- ¿Cómo sigue?
El maestre se incorporó de su paciente, una chica en estado catatónico y con los ojos en blanco, para mirar a los dos hombres, los cuales estaban pendientes de su veredicto. El más mayor era un maduro y venerable caballero, el cual estaba acompañado de un alto y robusto muchacho de cabello negro y ojos azules. El rostro del caballero era severo y portaba una mirada preocupada, pero se mantenía sereno. El chico sin embargo, aunque estaba manteniendo el tipo, se le veía completamente devastado.
- De momento sigue igual. No reacciona a nada y poco puedo hacer al respecto. Solo podemos esperar.
- ¿Y no hay algún... tratamiento, pócima… algo que la ayude?- Preguntó impaciente el muchacho.
El maestre negó con la cabeza.
- Lo siento mucho, no puedo hacer nada por ella.- Respondió con tristeza, consciente del sufrimiento que se respiraba en el ambiente. Recogió lentamente sus enseres y salió de la tienda.
Gendry se sentó en una silla, agarrándose la nuca entre sus manos en un gesto de clara impotencia.
- Ha sido culpa mía, solamente mía.- Habló para sus adentros, angustiado.- Si no se me hubiera ocurrido semejante idea, esto no hubiera sucedido.
- Ahora no es el momento de pensar en ello chico.- Respondió Ser Barristan con seriedad.
- ¿Y cuándo es el momento, Ser Barristan?- Replicó el joven levantándose enérgicamente de la silla, a punto de derrumbarse.- Lo único que sé es que mi amiga se está debatiendo entre la vida y la muerte por culpa de una…estupidez que se me pasó por la cabeza…
- Con flagelarte no conseguirás que Arya vuelva en sí.- Interrumpió con autoridad el caballero. – Lo hecho, hecho está y ya nada se puede cambiar. Ya no eres un crio, sino un hombre hecho y derecho, así que compórtate como tal.
Gendry miró el gesto severo y autoritario de Ser Barristan, percatándose de que tenía razón. Estaba completamente deshecho por dentro, la culpa y los remordimientos le carcomían tanto que lo único que quería hacer era salir de allí y darse de puñetazos con la primera cosa que se le cruzara en su camino, pero no lo podía hacer. Lo que había sucedido era tan grave que ni tan siquiera tenía derecho a estar enfadado consigo mismo.
De pronto una cortina se levantó vigorosamente y, antes de que pudiera enfocar quien habría entrado, le asestó una sonora y enérgica bofetada en toda la cara.
- ¡POR TU CULPA!¡HA SIDO TODO POR TU CULPA!
Una segunda bofetada iba directa a la otra parte de la mejilla, si no fuera porque Ser Jorah Mormont la sujetó los brazos por detrás, intentando aplacar su furia. Su rostro era la viva imagen de la desolación, completamente rota de dolor mientras sus lágrimas corrían profusamente por sus mejillas. La reina Daenerys primeramente quiso abalanzarse sobre él, y al notar que alguien la asió por detrás luchó profusamente al principio, pero luego claudicó.
- Escúchame bien Gendry, porque solo lo voy a decir una vez. Si a mi Rhaegal le pasa algo, si no sale de esta y me quedo sin mi hijo, te juro por lo más sagrado que tengo que te mandaré descuartizar y daré tus trozos a mis dos hijos para que se los coman como venganza por lo que le hiciste a su hermano.
El ambiente era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo, así que incluso alguien tan testarudo como Gendry decidió que no era el momento de decir nada, ni tan siquiera de pedir perdón. Era evidente que se llegaba a soltar una vocal de sus labios la reina lo mandaría desollar vivo.
Ser Barristan observó la escena, serio y solemne. Le hubiera gustado defender al muchacho, que lo que había hecho era una terrible equivocación producto de su insensatez y de su falta de experiencia, pero las consecuencias habían sido tan fatales que aquellas justificaciones parecían banas y superfluas. Vio como la reina Daenerys se soltó del agarre de Jorah Mormont, se giró con paso lento, cabizbaja y triste, saliendo lacónicamente de la tienda. Entonces Jorah Mormomt le miró fijamente y entendió lo que quiso decir, le pedía hablar con él el privado, asintiendo con la mirada para aceptar la solicitud. De pronto, Ser Jorah miró a la chica.
- ¿Cómo sigue?
Ser Barristan negó discretamente con la cabeza.
Jorah Mormont suspiró entonces con tristeza, girándose y saliendo abruptamente de la estancia.
- Tiene razón, es todo culpa mía.- Volvió a asegurar para sus adentros.- Yo soy el responsable de todo esto.
- A pesar de lo doloroso que ha sido toda esta situación, esto te va a servir como una gran lección en la vida.
- ¿Cómo puede decirme eso en estos momentos?- Cuestionó el chico, abotargado por el dolor y la culpa.
- Ayer aprendiste una gran lección, que los actos propios tienen consecuencias.- Respondió con autoridad el caballero.- Y cuando más alto es tu rango, más importantes serán las consecuencias de tus actos para los demás, para bien o para mal. Cuando seas el señor de las Tierras de la Tormenta y comandes un ejército, tendrás que tomar decisiones difíciles y duras. Esta experiencia te enseñará a ser prudente, a rodearte de buenos consejeros y a utilizar tu sentido común. Aunque esgrimas el martillo de tu padre y luches igual que él, esa será tu verdadera arma.
- Ser Barristan, habla como si el acuerdo siguiera en pie.- Respondió el muchacho.- Ya la ha oído, si su hijo muere, ya puedo darme por comida para los dragones…
- No todo está perdido, Gendry.- Dijo entonces el caballero.- Su hijo aun no está muerto, solo está en estado catatónico igual que esta chica.- Señaló el camastro con la barbilla. - Mientras esto siga así, intentaremos por todos los medios que la reina cambie de opinión. Si al final ocurre el peor de los casos, intentaré darte tiempo para que escapes.
- Gracias, Ser Barristan.- Agradeció el muchacho, pero entonces Ser Barristan volvió a hablar, con un tono duro y cortante.
- No me des las gracias, porque esto no lo hago por ti, sino por el bien de nuestro plan y por el bien de la reina. Te traje aquí para conseguir un aliado de nuestra reina para la guerra que se avecina en Poniente, no para ser tu niñera ni tu guardaespaldas. Que te quede claro, si vuelves a fallarme, seré yo personalmente quien acabe contigo.
- Si…señor.- Susurró el chico como respuesta.
Ser Barristan se encaminó entonces hacia la puerta de entrada y salió de esta, buscando a Ser Jorah para hablar con él. No tardó mucho en localizarle, estaba dando órdenes a unos soldados.
- Tenemos dos problemas, y bastante importantes.- Respondió Ser Jorah preocupado, mientras empezaba a caminar, haciendo que Ser Barristan le siguiera.- El primero es que tengo a Ilyrio Mopatis esperando en mi tienda de campaña, atendido por Missandrei. Está realmente enfadado, solo quiere hablar con su majestad. Por lo visto, el accidente de ayer es la comidilla de todo Pentos, y seguramente, a estas alturas, de todas las ciudades libres.
- Vaya, es un gran contratiempo.- Asintió el caballero, consciente del gran problema que se les venía encima.- ¿Y decís que solo quiere hablar con la reina?
- Solo con ella, a pesar de que he intentado explicarle lo sucedido. Creo que está reconsiderando su colaboración con nosotros y nuestra causa.
- ¡Pero eso no puede ser!- Respondió alterado Ser Barristan.- Se comprometió con nosotros, se le ha realizado un anticipo para que comprara los materiales y reservara las dársenas, no puede dejarnos en la estacada así, sin más.
- Por eso quiere hablar con la reina, creo que quiere comprobar de primera mano en qué estado está, si aun sigue fuerte y si aun podrá controlar los dragones que queden en su poder. Si ve en nuestra reina un atisbo de debilidad, estamos perdidos. Y por cierto, para rematar, también he recibido un mensaje personal del Príncipe de Pentos, desea hablar con la reina también. Nos ha puesto un ultimátum, si no acepta la invitación o no da señales hasta mañana por la mañana, deberemos desmantelar el campamento e irnos a otra parte.
- Maldita sea…- Masculló hastiado Ser Barristan.- Pues entonces no nos queda más opción, tenemos que hablar con ella inmediatamente.
- Ya ha visto como está, deshecha de dolor por la incertidumbre de Rhaegal. No creo que sea el mejor momento…
- Creedme, me gusta tanto como a vos tener que hacerla reaccionar con la situación tan difícil que está pasando, pero esta es la única ocasión que tenemos. Ahora no es el momento de comportarse como una madre, deberá comportarse como una reina por encima de todo, para bien o para mal.
Jorah Mormont lo pensó un par de segundos.
- Si, tenéis razón.- Afirmó la espada juramentada.- Ahora es el momento de demostrar que clase de reina será Daenerys Targaryen para Poniente.
- Alteza…
Daenerys giró la cabeza, lenta y pesadamente, para ver quien osaba perturbarla. Si tuviera más fuerzas le ordenaría que se fuera, que la dejara en paz, pero el dolor que tenía era tan grande y estaba tan embotada por él que ni tan siquiera podía plantar cara. Observó a través de sus ojos llorosos e hinchados que eran sus dos leales consejeros, Ser Barristan y Ser Jorah. Les dio la espalda, mientras acariciaba suavemente el morro del dragón con la palma de su mano derecha, el cual exhalaba aire caliente a través de sus fosas nasales de forma lenta y acompasada.
- Que deseáis.
- Tenemos que hablar con vos de un asunto urgente.
- Dejadme en paz.
- Mi señora…
- ¡Que me dejéis en paz!- Gritó sin mirarlos, para después sollozar con su frente apoyada en el morro de su dragón.
Los dos caballeros se miraron, preocupados. Ninguno de los dos quería estar allí, haciendo lo que su deber les mandaba hacer. No había nada tan triste como ver a una madre rota de dolor y abotargada por la incertidumbre, junto al cuerpo inerte de su hijo, el cual si no fuera por su respiración no daba ninguna señal de vida.
- Aun me acuerdo de cuando eclosionaron sus huevos, eran tan pequeños, tan frágiles…- Habló para sus adentros, mientras acariciaba repetidamente en morro del dragón.
No estaba sola, a su lado estaban los dos dragones, los cuales no se habían separado de su hermano ni un instante. Aun se veían escampados los restos de las cabras, los cuales solo habían mordisqueado un poco para poder sobrevivir. Viserión empujaba tímidamente el cuerpo de su hermano con su morro, como si quisiera despertarlo, y al no conseguirlo emitía gimoteantes gruñidos. Drogon sin embargo estaba tieso como un mástil, sentado igual que un pájaro en una rama, respirando con fuerza mientras no dejaba de mirar el cuerpo de su hermano. A simple vista parecía calmado, pero Ser Jorah lo conocía demasiado bien para saber que aquel era el peor estado de todos, la calma que precedía a la tormenta. Si Rhaegal moría, seguramente todo lo que hubiera a un radio de treinta kilómetros a la redonda sucumbiría a su furia salvaje. Solo tuvo que ver un instante su mirada de bronce para percatarse que sus suposiciones eran ciertas.
- Sé que es un momento muy duro, majestad.- Volvió a hablar Ser Barristan.- Pero necesitamos que se recomponga.
- Por qué… ¿Es que ni tan siquiera puedo velar por mi hijo con tranquilidad?
- No la molestaríamos si no fuera por un asunto urgente.- Dijo entonces su espada juramentada.- Ilyrio Mopatis está en mi tienda, desea hablar con vos.
- Y qué quiere ahora esa bola de sebo…- Escupió con desprecio y hartazgo.
- Mi señora, si no vais, Ilyrio Mopatis interpretará eso como una muestra de debilidad y el acuerdo se cancelará. Si la construcción de barcos se cancela, no nos quedará más remedio que abortar la invasión de Poniente.
- También el príncipe de Pentos desea una entrevista. Si no aceptamos la invitación, tendremos que desmantelar el campamento para mañana por la mañana.
Daenerys volvió a mirar a sus dos consejeros, hastiada de todo. La mínima parte que aún le quedaba racional le decía que si, que lo que le estaban diciendo era muy grave, que todo por lo que había luchado pendía de un hilo y si no tomaba las riendas ahora mismo podía olvidarse de recuperar el trono de su padre. Pero estaba tan cansada… tenía tan pocas fuerzas que hasta levantarse del suelo le costaba un mundo. Lo único que deseaba era quedarse con sus hijos, cuidar de su Rhaegal. No quería separarse de él, no quería dejarlo solo…
"¿Y si se muere y yo no estoy a su lado…?"
Sintió que su corazón se le desmoronaba en mil pedazos, incapaz de soportar el dolor que estaba sufriendo. Se levantó lentamente, con cansancio, sin dejar de mirar a su hijo postrado.
- Cuando Drogón quemó a aquella niña en Mereen, también lo abandoné.- Pensó en alto.- Lo dejé encadenado junto con su hermano en aquellas catacumbas, lo abandoné a su suerte…- Su voz se quebró.
- Mi señora, no lo está abandonado.- Respondió Ser Jorah con vehemencia.- Escúcheme, si hace un rato tuvo el valor de enfrentarse al causante de esta desgracia, puede perfectamente enfrentarse a Ilyrio y al Príncipe, y demostrarles que las vicisitudes que le deparan no la doblegarán.
- Majestad, ahora es el momento de demostrarles a todos por que la sangre que corre por sus venas es la sangre real, la sangre digna del trono. Es un momento muy difícil, lo sé, pero es ahora o nunca.
Daenerys suspiró, intentando buscar fuerzas de donde no encontraba. Las frases que le decían sus consejeros estaban cargadas de sentido común eran sabias y bienintencionadas. La animaban a luchar, a defender lo suyo, a no dejarse hundir por los golpes que le deparaba la vida, a no dejarse guiar por el fracaso.
"Este no será ni el primero ni el último golpe que me llevaré por el camino…"
Tenía una promesa, una misión, e iba a cumplirla aunque le costara la vida en ello. Y si para eso tenía que recibir mil golpes se levantaría y seguiría adelante, no pararía hasta que la afrenta de su familia estuviera saldada y la sangre real volviera al trono que le pertenecía por derecho.
- Díganle a Ilyrio Mopatis que ahora iré a verle, dejadme que me recomponga un rato. Y escriban un mensaje al Príncipe, indicando que iré a verle en cuanto me sea posible.
Los dos consejeros saludaron respetuosamente y se encaminaron hacia la tienda donde estaba esperándola el magister. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, respiró profundamente dos veces, contó hasta diez… y luego se agachó al morro de su hijo inconsciente.
- Raeghal, yo estoy aquí, estoy contigo.-Susurró.- En cuanto acabe lo antes posible con esto volveré a tu lado, te lo prometo.
Le besó en el morro a modo de despedida y se encaminó a la tienda, a demostrar al magister y a todo el mundo que no era tan fácil destruir a Daenerys Targaryen. Antaño perdió a un marido y a su hijo nonato, puede que ahora perdiera a este y eso la estaba destrozando por dentro. Pero era una Targaryen, la última de su linaje, y ya iba siendo hora de despertar al dragón.
