Capítulo XXIX
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- Nos vamos – le dije a Tom, pasando junto a él.
- ¿Ya? – preguntó.
Yo ni siquiera lo miré. Me dirigí a los niños, desde una distancia prudente.
- Chicos.
Les hablé intentando no interrumpir la conversación de Liese y Hahn.
Derek me miró y lo llamé con un gesto. Él toco a su hermano en el hombro y ambos se acercaron hasta mí.
- Me voy chicos – les avisé.
- Yo y Tom, íbamos a jugar – se quejó Derek, mirando a mi hermano.
- Tom y yo – le corregí
- ¿Tú también? – me preguntó
Tom soltó una carcajada, y yo me reí. Pasara lo que pasara, estos chicos me arrancaban una sonrisa.
- No – negué, aún sonriendo – es sólo que no debes nombrarte primero a ti mismo, primero a los demás, por educación.
Arrugó el ceño y se encogió de hombros,
- Pero al final no se quedaran a jugar ¿verdad? – insistió.
- No, pero vendré en unos días – le prometió Tom.
- ¿Y yo también podré jugar? – preguntó Johann con ansiedad.
- Claro – le respondió Tom animado – te haremos un coche rapidísimo ¿verdad Derek?
- Sí, pero no podrá ser azul, el azul es mío.
Agregó Derek.
Le hice un pequeño gesto a Tom para marcharnos, necesitaba aire fresco.
- ¡Bueno, adiós! – habló Tom en voz alta a los presentes.
- ¡Adiós! – dije yo igualmente, intentando parecer todo lo amable que me era posible.
En ese momento apareció Richard desde el pasillo, sabía que Juliette vendrías tras él, pero no me quedé a esperar. El corazón se me volvió a acelerar sólo por pensar en tenerla en frente.
Salimos de ahí, tan rápido como 'de inmediato'. Mi hermano se mantuvo en silencio algunas calles, pero no podía esperar que lo hiciera todo el camino.
- ¿Ha pasado algo ahí dentro? – me preguntó.
Yo continuaba con los ojos fijos en la carretera.
- No, nada – respondí.
- Saliste como alma que lleva el diablo Bill – apuntó.
No quería hablar de algo que ni yo mismo entendía bien.
- Quizás para sacarte a ti del lado de Mary – dije desviando la conversación.
Tom se rió y miró por la ventana.
- Es una mujer interesante – me dijo.
Bien, había servido.
- ¿Interesante? – pregunté.
La última vez que Tom había dicho 'interesante' refiriéndose a una mujer, habíamos tenido que irnos tres semanas de vacaciones para que pudiera sacársela de la cabeza. Estaba casada.
- ¿Sabías que ella y Juliette tienen un lenguaje en clave? – me preguntó.
- ¿Lenguaje en clave?
Hoy era el rey de las preguntas.
- Sí- afirmó – uno con el que definen sus citas.
- ¿Y cómo sabes eso tú? – continué preguntando.
- Oh… el pequeño Derek me lo contó – rió.
- Derek.
- Y Johann también aportó lo suyo – siguió hablando – dijo que lo hacían para evitar que ellos se enteraran de lo que hablaban.
- Y lo saben – aseguré.
- Buen, en teoría – volvió a reír.
Me quedé un momento pensando en lo diferentes que podían ser Derek y Johann, comparados con Tom y yo a su edad.
- Nosotros no éramos tan inocentes a si edad ¿o sí? – le pregunté.
- Yo no – habló con suficiencia – a ti todavía te dura hermanito.
Hice un gesto de fastidio.
- Ya salió tu payaso interior – me burlé.
- Uno de los dos tienen que mantener la alegría – se mofó él de mí.
Lo miré por un segundo sorprendido.
- Yo no he perdido mi sentido del humor – me quejé.
Volví a mirarlo un instante. Tom se encogió de hombros.
- No, sólo lo has escondido tras todo el control que has puesto en tu vida - me habló seriamente.
- ¿qué tonterías dices? – Me defendí – eres tanto o más controlador que yo.
Volvió a reír, pero esta vez con sarcasmo.
- Hace tiempo que sobrepasaste mi nivel – habló – no dejas que nada, ni nadie se salga de tu radio de control.
- Eso que dices no es verdad – me quejé.
- ¿A no? – Me preguntó, lo miré de reojo - ¿dime donde ha quedado tu idea romántica del amor?
- No soy precisamente yo el que está sólo – le increpé.
- Prefiero estar sólo que arruinar mi vida – respondió removiéndose en el asiento.
- ¡Oye, deja en paz de una vez a Carol! – Le reclamé – es amable y me hace feliz.
Sabía que a Tom no le agradaba Carol, pero no creí que llegáramos a discutir de esta manera por eso.
- ¡¿Feliz?- preguntó irónico – ¡no eres ni la sombra de lo que fuiste Bill Kaulitz!
- ¡He madurado, eso es lo que te cuesta aceptar! – continué defendiéndome.
- ¡Ya, ahora le llaman madurez a la estupidez!
Volví a mirarlo.
-¡Cuidado! – Gritó.
Frené en seco, había estado a punto de atropellar a una mujer que cruzaba por el paso peatonal.
- Mierda – dije cuando pude soltar el aire.
- Paramos la discusión – habló Tom terminante.
- De acuerdo.
Acepté, aún con el corazón disparado.
Llegamos a casa en absoluto silencio. Tom se bajo del coche, pero antes de cerrar la puerta me habló.
- Bill – lo miré – conduces fatal ¿lo sabes?
Ambos nos reímos.
- Cierra de una vez – le dije entre risas.
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Me estaba fumando un cigarrillo sentado en el diván que había junto a la ventana de la sala. La única luz que entraba, era la de una farola del jardín.
Con cada inhalación, un nuevo recuerdo llenaba mi mente, bailando dentro de mí, como el humo.
Johann me había llamado ese domingo por la mañana.
Contesté el teléfono en un estado más parecido al de un zombi, que a una persona, sin estar seguro de cuánto tiempo llevaba sonando.
- Hola… - mi voz me sonó extraña incluso a mí.
- ¿Bill? – de inmediato supe que era Johann.
El tono de su voz era ligeramente distinto al de Derek.
- Sí, ¿pasa algo? – le pregunté de inmediato.
Miré a Carol que seguía dormida, me levanté y salí de la habitación, todo eso mientras él me explicaba lo que sucedía.
- Mamá se quedó fuera anoche, y nos está cuidando Mary… - comenzó a explicarme – espera, te paso con ella.
En ese momento Mary se puso al teléfono y continuó explicándome lo que sucedía, y si yo podía estar con los niños hasta que llegara Juliette.
Volví a Inhalar una nueva bocanada de humo.
El saber que Juliette se había quedado toda la noche con han, me molestaba mucho más de lo que quería reconocer.
Sabía bien que no podía cuestionarla, pero a pesar de eso lo había hecho.
La había visto entrar en la cocina. Parecía tan radiante. Algo en mi estómago se retorció al pensar en que el buen sexo y el descanso podían producir ese efecto en una mujer.
Saludó a los niños con afecto, pero aquello no apaciguó mi molestia.
- ¿Qué ha pasado? ¿Y Mary? – Me preguntó finalmente.
La miré intensamente a través de mis lentes oscuros.
- Se ha ido – Le respondí con frialdad. Tomé un sorbo más de café, para poder mantenerme despierto hasta llegar a casa.
- ¿Se ha ido? – preguntó como si eso le sorprendiera.
Claro que se había ido, te has quedado fuera toda la noche, pensé.
- Sí – fue todo lo que salió de mi boca.
- Adiós chicos – Me despedí de los niños, y salí de ahí.
La escuché caminar tras de mí.
- ¿Te vas así sin más?¿Por qué estás tú aquí? – podía notar su incertidumbre, pero no estaba de humor para desplantes.
- Ya se lo preguntarás a Mary – le dije, sin detenerme.
Continuó siguiéndome.
- Al menos explícame – me exigió en voz baja.
Me quité los lentes, sabía que en mi rostro estaba reflejado el cansancio, y esperaba que al menos magullara un poco su conciencia.
La tomé por un brazo y me acerqué a ella para susurrarle con enfado las palabras.
- Si te dignaras a responder tu teléfono, sabrías lo que ha pasado – tanto Mary como yo la habíamos llamado sin éxito.
- No lo escuché… - susurró.
No debía de extrañarme. Nuevamente se me retorció el estómago ante la imagen de Juliette retozando en la cama con Hahn.
Le apreté un poco más el brazo.
- Tú sabrás por qué no lo escuchaste – le dije, y la solté.
Tenía que irme. No quería aceptar que lo que ahora mismo experimentaba eran celos en un grado inaceptable tratándose de Juliette.
De pronto sentí su mano reteniéndome por el brazo.
- A ti te molesta que te haya sacado de 'tu cama' – me dijo enfadada.
¿Ella me reclamaba a mí?
Me giré hacia ella y la sujeté con mi brazo libre. Maldita fueras Juliette.
Tomé sus labios sin aviso. Me adentré en su boca con un solo movimiento, repasé su humedad y la solté, cuando noté que mi cuerpo respondía a la pasión.
La miré profundamente.
- He estado componiendo hasta las seis de la mañana – le conté – el arte no tiene horario ¿sabes? a las nueve y media me llama Johann, porque su madre no llegó a dormir y Mary se tenía que ir.
- Pero… - no le permitiría hablar.
- Así que no me vengas con tonterías – me zafé de su agarré y la solté igualmente.
Juliette me quemaba en las manos, en la boca y en el cuerpo entero.
El cigarrillo se había consumido hasta la mitad. Sacudí la ceniza y me lo llevé a la boca, noté el tacto suave del filtro contra mis labios, apreté y aspiré una vez más, dejando que el humo limara mi garganta. Volver a sentir a Juliette, haberla besado, había sido como tensar la cuerda de mi resistencia hasta el límite.
Se mostraba enfadada por el regalo que les había hecho a los niños. Pero sabía que su enfado real estaba oculto tras esa excusa.
- ¿Que te tiene molesta en realidad? – la enfrenté
Y la desarmé. Pude ver en sus ojos, su propia sorpresa, ni ella misma comprendía lo que nos estaba pasando.
Miré su boca, que se había quedado entreabierta, y deseé con hambre introducirme en ella hasta lo más profundo. Abrirla con mis besos.
Me acerqué, sosteniendo su rostro entre mis manos. La puerta tras de ella, y mi deseo ardiendo. Pero no la besé, de alguna manera sabía que la línea era muy fina, casi invisible, pero entonces Juliette cerró los ojos por los dos y se apoderó de mi boca como un veneno dulce, infernal.
Me apreté contra ella, notando los efectos del veneno en mi cuerpo, que respondía con celeridad.
Un par de golpes en la puerta nos despertaron de improviso, y me moví de su lado, como si me quemara.
Exhalé y dejé que el humo se difuminara frente a mí, como el recuerdo.
Algo estaba sucediendo con Juliette, la forma en que mis sentidos respondían a ella, habían quedado de manifiesto con ese beso, que yo había insinuado, pero que ella había aceptado plenamente.
Y ahora mismo, mi cuerpo ardía por la frustración, del mismo modo que lo hacía la llama del cigarrillo que ahora apagaba contra el cenicero.
La mano de Carol se poso sobre mi hombro.
- ¿Insomnio? – me preguntó, sentándose a horcajadas sobre mí.
- Un poco.
Respiré profundamente, cuando su centro me presionó.
- Mmm… estás algo tenso – se mofó ante mi evidente entusiasmo.
Cerré los ojos. Notaba la presión en mi vientre, el deseo purgando por liberarse. Y Carol no dejaba de rozarse contra mí.
Abrí los ojos y los suyos felinos, me miraban entreabiertos, su boca se pegó a la mía, la besé al principio con inseguridad. Carol era la mujer con la que compartía mi vida ahora, una mujer amable, apasionada y dulce, que me hacía feliz. La pegué un poco más a mí en un abrazo.
Podía escuchar su respiración agitada, percibir el calor y la humedad de sus besos.
- ¿Lo haces tú, o lo hago yo? – me preguntó, con esa desinhibición que la caracterizaba.
No respondí con palabras, sin embargo escuché el crujir de la tela de su ropa interior, justo antes de enfundarme en ella.
Su gemido resonó en mi mente tan profundamente, que trajo a mi memoria, con una frescura escalofriante, los gemidos de Juliette. Y le hice al amor a su recuerdo. Con la amargura de la vergüenza en los labios, mientras besaba a Carol.
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Tres días más tarde, me encontraba estacionado fuera de la tienda de Juliette. La joven que siempre estaba con ella, había vuelto de comer hacia unos minutos. Y yo aún no lograba saber qué era lo que buscaba estando ahí. Mi teléfono móvil llevaba más de una hora sobre el asiento del copiloto, el mismo tiempo que llevaba yo en este lugar.
Dejé caer la cabeza, apoyándole en el respaldo del asiento. Le había dicho a Juliette que la llamaría, pero en realidad no sé que esperaba decirle.
¿Siento lo del beso?, ¿olvidemos lo sucedido?
No, no podía olvidarlo, y tampoco lo sentía. Ahora mismo sólo era capaz de comprender lo mucho que la deseaba. Quizás era simplemente deseo físico, con el tiempo el amor romántico pasa a segundo plano ¿no?, somos más instinto y menos corazón.
¿O no?
El piercing de mi lengua amenazaba ya con romper mis dientes, no había logrado dejar de jugar con él durante todo el tiempo que llevaba aquí.
Volví a mirar dentro de la tienda. Y entonces vi que Juliette salía a tomar el aire hasta la puerta.
Me moví tontamente con la idea de hundirme en el asiento, para que no me viera, pero luego caí en que el vidrio de la ventanilla era polarizado, y mientras no me mirara por el parabrisas, no sabría que estaba aquí. Además, hoy traía el coche de Tom. No, no había manera que supiera que era yo.
Así que la miré desde la distancia, cuánto metros nos separaban en realidad, ¿siete, ocho quizás?
Traía el cabello ligeramente recogido, lo que ayudaba a que se destacara su cuello esbelto. A lo largo de los años, había conocido a muchas mujeres hermosas, de diferentes razas y culturas, pero Juliette me seguía pareciendo extrañamente bella. Sin ser extraordinariamente hermosa, era una mujer atrayente, misteriosa.
Se dio la vuelta y volvió a entrar en la tienda, me sentí angustiado, irreflexivo, y por primera vez en mucho tiempo, espontaneo.
Tomé el teléfono junto a mí y marqué su número.
- Hola – la escuché decir, con la voz contenida.
- Estoy aquí fuera en el coche de Tom – le dije.
Sin comprender en realidad qué esperaba que ella dijera. Pero lo supe en cuanto respondió.
- Bien.
Cortó la llamada, y en menos de dos minutos la vi aparecer, con su abrigo puesto y el bolso colgando del hombro.
Miró un poco el lugar, buscando el coche que podía ser de Tom. Yo bajé la ventanilla lo suficiente como para que me viera, y Juliette cruzó hasta él.
- Hola – dijo en cuanto se subió.
Se mordió el labio con nerviosismo.
Nos miramos fijamente, ambos sabíamos muy bien lo que ocupaba nuestras mentes.
- Ponte el cinturón – le respondí.
- Sí – asintió
Y salimos de ahí.
Yo la había llamado, y Juliette había venido. No había mucho más que decir.
Marqué el número de un conocido que tenía en uno de los mejores hoteles de Hamburgo, Final del formulario
Grand Elysee.
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- ¿Fran? – Le pregunté – Hola, Bill
El hombre me saludo con su amabilidad habitual. Muchas veces durante nuestro tiempo de residencia en Los Ángeles, él se encargaba de nuestra estadía en Hamburgo, cuando no queríamos que los medios se enteraran.
- Sí, como siempre – le dije – okey, gracias Fran
El silencio entre Juliette y yo se mantuvo hasta que estuvimos en el estacionamiento privado del Hotel.
Cuando detuve el coche, noté que me temblaban levemente las manos. El corazón me había estado latiendo un poco más deprisa de lo habitual, desde que habíamos tomado la autopista. No quería pensar en lo que estaba haciendo, sólo quería hacerlo. Miré a Juliette, pensando que quizás ella se negaría en algún momento a estar aquí conmigo, pero ella sólo me miraba con la misma extraña sensación que me oprimía a mí el estomago. La incertidumbre, el nerviosismo, las mariposas que hacía tanto que habían dejado de revolotear.
- ¿Vamos? – le pregunté.
No nos habíamos tocado ni una sola vez en todo el camino. Y no lo haríamos aún.
- Sí – aceptó con una única palabras, que parecía graficar todo lo que ella también estaba sintiendo.
En cuanto salimos del coche, nos aventuramos hasta el ascensor. Marqué la planta cinco y esperamos hasta llegar ahí.
Seguíamos distanciados por varios centímetros, como si temiéramos tocarnos.
En cuanto el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, nos encontramos con Fran.
- Hola Bill, señorita – se dirigió a nosotros.
- Hola – respondimos Juliette y yo.
La boca se me había secado.
- Es aquí – dijo, cuando nos encontramos frente a una habitación.
Nos abrió la puerta y nos sonrió.
- Si necesitas cualquier cosa, ya sabes mi número.
Se alejó con la misma discreción con la que nos había recibido.
Cerré la puerta. Respiré profundamente, y me di la vuelta.
Juliette me miraba desde la mitad de la habitación. Aún con el abrigo puesto, dejando caer el bolso al suelo, cuando comencé a acercarme a ella.
"Tócame, trátame, ámame, siénteme… esta noche"
Continuará…
Wawwww… casi me muero.
Madre mía, estos dos me tienen en un "sin vivir" ¡!... cada nuevo capítulo, es una nueva hazaña, tienen una vida de lo más complicada, sé lo que quieren, pero no sé como dárselos para que o resulte incoherente. En fin, ya ven, me traen loca.
Al final los personajes se mandan solos, siempre lo digo…
Besitos y me dejan sus comentarios.
Siempre en amor.
Anyara
