Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : ) Ya sólo falta el epílogo así que aprovechad.
29. SANDOR
Sandor avanzó hasta la sala del trono donde el rey celebraba la audiencia por su vuelta. Su pajarito le seguía con pasos cortos pero rápidos. Era difícil seguir las grandes zancadas del Perro. Cuando llegaron, todo el mundo les estaba esperando. Clegane sujetó el brazo de su esposa de manera muy poco cariñosa, pero sin hacerle daño, para darle realismo a la escena y la arrastró hacia el frente, justo bajo las escaleras que separaban a un hombre cualquiera del lugar destinado para el rey.
Joffrey tenía a sus pies la cabeza de Beric Dondarrion y sonreía de forma descarada, deleitándose en lo grotesco de la escena. Cuando le vio llegar, alzó los brazos y demostró la alegría que sentía de poder ver muerto al traidor.
–¡Mirad todos al héroe del reino! ¡Siempre supe que mi perro sería el primero! Es mucho mejor que el perro de mi abuelo –exclamó, mirando a Lord Tywin con una sonrisa de satisfacción y orgullo.
Sandor hizo una reverencia y miró a Sansa para que ella también la hiciera. Sabía que tenía que estar muy asustada y que quizás el terror que sentía, le haría perder los modales por un momento. Al final, ella también se inclinó, con la vista fija en la prueba que su marido había traído de vuelta. Probablemente estaría recordando la vez que Joffrey le sacó al campo de picas para que viera lo que quedaba de su padre, clavado en una estaca. Sandor recordaba perfectamente ese día, él evitó que se arrojarse al vacío con tal de acabar con el rey. Le ofreció su pañuelo cuando Joffrey le dio una bofetada. Y ahora ha sido ella la que te ha dado su pañuelo como señal de protección. Clegane lo había conservado, pero con las prisas de la audiencia, no había encontrado un momento para devolvérselo.
El rey bajó en ese momento las escaleras, hasta quedar a la altura del menor de los Clegane, el único Clegane vivo que quedaba. Posó las manos sobre sus hombros antes de hablar.
–Has servido bien, mi buen Perro. Sabía que no me fallarías y que cumplirías con tu misión. He oído que has sido quemado de nuevo y todos maldecimos al falso Dios del traidor por eso. Pero tú has demostrado que no se puede escapar ni de la justicia del Rey ni de los Siete –sonrió antes de mirar a su joven esposa, que mantenía la vista fija en los restos de Dondarrion–. ¿Te gusta la visión, Sansa? Como ves, todos los traidores acaban de la misma manera. Algún día también tendré tu cabeza.
Las manos de Sandor se cerraron en puños ante las palabras del rey, pero intentó calmarse. Ahora él estaba con ella y podría protegerla. Tenía que sacarla de ahí y lo sabía.
–Todo eso que decís está muy bien, alteza –dijo con la impaciencia e insolencia por las que era conocido en la sala del Trono–. Pero quiero mi recompensa. Vos me la prometisteis y sé que sois un rey fiel a vuestra palabra. Lo he pensado muy bien y sé qué voy a pedir.
Todo el mundo se quedó muy callado, esperando la respuesta del rey. Joffrey volvió a subir las pocas escaleras que había bajado y se sentó en el trono.
–Habla, perro. Lo que pidas te será concedido. Soy un rey generoso y la gente debe saberlo.
Sandor carraspeó un segundo antes de hablar. Era su momento y era ahora o nunca. De él dependía el futuro de su pajarito.
–Quiero tomar posesión de las tierras de mi familia. El antiguo Lord Clegane está muerto, sin ninguna descendencia. Soy el heredero de mi padre y quiero tomar posesión de mi castillo. No pido oro ni joyas, símplemente lo que es mío por derecho. Me mantendré fiel a la corona y como nuevo Lord a vuestro servicio acudiré a vuestra llamada con mis hombres, como cualquier otro vasallo –hizo una pausa antes de seguir con su discurso–. Estoy cansado del olor de esta ciudad de ratas. Quiero irme. Ya es hora de que la joven loba tenga su primera camada. Los cachorros han de crecer en la perrera. Es lo justo.
Las risas de algunos de los nobles que se encontraban en la sala no tardaron en llegar. Esperaba que al rey también le hiciera gracia, aunque por la cara que tenía, no lo había logrado. Estaba serio y miraba a Sansa casi enfadado. Sabía que no podía negarse, pero a la vez deseaba hacerlo. Se levantó y alzó las manos para que la gente guardara silencio.
–Es justo lo que pides, como bien has dicho. Pero no puedo dejar que la traidora se vaya del castillo. Sería un riesgo que no estoy dispuesto a correr. Puedes marcharte, perro, Lord Clegane a partir de ahora, pero tu esposa ha de quedarse –miró a Sansa con una sonrisa cruel, dándole a entender que no iba a poder escapar de allí nunca.
Sandor abrió la boca para alzar la voz y defender sus derechos. Era su esposa y ahora le pertenecía. Mientras las cosas siguieran así, su lugar estaba con su marido, y su marido era él: el nuevo Lord Clegane. No sabía si su pajarito era consciente de lo que estaba haciendo por ella. No sólo iba a enfrentarse al rey hasta que le diera lo que pedía. Sandor acababa de convertirse en un Lord. Uno de esos a los que tanto odiaba y tantas veces había maldecido. No era algo que quisiera hacer, no era un puesto que él deseara, más bien todo lo contrario, lo detestaba. Sin embargo, era la única salida que Sansa tenía. Y Sandor le había hecho una promesa.
Fue entonces cuando alguien se levantó. Alguien a quien no había prestado atención hasta ese momento. Una mujer, que apenas era eso. Una niña, como su esposa: Margaery Tyrell, la prometida de Joffrey. Pronto se celebraría la boda y al parecer tenía algo que decir.
–Os pido perdón, mi rey, pero creo que debo hablar. Hace mucho tiempo que guardo esta pena en mi corazón y creo que es momento de confesarla –se quedó en silencio unos momentos hasta que se colocó al lado de Joffrey–. No creo que sea prudente que una mujer con la que habéis estado prometido, siga viviendo bajo nuestro techo.
Sandor sabía lo que Margaery estaba haciendo. No quería bastardos al igual que no quería que alguien compitiera por el cariño de su rey. Era normal, y achacar su envidia a los celos no era nada del otro mundo. Podía funcionar…
–Pronto estaremos casados –continuó la joven–, y no creo que deba estar aquí el día de nuestra boda. Sería una pena que Lord Clegane se la perdiera, pero como vos habéis dicho, no puede quedarse sola. Sandor Clegane ha demostrado valor y devoción a la corona. No la dejará marchar. Es el mejor guarda que la hija del traidor, Lord Eddard Stark, podría tener. Debéis dejar que el pasado se quede atrás. Nosotros vamos a emprender un nuevo futuro y en él no habrá traidores. Esa palabra dejará de conocerse en Poniente porque todo el mundo estará contento con sus reyes y su trato y preocupación hacia su gente.
Algunos vítores se oyeron en la sala y pronto todo el mundo cantaba vivas por el rey y la futura reina. Sandor se dió cuenta entonces del poder que tenía la joven Tyrell y cómo había gobernado Cersei hasta entonces. La influencia que tienen las mujeres sobre los hombres les dan poder. Miró a su pajarito y se dio cuenta de que él también estaba sometido a una mujer, pero a diferencia de las dos reinas, su pajarito tenía un corazón bueno y puro y tan sólo quería vivir en paz. No ansiaba poder o riquezas. Tan solo quería ser feliz y Sandor intentaría con todas sus fuerzas que así fuera.
El rey alzó la voz, con una sonrisa dibujada en la cara. Sandor sabía que era una sonrisa falsa, pero escuchó sus palabras atentamente.
–No hay nada que pueda negarle a mi prometida –miró a Sandor e hizo un gesto con la mano como si no le costara nada decir las siguientes palabras–. Llévatela, perro. Si escapa, toda la ira de la corona caerá sobre ti. No quiero que la traidora arruine o gafe mi boda. Ningún Stark volverá a pisar Desembarco del Rey. No queremos sangre traidora cerca de nuestra buena gente.
Sandor no necesitó más. Cogió de nuevo el brazo de su pajarito y tiró de ella fuera de la sala del Trono. Lo había conseguido y tenían que marcharse antes de que el rey cambiara de opinión. Cuando salieron de allí, aún se oían los vítores por los futuros reyes.
