Cuerpo cautivo


Albert Wesker & Claire Redfield


Capítulo 29: La naturaleza del sacrificio

And the walls kept tumbling down

in the city that we love.

Great clouds roll over the hills,

bringing darkness from above

But if you close your eyes,

does it almost feel like

nothing changed at all?

And if you close your eyes,

does it almost feel like

you've been here before?

How am I gonna be an optimist about this?

Bastille – Pompeii


Descargo de responsabilidad: Perdón. Perdón. Perdón. Capcom es el dueño de todos los personajes. Perdón. Perdón. Perdón. Nada me pertenece exceptuando la trama de Cuerpo cautivo. Perdón.

Nota de la autora: Sí, sé que me tardé una eternidad. Sí, sé que les fallé. Se me cae la cara de vergüenza. Pero si hay algún consuelo, es que la universidad me enseñó cómo hacer estos relatos mejor, y les daré capítulos que superen lo que hasta ahora he conseguido. Mucho o poco, ustedes juzgarán. Les pido una disculpa y espero no haberlos perdido en definitiva. Sin embargo, debo aclarar que prometí acabar la historia y no soy de la clase de personas que tira promesas al aire. Tengan un poco de fe en mí y sobre todo, mucha paciencia porque estoy muy lejos de la perfección. Trabajé para mejorar como narradora y poder ser una escritora de respeto en un futuro.

Dedicatoria: Este capítulo va para la mafia del foro Resident Evil: Behind the horror. Es el proyecto que iniciamos juntas y que por ellas se ha mantenido. Me apoyaron con el inicio de mi carrera y son un maremoto de risas e imágenes graciosas. Las adoro. También para aquellos lectores que no se han defraudado de mí o de este relato.

Aquí vamos…


Despertó y ya no había nada.

El hambre devoró sus entrañas, la oscuridad la dejó ciega, los golpes debilitaron sus músculos al punto en que no podían sostenerla más. Ya no existía el ardor de las quemaduras ni las arcadas de vómito. Los escalofríos torturantes de su espalda y los sudores fríos que le ennegrecían la piel habían parado su avance desesperado a través de sus vértebras calcinadas por la inmovilidad.

Claire Redfield se convirtió en lápida antes de dejar de respirar. Se quedó paralizada en la silla de madera, respirando sólo cuando sus pulmones gritaban por clemencia, con las mejillas manchadas por una cascada salina que le llegaba hasta el cuello, y tan delgada que algunos huesos empezaban a saltarse en su cuerpo.

Horas de torturas constantes, tanto físicas como del abismo en el que sus pensamientos parecían perdidos, terminaron con su chispa. Ya no fluía a través de su cuerpo la energía que la caracterizó en un tiempo cada vez menos próximo.

Claire era la muñeca de trapo que Krauser había estado deseando utilizar para cumplir su fatídica venganza. Le destrozó el espíritu con las cuerdas de la soledad; y el cuerpo con las barras de acero puestas al rojo vivo en el brasero. Con los golpes y la certeza de que nadie habría de salvarla, Claire se tiró a un olvido selecto, a un vacío temprano que transportó su mente al museo en París, a la tarde cocinando faisán, a los días de películas con Chris y a las salidas al parque con sus padres. La pelirroja terminó por abandonar su ser físico y optó por el autismo como remedio para su calvario.

Escuchaba las palabras de Jack Krauser pero estaba escondida y a salvo en sus más tiernas memorias. Presenciaba los azotes, las sesiones de asfixia y los latigazos del otro lado de una casa de espejos, y hasta sus gritos le resultaban ajenos.

Sin embargo, hubo un sencillo acto que la despertó de su catatonía elegida, y fue ver a ese militar desequilibrado sostener de nuevo el teléfono celular. Fingió que su agotamiento la aproximaba al deceso, y pese a que no estuviera tan alejado de la verdad, todavía le restaba cierta fuerza para resistir. Aunque su parte pesimista trataba con empeño de prolongar la agonía.

—Volveré a marcarle a mi querido jefe. Quizá podremos, tú y yo, hacerlo cambiar de opinión —dijo una voz malévola proveniente de un cuerpo sin forma.

La cabeza de Claire ya no podía ser sostenida adecuadamente por su cuerpo. Jack se aseguró de que lo mirara a los ojos aprehendiéndola del cabello sucio con brutalidad.

— ¿Le molestaría gritar un poco más fuerte esta vez? Ya sabe, para aumentar la tensión. Usted es mi mejor actriz.

Al horrendo militar le encantaba concluir todas sus sádicas sentencias con una carcajada gutural. Espantó a la totalidad de ratas habitantes de aquella pútrida prisión.


—Su respiración es débil, tiene taquicardia, espasmos y sus pulmones no se escuchan muy bien. La fiebre podría causarle alucinaciones y los medicamentos calmantes implicarían un riesgo para sus riñones. Todos son síntomas manejables, pero la causa subyacente, conociendo su historial médico… claramente se debe a la prolongada exposición a ese suero estabilizador del virus que reside animosamente en su interior —señaló una voz fría y profesional.

Wesker sonrió ladinamente.

—Si quisiera escuchar lo que ya sé, habría traído un loro —dijo Albert Wesker a su médico: se abrochaba la camisa bañada en sudor y lo perforaba con una mirada glacial.

Marcos Hemingway observaba el intercambio desde una esquina del estudio. Sospechaba que detrás de los cansados ojos rojos de su jefe se ocultaba un dolor siniestro; no lo dejaba descansar y lo había motivado a abandonar el hermetismo y la autosuficiencia para solicitar el auxilio de un doctor que ciertamente tenía conocimientos limitados, pero capaz de brindarle la falsa posibilidad de hallar un remedio para la multiplicidad de sus males. Porque quizá, y sólo quizá, Wesker había estado tan ciego de poder y odio, revestido de soberbia, que jamás contempló la posibilidad de omitir una pieza de su rompecabezas.

El doctor tuvo la intención de mostrarse indignado, pero su paciente no parecía tener el humor necesario para lidiar con un orgullo herido. Aunque tampoco parecía tener la fuerza de antaño y prestancia necesarias para sacar su magnum y disparar contra su empleado por su ineptitud y desobediencia.

—En su condición es difícil siquiera pensar en un diagnóstico favorable; y hablar de un tratamiento en este punto resulta complicado. Su sistema inmunológico está comprometido, y aunque la desintoxicación fue una decisión acertada… prever el rumbo y ritmo para una recuperación… es incierto —inquirió el médico del escuadrón.

Para no ser cualquier tipo de charlatán, y tener conocimientos de nefrología, virología y citología, le faltaba experiencia para manejar un caso tan revuelto como el del tirano. Además de que no sería el típico paciente moribundo dispuesto a seguir al pie de la letra las ordenanzas de su gurú medicinal.

El hombre de ojos bermellón se pasó la mano por el cabello, exasperado. De haber sido otra la circunstancia, el médico estaría muerto en el acto. Tuvo que reprimir sus deseos de hacerle una seña a Mad para eliminar a aquel crédulo papanatas que se pensaba con la autoridad de darle una lectura a un científico como él.

Los ojos de reptil de Wesker se iluminaron con una aureola amarilla; espantó al profesional de bata blanca quien retrocedió y apartó su mirada del antiguo capitán de los S.T.A.R.S.

—No necesito… un sermón. Pregunté… le pregunté si entre su minúsculo repertorio de saberes podía encontrar… una forma de controlar la cepa que le mostré en el microscopio, con otro factor que no sea ese maldito suero. Aunque… —El general hizo una pausa; contempló a su interlocutor por encima de su altura y agregó venenosamente— al parecer en su mediocre formación apenas recibió la medicina más básica y banal. Y le advierto: no por haber solicitado su presencia necesito escuchar sus discursos baratos.

No le pedí una lista de síntomas; quiero soluciones —sentenció Wesker finalmente.

El diseñador de modas y francotirador experto se sorprendió de la debilidad reflejada en la voz de su jefe. Y aun con todo, tenía tanto de imponente y atemorizador, que casi pudo escuchar la saliva siendo empujada hacia abajo por la manzana de Adán del joven doctor.

Hemingway observó a su superior de manera inquisitiva, como no lo había hecho desde que éste le prohibió hablar de Claire Redfield o siquiera hacer mención de su existencia. Lo cierto era que hasta el diagnóstico del hombre de salud sonaba positivo. El general estaba pálido, más de lo que su tono natural permitía; los círculos de carbón pronunciaban sus pómulos y se veía como un rey tallado en hielo, filoso por el peso perdido; le temblaba la mano derecha, y su pecho se inflaba con irregularidad.

—Sólo… podemos seguir este curso: calmar los efectos de la desintoxicación. Recomendaría descanso, morfina si el dolor aumenta, paralizadores para detener los espasmos.

—No necesito descanso —rebatió el rubio. No perdió la oportunidad de golpear la mesa en donde se hallaba apoyado con intenciones de levantarse—.Pregunté por una vía para restablecer el virus en mi sistema por al menos 48 horas, y más tarde, continuar su drenado fuera de mi cuerpo. Es necesario que se mantenga estable y retornen ciertos… beneficios que obtengo de él. Tengo que viajar y sabe que mis tareas no permiten retrasos ni dilaciones.

El médico palideció.

—Es… es imposible. La única forma de restaurar sus habilidades es reinyectándose. Sin el suero estabilizador que le ha causado tantos problemas por la exposición a largo plazo, no podría vivir con el virus en su cuerpo más allá de su primera dosis… Dos o tres días, quizá menos por el desgaste previo. Y si vuelve a tomar el suero, probablemente sería cuestión de horas. De cualquier manera, es una sentencia de muerte segura —finalizó el médico.

Odiaba esa palabra. ¿Imposible? Para él no existían imposibilidades. Aun enfrente del quicio del infierno él sería incapaz de aceptar su destino; Wesker había nacido para la grandeza, no para el olvido.

— ¡Largo! —bramó el ex—capitán de los STARS. Caminó sosteniéndose por la orilla del escritorio.

—Pero, señor…

— ¡He dicho largo! No necesito de sus paliativos, ¡no me sirven! ¡Fuera de mi vista antes de que prescinda de sus servicios definitivamente! —amenazó el tirano con una mano en el abdomen y la otra apretando su revólver.

El joven doctor salió trastabillando entre los papeles y libros. Marcos Hemingway, con sus lunáticos ojos eléctricos y su sonrisa desequilibrada, se mantuvo impasible en el fondo de la habitación. Sospechaba las causas del tambaleo de aquel monarca sin corona, pero no podía cerciorarse. Su actitud bohemia, su despreocupación por la normalidad y su desprecio a la lucidez, no permitían que su perspicacia adivinara el verdadero malestar de su general. Porque no eran los males del cuerpo, sino la impotencia de ver que se le escapaba el poder de las manos, lo que estaba acabando con él. La gloria, el poder infinito, los poderes: todo aquello que le separaba del resto de los mortales se estaba filtrando entre sus dedos y nadie podía detener su declive.

Había una necesidad, un impulso, un problema que Wesker necesitaba solucionar y no lo conseguía. Se volvía humano, minuto a minuto, segundo a segundo, y esto lo convertía en un ser susceptible a la frustración, a la rabia, a las emociones que más detestaba. Bloqueaba su frialdad, su capacidad de mantenerse inmutable ante sus enemigos. Su peor enemigo ahora resultaba ser su cuerpo y estaba irremediablemente encadenado a él.

—Sal, Marcos. Mantenme informado de cualquier novedad—. El tono de voz de Wesker cambió ligeramente, a un volumen de resignación parecido al que tenía después de un día largo en la estación de policía.

—Sí, general. Como usted ordene —respondió Mad. Dio un saludo militar, cuadrado y gallardo, para retirarse del estudio sin agregar más. Su curiosidad escabrosa pudo haber intervenido para preguntar por el paradero de la señorita Redfield, pero por el gesto frívolo y distante de Wesker, creía poder adivinar el destino de aquella espontánea pelirroja. Y le pareció una verdadera lástima.

Al quedarse solo, el general volvió a padecer las punzadas vigorosas y latentes en la parte lateral de su cabeza.

A tientas, se guió por las orillas del escritorio hasta llegar a uno de los sillones de lectura ubicados en su estudio, donde se derrumbó con una fuerte exhalación.

Conocía sus limitaciones, aquello no había sido lo frustrante, sino escucharlas brotar de los labios de un mortal, y ser expuesto a la verdad de que ni sus aspiraciones divinas ni la medicina terrenal habrían de curarlo.

Se preguntaba cómo era posible perder tanto en tan poco tiempo, y maldijo el día en que secuestró a esa pelirroja. Maldijo sus rasgos, sus besos, sus formas y su ausencia.

Ahora iban a matar a la muchacha y él estaba impedido en cuerpo para salvarla.

Todo dictaba que no era su obligación; no había deuda, y aun si ésta existiera, él era Albert Wesker, y no tenía la necesidad de cumplir promesas absurdas y sentimentales. Ya no por el hecho de no amarla, sino además recordando que ella era su enemiga.

En el momento en que decidió echarla de su lado, la privó de su antiguo significado; ahora sólo era una mujer más del montón. Debía serle indiferente como las demás. Debía dejar que muriera dolorosa y lentamente, pues luego de traicionarlo, eso era lo que merecía.

¿Qué importaba si eran Krauser, o el frío, o el hambre, sus verdugos? Su parte objetiva le dictaba que aquéllo era lo que menos debería preocuparle. Lo crucial y alegre del cuento era que al fin se libraría de esa mujer; podría descansar de las estúpidas emociones e impulsos que despertaba en él.

¿Por qué, entonces, se sentía impotente, furioso, y sólo pensaba en una manera de reparar su ser lo suficiente como para enfrentar a Jack Krauser y traer a la necia pelirroja de vuelta? ¿Por qué infravaloraba su integridad, menospreciaba sus síntomas, al grado de reflexionar por un segundo si quería luchar contra la enfermedad o sólo estaba retrasando lo inevitable? ¿Qué le había hecho Claire Redfield? ¡Él se moría! ¡Debería de estar consternado por él, y sólo por él, por su bienestar, por su condición de próximo gobernador universal! ¡Debería de encerrarse en su laboratorio para buscar desesperadamente una manera de retrasar su caída, curar sus padecimientos, volverse más poderoso con cada segundo transcurrido en el reloj!

Pero no era así. En lo que su astuta mente estaba indagando eran paliativos, 'parches' con los que pudiera reponerse lo suficiente como para enfrentar a su enemigo. Escuchaba en su interior los gritos adoloridos de Claire y su llanto, e imaginaba a su antiguo subordinado, ese pelafustán desquiciado, acariciando su cuerpo, besándola a la fuerza y torturando cada una de sus extremidades con un sádico placer.

Las imágenes de Claire hundida a los pies de ese traidor parecían inspiración suficiente para levantarse de su lecho de enfermo e inspirarse pensando que con o sin él virus, él sería capaz de defender a la mujer que tanto amaba y odiaba, y seguía soñando a pesar de que su mente deseaba olvidarla.

Se llevó la mano al rostro que se veía sombreado por el nacimiento de vello facial, apoyando el mentón sobre su palma.

Otra imagen de la pintora acudió a su cabeza, la diosa griega, desnuda para él; ésta fue interrumpida por la de un cuerpo sangrante arrojado al fondo de una celda mugrienta, apenas respirando, cuyo camino rojizo se trasladaba hasta los límites de su prisión. Tenía los cabellos de hoguera arrancados a manotazos del cuero cabelludo y se le escuchaba llorar.

Albert dio un golpe a la superficie del sillón. Se apretó ambos globos oculares con los dorsos de sus palmas, y se juró que la imaginación era quizá más indeseable que la alucinación. Perdería la cabeza si se quedaba estático en ese lugar. Se sentía atrapado entre paredes, recuerdos y la absoluta impotencia, y los reproches a su inteligencia, a su cuerpo cada vez más debilitado. Estaba sintiendo la culpa que aprendió a bloquear, los sentimientos que aprendió a reprimir; revivía al tiempo las vivencias, las mentiras, la muerte…

Regresaba al fuego del volcán, a las garras del tirano atravesándole el pecho, a los disparos que lo quemaron desde adentro y que ignoró campalmente porque era un superhumano, imperecedero, un hombre de acero intocable y sereno. Un semidiós, un demonio extraído del infierno.

Y entre todo el dolor que experimentaba su cuerpo ahora en decadencia, retornaba el retrato exacto y envidiable de la chica más irracional, voluble y cambiante; la que demostraba la compasión que él repudiaba, el amor que él menospreciaba y cuya mirada verdemar seguía persiguiéndolo en sus malas noches de fiebre. Se mostraba triste y abandonada, a veces hermosa y risueña, y otras pocas, siendo tomada a la fuerza por Jack Krauser. Y él tenía que salir al baño vomitando sangre y devorándose la rabia como un manjar que le alborotaba la bilis y le devolvía la fuerza de sus años mozos.

Estaba a punto de marcharse a su habitación a hundirse en un olvido bondadoso cuando escuchó un ruido mortal que le hizo volver el rostro: era el timbre de su celular.

Lo vio tan lejano, en el escritorio, que lo dejó sonar hasta que se fue a buzón. Se recargó contra una de las estructuras de madera, agotado por el corto tramo recorrido y los pensamientos torrenciales circulantes en su cerebro exhausto.

—Amigo, jefe, colega —se mofó la voz de Krauser al otro lado de la línea. —Deberías de contestar. Hay alguien a quien le gustaría hablar contigo.

Albert Wesker avanzó unos pasos más con dirección a la salida del estudio, dispuesto a dejar todo atrás, dispuesto a olvidar y dejar pasar, no disfrutar de la efímera gloria de unas piernas tersas y deliciosas, de las caricias, las sonrisas y la delicadeza femenina que había tocado su vida. Pero el altavoz se propuso torturarlo y no dejó de sonar.

—Vamos, jefe. Sé que estás ahí. Sé que escuchas este mensaje; eres un claro ejemplo de la megalomanía obsesiva, no puedes evitarlo —aseveró Jack Krauser.

No quería darle el gusto de responder. Hubiese deseado mostrar la indiferencia de años pasados; la que demostró al inyectar y escuchar morir a Excella, la que expresó al ser encarado por Chris y Jill en el laboratorio subterráneo; aquella arma que lo protegía de los daños, que lo volvía superior a los débiles y sensibles humanos. Buscó salvarse en su amedrentada condición de la posibilidad de sentirla, de desearla, de que su cuerpo se rindiera a la necesidad de rescatarla y sacrificara su vida por alguien que sólo deseaba verlo muerto.

No obstante, lo que pasó en esa mansión, y pese a sus negativas, movió su núcleo; revivió en su interior los fantasmas de la humanidad, sanó heridas que continuaron sangrando durante años y él ignoró; lo atrapó con naturalidad y sin aparentes estafas. Pero al final todos fueron embrujos de mujer que lo condenaban a cuidar de ella desde el día que cayó —en su perfume, en sus brazos, en sus tratos dulces de enfermera— y para siempre.

—Al menos despídete de tu muñeca. — Albert se aproximó unos pasos al celular, por primera vez en lo que parecían siglos, trastabillando por la debilidad de sus piernas—. Con el desinterés que has mostrado hacia ella… bueno, es obvio que no me será de utilidad. Al parecer me equivoqué —y por el tono en que Krauser lo dijo, Wesker intuyó que lo decía de dientes para afuera, y su antiguo subordinado seguía apostando por la 'relación' que existía entre Claire y él, para finalmente atraparlo.

—No pienso conservarla por mucho tiempo: sólo hasta que me aburra de follar con ella —sentenció aquel insoportable militar de cuarta, convertido en una intensa migraña para el ex capitán de los STARS.

Era predecible: las violaciones eran su debilidad, su punto de discordia; perdía la cabeza tan sólo de escucharlas mencionar. Le parecía que un hombre respetable, un militar digno, un gobernante poderoso, no podía caer ante los requerimientos más primitivos de tomar a una mujer por la fuerza.

Wesker terminó de recorrer la distancia que lo separaba de su teléfono inteligente y lo tocó. Le tembló la palma por los espasmos que ya no se controlaban ni con medicinas anticonvulsivas.

—Entonces, camarada, ¿vendrás?, ¿o la escucharás tomar su último aliento a través del celular? La única forma de que prolongues la vida de esta zorra es que te dignes a levantarte de tu "trono" celestial y vengas por ella —inquirió el hombre de boina y botas; su pronunciación indicaba lo apretado de sus dientes y hasta el odio que emanaba de sus poros.

El tirano levantó la bocina. Al intentar hablar percibió su aliento cálido por la fiebre y el sabor pegajoso del cobre en su garganta.

—Esto empieza a resultar predecible, Jack —interrumpió Wesker. Se apoyó en la superficie marrón de su escritorio y terminó por convencerse de que hablar sentado sería la mejor opción; con la cólera y la taquicardia sería posible que cayera inconsciente antes de colgar.

— ¡Qué alegría, querido jefe! Pero muy mala educación; debes de saludar antes de insultar.

Lo odiaba, de verdad que lo odiaba. Su subordinado no sólo era pretencioso sino que tenía el imperdonable defecto de perder el estilo mientras aparentaba ser superior.

—Será mejor que hayas pensado en una estrategia más ingeniosa para captar mi atención; no sé si podré soportar tu irritante persistencia y no cortar la línea —inquirió Albert Wesker con desgana.

—Por supuesto que podrás. Esta vez no fui yo quien deseaba escucharte.

La desgana le duró poco al ex capitán. Si no era Jack el interesado, por fuerza tenía que ser Claire. No se imaginaba qué podría estar buscando; había jurado odiarlo a muerte, y no había motivo para buscarlo.

¿Jack la quebró lo suficiente, arrebatándola de toda dignidad, como para que le rogara salvarla? Wesker lo dudaba; sin embargo, sabía perfectamente lo que la tortura física y mental era capaz de hacer inclusive con el individuo más fuerte.

El tirano se puso rígido.

—Lo cierto es, jefe, que ya no planeo hablar más; eres adicto a escuchar únicamente tu voz. Nunca admitirás la derrota—. Jack hizo una pausa luego de pegar un resoplido de toro en bravía. Casi se le fugó la risa burlona y victoriosa. Miró a Claire, quien había levantado débilmente la cabeza al verlo marcar; parecía ser la única acción capaz de librarla de la catatonía, y aquello hacía enfurecer a Krauser porque hasta el momento su persuasión había carecido de efecto.

— ¿Qué quieres, Jack? —cuestionó Albert Wesker, y se molestó tanto del tono cansado de su voz que terminó por golpear la mesa con sus nudillos.

—Hacerle un favor a la preciosa señorita Redfield. Me ha proveído de tanta diversión… Quisiera mostrarme como un hombre agradecido. —Jack Krauser no esperó respuesta del otro lado de la línea. Se acercó a la prisionera, quien con las pocas gotas de gallardía restantes en su interior, acribilló a su secuestrador con la mirada; un mirar débil pero rabioso.

Jaló a la muchacha de la sucia melena, arrebatándole una aguda expresión de dolor.

La apretó duramente hasta que las lágrimas ya corrían por sus mejillas; los nervios destrozados, la fatiga, el cansancio y la certeza de una muerte próxima la habían convertido en un manojo incontrolable de nervios.

— ¡Habla! —bramó el militar de la boina. Apretó aún más fuertemente su agarre de esos bellos cabellos rojos cuyo cuero amenazaba con empezar a sangrar.

La chica de ojos aguamarina guardó silencio. Se mordió los labios curtidos y ocultó sus orbes inundadas; las gotas de agua se resbalaron, y lavaron la mugre y sangre que cubría sus mejillas como una mascarilla de mórbido maquillaje.

— ¡Te digo que abras la boca, zorra! —al decir esto el antiguo compañero de León Scott Kennedy le propinó una bofetada que casi la regresó a la inconsciencia. Las lágrimas de Claire se grabaron en el suelo tal cual lo harían gotas negras de petróleo. Su cuello quedó doblado a la derecha, como si estuviera roto, y sólo volvió a su posición adecuada con un nuevo tirón de Krauser.

Ya se escuchaban sus sollozos en la bocina de Wesker. El hombre de gafas negras apretaba los puños, mas sus labios se mantenían en un silencio amenazante de ser perpetuo.

Fue en ese preciso momento en el que Claire Redfield le dio la bienvenida a la muerte. Se dijo que estuvo demasiado tiempo tentando sus garras y ya estaba en condiciones de pagar el precio. Sin embargo, no deseaba morir cargando con culpa y remordimiento. Quería decir que lo lamentaba. Lamentaba su posición y la del mismo Wesker. Se sentía herida por la traición que cometió él contra todo cuanto pudo llegar a importarle en la vida. Ya no sentía ni odio ni rencor hacia su persona o sus faltas; sino una tristeza y lástima insaciables.

La muchacha comenzó a llorar esta vez no en silencio, y los sollozos se escucharon hasta el otro lado de la línea. Wesker sintió un latido doloroso que atribuyó a la taquicardia: sus labios temblaron con la palabra prohibida: —Dearheart….

Al momento se arrepintió; recordó su odio hacia ella por desearle la muerte, y supo que ya no podía sostener esa postura, y estaba a expensas de que la joven Redfield dijera una sola sílaba para alentar su reacción furibunda. Un sonido de aquellos labios color cereza y se levantaría de la silla y de su miseria, de la autocompasión en cuyas garras estaba preso, y encontraría la forma de llegar hasta ella y librarla del abismo.

Claire Redfield emitió un grito de dolor cuando Krauser lamió su lóbulo y después lo hizo sangrar con una sádica mordida.

—Eres mía ahora… —le susurró el hombre de la boina a su oído sangrante. —Te han abandonado: los perdedores de la BSAA, el cachorro perdedor de Kennedy… y Wesker.

Pero Claire no lo estaba escuchando. Concentrada en la presencia del tirano, ni agradecer, ni pedir perdón, ni suplicar le parecía correcto; y sin embargo la pintora deseaba hacer las tres. Agradecerle por el limbo creado; pedirle perdón a Dios por las fallas de ambos y por permitir que la ambición de una élite de hombres arruinara su creación; suplicarle a Albert Wesker que detuviera a Krauser y dejara a sus amigos en paz. Ese era su mar de imposibilidades y su turbulenta esperanza, aunque era bien sabido que una Redfield jamás suplicaba.

—Albert… Ya no más —. Cuando el capitán escuchó la voz turbada por el llanto y el cansancio, experimentó la ansiedad más humana de su existencia. La distancia entre él y la dueña de esas palabras amenazó con enloquecerlo.

Albert Wesker no musitó ruido alguno, en un inicio. Todo cambió al escuchar otro alarido punzante de Claire: la tomaron de los cabellos cuya piel irritada ardía como el mismo infierno.

—Lo siento… —volvió a decir la joven con los labios curtidos y la piel mugrienta —.Lo siento tanto—. Wesker adivinaba que no se lo decía a él directamente. Eran los fantasmas de una infancia triste, una adolescencia irregular y pantanosa, junto a una adultez forzada los que finalmente la quebraron por dentro. La tortura física y psicológica probablemente había terminado con su mente, y de la leona pelirroja, la valiente doncella, quedaba sólo una masa trémula de temor y llanto.

El tirano de lentes oscuros se tragó la rabia y el nudo en la garganta formado por la impotencia.

Ya había permitido que se le fuera de las manos en tantas ocasiones por lo que una más le pareció una falla imperdonable. Además, estaba hablando de que la perdía por culpa de Jack Krauser. La inmunda cucaracha que en ese mismo instante destruía la belleza —externa e interna— de su cautiva. Era cierto: la dejó ir. Abrió la puerta de la jaula de oro para que el petirrojo escapara, y éste cayó al suelo herido de bala.

El antiguo tirano de todos los tiempos apretó el puño y sus uñas perforaron la carne pálida y amoratada por la falta de oxigenación.— ¡Ya es suficiente! —exclamó su interior. Clavó los ojos en el infinito y sonrió amargamente durante un parpadeo. Como Claire minutos atrás, él ya estaba aceptando la muerte; es más, la estaba buscando.

—Iré por ti.

No era una promesa, ya era un hecho. Sabía que aquéllo era lo que Krauser había estado esperando escuchar en esos tres días, pero poco le importaba el despilfarro y la enfermedad cuando no podía dejar de pensarla, respirarla, quererla y odiarla.

Así la bestia no viviría en paz; a Wesker le perseguiría el espectro celeste de una pelirroja enamorada. Porque vivir después de ella parecía blasfemia.

Claire escuchó la sentencia: "Iré por ti", y le pareció que estaba en una pesadilla aún más terrible donde lo veía morir encima de un charco de su propia porquería.

—No, no… eso… eso es lo que él quiere —respondió ella asqueada por la sonrisa sádica que adornó los labios curtidos de Jack Krauser; obtenía lo que su ambición tanto anhelaba.

—Me importa muy poco lo que él quiera, Claire —objetó el capitán con su tono totalitario. Se despegó del escritorio, caminando en el espacio vacío de la oficina.

—No lo hagas…

—No discutas más; esto no tiene nada que ver contigo.

—Te quiere a tí; si vienes… a él… no le interesa nada de mí.

—Deja de discutir —la última respuesta fría del tirano dio pie a que se hiciera un silencio sólo roto por la respiración rauda y poco sostenida del enfermo, y la acelerada por el cansancio y la fiebre de la pintora en desgracia.

—No pretendía... no quiero que mueras —la confesión de Claire le vino a Albert Wesker como un balde de agua fría luego de tantos años de insensibilidad.

En la soledad de su despacho, el general permitió a la sonrisa triste brotar del abismo pútrido de su mortalidad herida. Igual se iba a morir; lo deseara ella o no, el precio de rescatar a su cautiva, a su sueño efímero de una compañía eterna, era exactamente fenecer en el intento. Y no porque creyera que Krauser lo mataría con balas o en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, sino por la enfermedad que le circulaba por las venas y lo carcomía por dentro. Y necesitaba de nuevo de su virus y su suero, de las habilidades sobrehumanas como la fuerza y la velocidad. Con dichos elementos aseguraba la victoria; aseguraba que al menos uno de los dos retornaría vivo.

Y juraba con el alma —si es que conservaba la suya— que no iba por ella. Se prometía que la misión central era terminar con la fanfarronería de Jack, con sus aires de grandeza. Lo de sacar a la chica de allí era mero trámite… una coincidencia práctica de la situación. Puntos extra, si así quería llamarlo. Obtenía la satisfacción de seguirla torturando; burlarse una vez más de la ingenuidad y pena de su hermano mayor. Recuperaba los reproches repletos de humor, los brazos que lo envolvían con tanto apremio. Recuperaba la mitad del cuerpo que se le había escapado junto a ella. Recuperaba su sensibilidad.

—Lo sé, dearheart. Lo sé —murmuró el excapitán. Sin decir otra palabra, colgó.

En realidad no lo sabía, y pese a que rescatarla no era flagelación porque la necia pelirroja lo odiara lo suficiente como para desearle la muerte, tampoco estaba seguro de que ella se sintiera tan enamorada y le siguiera profesando aquel amor antiguo; un afecto que lo salvara del olvido.

No obstante tenía que hacerlo: liberarla y liberarse él de una vez y para siempre. Porque aunque volviera a ser lo suficientemente fuerte para que ambos salieran ilesos de la fortaleza nevada creada por Krauser, nada podría volver a ser lo que un día intentaron crear en la mansión Wesker. No fingirían más ser una pareja cualquier, extremadamente opulenta, pero que al final padecía las mismas vivencias, compartía los problemas y discusiones de cualquier "matrimonio". Aunque el tirano quería ser "optimista" y menospreciar las amenazas del enemigo y de su enfermedad, sabía que estaba dictando una última sentencia sobre sí mismo.

Y, en el fondo, no le importaba.

¿Qué más daba? Su proyecto fracasó antes de ponerse en función, y por su personalidad, sabía que nunca podría detenerse. Siempre necesitaría más; el planeta Tierra le terminaría por no ser suficiente. Había una malformación en el código genético de Albert Wesker que exacerbaba su ambición, su hambre de poder, sus ansias de triunfo. Eran extremas, imparables, más allá de lo que cualquier ser humano imaginaría en sus más insensatos sueños.

Y contra eso ni siquiera él podía luchar. Su final había sido dictado desde su concepción en una probeta; quizá hasta predijeron su hora de muerte como la fecha de caducidad de un producto.

Wesker se apoyó en el sillón fuertemente. Pero tal vez tenía la última palabra. Podía usar las piezas del tablero a su favor y librarse de la maldición de ser concebido cual máquina de guerra destinado a ser soldado de un hombre insensible, voraz y alucinado como Spencer. Hacer lo que Ozwell Spencer jamás le enseñó a comprender: el sacrificio. El estúpido e irracional impulso de salvar lo perdido; de luchar por las causas efímeras, los motivos sensibles para mantenerse de pie aún cuando el raciocinio apunta al lado contrario. De arriesgarlo todo por los afectos, por el amanecer con un cuerpo cálido acurrucado contra el suyo; por no morir en soledad.

Trató de caminar a su cuarto con el paso orgulloso que lo caracterizaba, pero no estaba en la mejor facha y su andar pareció ser una mala imitación de sí mismo. Alcanzó el último peldaño como pudo, y sin mayores preámbulos buscó en el rincón empolvado del armario su portafolio recubierto con chapa de plata. Se sentó sobre la cama, quejándose por el dolor de su abdomen y la espalda que amenazaba con paralizarse, y abrió con un ritual funerario que nadie más habría comprendido; ante sus ojos se revelaron dos ampolletas del virus junto a otras tres de suero estabilizador. También estaba la aguja metálica, cliente frecuente de sus amoratadas arterias.

Las lámparas del techo brillaron en sus lentes y delataron a un par de opacos ojos bermellón en decadencia. El último tirano de todos los tiempos acarició con un deseo imperceptible los recipientes transparentes de la cepa, recordando la omnipotencia que le garantizaban al circular por sus venas.

Se quedó pensando en un pasado donde él gobernaba inmaculado; casi espero escuchar pasos en la escalera, oler el durazno brotando de una piel de muñeca y ver la enredadera de pelo rojo filtrarse a través de cada una de las rendijas de la habitación.


La hija no tan pródiga ha regresado. Antes que nada, ofreciendo una humilde disculpa por tan inclemente retraso. Una de las causas (aunque no la única), es la universidad. Cumplí un turno mixto que me consumía las fuerzas y también muchos de mis deseos de escribir. Como ya he mencionado antes, estoy estudiando Ciencias de la comunicación, y básicamente todos los deberes de la escuela están relacionados con la escritora. Lamentablemente soy humana y me canso. Pero igual, les pido una tremenda disculpa y espero no haber perdido a todos mis lectores.

Aquí las respuestas a sus mensajitos:

Yuna-Tidus-Love: Creo que la fidelidad es una de las cualidades más importantes que podría tener la relación Albert-Claire. Esa y la lealtad. De alguna manera esa lealtad inclina a Wesker a conocer un nuevo valor: el sacrificio. Muchas gracias, siempre he querido ser la idola de alguien :'). Muchas gracias por tu opinión. Ya me hace falta leerte otra vez.

Nelida: Tienes razón. Escribir Aeon no es lo mío. Igual intentaba darle ese aire de misterio pero creo que no lo conseguí. Seguiré practicando porque su aparición en conjunto será necesaria en un futuro próximo.

Por el momento Wesker no hará nada en contra de Ada: tiene que preocuparse por sacar a su pelirroja del embrollo donde se metió.

Muchas gracias por la espera, y deseo no haber llegado demasiado tarde. Espero leerte pronto, querida. Besos.

name: Por supuesto que sí: la batalla final se aproxima. Está a la vuelta de la esquina.

|Lawliet1: Después de meses de ausencia, he vuelto para publicar un capítulo más de Cuerpo cautivo.

Nunca leas Cuerpo cautivo cuando tienes el periodo. Inevitablemente terminarás por golpear a alguien o derramando hormonas sobre tu escritorio.

Jajajaja, me hiciste imaginar a Wesker con un traje de bailarina, no tienes perdón, jajaja. No me odies. Sé que al final del fic no me odiarás. Volverás a amarme como en los viejos tiempos.

De hecho la idea es que Wesker se muestre terrible y absolutamente enamorado; lo suficiente como para aprender lo que es el sacrificio. Y mejor no digo más.

Me encanta el nivel de interpretación que tienes de lo que escribo: aquello del arma en la sien del tirano era metafórico, tal cual tú lo entendiste. Exacto. No puede vivir sin ella, aún si su parte consciente no es capaz de admitirlo. Diste en el blanco.

El padre de Excella permanecerá un poco relegado por el momento; ahorita lo esencial es darle a la tragedia con toda la fuerza de las letras.

Habrá una última charla entre Birkin y Wesker en el siguiente capítulo. Iba a ponerla en este pero me dije que mejor actualizaba antes de que perdiera a todos mis lectores. Jajajaja, el aspecto envolvente de la historia es lo inverosímil, admítelo, Laia.

De hecho la escena en que Claire va corriendo y recordando todo lo que vivió en la mansión tengo que admitir que estaba diseñada para torturar lectores fieles.

Eres muy perspicaz para predecir lo que pasa: es cierto, la decisión está entre él y salvarla a ella. Aunque creo que en este capítulo queda más claro cuales son sus inclinaciones.

Sí, hice referencia a tu spin-off. Fue un hermoso detalle que lo escribieras. Me gustó mucho, ya te lo había comentado. Te quiero mucho, Laia, espero ya te hayas puesto al corriente con los capítulos faltantes para que puedas leer este y comentarme qué te parecieron. Saludos y muchos besos hasta allá.

Nos leemos pronto.

Ariakas DV: Ya habías leído algunos adelantos de esta entrega: creo que si la número 28 te pareció emotiva, esta te lo parecerá aún más. ¡Muchas gracias por el apoyo! No sólo con la historia sino en mi vida personal. Te quiero mucho, nunca lo dudes. Espero que este capítulo sea de tu agrado y que valiera la pena la espera. No es muy largo, pero creo que se nota mi mejoría.

DarknecroX: Yo también lloré al escribir, lo confieso. Si no me llegara al corazón no lo escribiría, te lo juro. No olvido el OC, pero todavía no he encontrado la forma adecuada de introducirlo. Lamento haberte hecho esperar por tanto tiempo; espero y me puedas disculpar.

Te agradeceré que me dejes tus comentarios para esta entrega. Saludos, y nos leemos pronto.

fandewesker: Lo prometido es deuda. Aquí está la continuación. Gracias por el apoyo. La historia no podría ser sin los lectores. Saludos y nos leemos pronto.

bride2685: Siento dejarte así todavía con la batalla, pero es que siempre me las doy muy largas. Me cuesta trabajo hacer las cosas sintéticas. Espero que no te hayas desesperado de la ausencia. ¡Muchas gracias por dejarme conocer tu opinión; la valoro mucho! Nos leemos muy pronto, con algo de suerte.

Oh-insanidad: ¡Hola! No sabes qué gusto me da leerte. Siempre me han gustado mucho tus mensajes; se me hacen sobrios a la vez que me ponen de buen humor; de un humor bueno para escribir. Pues no tenía haters, de hecho me los gané. Mejor dicho, creo que tenía haters de clóset; en otras palabras, me odiaban pero no me lo decían. Pero tienes mucha razón en lo que dices; hace falta estar de ocioso para tener la oportunidad de tirarle mala onda a una historia de ficción. Muchas gracias por los ánimos; espero no hayas pensado que el relato estaba completamente abandonado. Nos leemos pronto, y como siempre, te agradezco seguir leyendo. Abrazos.

CMosser: Mafiosa mujer, ¿cómo estás? Jajajaja, yo siempre pensé que el Aeon se me daba mal. De hecho, ya le había comentado a Nelida que lo canon no era exactamente lo mío. Comparto tu opinión respecto a Ada; es un personaje sumamente complejo al que no domino porque en realidad no he encontrado a la contraparte con quien me gustaría involucrarla románticamente. Como mencionas, hay algo en Leon que no termina de gustarme para ella. Sin embargo, sí pienso que entre ellos existe cierto nivel de química.

Lo de Wesker y Chris es innegable; su manera de convivir podría prestarse para un bromance o algo por el estilo. Una relación padre-hijo, por así denominarlo.

Todos esperan el duelo de titanes y espero no decepcionarlos. Por ahora, me voy preparando para describir la escena, y los dejo con un poco de no-romance y las lamentaciones del tirano.

Todavía sentirás más pena con Wesker en este capítulo, y creo que ya adivinas lo que habrá de acontecer. Lo que Albert Wesker está dispuesto a dar con tal de regresar a salvo a su pelirroja.

Como verás no son 22k ni los 10k mínimos que acostumbro, pero el capítulo se defiende. Creo que con Redacción en la Universidad mejoré bastante.

¡Muchas gracias por esperar, Anny! Te quiero. Un abrazo hasta allá.

AndyPain: Seguramente tú ya creías que estaba muerta… ¡pues no! Sólo andaba de parranda. No es cierto, estaba muriendo en turno mixto en la Universidad.

Tocaste un buen punto, Andy; Leon no tiene ni idea del tórrido romance de su pelirroja. Me pregunto cómo reaccionará cuando se entere. Seguro sentirá que el mundo se le viene encima.

Jajajaja, lo que me gusta es hacer que el amor se demuestre de formas distintas. No la típica cursilada de ir a cenar o las palabras; más allá de eso, el hecho de que ella prefiriera que él no contestara, hablaba más de su amor que cualquier otra palabra que pudiera decirle a Wesker.

Lo que dices siempre me alienta, Andy; la verdad lamento que parecía haber abandonado la historia, pero no lo hice. Tuve un par de dificultades con la escuela, con la vida personal, y no me quedaba mucho ánimo para empezar a escribir un nuevo capítulo, especialmente porque no me gusta publicar cualquier porquería. Gracias por las palabras de ánimo, y por acompañarme en el viaje. Me alegra de que te pueda sumergir tanto en los escenarios. No te preocupes por el tiempo; yo sé que me sigues leyendo.

Un beso y un abrazo hasta allá, Andy. Espero nos leamos pronto.

Andrea N: ¡Tranquila, querida, todo sacrificio tiene su recompensa! Lo que Wesker y Claire están pasando tiene una conclusión. Bien dicen que no hay mal que dure 100 años.

Gracias, de verdad agradezco todo lo que mencionas. Me encanta darle un toque de realismo a la pareja; sé que Capcom nunca se atrevería a mostrar algo así, pero me gusta conservarme fiel a su estilo; en pocas palabras me agrada poder mantener a los personajes en carácter y que estos no pierdan su verdadera esencia a pesar de desarrollarse como dos enamorados.

En serio me levantaron el ánimo tus palabras de aliento; y por esa misma razón lamento tanto el haber tardado en responder. Como ya mencioné tuve alguna dificultades en la vida de acá afuera, y pues las tuve que atender. :D Creo que también fue un periodo de aprendizaje que me proveo de algunos tips para escribir mejor. A mí no me gusta ofrecer un capítulo que yo no sienta digno.

Una disculpa por la tardanza, y espero no haberte perdido como lectora y seguidora. Saludos y un fuerte abrazo.

Eru Ely Day: En serio me siento bien apenada por haberme tomado ese largo tiempo fuera de Fanfiction. No era mi intención hacer esperar a nadie, mas las circunstancias no se presentaron para otra cosa. Muchas gracias por el mensaje; creo que las cosas adictivas son las mejores de la vida porque quiere decir que nos mueven la fibra sensible del interior.

Y tienes toda la razón; creo que en parte escribo esa interacción entre Wesker y Chris porque en el fondo lamento que no se haya dado de esa manera. En fin, qué se le va a hacer. Sin todo lo que ocurrió, Resident Evil no existiría y tampoco esta historia.

Emelyn-rose-grief: ¡Ya volví! ¡Perdón, perdón, perdón! Jajaja, leíste demasiado en un sólo día y aquí te traigo más. Disculpa la tardanza. Un beso y un abrazo. Espero puedas dejarme tu opinión acerca de esta entrega.

Guest: En primer lugar, pongo cosas del pasado porque el presente no se puede entender sin esa construcción lingüística. No sabemos quienes somos hasta que nos preguntamos dónde hemos estado y qué hemos hecho.

En segundo lugar, sí, tienes razón, no sé de bebidas alcohólicas porque no soy fanática de ellas (a lo mejor tú sí). Sin embargo, estoy segura de que el vodka generalmente se acompaña de dulce y se toma poco a poco.

Gracias por el mensaje de cualquier manera. Saludos.

VioletStreat: Seguramente para este instante tus ganas de matarme serán estratosféricas. Lo lamento tanto. De verdad. No tengo cara que ofrecer. Una sincera disculpa. Espero que este capítulo lo compense aunque sea un poquito en lo que regularizo mi ritmo de escritura.

El Wesker protector y 'enamorado' sin duda resulta muy atractivo. Lo que intento es que no se aleje tanto de su personalidad usual y su frialdad; espero haberlo conseguido. Y claro, Jack Krauser se encargará de atormentarlos hasta que uno de los dos esté bien muerto, no hay más.

¡Muchas gracias por los mensajes! Espero que no sea demasiado tarde para retomar la historia, que en realidad nunca abandoné: siempre la estuve pensando y diseñando en mi cabeza.

Saludos, y un abrazo muy fuerte. Espero que estés bien.

Emili-MadeInHaven: ¡Hola! ¿Qué tal? Siempre es bueno recibir mensajes de nuevos lectores. Me alegra que Cuerpo cautivo te atrapara. Aquí está el siguiente capítulo. En serio que lamento la demora.

Me agradaría que no fuese demasiado tarde y aún contara con tu apoyo. Un saludo y que estés muy bien.

lusgirlsonhj: ¡Awww! No sabes lo apenada que me siento por haberme demorado tanto con la actualización. No lo hice a propósito ni para torturar a nadie.

Gracias por el comentario. De verdad espero no llegar demasiado tarde (no quiero cargar con tu muerte para toda mi vida :'(). Es un capítulo no tan extenso como otros, pero hay muchas mejoras en la redacción. Me esforcé. Una disculpa nuevamente. Saludos y nos leemos pronto.

SKANDROSITA: El capítulo 22 es de mis favoritos. Siento que tiene mucho arte en el interior. Lo digo por el museo, claro.

Precisamente el que Claire sea tan sensible y humana es lo que la convirtió en uno de mis personajes predilectos, sino es que la favorita; y es allí donde está la contradicción: Wesker me gusta por ser inhumano. Sin embargo, esa falta de humanidad no es tan fiel siempre. Él cambia por ella y ve en esa mujer parte de la humanidad que nunca se permitió. Quizá por eso me gusta escribir tanto sobre ellos: son un amor de contradicciones y contrarios.

Guest: Ayyy, me siento mal. No quería tomarme un lapso de tiempo tan extenso para actualizar la historia. Mi plan era ser constante. No más de tres meses para un capítulo. No quisiera haberte erradicado los nervios por la larga espera.

mika: Disculpa, linda. En serio no planeaba el ausentarme de forma tan extensa. Espero no haberte perdido. De verdad. :( Ojalá de alguna forma puedas pasar a leerlo y me dejes tu opinión. Traté de compensar la ausencia. Saludos y que estés bien.

frozenheart7: ¡Hola, qué gusto! Jejeje, es curioso. Yo luego me quedaba hasta las 2 de la madrugada escribiéndola. Muchas gracias por tus palabras; de verdad me trato de explayar y explicar lo mejor posible. ¡Espero que te agrade el capitulo 29 y me permitas saber lo que piensas! Un saludo y que estés excelente.

kyoko: ¡Hola! Te agradezco el review. Jejeje, sí, eran muy extensos. Este es un poquito más reducido, pero aún así más largo que un oneshot promedio. Espero sigas la pista de Cuerpo cautivo. ¡Un enorme abrazo y nos leemos pronto!

Anzullia: ¡Hola, un gusto! Me alegra de sobremanera el tener mensajes de personas nuevas.

Jajajaja, la regla es que yo siempre me paso. Me tengo que pasar, sino no me siento a gusto, jajaja, no te creas. Me encanta porque copiaste la línea más llena de sadismo que encontraste. Me hiciste sentir como el Marqués de Sade, oye, jejejeje. Me hiciste el día.

Tranquilos todos: a Krauser le va a llegar el día. A qué precio, quién sabe, pero Wesker logrará algo, yo lo sé. No digo más porque seguro te doy spoiler. Ciertamente la ira es un incentivo para Wesker, pero tiene uno más poderoso y su nombre completo es Claire-cabezota-Redfield.

Me alegra que te gustara la escena Aeon. La verdad es una pareja que jamás he practicado, a pesar de que resulta bastante canónica dentro del fandom.

Creo que Mad y Birkin son un buen complemento y tienen un papel esencial en las decisiones del tirano. Realmente son proyecciones de la verdadera personalidad de Albert Wesker y con qué clase de personas lo rodean. Tanto de Mad como de Birkin habrá un poquito más en futuras entregas.

De verdad lamento haberme tomado mi tiempo para actualizar; no obstante agradezco el apoyo (mejoró mi humor y me alentó a seguir, aunque me tardé) y espero no haber perdido tu atención.

Gracias por el comentario y deseo estar leyéndonos pronto.

Guest: A ver, a ver, calmado el humor y así hablamos mejor. No soy mentirosa. Dije que iba a seguir, dije que jamás iba a abandonar la historia y aquí estoy. Sé que me tomó mucho tiempo, pero no fue mi culpa. Además, por esa misma razón no avisé: sabía que regresaría en algún momento.

Lamento si te causé algún disgusto, pero también tenía una vida que atender, y no quería perderla. Muchas gracias y espero que no estés tan molesto o molesta.

Oh-insanidad: Gracias, mujer. Como te mencioné, siento en el alma haberme tomado ese enorme tiempo para actualizar. Mi humor es estable, al igual que el resto de los aspectos de mi vida que se tambaleaban. Ahora puedo volver a Cuerpo cautivo y terminar lo que comencé. Ruego porque no te haya perdido todavía. Un abrazo.

frozenheart7: Jajaja, sí lo sé. El corazón de un tirano está para llorar a mares y querer un abrazo. Justamente lo escribí cuando me acababa de dejar el novio, jajaja. De nuevo gracias por el apoyo; es lo que necesitaba para continuar. Un beso y que andes a toda máquina.

orikennedy: El sueño que tengo es convertirme en escritora. Realmente me apasiona. No quiero dejarlo a un lado jamás. ¡Gracias por el mensaje! Espero que sigas al pendiente de Cuerpo cautivo y que esta entrega te sea satisfactoria. Un enorme beso y un abrazo.

Clummiii: ¡Gracias! :D Espero que leas este capítulo y te guste en el mismo nivel.

Ludmila: Esto es lo que pasa. No me gustaría decepcionarte. No olvides dejarme tus comentarios para saber lo que piensas. Saludos y que andes súper.

miyoubi: Jajaja, es cierto, casi nadie le tiene fe a esta pareja en un inicio. Sin embargo, es buena práctica el darle la oportunidad a cosas nuevas de vez en cuando. La capacidad de hundirte en el relato también es tuya; aunque me agrada pensar que el nivel de detalle con el que está redactado la historia ayuda mucho.

Guest: Lamento el suspenso.

luna: Ya lo colgué, ya lo colgué. No me quiero quedar sin lectores *llora*.

Amara Wesker: ¡Hola! Saludos y bienvenida a esta tu historia. Jajajaja, xD es curioso porque yo tengo exactamente la misma fama. Jajajajaja, yo meto a todos en fandoms raros; lo mío no es lo canónico. Jajajaja, la locura total. xD Ya te amo. Imagínate, un review cada capítulo, jajaja ahora ya serían 29. Con que me dejes uno en éste soy feliz.

Lo siento… Sí, sé que tardé demasiado y parecía que desaparecí en la infinidad de la web. Mis deseos no eran esos :'( sniff. Pero ya regresé; y prometo ser un poco más constante hasta terminar la historia.

No me golpees, prometo portarme bien a partir de ahora, jajaja. Ya con las amenazas encima, trabajaré a ritmo acelerado (?) jajaja, no pues, gracias por tus palabras. La verdad es que no quería hacerme la difícil, sino que estaba atravesando por un momento complicado en mi vida mortal.

Gracias por el ánimo, y espero puedas dejarme tu opinión de esta entrega. Saludos; un abrazo.

siranuy: ¡Hola! Gracias por los ánimos. De verdad que todos los comentarios han contribuido para que yo decida seguir con Cuerpo cautivo. Espero saber de ti pronto. Saludos y un abrazo.

Anna: Jajajajaja, la verdad es que sí me gusta Sherlock Holmes, pero no entiendo por qué la relación. Jejejeje, quizá podrás explicármelo más claramente. Ah, y sí, es un poco difícil conservar a un genocida en carácter siempre; más aún cuando se trata de un fic de romance. Una disculpa si te parece fuera de sí en ciertos momentos. Gracias por leer; me gustará conocer tu opinión pronto. Saludos y que estés muy bien.


Y hasta aquí los mensajes.

De nuevo, una sincera disculpa. Deseo de todo corazón que no hayan perdido la esperanza en mí y en esta historia. Tuve algunos problemas, como ya mencioné, pero mi promesa es volver a ser constante en la medida de lo posible.

También que el siguiente capítulo será mucho más extenso.


Título de la siguiente entrega: Un hombre sin nada que perder