Lamento no haber actualizado la semana pasada...los exámenes están quitándome tanto tiempo que creo que me voy a volver loca! Pero bueno...acá les dejo el siguiente capítulo.
Disclaimer: El Legado no me pertenece.
Agradecimientos: A MarySLi y a DarkShadow33 por sus reviews. Muchas gracias, de corazón!
Lean, disfruten y dejen reviews!
29
Misión fallida
La sala del trono de Urû'baen le parecía ahora más sombría que nunca, mientras esperaba a que el rey Galbatorix llegara. Ariana no quería contarle sobre su fracaso en los Llanos Ardientes, pero sabía que no podía mentirle…él la tenía bien controlada, eso era seguro. Ataviada con su vestido negro y con la espada colgándole del cinturón que llevaba, aguardaba pacientemente que las puertas se abrieran.
En cuanto el rey las atravesó, miró fijamente a Ariana, como esperando que ella hablara primero.
-¿Y bien?-preguntó, al ver que no lo hacía-. ¿Vas a decirme algo sobre tu misión?
Ella soltó un suspiro y dijo, con voz inexpresiva:
-Fallé.
-Eso ya lo sé, querida Ariana-dijo, con falsa dulzura-. Lo que quiero que me digas, ¡es por qué lo hiciste!
La joven sabía de antemano que Galbatorix le gritaría y se enfurecería…
-Una elfa que ayuda a los vardenos me detuvo-respondió, con las manos en las caderas, evitando los ojos del rey.
-¿Es, por casualidad, la elfa que he visto en los recuerdos de tu amigo, Murtagh?-preguntó, fingiendo un cariño que realmente no sentía.
Ariana sólo asintió, queriendo irse de la sala del trono lo más rápido posible. Estaba comenzando a sentir miedo; no sabía de lo que Galbatorix era capaz en momentos como ése.
-No pude vencerla, ella es mucho más fuerte que yo-dijo, sin emoción alguna.
El rey la miró por unos momentos que le parecieron eternos, hasta que habló.
-¡¿Y de qué sirvió tu entrenamiento entones, niña?-aulló, aproximándose a ella y aferrándola por el mentón.
La muchacha intentó zafarse de la presa del hombre, pero éste la sostuvo con más fuerza y gruñó, entre dientes:
-Luego de todos estos años, Ariana, me doy cuenta que eres una buena para nada.
La soltó con tanta violencia que ella calló hacia atrás, golpeándose contra el frío suelo de piedra, y lo miró con el miedo reflejado en los ojos zarcos.
-Yo…yo lo intenté-balbuceó, horrorizada.
-¡Intentar no sirve!-gritó él, furioso-. ¡No existen los intentos! ¡Esto es una guerra, Ariana, y no podemos permitirnos el lujo de cometer errores!
Ella sabía que no se conformaría sólo con gritarle. La haría pagar por su equivocación, por haber fallado por primera vez en su vida.
-Creo que aún no entiendes nada de eso, jovencita-murmuró con malicia, mirándola mientras continuaba en el suelo, con los ojos dilatados de terror.
-¡Es la primera vez que fallo en una de tus misiones!-chilló, ya desesperada-. ¡Podrías tenerme un poco de consideración!
Sabía perfectamente que cualquier queja de su parte era completamente inútil. Estaba condenada…realmente lo estaba.
Antes de que pudiera prepararse, una daga de hielo, afilada como una espada, se clavó en sus pensamientos, amenazando con romper sus fuertes barreras mentales. Ariana luchó para alejarla, erigiendo una pared de hierro alrededor de sus preciosos recuerdos, pero aún así fue demasiado tarde. Por primera vez en toda su vida, sus defensas le fallaron y el rey, Galbatorix, pudo entrar en su mente. La muchacha gritó, de horror y dolor, e intentó expulsarlo, pero sus esfuerzos eran completamente en vano. Ariana nunca había cedido ante sus ataques, siempre había sido más fuerte que él… ¿qué había cambiado ahora? ¿Era Galbatorix más fuerte? ¿O era ella más débil?
Nunca había experimentado antes un dolor tan fuerte como aquél, ni nada tan espantoso. Sentía la mente del rey rozando la suya e inspeccionando todas y cada una de sus memorias, causándole el mayor sufrimiento posible. Apretó los dientes para no gritar y no darle esa satisfacción, pero un aullido desesperado surgió de su garganta, llamando para que alguien la ayudara. Nadie lo hizo.
Los minutos pasaron y le parecieron eternos, hasta que el dolor cesó…dejándola aturdida y con la respiración alterada, tendida en el suelo, con lágrimas en los ojos.
Galbatorix se acercó a la joven y dijo, con su horrenda y maliciosa voz:
-Eso te pasa por fallar, mi querida Ariana.
Ella ni siquiera levantó la cabeza para mirarlo. Tenía miedo de que volviera a torturarla como antes. Permaneció quieta, a sus pies, derrotada por primera vez en toda su vida.
-No volverás a hacerlo, ¿cierto?-le preguntó con falsa dulzura, dándole un pequeño puntapié en la espinilla.
Al ver que la joven no respondía, la golpeó aún más fuerte, haciéndole soltar un chillido de dolor.
-¡No!-gritó, con la voz ronca-. ¡No lo volveré a hacer, lo prometo!
-Más te vale, Ariana, si sabes lo que te conviene-murmuró, alejándose de ella.
La muchacha, temblorosamente, intentó incorporarse lentamente, mirando de reojo al rey, preparada para cualquier otro ataque. En realidad, ya no le importaba, porque él había conseguido derrotarla…había accedido a sus recuerdos, a sus pensamientos, y ella ya nada podía hacer.
Galbatorix se volteó repentinamente y atacó su mente de nuevo, destrozando sus defensas como si ni siquiera existieran. Esta vez no quería sus memorias, sólo deseaba lastimarla lo más posible para dejar muy en claro sus palabras. Ariana gritó, ya sin importarle su dignidad o su orgullo. Se golpeó la espalda contra el suelo de piedra al caer y se retorció con violencia, desgarrándose la garganta con sus chillidos, mientras sentía cómo las lágrimas que había reprimido durante toda su vida comenzaban a caer por sus mejillas. Ella no se lo merecía; no se merecía nada de lo que le estaba pasando…
El dolor cesó después de varios minutos, nunca supo cuántos, pero no abrió los ojos ni movió un músculo. Dejó de gritar y sus suaves sollozos se convirtieron en el único sonido audible en la sala del trono, exceptuando las aisladas pisadas del rey sobre el suelo de piedra. Éste se acercó a ella y murmuró, con voz fría:
-Espero que hayas entendido, joven Ariana.
La chica siguió sin abrir los ojos, pero consiguió escuchar las puertas abriéndose y supo que estaba sola en la sala. Permaneció tendida por varios minutos más, hasta que reunió las fuerzas para levantarse, temblando violentamente y caminando con pasos pequeños e inseguros.
-¿Qué me pasa?-se preguntó a sí misma en voz alta, mirándose las manos-. Galbatorix nunca había podido vencer las defensas de mi mente…
Ahora que se había adentrado en sus pensamientos, estaría peligrosamente cerca de descubrir su nombre real, de saber quién era ella en realidad. Y no podía permitir que eso sucediera, no después de todo lo que había luchado contra él.
Caminando lentamente, apoyándose en la pared, salió de la sala, temblando. Se dirigió rápidamente a sus habitaciones, con lágrimas frescas aún cayendo por sus mejillas blancas y la voz ronca de tanto gritar.
Se tumbó en su cama, clavando la mirada en el dosel y trató de sosegarse, controlando la respiración como Tornac, el maestro de Murtagh, le había enseñado años atrás. Agotada, cerró los ojos y cayó en un sueño intranquilo, acosada por sus pesadillas.
Varias horas más tarde, Ariana se encontraba en la dragonera de Urû'baen, recostada contra Shruikan, mientras le acariciaba el escamoso cuello negro. El dragón la reconfortaba bastante y la hacía sentirse mejor en momentos como aquél.
Es la primera vez en toda mi vida que fallo en una misión, Shruikan-decía ella, fastidiada-, podría haber sido un poco más considerado conmigo, ¿no crees?
Ariana, Galbatorix no es piadoso-respondió el dragón-, y mucho menos lo será contigo. Recuerda que te escapaste del palacio, lo desafiaste una innumerable cantidad de veces y te niegas a hacer lo que dice. ¿Acaso pretendías que te recibiera con los brazos abiertos luego de que fallaras?
Ahora sí hago todo lo que me pide, Shruikan-le dijo la chica, entrecerrando los ojos y suspirando con amargura-. Si no lo obedezco, es Murtagh quien paga.
Veo que por fin admites que sí lo sigues considerando amigo tuyo, Ariana-se rió el dragón-. Y a buena hora lo has hecho.
A la joven le molestaban los constantes comentarios del dragón, y decidió ignorarlo, fingiendo que no lo había escuchado.
Galbatorix está furioso, ¿sabes?-dijo Shruikan-. Porque tú y Murtagh fallaron y el Imperio perdió la batalla.
¡Yo no fallé!-gritó Ariana, dándose la vuelta y encarando al dragón-. Una maldita elfa me detuvo…tú sabes lo fuertes que son los de su raza, no pude hacer nada contra ella.
¿Y desde cuándo te mortificas tanto por fallar?-preguntó el dragón, ladeando la cabeza con curiosidad-. Por lo que yo sé, tú siempre dijiste que querías que tus misiones salieran mal, Ariana.
Este comentario la dejó pasmada. Era cierto…antes, ella había querido fallar para no tener que asesinar gente inocente. Y ahora le fastidiaba el hecho de no haber tenido éxito en matar a Nasuada.
¿Por qué? Yo…yo no soy una asesina, ¿o sí?-preguntó al dragón, mordiéndose el labio inferior.
Te seré sincero, jovencita-le respondió Shruikan con tono sombrío-, ya no lo sé.
Esto golpeó a la muchacha de una forma que nunca se hubiera imaginado, porque el dragón tenía razón, y ella lo sabía. Se estaba convirtiendo en lo que más odiaba y en lo que había jurado nunca ser: Galbatorix había ganado la batalla contra ella, estaba derrotada.
No…no puede ser, Shruikan-dijo, meneando la cabeza-. Yo no puedo convertirme en lo que él quiere, ¡hice todo lo que pude!
Ariana-empezó el dragón-, no quiero decirte esto, pero alguien tiene que hacerlo-la miró con sus grandes y sabios ojos negros-. No luchaste lo suficiente y te dejaste atrapar.
¡Yo sí luché, Shruikan! ¡Yo sí lo hice!-gritó, poniéndose de pie y clavando la mirada en el dragón-. ¡Durante toda mi vida me he rebelado contra Galbatorix y he intentado liberarme de sus cadenas!-volvió a sentarse, con el cabello cubriéndole el rostro-. Pero fallé miserablemente.
Shruikan alzó una de sus enormes alas y la cubrió con ella, envolviéndola en una cálida oscuridad, mientras Ariana apoyaba la cabeza en la barriga del dragón y cerraba los ojos.
No has fallado completamente todavía, pequeña-dijo él, con tranquilidad-. Aún puedes cambiar, puedes convertirte en una buena mujer.
Ya no…es demasiado tarde para mí, Shruikan-susurró con tristeza-. Galbatorix me ha vencido esta vez. ¡Ha conseguido acceder a mi mente!
Sí, lo he sentido…y lo lamento, Ariana-le respondió, con un ronroneo-. Intenté detenerlo, pero no pude hacer absolutamente nada, pequeña.
Ya lo sé, mi querido Shruikan, ya lo sé-dijo ella, esbozando una mínima sonrisa.
Ambos amigos permanecieron en silencio por unos largos minutos, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Ariana, por su parte, decidió tomar una siesta allí, protegida por el dragón. Estaba cansada, porque las pesadillas que la acosaban desde el día en que se había convertido otra vez en una esclava de Galbatorix. Siempre eran imágenes de su pasado, de las personas quienes había muerto por culpa de la Mano Negra…veía sus rostros, sus ojos, mientras ella los asesinaba. Esto la despertaba en medio de la noche, con la frente bañada de sudor frío y con temblores recorriendo su cuerpo.
Ariana-la llamó Shruikan luego de un largo rato.
¿Sí? ¿Qué sucede?-preguntó ella, sin abrir los ojos.
¿Ha descubierto él tu verdadero nombre?
Eso hizo que la joven soltara un largo suspiro de resignación.
Aún no…pero no tardará en hacerlo, Shruikan-le dijo-. Tú sabes que para él es muy fácil hacerlo, y ahora que ha accedido a mis memorias…
El dragón no respondió, pero levantó su ala y volvió a plegarla junto a su costado, descubriendo a Ariana totalmente.
Ya se me habían cansado los músculos-dijo Shruikan.
La muchacha soltó una fuerte carcajada ante el comentario de su amigo y siguió sonriendo varios momentos después. Abrió los ojos y se puso de pie, estirando los brazos por sobre la cabeza. Comenzó a caminar por la dragonera, aburrida y sin nada mejor que hacer, mientras Shruikan la observaba con curiosidad.
Fue en ese entonces, que un tremendo grito de agonía rompió el silencio, seguido por el estremecedor rugido de dolor de un dragón.
Ariana se dio la vuelta rápidamente y encaró a Shruikan.
¿Tú hiciste eso?-preguntó, con una ceja arqueada con preocupación.
No…yo no he sido-respondió éste, evitando su mirada.
Entonces, ¿a quién están torturando?
No quieres saberlo, Ariana. Olvídalo-le dijo él, aún sin mirarla.
La joven no comprendía por qué el dragón no lo decía, hasta que otro aullido y otro rugido la sobresaltaron. En ese momento, abrió los ojos desmesuradamente, horrorizada.
Echó a correr hacia las puertas de la dragonera lo más rápido que podía, desesperada.
¡¿A dónde vas?-gritó el dragón en su mente-. ¡Vuelve aquí!
Pero Ariana ya no lo escuchaba; corría a toda velocidad por los pasillos de Urû'baen, luego de decir a Shruikan:
Murtagh.
