Capítulo 28 Grandes esperanzas
Era de noche. Esas noches de oscuridad espesa de comienzo de la primavera, con vestigios de invierno que solía mostrar Abril. De los lindes del bosque prohibido se podían divisar las primeras luciérnagas. Pequeñas manchitas de luces intermitentes, bailando en la densa oscuridad. Esa brisa fresca primaveral, fría y mezclada de perfumes florales. Lirios y lavandas. Olor al rocío que caía sobre el jardín. Olor al lago, musgo y nenúfares. Una luna en su primer cuarto creciente se alzaba en el cielo. Inocente, crecía cada noche un poco más hasta volverse llena. Pronto.
La ronda de prefectos había terminado y Remus había dejado a Lily a solas con James en la Sala Común. Subió a su habitación y la respiración profunda de Peter se hacía sentir en cada rincón. Sirius estaba despatarrado en su cama y habló con voz meditabunda. Le había aplicado a Peter uno de esos hechizos para evitar que ronque tan sonoramente. Remus se dispuso a prepararse para meterse en la cama y dormir plácidamente.
Sirius, como desde hacía tiempo, estaba desvelado. Pasaba muchas noches tratando de conciliar el sueño y más de una noche no había logrado dormir ni una hora completa. Remus lo había descubierto estudiando metido en la cama. Lo había visto pasearse de un lado a otro, inquieto como un perro encerrado. Había escuchado la puerta cerrarse y vuelto abrir mucho después. Sirius se había vuelto un insomne. En esas horas a solas, se dedicaba a husmear en sus novelas muggles. Sabía que había leído "La Odisea" de Homero porque al otro día había hecho un comentario de su trama "Ni aunque te ataran al mástil te resistirías" porque James se iba tras una melena pelirroja y el canto de su voz actuaba como el de las sirenas. Durante esas noches largas sin la vigilancia de nadie, Sirius se metía de lleno en los libros académicos, en los deberes, en todo eso que juraba no ponerle atención nunca. Ignoraba qué hacía cuando se iba de la habitación. Posiblemente despertaba a alguna chica, posiblemente visitara la sección prohibida de la biblioteca. Posiblemente fuera a la torre de Astronomía a fumar. Quizá se escapaba a Hogsmeade a sacar a pasear al perro o realizar algún acto vándalo de dudosa reputación. Quizá sobrevolaba los cielos. Todo en pos de algo. En cansarse, en no pensar, en dejar la mente en blanco. Sirius nunca había tenido problemas de mujeres. Los únicos problemas eran los que se hacían las chicas al enterarse que no eran más que polvo de una noche, o que había estado con otra al otro día. Pero nunca un problema de otro tipo. Sirius creaba problemas pero nunca se los hacía a él mismo. Él tiraba bombas y que el resto se arreglara. Ahora parecía tenerlos y eso no podía significar nada bueno.
Se recostó en su cama y aunque tuvo ímpetus de querer conversar con Canuto y preguntarle qué le pasaba, sabía que no podía abordarlo de esa manera. No funcionaba así su amigo.
Se recostó y le hizo creer que no tenía nada de sueño, que algo le preocupaba. Comenzó a hablarle, desde su cama, sobre el tema de Mary y Paul y la pelea con James. Notó enseguida cómo Sirius se animaba por charlar de algo, lo que sea. Pronto la conversación viró en el sentido que Remus quería que fuera.
—No sé — Dijo Sirius ante la pregunta de Remus. Hubo un silencio y Lunático dejó a su amigo carburar la respuesta. — Me dijo que… se aburrió. Pero eso es imposible, ninguna se aburre de mí. Mintió y no sé porqué. Todas las mujeres están locas.
— Tan locas que seguro te dijo algo más… porque las mujeres hablan en código secreto. Dicen que no las entendemos pero ellas no hablan claro.
— No sé, Remus, me importa una mierda… no quería pedirme nada a cambio pero sé que quería… no sé qué… algo.
— Todas quieren algo, ¿no?
— Dijo que era mejor ahora antes de terminar mal… ¿Qué carajo quiere decir eso?
— Que aun te quiere — Otro silencio se formó entre ambos y la respiración acompasada de Peter era lo único que se oía.
— No lo creo… creo que es una miedosa, creo que no estaba dispuesta a seguir por miedo.
— ¿Entonces sí hubieras seguido con ella?
— No sé — Dijo Sirius evitando el contacto visual con su amigo. Remus suspiró hondamente más por intención que por cansancio. Sirius habló presionado porque una vez en el baile tenía que bailar y ahora no lo paraba nadie — ¡No sé Lunático estaba cómodo! Vamos, ¿qué quieres que te diga?… era la primera vez que estaba tanto tiempo con una chica. Ninguna me permitió todo lo que ella… sin celos ni peleas estúpidas. Me sentía libre… ah por Merlín ya parezco una nenita hablando así. ¿Qué mierda me pasa?
— Supongo que ella se debe haber sentido presionada o no sé… lastimada —Remus habló ignorando lo último que había dicho su amigo.
— ¿Cómo mierda puedo saberlo?... juro que no había hecho nada. ¿Presionarla a qué? si era libre de hacer lo que quería.
— No sé… las chicas siempre buscan algo más, pese a jurar querer ser libres e independientes como Katherine.
— Cada vez estoy más convencido de que lo hizo apropósito para tenerme así… así de estúpido. La odio.
— Sí puedo imaginarme cuánto la odias… — Remus necesitaba descansar y viendo que su amigo había confesado el problema se sentía libre de hacerlo. Antes de dar vuelta y cerrar los ojos buscó con una mano debajo de su cama hasta dar con el libro que buscaba. Se lo tiró a Sirius que lo atrapó con ambas manos — Léete esto, te ayudará con el insomnio
— Jodido Míster Lunático del culo… es insoportable que lo sepas todo — Pero Remus ya estaba entrando en el profundo mundo de los sueños con una sonrisita en su rostro. Sirius tomó la novela muggle en sus manos y leyó. "Grandes esperanzas de Charles Dickens"
Estaba haciendo calor y el clima denso se esparcía por Escocia y lograba que la mayoría de alumnos de Hogwarts salieran a los jardines a tomar aire y disfrutar del tenue sol. Pero la humedad comenzaba a rogar por la lluvia libertadora de toda presión atmosférica.
Los deberes se apilaban como siempre que se retornaba de las vacaciones. Pero los ánimos de convivir en primavera daban aires soñadores y ya se podía sentir ese levitar típico de la juventud en aquella estación. Grandes esperanzas de pequeñas almas entusiastas. Optimistas innatos que revelaba la primavera.
Hacía unos minutos que había terminado el entrenamiento de los leones y James aprovechaba el poco tiempo para disfrutarlo con Lily. Tenía el cabello empapado por la reciente ducha en el vestuario. Llevaba ese olor a jabón de lavanda y ropa limpia. Lily estaba sentada en las gradas del estadio, con la cabeza hacia atrás, admirando el cielo levemente oscurecido. James tenía la cabeza sobre su regazo y podía ver el manto celestial cubrirse por las primeras estrellas.
Lily jugaba distraídamente con los mechones de su cabello y observaba sus ojos tras las gafas y sonreía quedamente.
James la miraba eventualmente y cuando eso ocurría, pareciera estar admirando a la estrella más impresionante de toda la galaxia entera. Conversaban de cuestiones banales, aunque prácticamente pasaban más tiempo en silencio.
Por momentos descubría a James mirándola de esa nueva forma. Esa forma secreta que habían aprendido a mirarse desde hacía semanas atrás. James podía cerrar sus ojos y recordar las dos noches más gloriosas de sus vacaciones y puede que del resto de su vida. Lily jadeando entrecortadamente. Pidiéndole más y sí, y nombrándole por su nombre, James. Mordiéndose los labios casi con dolorosa pasión. Podía recordar cuando por primera vez, en su propia cama de su casa de toda la vida, ella se entregaba por completo a él. No podía haber sido más feliz. No podía. No podía olvidar su voz jadeante y sus exigencias ser atendidas. Las cosas que le había dicho al oído la promesa de ser solo de él. Toda suya. Entera y complemente suya.
Lily podía darse perfecta cuenta de ello, porque sentía que le recordaba con tanta fuerza y vigor que el recuerdo se materializaba para ambos. Allí en las gradas disfrutando la cálida brisa de una noche indefensa, ambos pensaban lo mismo.
Lily recordaba cómo había sucedido cada paso. Conocer la habitación de James había resultado un momento digno de recordar. Pedirle que casi con desesperación que lo hiciera, hubiera sido otro momento para el recuerdo. Aun no sabía cómo era posible que se transformara de esa forma, que olvidara todo y que su voz sonara tan diferente. Que su propia mente le fallara y que lograra sumirse en tierras desconocidas pero deseosas por ser exploradas.
No había sido lo más fácil del mundo. No, Merlín era de testigo, que aquello no había sido muy bonito en un principio y que le había rogado al menos unas diez veces a Potter que se detuviera y que siguiera avanzando luego de acostumbrarse al dolor. Una vez pasada la peor parte podía decir que definitivamente volvería a repetir el cometido. James no había dejado de preguntarle si estaba bien. Era desesperante pero de una forma tierna que daban ganas de callarlo a besos y así había sido.
No podía quejarse había sido realmente una muy buena primera vez y sabía que mejoraría con el pasar del tiempo.
Pero no era el dolor y la incomodidad lo que recordaba, sino el hecho de estar uniéndose de una manera mucho más intima y profunda. Una unión que la vinculaba más próximamente con ese chico que le juraba amor eterno con cada mirada, con cada batir de esas largas y curvadas pestañas. Con esa expresión en sus dulces ojos cafés que le regalaban el mundo y le entregaban el corazón en cada beso. Lily se sentía más cerca de él y de cierta forma en ese juramento de amor físico, ella le había devuelto todos esos sentimientos que él profesaba cada día en un momento único e irrepetible. James llevaba en la frente esa sensación de sentirse el hombre más feliz del mundo. Lily sentía esas ganas locas de gritar que era ella la que le brindaba toda esa felicidad desmedida y desbordante.
Se encontró besándolo sin ningún tipo de reparo. Ya no le importaba si los veían o se enteraban de su relación con él. Nada le importaba. De todas formas no había nadie en el estadio y aun era temprano como para poder estar en los alrededores del castillo.
No era necesario preguntar nada. No era necesario realizar invitaciones ni pedir permiso. James sabía que la esperaría como siempre, en la Sala Común para su regreso de una ronda nocturna. Sabía que se escabullirían en el lugar más remoto y cómodo que encontraran. ¿Qué importaba? Si Lily se sentía cómoda y quería, él dejaba todo compromiso por pasar un rato con ella. Un rato más, un beso más, un abrazo más, un instante entre sus brazos, unos segundos perdidos dentro de ella. Todo por ella. Había sido su epicentro y su objeto de accionar. Había hecho todo relacionado a Lily por tres largos años. Ahora era suya y de nadie más. Ahora realmente era su epicentro pulsante de toda moción de cada día. Ahora él también era parte de ese todo. Siempre había estado enamorado hasta los huesos por Lily Evans, pero sentirse correspondido era algo cien veces mejor. Era estar enamorado de verdad. Sentirlo. Vivirlo. Soñarlo y hacerlo realidad cada día.
Cuando estaban así, solos y libres, tonteaban sobre el futuro. James hablaba de los sueños en grande. Lily sonreía ante ese futuro feliz. Demasiado feliz que daba miedo. Miedo a perderlo todo. James hablando de casarse, de la casa de ambos, de los hijos, los cuatro hijos que tendrían. El perro, el gato, el micropuff, el sapo, las lechuzas, el jardín. Las incontables noches que pasarían juntos en que le haría el amor como su legítima esposa.
— Seremos la pareja perfecta de la comunidad mágica. El mejor Auror del cuartel y la exitosa sanadora de San Mungo. Daremos las mejores fiestas. Sirius podrá traer una chica distinta por fiesta. Haremos tantas que lograremos que aparezca con la misma al menos dos fiestas seguidas.
Lily reía tonta de emoción. Quería creer, quería hacerlo realidad. Quería ser la señora Potter, quería darle los hijos más hermoso, sanos, inteligentes y buenos como ninguna otra. Quería ser la mejor esposa y darle noches cálidas después del día de trabajo acostumbrado. Quería besarlo y cuidarlo hasta los últimos días. Quería envejecer con él y rememorar sus años felices. Sus años de gloria. Quería ser todo para él, en la salud y en la enfermedad.
— Tus padres van a dorar a todos sus nietos Harry, Adam, Isabella y Emilie.
— ¡Qué nombres más horribles! — Decía Lily riéndose aunque la perspectiva de ello le emocionaba en secreto.
— Son hermosos… no ofendas a nuestros futuros hijos.
— De acuerdo no son tan feos… pero realmente espero poder elegir al menos dos.
— Todo es negociable. Excepto que me vengas con un Agamenón…
Rieron un rato largo y siguieron con sus planes hechos en el aire hasta que la hora de la cena les indicaba que debían volver a la realidad. Sabían que tonteaban de esa manera para alejarse del presente, de lo incierto y desconocido de los años venideros. Se llenaban mutuamente de grandes esperanzas y buenos sentimientos. Era un respiro poder fantasear de esa manera y aunque ninguno lo decía, ambos querían que fuera realidad. Algún día. Algún día esa inminente guerra que parecía formarse allá afuera acabaría y ellos serían tan felices que no habría recuerdo de tiempos oscuros.
Sirius siempre hace cosas en secreto. Siempre hace cosas ocultas y a veces nadie las descubre, nadie le ve. Pero la mayoría de las veces lo han pillado sin que se diera cuenta. Como Remus y esa noche en que Sirius enojado decía, que había que dejarla dormir a Kat en la Sala Común y que se arregle sola, para luego velar por sus sueños a su lado. Como cuando hacía actos desinteresados y juraba que había un objetivo por detrás, pero nunca lo había. Sirius era el malo de Gryffindor. Nunca hubo un malo en Gryffindor. Los chicos eran temerarios y valientes absurdamente. Pero él era un Black y siempre había cosechado ese papel de conocedor de magia negra, de falta de escrúpulos y consciencia. Nadie con dos dedos de frente se atrevería jamás a contradecirle ni a meterse en su camino.
Pero ahí estaba él conversando con Mary en el claustro que conducía hacia la Biblioteca. Un enorme vitraux se alzaba detrás de ellos. El sol dejaba colarse por los vidrios de colores de ese ventanal. La piel blanca de ella se teñía de un rojo sangre brillante y los cabellos negros de él emitían destellos blancos irreales. Verdes, azules, amarillos proyectándose sobre el piso de piedra del claustro.
— A ver si nos entendemos — Comenzó a decir Sirius con expresión seria y ánimos de expresarse claramente — Me caes bien pero tampoco eres mi amiga. ¿De acuerdo?
— Sirius, por favor, no sé a qué viene esto, pero claramente no somos… amigos. Solo compañeros.
— Vale… sí, compañeros está bien.
— Sí, compañeros. Entonces…
— Entonces quería pasarte una información importante y que creo que mereces saberla porque Remus y James son estúpidos mentales y no sé cómo les permiten estudiar en Hogwarts con tan pocos sesos. — Mary lo miraba mucho más interesada que en un principio, que ya de por si estaba asombrada por esas ganas de charlar por parte de Black. No dijo nada, mantuvo silencio esperando que continuara con aquello.
— James y Remus se pelearon hace unas semanas. Jimmy solo tiene una quaffle en la cabeza y Remus tiene toda la puta consciencia del mundo. Así que te imaginas que solo pueden hacer goles en contra en un partido semejante. ¡Par de idiotas!
— Bien, Sirius, que voy a pensar que realmente soy más amiga tuya que ellos. No entiendo nada de lo que "intentas" decirme.
— Y pensé que eras medianamente inteligente… bueno, que lo que quiero decir es que Remus quiere evitar que a James se le caigan los sueños de ganar la copa y para ello se aleja de todo lo que tenga que ver con Paul, es decir de ti. Pero es que el tonto nunca te dejó.
— Sirius, admiro tus intentos de… no sé… supongo que debe ser un buen gesto más hacia ellos que hacia mí. Pero en sí, soy yo la que no quiere estar con Remus.
— ¿Por qué? — La pregunta había sido formulada abruptamente.
— ¿Que… por qué? Me parece que para ser solo compañeros no tengo porqué contestarte. Me tiene sin cuidado si James es la reina del drama y Remus es la puta conciencia. — Mary y Sirius se evaluaron unos segundos. Una cosa es que él los llamara así y otra es que ella los insultara impunemente.
— Si ellas son dos histéricas, entonces Mary, creo que eres la menos adecuada para tirar la primera piedra. — La expresión de burla que reflejó su sonrisa no iba acompañada de sus ojos fríos inmutables.
— Yo no estoy siendo histérica. Creo que es mejor que pase el tiempo y si Remus cree que así salva al mundo, entonces que se disfrace de superhéroe de una jodida vez y haga bien su trabajo. — Mary estaba enojada por las razones equivocadas y era evidente que ella sí quería estar con su amigo pero decía lo contrario porque creía que era al revés.
— Vamos, Mary, no seas inmadura. Que si te cuento esto es porque Remus vale la pena y aun siente…
— Entonces si tanto vale, ¿Por qué no sales con él? — Dijo Mary interrumpiéndolo y dando media vuelta sin dejarle explicarle.
Sirius no contestó y dejó que se fuera maldiciendo sus intentos de hacer un bien en esta tierra. ¿Quién le llamaba a meterse en asuntos ajenos? Definitivamente estaba cometiendo demasiados deslices para su gusto.
Justo lo que necesitaba. Lily Evans salía de la Biblioteca cargando unos libros aparentemente sola. Caminó en su dirección y lo saludó cortésmente aunque un poco extrañada. Inmediatamente Sirius comenzó a molestarla con comentarios inoportunos, mordaces, insensibles, promiscuos y tormentosos.
— Eres insufrible, Black — Espetó Lily en un tono que sonaba más divertido que ofendido.
¿Estaba perdiendo su toque que hasta la pelirroja no encontraba ofensivos sus comentarios? No podía pasarle aquello. Entre el insomnio y la lectura de esas novelas muggles, estaba realmente perdieron su toque. Debía reivindicar su puesto cuanto antes o comenzaría a preocuparse seriamente y esos siete largos años de fama Black se irían por el caño.
Mala idea muy mala idea. Aquello solo podía significar malos presagios.
Alejándose en sentido contrario buscó a James para evocar un entrenamiento de último momento. Por su camino aprovechó para discutir con un chico de Slytherin y cuando creyó que nada podía mejorar Katherine caminaba junto con Alice Longbottom hacia su dirección.
— Hagan paso a la reina de Hogwarts—Dijo Sirius con la voz cargada de cinismo y evidenciando su mal humor. Katherine lo miró y supo que no podía dejar pasar esa oportunidad.
— Al fin lo admites — El tono de voz empleado por Katherine era sin dudas divertido.
— ¡Oh por favor, te queda grande el título!
— No sé, me lo acabas de dar, Sirius… yo no lo pedí. Pero si tanto quieres que sea reina no hace falta que me proclames por todo Hogwarts. Me alcanza con tu dominio.
— ¿Mi reina? — Dijo él arqueando una ceja y poniendo esa media sonrisa en su perfecto rostro.
— Sí, ya sabes, así me adoras con justificativos. Puedes coronarme esta misma noche, mi adorado súbdito. — Kat resaltó la última palabra casi con sugestión. Una ofensa, que pese a ser tentadora, para Sirius no lo fue en lo más mínimo.
Aquello era demasiado. Katherine se alejó riéndose junto con Alice que hablaba de las últimas noticias de Frank. Sirius se quedó estacado en el piso aun estupefacto por haber recibido ese trato cuando siempre había sido temido y respetado. Katherine rebajándolo en la jerarquía de poder. Su sirviente, su súbdito, su lacayo. Era insoportable, simplemente inconcebible.
El grito que emitió Mary pudo haber sido tan agudo que podría haber roto todos los cristales a su alrededor. Pero la sorpresa la había sobrecogido tanto que su voz había quedado atrapada en su garganta incapaz de liberarse. Cuando logró calmar las palpitaciones disparadas por el sobrecogimiento, su voz sonó ronca como si realmente hubiera gritado antes.
— ¿Que… qué haces acá?
— Te esperaba.
Mary no dijo más nada, simplemente ingresó a su habitación y dejó su mochila a un costado de su cama. Se quitó el pulóver gris del uniforme y se limitó a observarlo. Ninguno dijo nada por un rato largo. Mary se aflojó el nudo de su corbata y siguió observándole.
Estaba sentado sobre el escritorio. Podía darse perfecta cuenta que había estado revisando los libros que yacían a su lado. La había esperado ahí unos largos minutos. Había estado en su habitación pensando y revisando sus cosas. Remus en su habitación. Era la primera vez que estaba ahí y que ella lo viera para contarlo. Le había dejado una novela de Shakespeare una vez, pero no lo había visto hacerlo.
Sentía unos impulsos irremediables por echársele al cuello y llenarlo de besos. Pero por otro lado no podía evitar querer seguir sentada alejada de él. Estaba confusa y aunque las cosas se habían dado de una forma extraña, no podía recordar cómo se habían distanciado tanto en esas últimas tres semanas.
Ninguno de los dos era capaz de hablar y romper el embrujo que se ocasionaba cuando se tenían frente a frente y nada más existía. Aquello era demasiado intenso como para soportarlo.
— Sabes… siempre temí hacerle daño a ambos. Ahora la única que está pagando las consecuencias soy yo.
— No es así, y lo sabes. — La voz de Remus sonaba tranquila y apacible pero lejos de oírse agradable.
— Sé que no hice lo correcto, pero sí lo que quise. Sé que sabía que iba a terminar todo mal… pero — Mary emitió una risa irónica que denotaba la frustración y el enojo que sentía — Pero todo terminó mal para mí. ¿Te das cuenta? Te tenía solo porque estaba con él. Ahora no tengo nada. Suena cruel… muy cruel y me importa un cuerno.
— Mary… si Paul lo hubiera sabido hubiese sido… yo solo quería que…
— ¿Qué? ¿Temías que dejara de jugar en el equipo y James te regañe porque es tu madre?
— Mary… — Dijo Remus tratando de adivinar de donde había salido aquel planteo que en un principio había sido muy cierto.
— Mary nada… creo que es hora que cada uno se haga cargo de sus actos. Si algo aprendí es que no podemos estar atajando los golpes que son enviados en todas las direcciones. La gente sale herida. Es inevitable. Pero de eso se aprende. De eso se vive. No se puede vivir oculto en… en… donde sea… así no… vivimos. Así no somos nosotros, solo sombra y… olvido.
Remus se levantó de un solo movimiento de donde estaba sentado y tomó a Mary por los brazos y la trajo con fuerza hacia él.
— Quiero que me escuches bien… sé de sobra quien soy y cómo puedo herirte. — Remus ceñía con fuerza sus brazos y Mary iba a replicar pero tenerlo tan cerca la debilitaba demasiado. Sus ojos dorados destellaban un fulgor de rabia animal que pocas veces le había visto. Sus labios tan cerca de los suyos, le hablaban con palabras cargadas de aplomo y dureza. No pudo replicar nada y dejó que siguiera hablando porque quería escucharlo — No puedo evitar querer resguardarlos del sufrimiento. James es mi amigo, así se equivoque o confunda sus prioridades. Mary si te dejé sola, no fue con intención de dejarte sino que sepas elegir. Que no tengas ningún tipo de influencia en tu decisión.
— Estúpido
Fue todo lo que Mary pudo decir porque Remus ya la estaba besando de lleno en sus labios. Un beso desgarrado donde dijeron todo lo que no habían dicho. Ella tonta por creer que él la dejaba porque en un principio creía que ya no le interesaba esa relación que no era prohibida y luego por su amigo y cuestiones ridículas de hombres y deportes. Él iluso por querer dejarla sola para decidir qué era lo correcto cuando debería haber estado a su lado apoyándola. Se besaron acallando todo lo que en ese largo tiempo acontecido los separaba y los llevaba a recriminarse cosas. Remus soltó su agarre firme y se abrazaron, fundiéndose más hondamente en el beso. Cuando se soltaron y se miraron sin resentimientos ni enojos, ni nada más que veteara la imagen de ambos, pudieron conversar con tranquilidad.
— Ahora entiendo lo que Sirius intentó decirme…
— Así que he ahí el punto… Sirius te habló de esto — Dijo Remus recostándose en su cama mientras ella se echaba a su lado y conversaban. Supuso que sería justo si él intentaba hablar con Canuto y sonsacarle lo que le sucedía haciéndole creer que estaban conversando por él y no por Sirius. Sí, se lo merecía, era lógico que hiciera algo al respecto.
— Sí, y con las mejores intenciones… pobre, te aseguro que lo traté muy mal.
— Bueno, tendrás que compensarlo. Es un perro, funciona comprándolo
— ¿Un poco de atención y bastará?
— Consigue algo que le interese y listo…
— ¿Una foto de Kat en bikini? — Remus se rió por la idea.
— Probablemente ya tenga una… pero al menos vas por buen camino, pequeña pervertida. — Mary sonrió y disfrutó el resto de la tarde conversando con él. Sabía que le quedaban tres días para la llegada de la luna llena. Durante esos días hizo todo lo posible por hacerle olvidar la llegada inminente de la luna indecorosa.
Diluviaba torrencialmente. Los dioses del Olimpo parecían empeñados en inundar todo con malos presagios. Noé, en donde quiera que estuviese, quería rememorar el diluvio universal, tirarse del arca y surfear algunas olas. Los arquitectos recelosos, querían transformar Escocia en Venecia. El campo de Quidditch estaba embarrado y los charcos de agua cada vez aumentaban de tamaño queriendo formar canales y pronto ríos caudalosos.
La lluvia caía copiosamente y formaba finas cortinas impidiendo la visibilidad. El lago negro desbordaba las orillas y el Bosque Prohibido parecía tragarse el sonido ensordecedor de la tormenta aspirando su energía.
Fines de abril y cómo le gustaba a ese mes empaparlo todo. Inundarlo con su presencia. Ese particular día había hecho demasiado calor para lo que el mes está dispuesto a mostrar. Las cosas no andaban bien y Abril, receloso y maquiavélico, tendía sus redes. Estaba inusitadamente caluroso y aquella tormenta se esperaba con ansias. Abril y se burlaba de Mayo.
Sirius siempre buscaba los encuentros. Él decidía cuándo, cómo y dónde. No podía recordar cómo estaba envuelto en aquella situación. Había ido a buscar a Peter que estaba merodeando en la planta baja del castillo según el mapa. Pero en el camino se había encontrado con esa chica con la que una vez había compartido un cigarrillo, según lo que ella le hizo recordar. Aquella chica, Salma, era tan Slytherin que le erizaba la piel. Seductora innata y con artes de embaucar a cualquiera, le hablaba siseando las palabras y conduciéndolo lentamente por un pasillo desierto. Se movía lento y se acercaba a su cuerpo como una cobra.
Mecía su cabello negro con gracia y lograba obtener toda su atención. Esos ojos negros lo recorrían entero, devorándolo en cada mirada. Le hablaba cerca del oído y cada vez que se acercaba parecía que unos largos y filosos colmillos iban a rasgar su cuello y expandir todo su veneno. Aquello no era una visión aterradora, sino excitante. Demasiado excitante.
Los labios más rojos que había visto se movían hipnotizantes. Los separaba dejando entrever una lengua insurrecta y los cerraba contrayéndolos delicadamente. Se relamía y eventualmente emitía tenues sonrisas endiabladas. Esos labios rojos eran enloquecedores. Le decían cosas que él no estaba escuchando. Podía leerle los labios y estaba seguro que lo que decían sus palabras emitidas con su voz y lo que decían sus labios, eran dos mensajes diferentes. Ven. Siseaba. Bésame, lo deseas. Chasqueaba su lengua y juntaba sus labios. Te deseo. Salma hablaba de aquello y esto pero él solo tenía ojos para lo que le indicaban esos labios. Bébeme, Sirius. Sus ojos relampagueaban junto con el oscuro cielo. Soy toda tuya. Entreabrió sus labios y el brillo de esa lengua amenazaba con aproximarse. Voy a morderte y te va a gustar
No era necesario que nadie los viera. No era necesario porque al otro día o esa misma tarde todo el colegio lo sabría. Ella simplemente debía liarse con él. "Haz lo que quieras con él. Úsalo o enamórate. Haz lo que mejor sepas hacer. El límite lo impones tú. Pero mínimamente tienes que comértelo ¿Sí?" La voz de Regulus sonaba en su cabeza y aunque liarse con Sirius Black no era un gran esfuerzo sino un placer, le seguía resultando extraño que su hermano, justamente su hermano se lo pidiera. Salma hubiera preferido enredarse con Reg porque tenía esas cosas inquietantes de un Black, que Sirius no tenía o desconocía. Realmente Salma no tenía idea de cuan Black podría llegar a ser Sirius en cuestiones de segundos. Descartó aquellos pensamientos y se concentró en su objetivo perdiéndose por momentos con demasiado deseo en esos ojos grises.
Se dejó conducir y se dejó tocar. Le permitió romper con las distancias y dejar esos dedos tintinear sobre sus hombros, que se ciñeran comprobando la fuerza de sus bíceps. Caminaron casi sin darse cuenta de ello. Ni siquiera el ruido casi ensordecedor de la lluvia torrencial los había sacado del ensimismamiento. Ni siquiera supo que estaba en esa galería techada al aire libre. Si fuera por él podría haberse aparecido conjuntamente en su habitación, si Hogwarts lo permitiese. Pero se dejó guiar por sus manos, por sus ojos negros hechiceros, por sus labios que le prometían los besos más profundos y delirantes del mundo entero. Pero algo en sus ojos, llameantes de ansiedad y de reveladora satisfacción, lo demoraban. Estaba demasiada ansiosa por conseguirlo. Su ego le decía internamente que era irresistible, que las volvía locas y que despertaba lujuria hasta en las más santas. Su humilde ego jamás le permitiría ver lo tan evidente de sus actos que, movidos por otras razones, la seducían. Pero ella podía apurarse por razones diferentes y él podía aletargar el momento por cuestiones opuestas. Si estaba tan entregada entonces que aquello durara todo lo más posible. Él exigía ser entretenido, por ninguna razón iba a dejar que su tarde, aburrida de lluvia saboteadora de todo plan de entrenamiento, terminara tan rápido.
Realmente Abril hacía lo que le venía en ganas con el clima pero principalmente contra Mayo. Ese calor era una burla sin dudas, esa lluvia era muestras de su poder, claramente. Calor y anticipándose a Mayo. Calor y lluvia, la combinación exquisita que abría a los jardines y explotaba a la magia de la naturaleza. Primavera en yuxtaposición. Colores derramados, borrachos y cantando sobre el césped. Ese olor a lluvia inconfundible: tierra mojada y pasto cortado. Olor a lluvia y Katherine que caminaba bajo ella, la aspiraba mareándose. Sintiéndose parte de todo aquello. Queriendo ser lluvia; queriendo escurrirse por la ropa, por cada recoveco del castillo, de la fría piedra, de la ancestral tierra, de los cimientos de magia que elevaban Hogwarts. Las gotas de lluvia corrían por sus mejillas, gruesas y pesadas, podría estar llorando lágrimas de lluvia y entonces la naturaleza volvía a ser una bendición. Llorar era algo que le costaba tanto y que lograba desatarse en los peores momentos. Recordó que un día confesó que le gustaba caminar bajo la lluvia. Se sintió ridícula y deseó con todas sus fuerzas no volver a ser tan vulnerable como en aquella vez. Sonrió sabiendo que siendo vulnerable había logrado más que cuando el mutismo y el enigma se cernían sobre sus fauces. Un gesto de burla apareció en su rostro. Sabe que cuando vuelva a sentir esa vulnerabilidad, si los santos le daban esa oportunidad, iba a gritarlo todo y ojala llueva así de fuerte para que su voz se amortigüe y el impacto no sea tan abrupto. Pero que duela. Que le duela tanto como a ella. Lo había visto ablandarse alguna vez, confesándose, para luego tragar con fuerza el momento y transformarse en una máscara fría. Que sea vulnerable una jodida vez y alcanzaba. Sería suficiente. Tenía que serlo.
Estaba empapada y se sentía extrañamente bien. Se sentía sobre su piel. Sentía algo más sobre su cuerpo. El peso de la ropa mojada. Las gotas que atinaban a caer de la punta de sus cabellos. Toda la lluvia absorbiéndose en su piel. Purificándose. Abstrayéndose.
Chapoteaba entre barro y agua. Nadaba todo su cuerpo ahogado. Experto nadador que había aprendido a sumergirse en aguas heladas y aprendido a respirar bajo el agua. A sobrevivir ahogado en aguas que nunca eran calmas, sino tempestuosas y revueltas, pero profundas.
Ese calor no tenía nada que envidiarle al de Mayo. Recordó ese bikini de dos piezas que tanto amaba y que probablemente seguía en el fondo de su baúl olvidado. Ese con el que una vez había nadado en la piscina de su casa una noche de verano. Esa noche cuando ese chico de ojos grises como mercurio líquido, le había hablado otra vez, después de tanto. Esa noche cuando su vecino, la había besado por primera y única vez. Esa noche en el agua, cuando su mejor amigo le tocaba como nunca antes le había tocado. Mojados. Agua en todas partes. Sirius. Gotas resbalando sobre su cuerpo, de la línea de su cuello, de la punta de su nariz. Todo él y el agua parece gestar maremotos sin importar la inexistencia de la luna. Hundiéndose, hundiéndose más en él.
Suspiró algo fuerte y con intención. No lo hizo una segunda vez y alejó esos recuerdos de su mente empapada. Hecha agua.
Llevaba la camisa pegada a su cuerpo como si fuera una segunda piel. La falda se ceñía a sus muslos con cada paso que daba. Las cortinas de agua se rompían cuando ella pasaba debajo. Nadie que la viese podría saber que pensaba en esas cosas, que pensaba en él de esa forma. Se había rehusado a enterarse qué se había tatuado. Mejor no saber. Vivir en la ignorancia a veces funciona de maravillas. No es que no deseaba saber qué era. Porque sí que lo deseaba fuertemente. Pero sabía de sobra que cuanto más persiguiera el objetivo, menos lo obtendría. Sabía que había aprendido a querer de la única forma que él le había enseñado. La forma en que él sabía: una mala manera. Porque él había nacido en el seno de un hogar donde el amor era expuesto bajo términos de tortura emocional, de juegos mentales y castigos físicos.
Sirius atosigaba el amor con juegos rebuscados y muchas veces con placeres sexuales exquisitos, desbordantes y a veces dolientes. Había vistos en sus ojos nubes de tormentas peligrosas, demasiado grises, demasiado negras. Había visto horror y miedo. Había probado su sangre y colado en su alma de Gryffindor que escapaba de un pasado Slytherin. Había escuchado su voz recitar crueldades que solo su apellido le había educado a decir. Conocía sus intentos desfallecientes por esquivar las antiguas costumbres que una vez él había adoptado por la fuerza, por jerarquía. Esa forma de sentir, esa frialdad y crueldad, que sabía perfectamente que existía, eran cosas que residían en la complejidad de un pasado incambiable. Pero más complejo, más primitivo, más esencia y no meras costumbres tenebrosas. Hay cosas que por más que corramos más lejos, más rápido, jamás podremos huir. Un sonoro trueno retumbante la sacó de ese pensamiento que la había llevado a vislumbrar Grimauld Place y los pedidos de "un rato más, Katy, por favor" cuando caía la noche y había que regresar a casa. Entonces sintió un frío recorrerla y se encontró caminando por uno de los jardines laterales en dirección a las galerías techadas que daba ingreso al castillo. No quería que terminase su paseo, pero el diluvio amenazaba con extender su potencial rabioso y ya estaba completamente mojada. Quedaba un largo trecho que caminar y deseó que ojala pudiera hacerlo nadando.
A veces las cosas sucedían porque tenían que suceder. Así, sin más explicación. A veces todo era muy simple y las personas eran las únicas que lograban complicarlo todo. Malentendidos. Confusiones. Un minuto de más uno de menos, y la historia podría ser otra.
Peter se encontraba en el momento justo y en el lugar equivocado. Regulus Black y Severus Snape habían hecho acto de presencia. Snape hacía esfuerzos sobrehumanos por tolerar a Peter, quien le resultaba un tonto sin una parte de materia gris digna de ser usada correctamente.
Hacía unos días atrás se habían sumido en una interesante charla. Regulus, al fiarse de Severus, le había confesado sus planes de ver a los merodeadores desunidos y peleados. Se había sentido poderoso al darse cuenta que el joven mortífago confiaba en él, futuro miembro de la logia de Lord Voldemort.
— Regulus, lo único que quieres es ver a tu hermano lejos de la sangre sucia de Hampton - Le había dicho una noche en su sala común.
— Puede, pero me divierte separarlos. ¿No te gustaría ver a Potter sin sus novias?
— Creo… que…— Severus había tenido una revelación un poco más tentadora y no era que la idea de joder a Potter no le sedujera, sino que aquello era sin duda el pase para la logia. Un lugar privilegiado bajo las líneas de ese mago tenebroso. Un lugar que Snape merecía por sobre muchos otros. Y por supuesto también incluía ver caer a Potter y compañía — Regulus… sabes que creo… que podemos hacer mucho más que un simple juego de niños.
— ¿En qué estás pensando….?
— Creo que debemos comenzar a buscar la lealtad de ese estúpido Gryffindor.
— ¿De Peter Pettigrew?
— El mismo.
Regulus iba a protestar que eso sería equivalente a ser un traidor a la sangre pero los ojos fríos e indescifrables de su compañero brillaron de pura maldad y supo que algo grande se avecinaba.
Peter se había sentido invadido y temeroso de sus presencias. Pero sus saludos indiferentes y casi cordiales le habían tranquilizado. Quizá después de todo, ninguno de ellos era tan terrible como parecían. Aunque no por eso dejaban de infundirle cierto miedo y aprehensión.
Habían aparecido frente a las puertas del gran salón, por lo que Peter se despidió de ellos de manera poco educada, dio media vuelta y salió a uno de los pasillos que daba a las aulas pegadas a los jardines laterales. Huyendo de ellos por el sentido opuesto y deseando estar solo. Regulus sonrió satisfecho.
Ambos Slytherin se acercaron a él sigilosamente y se aseguraron que vieran a su querido y defensor amigo con la chica que sabían que le robaba el alma en los sueños.
Peter se acercó a esos ventanales de arcos de piedra sin ningún vidrio que daban a las galerías. Miró el paisaje alentador de la lluvia y se atontó mirando la nada hasta que sus ojos reconocieron movimiento más allá de su campo de visión. Sirius estaba con una chica recostado sobre la pared de piedra. No podía ver si se estaban besando, pero sonrió por la buena suerte de su amigo por tener a una chica tan cerca y seduciéndola con éxito.
— ¡Pero si es tu buen amigo Sirius! — Dijo Regulus con cierta emoción aunque mantuvo la voz casi en un susurro.
— Vaya qué afortunado… — La serpentina voz de Snape retumbó en sus oídos causándole escalofríos.
Peter notó el tono de sus voces algo cargadas de cinismo y burla. Lo entendió todo cuando Salma Nott giró su cabeza y sus cabellos negros se mecieron y sus labios rojos formaron una perfecta sonrisa echada al viento, al aire, para Sirius. Para Sirius no para él. Sintió su cara arder de un calor insoportable. Sintió su pecho hincharse de furia y resentimiento. Sintió sus ojos inyectarse en sangre y sed. Sed de venganza, sed y deseos de acabar con el mundo. ¡¿Qué demonios?
Katherine se despidió de la caminata bajo la intensa lluvia. Cuando pisó tierra firme y el duro piso de piedra se amoldó a sus pies, estaba lista para secarse con un hechizo cuando olvidó completamente qué hacía ahí. Pensarlo y revivirlo en su mente era un recurso poderoso pero verlo ante sus ojos era demasiado real como para soportarlo. Tan real que trascendía los límites de la irrealidad. Como un espejismo en el desierto. Un oasis que daba gusto sumergirse y saciarse en medio de la desesperación. Una fascinación divina. Una droga invitadora. Un paisaje deslumbrante. Cinismo, rebeldía, masculinidad, arrogancia, altanería, soberbia explotando en la belleza utópica de su ser. Un jodido cuento de nunca acabar o de acabar enseguida.
Olvidó que estaba empapada de pies a cabeza y siguió caminando sintiendo su mirada penetrante clavándose en su nuca. Viéndola caminar, alejándose. Admirándola pasada por agua y ese aura despreocupada de no importarle nada ni nadie. Ella y aparentemente sin buscar llamarle la atención lo tenía observándola perdiendo todo interés por lo que hacía minutos atrás. Ella y la lluvia. ¿Qué carajo estaba haciendo? "¿Qué tiene ella que ésta…quien sea… no tenga?"
La vio alejarse lentamente en otra dirección en la que estaba él. La vio sacarse la ropa mojada y dejarla tirada tras sus pasos sobre el suelo. La camisa blanca, los zapatos, las medias, la falda. Todo. Se quedó mirándola como idiota. ¿Katherine estaba realmente…? Sí, realmente estaba desnuda. Podía admirar la curva de sus caderas, su fina cintura y la redondez de su cola respingada y generosa. Vio sus piernas blancas labradas y delgadas dar pasos aun escurriéndose el agua en su piel. Sus cabellos cayendo en su espalda. La vio voltearse y sonreírle. Sonrisa seductora desafiante e invitadora. Desnuda y mojada aún por la lluvia. Empapada y ese gesto de inocencia en su rostro que él solo podía conocerle y robarle en cuestión de momentos. Deteniendo su seductor caminar solo para regalarle una última mirada cargada de lujuria y deseo. Sirius tragó saliva haciendo caso omiso a los reclamos que le indicaban la chica que tenía a su lado. Rompió el contacto visual y cuando volvió a verla, Kat se alejaba caminando con su ropa puesta y ya seca con un simple hechizo. ¿Qué había sido todo eso? Una ilusión óptica. Un falso recuerdo. Un sueño despierto. Un juego visual. ¿Lo había imaginado él o lo había hecho Katherine con un hechizo? Miró a la otra chica que estaba visiblemente enfada y reclamaba su atención. La miró y esos ojos negros le recordaron que no tenían nada de cálidos como los ojos verde agua de ella. Sí ella, enfermándolo de mil maneras diferentes. Vio sus labios rojos y no tenían nada de agradables comparados con la tersura de los labios de su Kat. Porque era suya de nadie más. Su gatita.
Peter no dejó de observar la escena que acontecía al otro lado del pasillo techado. Tan absorto en Salma y Sirius como en Katherine. Tan absorto que no se había dado cuenta de lo tenso y crispado que se había puesto Regulus, ni siquiera podía imaginar la rapidez de las ideas que cruzaban la mente de Snape trabajando ágilmente por una vía de escape.
— ¿A dónde te crees que vas? — La voz enigmática de Salma sonaba fría y distante. Sabía que tenía que retenerlo y endulzarlo. Por algo el engreído y petulante de Regulus le había pagado. ¿Cómo Sirius podía rechazarla cuando nadie, ni uno, lo había hecho? Sí, era estúpido realmente. Ya con haber ido a Gryffindor tenía que haberlo imaginado. Estúpido ególatra que se creía mejor y más lindo que ella.
— Tengo cosas que hacer
— ¿Nos vemos otro día?
Pero Sirius ya estaba lejos de su campo de audición caminando a paso rápido y siguiendo el rastro de Katherine. Seguramente iba a repentirse por haber dejado atrás esa posibilidad de un polvo prácticamente regalado. Definitivamente algo le estaba pasando. No solo sufría de insomnio, leía por las noches sino que rechazaba mujeres ¿Pero qué demonios? No podía dejar pasar una oportunidad de intercambiar puntos de vista con Katherine. ¿Qué había sido aquello? Necesitaba saberlo.
Mientras Peter volvía a respirar normalmente y agradeciendo que aquello no hubiera pasado a mayores. Sintiendo cierta esperanza volver a su cuerpo. Pero los segundos de tranquilidad le duraron poco. Snape le aplicó un poderoso confundus que lo dejó con cara extraviada.
— ¿Qué… que pasó? —Preguntó al cabo de un momento de plena confusión.
— Vámonos Peter, es lo mejor
— ¿Por qué…Sirius…?
— Estábamos tratando de evitar que los veas. — Dijo Snape
— Sí, lo lamentamos — Regulus puso cara de pesar y vio como Peter iba uniendo las pobres imágenes apenas apreciables e indefinidas de su confusa mente.
—Entonces ellos…
—Sí, se estaban besando ahí afuera… — Dijo Regulus arrastrando las palabras, dándole énfasis a la palabra besando.
—No te preocupes… no necesitas de ninguno de ellos dos. — Dijo Severus engatusándolo.
— Nosotros te entendemos. — Regulus no se atrevió a poner una mano en su hombro porque eso sería demasiado. Pero el efecto estaba impuesto y las palabras serían suficientes.
— ¿Ellos… sí se besaron? Creí que…
— Ya, es mejor que lo olvides…
Peter se fue de allí caminando solo y muy extraño. No creía que realmente hubiera pasado pero se sentía confuso. Lo cierto es que recordaba sentirse agobiado, triste y enojado, furioso por haber visto a su amigo con ella. Pero no recordaba haberlo visto realmente metiéndole mano, o besándola. Algo no cuadraba pero su mente le decía que suficiente era que había estado a solas con Salma. Se alejó sin rumbo y sin escuchar el alivio de dos serpientes.
— Esa sangre sucia es más inoportuna…
— No alcanza con envenenarla habría que borrarla del mapa. Casi nos echa todo a perder.
— Al menos sabes que tu hermano está… enamorado. — Dijo Snape observando el gesto adusto y malhumorado que indicaban las facciones contraídas del aristocrático rostro de su compañero.
— Mejor… más rápido caerá — Fue todo lo que Regulus se atrevió a decir al sentir su sangre hervir y el llamado de un odio primitivo sepultado en las tierras del mausoleo de los Black. Muy malos presagios se auguraban.
Era una hermosa tarde fresca de abril. A penas le quedaban un par de horas al sol antes de batirse a duelo con la luna. Día versus noche. Una batalla sangrienta donde el sol perdía en cada atardecer y ganaba cuando amanecía. Algunas batallas ya estaban predestinadas a ganarse. Otras a perderse. No había excepciones a las reglas. Nada podía cambiar el orden natural, el curso de los acontecimientos. Peter pensó que sería bueno que por una jodida vez el sol ganara en la noche y la luna en el día. Una luna amanecida y un sol anochecido. Y todo se diera vueltas. Por una vez. Si eso pasara un licántropo se pasearía a plena luz del día. Se pondría en evidencia tantas cosas y muchas otras dejarían de funcionar. No, las cosas eran así por alguna extraña y simple razón. No le cabían dudas que Sirius sí buscaría la forma de que en las noches el sol calentara su espesa oscuridad. Que James haría lo que fuera por buscar la manera de hacer algo, lo que fuera. Que Remus investigaría sin descanso pese a ir contra sus ideas. Que Sirius lo conseguiría por pleno afán de ser. Soy quien soy. Lo haría por motivos inescrupulosos. Que James haría, porque siempre hago por hacer. Remus lo haría porque está mal y puede que lo evite durante el cometido. Estoy por estar. ¿Lo harían por él? Sí, sin dudas la respuesta era si. Por una amistad y siete largos años de compartir. ¿De compartir? Sí, sin dudas. Repartiendo muchas veces migajas y muchas veces la cuarta parte de un todo, por igual. Compartiendo anécdotas, travesuras, bromas, partidos de Quidditch, exámenes, días de estudio, citas, fiestas. En las buenas y en las malas. En la salud como en la enfermedad. Un viejo matrimonio. Peleas hoy y buenos momentos de ayer. Aunque precisamente no peleaban, sino que ya no compartían lo mismo, ni los mismos tiempos. Ahora James pasaba las horas con su novia, olvidándose del sentido en que accionaba todo el universo entero. Remus demasiado absorto en su búsqueda de no atentar contra las leyes naturales del universo. Sirius en su búsqueda de joder con el universo. ¿Y él? Se sentía en parte de ese universo, sin dudas. Pero rebotando inestable como si fuera una materia diferente de la que estaba compuesta el cosmos.
Peter estaba ahí porque la habitación tenía cuatro camas y había que completarla con algún estudiante. Estaba ahí porque el sombrero se lo había permitido. Más intenciones, más deseos que hechos. Pero estaba ahí y él también debía buscar su justificativo. ¿Por qué hacía las cosas? ¿Cuáles eran sus causas, sus móviles, sus impulsos para moverse? Ser, ser uno más. Formar parte, el último puesto. Habían pasado siete años y tenía su lugar. Él hubiera hecho cualquier cosa que ellos le hubieran pedido. Lo que fuera.
"Hey Peter, cuando te indique estallamos los inodoros del baño de Myrtle." Recordaba la voz de Sirius con apenas doce años. "Bien hecho Gus ¿Viste sus caras?" Sonaba la feliz voz de James recordando su mano sobre su hombro, riendo a carcajadas.
"Gracias, Peter, me salvaste de McGonagall" Era Remus entre agitado y afligido que le dedicaba una sonrisa sincera.
"Vamos por esas chicas… ¿cuál quieres?" Decía un Sirius cargado de seguridad y gratitud unos años después durante el baile de Navidad.
Todos ellos y mil recuerdos agolpándose en su pecho. Trató de relajarse y de tranquilizar esos sentimientos de culpa y de sensibilidad injustificada.
Sirius fue el primero en defraudarlo. Si Remus lo hiciera sin duda se sentiría un poco desilusionado. Pero la lealtad que más le importaba era la de James. De Sirius podía esperarlo, era un Black y ciertas cosas no podía ignorarlas. Remus era un pan de Dios con todos y ver su lástima y pena no era precisamente lo que más le agradaba. Siempre lo había tenido de su lado. Pero James. Eso era otro tema. James siempre lo había hecho sentir parte. Lo había tratado como a un igual. Lo había tratado como a un hermano menor. Le habían brillado los ojos cuando hablaban tontamente y se abrazaban borrachos en pos de alguna travesura. Si James se olvidara de él, si James lo hiciera a un lado, lo desmereciera, lo engañara… Eso sería insufrible.
Ver a Salma con Sirius lo hizo sentir estúpido y muy enojado. No sabía bien qué sentir. Pero algo en su pecho le quemaba de orgullo herido. Defraudado. No podía dejar de sentirlo. Sirius. Traidor. Traicionado esa quizá era la palabra que definía su sentir. Aunque no sabía bien cómo reaccionar. Los últimos días había ignorado a Sirius y a éste poco le importó. No había corrido ningún rumor de que su amigo había estado con Salma y eso era extraño. Cualquier cosa que sucedía en el castillo, y más algo relacionado con un merodeador, corría más rápido que un africano en maratón. Peter estaba turbado. Jamás les había contado que le gustaba esa chica. Sirius podría haber estado con ella de todas formas, porque él era así. Pero lo cierto es que debía ser el tonto del haba si creía realmente que una chica como Salma pudiera siquiera tener algo con él.
Se dejó vencer por la rabia impotente que sentía y se quedó dormido sobre su cama tendida. Tuvo sueños de lo más espantosos donde Hogwarts explotaba en mil pedazos y ardía en llamas mientras él pedía ayuda y sus tres amigos salvaban a las personas que más le importaban olvidándose de él. Vio arder Hogwarts, vio todo envuelto en llamas y sus gritos desesperados pidiendo ayuda mientras James, rescataba a Lily de entre los escombros. Gritos ensordecedores que eran emitidos no solo de su propia garganta sino de todo el colegio. A viva voz, a carne viva. A lo lejos los ojos de una serpiente le prometían la salvación.
Cuando sintió frío supo que era James descorriéndole las sábanas y frazadas para que se despertara. Odiaba que le hiciera eso pero la perspectiva de ese humor pre-partido de James le divertía mucho más. Había descartado fastidiarlo en esos momentos pero una vez que el partido terminara no podía evitar bromear sobre sus humores hormonales.
— Sirius si no te despiertas te castro con mis propias manos
— Inténtalo — Dijo Sirius con voz de dormido y amortiguada contra la almohada pues aun seguía acostado boca abajo como siempre.
— No me busques, perro…
—… ¿porque te voy a encontrar? — Terminó la frase por él y con eso se ganó un golpe en la nuca. Ni sus protestas lograron causar lástima.
— Todo el mundo arriba. ¡Vamos Peter que te necesito!
Cuando todos estuvieron despiertos James le pidió a Peter que le leyera todas las anotaciones sobre las jugadas que habían efectuado las águilas en partidos anteriores. Movimientos, estrategias, velocidad, vuelo, destreza, posiciones efectuadas en entrenamientos y partidos. Toda la información que habían adquirido mientras ambos los espiaban desde la torre de astronomía o desde las gradas mismas. Peter recitó obediente con voz de dormido.
Después de cambiarse y continuar con el despotismo de James, todo el quipo de los leones se juntó en la sala común para prepararse mentalmente.
— Es el último partido. Tenemos asegurado el puesto en la final por haber venido ganando. Pero, de éste depende nuestro contrincante final. Si ganamos tendremos que enfrentarnos en Mayo con Slytherin que es el que mayor puntuación lleva. Si perdemos volveremos a vernos con las águilas dependiendo de los puntos que se lleven. — Todos lo observaban con caras somnolientas pero con ese miedo de sentir la adrenalina de volar y oír silbar las pelotas volando sobre sus cabezas. — Ganar es ganar. Enfrentarnos con las serpientes será un clásico legendario, pero un partido sucio. Si perdemos por pocos puntos es posible que aun Slytherin saque ventaja sobre Ravenclaw. Si perdemos con una gran diferencia de puntos, nos volveremos a enfrentar a las águilas. Será una final limpia pero muy peleada. No subestimemos a la mente de nuestro opositor del día de hoy. Son ágiles y astutos. Piensan antes de actuar y tienen una sincronización perfecta. Alice trata de hacer durar el partido todo lo más posible. Ravenclaw no tiene resistencia por eso Slytherin les ganó a principio de curso porque dan vueltas y los cansan rápido. Ellos trataran de que el partido termine rápido.
— De acuerdo James vigilaré la snitch de cerca.
— Canuto, nada de estupideces hoy. Quiero que los distraigas y los hagas volar en todas direcciones. Karl trata de que Sirius haga lo que tiene que hacer.
— Bien, batear bludger y hacerlos volar - Repitió Karl Spinnet para Sirius que puso los ojos en blanco en expresión cansina.
— Edgar, vigila bien a Frederick ese hace los goles más inverosímiles. Vuela alto así que siempre se acerca al aro mayor.
— Lo sé, Potter ya lo hemos entrenado. Lo tengo grabado, no le sacaré ojos de encima.
— Bien. Paul y Amelia escúchenme bien tenemos que ser más rápidos que ellos. Si somos organizados podrán adelantarse a nuestras jugadas y tendrán ventaja no les demos el gusto… elemento sorpresa y…
Continuaron conspirando en voz baja hasta que todos asintieron y juraron entender perfectamente todas las peticiones de su entrenador desquiciado. Una vez listos bajaron a desayunar escuetamente y fueron a prepararse y precalentar antes del partido.
James respiraba hondamente mientras estiraba los músculos. Lily le había deseado suerte la noche anterior, ese día no se verían hasta después del partido en la sala común de Gryffindor.
Joan conversaba con Katherine y Lily se sentaba eligiendo unos asientos bastante altos de las gradas.
— Cada vez que presencio estos partidos, tengo la sensación de que va a matarse…
— Pienso lo mismo — Dijo Remus haciendo que Kat se arrepintiera por haber dicho aquello. Remus se les unía en las gradas y su aspecto jovial y alegre parecía solo tener una razón de ser. Mary estaba nerviosa de tenerlo tan cerca ante los ojos de todos pero igual de feliz. Peter se había sentado más alto aun para tener un campo de visión amplio y poder anotar las jugadas hechas por las águilas para tener en cuenta para la final.
— James es más paranoico de lo que pensaba. Anoche prácticamente no me dejó siquiera desearle suerte. Lo único que le pedí es que no hiciera una locura y que jugara un partido normal. Me miró como si yo no entendiera nada.
— Se posesionan demasiado… no le hagas caso, Lily. Para ellos es jugar a todo o nada. No existe tener recaudos contra la perseverancia de la vida y la salud.
Minutos después el partido comenzaba con el estruendo del silbato del árbitro Amos Cadaway.
Una hora y dieciséis minutos habían durado en el cielo volando de un lado a otro del estadio, subiendo y bajando a gran velocidad. Bludgers que iban y venían descontroladas y a una velocidad inquietante. Las águilas efectuaron técnicas nuevas y desconocidas, fueron organizados y jugaron limpiamente. Hicieron un despliego de jugadas impecables que ganaban no solo goles bien merecidos sino la ovación y los aplausos de todo el estadio. El comentarista, Igor Stebbins, había mantenido una posición neutral dado que su propia casa, Hufflepuff, había quedado fuera del torneo. Había muchísima tensión en el estadio. Las serpientes por primera vez en la historia pedían que los leones ganaran. Todo Ravenclaw estaba dándole apoyo a su equipo para ganar y conseguir su pase a la final.
Los cazadores de Ravenclaw se pasaban la quaffle en disparos rectos, oblicuos, hacia atrás y de volea, prácticamente en movimientos medidos y perfectos.
Los leones en cambio actuaban bajo el impulso de contraatacar y marcar goles avanzando a los aros de manera defensiva. Paul cuando lograba robar la quaffle volaba hacia una dirección distrayendo a los cazadores contrarios para luego soltar la pelota en el aire y que James la atrapara para marcar un gol.
Patrick Dickson y Elena Worple realizaron un Reverse Pass que no tenía nada que envidiarle al que realizaban los leones.
Amelia Bones era rápida robando la quaffle al cazador contrincante aplacándole por los laterales mientras James atacaba por arriba con una voltereta.
Sirius y Karl Spinnet combinaban para darle duro a las bludgers y hacer tambalear sobre las escobas a las águilas. Siempre buscaban darles a los cazadores y al buscador, nunca a los bateadores para darles la oportunidad de cruzarse con la bludger y batearla hacia uno de ellos. Peor Teresa Chambers y Gabriel Goldstein sabían perfectamente como ir en pos de esas pelotas asesinas para encontrarlas y batearles por sobre las cabezas desconcentrándolos.
Kuhn Chang era un guardián formidable que no se dejaba intimidar por el vuelo rápido de Potter ni por las quaffle enviadas como balas de cañón. Chang era una mole que tapaba perfectamente los aros sin mucha dificultad.
Las águilas eran astutas y muchas de las movidas las habían previsto desbaratando sus planes y robando la quaflle para lograr dar vuelta de dirección e ir en pos de los aros que Edgar Bones vigilaba. Para sorpresa de todos, Edgar tenía muy vigilado a Frederick Corner con lo cual tuvo que dejar de volar alto e intentar dar siempre con el aro mayor. Si Edgar no atajara tan maravillosamente cada disparo posiblemente Ravenclaw ya hubiese obtenido su puesto en la final. Aun le quedaban 170 puntos para pasar a las serpientes. Necesitaban la sntich y dos goles más. Obtuvieron uno gracias Elena Worple que logró escabullirse de Paul y James.
Cicerón Portt y Alice Smith se batían en un vuelo desenfrenado por atrapar la sntich. Hacía tiempo que la habían avistado pero Cicerón le había empujado una y otra vez, escoba contra escoba, esperando que la pelota alada se perdiera de vista. Aun no podía atraparla. Aun faltaba un gol y Alice se resistía manteniéndose fija en su escoba y queriendo atraparla sin perderla de vista. Un grito por parte de su capitán y Portt dejó de forcejear para sacar ventaja y volar hacia la snitch para atraparla. Alice estaba tan cerca que podía rozarla, sentir el aletear y la brisa que causaba el movimiento entre sus dedos.
Frederick Corner y Patrick Dickson volaban pasándose constantemente la quaffle evitando que ni Paul ni Amelia lograra robarla. James apareció de frente y comenzó a zigzaguear a gran velocidad para derribar a los cazadores contrarios. Iban a romper la jugada por la creciente cercanía de Potter pero cuando Frederick se quedó con la quaffle e intento alejarse por un costado Sirius le lanzó una Bludger que le obligó a demorarse volando más alto. Alice estaba tan cerca de la snitch que estaba a punto de atraparla pero recibió un sacudón en la escoba que la obligó a aferrarse con ambas mano al mango de la escoba. Cicerón se sentó tan adelante y se estiró tanto que logró estar a un palmo de la pelota. Podían escuchar los gritos de sus jugadores, podían sentir el vibrar de la tribuna por estar tan cerca de hacer ese gol y de conseguir la snitch a la vez. Frederick lanzaba la quaffle con máxima potencia mientras Edgar la seguía sin quitarle los ojos de encima. Cicerón rozó la sntich con tres dedos y Alice supo que era capaz de tirarse al vacío para obtenerla. No hizo falta se estiró tanto que su mano la agarró por completo mientras Edgar Bones se arrojaba hacia un lado del aro tratando de frenar la veloz quaffle. Todo el estadio se sumió en el mutismo. Todos estaban de pie. Nadie dijo una palabra ni siquiera el comentarista. Parecía imposible lo que había pasado. El sonido volvió a surgir ensordecedor cuando el silbido del árbitro dio por finalizado el partido. Ravenclaw había obtenido la victoria atrapando la snitch. Gryfindor había perdido su primer partido en ese año. Edgar Bones el guardián de los leones había atajado la quaffle. El destino final del último partido del año estaba definido. Las serpientes bailaban en sus lugares, cantaban y vitoreaban a coro. Ravenclaw no había obtenido los puntos suficientes para quedar en la final.
Había sido un gran partido lleno de tensiones y jugadas magistrales. Un partido digno de memorarse como una gran final.
Gryffindor y Ravenclaw se formaron en filas y se saludaron amistosamente admirándose con respeto.
En mayo los leones deberían enfrentarse por la copa con Slytherin. No era un pronóstico alentador y James supo que si no lo mataban en el aire producto de un maleficio o magia negra, entonces podrían ganar la copa de Quidditch.
Los ganadores dieron la vuelta por el estadio mientras James, pese al mal humor por haber perdido, felicitaba a su equipo por haber jugado bien.
Se fueron al vestuario para quitarse los protectores y el sudor de un partido exhaustivo. James estaba inquieto por haber perdido y más por saber que aun les quedaba un encuentro más antes de ganar la copa que venían perdiendo sus antecesores. Sabía que Sirius en cualquier momento comenzaría a molestarlo con sus putadas. Como siempre él se enfadaría, se pelearían y luego se reirían como siempre. Cuando terminaron de ducharse y todos enfilaban para la sala común Sirius comenzó a molestarlo con comentarios mordaces.
— Nunca cambias Hocicos…
— Por las viejas pulgas… ¿para qué? Hay mañas que no se cambian
— Esos son los zorros no los perros, ¡qué poco sesos! No me extraña si tus padres son parientes aun no sé cómo no saliste con los ojos muy juntos.
— Pijo, miope, descerebrado, impotente… voy a decirle a Lily que no querías estar con ella porque no se te iba a parar. — James lo empujó y le devolvió el insulto
— Bateador de cuarta
— Cazador mariposón
— Puto reprimido
— ¡Perdedor!
Y con eso hubiera bastado. James y Sirius comenzaron a pegarse mientras Canuto se reía y James adquiría un rojo escarlata de ira.
Remus llegó a la puerta del vestuario y los separó con un accio James, causando que cornamenta se pegara a él y se separara de canuto.
—Suéltame Remus le voy a partir la cara por boca floja
— Dejen de ser tan infantiles… no pueden pelarse cada vez que…
— ¡No lo digas! — Le gritó James eufórico y llenó de rabia.
—… pierden un partido — Dijo Remus terminando la oración. Peter que seguía ignorando a Sirius, liberó a James de las manos del prefecto para que se siguieran peleando.
— ¿Peter qué mierda haces? No ves que van a matarse — Le espetó Lunático con cierta sorpresa y aprehensión.
— ¡Que se maten! — Dijo Peter lleno de odio y con la voz estrangulada. Poseído.
— ¿¡Qué coño te hice Gusano!— Le dijo Sirius reaccionando contra Peter y abalanzándose hacia él mientras James ya libre del agarre de lunático se acercaba a Sirius. Remus los congeló a todos donde estaban.
— ¿Qué les pasa… están locos? James olvídate del tonto de Sirius… pero Peter… Peter me desilusionas.
Remus se marchó dejándolos con el petrificus totalum a la salida del vestuario cuando ya todo el mundo estaba en el castillo. Los dejó hasta que el efecto del hechizo terminara. Si querían matarse él no iba a estar presente para verlos.
Mucho más tarde los tres hicieron acto de presencia en el cuarto en momentos diferentes. Ninguno dijo nada. Se acostaron sobre sus camas sin hablarse. Remus leía y tenía esa expresión que solía llevar cuando estaba enfadado. Más que enfadado, furioso. Cuando esas arrugas se instalaban en su frente no era preocupación, era enojo salvaje e incomprendido. Sed animal de desgarrar sin preguntar siquiera.
Podía entender y hasta casi se había acostumbrado a las peleas de James y Sirius cuando perdían partidos. Se insultaban con palabras hirientes que eran solo una caricia para ellos. No les importaba, no les hería. Se pegaban, se descargaban y todo terminaba ahí. Pero lo que había hecho Peter había sido extraño e inconcebible. Había incitado a que se siguieran peleando. Sabía que ignoraba a Sirius desde hacía unos días pero creía que era a causa de esas bromas de mal gusto que solía hacerle Canuto. Cosa pasajera que Peter terminaba olvidando y Sirius le hacía reír otra vez y asunto finalizado.
Peter tenía los ojos rojos y Sirius estaba de muy mal humor. James en cambio era el único que parecía haber vuelto a tener cordura.
— Lo siento, de acuerdo… no volvamos a pelear así. Sirius, no quise irme a las manos… Remus te perdono el petrificus… Peter te perdono por Sirius. — La voz de James retumbó en la habitación y Remus bajó el libro para mirarlos a todos.
— Me importa una mierda que estés enojado conmigo Peter… ojala aprendas a decírmelo en la cara — Dijo Sirius poniéndose bruscamente de pie pese al dolor muscular que sentía después del partido.
— ¡Sirius basta! — Quien habló fue Remus. — Dejen de ser tan infantiles e imbéciles. Discúlpense como se debe.
— Tengo todo el derecho a estar enojado ¿Y qué? Jódanse… jódete Peter y todos ustedes cabrones. — Dijo Sirius yéndose de la habitación hecho una furia.
El portazo que dio Sirius los dejó sumidos en el silencio. James resopló con fuerza y trató de razonar con Peter.
Remus no se había olvidado de él, sino que se había sentido defraudado. ¿Él defraudado? No lo había protegido como siempre había hecho. Lo había abandonado sabiendo que cuando el petrifucus acabara Sirius lo enfrentaría de todas formas. Traidor. Ahora James le recriminaba por lo que había hecho, poniéndose de lado de Sirius, traicionándolo. Traidor. Todos son unos traidores.
Antes de la hora de la cena el colegio se sumió en el pánico y la angustia. Minerva McGonagall había hecho acto presencia en la torre y exigió la convocatoria de los prefectos y todos los alumnos. Una vez todos reunidos y contados, dio la noticia.
— Quiero que mantengan la calma y no hagan nada al respecto. Hubo un accidente... un alumno de Hufflepuff.
Los cuchicheos crecían preguntándose ¿Un ataque? ¿Qué paso? ¿Quién fue? ¿Era grave? ¿Está vivo? ¿Por qué? ¿Cuándo ocurrió? Ninguno se atrevió a decir "el Innombrable", ni "mortífagos" ni "magia negra".
— ¿A quién atacaron? — Preguntó Amelia Bones.
— ¿Cuándo pasó? — Preguntó Remus
— ¿Sabe quiénes fueron? — Habló James Potter que aferraba con fuerza la mano de Lily Evans y buscaba con la mirada a Canuto entre la gente sin encontrarlo. Se sintió inquieto y preocupado. Vio a Katherine con un gesto indescifrable y entonces encontró a Canuto a su lado hablándole al oído. Katherine solo asintió y se quedaron escuchando las malas noticias.
—Héctor Leighman, un alumno de segundo. — Dijo Minerva acentuando las palabras y muchos se dieron cuenta que ese niño era un sangre sucia — Está en San Mungo. No sabemos cuándo ha ocurrido pero creemos que sucedió durante el partido. No hay sospechosos. Aparentemente todos estaban en el estadio.
— ¿Qué le han hecho?
— Lo envenenaron con una maldición — Dijo McGonagal con la voz cargada de dolor y desaprobación. — El jefe de su casa y profesor de Herbología Herbert Beery lo halló a tiempo. No hemos tenido que lamentar una pérdida gracias a él. Lo encontró cerca de los invernaderos. — Hizo una pausa y manteniendo la compostura intachable que la caracterizaba siguió hablando — Quiero que cuando bajen a comer sean conscientes de sus actos y no se separen. No quiero tener que repetirlo. Va a ser una noche muy larga.
McGonagall ayudó a todos los prefectos a llevar a los alumnos al Gran Salón. El silencio y los murmullos era lo único que se apreciaba durante todo el trayecto. Hasta los cuadros parecían entender que debían comportarse respetuosamente y no hacer el bochinche acostumbrado.
Ya todos sabían que dos sangres sucias habían sido víctimas de un ataque parecido. El de Katherine Hampton había parecido un accidente pero el de Leighman no. Había sido bienintencionado producido por un maleficio pronunciable que absorbía la energía hasta la muerte. Tardaba alrededor de cinco horas en acabar con la víctima, más o menos, dependiendo de los esfuerzos emitidos.
Cuando todos estuvieron sentados en la larga mesa del comedor ninguno fue capaz de recordar la pelea sucedida. Aquello era mucho más importante, más urgente. Sus peleas de niños tontos quedaban minimizadas a la nada ante la realidad.
Comieron en silencio y armonía tratando de mantener respeto por lo acontecido. Sirius se había olvidado del mal humor y de Peter, pero en cambio estaba crispado y deseoso por saber quién estaba detrás de esos ataques. Hablaron en voz baja y Lily les pidió cortésmente que no acusaran a nadie sin saber. Sirius la miró fijamente y Lily mantuvo la mirada desafiante.
— Pudo haber sido alguien de afuera, cualquiera… estoy segura que ni Avery, ni Snape ni los Lestrange lo hicieron.
— Lo que dice Lily es muy probable. — Dijo Remus razonando
Katherine se mantuvo en silencio y Lily se unió a ella casi sin poder comer. Ambas eran sangre sucias. Ninguna estaba a salvo. Una ya había pasado por aquella pesadilla. La otra temía que le sucediera un destino aun peor.
Las conversaciones tontas de planes futuros con James, parecían irrealizables y más lejanas. Había un mundo podrido ahí afuera. Sus sueños se veían aplastados y el futuro se cernía incierto sobre sus cabezas. La desesperación cundía sus corazones y todo se volvía negro. Pero algo en la mirada de James, cargada del mismo sentimiento conocido, amor y seguridad, le dio fuerzas. No estaba asustado. No era que no temiera por su vida. Pero creía. El brillo de sus ojos marrones tras sus lentes, le indicaba que Harry, Adam, Isabella y Emillie seguían esperándolos. Que sus sueños estaban intactos. Que él estaría siempre con ella.
Mayo se iniciaba tumultuoso y dejaba a todos sumidos en la preocupación y el temor. Pero los corazones jóvenes eran fuertes, llenos de valentía y optimismo. Grandes esperanzas. Llenos de glorias y sueños de triunfos por lograrse. Porque la esperanza es lo último en perderse, aun cuando la luz se va apagando lentamente sumiéndolos en la más aterradora penumbra. La esperanza los mantendrá unidos en tiempos venideros, mucho más oscuros.
Aclaración: La frase "The last enemy that shall be destroyed is death" o su traducción, ""El último enemigo que será vencido es la muerte." Es un pasaje bíblico de Corintios, y la misma está inscripta en las tumbas de Lily y James Potter. Creí que sería demasiado significativo que sea Sirius quien se tatúa esa frase demoledora y que posteriormente sea Remus quien se encarga que en sus tumbas se inmortalice algo de todos.
Grandes Esperanzas
Puedo tocarte o solo verte; muero de pronto, vivo siempre. Pruebo, más de dos veces juego con fuego.
Voy sin dormir a donde sea; más lo pienso, más me cierra. Lejos siempre tiene una cerca ¿qué sabrás de mi inocencia? Lo prohibido es tentador, quédate hasta que amanezca. Llega el día y de vuelta, el camino la respuesta.
Voy dónde no me llevan, más adentro de la selva. Lejos de algunos idiotas que quieren domar las fieras. Lo que quiere el domador queda adentro en una siesta.
Llega un tiempo en que resurge el camino lo despierta.
Puedo gozar o ser inerte.
Voy al doble con mi apuesta más te quiero si te arriesgas. Lejos te vi y me di cuenta que disfruto la tormenta. Lo que restringes en vos, queda adentro y te envenena. Llega el día y todos vuelven, el camino nunca duerme. El camino nunca duerme.
[Es una letra de una canción, de una banda Argentina]
