Capítulo 29

Las imponentes murallas de la capital del reino de Antares y Sadalsuud no distaban mucho y la gran ciudad que guardaba había crecido mucho desde la anterior vez, los dos reinos se habían unificado y ahora era una de las ciudadelas más importantes de toda la antigua creación.

Al aproximarse Milo entendió el porqué se había convertido en un imán para los que deseaban la destrucción, aniquilar aquel feudo era principal, era imponente ver la fortificación de la ciudad y era lógico pensar que para tener acceso fácil al resto de países vecinos había que destruir primero la fuerza de aquella pareja.

- Ahí en la distancia tienes las puertas del reino de mi hermano y nuestra adorada cuñada.

- Lástima que solo tuviera dos hermanos, algunas hermanas tendría que haber tenido, fallecimos sin tener pareja estable. – increíblemente durante el camino y a pesar de la apariencia guerrera y poderosa de los gemelos cuando no tenían nada a que enfrentarse ambos eran bastante simpáticos.

- Eso lo drías por ti, yo disfrute durante muchísimo tiempo intensamente sin nadie que me atara.

- ¿Cuanto años teníais cuando moristeis?

- ¿Años? Nuestra manera de contar el tiempo era diferente a la tuya, pero debido a nuestros "bien amados" progenitores nos permitió vivir muchísimo más que el resto de humanos.

- Nunca me olvidaré de las nanas que nos cantaba mama, una mujer atenta y cariñosa… los cinco minutos que paso con nosotros fueron los más bonitos de la existencia. – aquellas palabras irónicas reconfortaban y animaban a Milo que por un momento sonrió.

- Totalmente de acuerdo contigo, que mujer con tanto espíritu maternal, hembras así hoy día no son fáciles de encontrar.

- Una curiosidad: si gracias a vuestros padres pudisteis vivir tanto… ¿cómo es posible que Sadalsuud viviera tanto como Antares.?

- Tanto sus hermanos, como la Reina también tienen procedencia celestial, las dos partes celestes de la pareja llenó de gracia y vida su reino. Ellos dos formaban un buen equipo, las puertas de su reino siempre estuvieron abiertas a todo aquel que tuviera un problema. Desde el más humilde granjero hasta el monarca de tierras lejanas si su petición de auxilio era noble y justa siempre les ayudarían. – a falta de medio kilómetro de distancia de las formidable entrada los gemelos se detuvieron. – Hasta aquí podemos acompañarte Milo.

- Más allá te espera tu destino, ojalá pudiéramos ayudarte más pero por desgracia esto es todo lo que te hemos podido hacer.

- Me habéis salvado de Sargas eso ya es algo que siempre os he de agradecer.

- Patéale el culo a ese desgraciado.

- Al menos lo intentare….

Armándose de valor continuó solo, durante esos quinientos metros que lo distanciaban de las puertas de la muralla miraba a aquel cielo universal que seguía dando la tranquilizadora luz de un atardecer eterno.

Al quedarse a solas con sus pensamientos, las preocupaciones por sus compañeros lo carcomían por dentro, temía por Aldebarán, por su maestro y sobre todo por Camus, el hecho de saber a que se estaban enfrentando en la nueva creación lo estaba llenando de desesperanza y tan solo al atravesar la muralla y ver la Fortaleza Roja justo en el centro de la ciudad y sentir que Sargas ya estaba allí terminó por destruir sus esperanzas.

"¿Qué hago? ¿Cómo lo enfrento? No tengo cosmos… soy un completo inútil." Pensaba interiormente retrocediendo entre sus pasos y apoyándose en el largo conducto que habían entre la entrada de la muralla principal se sentó mientras se hacía un ovillo y agachaba la cabeza entre sus manos cruzadas. "¿No hay esperanza?" dijo mientras lágrimas de impotencia caían por sus mejillas.

Nuevamente todo su alrededor volvió a ser una representación espectral de lo ocurrido en el pasado pero esta vez el griego no vio la batalla que arrasó la ciudad, más bien se la encontró devastada por el enemigo que había acabado con las últimas fuerzas de la humanidad.

Sin saber porque estaba viendo aquella nueva representación miraba al cielo el cual estaba en llamas síntoma de que la contienda final también había alcanzado su cúspide. Al volver a mirar a las llanuras previas del reino vio en la lejanía como el Rey Antares llegaba entre tambaleos caminando como podía hasta la amplia y profunda puerta de las murallas de la ciudad. Como su padre le había prometido nadie le dañó y antes de morir tendría tiempo suficiente para que viera que le habían arrebatado todo. Sin su coraza, se la había quitado durante su vuelta, ahora tenía un aspecto realmente enfermo y Milo trató olvidándose de que solo era un espectro trató de ayudarle pero como un fantasma incorpóreo no pudo hacer nada.

Milo observaba llorando como el grandioso personaje también lloraba al ver lo que había quedado de su ciudad y seguía avanzando por las calles arrastrándose hasta descubrir que los demonios ahora estaban rodeando el castillo pero no entraban dentro, algo debía de estar pasando para que estuvieran tan quietos.

Sintiendo que le quedaba poco tiempo escuchó como una pequeña patrulla de demonios, que buscaban a cualquier superviviente para ejecutarlo, se aproximaba hasta su posición. Milo intuyó que el rey se quedó quieto, ya había visto que le habían quitado todo y seguramente los demonios de su padre ahora acabarían con él.

- Pssss. – escuchó en dirección a una de las casas que estaban a medio destruir, alguien lo estaba llamando. – Señor por aquí. – la voz de un niño se escuchaba haciendo que Antares volviera a reaccionar.

Milo miraba junto con el rey del pasado de donde proviniera la voz del pequeño y descubriendo como en la base de una de las casas de piedra de los laterales se abría una rendija y se veía los ojos de ese nuevo personaje que le llamaba.

Arrastrándose se aproximó hasta la casa en la que una puertita totalmente oculta y discreta se abrió hacia lo que parecía ser un sótano. Introduciéndose en él Milo le acompañó curioso por saber que se iba a encontrar.

Aquel sótano oculto era una habitación de nueve metros cuadrados, parecía la sala de juegos de un niño pues las paredes había estanterías con muñecos hechos de madera. Podría ser la casa de un tallista pues las figuritas eran perfectas y estaban muy bien pintadas.

El pequeño niño que medía poco más de un metro tendría que tener unos ocho años, era delgado y de pelo negro con grandes ojos verdes soñadores, vestía de manera humilde. Con todas las fuerzas que disponía ayudó a apoyarse sobre las paredes a su rey.

- Gracias por la ayuda pequeño. – aun sabiendo que estaba destinado a morir en los próximos minutos el rey agradeció la colaboración. - ¿Se ha salvado alguien más?

- No señor, esos seres entraron y mataron a todos, mi padre me dijo que me quedara aquí y me mantuviera muy callado.

- Has hecho muy bien, mientras uno de los nuestros siga con vida los enemigos no podrán cantar victoria del todo. – le daba la mano para estrechársela. – Soy Antares.

- Lo sé señor. Sois el rey Antares.

- No me trates de usted, ni tampoco pongas delante el título de rey, nunca me he creído merecedor de tal nombramiento, solo soy una persona como tú que soñó con un mundo mejor y trató de conseguirlo. – agotado miraba las figuras que adornaban aquella habitación. - ¿Este es tu cuarto de juegos?

- Si señor…. – al ver que lo había vuelto a tratar de usted el pequeño enmendó su error. – Quiero decir… si lo es, mi padre siempre me ha dicho que soy un pequeño trasto soñador y me fabrica los muñecos que me imagino.

- ¿Me enseñas una de tus figuras? – preguntó para tranquilizarlo pues en el exterior pasó otro destacamento de demonios.

- Veamos. – el pequeño se levantó y buscó un par de ellas para enseñársela y trayendo tres extrañamente familiares para el que observaba la escena. – Este es el líder, lo llamo Zeus. – la figura de un hombre fuerte y de pelo blanco largo en la que en su mano portaba un rayo. – Esta otra es su hermano Poseidón. – la figura de otro hombre fuerte de pelo castaño largo que portaba un tridente. – Y por último este es Hades. – la figura de otro hombre de pelo negro que portaba un gran casco. – Son tres hermanos que luchan contra los Titanes y muchos más enemigos. – señalaba a otro lugar de la sala donde las grandes figuras de doce seres estaban bien colocadas. – También luchan entre ellos y sus descendientes.

- Tienes mucha imaginación por lo que veo. ¿Cómo te llamas?

- Mi padre al morir mi madre durante mi nacimiento sufrió por su perdida y me puso el nombre de Caos, por todo lo caótico que le había hecho la vida con solo nacer.

- Eso es triste, siento la pérdida de tu madre.

- Mi padre perdió a su esposa por mi culpa pero después me quiso más que nada en el mundo, siempre se arrepintió de haberme puesto este nombre pero ya a mí me gustaba.

En el exterior se escuchaba el sonido de un combate en la lejanía, posiblemente proviniendo del castillo, cosa que hizo arrastrarse al rey hasta la rendija donde el pequeño podía mirar el exterior.

- Esto no ha acabado. – haciendo uso de las pocas fuerzas que le quedaban se puso en pie. – Caos quédate aquí y ponte a salvo… yo he de ir al castillo. – abriendo la compuerta de salida trataba de salir pero sus fuerzas eran escasas. – Por favor… Sadalsuud… no quiero morir lejos de ti. – suplicaba a quien pudiera escuchar que le diera las fuerzas que necesitaba.

- Yo le ayudaré. – Caos aun siendo tan pequeño era muy valiente y le ayudaba a ponerse en pie y salir al exterior.

- Caos ahora vuelve a tu escondite y sobrevive. – en las calles y al descubierto miraba a todos lados tratando de que nadie percibiera a su salvador.

- No hay donde esconderse… no quiero volver a mi sala de juegos donde al final me encontraran y moriré solo y aterrado. Te ayudaré. – ayudándole a ponerse en pie comenzaron a caminar hacia el interior de la ciudad. – Debemos ir a la plaza central.

- Pero eso nos desviará del camino más rápido.

- Se dónde encontrar sitios para ocultarse por todo el camino y sería la mejor opción a demás de que antes de que los demonios llegaran a las puertas de la ciudad algo pasó allí que todo el mundo decía que había que ir a verlo.

- Pues guíame tú. – con las calles desiertas y llena de gente muerta el mayor era ayudado por el pequeño, cada vez que algún ser demoniaco se acercaba lograban dar con un escondrijo para esquivarlo.

Saliendo con ellos sin que la representación espectral se cortara, Milo había seguido a los dos personajes hasta la plaza central, aquella que el pequeño le había recomendado que fueran ir siempre por lugares seguros donde camuflarse por si alguien se aproximara.

Cuando llegaron a esa formidable plaza, rodeada por un amplio jardín con diversas fuentes circulares en el centro había una estructura a medio destruir, lo que antes era un gigantesco pilar hecho de dos materiales, un lado era rojo y el otro blanco como símbolo de la unión de ambos reyes, ahora estaba solo media base, la parte superior estaba rota y sus escombros se esparcían por el piso. Pero lo más llamativo es que en aquella base había un objeto clavado en ella, la espada del Rey que había sido lanzada por Samael en la anterior batalla desde mucha distancia.

- Mi espada. – al ver el brillo la reconoció enseguida.

- ¿Eso era lo que nadie podía tocar? – preguntaba el pequeño al mayor. - La gente cuando esa cosa se estrelló ahí decía que todo el que la tocaba se quemaba.

- Es una espada forjada por el amor, solo una persona que sea capaz de amar de verdad es digna de empuñarla, a cualquier otro solo el contacto le abrazará la mano. – mirando hacia su arma desistió en ir en su busca pues con lo débil que estaba era inútil tratar de luchar, solo había acudido allí para morir al lado de su amor verdadero. – Sigamos hasta el castillo.

Atravesando los laterales de la gran plaza Milo divisó como sobre ellos en el tejado de las casas había algunos demonios esperando y los habían descubierto sin que se dieran cuenta. Avanzaban hacia ellos sigilosos para tenderles una emboscada y el griego impotente vio como saltaron sobre ellos.

El primero en recibir un golpe fue el niño que fue lanzado hacia el pilar, los seres demoniacos se concentraban en el mayor que estaba impotente para defenderse, pero lo más increíble fue ver como estos de repente miraron hacia uno de los lados de la plaza.

Milo no daba crédito lo que veía, un ser de más de dos metros de altura llegaba hasta allí, era fuerte y definido, pero lo más increíble es que era un reptil con forma humanoide, poseía una larga cola y estaba equipado con una armadura y dos espadas curvas. Los demonios al verle empezaron a retroceder gritando tratando de intimidarle pero ese nuevo invitado no atendía amenazas y sin pensarlo un segundo se lanzó contra ellas ejecutándolas en un segundo.

- Pensaba que estabas muerto. – agotado el moreno estaba aun tumbado en el suelo cuando sobre él se sentó el nuevo personaje que parecía disfrutar de verlo así.

- Tu… - su voz era sutil y sus palabras terminaba en un seseo detestable. – Me derrotaste gracias a la ayuda divina, aparte de que muchos otros se unieron en tu cruzada, solo hubieras muerto a mis manos. He vuelto para hacerte sufrir, ver contigo como todo lo que amas muere.

- Déjale en paz. – el pequeño insensato había sujetado la espada del pilar y la había sacado manteniéndola en las manos como si no pesara nada y con ella amenazaba a ese misterioso reptil que había aparecido.

- ¿Ahora te defienden niños? – preguntaba el reptil a Antares mientras se ponía en pie para enfrentar a ese joven oponente. – Vas a ver como mato a este ser insignificante.

- Si puede sujetar la espada no es tan débil como te piensas. – le advertía el monarca.

Tras unos segundos en los que trataba de intimidar al joven con su mirada este no retrocedía y le apuntaba con el arma. En un veloz movimiento el más alto se lanzó hacia el pequeño que solo pudo girar en sí mismo con su arma en la mano provocando un tajo que le cortó tres dedos de la mano izquierda del reptil.

Asombrado de lo que había logrado el pequeño sonreía al moreno sin darse cuenta de que tenía encima al enemigo y este sin piedad le clavó su espada curva en el abdomen alzándolo en el aire.

- Miserable humano. – parecía sonreírle al ver lo que sufría, con la mano en la que había perdido los dedos, mientras estos se regeneraban solos hasta quedarse como si no le hubiera pasado nada, le quitó el arma al joven y esta le quemaba las manos cosa que hizo que la arrojara a una de las grandes fuentes que estaban alrededor del pilar.

- Por lo que más quieras no le hagas sufrir más.

- Disfruto viendo como se le va la vida. – el reptil seguía ensartando al pequeño que se desangraba abundantemente.

- Antares…. – era lo único que podía pronunciar entre gemidos de dolor.

- Tranquilo Caos… el dolor se pasará y por fin podrás ser libre. – le decía consolándolo. – Yo seguiré tus pasos en breve y veras que este no es el final sino un nuevo comienzo. Quiero que me esperes y juntos partiremos… tu padre, Sadalsuud, yo y todos los que han muerto tan injustamente ninguno de estos seres podrá quitarnos nuestras esperanzas.

- Yo también partiré con vosotros. – el reptil pronunciaba tratando de atemorizar al pequeño mientras terminaba de desangrase. – A donde vayáis vosotros allí os seguiré destruyendo y conquistando puede que acuda bajo una tierna piel de cordero con intenciones aparentes buenas y nobles pero en el fondo no dejaré de ser una bestia.

- No le escuches y nunca dejes de soñar, eso es lo único que no podrán quitarte. – las lagrimas caían por sus ojos al ver como el niño que le había ayudado moría definitivamente.

Con la nueva muerte, el misterioso personaje se volvía a poner sobre el rey moribundo esperando. "Escucha." Le decía mientras miraban a lo alto del castillo como un combate se estaba produciendo allí, "Tu querida Sadalsuud lucha por su vida.". Ambos miraban lo alto de la edificación más imponente que había en el reino.

Entre tanto alboroto en la plaza llegaban dos de los siete caídos, Belial el portador de las alas negras acompañado de Asmodeo, como comandantes de los ejércitos de los destructores llegaron para ver qué había ocurrido y se encontró a Antares en el suelo y sobre él ese personaje que mirándolos con completo desprecio se puso en pie.

- Diablillos revoltosos. – mostrando aun más desprecio ante los dos caídos, sacaba su larga lengua viperina y se dirigía hacia ellos con sus espadas en la manos.

- Samael ha ordenado que su hijo no muera hasta que todo acabe. – con una poderosa voz le advirtieron los otros dos mientras ahora eran acompañados de una legión de unos mil demonios se prepararon para afrontarle.

- El Arcángel de la Fuerza del Creador, otro imitador de mi padre, ¿creéis que me importa un poco lo que él diga? – preparado para hacer frente a aquel destacamento comandado por los dos caídos les preguntaba. – ¿Solo con estos pocos pensáis detenerme?

- Hemos aniquilado a la humanidad… cosa que tú no lograste.

- Me encanta cuando os atribuís meritos ajenos… puede que habéis acabado con las segundas creaciones de nuestro amada divinidad pero… si primeramente no se hubieran enfrentado todas unidas contra mí os aseguro que la situación hubiera sido muy diferente. Soy el ser más peligroso que jamás ha existido y lo sabéis perfectamente.

- Antes de morir respóndenos a esta pregunta. – tanto los caídos como sus legiones se preparaban para el enfrentamiento. – ¿Eres el hijo o el padre en persona?

- Solo soy aquel que bajo un nuevo nombre ha tomado el legado de su progenitor… puedo ser el padre o el hijo pero no importa lo que sea pues lo importante es para lo que estoy destinado…. – el reptil humanoide estaba preparado también para luchar contra aquellos seres. – Belial y Asmodeo… mis queridos tíos, me ofende vuestra aptitud, hizo falta la coalición jamás vista de hombres sobre este mundo para detenerme.

El misterioso personaje se enfrentó solo a toda aquella formación y sin piedad fue ejecutando uno tras otro, ninguno lograba equiparar su velocidad, solo los dos más poderosos lograban provocarle algún corte incluso una amputación más estas se regeneraban solas sin que eso afectara para nada la capacidad de lucha del misterioso ser. Finalmente acabó con la vida de los dos generales.

- ¿Por dónde íbamos? – nuevamente solos y rodeados de cadáveres se volvía a poner sobre el monarca envenenado cuando al final ambos sintieron como la reina había muerto en lo alto del castillo y pudo ver como el corazón del rey se rompió en mil pedazos de no poder haber estado allí y morir con ella. – Se acabó. – sin pensarlo un segundo el reptil clavó su arma en el corazón del moreno ejecutándolo al instante.

Pareciendo que todo había acabado aquella representación espectral que Milo había visto sin parar de llorar al morir primero Caos y después Antares el imponente ser que había quitado la vida a ambos se puso en pie presintiendo su presencia cosa que le lo alarmó.

- ¿Quién anda ahí? – preguntaba acercándose hacia donde estaba Milo. – Se que hay alguien.

Retrocediendo hacia donde estaba la base del pilar el otro ser le seguía hasta conseguir apoyarlo en la base de la estructura y podía ver sus finas pupilas elípticas como se cerraban y abrían con unos parpados laterales. Pensando que había llegado su final antes de tiempo, del cielo, una luz caía como un meteoro directamente a lo alto del castillo y se estrellaba en él provocando un estallido y un descomunal destello, consiguiendo distraer al acosador que miró hacia lo alto y sin decir más sujetó el cuerpo sin vida del rey y lanzándolo con todas sus fuerzas lo estrelló dentro de la fortaleza y finalmente se marchó de allí desapareciendo tan misteriosamente como apareció.

Antes de que pasara nada más, la representación espectral desapareció y todo volvió a ser como antes. Milo que había pasado un momento de máxima tensión se relajó quedando arrodillado nuevamente. No sabía de dónde había salido ese ser reptiliano que había quitado la vida al monarca de aquel reino pero su poder era tal que logró detectarle, recuperándose de la tensión vivida se quedó unos segundos en aquella postura.

En el mundo real y a la última hora de la tarde, tras prepararse a conciencia para el combate que les esperaba, los Santos habían partido hacia el lugar donde les habían invitado a presentarse si no quería que la gente del planeta sufriera las consecuencias. En lo alto del recinto sagrado, en la terraza principal mirando el atardecer se habían quedado Afrodita y Máscara Mortal. El Patriarca aguardaba acontecimientos en la soledad del salón del trono.

- No entiendo como no me has dejado mandar a Cáncer y Piscis. – se preguntaba Arles así mismo. – Aunque sean patéticos un buen líder tendría que haber lanzado a todas las fuerzas disponibles a la batalla.

- No son patéticos Arles. – la voz de Saga se hizo presente. – Afrodita y Máscara Mortal son grandes Santos pero no asimilan bien lo que significa ser un Caballero del Zodiaco, desprecian la vida, son egoístas, obsesivos y multitud de defectos que no es compatible con los valores que se supone que debiéramos tener para lograr hacer grandes cosas. La fuerza del cosmos les da la espalda cada vez que puede y no creo que logren alcanzar el nivel de sus compañeros durante la batalla que acontece.

- Pues yo soy prácticamente un dios y tengo tantos defectos como esos dos energúmenos.

- Eres casi un dios porque utilizas el cosmos que yo te proporciono, si no me tuvieras prisionero contigo… sintiéndolo mucho pero quedarías al mismo nivel de aquellos que te empeñas en despreciar. – al decir aquellas palabras dejó completamente en silencio a Arles.

Con la caída del atardecer las primeras estrellas comenzaban a divisarse en un cielo totalmente despejado, las fuerzas enviadas por el Santuario llegaron hasta la inmensidad del desierto Africano cuya tormenta de arena había parado durante las últimas horas y ahora reinaba una extraña calma. Estando desprovisto de la armadura la formación de Mu, Aldebarán, Aioria, Shaka, Shura y Camus los jóvenes santos vestían las mayas elásticas que soportaban la velocidad de la luz, cada cual con su signo grabado en ella en su cuello colgando llevaban su Emblema de Invocación.

Cuando el sol se ocultó definitivamente los seis santos se quitaron los EI del cuello y brillando en su puño el inicio de la noche por un momento volvió a convertirse en día y tras el destello los chicos estaban listos para la batalla. Miraban las estrellas que brillaban en el cielo y recordaron perfectamente donde estaba ubicada la del escorpión en ella algunas brillaban más que otras, la de los Gemelos, Grafías, Wei y Dschubba su resplandor era parpadeante mientras que la del resto era fijo.

- Recodad lo que Eo nos ha dicho, desde que la estrella de Antares parpadee es que Milo lo ha logrado liberar. – Aldebarán repasaban cual era el plan. – La estrategia será siempre tratar de reducir y neutralizar a Samael el cuerpo de Milo debemos preservarlo.

- Pero…. – Shura no quería ser el que diera el punto de vista negativo de la realidad pero alguien debía comentarlo para saber que hacer llegado el caso. – Si Antares es liberado y no podemos reducir el cuerpo… si no nos queda otra opción más que la de matar a esa amenaza… ¿Qué hacemos? Si llegamos a la encrucijada de elegir entre la vida de todos los habitantes del universo o la de Milo.

- Milo sería el primero en sacrificarse por la humanidad. – puso su punto de vista Camus aunque no le gustara nada pensar en esa última decisión. – Si aun está vivo es porque sigue luchando, en el lugar donde esta no cuenta con la fuerza del cosmos, está solo e indefenso más aun así ha logrado liberar a cinco Reyes y si ansia liberar a Antares es que está dispuesto a dar su vida por la de la existencia.

- ¿Acabamos con Samael entonces?

- Si… pero siempre y cuando no logremos sacarlo a golpes del cuerpo de Milo. – tras caminar entre las grandes dunas de arena se posicionaron en las coordenadas exactas donde se suponía que se produciría el enfrentamiento que era una amplia llanura del desierto que pareciera que la hubieran dejado así a propósito. – Es aquí.

Los seis jóvenes aguardaban a que sus enemigos aparecieran y no tuvieron que esperar mucho tiempo pues del cielo caía Samael en el cuerpo del griego portando la todopoderosa espada y aun llevaba las túnicas oficiales aunque estas estaban rasgadas y sucias. Al tocar tierra creó una poderosa detonación de energía invisible que arrastró a los chicos muchos metros tras de sí.

Los Santos hubieran ido a parar bastante lejos si no hubiera caído desde la otra posición Belial que también al tocar tierra creó otra detonación similar a la de ángel la cual los arrastró hacia el otro lado. Pero lo curioso para Shaka es que fue él el que esta vez el tiempo se detuvo por completo y cambiaba de ubicación como por arte de magia.

El rubio personaje se encontraba sin su armadura equipada, vestido con unas túnicas blancas estaba ahora en una tenue y amplia sala llena de columnas cuadradas de al menos cinco metros de altura. En todos los pilares estaban llenos de restos de grabados desgastados e inentendibles, en otro tiempo hubo escritura en cada una de sus caras. Caminando con dificultad pues era destacable mencionar que el suelo estaba completamente cubierto de ranas vivas que estaban allí sin inmutarse por la intromisión del nuevo personaje.

Preguntándose el porqué de haber ido a parar allí con cuidado caminaba apartando las ranas que estaban en el suelo. Tras recorrer gran parte de aquella estancia descubrió como las columnas delimitaban la parte central de esta creando una circunferencia despejada en el centro en la cual había un altar no muy alto en el que reposaba un cuerpo que pareciera ser humano pero estaba tapado por una sabana de seda blanca y grabada en ella en oro la imagen de una rana.

Con aun más dudas se sobresaltó al ver que la forma humana que bajo la sabana había desaparecía y esta caía sobre el altar dejándolo vacío. Mirando de un lado para el otro se puso en guardia por si se trataba de alguna clase de táctica.

- ¿Quién eres? – de repente escuchó una dulce y cándida voz masculina. - ¿Eres parte de mis sueños? – al ver que no le respondía siguió preguntando.

- No soy parte de tu sueño, tú formas parte de la ilusión a la que me han sometido. ¿Eres alguna clase de ente al servició de Belial? – le preguntaba a su vez Shaka tratando de dar con aquel personaje.

- No sé quién es Belial.

La voz volvió a aparecer indicándole que estaba en otro lugar de la estancia a lo cual corriendo se dirigió hacia ella tratando de no pisar las ranas, pero al llegar descubrió como no había nada.

- Llevo mucho tiempo durmiendo y la verdad es que eres el sueño más curioso que he tenido. – la voz resurgió nuevamente del centro de la sala la cual hizo retornar al santo de Virgo hasta allí.

Shaka descubrió sobre el altar y de pie dándole la espalda, a un personaje masculino, al estar de espaldas no pudo verle la cara, solo pudo divisar del que era un hombre alto, fuerte y definido aparentemente joven, sin vello en su cuerpo de piel muy clara sin llegar a ser albino, de pelo blanco lacio y corto. El chico estaba solo ataviado con un pantalón corto bastante antiguo hecho de lo que parecía ser tela semejante al lino.

- ¿Quién eres? – al verle allí el rubio solo pudo preguntar.

- Que falta de educación por tu parte… no me has revelado tu identidad, no te has dejado ver y ahora preguntas quien soy. – todo al alrededor comenzaba a temblar síntoma de que estaba cerca de salir de aquella visión mientras el misterioso personaje comenzaba a mirar hacia atrás. – Creo que soy tu destino…. - no tuvo tiempo de verse completamente las caras.

Al término de aquellas palabras el rubio volvía a la triste realidad y se encontraba volando con sus compañeros directos a estrellarse en las arenas, logró a tiempo tomar tierra sin hacerse daño. Y enseguida se puso en guardia.

- ¿Habéis visto algo extraño? – preguntaba a los otros por si alguno había sufrido alguna visión.

- ¿Has estado en la sala cuadrada de dos plantas? – Camus le respondía con otra pregunta por si había ido a parar al lugar donde ellos habían estado anteriormente.

- No exactamente…. – no pudieron continuar la conversación pues otros caídos acudía.

Del suelo a un lateral de ellos levantando una gran cantidad de arena Purson salía de las profundidades del subsuelo y estaba listo para luchar. Balam hacía acto de aparición en otra posición continuaban rodeando a los muchachos y junto con él Asmodeo.

Por último y completando el cerco a los jóvenes aparecía Belth montado sobre su caballo con su gigantesca espada en la mano. Todos ellos habían rodeado a los chicos y se mantenían a la espera.

- Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. – los contaba Aldebarán. – ¿No nos habían dicho que eran siete más Samael?

- Uno de los nuestros ha caído, es por eso que todos seréis debidamente castigados por tal osadía. – el arcángel engrandecía sus alas aparentando ser enorme. – Paimon el Aterrador va de camino al Santuario a dar mis más sinceras gracias al Patriarca y los que se hubieran quedado allí. – sonriéndoles sujetaba fuertemente su arma. - ¿Sabéis que tiene de especial mi espada? – les preguntaba y antes de que dijeran nada respondió a la pregunta. – Con ella puedo segar cualquier clase de vida sin perder la Gracia Divina. – tras decir aquellas palabras se alegró de ver la expresión de los chicos ante el peligro.

En el Santuario en lo más alto entraban a toda prisa Afrodita y Mascara Mortal al salón del regente, abrieron las puertas y las dejaron así y sin pensarlo un segundo se pusieron al lado de su líder.

- Saga…, tenemos compañía.

- ¿Qué? – sin entender a que venía tanto alboroto en la distancia vio aproximarse a un ser delgado que portaba una fina corona y en su cara no tenía fas, en sus manos dos látigos que agitaba sin piedad destrozando las columnas con las que chocaba. – ¡Joder! – poniéndose en pie se levantó del trono y tirando de su túnica fuertemente se despojó de ella quedándose con la armadura de Géminis equipada.

El General Caído Paimon había acudido allí a matarles y no parecía importarle que tres fueran sus rivales girando sus manos comenzaba a soltar poderosos latigazos demostrando lo peligroso que era ser azotado por cualquiera de sus dos armas.

"Venga… su deidad, demuestra lo que vales y derrota a este enemigo" la voz de Saga resonó en la cabeza de Arles que no daba crédito al poder que emanaba de aquel personaje, ni uniendo sus tres cosmos en una "Exclamación de Atenea" eran capaces de alcanzar el poder de su enemigo.

Nuevamente en el desierto, los demonios parecían reírse de tener a un palmo de la mano la muerte de aquellos jóvenes Santos. Samael y Belial agitaban sus alas aparentando ser imponentes. Purson rugía con el poderoso sonido de un león y se ponía en cuclillas apoyando una mano en el suelo como cogiendo impulso para lanzarse contra los caballeros en un segundo. Asmodeo y Balam no les hacía falta demostrar agresividad pues solo con aspecto de las corazas que llevaban de por si aterraba al más valiente. Beleth por su parte hacía que su caballo se pusiera a dos patas mientras giraba su espadón violentamente.

- ¡Samael! – una voz se escuchaba a lo lejos.

Una multitud de meteoros de pura energía se dirigían a toda velocidad contra los caídos más su líder creó con sus alas un escudo protector que detuvo la implacable fuerza del ataque por sorpresa. Eo acompañado por Dohko habían acudido como retaguardia de los Santos por si se trataba de una emboscada.

El alboroto producido por la intromisión dejó desconcertados a los enemigos los cuales ni se dieron cuenta de que ya no tenían rodeados a los Santos Dorados, ahora eran ellos los que, aprovechando la distracción, les rodeaban acabando con su arrogancia.

Samael tenía en su punto fijo a Camus y a Eo y estos a su vez en él, era la máxima amenaza a neutralizar. El resto de Generales Caídos por destruir la de mayor fuerza era la de Belial y a este Shaka y Dohko pusieron en su punto de mira. Aioria estaba concentrado en Purson, el Santo de Aries miraba al demonio Balam, Shura se preparaba para centrarse en Asmodeo, y por último Aldebarán se enfrentaría a Beleth. La energía de todos los allí asistentes creció hasta límites inimaginables y la contienda final estaba a las puertas de iniciarse.

En el otro plano existencial Milo aun estaba arrodillado apoyado en el pilar mirando toda aquella plaza. Mirando la estrella lumínica que brillaba en lo alto del castillo y poniéndose en pie se había cansado de auto compadecerse y mirando las fuentes, que estaban secas y llenas de tierra, se acordó de un pequeño detalle y levantándose a toda prisa se dirigió a una concreta.

A los pies de una de aquellas fuentes miraba toda la tierra que se acumulaba, comenzando a quitar el polvo descubrió la figura de la espada del Rey Antares que había sido lanzada allí, sus pupilas brillaban al descubrir tan valioso objeto pero no se atrevía a sujetar la empuñadura.

- Si te empuño sabré si soy capaz de amar con el corazón o me están manipulando. – le hablaba al arma la cual a pesar del paso del tiempo estaba perfecta y resplandecía con pura energía. – Que pase lo que tenga que pasar…. – lentamente llevaba su mano hacia la espada para apropiarse de ella en aquellos cruciales momentos.