en peligro, hace que sus ojos se llenen de lágrimas.

- Lo siento – sisea de vuelta, temblando de miedo. Kathy extiende una mano hacia ella y la aprieta con sus desgastados dedos, depositando un beso cargado de ternura en ellos, aunque ella también esté muriéndose por dentro.

Danny rota la parte superior de su cuerpo para encarar a Dougie, el cuál estaba a punto de subir las escaleras hacia su dormitorio, y le pide explicaciones con la mirada por miedo a ser escuchado.

"Has dicho que no te ha seguido nadie".

"Y no lo han hecho, lo he comprobado a cada metro que avanzaba".

"¿Entonces?".

"Es imposible que sean rusos. No conocen el terreno"

Tres nuevos golpes parecen querer tirar la puerta abajo. Suenan rotundas pisadas tras la hoja de madera, Danny puede calcular que haya dos o tres hombres tras ella, y en un momento dado, los pasos de uno de ellos se alejan, y los escalones del porche chirrían a su paso. Un segundo después, se oye cómo un cristal se rompe en la parte trasera de la cocina.

- ¡Dios mío! – gime Kathy. Inconscientemente, camina hasta llegar junto a su hija y ya no le importa que el parqué del suelo la delate. Menos mal que Danny se encargó de ponerle rejas a todas las ventanas de la planta inferior. Si quieren entrar a la fuerza tendrán que tirar la puerta abajo, o escalar por la fachada.

- Subid arriba – ordena, alentándolas como a las gallinas que se escapan del corral. – Meteos en mi cuarto y echad el cerrojo.

- ¿Quiénes son, hijo? ¿Qué vas a hacer tú?

- Rusos, madre. Son rusos – sentencia, y aunque en un momento de su vida durante los últimos meses eso le reconfortó, tener la esperanza de que los bolcheviques los salvarían de los nazis, tener ahora a un hombre vestido con el uniforme de los Allgemeien en su casa sabe que más que una salvación, es una condena a muerte. – Subid y no bajéis hasta que yo vaya a buscaros, ¿me habéis entendido?

- ¿Qué vas a hacer tú? – repite Vicky. No va a dejarle eludir la pregunta.

- Intentar ponernos a todos a salvo. ¡Arriba!

Parece que la situación se repite, la misma que hace unos instantes. Si sólo hubieran tardado un poco menos, si hubieran salido ya de casa, si no se hubiera negado tantas veces a abandonar el país y hubiera hecho caso a Dougie la primera vez que se lo dijo...

- Ten cuidado – le pide su madre, y le agarra con fuerza del brazo, clavándole las uñas. – Por favor, ten mucho cuidado.

- ¡Arriba!

Kathy y Vicky desaparecen escaleras arriba con paso rápido pero temeroso y se oye cómo la puerta del dormitorio del pecoso se cierra, como cuando pasas la última página de un libro. Lo malo es que en esta ocasión el libro que está siendo leído es el suyo, y sólo puede rogarle a un dios en el que no cree, porque esta no sea la página de su libro que termine con "fin" en letra cursiva. Su libro no puede terminar sin haber vivido toda una vida con Dougie, sin haber saboreado la libertad.

- ¿Qué vamos a hacer? – inquiere el alemán segundos después. Sus manos retuercen con nerviosismo las mangas de la chaqueta del uniforme, las uñas clavadas contra la tela, y los ojos abiertos en señal de alerta.

- Necesito que me hagas caso – le dice Danny, y más allá, otro cristal estalla. Siguen intentando entrar por las ventanas, lo único que espera es que las rejas no cedan todavía y les de tiempo a esconderse. Tomando a Dougie del brazo, lo arrastra pasillo adentro. Desde esa posición puede ver la ventana de la cocina rota, los cristales rotos brillando a la luz de la luna llena, que reina en el centro del cielo sobre sus cabezas. Y continúan las pisadas y los golpes contra la puerta. Es el escenario de una película de terror, no se le ocurre otro símil. Es como una de esas películas de Hollywood, de grandes directores del cine de monstruos, como Whale o Mamoulian. Casi puede sentir el aliento de la muerte soplándole en la nuca. – Necesito que tú también te escondas...

- No. No pienso dejarte solo con...

- Lo vas a hacer, y...

- Soy mayorcito para decidir si...

- ¡Escúchame, joder! – el grito reverbera en su caja torácica y resuena en la casa. Los golpes contra la puerta se hacen más fuertes. Las pisadas más estruendosas. Los cristales siguen rompiéndose en cada ventana. – Vas a entrar ahí abajo, y te vas a esconder. Sé que no te gusta, sé que tu padre te encerró en uno parecido hace años, pero necesito que entres ahí abajo.

El refugio secreto. La plancha de metal les observa desde el suelo y Danny se dobla sobre sí mismo para abrirla. La oscuridad de su interior recibe a Dougie y deja escapar un extraño hedor a cubículo cerrado, exactamente el mismo olor que él recuerda de aquella traumática experiencia.

- No puedes ayudarme así vestido, te matarían antes de permitirte decir una palabra. Dime que lo entiendes, por favor.

- Pero no puedo dejarte solo. No puedes ponerme a salvo y enfrentarte tú a ellos. ¡No sabes ruso! Joder, tenemos las mismas posibilidades. Tú ya te has arriesgado por mí. Ahora me toca a mí.

- Doug, esto no funciona así. No se trata de quién se arriesga por el otro o no...

- Pero tú lo vas a hacer.

- ¡Tengo que hacerlo, maldita sea! ¡No me partieron la nariz y tres costillas para que ahora te maten los bolcheviques! ¡Mi padre no murió para amilanarme cuando la libertad está tan cerca! – ahora ya no se escucha ningún cristal. Deben estar todos rotos, y la temperatura de la planta baja ha descendido considerablemente a falta de la protección de las ventanas. – Si es cierto que son rusos, te arrestarán, te llevarán con ellos, y con un poco de suerte te encerrarán hasta que se celebre un juicio contra la gente como tú y como tu padre. En el peor de los casos te matarán delante de mí antes de que pueda defenderte.

- ¿Y si no son rusos? ¿Y si son de los míos y te estás arriesgando por mí? No puedo dejar que hagas eso.

- No te estoy pidiendo opinión. O bajas ahí por tu propio pie, o te rompo una rodilla y te meto a la fuerza.

- Dan...

- Soy capaz de hacerlo, Dougie. No me obligues.

Los agresivos "toc, toc" anteriores se convierten en amables llamados en comparación al ruido que la madera hace llegados a este momento. De verdad van a tirar la puerta abajo.

- ¿Qué rodilla prefieres?

- Está bien – cede el pequeño. Su pecho sube y baja ante la falta de aire, y su mirada se interna escaleras abajo. Un refugio secreto. Casi puede sentir físicamente cuando Danny y él se encerraron en esa despensa para colocar un puñado de naranjas y tuvieron su primer contacto físico. Tan físico que ahora le duele todo el cuerpo sólo de pensar que puede que esa sea la última vez que vea a Danny con vida. A su Danny. Su propia vida. Perderle a él sería como perderse a sí mismo. – Pero si escucho algo...

- Vas a quedarte ahí dentro hasta que yo venga a buscarte – repite, exactamente igual que con su madre y su hermana. – Pase lo que pase, oigas lo que oigas, no salgas de aquí hasta que yo venga a por ti, ¿de acuerdo?

- ¿Qué vas a hacer?

- Prométemelo, enano – Dougie asiente con la cabeza y Danny le empuja suavemente hacia las escaleras. Antes de precipitarle hacia adentro y encerrarle allí hasta que todo se calme, busca a tientas por las repisas de la despensa y sus manos se topan con los restos de una vela y una caja que probablemente no contenga ninguna cerilla, y se las tiende. Sabe que odia la oscuridad. – Por Dios, Dougie, no llores.

- Ten cuidado.

- Lo tendré, te lo prometo. Todavía tengo que enseñarte a nadar, no lo olvides.

- Te quiero.

Es la segunda vez que se lo dice. La primera vez fue en aquel fatídico febrero y horas después rompían su relación del modo más doloroso posible, como si sus sentimientos no fueran válidos. Es la segunda vez que le dice "te quiero" y ahora más que nunca siente el aliento de su parca personal soplándole tras la oreja, contando los segundos que le restan de vida, los segundos que le quedan para disfrutar de Dougie. Es retorcido, es macabro, y es aterrador.

- Te quiero – le repite, sin vergüenza, sin reservarse nada para él. Ya lo han compartido todo. Conocen los miedos del otro, los sueños, los anhelos, las esperanzas, las excentricidades y hasta los pensamientos más pequeños y extravagantes. Han compartido sus cuerpos, se han entregado el uno al otro en numerosas ocasiones durante esas últimas semanas, se han aprendido sus anatomías con cada sentido posible. Dougie ha cumplido su sueño, es capaz de deshacer a Danny con un beso en el hueco idóneo en su ingle derecha, o hacerle estallar en jadeos con un movimiento calculado y con el ángulo preciso de su cadera. Puede cerrar los ojos y decirte dónde tiene ese cúmulo de pecas más oscuras junto al pómulo derecho que le hace parecer un dálmata, o la forma de las manchitas de sus ojos azules, como islas en medio del mar. Se han aprendido, se han estudiado y ahora, decir "te quiero", no supone más que lo dice. Que ya no le da miedo decírselo, que ya no tiene nada más que entregarle. Que le quiere, le quiere, y nada más. – Ani le dodi – sonríe, con las lágrimas como ríos surcando sus mejillas.

- Vedodi li – completa él, sonriendo de vuelta. Y durante unos instantes, antes de que Dougie se interne en la oscuridad del refugio secreto, vuelve a ser noviembre y vuelven a tener naranjas que colocar en las estanterías.

La puerta chirría ante los envites que los rusos realizan contra ella. Si son capaces de soportar inviernos a temperaturas bajo cero, una simple puerta de madera de roble simplemente podrá contenerlos, pero no detenerlos.

Danny abandona la despensa tras cerciorarse de que Dougie ha cerrado bien por dentro, e invierte sus últimas fuerzas físicas y mentales en atrancar la puerta escondida bajo la escalera, para que el enano no salga de allí bajo ningún concepto. Se lo ha prometido, pero eso no significa que confíe en él. Cualquier precaución es poca, lo sería si fuera él quien se encontrara abajo.

Se apresura y corriendo de puntillas llega hasta el salón con el tiempo justo de apagar la luz y armarse con uno de los atizadores de la chimenea, la cuál aún sigue caliente aunque apagada. Un segundo después, la puerta cae contra el suelo del recibidor con un golpe sordo y seco.

Han entrado.

"Son dos", piensa Danny. Sus manos se aferran al metal y lo retuercen con nerviosismo, casi con locura. Sus pies no permanecen en el mismo sitio más de dos segundos, todo su sistema nervioso alerta preparado para saltar sobre su cazador en cualquier momento. "Son dos", vuelve a decirse a sí mismo, a juzgar por las pisadas. "Estoy en desventaja, y seguro que van armados...". Es en ese instante cuando le entran ganas de ir al baño. Estúpido cuerpo y estúpidas reacciones fisiológicas, pero no puede evitar acordarse de cuando jugaba a los polis y a los cacos con su hermana en la laberíntica casa de su abuela y siempre le entraban ganas de hacer pipí cuando le tocaba esconderse. La emoción le sobrepasaba y terminaba haciéndoselo encima, pero tenía cuatro años. Ahora tiene diecinueve, y esto ya no es ningún juego. Aquí no apuestan por el postre del día siguiente, ahora es su vida lo que pende de un hilo.

Los pasos se acercan, lentos, seguros. Escucha la goma de unas botas militares resonar contra las maderas del suelo, probablemente pasando por encima de la puerta, fijando sus ojos en la Januquiá del pasillo, o en las escasísimas fotografías que cuelgan de las paredes. Sus rasgos tan insoportablemente alemanes como los de cualquier otro y, sin embargo, judíos, aunque eso les lleve a la muerte.

Pero no hablan, y a Danny le sería de gran ayuda para averiguar si está a punto de plantarle cara a rusos o alemanes. Puede que sea parte de su estrategia, mantenerse callados para no delatarse a sí mismos, jugar con el contrario. Sólo alguien entrenado para la batalla sería capaz de prestar atención a detalles como esos.

La primera figura en aparecer por el recodo de la puerta es un hombre de mediana edad. Puede rondar los cuarenta y cinco, no más de cuarenta y ocho años. En su pelo se adivinan tempranas canas, pero es castaño claro, casi rubio, y su rostro enjuto habla por sí solo. Su ceño no está fruncido, pero la ferocidad que emana de sus ojos verdes deja claro que, sea quien sea, no viene en son de paz.

Debe medir alrededor de metro ochenta, más o menos como él, y aunque la descompensación física es mínima, queda de manifiesto que Danny está en inferioridad, y no sólo numérica, en cuanto advierte cómo, en su mano derecha, aquel hombre porta una pistola. Es pequeñita, negra y parece elegante. El cañón es delgado y corto, y el tambor no debe tener cabida para más de seis balas. Seis balas son suficientes no sólo para inmovilizar a una persona, sino para matarla, y si tienes en cuanta que ese hombre ha sido entrenado en una academia militar, tienes su cabeza en bandeja.

Pero no es eso lo que paraliza a Danny.

Sus manos se aferran con más temor aún al atizador en cuanto advierte que aquel hombre porta varias medallas en su pecho, colgando con orgullo de su grisáceo uniforme. Estrellitas amarillas con banderas de colores, batallas ganadas en países que no puede apreciar por la semi oscuridad en la que están sumidos. Es como si llevara el número de muertos colgados del pectoral izquierdo, como premiar a un hombre por ser un asesino. Por llevar aquella esvástica negra con orgullo prendida del brazo.

Sólo había dos posibilidades: bolchevique o nazi, y la suerte nunca ha estado de su lado.

Traga saliva en cuanto aquel hombre da un paso adelante. Puede ver sus ojos refulgir en la oscuridad, el gesto serio, concentrado pero casi divertido de su expresión, la media sonrisa en la comisura de sus labios, juguetona.

Conoce esa sonrisa. La vio en Dougie aquel verano de 1944 y se enamoró perdidamente de ella. Y ahora sabe de quién la ha heredado

- ¿Dónde está mi hijo?

Porque delante de él se encuentra Gary Poynter, su padre.


Muehehehehe. Ya iba siendo hora de que Danny conociera a su suegro, ¿no?

Nos leemos la semana que viene. Xxx.