¡Sorpresa! ¡Si damas! Me siento generosa, por eso vengo con la segunda actualización de la semana, para ponernos al día.

Gracias por el apoyo que me dan a través de sus lecturas y comentarios. Me hacen muy feliz.

Tengan un lindo finde y nos encontramos el miércoles para nuestra próxima actualización!

Besos a todas!


Capítulo 29

Isabella estuvo balbuceando toda la noche, llamando a Edward y arrancando de alguien. Despertó dos veces sobresaltada, teniendo él que mecerla como niña pequeña para tranquilizarla. Y es que Isabella no podía evitarlo, seguía temiendo por la reaparición de Aro, y más que por ella, temía por la seguridad de la gente que la rodeaba, le aterraba que él pudiera hacer algo y extorsionarla con ello para que cediera.

Pero había algo que la preocupaba de sobre manera: el regreso de su madre y con ello, tomar la decisión de decirle la verdad, tal como Edward lo había propuesto.

―Creo que iré a ver a mi tío… para ponerlo al tanto, ya sabes ―comentó ella, mientras ambos tomaban una taza de café a la hora del desayuno en la barra de la cocina.

Edward asintió, con calma, pero tuvo sus reparos al respecto.

―No irás sola.

Isabella dejó la taza sobre la base de mármol y miró a Edward con algo de rencor, mismo sentimiento que se dejó entrever en su tono de voz.

―No es necesario que hagas de niñera conmigo, Edward.

― ¿Por qué me hablas en ese tono? ―preguntó extrañado, preocupado por el tono de voz que Isabella había usado en su respuesta.

La enfermera, para responder, se inclinó de hombros y miró hacia cualquier otro punto de la cocina, menos hacia las potentes orbes verdes del músico.

―Porque desde ahora comenzarás a tratarme así, como si necesitara que alguien me acompañara todo el tiempo a todos lados. ―Enseguida se levantó de la banca, jalando las mangas de su sencilla camiseta azul. ―Me pediste que no tuviera miedo, e ir custodiada a todos lados es una manifestación de miedo, ¿no crees?

Se dio media vuelta y salió con sus pies descalzos rumbo al dormitorio para vestirse, pero antes que pudiera alcanzar su objetivo, la mano fuerte de Edward la sostuvo por el antebrazo, haciendo que se detuviera y se girara para enfrentarlo. Ella, obstinada, mantuvo su rostro mirando hacia el suelo hasta que con la mano desocupada él levantó su barbilla y la obligó a mirarle.

― ¿Qué te pasa, eh? ¿Por qué estás reaccionando de esta forma? Me hablas como si yo quisiera perjudicarte…―soltó el brazo de Isabella y la tomó por la cintura, acercándola a él ―Dime, Isabella.

Isabella puso sus manos en puños sobre el pecho de Edward y con voz temblorosa de rabia declaró su frustración.

―No quiero que ese hombre domine mi vida, porque es eso lo que él quiere. ¿Crees que si quiere simplemente acercarse a mí, lo detendría un acompañante? ¿Crees que si quisiera hacerme daño, no habría aprovechado ayer cuando estaba sola, o cualquier otro momento?

―No pienso quedarme sentado esperando a averiguarlo ―respondió con vehemencia. ―Y no se trata de ir con escolta hacia todos lados, simplemente…

― ¿O crees que he cambiado de opinión, qué iré detrás suyo para recordar viejos tiempos? ―soltó ella de pronto, sorprendiendo a Edward ― ¿No será para eso que querrás tenerme vigilada?

Automáticamente, Edward soltó todo agarre que mantuvo sobre ella, dando un paso atrás. Eso le había dolido, que Isabella pensara que él estaba dudando de ella y que buscara como excusa el acompañarla para vigilarla.

Enseguida que la enfermera vio la mirada dolida de Edward, se dio cuenta de hasta donde había metidos las patas y se arrepintió al instante de haber hablado sin procesar primero sus dichos. Estaba reaccionando por la rabia de saber a Aro de regreso, y se estaba desquitando con quien había estado más cerca de ella, de una forma incondicional.

―Yo… ―susurró, bajando sus ojos de la mirada ahora triste de Edward ―lo siento…

Edward inspiró y asintió, mirando el caos que aun rondaba en la sala del apartamento desde el día anterior, evitando ciertamente los ojos apenados de Isabella.

―Has lo que tengas que hacer, como quieras hacerlo. Cuando recobres la sensatez puedes buscarme.

Esta vez fue él quien se dio media vuelta y retornó a la cocina con el peso de esa discusión doliéndole en el pecho, hasta que de improviso unos brazos pequeños pero fuertes lo rodearon por el torso desde atrás, deteniéndolo, y en el centro de su espalda sobre la camiseta, sintió presionar los labios de la mujer que amaba. Se detuvo pero no hizo nada, ningún movimiento mientras ella lo retuvo allí por al menos un minuto.

―No sé por qué dije eso… perdóname ―habló finalmente Isabella sin despegarse del cuerpo tenso del músico. Le preocupó que él no relajara su postura, pero al menos no había hecho nada para apartarla. ―Tienes razón en estar preocupado, yo también debería de estarlo, al menos alerta de lo que él podría hacer.

―Dios, Isabella ―murmuró, pasándose la mano por la frente, de un lado a otro ―No sé de qué manera esperas que me comporte frente a esto, si pretendes que ignore lo que está pasando o que me mantenga al margen…

―Dijiste que lo afrontaríamos juntos ―susurró, apartándose para ponerse frente a él. Puso las manos sobre su pecho, subiéndolas hasta rodear su cuello a la vez que la postura tensa de Edward iba cediendo al roce de sus manos contra su cuello.

Entonces el músico abrió los ojos y llevó sus manos hasta las mejillas de Isabella y contempló su mirada arrepentida. Debía entender que se alterara, no podía culparla.

―Lo dije y lo sostendré, aunque tengas arrebatos como estos ―murmuró, torciendo su boca después de suspirar. ―Pero no subestimes lo que está pasando. No quiero que domine tu vida como lo hizo antes, porque no eres la chiquilla de entonces y porque no estás sola, te lo dije. Pero ese tipo está loco y en cualquier momento comenzará a extorsionarte, ¿lo sabes, verdad?

―Lo sé ―coincidió Isabella.

―Debemos estar preparados entonces, debemos comenzar a hablar, que será la única forma de defendernos. Lo que él está haciendo es delito, lo sé, y nos sujetaremos de eso, ¿está bien?

―Está bien ―susurró ella, abrazándose al pecho de su amado músico, en el refugio más seguro que tenía en ese momento. ―Ahora, ¿vas a acompañarme tú a ver a mi tío? Quiero ser yo misma quien lo ponga al tanto de esto.

―Te acompañaré, y aunque no te guste, seré tu niñero de ahora en adelante ―respondió, levantando su rostro hacia el de Edward, el que capturó su boca en un beso suave.

―Eres el niñero que cualquier chica como yo quisiera tener.

Edward le guiñó el ojo y le tocó la punta de la nariz con el dedo índice. ―Bien, entonces tendrás el placer de tomar un baño de tina con este niñero para relajarnos, ¿correcto?

―Correcto ―respondió ella, tomando la mano de Edward para ir a tomar ese baño de tina que mejoraría exponencialmente su ánimo.

**oo**

La ama de casa golpeó la puerta del dormitorio principal, abriéndolo cuando Esmerald lo permitió. Se hallaba sobre la cama envuelta en su bata azul de seda leyendo un libro mientras bebía una taza de café. Había quedado despierta desde hace unas horas antes, cuando se levantó para enviar a su hija Jane al colegio y la hora había pasado sin darse cuenta, aun vestida con su camisón de dormir cuando ya eran pasadas las diez de la mañana.

―Señora, perdone que la moleste ―dijo la muchacha a los pies de la cama ―pero tiene una visita.

―¿Visita? ¿A esta hora? ―preguntó, dejando el libro a un lado y levantándose a la vez que ataba con fuerza el cinto de su bata.

―Sí señora. Se trata del señor Vulturi, que le urge hablar con usted.

Esmerald rodó los ojos y soltó un bufido, acercándose hasta el espejo de su tocador, levantando el cepillo para pasarlo sobre su cabello, preguntándose si hacer esperar a Aro mientras ella tomaba una ducha y se arreglaba, lo que significaría que él debería aguardarla al menos una hora, por lo que desechó la idea.

―Dile que enseguida estoy con él ―ordenó a su ayudante, la que inclinó la cabeza antes de salir del dormitorio.

Esmerald no era de las mujeres que se diera el lujo de recibir una visita en ropa de dormir, por muy elegante y fina que esta fuera, y sobre todo cuando se trataba de un hombre como Aro Vulturi. Cualquier mujer usaría lo mejor de su guardarropa para recibirlo, pero a ella no le importaba impresionarlo de ese modo, ni de ningún modo en absoluto. Además que ese hombre no solo la había visitado muchas veces, sino que había tenido el placer de verla desnuda hasta hace muy poco tiempo, por lo que él era una excepción a la regla.

Por lo que al cabo de unos cinco minutos, salió envuelta en su bata de seda a encontrarse con Aro, quien estaba en la sala, dominando el espacio, esperándola, mientras miraba fijamente el mismo retrato de la última vez que vino, donde Jane y el músico sonreían a la cámara fotográfica.

Cuando él se percató de la presencia de Esme, giró su cabeza en su búsqueda y alzó sus cejas oscuras, mirándola descaradamente de pies a cabeza, dejando con movimientos lentos el marco sobre la mesa desde donde lo sacó.

―Encontrarte así es un placer para mis ojos, querida Esmerald.

―Qué te trae por aquí a estas horas, Aro ―dijo ella, pasando por alto la zalamería con que el invitado la agasajó.

Aro se río por lo bajo y acompañó a Esmerald en el sofá de tres cuerpos, sentándose muy cerca de ella a la vez que una de sus manos como por iniciativa propia, se posaba sobre la rodilla desnuda de la mujer, quien pasó por alto dicho atrevimiento.

―Lamento haber venido sin avisar, pero…

―Nunca avisas, así que no es novedad ―respondió toscamente, cruzándose los brazos.

A él eso le pareció más bien divertido, por lo que se carcajeó sin vergüenza. Por eso respondió con mucha soltura, orgulloso como siempre de las decisiones que tomaba.

―Es verdad, pero si no fuera algo serio y urgente, hubiera planeado una cena como la de la última vez, pero no podía esperar.

― ¿Sucede algo?

A la pregunta de Esme, el invitado hizo desaparecer cualquier rastro de risa en su cara cuando respondió.

―Estuve haciendo averiguaciones sobre Edward. Ya sabes que estoy interesado en saber la verdad sobre el lazo que nos une a él y a mí…

El cambio en el tono de voz de Aro hizo que Esmerald se preocupara y se pusiera en guardia para lo que él tenía que decirle con tanta urgencia.

― ¿Y qué averiguaste? ―Preguntó nerviosa Esmerald, llevándose la mano hasta su cuello.

Él enarcó una de sus cejas y apretó sobre la rodilla que aún mantenía bajo su cálida mano. El informe que había recibido era muy completo, pero dejaba sin explicación un asunto que llamó su atención, después claro de reponerse del asombro que provocó en él enterarse de cómo el músico y él convergieron en un punto discordante para ambos.

―Muchas cosas, como por ejemplo, que después que te llevaras al muchacho al extranjero, él regresó un par de años más tarde incluso cuando aún no cumplía la mayoría de edad. Firmaste un permiso para dejarlo regresar, ya que figurabas en aquel entonces como su tutora…

―Te dije ―carraspeó nerviosa ―te dije que él se convirtió en un chico rebelde, que extrañaba a su abuelo, y…

―Tocaremos ese punto más adelante y con más calma, porque honestamente, mi querida Esmerald, no te creo.

Aro subió su mano por la pierna desnuda de Esmerald, desde la rodilla hasta los muslos. Los pómulos sin maquillaje de Esmerald se ruborizaron violentamente y no pudo evitar sentir una especie de calor abrazador justo donde se unían sus piernas. Si Aro en ese momento la recostaba sobre el sofá y la follaba allí, ella no tendría ningún reparo, porque en el sexo, Vulturi sabía lo que hacía, era un excelente amante, muy complaciente y a la vez demandante, capaz de volver completamente loca de deseo a cualquier mujer.

―Aro… ―susurró con voz ronca, removiéndose sobre el cómodo sofá.

Aro esbozó una sonrisa lobuna, muy propia de él y acabó con el contacto sobre la piel de Esme, que pareció extrañar al instante su toque.

― ¿Conoces a la mujer que está saliendo con Edward? ―preguntó él de un tirón.

Entonces, el calor del lívido se hizo humo en Esmerald cuando Aro trajo a colación a esa mujer. Hizo una mueca de disgusto y se puso de pie, arreglándose la solapa de la bata.

―Esa tipa inescrupulosa con aire de víctima, destruyó el sólido matrimonio que Edward tenía con Rosalie. Es una víbora vestida con piel de oveja que lo único que busca es obtener todo beneficio cuando pueda de mi hijo, hasta que encuentre a alguien más a quien ofrecérsele.

―Vaya… ―murmuró Aro, levantando sus cejas ―Así que no te agrada.

―Para nada. La odio y haría lo que sea para verla lejos de Edward.

―Me parece estupendo, porque ellos no pueden estar juntos.

― ¿Por qué lo dices? ―preguntó con curiosidad tras la determinación en los dichos del hombre.

Aro se puso de pie exponiendo su metro ochenta y cinco de estatura y miró a Esme, cruzándose de brazos, e inspiró profundo, levantando su mentón con aire autoritario.

―Porque esa mujer me pertenece.

Esme arrugó la frente y miró a su invitado, sin llegar a comprenderlo.

― ¿Perdona?

―Bella y yo tenemos un pasado en común, una historia inconclusa que vine a retomar. Verla de la mano con mi hijo fue un golpe inesperado, no puedo negarlo, pero…

Esmerald sacudió la cabeza y levantó sus manos para detener la apresurada explicación de Aro que ella no acababa de entender. Él en tanto, extendió sus brazos a lo largo del respaldo del cómodo sofá, observando el ir y venir de su buena amiga.

―Espera un momento, Aro, ¿de qué estás hablando? ¿Cómo es eso de que ella te pertenece y que ella y tú tienen una historia juntos?

―Ella fue mi amante y tuvo en su vientre a mi hijo ―soltó sin introducción alguna y con voz muy tranquila, dejando a Esmerald absolutamente impresionada. ―Cuando la conocí era compañera de universidad de mi hija Ángela, ambas estudiaban enfermería y siempre fue parte del grupo de estudio de mi hija que llegaba a casa a estudiar, ya sabes. En aquel entonces, era una chiquilla que apenas alcanzaba los veinte años y que estaba ansiosa por descubrir y experimentar emociones nuevas. Me provocó muchas veces hasta que cedí a lo que quería, convirtiéndola en mi amante.

Jamás se imaginó que Aro relataría para ella algo como eso. ¿Cómo era posible?

―No puedo creer lo que estás diciéndome… tú y ella… ¡Tuvieron un hijo! ―murmuró Esmerald, todavía aturdida e incrédula con la información. Miraba la foto que hasta hace un momento Aro tenía en sus manos y sacaba conclusiones que podía ser de ayuda para ella. ―Es seguro que Edward no sabe de esta historia. Si estuviera al tanto, no se habría involucrado con ella…

― ¿Lo crees? ―preguntó él con curiosidad ― ¿Crees que Bella le escondió ese pasado?

Esmerald se pasó los dedos por su barbilla, pensando en alguna señal o algún comentario que diera pie a que Edward sabía de esta historia. Entonces levantó su vista hacia Aro, con una pregunta que era lógica, pero que de ser confirmada, acabaría finalmente con la relación de esa mujerzuela con su adorado Edward.

― ¿Isabella… ella sabía de tus… prácticas… sexuales, ya sabes…?

Aro esbozó una sonrisa torcida, evocando algunos recuerdos que vinieron a colación. Si cerraba los ojos, las imágenes eran vívidas, tanto que su cuerpo reaccionaba espontáneamente.

―Isabella fue una ansiosa y aventajada alumna en las disciplinas sexuales. No solo conmigo en las cuatro paredes de mi recamara, sino que en el club de sexo donde tú y yo solíamos ir. Adoraba ser parte de cada acto que se realizaba allí, no solo conmigo, por supuesto. Muchos de los hombres que asistían a ese lugar tuvieron el privilegio de estar con ella.

―No puedo creerlo ―murmuró ella, poniéndose las manos sobre la boca, caminando de un lado para otro. ―Pobre Edward… con qué clase de mujer fue a meterse…

―Te recuerdo que ella y tu tienen eso en común. No vengas a exclamar despavorida por esto, cuando tendría que ser algo normal para ti, como lo es para mí.

― ¡No me compares con esa mujerzuela! ―exclamó furiosa y ofendida.

Él en cambio, estrechó su mirada la que se tornó amenazante, que hizo que ella se estremeciera.

―Esmerald, mira como tratas a la que será mi mujer. Si viene aquí no fue para permitir que armes juicio de valor contra ella, porque no tienes ningún derecho en hacerlo.

―Hay que separarlos, a Edward y a ella.―dijo, pasando por alto la respuesta de Aro ―Él no puede estar con esa mujer.

―No, no puedo, y tienes que ayudarme. Yo ya he pensado en algo… probablemente sea doloroso para mi hijo, pero es lo mejor.

―Cuando sepa la clase de mujer que tiene al lado, tomará la decisión de apartarse. ―Enseguida miró a Aro y se paró desafiante e incluso amenazante frente a él. ―No te atrevas a hacerle daño para apararlo de tu… de tu mujer, ¿entiendes?

Poco a poco, una sonrisa divertida apareció en los labios de Aro, que hizo enojar aún más a Esmerald.

―Tranquila, mujer… no podría hacerle daño a mi hijo. Eso nunca.

Cuando Esmerald decía que no sabía si Edward era efectivamente hijo de Aro, lo decía de verdad. Incluso estaba casi segura que eso no era así, y se lo hizo saber muchas veces a ese hombre desde que llegó a preguntárselo, pero ahora que sabía esto, tenía conciencia de que si Aro confirmaba que no era el padre biológico de Edward, podría caer sobre él y apartarlo de la que llamaba su mujer de cualquier forma, incluso llegando hasta las últimas consecuencias, y ella no permitiría que le pusiera un dedo a su Edward para hacerle daño. Podía tomar a su Bella como le decía y llevársela lejos, eso sería una gran ventaja para ella.

―Tienes razón, Aro, debemos procurar por el bienestar de tú hijo.

―Y por cierto, la amenaza que me hiciste sobre él corre para ti con respecto a Isabella. Espero que lo tengas en cuenta.

―Soy la madre de Edward, por supuesto que voy a querer enfrentarla para que diga la verdad y para que se aparte de mi hijo, no puedes negarme a hacer eso.

―Lo concedo, pero no te sobrepases, querida.

Esme asintió, comprometiéndose tácitamente a ellos con Aro, aunque tenía sus formas de presionar a esa mujer a su estilo, muy sutilmente. Finalmente lo que Aro le dijo, era la confirmación de lo que siempre: que Edward no debía estar con esa mujer, por lo que ahora tendría que comenzar a trabajar en separarlos.

Después de un rato donde Esmerald prometió "hablar" con Edward y hacerlo entrar en razón, lo acompañó hasta la puerta para despedirlo y en un movimiento que ella no vio, Aro la tomó por la cintura y capturó su boca en un beso apasionado, digno de las películas románticas de antaño.

Esmerald podría haberse apartado pero no quiso, estaba tan contenta que si Aro le pedía que entraran y se recluyeran en su dormitorio a follar, ella encantada lo haría. Por eso se sujetó a sus fuertes brazos cubiertos por su fino abrigo negro y se dejó llevar por un rato, olvidándose que estaba en ropa de dormir, y en la puerta de su casa a la vista de cualquier persona que pasara por ahí, como por ejemplo James, que se quedó dentro de su coche de alquiler, aferrando sus dedos al volante, comenzando a perder la compostura.

Esa mujer no dejaba de burlarse de él y del amor enfermo que sentía por ella. Prefería revolcarse con ese desconocido que a simple vista se veía de un hombre elegante, además por el auto tan ostentoso que no cualquier podía darse el lujo de tener y que aguardaba por él en la entrada de la casa de Esme, al otro lado de los barrotes de fierro que cercaba la propiedad. Por ese hombre estaba cambiándolo, por ese hombre que con tan solo verlo se notaba exitoso, no como él, un músico decadente que intentó sobresalir pero que no lo logró.

Ah… pero él era un hombre sensible, despechado… y peligroso, por lo que doña Esmerad tendría que ceder ante sus demandas o atenerse a las consecuencias.

**oo**

― ¿No te quedas, Edward? ―preguntó el padre Marcus al músico, cuando él e Isabella llegaron a la casita del sacerdote, a un costado de la iglesia. ―Preparé pollo a la mostaza, mi especialidad.

―Ay, Marcus ―torció la boca como si estuviera lamentándose ―tendría que cancelar el almuerzo con Carlisle y una reunión que tengo por la tarde… ¿quizás si me manda un poco con Isabella?

―No estoy seguro de que vaya a quedar para mandarte, pero haremos el esfuerzo ―comentó Marcus, golpeando el hombro de Edward.

Enseguida se despidieron e Isabella acompañó al músico hasta la puerta, donde ella lo dejó ir con un beso de agradecimiento. El desayuno podría haberse convertido en una catástrofe, pero él en su serenidad y su mente fría hizo lo correcto, apaciguándola. Ahora estaba más tranquila, convencida y segura de lo que tenía que hacer. Por algo Edward pasó de quedarse con ella y su tío, pues su reunión con Carlisle estaba directamente relacionado con lo que sucedía con Isabella y el tipo ese que reapareció para molestarla. Hablaría y le contaría a grandes rasgos la situación de su chica mientras Isabella ponía al tanto a su tío de la reaparición de Vulturi.

Más tarde se reencontrarían en el apartamento, en donde la ayudante de Edward se quedó ordenando el desastre en la sala con todo lo de los adornos navideños. Él seguramente llegaría más tarde por la reunión que tenía en la sinfónica y luego en la universidad, y no podía negar que estaba un poco preocupado porque Isabella fuera a regresar sola a la casa, aunque ella suponiendo esa preocupación, dijo que le pediría a su tío que la llevara de regreso al departamento en su viejo Charade. Eso tranquilizó al músico que se montó en su carro y salió rumbo al despacho de Carlisle, mientras ella regresaba al interior de la casa para hablar con su tío.

― ¿Ustedes dos están bien? ―preguntó Marcus apenas Isabella reapareció en la pequeña cocina donde él vigilaba algo en la cacerola. ―Edward se veía preocupado, igual que tú, debo decir.

― ¿Tanto se nos nota? ―preguntó, sentándose frente a la mesa cuadrada, pellizcando un trozo de pan recién hecho que una de las feligresas había enviado a dejarle.

Marcus volvió a mirar la cacerola y meneó la cabeza, torciendo la boca.

― ¿Significa que acerté?

―Sobre el hecho de que estamos preocupados, pues sí.

Isabella afirmó su espalda en el respaldo de la silla y se tironeó las mangas de su chaqueta de mezclilla, dejando sus manos sobre la mesa cubierta con un mantel de cuadros en blanco y rojo. Contempló fijamente el florero de vidrio que había sobre ésta con las rosas que seguro el cura había cortado de su jardín. Siempre decía que era un milagro que sus flores se dieran, pese al tan inclemente clima de Leonilde.

― ¿Puedo saber por qué?

Isabella inspiró profundo, hundiendo sus hombros, mientras su tío se limpiaba las manos en el mantel de cocina que había colgado en su hombro, dejando a un lado la labor sobre la cocina y sentándose en la otra silla junto a su sobrina. La tomó de las manos y se las apretó ligeramente, infundiéndole ánimo y confianza para ayudarla a hablar con él.

―Aro Vulturi regresó.

―Dios mío, no de nuevo ―susurró el cura, cerrando los ojos, como si la noticia provocara en él un gran dolor. Isabella sintió tristeza por su tío, pero debía mantenerse fuerte.

―No quiero que te preocupes porque yo pueda cometer los mismos errores de antes.

―No es eso lo que me preocupa, y lo sabes. Pero si regresó y tú estás así de preocupada, es porque comenzará a molestarte otra vez, ¿no es así?

―Justo ayer me encontró sola en el departamento ―contó en voz baja, como si temiera que alguien paridera estar escuchándola al otro lado dela puerta ―Pasé a ver como estaba todo por ahí, a darle de comer a Kal-El y después vendría a verte, pero quedé tan mal que no fui capaz de salir hasta que Alice fue por mí y me llevó donde Edward.

―Supongo que le contaste a Edward esto.

―Lo hice, pese a que me da mucho miedo involucrarlo. Aro puede hacer algo en su contra para apartarlo de mí.

―Mi buen Dios ―murmuró el cura ― ¿Y qué hablaron, qué piensan hacer?

―No queremos darle a entender que tenemos miedo… suficiente es ya cargar con esta preocupación aunque no queramos, pero él cree que podemos superarlo. Sugiere que debo comenzar a hablar.

― ¿Hablar?

―Hablar con mamá, contarle todo lo que ocurrió, así estará al tanto por cualquier cosa. Además Edward quiere que hable con Carlisle y nos asesoremos con él, como abogado. Asegura que la extorción y las amenazas con delitos con los que puedo pelear en su contra, para apartarlo… y no sé si es lo mejor.

Marcus torció su boca porque entendía la postura de su sobrina. Para ella, y para todos en verdad, hubiera sido lo mejor que él desapareciera y olvidarse de todo eso de una buena vez, pero las cosas no eran así, por lo que había que enfrentarlas con madurez, con altura de mira, haciéndole ver que era lo mejor, ir con la verdad por delante.

― ¿Sabes que si haces eso, si lo denuncias, podrías estar ayudando a otras chicas como tú?

― ¿Entonces estás de acuerdo con Edward? ―preguntó a su tío, sin la completa convicción de dar ese paso ―Quiero confiar de que es lo mejor, pero…

―Totalmente ―se apresuró en responder, sin lugar a dudas ―debes hablar y hacerte asesorar. Que te quedes en silencio y hagas lo que él te dice es lo que ese hombre quiere, ¿no es así? Con esto le demostraras que no vas a ceder y lo más importante, que hay un séquito de personas apoyándote.

Isabella lo miró y trató de contagiarse con el entusiasmo de su tío. Quería ser valiente como se lo había dicho Edward y como ella la noche anterior decidió afrontar eso, pero había algo a lo que temía más que nada, y se lo dijo a su tío, mirando fijamente los diseños del mantel de la pequeña mesa.

―Lo que más me preocupa es la reacción de mi mamá ―la voz se le quebró sin poder evitarlo, igual que las lágrimas que anegaron sus ojos ―voy a decepcionarla, y eso es algo que no quiero hacer.

Marcus suspiró y se puso de pie, rodeando la mesa hasta quedar a espaldas de su sobrina, sujetándola por los hombros y masajeándoselos a la vez que ella levantaba sus ojos al cielo y ponía atención a las sabias palabras de su tío.

―Isabella, Renée es tu madre y sabrá comprender. Quizás se enfade porque no hablaste con ella en el mismo momento que ocurrió, pero te apoyará ahora que el tiempo ha pasado y has sentado cabeza.

Se movió y se acuclilló al lado de ella, tomando sus manos y animándola a mirarle con esos ojos vidriosos pero igualmente hermosos que su sobrina tenia. Cuando lo hizo, continuó hablando con ternura pero infundiéndole la seguridad que necesitaba y la que quería darle.

―Tomaste malas decisiones, todos tomamos malas decisiones alguna vez en nuestra vida, pero la cuestión está asumirlas con madurez y aprender de ellas, así como tú lo has hecho. Nadie tiene derecho a juzgarte y eso es algo que debes tener claro cuando tomes la decisión de hablar, porque es a eso a lo que le temes, ¿verdad?

―Todos en el trabajo lo sabrán, lo sé… y Ángela… y…

―Deja de pensar en eso, porque no es lo realmente importante ―la detuvo, antes que siguiera presentando excusas ―Las personas que te conocen sabrán que estás hablando porque en el pasado tomaste una mala decisión pero hubo alguien que te presionó y te obligó a seguir haciéndolo, y que regresó para amenazarte si no cumples sus cometidos, y te aseguro que cuando si se llega a saber, él será quien deberá estar avergonzado, no tú, cariño.

Isabella tragó grueso y se limpió por enésima vez las lágrimas de sus mejillas. Estaba bien de llorar, ahora debía concentrarse en hacer lo que ella sabía que era lo mejor, y eso era no callar, hablar y demostrarle que pese a todo, ya no le tenía miedo.

Suspiró finalmente y eta vez fue ella la que apretó las manos de su tío, esbozando una débil sonrisa, la que iluminó el rostro de su tío Marcus.

―Haré lo que sea necesario y seré valiente, aunque a veces llore y diga que tengo miedo, me comportaré como la mujer madura que soy, te lo prometo.

―Te creo, sobrina, no tienes nada que prometerme. ―le guiñó el ojo y se levantó, dejando un beso en la mejilla de Isabella. Se dirigió hasta la cocina donde se cocinaba la comida, poniéndose manos a la obra con eso. ―Ahora, levántate de ahí y ayúdame con el almuerzo, que estoy hambriento.

―También yo ―dijo entusiasmada, comenzando a colaborar con su tío con las labores de cocina, mientras él le comentaba de los planes que tenía con su coro de niños de la iglesia.

Mientras tanto, Edward y Carlisle se sentaban en la barra de la cocina del viejo apartamento de Edward, donde Carlisle aún estaba viviendo y después de recogerlo en su despacho. En el tiempo que llevaba allí decía se había acostumbrado al ambiente juvenil que rodeaba al sector cercano a la universidad, aludiendo que se había empapado del ambiente universitario que rodeaba el sector, sintiéndose más joven. Edward simplemente rodó los ojos, meneando la cabeza, aunque no pudo evitar reírse.

― ¿Y no te queda tiempo para cocinar, joven Carlisle? ―miró Edward su plato de comida para microondas, dedicándole una mirada divertida al abogado que se inclinó de hombros en una disculpa, sentándose al otro lado de la barra frente a él.

―Soy un tipo ocupado ―alcanzó la botella de vino, llenando las copas ―pero tengo un buen vino para acompañar el triste almuerzo.

―Algo es algo.

Probaron bocado, pensando el músico en la exquisita comida que el tío de Isabella le había invitado a probar, teniendo él que declinar la invitación por los compromisos que tenía. Pero era importante, y soportaría esa comida para hablar con Carlisle.

―Hay algo delicado de lo que tengo que hablarte.

El abogado miró a quien quería como a un hijo, con un poco de preocupación y algo de nervios, al menos eso intuyó cuando hablaron para coordinar el almuerzo aludiendo Edward que tenía un asunto complicado que tratar con él.

―Soy todo oídos ―dijo Carlisle, arremangándose la camisa y poniendo sus brazos sobre el mesón y prestándole toda la atención.

Edward sonrió y carraspeó, removiéndose incomodo sobre la banca de madera.―Sé que no es necesario pedirte discreción, pero…

―Ni que lo digas, y cuenta con eso por supuesto, como siempre.

―Gracias Carlisle. ―bebió un poco de vino, antes de resumir la historia para el abogado que masticaba la comida, pendiente de él. ―Se trata de Isabella. Ella… en el pasado, hizo cosas… que la avergüenzan ahora, ya sabes.

―No, no sé, así que tendrás que explicarte bien y sin pelos en la lengua. Recuerda que estás hablando conmigo, no con un extraño, puedes confiar en mí.

―Lo sé, lo sé. Perdona… ―cerró los ojos, inspiró profundo y habló con toda la honestidad que pudo ―Se trata de cosas que Isabella hizo cuando recién había entrado a la universidad. Se involucró con un hombre mayor, que la aventajaba en mucho más que la edad y que la llevó a adentrarse en un mundo…

―Déjame adivinar ―intervino Carlisle, cuando vio a Edward tan complicado para explicarse ―Isabella se encaprichó con un hombre mayor que la llevó a experimentar con actividades sexuales que no son muy típicas, aparentemente, ¿estoy en lo correcto?

―Absolutamente ―respondió Edward, soltando todo el aire de sus pulmones.

―Continua entonces ―lo animó, metiéndose un poco de comida a la boca.

Edward agradeció internamente la naturalidad con que Carlisle había tomado todo, ayudándolo a explicarse claramente con lo que quedaba por contar.

―Cuando ella dijo que no quería seguir con ello, él la obligó, extorsionándola con fotografías, videos y otras cosas. Incluso, ella tuvo un embarazo producto de esa relación, el que ciertamente perdió cuando intentó… suicidarse, presionada por el asedio de ese hombre. Si no fuera por Alice, ella estaría muerta.

―Dios, cuando lo lamento…

―El hombre desapareció durante mucho tiempo, y ella continuó con su vida, hasta que él reapareció hasta hace poco. Ayer la encontró cuando Isabella fue a su apartamento a darle una vuelta y la amenazó para que volviera con él, con todo lo que eso implica.

Carlisle asintió, dando a entender que se hacía una idea en su cabeza de los detalles que podían haber detrás del relato que Edward le entregó respecto a la situación de Isabella.

―Honestamente, siento mucho que Isabella y tú estén pasando por esto y de antemano quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites, no solo en lo profesional.

―Sabía que no sería de otra manera y te agradezco que no la juzgues, a ella le dolería mucho eso…

―Olvídate de eso y dime cómo puedo ayudarte, qué esperas que haga.

―Eso es lo que tú tienes que decirme. Creemos que este tipo seguirá amenazando a Isabella, porque así lo dio a entender, obligándola a callarse y a acceder a lo que él quiere. ¿Eso puede ser tomado como delito?

―No es que puede ser. Es efectivamente un delito ―explicó, dejando a un lado los tecnicismos. ―Podemos levantar una demanda por acoso y presentar pruebas y testigos que aseveren lo que dices. Podemos pedir una orden de alejamiento en primera instancia y desde ahí seguir con otros cargos a medida que tenga pleno conocimiento del caso, ¿estás de acuerdo?

―Si eso hará que Isabella se sienta más segura, me parece perfecto.

―Habla con ella, y dile que es necesario que nos sentemos con ella y que me explique con todos los detalles lo sucedido, sobre todo cómo y cuándo surgieron las amenazas entonces y como ahora sigue acosándola.

―Se lo diré.

―Y por favor, dile que no tiene que tener miedo ni vergüenza de hablar conmigo, y que mientras antes lo hagamos, mucho mejor. A todo esto, ¿sabes de quien se trata?

―Lo conozco de nombre y sé que es un tipo muy poderoso, un empresario industrial por lo que sé, su nombre es Aro Vulturi.

Carlisle se pasaba distraídamente el dedo por el mentón, reteniendo toda esa información en su cabeza par aponerse a trabajar en ese asunto lo antes posible. Se trataba de Edward, a quien quería como su hijo, y de su compañera, por tanto era una cuestión de prioridades. Tomaría cartas en el asunto de inmediato.

―Comenzaré a investigar y presumo que si es un pez gordo, necesitaremos apoyo profesional, me refiero a otro abogado ―propuso. ―Quizás Peter, el hermano de Jasper pueda ayudar, además Isabella ya lo conoce y le será menos complicado hablar y confiar en él.

―Le diré que lo propusiste, y si crees que es lo mejor, seguro aceptará.

―Y que no se preocupe, estos casos son más comunes de lo que ella piensa, la diferencia está en que un bajo porcentaje se atreve a hablar y denunciar, precisamente por el miedo. Lo malo es que después hay que lamentar desde violencia hasta suicidios, por miedo a denunciar.

Edward asintió, imaginándose a Isabella metida en una tina, desangrándose y perdiendo la vida si es que Alice no hubiera llegado a tiempo para rescatarla. Se sacudió la cabeza y miró al abogado, esperanzado en que él pudiera ayudarlos.

―Por eso insistí que teníamos que hablar contigo. Tiene miedo y es natural, pero quiero infundirle el valor necesario para que ese miedo no se convierta en un estorbo para que siga adelante con su vida tranquilamente.

El rubio abogado sonrió, animando al joven músico. Él intuía que Edward hablaba del temor de Isabella, pero Carlisle supo entrever que él también estaba asustado y era lógico. Pero lo que iban a hacer, era un acto de valentía, no solo por parte de Isabella sino también de Edward, porque seguro que cualquier otro hombre se hubiera hecho a un lado para no verse comprometido con una situación como esa, pero Edward amaba a Isabella y se lo había demostrado.

―Tu apoyo seguro es determinante para que ella esté segura de esta decisión, así que sigue haciendo lo que hasta ahora y no te preocupes por lo demás. Ya verán que esto será nada más que un mal recuerdo.

―Eso espero, Carlisle. Eso espero.

Carlisle levantó su copa de vino, esperando que Edward hiciera lo mismo, para brindar por el éxito de este caso, que él tomaría con mucho profesionalismo. Pondría todo de sí para ayudar a Edward y a Isabella en esto, porque significaba la felicidad de ambos, y él no podía estar más llano a ayudarlos en eso.

**oo**

Isabella se quedó un buen rato con su tío en la iglesia, convenciéndola él de ver lo maravilloso que sonaba su coro de niños y adolescentes que cantaban bajo la supervisión de un profesor nada menos que de la sinfónica donde Edward trabajaba y que él mismo había enviado, así como lo hizo con el pianista que parecía estar feliz con la idea de tocar casi a diario en un piano que dijo, no cualquiera tenía el lujo de ejecutar.

― ¿Por unos cuantos tubos el piano se convierte en algo extraordinario? ―preguntó Isabella a Edward por teléfono, cuando este la llamó para saber cómo iba todo.

Cerró los ojos y se arrepintió de haber hecho ese comentario tan soez, sobre todo cuando oyó con toda claridad un gruñido del músico al otro lado de la línea.

No seas grosera con el instrumento, Isabella.

―Lo siento, lo siento ―se apresuró en decir, mordiéndose el labio para que no se le escapara una risita que seguro enfadaría más a Edward. Prefirió en tanto cambiar el tema o comentarle algo que lo alegraría un poco ―Me preocupé de guardarte una buena porción del pollo a la mostaza que preparó mi tío, que estaba delicioso. ¡Me comí dos platos!

Uhm… tendremos que trabajar esta noche en quemar esas calorías, hermosa… ―comentó el músico con tono lascivo, a lo que ella tuvo que morderse el labio y pedir perdón porque estaba manteniendo esa conversación en la banca de una iglesia, mientras unos niños cantaban villancicos. Prefirió en cambio, decirle que su tío la llevaría al apartamento y que ahí lo esperaría, quedándose el músico tranquilo, prometiendo reunirse con ella tan pronto como le fuera posible.

Cuando su tío la dejó en la puerta del edificio, aparcando su viejo pero fiel vehículo, ella estaba más tranquila y segura de lo que debía hacer. Le había servido hablar con su tío y entender que las cosas iban a jugar a su favor esta vez, por más poderoso que ostentara ser Aro Vulturi.

―Sabes que puedo ir arriba y esperar contigo hasta que Edward llegue…

―No es necesario ―respondió Isabella, sonriendo con tranquilidad ―Él estará aquí dentro de media hora más o menos, además es un lugar seguro, aunque si quieres pasar…

―Si dices que estas bien, me voy tranquilo. Además, mis feligreses esperan para la hora en el confesionario.

―Entonces ve, no te preocupes por mí ―se inclinó hacia el asiento del piloto donde estaba el padre Marcus, dejando un beso sobre su mejilla ―Gracias por todo. No sabes lo bien que me hizo hablar contigo.

—Estaré siempre para ti, a cualquier hora que necesites. No lo olvides.

―Nunca.

Se bajó Isabella del coche, con el recipiente de plumavit que llevaba la porción de comida que le prometió a Edward, esperando que su tío desapareciera por la autopista para ingresar al edificio. Rebuscó en la cartera su juego de llaves para entrar, cuando alguien la tomó por el brazo y la sacudió toscamente, casi logrando tirar al suelo la comida que llevaba en el recipiente.

El corazón de la chica se disparó, imaginándose lo peor, girándose hacia la persona que todavía sujetaba su brazo. Si bien en cierto no era quien ella pensaba en primera instancia, igualmente las alertas en su cabeza comenzaron a sonar como sirenas cuando vio el asco y furia mezclándose en el rostro de Esmerald, que la miraba como si fuera la basura más repugnante a la que había tenido que enfrentarse.

Como siempre que la había visto, iba impecablemente vestida, esta vez con un largo abrigo negro y entallado que cubría casi hasta sus tobillos, elegantes zapatos rojos que combinaba con su cartera, y su cabello color miel muy bien peinado hacia el lado, aunque para Isabella, tanta belleza y elegancia no lograba esconder su verdadera esencia.

― ¿Pensaste que no me iba a enterar? ―preguntó Esmerald, sacudiendo el brazo de Isabella y soltándolo, empujándola hacia atrás, haciéndola trastabillar.

La chica abrió sus ojos desmesuradamente, mirando a doña Esmerald sin entender a qué venía ese encuentro.

― ¿Perdone? ―preguntó confundida.

―Puta descarada, eso es lo que eres. Siempre lo supe, por algo nunca acepté tus acercamientos hacia mi hijo.

―Señora, por favor, no le permito…

―Sé de tus visitas al club de sexo ―exclamó entre dientes, interrumpiendo a la enfermera a la que dejó momentáneamente en estado de shock. La chica comenzó a temblar pero a Esmerald por supuesto no le importó. ―Allí, donde follabas con uno y otro hombre, que seguro pagaban un alto costo, ¿no es verdad?

Isabella estaba respirando agitadamente. De las personas que jamás pensó la encararía sobre eso, se encontraba precisamente esa mujer. Mientras veía el rostro furibundo de Esmerald y su boca moverse por los ataques verbales, ella hacia un gran esfuerzo por remitir la desesperación y el miedo, recordando lo que su tío Marcus le había dicho esa misma tarde, sobre el hecho de que nadie podría juzgarla, mucho menos una mujer como Esmerald, que no dudó en abusar de menores de edad. Eso la alentó a ponerse firme, levantar el mentón y hacerla callar.

― ¡Basta! ―dijo con voz firme, sobresaltando a Esme ― ¡Usted no sabe nada de mí! ¿Con qué moral viene a juzgarme? ¿Acaso cree que no sé lo que trató de hacer con Edward cuando él era un niño apenas?

― ¡Cierra la boca, mujerzuela!

― ¡Usted no me trata así, mucho menos en plena calle! ―gritó Isabella en tono más alto ― ¿Cree que le tengo miedo?

Esmerald estaba furiosa porque Isabella estaba atreviéndose a gritarle en plena calle, a vista y paciencia de quienes pasaban por allí, además de no verse afectada por sus dichos. Esmerald aguardaba que se derrumbara y prometiera alejarse de Edward, rogándole que no le dijera nada, pero no fue así. Estaba desafiándola y eso no lo permitiría, la bajaría los humos a esa puta vestida de enfermera.

―Pues deberías tener miedo, mucho miedo, porque me encargaré de abrirle los ojos a Edward sobre esto. Mi pobre hijo seguro no tiene idea de la calaña de mujer que tiene al lado, porque claro, tú has conseguido estatus a su lado, un departamento lujoso en un sector que en tu vida podrías conseguir tener con el sueldo de enfermera… a no ser que sigas cobrando por tus servicios de prostituta…

La mano de Isabella voló automáticamente al rostro tan bien maquillado de Esmerald, el que volteó de un golpe que resonó. Al menos la hizo callar efectivamente, aunque su ira había subido exponencialmente, cuestión que no hizo sentirse asustada, aunque quizás la vorágine de su actuar restaba aplacando ese sentimiento y un montón de preguntas que seguro más tarde no la dejarían en paz, como saber cómo diablos se enteró de ese pasado.

― ¡Lárguese de aquí! ―declaró con tono bastante alto ―No es bienvenida en este lugar, ¿o cree que Edward por error la puso en la lista de personas que no puede ingresar al apartamento? ¿O quiere que él la encuentre aquí y se encargue de echarla como se lo merece?

― ¡Voy a esperarlo para ponerlo en conocimiento de todo! ―la amenazó, aun con la palma de la mano sobre la mejilla adolorida.

― ¡No es necesario, porque él y yo no tenemos secretos!

― ¡¿Estás diciéndome que él sabe?! ―preguntó Esmerald, horrorizada. No podía ser cierto, esa enfermera la estaba manipulando, pensó ― ¡Eso no puede ser cierto! Además, no niegas lo que digo…

―Usted piense lo que quiera, a usted menos que nadie tengo que darle explicaciones. Ahora lárguese de aquí antes que vuelva a olvidarme de mis modales.

Esmerald se enderezó lo más que pudo, alzando su mentón y tratando de ignorar el calor y el dolor que ardía sobre su mejilla. La miró de pies a cabeza, como al principio. Si antes la odiaba por haber sacado a Edward de la vida tranquila que llevaba, ahora ese odio se había convertido en algo más profundo a lo que no sabía qué nombre ponerle siquiera.

―Esto no va a quedarse así, mujercita ―la amenazó Esmerald. ―No me quedaré tranquila hasta abrirle los ojos a Edward y saber que te ha dejado, ahí será el día que desapareceré de tu vida. Así que te lo advierto…

―No siga provocándome señora…

Esmerald volvió a mirar a la mujercita con la profunda desdeña que sentía por ella, jurándose venganza por el atrevimiento que cometió de haberla golpeado, ¿pero qué podía esperar de una puta sin educación como esa? Seguro había conseguido el puesto en el hospital a cambio de favores sexuales…

Isabella no esperó para entrar al edificio, agradeciendo que el portero no estuviera en su lugar pues desde el mesón de portería habría tenido una vista privilegiada. Corrió al ascensor y pulsó los botones para que las puertas se abrieran y poder subir hasta el piso, mientras la efervescencia del encuentro iba descendiendo, dando paso a todos esos cuestionamientos que debería haberse hecho y al miedo de creer a esa mujer capaz de ponerla en vergüenza, tergiversando los hechos.

"Dios, esa mujer no me va a dejar en paz…" meditaba con congoja, afirmando su espalda en el frío muro del cubículo. Pero esa no era la única preocupación de Isabella, no la más importante. Aunque tenía claro que a esa mujer no le debía explicación, no podía entender cómo se había enterado.

Sentada en el sofá de la sala, con el árbol aun sin decorar detrás de ella, la encontró Edward, que no necesitó más para saber que algo había ocurrido. Isabella levantó los ojos apenas él ingresó y eso fue todo para darle a entender aquello.

― ¿Qué? ―murmuró Edward, acercándose a toda velocidad hasta ella, aculillándose frente a ella, sujetando sus muñecas, mirándola con atención.

―No sé cómo se enteró, pero Esmerald lo sabe todo… sobre mi pasado.

Edward arrugó la frente, porque eso era algo que no esperaba oír.

―Pero… ¿cómo…?

―No tengo idea, y ni siquiera se lo pregunté ―interrumpió Isabella. ―Cuando mi tío me vino a dejar ella me interceptó en la entrada, seguro el conserje no la dejó ingresar. Allí me dijo que lo sabía todo y que se encargaría de abrirte los ojos…

―Maldita Esmerald… ―gruñó el músico.

―No sé cómo pasó, pero lamento que ocurriera… ―se lamentó ella, cerrando los ojos. Edward torció la boca y apretó sus manos en torno a los brazos de Isabella, obligándola a volver a abrir los ojos para mirarlo.

―Cariño, de nada tienes que lamentarte, ni mucho menos tener miedo de lo que ella puede hacer. Recuerda que ella tiene tejado de vidrio, que acaba de trisarse conmigo, porque va a tener que oírme…

―Ir donde ella y reclamarle, sería darle más atención ―Isabella tragó grueso, mirando a Edward con ansias mientras se soltaba de su agarre y le tomaba el rostro ahora crispado, entre las manos ―Le dejé claro que no tengo que darle explicaciones, mucho menos a ella que es una abusadora de menores. Creo que deberíamos ignorar este ataque, me temo que más allá de intentar acercarse a ti para "hacerte entrar en razón" como dijo, no hará nada.

―Aun así, Isabella ―dijo el músico, sentándose junto a ella, abrazándola por los hombros hasta recostarla en su pecho. Dejó un beso suave en su cabeza, inspiró hondo y soltó el aire lentamente, mientras pasaba su mano hacia arriba y hacia abajo por la espalda de Isabella.

―Ahora que lo pienso ―murmuró bajito, como si sintiera vergüenza ―más de alguien podría haberme reconocido. Los hombres que frecuentaban esos clubes de sexo, son adinerados. Bueno, no solo hombres, mujeres también por supuesto. Quizás por eso ella sabe sobre mi pasado.

―Es lo más probable ―concordó con ella, maldiciendo que precisamente Esmerald se haya enterado de ese tema tan delicado para Isabella. ―Y no pienses en compararte con ella, recuerda que lo que ella hacia era un delito, tú eras mayor de edad. Una cosa no tiene que ver con la otra, ¿entendido?

―Lo sé.

―Estupendo ―volvió a besar la cabeza de Isabella, antes de incorporarse y mirarla directo a los ojos que él tanto amaba ―Ahora quiero mi porción del pollo ese que prepara tu tío mientras te cuento cómo me fue con Carlisle.

Dejaría de lado el tema de Esmerald y se pondría manos a la obra con su conversación con Carlisle, que lo había dejado tranquilo y confiado. Isabella, que no dudaba en confiar en el abogado, no pudo evitar estremecerse, retorciéndose los dedos de puro nervio.

― ¿Se lo dijiste? ¿Y qué dijo, cómo lo tomó? ―preguntó ella con un dejo de temor en la voz. Edward sonrió pese a todo, esperando animarla.

―Se lo tomó con tanta naturalidad que me sorprendió, debo reconocer. Insiste que no tienes que tener vergüenza y concuerda que hablar es la mejor defensa que tienes.

― ¿Entonces nos ayudará?

―Lo hará, y es tan eficiente que ya se puso a trabajar el eso ―se acercó y dejó un suave beso sobre sus labios ― ¿Pero te parece que hablemos mientras como algo? De verdad muero de hambre

Con una mueca en el rostro, se llevó una mano hasta el estómago, haciendo finalmente sonreír a Isabella.

―Vamos entonces. A mí me vendrá bien una taza de té.

Se levantaron y caminaron abrazados hasta la cocina. Si bien era cierto, las cosas no estaban del todo resueltas, ambos estaban esperanzados en que todo acabaría y que se desharían del hombre del pasado de Isabella que había regresado para atormentarla. Pero no le permitirían tener ese poder sobre ella, eso ya lo habían decidido.

Aunque claro, Aro Vulturi no era alguien que se quedara de brazos cruzados, sobre todo con un asunto tan importante para él como lo era su mujer y su hijo, porque sin duda él sabía que Edward era su hijo y no necesitaba exámenes de ADN para comprobarlo.

Sentado en su cómo sillón de cuero frente al escritorio de su privado en casa, el empresario no podía dejar de darle vueltas a la situación en la que se ve envuelto, y honestamente no quería hacerle daño a su hijo, no cuando tenía un montón de planes para ambos. Quería que Edward lo comprendiera y lo recibiera con los brazos abiertos cuando le contara la historia que él y su difunta madre Elizabeth tuvieron y que los llevó a engendrarlo, no sabiendo sino hasta hace poco de su existencia. No había querido estar ausente de su vida, porque si lo hubiera sabido, Edward nunca hubiera atravesado las penurias que pasó con su viejo y pobre abuelo, le hubiera dado todo lo que un hijo suyo se merecía y mucho más.

Pero antes de eso, debía asegurarse que Edward entendiera que la rebelde Isabella le pertenecía y que aún estaba a tiempo de apartarse, ¿pero cómo?

Recordó que Esmerald había dicho que quizás el músico desconocía el pasado de Isabella, quizás si estuviera al tanto de todo, del pasado que la unía a él, se apartaría sin dudarlo… Entonces dedujo que era su labor aclararle la situación. Supo lo que tenía que hacer.

Del informe que su investigador había llevado para él sobre Edward Masen, Aro sacó la dirección de correo electrónico del músico, donde le haría llegar una prueba fehaciente de que esa mujer le pertenecía. Probablemente Edward se decepcionaría, pero sabía que sería momentáneo, además él haría su aparición para explicarle cómo eran las cosas y muy probablemente el músico lo entendería.

Redactó unas cortas palabras, adjuntó un archivo y envío sin titubear el correo electrónico, sintiéndose conforme consigo mismo.

Su misión por recuperar a Bella y acercarse a su hijo había comenzado.