Título: Momentos disparejos
Capítulo: Mordidas
Pareja: Junjou Terrorist
Disclaimer: Ningún personaje de Junjou Romantica me pertenece, son propiedad de Nakamura Shungiku
Notas/Advertencias: juego sexual.
Palabras: 439

29. Mordidas

La primera vez que Shinobu lo había mordido en medio del sexo el susto de Miyagi fue tal que se detuvo en seco, preocupado de haberlo lastimado, sin embargo esa reacción pareció tomar desprevenido al otro también y el ambiente se tornó incómodo y extraño. You estaba a punto de decir algo para brincar la barrera del mutismo desabrido y calmar su preocupación, pero el terrorista, rojo de vergüenza como hace mucho no lo veía, sólo le dio por respuesta un escueto y cabizbajo:

– Mis compañeros dijeron que aumentaba la adrenalina…yo sólo quería probar.

La rutina sexual se tornó un poco frívola desde ese percance, y las pocas aproximaciones no pasaban de un par de besos juguetones y toques indiscretos. Todo hasta que, después de un par de semanas y más conversaciones con sus compañeros de universidad presumiendo de su vida sexual y amorosa; le arrimaron a otro intento que no resultó tan bien como esperaba pero no tan fatídico como el primero.

Desde entonces lo habían intentado un par de veces más, lo que había resultado en un rompecabezas de marcas en varias zonas del cuello -especialmente su Manzana de Adán- y pecho de Miyagi, lo que lo llevó a agarrarle el gusto punzante al dolor repentino de las pequeñas mordidas de Shinobu y a empezar a usar camisas de cuello alto o cuello de tortuga para ir a trabajar.

– Y…entonces compró un aire acondicionado y siempre tiene frío en su casa…– repitió Hiroki cruzado de brazos, incrédulo, mientras Miyagi le daba la espalda tratando de buscar unos papeles en una conducta que pretendía ser natural. Kamijou no dijo más nada pues había obtenido una respuesta a su inquietud, y aunque dudaba de la sinceridad de la misma decidió no insistir con el tema.

Por su parte, You había sido férreo en su convicción de no marcar a Shinobu en sitios visibles, aunque evitar propasarse con la fuerza de sus mordidas para no herirlo demasiado se la hacía más difícil cada vez que Shinobu reaccionaba: se quejaba, gritaba de la impresión pero gemía apasionadamente, pues llegados a ese punto no había inhibición que valiera.

Luego Takatsuki se aburrió de improvisto y de un día para otro Miyagi se topó con un niño que había perdido el interés en su juguete nuevo -me pican las heridas, le dijo-, dejándolo con un montón de incordios testificados en las varias mordiditas de su cuello y hombros que aún tardarían en desaparecer.

Y claro, con un par de meses más pasando calor con aquellas camisas.

–Maldito mocoso caprichoso– se quejó de nuevo mientras se abanicaba, tumbado en la silla de la oficina.