Capítulo 29: El precio de la victoria.

Ginny y Nadia, quienes compartían el turno de guardia al cuidado de los niños con dos mujeres más, habían podido sentarse para descansar durante unos minutos, después de horas y horas intentando calmar el llanto de los bebés más pequeños, que eran incapaces de tranquilizarse, contagiados por el miedo y la tensión que se respiraba en el ambiente. Los más mayores se abrazaban unos a otros y no dejaban de observar entorno suyo, presas del pánico también, pero se hacían los valientes para no intranquilizar más a los bebés. Nadia se acarició el vientre, llena de temor, pero intentó hacerse notar lo más serena posible ante su amiga.

- No has podido hablar con él, ¿verdad? – preguntó, observando el rostro de Ginny con tristeza.

- No. Creía que tendría más tiempo para encontrar el momento adecuado para hablarle, pero el ataque de los mortífagos me ha impedido poder verle siquiera – negó la otra. Sus ojos habían comenzado a aguarse, aunque no se permitió llorar – ¿Y tú has hablado con Draco?

Nadia negó levemente. Pensar en él le dolía mucho más de lo que en aquel momento podía soportar.

- Tengo miedo de no volver a verlo con vida nunca más – susurró Ginny, temblorosa.

- ¿Y vas a quedarte así? ¿Sin hacer nada? – se indignó la rubia.

- ¿Qué puedo hacer? Cuando no está luchando, lo encuentro reunido con los demás trazando planes para la defensa del Castillo. Él tiene su responsabilidad, y yo tengo la mía; además él me evita; intenta no cruzarse conmigo siquiera y no me dirige ni la más pequeña mirada. No quiere hablar conmigo, Nadia.

- ¿Y te vas a rendir? – Se exasperó - ¡Cuando esté muerto ya no podrás decirle lo que sientes! – la atacó, intentando hacerla reaccionar.

- ¡Cállate!

Las demás mujeres las traspasaron con miradas de reproche, y los niños mayores clavaron en ellas sus asustados ojos. Ginny les devolvió una mirada de disculpa, se levantó de su asiento y enterró ambas manos en los bolsillos de sus pantalones, furiosa. Molly, que había ido a visitar a sus nietos, se reunió con ellas, alertada por el barullo.

- ¿Qué es lo que pasa, hija? – preguntó, frunciendo el ceño.

Pero Ginny no respondió. Al introducir su mano derecha en el bolsillo, se había dado cuenta de que esta se había topado con lo que parecía ser un pequeño pergamino, que extrajo inmediatamente, pues nunca antes lo había visto ni recordaba haberlo metido allí. Al observarlo, pensó que se asemejaba a una carta, cuidadosamente plegada y con un pequeño lacre de cera protegiendo los secretos de tan curioso papel. El corazón le dio un vuelco y sus manos comenzaron a temblar, intuyendo quién la había dejado en su bolsillo, y cuándo.

Nadia, dándose cuenta de que algo extraño sucedía, se levantó también e hizo ademán de preguntarle, pero ya la otra se afanaba en desplegar el papel, nerviosa, y decidió aguardar a que lo leyese. Molly observó a su hija con creciente preocupación. Al comenzar a leer lo que efectivamente era una carta, Ginny distinguió enseguida el origen de aquella caligrafía pulcra y cuidada que tan bien conocía, y leyó con atención.

"Mi querida Ginny, mi amor, mi vida:

Cuando te conocí en aquel misterioso andén que cambiaría mi existencia por completo, nunca pude imaginar que un día caería preso de por vida de esos ojos color chocolate que tanto me fascinan. Para mí, no existe mayor placer que perderme en tu mirada, dulce néctar que calma mis peores pesadillas cuando duermo y me llena de valor y esperanza en mis oscuros momentos, con sólo recordarte. He tenido la infinita suerte de ser bendecido por tu amor, el de la mujer más bella en cuerpo y alma que haya existido jamás, aunque sé que en muchas ocasiones no lo he merecido. Soy consciente de que no te he dado facilidades para poder quererme, y más difícil aún ha sido vivir conmigo, aguantando mi mal carácter día a día; pero a pesar de ello tú me has querido, y has sabido llenar mi vida de alegría, me has dado cuatro soles que han sembrado de cálida dicha mi triste y solitario corazón, y has colmado mi alma de tu dulce aroma, de tu esencia, de ti, tanto que ya no soy capaz de vivir sin tu felicidad. Mi compañera, mi amiga, mi novia, mi esposa… Todo yo soy tú, ya no recuerdo un momento en que tú no estés conmigo, ya no puedo vivir sin admirarte, sin idolatrarte, sin amarte. Porque te amo, te amo para siempre, pues la muerte no es más que el principio de un amor eterno e infinito. No me arrepiento de nada de lo que he vivido contigo, tan sólo de no vivir mil años más para poder demostrarte cuánto te adoro. Cuando yo ya no esté, jamás te sientas triste por mí, y cuando me recuerdes, piensa tan sólo en lo feliz que me ha hecho poder luchar por tu felicidad. No te digo adiós, sino hasta siempre.

Sólo tuyo, siempre tuyo.

Harry."

Gruesos y silenciosos lagrimones comenzaron a deslizarse por las mejillas de Ginny, mientras pegaba a su pecho el pequeño pergamino, aún desplegado. Su corazón penaba, desolado. Pero de pronto, toda su actitud cambió: sintió una especie de reclamo, una llamada proveniente de su mente y de su alma; una extraña fuerza estaba intentando atraerla, dictándole con ímpetu lo que ella debía hacer, y debía hacerlo ya. Por un momento, tuvo que buscar un punto de apoyo para no marearse y respiró hondo. Al reparar en que todavía se encontraba junto a su madre y a su amiga, una serenidad y una seguridad aplastantes dominaron sus ojos cuando las miró.

- Tengo que dejaros, él me necesita.

- ¿Quién te necesita? – Nadia la tomó de la mano, alarmada y sin comprender lo que la otra quería decirle - ¿De qué estás hablando? ¿Qué pone en ese papel?

Ginny se deshizo de la presión de la otra con un rápido tirón y la miró fijamente a los ojos.

- No preguntes. Él me necesita.

- ¿Pero quién? ¿Harry? ¿Para qué? ¿Qué está pasando, Ginny? – quiso saber Molly, más desesperada por momentos.

- No lo sé, ni me importa. Mi lugar está a su lado. Y no le fallaré.

- ¿Él te ha llamado?

- No.

- ¿Y entonces? ¡Ginny! ¿Qué significa todo esto? ¡Dime algo, hija, te lo pido por lo más sagrado para ti!

- Él es lo más sagrado para mí, y me necesita. Me da igual la tarea que él mismo me haya asignado; mi lugar está a su lado. Ahora lo sé.

- ¿Qué demonios es lo que sabes? – Nadia intentó retenerla de nuevo, pero la pelirroja no lo permitió.

- Que debo estar con él; lo siento así – se empecinó - Ya hablaremos, Nadia. Mamá, cuida a mis hijos por mí.

Y se marchó corriendo como alma que lleva el diablo. Las dos mujeres contemplaron, estupefactas, cómo Ginny se alejaba. Pero decidieron no seguirla para intentar detenerla, ya que gritos provenientes de los pasillos las alertaron del comienzo de una nueva batalla.

- Yo he de irme a luchar, Nadia – dijo Molly, recuperando gran parte de la decisión que siempre la caracterizaba – Dejo a mis nietos en tus manos. No permitas que les pase nada.

La abrazó con fuerza y también ella se marchó.

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Ginny entró en el Gran Comedor, corriendo desesperada, y casi chocó con Ron y Hermione, que se despedían abrazados antes de que él tomase su lugar en la contienda. La castaña había aceptado a regañadientes no participar en ella, reconociendo que había demasiados niños refugiados para tan pocas mujeres embarazadas que pudiesen cuidarlos, lo que había arrancado de Ron un gran suspiro de alivio porque podría concentrarse tan sólo en la lucha, sin pensar en nada más que no fuese impedir a los mortífagos que tomasen el castillo. Al verla tan apurada, su hermano y su cuñada la miraron de forma interrogadora.

- ¿Dónde está Harry? – preguntó Ginny a voz en grito, agarrando a su hermano por ambos brazos con todas sus fuerzas e interrogando sus ojos con urgencia.

Ron y Hermione se miraron en silencio, acongojados.

- ¿Dónde está? ¡Maldita sea! – lo sacudió, perdiendo la paciencia.

- Harry se ha encerrado ya con el Wicengamot en la sala de profesores para realizar el hechizo desmemorizante – respondió el pelirrojo, desviando su vista para que Ginny no lo viese flaquear.

- ¡Me voy con él!

Hizo ademán de marcharse, pero Hermione la retuvo con firmeza; la pelirroja intentó forcejear con ella hasta que la voz de su cuñada la retuvo.

- Nadie podrá entrar o salir de la sala de profesores hasta que el hechizo esté completado. Harry ha sellado la puerta tras ellos – repuso la castaña, contundente.

- ¡No! – El grito de Ginny sonó desesperado - ¡He de entrar por esa puerta! ¡He de estar con él! – no parecía loca o histérica, sino apremiante, mostrando una seguridad que hizo pensar a los otros que el futuro de todos ellos dependía de que la chica entrase allí.

- Está bien. Yo te ayudaré a entrar. No descansaré hasta que lo consigas – le aseguró su hermano, asintiendo con decisión.

Hermione lo observó, sorprendida.

- Pero tú tienes que cumplir con tu cometido. Harry te lo encomendó expresamente – objetó, clavando su mirada en los ojos de su marido.

- Yo he de hacer lo que mi corazón me dice que haga, al igual que él. Y siento que Ginny debe entrar en esa sala. ¿Tú no?

La castaña respiró profundamente, para intentar serenarse y poder así buscar dentro de su propio corazón. Después miró a ambos con una leve sonrisa.

- No me preguntéis cómo lo sé, pero estoy segura de que debes entrar allí. Está bien, yo os acompañaré.

Ron sintió como si el tiempo hubiese retrocedido varios años y les hubiese transportado hasta la época de su lucha contra Voldemort, cuando Harry, Hermione y él mismo formaban un tandem indisoluble, dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias. Se sintió liviano, un adolescente otra vez. Profirió una gran carcajada y comenzó a correr hacia la sala de profesores.

- ¡Seguidme! – les instó con un ademán.

Las dos mujeres corrieron tras él y los tres se alejaron juntos del Gran Comedor, observados con curiosidad y extrañeza por todos los demás. Aunque a nadie le dio tiempo de preguntarles qué estaba sucediendo y pronto todos volvieron a concentrarse de nuevo en la inminente batalla.

Corrieron por los pasillos sin cruzarse prácticamente con nadie, ya que los que no estaban en los jardines del castillo, preparados para frenar a la primera oleada de mortífagos, habían tomado posiciones tras algunas ventanas, o estaban dirigiendo improvisados ejércitos de armaduras, pupitres y sillas, libros, o incluso cacerolas y sartenes, que se apostaban detrás de las puertas principales, dispuestos a atacar. Ron esperaba que la rápida carrera no causase ningún problema a los embarazos de su esposa y de su hermana, pero todos ellos habían decidido ayudar a Harry fuese como fuese, y aquel riesgo había pasado a un segundo lugar en sus preocupaciones. Llevaban tan sólo unos pocos minutos corriendo, pero aquel día los pasillos le parecían infinitos e interminables. A pesar de ello, no quiso forzar la marcha; sabía que pronto llegarían a su destino, y entonces deberían anular las defensas de la puerta de la sala de profesores, unas defensas que el mismo Harry había alzado a conciencia. Así que, mientras corría, se concentró en su próximo problema, el más importante, pues si resultaban incapaces de anular dichas defensas, todos sus esfuerzos no habrían servido para nada.

De pronto, los cristales de las ventanas ante las que estaban pasando reventaron con un horroroso estruendo. Todos ellos se vieron lanzados bruscamente contra la pared del pasillo y un calor sofocante se adueñó de sus pulmones con cada inhalación. Ron intentó ponerse en pie, boqueando para tratar de no ahogarse, mientras se afanaba en localizar a Hermione y Ginny, que habían desaparecido de su vista, ocultas por la inmensa nube de polvo levantada por los cascotes del muro derribado y por el humo proveniente de una gran mole de roca ígnea de la que manaban quimeras ardientes, serpientes y dragones llameantes, a unos metros por delante de ellos. Aún aturdido debido al golpe recibido, no podía creer lo que estaba viendo.

- ¡Hermione! ¡Ginny! – gritó con todas las fuerzas que pudo reunir, comenzando a caminar hacia el origen de aquel desastre.

Sus pulmones se resintieron y una tos convulsa amenazó con ahogarle definitivamente. Se dobló sobre sí mismo, obligado a detenerse y a apoyarse en la pared.

- ¡Ron!

Él se giró hacia el origen de la voz, y comprobó con infinito alivio que Hermione se ponía en pie, llena de polvo y cascotes que se precipitaron contra el suelo. Renqueante, se reunió con ella.

- ¿Y mi hermana?

- Estoy aquí – escuchó a su izquierda.

Ginny intentaba levantarse también, mareada aún por el golpe. Hermione y Ron la ayudaron a conseguirlo.

- ¿Estáis bien? – les preguntó Ron, observándolas lleno de preocupación.

Las dos mujeres asintieron, incapaces de hablar, ya que una nueva ola de polvo había sido arrastrada hacia ellos por el viento que soplaba desde el exterior del castillo.

- ¿Seguro? – las agarró con fuerza por los brazos, dispuesto a no soltarlas hasta haberse convencido de que no mentían.

- Sí, Ron, no te preocupes – afirmó su esposa, con una sonrisa agradecida.

- ¿Qué demonios ha sido eso? – quiso saber el pelirrojo, intentando distinguir la gran mole de roca ardiente a través del polvo.

- No sé cómo, pero los mortífagos han conseguido traspasar las defensas del castillo lanzando esa cosa desde el exterior– Hermione señaló hacia la roca cubierta de fuego infernal, que dominaba toda la anchura del pasillo.

- ¡Debo llegar hasta Harry! – gritó Ginny.

Intentó acercarse a la fuente de calor, tratando de sortearla para continuar su carrera hacia la sala de profesores, pero le fue imposible recorrer unos metros siquiera, mientras las fantásticas criaturas ígneas intentaban abalanzarse sobre ella para fundirla en un abrazo llameante. Hermione la alcanzó, y cubriéndose el rostro con la mano izquierda, buscó su varita en uno de sus bolsillos, pero al extraerla se dio cuenta de que esta había resultado rota por la caída; pensó rápido, y sin dar opción a Ginny de negarse, le quitó la varita que guardaba en un bolsillo de su chaqueta y gritó con todas sus fuerzas:

- ¡Fiendlocked!

Las llamas disminuyeron de intensidad pero no cesaron; los dragones y quimeras aullaron de impotencia, mientras Hermione mantenía el hechizo con su varita - ¡Vete, Ginny! ¡Cruza rápidamente y las llamas no podrán alcanzarte! ¡Sigue adelante y ayuda a Harry!

La otra la miró, dubitativa, no quería marcharse sin su hermano y su cuñada.

- ¡Vamos, cruza! ¡No podré mantener el hechizo mucho tiempo!

Ginny asintió, decidida, e iba a retomar la desenfrenada carrera hacia su destino, cuando una voz imperativa atronó tras todos ellos.

- ¡Ni se te ocurra, si no quieres que estos dos sufran una muerte fulminante! ¿Te he contado alguna vez que mi maldición favorita es el "Avada Kadavra"? – amenazó la voz, con tono burlesco.

- ¡Leman! – gritó Ron, asqueado - ¡Maldito asesino!

Se abalanzó sobre él pero el otro fue más rápido y lo detuvo con un hechizo inmovilizador. Aún así, Hermione dispuso del tiempo suficiente para gritar.

- ¡Corre, Ginny! ¡No te preocupes por nosotros! ¡Corre a ayudar a Harry!

Esta vez la pelirroja no lo pensó dos veces y, decidida, cruzó entre las llamas con todas sus fuerzas. Leman intentó impedirlo, pero ya ella seguía corriendo del otro lado, y Hermione dejó caer su brazo derecho, agotada, permitiendo que las bestias llameantes volvieran a lamer la amplitud del pasillo, enbravecidas y sin cesar de acosarlos con su demoníaco avance.

- Asquerosa sangre sucia, pagarás por lo que has hecho.

También a ella la inmovilizó sin que pudiese evitarlo, ya que el encantamiento que acababa de ejecutar la había debilitado considerablemente. Sintiéndose dueño de la situación, Leman se acercó a la chica para acariciar su rostro con lascivia, seguro de que hacerlo volvería loco a Ron, quien era incapaz de detenerlo. Después dio la espalda a la castaña y se encaró directamente con el chico, lo observó de arriba abajo con desprecio, acercándose a él peligrosamente. De pronto, Ron sintió una horrorosa punzada de dolor en el estómago a la vez que el hechizo que lo había mantenido inmóvil se esfumaba. Lentamente, llevó su mano al origen del dolor y al mirarla, la encontró bañada en sangre. Inmediatamente después se desplomó.

- ¿Qué te parece, niñata fastidiosa? ¿Te gustan las consecuencias que tú misma has provocado? ¿Tanto adoras a Potter, como para querer deshacerte de tu propio marido por él? – preguntó a Hermione, burlesco, vuelto para dedicarle de nuevo toda su atención – Tranquila, que tu agonía va a durar mucho menos que la suya. Antes de morir, le dará tiempo de verte hacerlo a ti primero.

Alzó su varita, sus labios acariciaban ya con perverso placer el "Avada Kadavra" que arrebataría la vida de la joven, cuando algo lo detuvo y contorsionó su rostro en una mueca de dolor y frustración. Hermione esperó el hechizo final, desafiante, sin comprender qué estaba sucediendo, pero este no llegó. En su lugar, Leman se volteó hacia Ron, furioso. Fue entonces cuando ella pudo darse cuenta de que, el puñal que el hombre había clavado a Ron en el estómago, lo llevaba ahora él profundamente hundido en su espalda: el chico, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se lo había arrancado del estómago para lanzarlo después a su agresor, hincándoselo hasta la empuñadura y desmayándose inmediatamente después. Aún así el mortífago, sacando fuerza de toda la ira que lo embargaba, enarboló su varita, apuntándola hacia el pelirrojo.

- "Avada Kad…"

Hermione quiso gritar, patalear, llorar… intentó librarse del hechizo que la inmovilizaba probando todas las formas conocidas, sin conseguirlo. Ante ella, el hombre de su vida, el padre de sus hijos, su amor, iba a hallar la muerte intentando salvarla. Había creído conocer cómo se sentía Ginny ante el sacrificio de Harry, pero entonces supo que hasta aquel momento no había intuído ni remotamente cuánto dolor puede sentirse por la pérdida del hombre a quien se ama. Su corazón lloró en silencio, destrozado, y ella sintió cómo el mundo giraba bajo sus pies.

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Mientras tanto, en el exterior del castillo, Draco, Neville, Fred y George habían organizado un grupo de asalto para intentar sabotear los artilugios muggles que, mediante hechizos, se ocupaban de lanzar inmensas rocas prendidas con el encantamiento Fiendfyre sobre las defensas del castillo. Acompañados por seis hombres más, los cuatro chicos reptaban en la dirección en que habían descubierto, a través de un hechizo de acercamiento de visión, grandes armatostes dirigidos por muggles y cargados por magos, que trabajaban de forma incansable. Cuanto más avanzaban hacia ellas, más impresionantes les parecían aquellas extrañas máquinas.

- ¿Qué diantre son? – preguntó Neville, en apenas un susurro, deteniéndose durante un momento para contemplarlas.

- Inmensas catapultas – respondió uno de los muggles que los acompañaban – No se habla de catapultas tan enormes ni siquiera en los libros de historia mejor documentados. Su tecnología es muy arcaica, no precisan de ningún tipo de energía para funcionar, tan sólo aprovechan el principio de la fuerza de palancas, nada más.

- ¡Ahora entiendo porqué no han sido anuladas por los hechizos de interferencia del castillo! – maldijo Draco - ¡Potenciados por los magos, esas catapultas son prácticamente indestructibles! ¡Malditos bastardos! – renegó.

- No hace falta destruirlas por completo. Será suficiente con que nos carguemos el eje principal de lanzamiento – razonó Neville – Si quedan inutilizadas, no les servirán para nada en absoluto.

- Tan sólo son cinco, podemos hacerlo – les animó Fred, ansioso por entrar en acción. George asintió, convencido.

- Cinco catapultas, que están siendo dirigidas y cargadas por treinta tíos por lo menos – objetó Neville, preocupado.

- Lo cual indica que nos vamos a divertir – aseguró Nate, el muggle que les había explicado el funcionamiento de las máquinas, con una amplia sonrisa.

- Este tío me cae bien – dijo Draco, palmeando la espalda del otro – En marcha. Cada pareja que se dirija a inutilizar su catapulta. Y si os descubren, tumbad a quien se os ponga por delante.

- Entendido – respondieron todos. Y cada cual se marchó en busca de su objetivo.

Inesperadamente, un ruido atronador se escuchó a sus espaldas; todos ellos se detuvieron en seco y se dieron la vuelta para localizar el origen del estruendo. Los magos contemplaron con la boca abierta, cómo en medio de un ala del castillo se abría un boquete inmenso, por el que salía un humo cegador.

- ¡No puede ser! ¡Han conseguido penetrar las defensas! – exclamó Draco, atónito - ¡Mierda! ¿Qué zona es esa?

- ¡Justo al lado de donde Harry y el Wicengamot están ejecutando el hechizo en estos momentos! – afirmó Neville, alarmado.

Draco y él se miraron a los ojos y no necesitaron palabras para entenderse. Los muggles los escrutaron sin comprender nada, pero Fred y George intuyeron enseguida lo que pasaba por la cabeza de sus amigos.

- Id tranquilos. Nosotros nos ocuparemos de las cinco catapultas – les aseguró George, decidido.

- ¿Podréis con todos los que las manejan y custodian? – preguntó Draco, dubitativo.

- ¿Tú qué crees?

- Está bien. Suerte.

Draco dio una palmada en el hombro de Neville para que este se pusiera en marcha y los dos chicos corrieron de vuelta hacia el castillo.

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Ginny por fin llegó a la carrera a la sala de profesores, y se detuvo ante la puerta para tomar aliento. Nada más dejar a Ron y Hermione, había comenzado a escuchar lo que parecían gritos de lucha que se desataban tras ellos. Había estado tentada de volver para ayudarlos, pues seguramente los mortífagos habían comenzado a invadir el recinto a través del lugar donde la pareja se encontraba, y aunque fuesen capaces de hacer frente a Leman, no podrían con todos los que le siguieran. Pero no lo hizo; confió en que su padre, Remus y la profesora McGonagall, encargados de la defensa interior del castillo, se hubiesen percatado a tiempo de que sus hechizos defensivos habían sido penetrados y acudiesen rápidamente a auxiliarlos. Deseó con todas sus fuerzas que así fuera.

A groso modo, calculaba que habían pasado unos veinte minutos desde que Harry y el Wicengamot se habían encerrado tras aquella puerta, y por ello temió haber llegado demasiado tarde como para poder ayudar a su marido, sin contar con que todavía debía conseguir franquear la entrada a la sala, y que no tenía realmente ni idea de cómo hacerlo . Sin pensarlo, se agarró con fuerza a la manivela de la puerta y la accionó, esperando que nada sucediese y que los hechizos que Harry había ejecutado para sellarla la mantuviesen firmemente cerrada. Aún así, debía intentarlo mientras se le ocurría una idea mejor, pues era la forma más rápida de traspasar la entrada. Al hacerlo, sorpresivamente la manivela cedió y la puerta se abrió con un quedo chirrido. La sorpresa hizo que Ginny quedase parada ante ella durante unos pocos segundos, pero rápidamente la abrió de par en par y penetró en la estancia como un tornado. Inmediatamente, fue rodeada por un leve, rítmico y cadencioso sonido.

La imagen que se mostraba delante de ella la aterrorizó: montones de cuerpos yacían en el suelo, desperdigados por doquier, pertenecientes a miembros del Wicengamot; no podía saber si estaban vivos o muertos, pero no daban señal alguna de vida. De los más de cincuenta integrantes del Gran Consejo, tan sólo quedaban ocho en pie, con los brazos extendidos en una misma dirección, totalmente concentrados. Inesperadamente, uno de ellos se desplomó como un peso muerto y otro le siguió inmediatamente después. Las caras de agotamiento de los que restaban aún conscientes delataban que pronto ellos se unirían también a los caídos. Y al fondo de la sala, justamente frente a ella, pudo ver a Harry, inmóvil con los brazos en cruz y pálido como la cera, con la mirada fija en un punto que sólo él podía ver.

Ginny corrió hacia él, sorteando los cuerpos que plagaban el suelo, cuando otro mago se dejó vencer por el agotamiento justo delante de ella, casi arrastrándola en su caída. Pero la pelirroja no se amedrentó y continuó corriendo hacia su marido.

- ¡Harry! – gritó sin importarle que con ello pudiese desconcentrarlo.

Al principio él pareció no escucharla, pero luego sus ojos adoptaron un brillo de reconocimiento. El sudor perlaba su piel, toda su ropa estaba empapada en él.

- N-no lo conseguiremos. Faltan cinco minutos para completar el hechizo y ya no nos quedan fuerzas. Ponte a salvo, Ginny. Márchate.

Dicho esto, dejó de mirar a su mujer y reafirmó la postura de sus brazos, alcanzando de nuevo el máximo de su concentración. Tres de las personas que quedaban junto a él cayeron fulminadas. Ginny, llena de desesperación, giró rápidamente su cabeza a uno y otro lado, intentando decidir qué hacer, cuando vio que las dos personas que apoyaban aún a Harry caían también, y cómo él comenzaba a flaquear. No sabía qué debía hacer; aquella extraña voz que en su interior le había ordenador ir allí, ahora la había abandonado sin nuevas muestras de existencia; pero sí supo que deseaba con todas sus fuerzas compartir el destino de su marido, pasase lo que pasase. Así que apoyó ambas manos en el pecho de él y le ofreció toda su energía. Harry abrió los ojos desmesuradamente, sorprendido, pero no hizo ademán de alejarla de su lado. Reforzado, se concentró en concluir el hechizo con éxito, aprovechando la nueva oportunidad que ella le había brindado. La energía de ambos disminuía rápidamente, eran demasiado pocos como para mantener la potencia de un hechizo de aquellas magnitudes, pero ninguno de ellos flaqueó. Harry redobló todo su esfuerzo, dispuesto a ofrecer el último resquicio de su vida para lograr completarlo.

Apunto de derrumbarse, ambos notaron cómo una luz azul plateada rodeó sus cuerpos, impidiéndoles caer. Él sintió una última oleada de energía, tan potente y pura, que todo su cuerpo se vio estremecido por una brusca convulsión. Y Ginny la sintió también. Los dos resistieron estoicos, con firmeza y determinación, mientras el brillo que los rodeaba se iba atenuando poco a poco hasta extinguirse, y un silencio sepulcral se adueñaba de la sala.

- Lo logramos – musitó Harry, con un susurro extraño, casi borboteante.

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Draco y Neville llegaron al castillo, corriendo como posesos, y se dirigieron directamente hacia la puerta principal. Una inmensa mole de piedra acababa de atravesar las defensas del edificio en ese punto y decidieron aprovechar la brecha para atajar hacia donde ellos marchaban. Nada más entrar en los jardines, comprobaron cómo un ejército de pupitres acorralaba a los mortífagos que habían accedido por la abertura, mientras varias sillas debocadas intentaban golpearlos sin piedad. Buscaron el origen del hechizo y descubrieron a la profesora McGonagall al frente de aquella embestida, con el pelo alborotado y llena de polvo de pies a cabeza, pero aparentemente ilesa. A varios metros de ella, una inmensa tentacula venenosa daba buena cuenta de tres mortífagos más.

- ¿Cómo es que está usted sola aquí? – le preguntó Draco, gritando para hacerse escuchar.

- ¡Casi todos lo muggles han huido a esconderse, enloquecidos! ¡Me temo que no están preparados para contemplar ciertos prodigios! – gritó ella también, sonriendo con mordacidad – ¡Los demás profesores están combatiendo dentro! ¡Yo ya he extinguido las llamas aquí! ¡Dos rocas más han impactado en la parte trasera, sin contar con la primera, que lo ha hecho arriba!

- ¡Lo sé! ¡Nosotros nos dirigimos a combatir a los que se cuelen por esa brecha! ¡Está demasiado cerca de donde se encuentra Harry! ¿Usted podrá apañárselas sola?

- ¡Claro que sí! ¡Estoy esperando a que entren unos cuantos mortífagos más! ¡Tengo reservado para ellos todo un batallón de armaduras! ¡Acabad con los de arriba! – gritó de forma belicosa.

Los dos chicos reanudaron su carrera hacia el interior del castillo. Nada más entrar, un grupo de mortífagos muggles cruzaron ante ellos, muertos de terror; iban perseguidos por la práctica totalidad de los fantasmas residentes, con Peeves – el poltergeist – a la cabeza, que se lo estaba pasando en grande, secundado por Nick Casi Decapitado. El Club de Cazadores sin Cabeza al completo lanzaba sus tétricas cabezas sobre los rostros de los perseguidos, quienes prorrumpían en histéricos alaridos, sin dejar de correr. Neville pensó con jocosidad que, sin duda, nadie de sus amigos magos les había puesto en antecedentes sobre la existencia real de fantasmas en el mundo mágico: un punto para ellos. En Cambio Draco quedó alucinado al ver que El Barón Sanguinario pasaba ante él tomado del brazo de La Dama Gris, que sonreía encantada. El rubio sacudió la cabeza, incrédulo, pero en cuanto todos ellos hubieron pasado de largo continuó corriendo; tuvo que ser rápido y agacharse, porque un rayo de luz pasó justo por donde hace tan sólo un segundo había estado su cabeza. Entonces se dio cuenta de que grandes chorros de luz cruzaban por todos lados constantemente, provenientes de las varitas pertenecientes tanto a los mortífagos como al resto de los magos; agarró a Neville con fuerza y lo pegó contra la pared, a tiempo de evitar que uno de ellos le impactara, y el chico le sonrió, agradecido. Ambos vieron a Remus pasar corriendo a lo lejos, tras un mortífago que a su vez perseguía a Dudley. Al otro lado del pasillo, Samuel y Carol lanzaban bubotubérculos purulentos a sus atacantes que provocaban horrorosas y dolorosas verrugas allá donde estos impactaban, protegidos por un enjambre de geranios con colmillos y violentas snargaluff. No pudieron localizar a los demás y supusieron que estarían defendiendo las entradas practicadas por el resto de las brechas.

- ¡No nos entretengamos más! ¡Sígueme! – le gritó.

Ambos se abrieron paso a duras penas para llegar a las escaleras, perdiendo un tiempo precioso, pero al alcanzarlas pudieron apresurar la marcha, ya que la lucha todavía no había llegado hasta allí. Todos los personajes de los retratos se habían agolpado en los marcos situados en los lugares más bajos, intentando saber de primera mano qué estaba sucediendo, y muchos de ellos les increparon al pasar, haciéndoles preguntas de todo tipo sobre la batalla, pero los chicos los ignoraron por completo. De pronto apareció el profesor Sloughorn tras un recodo, comandando miles y miles de libros voladores, sin duda procedentes de la gran biblioteca, como si de un gran general histórico se tratase. El hombre les sonrió, enardecido, y se apresuró a bajar las escaleras para unirse a la refriega que se desarrollaba abajo. Los dos chicos se sintieron transportados a otros tiempos, y a pesar de lo trágico de la situación, no pudieron evitar sonreír, culpables por el pequeño sentimiento de nostalgia que los embargó.

Habían subido tres cuartos de la gran escalera móvil, cuando una inmensa humareda los sumió en una neblina sofocante.

- ¡Por aquí! – gritó Neville, y los dos se perdieron dentro del humo. - ¡Mierda! ¡No veo nada!

- ¡Pégate a mí! ¡No nos separemos!

Avanzaron a trompicones, sintiendo que sus pulmones se ahogaban por momentos, hasta que una súbita ráfaga de viento se llevó todo el humo a su alrededor. Durante un instante pudieron presenciar cómo Leman estaba apunto de asesinar a Ron, pero desgraciadamente se hallaban demasiado lejos todavía para intentar impedirlo.

- ¡Noooooooo! – gritó Neville con todas sus fuerzas.

Pero el mortífago ya había lanzado el rayo fatal que fulminaría a su amigo en el acto. Corrieron de nuevo, mas se vieron rápidamente rodeados por varios mortífagos que habían alcanzado el pasillo tras su jefe. Enarbolando sus varitas, repartieron hechizos de todo tipo a diestro y siniestro, sin dejar de correr. Los mortífagos, sorprendidos, les permitieron avanzar en un primer momento, pero pronto hicieron piña de nuevo en torno a ellos, intentando detenerlos. Cuando llegaron hasta Ron, vieron que se encontraba mal herido, pero no había muerto: su pecho subía y bajaba todavía al compás de sus pulmones, aunque estaba desmayado. Draco se enfrentó a los atacantes con rabia mientras Neville anulaba el encantamiento que había mantenido a Hermione paralizada, y ejecutaba un nuevo Fiendlocked para intentar acabar con las llamas definitivamente; casi lo consiguió, y Hermione se encargó de extinguirlas totalmente, reforzando el hechizo con el suyo propio.

- ¿Cómo…? – la miró sin comprender.

- He sido yo – escuchó a sus espaldas.

Tras él, un rostro conocido le dirigió una triunfal sonrisa, mientras a sus pies yacía el cuerpo sin vida de Leman. Después, y sin que Neville pudiera evitarlo, aquel hombre se desplomó también.

-¡Por Merlín! ¡Es Charlie! – se asombró Neville.

- Ambos se han alcanzado con un Avada Kadavra – dijo Hermione cuando pudo volver a hablar, mientras se apresuraba a encargarse de su marido – Leman era más hábil, pero estaba debilitado por el puñal que Ron le había clavado en la espalda, y vuestro grito le ha distraído el tiempo suficiente como para que Charlie lanzase su rayo contra él, consiguiendo que el otro le devolviese el que iba dirigido a Ron - esquivó un rayo y su amigo se encargó de desarmar al mortífago que lo había lanzado.

Una vez hubo comprobado que Ron seguía vivo, se unió a los dos chicos en la lucha, liberando toda la ira que la consumía por dentro.

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Al escucha las palabras de Harry, Ginny levantó el rostro hacia su marido, llena de alegría, pero inmediatamente ahogó un grito de pánico: él la miraba con serenidad, casi desmayado, mientras un inmenso reguero de sangre resbalaba desde sus fosas nasales hacia su barbilla. El sonido que a ella le había parecido tan raro era el producido por el aire que Harry había exhalado al hablar, al mezclarse con la sangre que inundaba sus labios. El joven no pudo tenerse más en pie y se dejó caer como un peso muerto, arrastrando a Ginny en su caída. Ella intentó atenuarle el golpe, pero el cuerpo de él era demasiado pesado y no pudo evitar que su cabeza golpease las frías baldosas con todo su peso. Cuando se vio capaz de volver a moverse, se apresuró a comprobar las constantes vitales de Harry, que había perdido totalmente la consciencia: apenas respiraba.

- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Por favor! – gritó una y otra vez desde lo más profundo de su ser.

Pero nadie acudió en su ayuda; todos estaban demasiado lejos, enzarzados todavía en la cruenta lucha contra los mortífagos.

- ¡Por favor! ¡Harry se muere! – se desgañitó.

Nada sucedió.

Intentó moverlo, mas fue incapaz de trasladarlo ni un centímetro siquiera. Entonces pensó en su varita y la buscó con desesperación, pero recordó que Hermione se la había arrebatado para ayudarla a cruzar la barrera llameante tras comprobar que la suya se había roto. Derrotada, se abrazó al cuerpo de Harry. No iba a abandonarlo para ir en busca de ayuda, temerosa de que mientras ella estuviese fuera, llegase algún mortífago y acabase con su vida, ahora que él se hallaba totalmente indefenso. Decidió que gritaría y gritaría hasta encontrar la muerte junto a él, vendiendo caras sus vidas, o hasta que alguien llegase para ayudarles.

- ¡Auxilio! – gritó de nuevo con todas sus fuerzas.

De pronto, una figura que le era familiar irrumpió en el cuarto. A través de las lágrimas que anegaban sus ojos, Ginny pudo ver que el hombre rubio que acababa de entrar se había detenido en la puerta, paralizado, contemplando el cúmulo de cuerpos que yacían en el suelo. Ella gritó de nuevo para intentar llamar su atención, pero su garganta se había quedado afónica, y tan sólo profirió un ronco gemido. Aunque fue suficiente. Draco corrió hacia ella y se dejó caer de rodillas a su lado.

- ¡Por Dios! ¡Por Dios! – murmuró, desesperado.

Intentó localizar el pulso de Harry presionando con dos dedos en su cuello, y repitió el proceso en varios puntos de su cuerpo.

- No respira…

Trató de reanimarlo haciéndole la respiración boca a boca, con lo cual también él se llenó de sangre, pero no le importó. Presionó su pecho una y otra vez, repitiendo la maniobra varias veces, sin ningún resultado. Dispuesto a conseguir salvarlo a toda costa, se levantó rápidamente y lo alzó en brazos, dirigiéndose a la puerta con rapidez. Muerta de angustia, Ginny lo siguió.


Comentarios de la autora:

¡No podéis imaginar cuánto he disfrutado escribiendo este capítulo! Estos días estoy releyendo "Harry Potter y las reliquias de la muerte" porque llevaba tiempo deseando hacerlo, y hoy mismo, el día en que he tenido tiempo para describir esta batalla, he llegado a las páginas del libro que describen la batalla final en Hogwarts. ¡Para mí ha sido una coincidencia increíble! ¡Una señal! Por eso no he parado hasta terminar de escribir este capítulo. No sé si os gustará, qué más quisiera yo. Aún así, y aunque soy perfectamente consciente de que este fic nunca llegará a sus manos, le dedico este capítulo a la magnífica, inigualable, magistral y divina J. K. Rowling. Ojalá yo tuviera una cuarta parte del talento que ha mostrado ella escribiendo todos sus libros.

¿Mäs dedicatorias? ¡A todos! ¡A todos! ¡A TODOOOOOOOS!

Notaréis que hoy estoy eufórica, pero es que me siento emocionada. Después de casi dos años, por fin estoy escribiendo capítulos que tan sólo había imaginado una y otra vez en mi mente. ¡Y me siento genial!

Deseo que os guste, desde lo más hondo de mi corazón. Por favor, dejadme reviews con vuestras opiniones. Ahora que estoy concluyendo este fic los necesito más que nunca, si cabe.

Infintas gracias y hasta pronto, espero.

Rose.