Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.

Safe Haven
Por: Hoshi no Negai

29. Tras la máscara

―¡Vamos, camina! ¿Qué esperas? ―lo apresuró Omoto, pronunciando mal las palabras por sus labios y encías hinchadas. Sesshomaru no reaccionó con la rudeza del empujón que le había dado y se mantuvo firme. Estando su pierna herida o no, bajo amenaza de sufrir un destino peor que una bala en el muslo, su carácter se mantenía recio y estoico. Nadie podría mancillarlo, mucho menos un imbécil como ese.

Caminó ignorando el agudo dolor y ni siquiera se rebajó a darle una mirada de reconocimiento al carcelero. Llevaba tantas horas sentado en la posición del loto que sentía los músculos agarrotados y un molesto cosquilleo en toda la extensión de la pierna izquierda.

Omoto cerró la puerta del cuartucho mal alumbrado detrás de ellos y le dio otro empujón para que avanzara por aquel largo pasillo. Le habían cubierto la cabeza con un oscuro saco desde que lo introdujeron en el asiento trasero de su Jaguar hasta que le colocaron las esposas en el tubo. Era la primera vez que tenía la libertad de explorar al menos un poco de su lugar de cautiverio, y enseguida puso su mente a trabajar para deducir en qué clase de sitio estaba.

Se notaba en desuso por la apariencia descuidada, quizás hasta fuera un lugar abandonado. Las paredes eran de concreto con la aceitosa pintura descascarillada, con una única decoración que constataba en los típicos letreros de las salidas de emergencia colocados cada cierta cantidad de metros en la parte superior de la pared. Al igual que en el pequeño cuarto en el que había estado, las luces fluorescentes amenazaban constantemente con apagarse con sus titileos, y eran pocas las que mantenían estable la iluminación.

Omoto iba pegado a su espalda en todo momento, con una mano sujetándolo del cuello de la camisa, en lo que supuso sería un intento por retenerlo por si tenía pensado escapar.

Llegaron hasta el final del largo y sucio pasillo de lo que consideró un viejo almacén, Omoto abrió de un tirón la puerta metálica sin dejar de sujetarlo, y entraron a una enorme área cubierta con un techo de láminas de zinc, con varios contenedores de diferentes colores apilados hasta rozar el cielo raso. Divisó también vehículos de maquinaria pesada, algunos montacargas y largas cadenas que guindaban de las vigas del techo. No se trataba de una estructura abandonada: era un galpón de transporte marítimo totalmente funcional. No logró reconocer el logotipo pintado en algunos de los contenedores, y tampoco tuvo tiempo de inspeccionar mejor el área porque su rudo guía se encargó de seguir empujándolo hacia otro lugar.

Llegaron a una especie de pasillo entre las apiladas estructuras, un pequeño pedazo del laberinto de cajones de colores donde había un grupo de personas esperándolos.

Naraku, enfundado en su traje oscuro y con su máscara de mandril azul, estaba en el centro de un semicírculo compuesto por otros diez hombres, todos vestidos con ropa muy sencilla y de tonalidades opacas. No encontró ningún rasgo distintivo en ninguno de ellos más allá de sus prepotentes miradas y sonrisas torcidas al verlo llegar.

¿Qué pasaría ahora? ¿Intimidación, tortura? Todos parecían estar de lo más entretenidos, como si supieran que algo increíble estaba a punto de suceder. Recordó las palabras de Naraku, su calmada amenaza con aquel divertido tono desdeñoso:

Entonces tendré que romperte otras cosas hasta que lo haga.

Ya sabía lo que le esperaba, lo tenía asimilado. Y aunque admitiera internamente que no era algo que quisiera vivir en carne propia, lo aceptaba como su destino si no se le ocurría un rápido plan de escape en un terreno desconocido. Se preguntó cuántas armas de fuego tendrían encima, y si acaso planeaban hacer con él alguna especie de cacería en ese laberinto de contenedores.

―Ah, joven Taisho, me alegra verte de nuevo. ¿Cómo está tu pierna? ―Naraku interrumpió el hilo de sus pensamientos, extendiendo los brazos hacia él con falsa cortesía―. ¿Recuerdas qué fue lo que te dije antes de despedirnos? Supongo que te haces una idea de por qué estás aquí ―hizo un gesto hacia sus hombres, algunos de los cuales comenzaron a reírse por lo bajo con anticipación.

Seguidamente, Naraku chasqueó los dedos, alzándolos hacia atrás del grupo de matones. Éstos hicieron un espacio para dar paso a otras personas que se les acercaban.

Un sudor frío fue lo único que sintió bajo la piel al ver quienes venían acercándose.

Un hombretón fornido con pelo cortado al ras al estilo militar, una chiquilla con cara astuta que le recordó a un zorro, vestida con uniforme escolar y, siendo empujada por el sujeto...

No.

No podía ser posible.

Todos sus músculos se crisparon al distinguir sin fallo alguno la figura de una chica vestida con un uniforme igual al de la otra, dando tumbos como si estuviera mareada y con las manos atadas a la espalda. No necesitaba ver su rostro cubierto por un saco negro para saber de quién se trataba.

El hombre de pelo rapado la empujó una última vez de forma muy tosca cuando estuvieron a la altura de Naraku, haciéndola caer de rodillas. El suave quejido que se escapó de debajo de la negra tela se le hizo dolorosamente familiar.

―Te dije que sabrías cuando llegara ―advirtió Naraku, viéndolo victorioso mientras situaba los dedos sobre el saco y lo arrancaba de un tirón.

El rostro pálido y sudado de Rin le devolvió asustada la mirada, ahogando un mudo respingo al estar ambos cara a cara. Su pecho comenzó a subir y a bajar sin control, boqueando como un pez fuera del agua. Bajó la desorbitada mirada hasta la mancha de sangre que bañaba su pierna izquierda y apretó los dientes al momento de ver su rostro de nuevo.

Por un momento, entre el miedo y la angustia, pudo distinguir un pequeño rastro de... ¿alivio? ¿Era eso lo que sentía al estar en esa situación? ¿Estaba contenta por verlo con vida, en una sola pieza pese a su herida?

Sin poder controlarse como siempre lo había hecho, sus facciones se crisparon con furia.

La maldijo una y mil veces, recriminándole mudamente lo que estaba haciendo ahí, su estúpido sacrificio que no podía de ningún modo acabar bien. ¿Pensaba que así Naraku lo dejaría ir? ¿Era tan necia como para creer que todo acabaría tan fácilmente para él de esta forma?

Maldijo también al departamento de policía de Tokio, a esa detective que había jurado proteger a Rin y a cada miembro de la estación por haber permitido tal locura. Maldijo a Naraku, quien observaba la silente interacción con satisfacción bajo su asquerosa máscara, maldijo a todos los presentes en aquel galpón, quienes se burlaban de él con sus repugnantes risitas y perversas sonrisas.

Pero sobre todo, se maldijo a sí mismo por haber permitido eso. Por haber bajado la guardia, por dejar que se lo llevaran sin presentar más pelea, por no haber seguido todas las advertencias de Rin de cuidarse las espaldas.

Por su estúpido desliz, Rin había regresado a la boca del lobo creyendo que podría salvarlo.

―Cuánto tiempo sin verte, bailarina ―Naraku acarició suavemente el cabello de Rin al posar la mano enguantada sobre su cabeza, haciendo que ésta le dedicara una mirada entre furibunda y aterrorizada. Podría intentar hacerse la valiente y demostrar todo el coraje que poseía, pero no había manera de ocultar el horror que albergaba en lo más profundo de sí. Y no era para menos. Estaba encarando al monstruo que podía hacer realidad sus peores pesadillas.

Sesshomaru tensó la mandíbula conteniendo un gruñido, y se impulsó hacia adelante para abalanzársele encima. La sangre le hervía como nunca lo había hecho, con aquel instinto asesino despertando de golpe de nuevo y reclamándole por destrozar a ese malnacido que osaba tocar a Rin.

Pero por supuesto, Omoto estaba ahí para detenerlo. Con una mano en su cuello lo obligó a retroceder pese a sus intentos por deshacerse del agarre. Había juzgado mal su fuerza, pero todavía no era suficiente para frenarlo.

―Tranquilízate, Taisho, no te precipites ―se rió por lo bajo Naraku cuando se posicionaba para hacer el movimiento correcto y liberarse. El hombre de la máscara dio unos pasos adelante e hizo una seña a Omoto para que hiciera lo mismo. Seguidamente se giró hacia los recién llegados: la muchacha con uniforme y su silencioso gorila―. Buen trabajo, Yura. Ya puedes retirarte y hacer lo que tengas que hacer.

―Gracias, señor Naraku ―asintió ella con un ronroneo antes de darse la vuelta―. ¿Hay posibilidad de recuperar el vestuario, señor? Me facilitaría un poco las cosas.

―Tendrás que esperar un poco para eso. Es mejor que te vayas, dudo que lo que quede del uniforme te sirva de mucho.

―Por supuesto ―Yura hizo una reverencia y se retiró, perdiéndose en un recodo de contenedores siendo seguida por el hombre que la acompañaba. Rin trató de no hacer ningún gesto que delatara sus náuseas al escuchar lo que había dicho Naraku, e hizo todo lo posible para mantenerse lo más serena que pudo al volver la vista hacia Sesshomaru.

Éste se la devolvió sin aflojar su pronunciado ceño.

Puede que no vuelvas a tocarla, pero podrás verla todo lo que quieras en primera fila.

El dolor en su pierna había desaparecido ante la súbita crecida de adrenalina, y una vez más forcejeó para liberarse. De no ser porque un par de sujetos se acercaron para inmovilizarlo de los hombros, se las habría arreglado para deshacerse del agarre de Omoto en cuestión de segundos. Los hombres le dieron un fuerte golpe en el estómago que casi le arrancó un gruñido, haciéndolo caer de rodillas al igual que a Rin. La muchacha temblaba a la par de sus forzadas inhalaciones, observando con la vista perdida con terror.

―¡Sesshomaru! ―bramó sin aliento en tanto que él contenía la tos provocada por el violento golpe que le sacó todo el aire. Intentó acercársele, pero Naraku apretó el puño en su cabello y la obligó a mantenerse quieta. Rabiosa y con lágrimas en los ojos, giró la cara todo lo que el agarre le permitía―. ¡Naraku! Cumplí mi parte del trato, ya me tienes aquí. Ahora déjalo ir.

―¿Dejarlo ir? No recuerdo haber dicho nada acerca de dejarlo ir.

De ser posible, la piel de Rin se volvió más blanca de lo que ya estaba. Sesshomaru levantó la cabeza entre sus forzadas bocanadas y lo observó fijamente.

Lo sabía. Por supuesto que lo sabía, no podía ser de otra forma.

Bajó su línea de visión hasta Rin, quien abría la boca con la mandíbula temblorosa, sin dejar de prestarle toda su atención a la siniestra máscara de mandril. Estaba totalmente seguro de que el rostro de Hitomi mostraba una torcida sonrisa llena de satisfacción.

―¿De qué estás hablando? Dijiste que viniera por él, dijiste...

―Dije que no me parecía un intercambio justo, ¿no es así? Haz memoria. No prometí absolutamente nada si venías aquí ―le espetó tranquilamente, como quien habla con un niño pequeño con problemas de aprendizaje. Naraku volvió a acariciarle la cabeza con falsa dulzura―. Sabía que tarde o temprano volverías a mí, bailarina. Ya ves que cumplo mi palabra… cuando la doy.

―Eres un... ¡eso es juego sucio! ―saltó de repente, intentando en vano ponerse de pie. Naraku la tomó de la cola de caballo y la levantó hasta que sus rodillas estuvieron a escasos centímetros del suelo.

―¿Juego sucio? Creo que eres tú la que entendió mal todo el asunto. Tan desesperada estabas por salvar a tu querido Taisho que oíste lo que quisiste escuchar. No me culpes por tu limitada capacidad de entendimiento.

―Suéltala ―gruñó Sesshomaru, también alzándose todo lo que se le fue permitido. El par de sujetos clavaron los dedos en sus hombros, fijándolo con fuerza. Por más que forcejeara, aún no conseguía quitárselos de encima.

Naraku giró la cabeza hacia él, sin soltar el cabello de Rin, quien apretaba los labios para impedir que ningún gemido escapara de ellos.

―Casi lo olvido. Tenemos una apuesta pendiente, ¿no es así? ¿Qué era lo que te había dicho? ―se llevó la mano libre a la barbilla de la máscara fingiendo hacer memoria―. Ah, cierto. Si la pequeña bailarina aparecía te rompería un brazo tal cual lo hiciste tú con Koike esta mañana. Creo que debo reclamar mi premio.

Chasqueó los dedos en una señal a otro sujeto que estaba detrás de él, quien sonrió con macabro deleite al dar un paso al frente. Omoto dejó escapar una risotada baja mientras se agachaba para quitarle las esposas, en tanto que los otros dos aprisionaban sus brazos. Sesshomaru vio con cautela cómo el matón se le acercaba, tronando sus dedos amenazadoramente. Era casi tan alto como Naraku, pero con el doble de grosor entre músculo y grasa. Su sonrisa mostraba una dentadura desigual, amarillenta y repugnante.

―Ahora, Taisho. Seré indulgente para que veas que no soy un monstruo despiadado ―continuó Naraku―. ¿Eres diestro o zurdo? Supongo que diestro, es lo más común, ¿no? Te sería menos complicado si fuese el brazo izquierdo el que sufriera los daños en lugar del derecho ―Sesshomaru se mantuvo en silencio, viéndolo fijamente sin siquiera parpadear. No veía qué diferencia hacía con cuál brazo escribiera―. Voy a seguir mi corazonada ya que no pareces muy animado. Deberías estarlo. El castigo podría ser mucho peor.

Hizo una leve seña a sus hombres, y el que sostenía su brazo izquierdo lo extendió con esfuerzo, puesto que Sesshomaru ponía bastante resistencia. No se dejó intimidar cuando el tipo que estaba de pie cerró sus enormes manos en su muñeca y el final del brazo, al borde del hombro... y comenzó a ejercer presión hacia abajo.

―¡Espera, Naraku! ¡No lo hagas! ¡Ya ha sido suficiente, no tiene por qué pasar por esto! ―Rin continuó intentando levantarse, pero el agarre en su cabello era tan fiero que había poco que pudiera hacer para combatirlo.

―Mi querida bailarina, hicimos una apuesta en tu honor. Yo le dije que vendrías, pero él se negó a creerlo. Dudaba de ti. De ti, la persona más sacrificada, noble y estúpida de este mundo. Yo, en cambio, sabía de lo que eres capaz de hacer por los que amas. Y ahí está mi premio.

―¡No, no! ¡Detente! ¡No lo toques, no lo lastimes! ―sus piernas se removieron en el suelo, haciendo fuerza para levantarse con ellas, pero todo lo que consiguió fue que Naraku le diera una fuerte patada en la espalda para reducirla. Primero fue una, luego otra y otra más, y aun así, Rin no soltaba ningún quejido más allá de un respingo ahogado ante cada impacto, sin dejar de pedirle que lo soltara.

Sesshomaru también forcejeaba, pero la presión en su brazo era tan demoledora que sabía que era cuestión de segundos que sus huesos cedieran. Le dolía de una manera que jamás había experimentado, no tenía punto de comparación.

Hasta que el sujeto decidió dejar de tirar hacia abajo y hacer algo aún peor: le dio un rodillazo rápido y brutal justo en el codo, rompiéndolo en el acto. El crujido de sus huesos habría sido mucho más notorio si Rin no hubiera proferido aquel grito desgarrador.

―¡NO! ¡SESSHOMARU!

Su brazo izquierdo cayó entonces, inerte a su costado en una forma grotesca por la severa lesión. El húmero sobresalía de su piel, sin romperla del todo, en un enorme bulto por la cara interna del codo, mientras el radio y cúbito se retorcían cada uno en ángulos diferentes.

Por un instante Sesshomaru no fue capaz de ver nada más que de manchas negras nublándole la vista. Sus alrededores se hicieron borrosos y se oscurecieron, amenazando cegarlo con la cercana inconsciencia. El dolor era demasiado agudo, demasiado punzante. Pese a la adrenalina que hacía lo propio amortiguando gran parte de éste, sentía con perfecta claridad cada astilla de hueso quebrado, cada espacio de piel que era perforado, cada músculo inflamándose.

Sin embargo, pese al terrible dolor, se controló lo mejor de que fue capaz y levantó la cabeza hacia Naraku, mirándolo desafiante entre trabajosas bocanadas acompañadas de una fina capa de frío sudor. Aún en ese estado, sus ojos dorados brillaron intimidantes, mientras que su brazo izquierdo temblaba a su costado.

Rin sofocaba sus gemidos de impresión oprimiendo los labios. No podía dejar de ver su rostro firme, pues era incapaz de bajar la vista unos centímetros hasta la deformidad en la que su brazo se había convertido.

Era culpa suya, únicamente suya. Jamás tuvo que permitirle acercarse tanto a ella, jamás tuvo que dejarse llevar por lo que sentía. ¿De qué había servido ser feliz por unos días, si acabaría perdiéndolo de esa manera tan inhumana?

Cerró los ojos para evitar las lágrimas que amenazaban con salir, y de haber podido sacudir la cabeza en gesto de negación lo habría hecho. No era momento de ponerse a llorar ni de arrepentirse, ya podría hacerlo después. Debía concentrarse y ganar tiempo hasta que la policía llegara. La moñera seguía atando su cabello bajo la mano de Naraku, y con suerte el pequeño chip allí escondido no habría sufrido ningún daño.

Nos encontrarán. Todo pasará, se forzó a pensar mientras intentaba transmitírselo mudamente a Sesshomaru a través de su cristalizada mirada. Sango, date prisa.

...

―Ya pasaron más de diez minutos. ¿La señal de Noto sigue en el mismo lugar? ―preguntó Toga tras el tenso silencio, sólo interrumpido por las instrucciones que daba el jefe del departamento por teléfono. El tiempo transcurría a una velocidad agonizante, y lo que todos creyeron que se trataban de horas, no fueron más que unos escasos minutos desde que Miroku y Sango abandonaran la estación.

―Sigue en el mismo sitio. El GPS del teléfono fue destruido en Fuji TV, pero el rastreador sigue activo ―asintió Fumita, señalando la pantalla.

―¿Sesshomaru seguirá con ella?

―Es lo más probable.

Izayoi no podía dejar de llorar por lo bajo, temblando en brazos de Kagome quién hacía todo lo posible para consolarla y mantenerse calmada a sí misma.

―Por favor, que no les haya pasado nada... por favor, que estén bien... ―repetía abatida la mujer, sin poder dejar de repetir una y otra vez en su cabeza aquellos últimos segundos de la cámara de seguridad, donde Sesshomaru era llevado fuera de la habitación. Por su mente corrían escenas horribles, crueles torturas y mutilaciones que eran famosas en varios de los clanes yakuza más violentos, rogando para que ni Sesshomaru ni Noto fueran objeto de ninguna de esas fechorías.

Inuyasha seguía sentado frente a la computadora de Sango, investigando las coordenadas de aquel almacén donde se suponía que estaba su hermano. Sabía que había forma de hackear cámaras de seguridad públicas, pero nunca lo había hecho por ese medio. Las primeras veces habían sido para probar, en sus días de juventud cuando aquel mundo le llamaba tanto la atención. Ojalá hubiera seguido investigando y metiéndose de lleno en esas cosas, en ese momento le sería de gran utilidad haber aprendido todo lo necesario sobre el tema.

―Debe haber algo que podamos hacer ―insistió Toga, endureciendo el tono ante el jefe Minamoto que acababa de colgar su llamada―. Tenemos que ir, tenemos que estar cerca de Sesshomaru para cuando los saquen de ahí.

―Es demasiado peligroso ―se negó Fumita, apenas quitando la vista de su pantalla―, no sabemos cuántas personas puedan estar ahí, las cosas podrían descontrolarse y ustedes acabarían en medio de todo.

―No tendríamos por qué estar precisamente en el lugar, podríamos al menos permanecer en los alrededores sin involucrarnos. Es mejor que quedarse aquí ―instó Inuyasha, dejando de teclear. Se sentía asquerosamente inútil, ya no soportaba estar sentado intentando hacer algo que se le hacía imposible. Ni siquiera sabía si ese galpón tendría cámaras de seguridad, o si éstas estarían conectadas a una red que pudiera hackearse. Necesitaba salir de ahí y comprobar con sus propios ojos que su hermano y esa chiquilla estuvieran a salvo.

―Concuerdo con Inuyasha ―asintió Toga―, deberíamos estar ahí.

―Es muy arriesgado ―secundó Minamoto.

―¡No puede decirnos que nos quedemos aquí sin hacer nada! ―explotó Inuyasha levantándose de la silla de golpe―. Me da igual que sea peligroso o no, voy a ir, ya tengo las coordenadas.

―Inuyasha, por favor, tenemos que colaborar con la policía, no podemos hacérselo más difícil ―se interpuso Kagome, intentando ser la voz de la razón―. Podríamos ocasionarles más problemas de los que ya tienen.

―¡No me vengas con ésas! ¡Ahora me vas a decir que si Kikyo estuviese en el lugar de Sesshomaru te quedarías tranquila de brazos cruzados sin hacer nada! ―soltó furioso, haciéndola retroceder.

―Inuyasha, cállate ―reclamó su madre al ver el shock en la cara de Kagome. La joven mujer analizaba lentamente aquella poderosa afirmación y revivió exactamente cómo era vivir esa situación en carne propia. No era que Sesshomaru y Rin le fueran indiferentes, también estaba muy afectada por lo que podría estarles sucediendo, pero intentaba mantenerse fuerte y hacer lo que era necesario para dejar que los profesionales hicieran su trabajo.

Ya se había inmiscuido una vez al enfrentar a Onigumo cuando lo reconoció como el acosador de Kikyo, y el haberlo hecho había causado más mal que bien. Tenía pánico de repetirlo, temía que si anteponía sus emociones e intentaba ayudar, sólo empeoraría todo.

Recordó el fuerte regaño de la policía y de sus padres cuando se enteraron de que había enfrentado a un posible sospechoso ella sola, y lo horriblemente mal que se sintió caer en cuenta de que su instinto había acertado, pero su desesperación lo había alejado. Era tal su culpa que lo único en lo que podía pensar era en que tenía toda la responsabilidad por la muerte de su hermana, solamente por haberse metido donde no la llamaban.

Era algo de lo que nunca tendría certeza, nunca sabría la respuesta, y por ello debía acarrear con ello a cuestas por el resto de su vida.

No quería lo mismo para su esposo ni su familia. Sabía lo duro que era lidiar con las consecuencias. Pero por esa misma razón... no podía simplemente permanecer en un solo lugar. Aquello también era extremadamente devastador, te carcomía por dentro no saber qué podría estar sucediendo con tus seres queridos.

Así que debía encontrar un término medio.

Observó dolida a su marido, quien bajó la vista con culpa por haberle dicho algo tan desagradable. Era un tema demasiado delicado que no podía ser tratado a la ligera. Sabía que la había lastimado.

―Tienes razón. Si fuera mi hermana, yo... haría todo lo posible por estar ahí. Jefe Minamoto, ¿sabe si han llegado los refuerzos al muelle?

―En este momento deben estar rodeando el lugar. Según mis cálculos, el equipo de Aikawa ya debería encontrarse ahí, y Kuwashima y Tsujitani estarán a minutos de entrar a Aomi, si el tráfico no los detiene.

―Entonces si salimos ahora, para cuando lleguemos ya debería haberse interrumpido la operación de Naraku, ¿no es así? ―cuestionó Inuyasha, calculando los minutos que demorarían en trasladarse hasta ahí y todo lo que podría suceder mientras tanto.

―Es muy posible ―asintió él. Kagome miró de nuevo a su esposo y suegros, decidida.

―Entonces deberíamos ir. No consideré cómo era estar en tus zapatos... no quería recordar cómo se sentía eso. Pero es verdad... no poder hacer nada más que esperar cuando tu familia sufre es... horrible ―Inuyasha negó con la cabeza, murmurando un 'no seas tonta' en voz baja, claramente molesto consigo mismo por obligarla a revivir esas cosas tan lúgubres aunque fuera por accidente y en medio de la desesperación.

―Está decidido. Nos vamos ―Toga tomó a su mujer del brazo y apenas giró para ver hacia Minamoto, con la autoritaria mirada característica de su estirpe, dando a entender que no le importaba constar o no con su permiso.

―Taisho, debe saber lo imprudente que es permitir que civiles se involucren en este tipo de operaciones. Pero ―añadió antes de que Inuyasha pudiera replicar―, comprendo lo que quieren decir. Yo mismo los escoltaré. No puedo dirigir ni vigilar el trabajo desde una silla, necesito estar con mis agentes. Fumita, quedas a cargo del despacho. Mantente alerta del rastreador, y si ocurre algún cambio...

―Será el primero en saberlo ―completó el técnico con un asentimiento, mientras el jefe se ponía en pie y tomaba su abrigo del perchero, ocultando sus armas reglamentarias.

―No estarán en el área del conflicto, pero sí lo suficientemente cerca como para saber lo que sucede. Deben comprometerse a seguir mis instrucciones en todo momento y a cumplir sin replicar con cada orden que se les sea dada, ¿quedó claro?

―Muy claro. ¡Vámonos de una vez! ―los apuró Inuyasha, abriendo de golpe la puerta de la oficina.

...

Habían llegado. Los portones de aquel muelle se encontraban abiertos y avanzaron con cautela, ocultando la luz de la sirena portátil que habían colocado en el techo del vehículo. Aiwaka y su equipo tenían pocos minutos en la escena, y uno de sus integrantes los recibió en la garita de vigilancia haciéndoles una seña.

―Despejado por aquí ―les anunció―. Quitamos cualquier método de comunicación de los vigilantes en caso de que sean cómplices, y estoy encargado de la guardia en este punto. Aikawa e Ishi están formando un perímetro en el galpón Yayoi Exchange B-10. Se les han unido miembros de la división de Aomi, y la guardia costera está patrullando la salida de los barcos de este muelle y los más cercanos a él.

―¿Aún no han entrado en el galpón?

―No, Kuwashima, estamos escaneando el área por si acaso alguien del exterior pueda dar la alarma a Naraku y los hombres que tenga con Noto y Taisho.

―¿Detuvieron a alguien?

―Hemos detenido a seis presuntos trabajadores del lugar y los mantenemos aislados, igual que con los vigilantes. Habían dos personas custodiando la entrada principal del galpón en cuanto llegamos, pero ya nos ocupamos de ellos. Parece que no les dio tiempo de advertirles a los demás que estábamos aquí.

―Muy buen trabajo, ahora nos toca a nosotros. Permanece aquí hasta nuevas instrucciones ―asintió Miroku con una cabezada de despedida mientras continuaba avanzando por el muelle de carga hasta el galpón indicado en el mapa, en tanto que Sango activaba el walkie-talkie.

―Aikawa, ¿me copias?

Aquí estamos, Kuwashima. ¿Llegaron al muelle?

―Nos estamos acercando. ¿Alguna novedad que debamos saber?

Sí, la puerta principal del galpón está cerrada, y me acaban de informar que la guardia marítima interceptó justo ahora un carguero que pretendía anclar en este muelle.

―¿Confiscaron sus medios de comunicación?

Fue lo primero que hicieron al abordar el carguero, pero no sabemos si ya le habían dado aviso a los hombres de Naraku.

―Al menos no tendrán cómo sacarlos de aquí sin ese carguero. ¿Hay otra vía de escape, Aikawa?

Por ahora la única opción sería en vehículos de tierra, Tsujitani. Encontramos camionetas estacionadas en la parte trasera, por una entrada secundaria. Detuvimos a dos centinelas en la puerta principal del galpón, y a otras dos personas cuando abordaban un Mazda verde hace unos minutos, están todos en custodia.

―Bien hecho. Estamos llegando al galpón. ¿Escuchó todo eso, jefe?

Alto y claro, Kuwashima. Me estoy aproximando a Aomi en estos momentos, procedan según lo planeado. Cambio y fuera.

―¿Minamoto también formará parte de la operación? ―cuestionó Miroku al detener el auto y colocar el freno de mano.

―Eso parece. Mejor así, no sabemos cómo pueden estar las cosas ahí adentro.

Ambos descendieron del vehículo y cerraron con portazos, siendo seguidos por un Ben pegado a los talones de Sango, quien afianzaba con fuerza la correa azul. Había patrullas y coches particulares estacionados por todos lados, rodeando el galpón. La policía de Aomi había enviado a nueve oficiales, quienes recorrían el lugar con sus armas en alto, examinando puntos de fuga y buscando cubrir todos los flancos posibles. Aikawa les hizo señas desde la parte trasera, una especie de larga construcción de concreto secundaria adherida al final de la estructura principal, aunque era demasiado grande como para considerársela un depósito provisional.

―Logramos forzar esta cerradura sin hacer demasiado ruido. No estamos seguros de que sepan que estamos aquí o no, pero es mejor mantener el elemento sorpresa de nuestro lado. Es posible que haya gente adentro esperándonos ―explicó rápidamente la mujer a los recién llegados. Estaba en compañía de Ishi, quien se mantenía de guardia en la entrada.

―Bien. ¿Alguien ha entrado ya?

―No, acabamos de abrirla.

―No demoremos más entonces ―instó Miroku. Ishi asintió y abrió la puerta con sumo cuidado, mientras Sango regresaba al walkie-talkie.

―Encontramos la entrada trasera al galpón, procedemos a investigar.

Lleven refuerzos ―ordenó Minamoto en respuesta―. No quiero a mi equipo solo, necesitan cubrir todo el terreno necesario.

―Por supuesto, señor. Miroku, llama a los oficiales de Aomi. Al menos cinco de ellos serán suficientes.

―Enseguida ―el hombre se apresuró a rodear la estructura en busca del personal más cercano que pudiera acompañarlos. Ben mantenía la nariz pegada al suelo e intentaba liberarse de Sango clavando sus poderosas patas en el suelo, haciendo que la gravilla saltara con cada rasguño.

―Creo que encontró un rastro. Eres un buen chico, Ben ―le dijo intentando calmarlo―. Sólo un momento más, necesitamos refuerzos. ¿A quiénes capturaron intentando escapar de aquí? ¿Otros guardias? ―se volvió hacia sus compañeros mientras sacaba su pistola del estuche con la mano libre y revisaba que la carga de municiones estuviera llena y totalmente funcional.

―A un hombre acompañado de una colegiala. No parecían querer escapar, creo que sólo habían terminado su parte y salían del camino, no esperaban a nadie afuera. Los atrapamos con la guardia baja justo cuando subían al vehículo, no les dio tiempo ni de encenderlo ―explicó Ishi, haciendo lo mismo que Sango.

―¿Una colegiala?

―Es lo que parece. Es una chica joven, no más de dieciocho años, usando ropa de un instituto privado.

―¿Naraku tiene infiltrados en un instituto?

―No lo sabemos, no hemos tenido oportunidad de interrogarlos. Están esposados y encerrados en dos patrullas por separado. Nos ocuparemos de ellos una vez que todo esto termine.

―Mejor así. Pero... ¿por qué estaría una colegiala aquí? ¿La habrá usado para traer a Rin?

―Es una excelente pregunta. Ahí está Tsujitani ―señaló Aikawa. El detective regresaba a la escena en compañía de cinco oficiales armados. Sango apenas tardó un minuto en explicar el plan de acción, instándoles a ser lo más silenciosos posibles hasta llegar al objetivo. Se puso a la cabeza del grupo, siendo guiada por Ben, que no despegaba su hocico del suelo. Le dio un jalón para evitar que hiciera ruido y le ordenó seguir adelante, mencionando el nombre de Rin para enfocarlo.

Encontraron algunas habitaciones a lo largo del pasillo, siendo la primera de ellas el pequeño y sucio depósito en el que habían dejado a Sesshomaru, a juzgar por la gran mancha de sangre. Retuvo con fuerza a Ben para evitar que se desesperara, y mientras un oficial investigaba el cuartucho y el resto se desplazaba cuidadosamente por el corredor, tres hombretones aparecieron por una puerta lateral.

―¿Qué demonios...? ¿Cómo llegaron aquí? ―se exaltó uno de ellos al ver al grupo policial. Todos alzaron instintivamente sus armas, y Ben comenzó a gruñir con ferocidad.

―Quédense quietos ―ordenó Miroku. Todos mostraban señales de algún tipo de pelea, pues tenían algunas heridas y moretones recientes repartidos por varias partes del cuerpo. Uno de ellos, con un brazo en un improvisado cabestrillo, acercó la mano a la cintura de su pantalón―. ¡Manos en alto!

Pero uno de ellos, fingiendo acatar las órdenes, levantó su propia pistola y la dirigió a la cara de Sango, apenas a un par de metros de distancia de él. La mujer ni siquiera se preocupó en reaccionar.

―¿Es prudente apuntarle a una oficial en frente de sus compañeros? Si lo haces, todos ellos irán contra ti. Piensa bien si quieres pelear algo que no puedes ganar.

―¡Cierra la boca, perra! ―los otros dos también sacaron sus armas, aparentemente sin contar en hacer caso de la inmensa desventaja que tenían contra tantos uniformados, además de un enorme perro que no dejaba de gruñir―. ¡Es demasiado tarde, Naraku nos matará sin importar lo que pase! ¡Pero si puede acabar con el desgraciado que nos dejó así, le daremos todo el tiempo que necesite!

Sango profirió un bufido, impaciente, y reaccionó a una velocidad impresionante. Soltó la correa de Ben e hizo un certero movimiento para desarmar a su contrincante, dándole un fuerte golpe en la nariz con la base de la mano, mientras el pastor alemán se le guindaba del brazo herido, haciéndolo gritar de dolor.

Lo único en la mente de la detective era no permitir que hicieran más ruido: si alguien disparaba, toda la operación se echaría a perder y Naraku sabría que estaban ahí. Si es que no lo sabía ya.

Antes de que el criminal cayera al suelo, un par de oficiales arremetieron contra él y le cubrieron la boca para callarlo. Miroku se ocupó de un segundo sujeto con una maniobra similar a la de su esposa, veloz como sólo él podía serlo. El tercer hombre fue reducido entre Aikawa e Ishi. Uno de los oficiales se quedó con ellos, ya hábilmente noqueados, pidiendo ayuda para su traslado, mientras el resto del grupo seguía avanzando por el pasillo.

Ben, con el hocico ensangrentado por la fuerte herida que le había hecho al hombre, era retenido de nuevo por Sango para evitar que en su frenética búsqueda se alejara y lo perdieran de vista. El corazón de la detective latía desbocado, pero sus facciones permanecieron en la más extrema concentración al abrir la pesada puerta al final del pasillo. Las oficinas y habitaciones estaban despejadas, sólo quedaba inspeccionar el área de almacenamiento principal. Debían estar ahí.

Sólo un poco más. Aguanten un poco más.

...

Ignorando en su totalidad el amplio despliegue policial que se estaba formando dentro y fuera de las instalaciones en ese preciso momento, Naraku disfrutaba enormemente la mirada desafiante que Sesshomaru le estaba dedicando. Aún con una pierna herida, un brazo destrozado y literalmente de rodillas ante él, tenía el suficiente orgullo como para permanecer inquebrantable y con la frente en alto.

Sería muy divertido arrancarle esa petulante expresión de superioridad de un solo tajo. Y sabía a la perfección cómo podría hacerlo.

Alzó un poco más a Rin del cabello, sonriendo sin que nadie pudiera verlo, y la aventó con fuerza al suelo. Como sus manos estaban esposadas, no tuvo cómo protegerse del impacto y apenas pudo girarse un poco para recibir el golpe en el hombro y el lateral de la cara. Se acomodó como le fue posible para ver a Sesshomaru, murmurando su nombre al retorcerse en sus ataduras para ir con él. Naraku posó rudamente un pie en su espalda y entre sus brazos, inmovilizándola.

―Por más que esto nos conmueva a todos, tenemos asuntos pendientes que atender ―vio por unos instantes el reloj de pulsera en su muñeca y se volvió hacia sus hombres―. Tenemos menos de quince minutos hasta que llegue nuestro barco. Es suficiente tiempo, ¿no creen?

Como respuesta, los matones corearon una risa divertida y repulsiva, observando a Rin. Ella no podía verlos más allá que por el rabillo del ojo, pero no debía ser un genio para saber exactamente a lo que se refería Naraku. Había visto esas expresiones demasiadas veces como para no identificarlas en el acto.

No... no con Sesshomaru aquí, por favor... no quiero que lo vea.

Comenzó a temblar y a forcejear bajo el pisotón de su captor, negando con la cabeza mientras reprimía un quejido. Sesshomaru se sacudió con renovadas fuerzas cuando Naraku hizo un gesto para que los que estaban detrás de él se acercaran.

―¡No te atrevas, maldito! ―bramó furioso. Los sujetos que lo mantenían restringido hicieron fuerza para que no se les escapara, sorprendiéndose por el poderoso impulso que casi lo había liberado de su agarre.

―Oh, pero te lo dije, joven Taisho ―Naraku quitó el pie de la espalda de Rin, quien no tuvo tiempo siquiera de moverse, pues dos pares de manos la tomaron del cabello y brazos para levantarla lo suficiente como para poder quitarle la ropa con más comodidad. La chica se retorcía para evitar que esas manos grandes y desconocidas le abrieran la blusa escolar, soltando lágrimas de rabia y pánico mientras luchaba contra seres mucho más fuertes que ella―. Te dije que lo verías todo en primera fila. Ahora lamentarás no haberte follado a esta perra cuando tuviste la oportunidad, verás todo de lo que es capaz.

»En cuanto a ti, pequeña bailarina ―continuó casualmente al girar la cabeza hacia ella. Sus hombres se detuvieron por un momento para que prestara atención. Su rostro aterrorizado le producía una satisfacción mayor de la que había esperado. Naraku sentía en ese momento que todos los problemas que había tenido para volver a capturarla habían valido la pena. Era hora de hacerle pagar por todo lo que había causado con su escape temerario, y lo disfrutaría como nunca. En especial con el recio Taisho observando sin poder intervenir―, dijiste que harías lo que fuera necesario para asegurar que tu amado estuviera a salvo. Que harías todo lo que se te dijera sin poner resistencia, y que pagarías tu deuda con buena disposición. No veo mucha disposición de tu parte, lo cual podría ser peligroso para Taisho.

Rin ahogó un mudo respingo, y tanto ella como Sesshomaru se miraron a la cara. ¿Que hiciste qué? parecía recriminarle en silencio. Su rostro estaba arrugado con ira, dolor y sobre todo... miedo. Sus orbes doradas lo evidenciaban a pesar de mantener su porte firme en todo momento. Lo conocía demasiado bien como para no verlo.

Apretó los labios y cerró los ojos con resignación. Si debía revivir ese infierno para que él no sufriera más daños, lo haría. Tendría que dejarse ver, debería mostrarle de primera mano la criatura asquerosa e inmoral en la que Onigumo la había convertido y a la que Naraku la obligaba a regresar.

―Compórtate como la perra que eres y mantén tu palabra. Porque de lo contrario, Taisho lo sentirá en carne propia. Está en tus manos que siga en una sola pieza, bailarina. No cometas el mismo error que cometiste con tu madre. Yo no soy Onigumo ―le recalcó, inclinándose un poco para verla más cómodamente a la cara. Sus ojos rojos brillaron tras la máscara―, no le daré una muerte rápida y limpia.

―¿Cómo...? ―se atragantó ella, haciendo girar los engranajes en su cabeza a máxima velocidad. Tenía que hacer tiempo, tenía que retrasarlos―. ¿Cómo sé que lo que dices es cierto? ¿Cómo sé... que no lo lastimarás... o matarás... cuando termines conmigo?

―Oh, dulce bailarina, ¿qué hay de divertido en matarlo ahora, cuando hay tantas cosas que puede aprender de ti si sigue con vida? ―cuestionó Naraku con burlona ironía. Rin se mantuvo callada, devolviéndole la mirada tan reciamente como era capaz― . Sólo debes saber que si tú no cumples, él lo paga ―señaló a Sesshomaru con una cabezada, quien aún intentaba liberarse pese a lo adolorido que estaba. Rin comprimió las mandíbulas temblorosas al posar su mirada en él.

―Sesshomaru...

―Cada minuto que desperdicias es valioso, bailarina ―le recordó Naraku―. Y mi paciencia se agota. Por cada minuto que nos hagas perder, será otro hueso roto para tu amado. Y créeme... tienes mi palabra de eso ―completó, mezquino y divertido.

Los músculos se le tensaron y el pecho le dio un doloroso tumbo. Le era imposible retrasarlo más. ¿Dónde estaba la ayuda? ¿Se había dañado el chip, por qué nadie llegaba?

Dios mío... no tenía más opciones.

Bajó la cabeza, derrotada.

―Está bien ―musitó con la voz entrecortada, temblando como una hoja movida por el viento. Los sujetos que la sostenían sonreían emocionados entre sí―. Pero no vuelvas a lastimarlo.

―Rin, no lo hagas... ―empezó Sesshomaru, a lo que ella lo cortó negando con la cabeza.

―Lo siento, Sesshomaru... lo lamento.

―¡Rin! ―rugió él, colérico― ¡Haz que la suelten, Hitomi! ¡No te atrevas!

―Este es un arreglo entre la bailarina y yo. Así que cierra la boca antes de que te devuelva lo que le hiciste a Omoto.

―Estaría encantado... ―Omoto se relamió los heridos labios con anticipación.

―Tenemos un trato, bailarina ―asintió Naraku, complacido―. Procedan ―indicó a sus hombres, quienes continuaron adentrando sus manos entre la ropa a medio deshacer de la muchacha.

Rin se mantenía lo más quieta de que era capaz, crispando los puños y apretando los labios, más pálida que un cadáver, con la cabeza abajo para no tener que ver el rostro de Sesshomaru. Él hizo lo mismo, girando la cara hacia un lado y apretando los dientes mientras reunía fuerzas para forcejear una vez más, intentando alejar el mareo y las náuseas provocadas por sus diversas lesiones y la pérdida de sangre.

―Oh, no, Taisho. No te lo pierdas. Aprenderás una o dos cosas de tu preciosa novia. Espero que no seas celoso, todos han estado esperando esta oportunidad para follársela. No te lo tomes como algo personal ―añadió cínicamente, mientras Omoto lo agarraba rudamente del mentón y le obligaba a ver al frente.

La camisa de Rin estaba destrozada, la falda levantada y sus pequeños pechos eran apretados por esos hombres cegados de lujuria. Uno de ellos se bajaba la cremallera de sus vaqueros y hacía movimientos apresurados para sacar su repulsivo miembro, posicionándose detrás de Rin mientras sostenía su falda con la mano libre.

Sesshomaru sólo veía rojo. La sangre en sus venas hervía como lava, y cualquier dolor del que sufriera pasó a un segundo plano al ver el asqueroso rostro de aquel sujeto detrás de ella. El hombre lo estaba mirando a la cara, satisfecho. No pudo soportarlo más. Sus músculos reaccionaron de golpe, y sin que le importara la fuerza con la que lo retenían, se puso de pie y arremetió contra Omoto, embistiéndolo para que se quitara del medio y haciendo que cayera de bruces. Con la pierna herida dio una certera patada al sujeto que intentaba contenerlo a su derecha, derribándolo a él también mientras esquivaba al tercero que se le echaba encima.

―¡Sesshomaru! ―se aterró Rin cuando estaban a sólo un metro de distancia, luchando por inercia para ir con él. Pero el esfuerzo se vio mermado cuando Naraku se interpuso entre ambos y el resto de los hombres que se dirigían a detenerlo, y lo apuntó con su automática en la sien.

―Un paso más y será el último ―advirtió. Los ojos dorados llameaban de ira, y apretando los dientes, presionó el cañón de la pistola, irguiéndose cuan alto era hasta quedar casi a su mismo nivel―. No pienso repetirme, Taisho.

Omoto llegó a su lado, pero antes de que pudiera hacer cualquier ademán para inmovilizarlo, el codo derecho de Sesshomaru se estampó en su nariz a una velocidad de vértigo. Varios de los presentes exclamaron su asombro ante aquel movimiento tan repentino, al tiempo que Omoto se desplomaba cuan largo era. Lo había noqueado.

―Suéltala ―exigió autoritario. Nadie más se le acercaba, sólo lo apuntaban con sus armas. Era como si todos hubiesen quedado paralizados mientras Sesshomaru y Naraku tenían aquella batalla de voluntades. El corazón de Rin latía tan aprisa que ya ni siquiera lo sentía bombear, sino más bien zumbar con un ruido ensordecedor en sus oídos. Sus puños se cerraron e intentó deshacerse de las cuerdas que ataban sus manos sin ningún éxito. Por fortuna, el sujeto que pretendía violarla permaneció inmóvil, y el otro que estrujaba su pecho había detenido sus manos.

Quería luchar... quería ponerse de pie y pelear por su vida, pero tenía tanto miedo a que Naraku accionara el gatillo que no se atrevía a moverse más de lo necesario.

―No estás en posición de negociar, Taisho. Quizás con el otro brazo roto causes menos problemas. ¡A la mierda nuestro trato! ¡Rómpanle las piernas también! ¡Que no vuelva a levantarse en lo que le queda de vida!

Rin soltó un respingo muy audible, y pese a que todos creyeron que se debía a la cruel sentencia, había algo más allá de Naraku y Sesshomaru que llamó su atención. Se retorció con ciega furia, pateando la entrepierna del sujeto que tenía detrás y mordiendo el hombro del que le tocaba los senos, no sin antes ganarse un puñetazo en la cara. Sin embargo, esto no fue suficiente para detenerla, quien le regresó el golpe con la parte posterior de su cabeza, acertándole en la barbilla.

Un potente ladrido hizo eco entre todas las estructuras de metal.

―¡BEN! ¡SANGO! ¡ESTAMOS AQUÍ!

―¿Qué demonios...?

―¡La policía! ―gritó uno de los hombres, señalando hacia un espacio entre los contenedores. Inmediatamente varios entes uniformados y armados hicieron acto de presencia, rodeando el círculo que se cernía en el pasillo de contenedores. Cundió el pánico entre los secuaces de Naraku, quienes no supieron qué hacer. Los hombres que la retenían la soltaron abruptamente para darse a la fuga, profiriendo maldiciones sin parar.

―¡TODOS AL SUELO! ―vociferó Sango al correr hacia ellos con Ben lanzando enfurecidos ladridos. Un grupo de policías apareció por detrás del sitio en donde estaban, cortando la vía de escape mientras los apuntaban firmemente con sus armas.

El gran pastor alemán corrió a toda velocidad y sin que nadie pudiera evitarlo, se le abalanzó al sujeto que había golpeado a su dueña, clavándole los dientes en el brazo mientras el hombre gritaba a todo pulmón y Ben gruñía tan alto como él. Rin se escabulló como pudo del forcejeo, lanzándose a un lado.

Vio cómo algunos secuaces de Naraku intentaban defenderse y abrían fuego indiscriminadamente por todo el lugar mientras pretendían huir entre los contenedores, pero ante la ofensiva, los propios policías respondieron del mismo modo, disparando contra las piernas de los atacantes con una precisión mucho mayor.

Alzó la cara hacia Sesshomaru, quien se encontró con su mirada, ciertamente sorprendido. Todo era demasiado repentino.

Le pareció ver al señor Miroku corriendo para detener a uno de los criminales heridos, quien pese a su dolor, lo apuntaba torpemente con su arma. Escuchaba golpes, alaridos y disparos, pero entre todo ese caos... sabía que todo había terminado.

―¡Maldita zorra! ―vociferó Naraku, sin comprender como era que los había guiado hasta ahí.

―¿Quién es el estúpido ahora, Hitomi? ―espetó ella, al fin con algo por lo que alegrarse durante todo ese horrible día. Se puso trabajosamente de pie. La blusa escolar estaba hecha jirones, pero el sostén blanco con rayas azules había caído de vuelta a su lugar, aunque mal acomodado.

Todo estaba sucediendo demasiado rápido, las fuerzas de Tokio se habían dispersado en la persecución y captura de los criminales. La primera reacción de Naraku al momento de verse descubierto fue la de correr, pero frente a él Sesshomaru le cortaba el paso, y a sus espaldas Rin hacía lo propio. No lo dejarían escapar tan fácilmente. Sango corría hacia ellos, ordenándole que se quedara quieto. No podía arriesgarse a dispararle con la pareja tan cerca, podía fallar y herirlos a ellos.

Pero la respuesta de Hitomi fue tal que Rin no tuvo tiempo de combatirla. Se giró, cambiando la dirección de su pistola, apuntándola de frente a ella. No hubo ninguna advertencia, y ni siquiera Sango, Miroku u otro policía pudo reaccionar a tiempo. Sólo Sesshomaru, justo detrás de él, tuvo la rapidez para actuar.

Pero el disparo ya había sido efectuado.

Mientras Sesshomaru derribaba a Naraku con una poderosa arremetida, el cuerpo de Rin cayó con un sonido sordo. Taisho paralizó todos sus músculos sobre Hitomi al ver cómo la sangre comenzaba a brotar de ella formando un espeso y rojizo charco bajo su rostro herido.

Se volvió hacia su presa y pateó el arma de fuego antes de que pudiera siquiera alzar el brazo en su dirección, y se le echó encima, arrancándole la máscara para ver lo que sería de su carne mientras la destrozaba a golpes. La expresión de Hitomi distaba mucho de ser aquella fría mueca de orgullo y falsa cortesía que siempre había mostrado en las reuniones de Kyouko no Nishi. Ahora no era más que un pobre imbécil paralizado que le devolvía con estupor la mirada rojiza.

No le dio tiempo de defenderse o siquiera de abrir la boca cuando su puño derecho se estampó brutalmente en ella. Lo golpeó tantas veces como pudo, subiendo y bajando el brazo como si fuera un martillo insertando un clavo en la pared, sin reaccionar a sus intentos cada vez más débiles para quitárselo de encima. Vio su sangre, sus facciones deformándose bajo sus nudillos en carne viva, incluso creyó ver algunos dientes desprendiéndose, pero no se contuvo. No era suficiente, nunca nada sería suficiente.

―¡Detente, Taisho! ―profirió el esposo de la detective, tomándolo de la camisa para apartarlo. Sesshomaru forcejeó para soltarse. Estaba harto de que intentaran retenerlo, ahora era su turno de estar a cargo y no lo dejaría pasar―. ¡Vas a matarlo, suéltalo!

―¡Cierra la boca! ¡Este maldito merece morir!

―¡Rin! ¡Santo cielo, resiste! ―bramó Sango arrodillada al lado de la muchacha. Aquello al fin lo había hecho reaccionar. Su puño quedó suspendido en el aire a escasos centímetros de la sanguinolenta cara de Hitomi y volteó hasta donde se hallaban ambas mujeres con el perro. La detective apretaba fuertemente el walkie-talkie mientras examinaba a Rin―. ¡Necesitamos una ambulancia! ¿Me copian? ¡Envíen una ambulancia a nuestras coordenadas cuanto antes!

―Que sean dos, Taisho tampoco se encentra muy bien ―dijo Miroku por el aparato, mientras lo apartaba con cuidado de Naraku. Sesshomaru trastabilló al colocarse en pie, anonadado por lo que contemplaba.

El rostro de Rin estaba encima de un charco de sangre que se extendía lentamente, con los ojos apenas abiertos. Tenía múltiples heridas y raspones repartidos por todo el cuerpo, y la detective había tenido la decencia de cubrirla con su cazadora de viaje para ocultar la parcial desnudez de su pecho. A su lado el perro la observaba alerta, con sangre en el hocico y pecho. El hombre al que había atacado estaba siendo retirado por las fuerzas policiales, con graves heridas en el antebrazo y arañazos en el rostro y cuello.

Cayó de rodillas al lado de ella, totalmente en blanco.

―Todavía respira ―anunció Sango con voz urgida. Había cortado las ataduras de sus muñecas y las masajeaba para estimular la circulación―. Tiene pulso, pero es débil.

El flequillo la cubría en gran medida, y la coleta a medio deshacer había quedado sobre su hombro, cubriendo su barbilla. Debía quitar sus cabellos para permitirle respirar mejor, debía hacer algo para ayudarla. Necesitaba tocarla, sentir su pulso y constatar que aún estaba con vida. Quería acariciar su rostro cuanto menos para hacerle sentir que todo estaba bien pero... se detuvo al ver su mano ensangrentada.

No podía ensuciarla con la sangre de ese miserable.

―Hay que detener la hemorragia ―le dijo a Sango―. No puede esperar a la ambulancia.

―Lo sé. Espero que no sea grave... ―musitó para sí mientras se armaba de valor y movía su cabeza con el mayor cuidado posible, retirando el cabello que estaba en medio. Ahogó una exclamación al ver el estado del lado derecho de su rostro bañado en sangre y procedió a extraer un pañuelo del bolsillo de la cazadora que había colocado sobre Rin para presionar la herida con él, tiñéndolo de rojo en el acto.

¡La ambulancia viene en camino! ―dijo Aikawa por medio del walkie-talkie.

―Copiado. Seguimos en posición. Apresúrense. Vamos, Rin... reacciona, por favor... Ya llega la ayuda, pronto estarás... ¡Taisho, tu brazo! ―se escandalizó Sango cuando levantaba la vista para hablarle. Era la primera vez que reparaba en el desastroso estado de su brazo izquierdo.

―Está roto ―asintió él con desinterés.

―También estás herido en la pierna... y aun así te le abalanzaste encima a Hitomi ―comentó impactada, sin dejar de presionar la herida de Rin. Había colocado a la chica sobre su regazo para no dejarla en el frío suelo, abrazándola delicadamente con su brazo libre. Los delincuentes estaban siendo custodiados por las autoridades de Aomi hacia la salida.

Ishi y Maeda, los compañeros de equipo de Aikawa, estaban levantando entre ambos a Naraku después de esposarle las manos a la espalda. No se movía en absoluto para colaborar con su traslado, por lo que estimó que la paliza lo había dejado completamente noqueado. Pese a que aún sentía ganas de seguir desquitando toda su rabia contra él, mantuvo el rostro impasible mientras se lo llevaban lejos de su vista, dejando atrás pequeñas manchas de sangre que habían salpicado el piso.

―Iba a matarla.

―No volverá a lastimarla nunca más ―le aseguró ella con cautela―. Ya está a salvo.

En ese instante, los párpados entreabiertos de la muchacha comenzaron a temblar al igual que su boca. Temiendo que fueran convulsiones, Sango comenzó a negar con la cabeza al mismo tiempo que le daba palmaditas en el costado.

―Vamos, reacciona, Rin, quédate con nosotros, por favor...

―¿S-Sango? ―murmuró ella, apenas enfocando la vista del único ojo que podía abrir en su totalidad. Ben se levantó súbitamente e intentó lamer su rostro, pero Sesshomaru lo detuvo―. Ben...

―¡Rin! ¡Gracias al cielo! ―exclamó la policía, evitando soltar lágrimas de alivio―. Tranquila, estarás bien. Tienes que quedarte despierta, ¿de acuerdo? No te vayas a dormir.

―Me duele la cabeza...

―Resiste un poco, ya viene la ayuda. No te duermas.

―¿Y Sesshomaru? Está muy herido... ayúdenlo primero. Por favor... su brazo... partieron su brazo... Ayúdalo...

―Sesshomaru se encuentra aquí, Rin. Está bien, está contigo.

―¿Sessho...? ―susurró intentando ubicarlo. Sus párpados amenazaban con cerrarse, y su respiración era ligera y bastante superficial.

―Mantente despierta, Rin ―le dijo él―. Todo acabó.

―Sesshomaru... lo lamento. Te hicieron esto por...

―No hables, conserva tus fuerzas.

―La ambulancia debe estar por llegar. Te recuperarás, ¿me escuchas? Así que quédate con nosotros. ¿Puedes seguir mi dedo, Rin? ―le pidió Sango al colocar su dedo índice frente al ojo izquierdo de la chica. La pupila pese a estar dilatada siguió lentamente su trayectoria, cosa que era justo lo que necesitaban. Alentada, Sango continuó―. Ahora aprieta mi mano. Eso es, muy bien. ¿Puedes mover las piernas?

―Las siento entumecidas... ―musitó ella, haciendo su mayor esfuerzo por permanecer espabilada.

―Inténtalo, ¿sí? ―insistió. Rin inhaló y exhaló de forma prolongada, arrugando la cara hasta encoger las piernas para acercarlas más al resto del cuerpo―. Perfecto, Rin, vas muy bien.

―¿Cómo se encuentra? ―se acercó Miroku―. ¡Rin! Estás despierta, gracias al cielo.

―Creo que no fue tan malo, pero está luchando por permanecer consciente ―explicó rápidamente su esposa―. ¿Terminaron?

―Sí, todos están bajo custodia. Ya comenzaron a llevarse a los primeros, la guardia marítima nos está haciendo el favor de investigar toda el área en caso de que queden más lugares donde estas personas puedan esconderse. También deberíamos salir de aquí ―exhortó al darle una mirada al lugar. Había sangre en varios tramos del suelo sucio, no era el sitio más higiénico para dos personas con heridas abiertas.

―No quiero moverla hasta que lleguen los paramédicos, aún no sabemos qué tan grave fue el disparo.

―Pero está despierta, es una muy buena señal ―apuntó él dándole una cabezada. Rin no le prestaba atención, puesto que su vista estaba puesta únicamente en Sesshomaru. Estiró la mano para tomar la suya que reposaba sobre el suelo, pero apenas alcanzó a rozar sus dedos.

―¿Estás enojado conmigo?

―Lo estoy ―asintió él. Sango quiso regañarlo, pero la pequeña sonrisa abatida de Rin lo evitó.

―No sé si disculparme sirva de algo...

―Ya no tiene importancia ―negó él parcamente―. Hablaremos cuando te recuperes.

―¿Tú no cuentas? Estás peor que yo ―le frunció el ceño.

―No es nada grave ―afirmó con simpleza. Rin le dio una mirada de obviedad a su brazo torcido y luego otra más a su ensangrentada pierna. Eso definitivamente se veía más serio que lo que sea que le hubiera pasado a ella.

Pero no era el único que necesitaba ayuda.

―Sango... tienen que ir a Fuji TV ―musitó Rin súbitamente, volviéndose hacia la detective―. En el sótano... tienen a una chica. Me cambiaron por ella. Se llama Naoko... Tasaki...

La estática en el walkie-talkie interrumpió la respuesta que ésta iba a darle, y menos de un segundo después se dejó escuchar un mensaje de Aikawa:

Kuwashima, las ambulancias acaban de llegar. Estoy enviando a los paramédicos con camillas al interior del galpón.

―Muchas gracias, Aikawa.

También está aquí el jefe con la familia Taisho.

―Que esperen afuera. Ya vamos a salir. Cambio y fuera ―cortó la comunicación y se volvió hacia Rin―. ¿Puedes aguantar despierta un minuto más?

―Eso creo ―fue su respuesta. Sango comprimió el empapado pañuelo en la herida y le dio unas palmaditas en el brazo, sonriéndole para infundirle ánimos―. Ayuden a Tasaki. Está encerrada en un baño...

―Tranquila, enviaremos a alguien para que la saque de ahí.

―¿Los Taisho están aquí? ―cuestionó Miroku.

―Supongo que ni Inuyasha ni sus padres se habrán podido quedar quietos en la estación. Estaban frenéticos cuando se enteraron lo que te había pasado ―le informó a Sesshomaru, quien le devolvió una mirada difícil de descifrar. ¿Estaba conmocionado, tal vez? En definitiva eran demasiadas emociones en un solo día, y más para alguien tan estoico como él. De repente se percató de la enfermiza palidez de su rostro y el sudor que cubría su piel. Sus respiraciones se volvieron erráticas, signo de que la adrenalina estaba dejando de hacer efecto―. ¿Te encuentras bien?

―Estoy bien ―dijo ásperamente, pero pese a su tono firme, no le creyeron. Escucharon voces y múltiples pasos haciendo eco en el enorme galpón, y Miroku se levantó para guiar a los paramédicos hasta aquel pasillo de contenedores.

Sango musitó un agradecimiento entre dientes cuando los vislumbró llegar, cediéndoles de inmediato su lugar.

Sesshomaru tenía los ojos puestos en Rin mientras los especialistas se encargaban de ella, ignorando casi por completo a las personas que examinaban sus propias heridas. Cortaron su camisa de vestir para tener mayor acceso al brazo roto, exponiéndolo por primera vez. Apenas lo vio, se sintió muy extraño ante la grotesca visión de los huesos sobresaliendo por su piel que comenzaba a inflamarse. No emitió sonido alguno ante el rápido chequeo. Le preguntaron si podía levantarse, y en cuanto lo hizo, pasó por alto el súbito mareo que amenazó con hacerlo caer. Los paramédicos lo sujetaron para evitarlo, instándolo a dejarse llevar en una camilla. Él se negó y comenzó a caminar, no sin antes ver cómo levantaban a Rin en su propia camilla, con la detective sin soltarle la mano y el fiel perro del otro lado como si se tratara de su guardaespaldas.

La luz del sol de media tarde lo cegó brevemente, y no fue hasta que vio a sus padres, a Inuyasha y a Kagome, que fue consciente de lo agotado que estaba. Si caminaba era sólo por su fuerza de voluntad, pero ante el abrumador cansancio y la falta de adrenalina, hasta ésta flanqueaba peligrosamente.

No escuchó casi nada de lo que su familia le dijo, su mente estaba demasiado saturada y los sonidos comenzaban a opacarse a gran velocidad. Había perdido mucha sangre entre ambas heridas, y por un momento barajeó la posibilidad de tener daño interno por todos los golpes que había recibido en el abdomen. Apretó los dientes para resistir, y esta vez aceptó la ayuda que le ofrecían para subir a la ambulancia.

Izayoi lloraba de conmoción, intentando mantenerse a raya para no entorpecer el trabajo de los paramédicos. Su padre e Inuyasha estaban impresionados por la magnitud de su estado e intentaban hablar con él, pero simplemente no los oía. Kagome y Kuwashima estaban al lado, en la ambulancia de Rin, junto al ruidoso perro. Era curioso como cada ladrido y quejido del animal le era perfectamente audible y las voces de su familia carecían de sentido.

Se recostó en la camilla de la cabina con un resoplido largo y profundo. Todo en lo que podía pensar era en que Rin al fin estaba a salvo, lejos del alcance de Naraku y bajo el cuidado de personas que estabilizarían su condición.

Apenas su cabeza tocó la pequeña almohada, cerró los ojos y todo a su alrededor se apagó.

Ya podía descansar.

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Vamos a sentarnos y a relajarnos un poquito después de leer esto, por favor. Si ustedes se estresaron, imagínense cómo estaba yo imaginando y recreando casa escena al momento de escribirla... preocupada más que nada por hacerlo lo más creíble e interesante posible, claro xD ¿Di en el blanco? Espero que sí xD

Al fin la policía tiene en custodia a Naraku y a todos sus matones, al fin Sesshomaru y Rin salieron de ese horrible aprieto... pero a un precio. Muchas predijeron que, como este fic era fiel a algunos puntos de la historia original de Inuyasha, seguiría la tradición y le cortaría el brazo a Sesshomaru. Y acertaron xD Sólo que no quise llegar al extremo de cortárselo. Ya estaban pasando por mucho como para encima dejarlo manco, vamos xD

¡Puff! Y todo lo que nuestra Rin tuvo que hacer para guiarlos hasta Sesshomaru y atrapar a Naraku de una vez por todas. Puede que haya hecho una estupidez monumental y haya pasado uno de los peores días de su vida, pero lo logró. Soportó el infierno y emergió de él. Hay que admirar su valor al enfrentarse a esos monstruos, y más con Sesshomaru delante, sabiendo lo que estaban por hacerle. Lastimosamente y al igual que él, no pudo salir ilesa de todo eso. Y sí, resistió un disparo en la cabeza, pero si Carl en The Walking Dead sobrevivió un escopetazo en el estómago y un disparo en el ojo en pleno apocalipsis zombi, ¡Rin puede sobrevivir un tiro también!

Por cierto, ya pueden dejar de preocuparse por Ben xD Muchas comentaron por él, y pese a que en un momento consideré matarlo, la idea murió rápidamente. Una cosa que no soporto es que maten animales en las películas, así que en mi fic eso jamás iba a pasar xD

Espero no haberles decepcionado con este enfrentamiento. Algunas dijeron que Naraku se iba a escabullir de nuevo y que no podía ser tan tonto como para dejarse atrapar, pero este hombre ha escapado tantas veces que tenía que fallar al menos una vez. Lo dijo Miroku, la soberbia es su mayor debilidad. Tenía a Rin y Sesshomaru en sus manos, debía verlos sufrir antes de desaparecer. Se creía intocable pues consiguió lo que tanto anhelaba... y se equivocó.

Muchas gracias a las guapísimas criaturas que escribieron sus comentarios en el capítulo anterior, ¡lamento la angustia! Floresamaabc, MinaaRose, Kazamasousuke, Star fiire -Lupita Reyes, Glenda, DreamFicGirl, Carmenjp, Sakura521, HanabiGuzman, Natsuki Hiroto, Alambrita, Maribel Goncalves, Maiamax, Sessh93rin, Gina101528, SeeDesire, Cath Meow, CinaLiz, Maril Delgadillo, Annprix1, Freakin'love-sesshourin, MickeyNoMouse, Aoi Moss, Karina-andrea, Rosedrama, Bucitosentubebida, Ginny e Irivel. Como es mi costumbre, estoy bastante nerviosa por sus opiniones respecto a este capítulo, así que me encantaría saber qué les pareció.

Gracias a todos por leer y estar al tanto de las actualizaciones, ¡que pasen unas felices fiestas, coman rico, den y reciban regalos geniales y disfruten al máximo al lado de sus seres queridos! Un beso, ¡Feliz casi Navidad! Hasta la próxima semana :)