Capítulo 29: Mientras estés a salvo
Bebop y Rocksteady reposaban inertes sobre la azotea. Sus cuerpos presentaban múltiples heridas despidiendo un desagradable olor a chamuscado. No podían moverse aunque quisieran, el intenso dolor que sentían se los impedía y apenas respiraban con dificultad.
Junto a ellos, Arkkan se erguía victorioso observando a sus víctimas con deleite, saboreando por anticipado el banquete que estaba por disfrutar.
— No terminaré… como comida… de insectos — masculló Steranko apenas de manera audible, dando su último esfuerzo por levantarse pero sin conseguirlo, desplomándose de nuevo completamente inconsciente.
— Han sido unas presas dignas, sin duda su sabor será excelente — les dijo Arkkan a sabiendas que probablemente no lo escuchaban —. No saben cuánto hemos esperado algo así.
Comenzó a desplegar los gusanos de sus dedos, acercándose a su alimento con impaciencia, saboreando con anticipación el momento.
El comunicador que llevaba en su brazo comenzó a sonar, interrumpiendo sus placeres gastronómicos.
— No puede ser — se quejó con hastió al notar que era Yami quien le llamaba —. ¿Acaso puede haber alguien más inoportuno en el universo? — Con disgusto respondió a la llamada, presionando un botón de su muñequera y de inmediato un haz de luz se proyectó en el aire con el rostro de Yami en tono blanquecino — ¿Qué quieres ahora?
— El teniente Stanford ha desplegado a su escuadrón, estamos listo para comenzar nuestro plan, pero tenemos que encargarnos primero de la teniente Dross — le dijo con indiferencia —, necesitamos que vengas de inmediato.
— Estas bromeando ¿verdad? Estamos por comer algo decente por fin y tú nos interrumpes. No es bueno tenernos hambrientos, nos ponemos de mal humor y no querrás vernos de mal humor — exclamó amenazadoramente.
Pero Yami parecía no darle importancia a sus palabras.
— No tardes — exclamó indiferente, antes de cortar la comunicación.
— ¿Pero quién se cree? — Se decía atónito —. ¿Acaso no sabe que si quisiéramos podríamos eliminarlo en este momento? Nos desafía descaradamente, si no fuera porque lo necesitamos para conseguir nuestro verdadero objetivo — comenzó a juguetear con algunos botones de su muñequera, tentado sin duda a librarse de su compañero, pero se detuvo sonriendo cínicamente —. No, lo dejaremos pasar por ahora, ya tendremos tiempo de vengarnos.
Se giró para observar a los mutantes a sus pies, resignado a perderse de engullirlos mientras aún estaban con vida. Extendió una mano sobre cada uno de ellos, de su palma se abrió un agujero de donde comenzaron a salir otros insectos en forma de cochinillas pero del tamaño de un ratón, diez de cada mano; los cuales se adhirieron a la piel de Bebop y Rocksteady.
— Estos zánganos se encargaran de digerirlos previamente y nos llevaran todos los nutriente, es como comer comida enlatada, pero no podemos desperdiciar la oportunidad de ingerir tan buen alimento — les dijo sin importar que apenas y le prestaban atención.
Sin más remedio y no tan feliz por tener que dejar de consumir su alimento fresco, Arkkan se alejó del lugar.
Los zánganos comenzaron a introducir unos diminutos dientes en la piel de sus víctimas, succionando poco a poco la carne y almacenándola en unas bolsas que llevaban adheridas a sus espaldas las cuales podía expandirse hasta veinte veces su tamaño normal. Sin duda no lograrían consumirlos por completo, pero sería suficiente para provocarles la muerte. Una muerte lenta y dolorosa que ninguno de los mutantes podía evitar pues, además de estar malheridos, los insectos les administraban una sustancia que los mantenía paralizados durante todo el proceso.
Habría sido el cruel final de los mutantes, pero de pronto tanto los zánganos que se encontraban sobre Bebop como aquellos que estaban en Rocksteady comenzaron a flotar chillando con desesperación. Un chillido agudo y perturbador que fue acallado rápidamente pues fueron aplastados y desgarrados por unos inesperados salvadores que intercedieron a favor de sus víctimas.
Rocksteady abrió pesadamente uno de sus ojos para observar a su salvador, pero su visión era demasiado borrosa para poder identificarlo.
"No te preocupes, hermano, ya estas a salvo", alcanzó a escuchar antes de sentir como su cuerpo era levantado por un ser grande y robusto. Posteriormente volvió a desmayarse sin conocer cuál sería su destino.
Elizabeth apuraba el paso intentando hacer el menor tiempo posible. Había llegado apenas, acompañada por los últimos rayos de Sol, a la habitación del hotel para encontrarse con William, pero no estaba. Llamarlo no era una opción viable, pues al ser un sospechoso, su celular seguramente ya estaba intervenido. Sólo le quedaba una alternativa y esperaba que estuviera ahí o comenzaría a pensar que Standford lo había atrapado, no tenía duda de que lo haría aun sin el consentimiento de Bishop.
Llegó a la vieja tienda de empeño iluminando la cámara del techo con una lámpara. No tuvo que esperar demasiado para que el pasadizo se descubriera a sus pies.
Cruzó el oscuro pasillo con premura, manteniendo la esperanza pero sin poder evitar que su corazón amenazara con salir de su pecho con cada paso.
Al llegar finalmente a la mal iluminada sala, sintió que la vida le regresaba al ver a su amigo riendo a carcajadas mientras sostenía una copa de vino en compañía del Sr. Kurtzman.
— Señorita Dross, tiene un compañero bastante alegre — le dijo con voz rasposa y entrecortada, sin duda la botella que reposaba en la mesa no era la primera del día.
— Elizabeth — le saludo William levantándose de su asiento con el rostro colorado —, no creí que vinieras por aquí hoy.
Comenzó a acercarse a la teniente tambaleándose con cada paso, hasta que estuvo frente a ella acercando su rostro para saludarla, pero fue detenido por la teniente que enseguida puso la mano en su hombro empujándolo con violencia, lo cual provoco que derramará una porción de vino sobre el uniforme de ella.
— ¿Pero qué cree que está haciendo, señor Santos? — le cuestionó enfadada mientras se retiraba la chaqueta del uniforme para intentar quitar con la mano la mayor cantidad del vino derramado — Standford te acusó de traición, Bishop debe estar buscándote para interrogarte y tú estás aquí celebrando sin preocupaciones — exclamó colérica arrojando su chaqueta en una silla cercana a sabiendas que su intento de quitar la mancha iba a ser infructuoso.
— No sé de qué hablas, no he notado nada raro y me aburría en mi cuarto de hotel, así que vine a charlar un poco con nuestro buen amigo Jack — se defendió dando una ojeada a su nuevo compañero de juerga quien había optado por tapar la botella para no hacer enfadar aún más a la teniente y observaba la riña a la distancia como testigo mudo.
— ¡Eres un idiota, no sé porque me preocupo por ti!
— Pero entonces… — William no pudo evitar mirarla con ojos socarrones provocando que la teniente desviara su mirada — si te preocupaste por mí — exclamó con evidente alegría dibujando una enorme sonrisa de satisfacción en su rostro.
— Sólo porque yo te metí en esto y no quiero sentirme culpable si algo te pasará — le dijo con impaciencia pero podía notarse cierta angustia en su voz, y aunque esto fuera verdad, tenía que aceptar que nunca se había preocupado tanto por alguien como lo estaba en esos momento por el joven técnico. En los últimos días había logrado captar su atención y entablar con él un lazo de amistad como no lo había tenido con nadie más, desde la noche en que se aferró a la pierna de Bishop. SÍ, sin duda está preocupada por su seguridad y mucho.
— Pues no deberías, conozco los riesgos de trabajar en la Fuerza y no tengo miedo de lo que suceda, mucho menos si ha sido por ayudarte y pasar tiempo contigo — le dijo sin saber si lo había pensado solamente y el alcohol en su sangre le había hecho la mala jugada de hacerlo hablar de más —. Además no podrían encontrarme, bloqueé mi celular yo mismo, es imposible de rastrear y nadie sabe que hemos estado en contacto con el señor Kurtzman — finalizó con tono triunfalista.
— Pues entonces deben tener otra forma de rastrearte — les interrumpió Kurtzman señalando hacia uno de los muros de la habitación.
En el muro se encontraban una pantalla que mostraba una imagen dividida en cuatro secciones, dos de ellas eran de la tienda de empeño, otra daba a un callejón continuo y la última mostraba el pasillo por donde entraban.
Las cámaras de la tienda de empeño mostraban un grupo de soldados de la Fuerza entrado con violencia al lugar iluminando cada rincón como buscando algo. Entre la multitud reconocieron fácilmente al teniente Standford quien se quedó con la mirada fija a una de las cámaras, disimulada como una lámpara de techo. Acto seguido levantó su mano sosteniendo su pistola y disparo en esa dirección provocando que la imagen desapareciera mostrando solamente ruido blanco, lo mismo sucedió con la otra imagen de la tienda. Por la cámara del callejón podían darse cuenta que otro grupo de soldados aguardaban en las cercanías para evitar que alguien pudiera escapar por ahí, afortunadamente estos no parecían haber apreciado la cámara oculta.
— Entonces, ¿qué decías? — preguntó la teniente a William con sarcasmo.
— No es posible… debieron encontrarme de otra forma — balbuceó nervioso, mirando de reojo a una enfadada teniente.
Elizabeth desenfundó su arma, quitándole el seguro sin dejar de observa la imagen del pasillo de acceso, estaba segura que era cuestión de tiempo para que descubrieran el pasadizo secreto, por lo que estaría preparada en caso de tener que defender al joven técnico.
— ¿Qué es lo que estás haciendo? — le preguntó William angustiado al verla preparar su arma para recibir a los invasores.
— Standford viene a buscarte desobedeciendo una orden de Bishop, no permitiré que te ponga un dedo encima — respondió con determinación.
— Pero ellos son más, no podrás con todos.
— Lo sé — le dijo con aparente calma, pero hasta ella sabía que Standford no era tonto, sin duda tendría una estrategia para reprimir cualquier tipo de resistencia, y más teniendo a todo un escuadrón de la Fuerza de su lado. La teniente acarició levemente el rostro de William—, pero no dejaré que te hagan daño.
William la miraba atónito, avergonzado por haber sido tan torpe de no darse cuenta que lo seguían y, por su culpa, ahora estaban en peligro sin saber cómo podrían salir de ahí.
— Eso no es necesario — les interrumpió repentinamente Kurtzman vistiéndose con su gabardina café al momento de acercarse a un viejo librero en el fondo de la habitación. Comenzó a levantar ligeramente unos libros en diferentes estantes, como si no estuviera seguro de cual tomar. Al levantar el quinto libro se escuchó un 'click' y en enseguida el librero comenzó a moverse por sí mismo, haciéndose a un lado dejando al descubierto otro pasadizo oculto detrás del muro —. Podemos escapar por aquí.
Sin pensarlo mucho, ambos jóvenes se apresuraron a acercarse al pasadizo para escapar del peligro. Kurtzman sostenía el último libro en su mano en espera de sus compañeros, al soltarlo el librero regresaría a su posición original. La primera en entrar fue la teniente, pero cuando William había a hacer lo mismo, un fuerte estruendo llamó su atención.
Desde el pasillo de acceso hacía eco un ruido ensordecedor que los alertaba que habían encontrado el acceso al pasadizo. La imagen en la pantalla mostraba el pasillo aún vacío pero que comenzaba a llenarse de una fina nube de polvo. Ahora era cuestión de tiempo para que estuvieran ahí.
William se detuvo junto a Kurtzman abrazándolo por el hombro en forma afectuosa.
— Ve con ella, cuídala mucho — le dijo empujándolo prácticamente en el pasillo provocando que soltará el libro, el cual regreso en automático a su lugar así mismo lo hizo el librero, cubriendo de nuevo el hueco.
— ¿Qué estás haciendo? — le cuestionó molesta la teniente golpeando el muro del otro lado. A pesar de haberse cerrado, tenía unas pequeñas rendijas apenas perceptibles desde donde podía ver la sala donde William se había quedado.
— Me están buscando a mí — le respondió con seriedad —, si me voy con ustedes seguramente nos perseguirán, pero si me entrego es probable que solamente me interroguen y me lleven con Bishop, ahí podré explicarle todo a él.
— ¡Eso no puedes saberlo! No conoces a Standford, te torturara antes de pensar en ponerte en manos del coronel — le gritaba con desesperación Elizabeth intentando abrir la puerta empujándola, pero esta no se movía ni un milímetro.
— Con mayor razón no puedo permitir que los capturen a ustedes — por la pantalla podía verse que los soldados habían logrado abrir el acceso al pasillo y comenzaban a entrar — No sabes cuánto pero ha sido un gusto trabajar contigo, no lo cambiaría por nada. Ya no me importa lo que suceda, mientras tú estés a salvo, ahora por favor guarda silencio —le dijo sonriendo aparentando valentía aunque realmente estaba aterrado por la incertidumbre de lo que le ocurriría.
— Debe haber una forma de abrir esto — insistía la teniente.
— Sólo puede hacerse desde afuera — mintió Kurtzman, pues sabía la razón por la que William había tomado le decisión de sacrificarse a sí mismo y no iba a permitir que esto fuera en vano —. Será mejor que nos vayamos, ya llegan los soldados.
Pero Elizabeth no pensaba moverse de ese lugar, al menos debía asegurarse de que Standford no lastimaría demasiado a Santos y que finalmente terminaría en manos de Bishop, donde ella podría abogar por su inocencia.
Para no levantar sospechas, William se alejó del librero sentándose en la silla donde había estado conversando con Kurtzman, sujetó la copa de vino mirando que aún quedaba un poco en el fondo, levantó la mano hacia el librero y se lo bebió de un solo trago.
Los soldados entraron en la habitación apuntando al único objetivo visible, el cual amagaron de inmediato poniéndolo de rodillas, revisándolo para verificar que no portara ningún arma. Otro grupo de soldados entró en las demás habitaciones para buscar a quien pudiera esconderse en ellas.
Standford subía cada escalón con sobriedad, saboreando cada instante, quería prolongar su momento de gloria lo mayormente posible. Uno de los soldados se acercó a él susurrándole algo que, por la expresión en su rostro, no le había sido de todo agradable.
Se acercó al joven técnico tomándolo por el cabello obligándole a levantar el rostro.
— Señor William, que agradable sorpresa encontrarlo por aquí — le dijo con malicia penetrándolo con la mirada —. Tal vez usted pueda decirme dónde puedo encontrar a la teniente Dross.
Intentó no delatar el escondite de la teniente con la mirada, manteniendo sus ojos fijos en el rostro del corpulento hombre que lo sostenía de los cabellos.
— No sé de qué habla, aquí estoy yo sólo — respondió con firmeza.
— No lo creo — le dijo convencido de que mentía —, por allá veo dos copas de vino en la mesa y… — giró el rostro hacía el librero, William pensó por un instante que había logrado encontrar su escondite —en aquella silla está el saco de su uniforme —señaló el mueble que se encontraba justo entre el librero y el sitio donde ellos se encontraban.
William respiró aliviado, al parecer sabían que la teniente había estado ahí pero no su ubicación actual.
— Me tienes a mí, ¿qué importa ella? — le cuestionó intentando distraerlo.
—No es a ti a quien quiero, es a ella — una sonrisa siniestra se dibujó en el rostro del teniente quien de un jalón levantó al joven técnico de los cabellos sosteniendo su endeble cuerpo con una sola mano —; y si no me dices donde está te prometo que no la pasarás bien.
— No importa lo que me hagas, jamás te lo diré — balbuceo el joven resistiéndose al dolor, pero con convicción.
— Eso no importa — dijo una voz detrás del teniente, perteneciente a alguien que acababa de entrar en la habitación —, tenemos forma de localizarla.
Elizabeth podía ver desde la rendija toda la escena. Sintió una fuerte presión en el pecho al reconocer la figura de quien había atacado el camión de la Fuerza. ¿Qué hacía con Standford?
Se llevó la mano a su arma preparando para atacarlo desde ahí, pero Kurtzman la sostuvo moviendo negativamente la cabeza, suplicándole que no hiciera algo estúpido a sabiendas de que no tendrían posibilidad de sobrevivir si los descubrían.
La teniente asintió con la cabeza pero no enfundó su arma, por si acaso la necesitará más tarde.
Junto con Yami entró también su compañero extraterrestre, sonriendo como siempre mostrando sus afilados dientes.
— ¿Dónde está? — preguntó Yami.
Arkkan extendió su mano y comenzó a menearla en el aire, como intentando espantar algún insecto invisible que lo estuviera molestando. De pronto se detuvo mirando directamente hacia el librero.
— Por allá — dijo comenzando a caminar en esa dirección.
William comenzó a sudar, estaba temeroso, no por las extrañas criaturas que habían entrado con Standford, sino por la posibilidad de que hubieran encontrado a Elizabeth. Deseaba poder hacer algo más, pero parecía que era inevitable que los encontraran, aunque no comprendía como lo habían hecho.
A cada paso de Arkkan, la tensión en la teniente Dross aumentaba. Empuño su arma con fuerza colocándola frente a ella apuntando directamente a la criatura que se acercaba.
El extraterrestre se detuvo de pronto junto a la silla tomando el saco de la teniente y alzándolo hasta la altura de su rostro.
— Hola teniente Dross, es usted más delgada de lo que nos habíamos imaginado — dijo en tono burlón y de inmediato un insecto salió de uno de los pliegues de la ropa y voló directamente a su boca, introduciéndose en ella.
Elizabeth se tomó el hombro recordando aquella ocasión en que Standford lo presionó para provocarle dolor. En ese momento se dio cuenta que ella los había llevado hasta ahí, Standford debió colocarle el insecto sin que ella lo notará. Cerró los ojos mientras presionaba el hombro que aun resentía el fuerte apretón, provocándose dolor a sí misma, molesta por haber sido tan torpe.
— Al parecer logró escapar — dijo Yami con desencanto.
— ¿Qué dices? Me dijiste que nada podía esconderse de esos insectos. ¡Me prometiste a la teniente Dross! — exigió Standford con desesperación.
— Podemos detectar el olor del insecto, pero tú se lo colocaste en el saco — le dijo Arkkan riéndose con descaro —, y aquí está el saco — finalizó arrojándolo a sus pies.
William no pudo evitar sonreír complacido, ahora sabía cómo los habían encontrado, pero sobretodo que no podrían encontrarla.
— ¿De qué te ríes? — le cuestionó iracundo Standford —. Sí no puedo encontrarla de la manera fácil, tú me lo dirás de la manera difícil.
— Ten cuidado — intervino Yami adivinando lo que estaba por ocurrir —, recuerda que estás bajo los efectos del insecto potenciador, sí no mides tu fuerza podrías matarlo de un solo golpe.
— No te preocupes — dijo sonriendo maliciosamente al joven técnico —, voy a ser muy cariñoso con él.
Repentinamente hundió su puño cerrado en el estómago de William quien ahogó un grito de dolor cayendo inconsciente casi al instante. Standford soltó sus cabellos dejando caer su cuerpo a plomo.
— Vamos, no puedes ser tan débil — tronó sus dedos y de inmediato uno de sus soldados le arrojó al joven un vaso de agua al rostro haciéndolo reaccionar.
Al despertar, William se hizo un ovillo, presionando su estómago con ambas manos tratando de apaciguar el dolor que sentía ahora que estaba consiente. Sin duda el golpe había hecho estragos y estaba seguro que tendría herida internas.
— Te lo advertí — le reprendió Yami observando la escena con frialdad.
— Lo siento, es que aún no puedo controlar mi fuerza — se excusó mientras levantaba al adolorido técnico del cuello de la camisa —. ¿Me dirás ahora dónde está?
— ¡Vete al diablo! — respondió William con todas sus fuerzas intentando aguantar el dolor que lo mantenía doblado en el piso.
— Bueno, como tú quieras, tratare de no darte tan fuerte esta vez, sólo procura no desmayarte.
Standford descargó un golpe directo al rostro de William, el cual, a pesar de haber sido de menor intensidad que el primero, le rompió la nariz. Después de este siguieron otra serie de golpes más que lastimaban con saña el maltratado cuerpo del joven quien luchaba por mantenerse consciente sólo para no darle gusto el gusto a Standford.
Elizabeth veía con angustia la escena, tentada por intervenir, pero Kurtzman se acercó a ella susurrándole "no lo hagas, si lo haces su sacrificio será en vano".
Sin saber que hacer se retiró de la rendija desviando la mirada, no podía seguir viendo como maltrataban a su amigo, se arrodilló tapando sus oídos para no escuchar cuando cada golpe chocaba en el cuerpo de William, pero no podía evitarlo. A pesar de sus esfuerzos aún podía escuchar a Standford descargando toda su frustración en el joven como si se tratará de un pedazo de carne que tenía que ablandarse.
Habían salido retrasados al patrullaje, pues Karai había permanecido dentro de su habitación más tiempo del normal.
Sólo Mikey se había atrevido a cuestionarla sobre la razón de su tardanza, a lo cual había tenido por respuesta sólo una mirada fulminante de parte de la kunoichi.
Se encontraban ahora en las azoteas cercanas a la guarida, aguardando las instrucciones de su líder para saber cuál sería su destino, pero Karai parecía estar distraída, algo más importante parecía ocupar su mente esa noche.
Todos la miraban extrañados, intentando adivinar lo que ocurría en su cabeza, aquello que la mantenía ocupada dejando en la incertidumbre a todo el equipo, con excepción de dos miembros que parecían intuir el motivo por el cual se encontraba tan distraída.
Ciertamente, Karai pensaba en las palabras de Rafael. Sin duda le había dolido siquiera que le hubiera sugerido olvidar a Leonardo, pero tenía razón. No podía vivir por siempre con el triste recuerdo de algo que, en realidad, nunca fue. Desde aquella noche en que discutieron en el tren, siempre quiso pensar que Leonardo había cambiado de parecer, que si no hubieran sido atacados por el Clan del Pie y él no hubiera muerto, seguramente hoy estarían juntos. Eso es en lo que creía, pero no estaba segura. Tal vez era sólo una fantasía en su cabeza, un reflejo de algo que sólo ella sentía en su corazón, pero que no correspondía con la realidad. Nunca lo había visto de esta forma, hasta el momento en que Rafael le ofreció algo más que su amistad. Tal vez se aferraba a algo que nunca existió, pues Leonardo nunca le dejó nada en claro, salvo el hecho de que su honor era lo más importante para él.
Recordaba el momento en que despareció junto con su padre adoptivo, el momento en que la luz blanquecina lo engulló dejando en su lugar un hueco tan grande y profundo como el que quedó en su corazón. En ese momento Leonardo les dijo algo, pero ninguno alcanzó a escucharlo, sus palabras se perdieron en la intensidad de la batalla. Siempre pensó que dirigía sus palabras especialmente a ella, que era algo que quería decirle antes de morir, pero bien pudo ser algo tan trivial como "corran" o "no se acerquen". Conociendo a Leonardo era probable que intentará proteger a su familia del horrible destino que le aguardaba, pero no podía asegurarlo. Si tan sólo hubiese escuchado esas palabras, probablemente su decisión no sería tan difícil.
Rafael se había situado intencionalmente en el otro extremo del grupo, lo más alejado posible de la kunoichi. De vez en vez lo miraba de reojo preguntándose qué tan en serio habían sido sus palabras, o más bien que tan en serio debía considerarlas ella. Ni siquiera se había puesto a pensar en la posibilidad de volver a enamorarse cómo con Leonardo, mucho menos consideraba a Rafael cómo posible candidato. Su confesión le había traído más tribulaciones y ansiedades de las que podía soportar. No podía creer que en ese momento estuviera siquiera pensando en la posibilidad de reconsiderarlo.
Una mano la meció con suavidad sacándola de su letargo. Al volver el rostro se encontró con la mirada compasiva de Abril, quien había decidido que era hora de continuar.
— Estamos esperando, Karai — le dijo con suavidad, a lo que la kunoichi simplemente asintió, poniéndose de pie para dar un brinco a la azotea siguiente, seguida del resto del grupo que la seguía en completo silencio.
La desatención de Karai se reflejaba en todo el grupo, pues ninguno se percató que eran vigilados a la distancia por un grupo de soldados de la Fuerza.
— La criatura tenía razón — exclamó uno de los soldados siguiendo un par de binoculares de visión nocturna al grupo que se movía entre las azoteas —. Informa al teniente que los hemos localizado — ordenó a otro soldado quien de inmediato se llevó la mano al aparato en su oído.
Más por aburrición que por cansancio o compasión, el teniente Standford había concluido con su sesión de golpes contra William, cuyo rostro era una masa sanguinolenta que apenas tenía la forma de una cara. Sabían que vivía gracias al sonoro ruido que hacía con la garganta cada vez que jalaba aire, puesto que no podía hacerlo a través de la nariz que se encontraba completamente deshecha.
— ¿Estás satisfecho? — le cuestionó Yami con impaciencia.
Durante todo el tiempo que duró el castigo hacia William, la tortuga había recorrido el lugar encontrándose con varias fotos y documentos del Kraang. No tenía duda de que era el escondite de Kurtzman.
— Para nada — respondió Standford enfadado tomando el saco de la teniente Dross a manera de pañuelo para limpiarse la sangre de las manos —. Sin la teniente esto no es más que una pérdida de tiempo.
En ese momento recibió en el auricular una noticia que parecía alegrarle la noche. Le informaban que habían localizado a las tortugas, cerca de la zona donde Yami les dijo que las esperaran.
— Entendido — respondió el teniente mirando con cierto recelo hacia la tortuga —. Al parecer tú información era correcta, hemos localizado a tus "hermanos".
— Entonces comencemos con el plan, diles a tus hombres que las lleven al lugar que acordamos —le indicó Yami en tono demandante.
— ¡No! — exclamó de pronto con furia Standford dirigiéndose en forma amenazadora a la tortuga hasta quedar a pocos metros de ella. Yami lo miraba sin inmutarse siquiera ante la imponente figura que se acercaba, de reojo podía visualizar a Arkkan quien se había colocado de cuclillas a varios metros de donde se encontraban, deleitándose con la escena que le resultaba por demás divertida y entretenida —. Me prometiste a la teniente Dross y aún no la hemos encontrado. No pienso seguir con tú plan sin antes tener los elementos para que esa mujer sea destituida de la Fuerza o, mejor aún, que muera.
— Eso no importa, puedes capturar a las tortugas, el objetivo primario de la Fuerza — le respondió con pasividad —. Esta noche podrás hacer lo que ni Bishop ni la teniente Dross han logrado, podrás atrapar a los enemigos más peligrosos de la Tierra y detener los planes del Kraang. ¡Esta noche la terminarás como un héroe! — continuó enfatizando sus palabras observando como la ira de Standford poco a poco se disipaba, había aprendido a manipularlo, aunque sabía perfectamente que quería el carro completo, tarde o temprano lo traicionaría; pero ya estaba preparado para ese momento —. Sólo sigue con el plan y te prometo que ambos saldremos beneficiados. Después podrás encargarte de la teniente Dross, será la cereza del pastel.
Standford lo miraba escéptico, sopesando sus posibilidades. No dudaba en que podría vencerlo a él y su compañero con la nueva fuerza que tenía, pero quería demostrar que era mejor que el coronel y sólo lo haría si llevaba a las cuatro tortugas con o sin vida.
— Prosigan con el plan, diríjanlos a la trampa — dijo presionando un botón en el transmisor de su oreja.
— Has hecho lo correcto — le dijo Yami con una sonrisa de satisfacción —. ¿Qué quieres hacer con él? — dijo señalando a William que permanecía inmóvil, doblado en el piso sin moverse desde que habían dejado de golpearlo, tragando aire a bocanadas con mucha dificultad.
Detrás del librero, Elizabeth observaba expectante. Su mano sostenía firmemente su arma, determinada a intervenir si es que fuera necesario, aunque pensaba que debía haberlo hecho desde hace tiempo.
— Me gustaría conservarlo con vida — dijo Standford sonriendo con malicia —. Si no aparece la teniente Dross, me desquitaré con él, al menos será un premio de consolación.
Los gusanos de Arkkan comenzaron a desplegarse alrededor del cuerpo de William, enrollándose en los brazos para levantarlo lo suficiente para que estuviera sentado, permitiendo que Yami pudiera verle el rostro maltrecho.
— Ya escuchaste — le dijo con la misma actitud estoica con que se había conducido — sería mejor que nos dijeras donde está la teniente y acabaras con tu sufrimiento.
William levantó con pesadez su cabeza sonriendo de mordazmente "púdrete" balbuceó en forma entrecortada.
— Eres valiente, no lo niego, pero también un necio. Te sacrificas por alguien a quien no le importas — le dijo Yami dando la media vuelta —. Vámonos Arkkan, déjaselo a los soldados de Standford.
En ese momento la teniente levantó su arma, veía una posibilidad de rescatar al joven técnico si se quedaba con sólo un par de soldados de Standford. Levantó la pistola a la altura de su rostro y sin darse cuenta golpeó ligeramente la pared del librero.
Yami se quedó inmóvil de repente. Repasando cada rincón de la habitación con la mirada, como buscando algo. Una idea se plantó en su mente, la posibilidad era mínima, pero su instinto le decía que alguien los vigilaba.
— Aunque has sido bastante inteligente para haber obtenido esa imagen — dijo repentinamente dirigiéndose al técnico que aún se mantenía sentado en el piso sostenido por los gusanos de Arkkan, no había duda de que si lo soltaba, su cuerpo caería a plomo —, tú eres quien ha alertado a la Fuerza de mi presencia — continuó hablando mientras se paseaba con lentitud alrededor de William hasta posicionarse detrás de él.
— ¿Qué estás haciendo? — Le cuestionó Standford —. Deja de perder el tiempo.
Yami parecía ignorarlo, mirando fijamente el cuerpo del joven técnico que luchaba simplemente por mantenerse consciente.
— Lo siento — le dijo con cierta melancolía en su tono de voz —, pero para mí ya eres una amenaza.
Ante la sorpresa de todos los presentes, Yami desenvainó con rapidez su espada dando una estocada por la espalda del muchacho hasta que el filo asomó por su pecho. Si bien no había tocado ningún órgano vital, la condición de William (ya de por sí bastante precaria) sin duda había empeorado.
Standford se abalanzó sobre él para reclamarle, pero la tortuga permanecía indiferente ante sus exigencias. Se mantenía en silencio escuchando con atención, sosteniendo la empuñadura de la espada que aún atravesaba el cuerpo de William.
En el pasadizo, Elizabeth había observado todo. Iracunda, ahora estaba determinada a intervenir a pesar de las consecuencias. Apuntaba directo a Yami, dispuesta dispararle, pero fue detenida por Kurtzman quien había puesto una de sus manos sobre el arma para evitar que disparar y con la otra le cubría la boca.
— Esto es lo quiere — le susurró al oído mostrando temor en cada palabra —. Sabe que estamos aquí.
Pero Elizabeth no estaba dispuesta a contenerse ni un segundo más. Movió su brazo para golpear con el codo el estómago de Kurtzman, quien de inmediato la soltó. Sin nadie que la detuviera volvió a apuntar hacia Yami, con la determinación de matarlo.
Al levantar el rostro hacia la sala, se encontró con los ojos de Yami mirándola fijamente como sí supiera en donde estaba escondida. Al mirarlo comprendió que no era como las demás tortugas, era completamente distinto, un ser lleno de rencor y odio, que era capaz de matar a alguien inocente con la única finalidad de que sus amigos delatarán su escondite. Eso era lo que estaba sucediendo.
Elizabeth quería dispara y terminar con la vida del monstruo que estaba frente a ella, pero algo la detenía, algo la mantenía completamente paralizada. Una sensación que le decía que si disparaba sólo les mostraría a sus enemigos donde se escondían y que Yami se la entregaría sin miramientos al teniente Standford, pues para él más que un medio para conseguir sus objetivos. Tardó un momento en identificar ese sentimiento, pues hacía muchos años que no lo sentía, pero ahora lo recordaba, nítido y palpable cómo en aquella trágica noche en que el Kraang le arrancó a su familia: miedo.
Era miedo lo que sentía en ese momento y que la hacía permanecer inmóvil ante la mirada penetrante de Yami. No le importaba enfrentarse Standford, era una tipo imponente, sí, pero humano y que mostraba sentimientos de furia, odio, felicidad. Pero Yami era otra cosa. Jamás había visto unos ojos que reflejaran esa insensibilidad e indiferencia por parte de su dueño, incluso teniendo el cuerpo de alguien muriendo a sus pies. Un tal desprecio hacia la vida de otros que ni siquiera el Kraang había mostrado. No lo quería creer, pero tenía mucho miedo de que Yami la encontrara.
Ignorando aún los reclamos de Standford, Yami permanecía inmóvil escuchando con atención mirando el viejo librero que se encontraba al fondo de la habitación, por un momento le pareció haber escuchado algo en esa dirección. Retorció la mano que sostenía su espada haciéndola girar lentamente, lo cual abrió más la herida en el pecho de William provocándole una dolor insoportable, el cual demostró abriendo la boca intentando emitir un gritó que se ahogó con su propia sangre.
Yami miraba hacía el librero, enfocado en percibir cualquier ruido que le permitiera determinar si había alguien oculto detrás, pero nada se escuchó.
— ¿Qué importancia tiene? De todas formas nunca iba a traicionar a la teniente — respondió Yami finalmente a la insistencia de Standford por una explicación.
Decepcionado por no haber conseguido su propósito, extrajo la katana del cuerpo de William, retirando el exceso de sangre con su propia mano antes volverla a envainar.
—Vamos hemos perdido mucho tiempo — le dijo a Arkkan que de inmediato liberó lo brazos del joven permitiendo que el cuerpo se desplomará de espaldas sobre el piso.
Estaba vivo pues emitía un sonido gutural apenas perceptible, pero eso no iba a durar mucho.
Standford lo veía molesto de que le hubieran arrebatado su premio de consolación, pero ya estaba hecho. Sin más, ordenó a sus hombres retirarse, por lo que todos abandonaron el lugar seguidos por su líder. Arkkan y Yami hicieron lo propio, pero este último dio un rápido vistazo hacia el librero convencido de que los vigilaban desde ahí, pero ya sin tiempo para verificarlo, así que continuó su camino dejando el lugar vacío salvo por el cuerpo de William abandonado en un charco de sangre.
— Abre la puerta — dijo en tono demandante Elizabeth a Kurtzman.
— Ya te dije que no hay forma de abrirla por dentro — se excusó pensando que era demasiado pronto salir de su escondite, tras haber transcurrido apenas unos segundos desde que el ultimo de los invasores se había retirado.
Elizabeth permanecía con la mirada clavada en el cuerpo que yacía tendido en la sala, su mano se movió prácticamente por sí misma, apuntando con el arma al rostro del reportero.
— No me vengas con tonterías — le dijo con determinación —, abre esta maldita puerta o te prometo que te volaré la cabeza.
A pesar de no poder verla de frente, la firmeza de sus palabras le dio la certidumbre de que estaba dispuesta a cumplir con su amenaza. Sin otra opción, Kurtzman presionó con fuerza una sección del muro a su espalda, la cual se hundió ligeramente emitiendo un ligero click, dando lugar a que el enorme librero comenzará a moverse nuevamente permitiéndoles ingresar a la sala.
La teniente se apresuró a acercarse al maltrecho cuerpo de William, dudo por un breve instante en si debía moverlo o solicitar una ambulancia. Tomó su teléfono móvil marcando un número pregrabado y sin esperar a que le respondieran, le entregó el celular a Kurtzman pidiéndole que solicitará una ambulancia de inmediato.
Kurtzman, todavía bastante alterado por lo sucedido, se limitó a obedecer las órdenes recibidas. Para su sorpresa la persona que le respondió del otro lado de la línea era el propio coronel Bishop. Notoriamente nerviosos, logró comunicarle con balbuceos la importancia de que enviaran una ambulancia a su departamento, lugar que Bishop conocía perfectamente.
Elizabeth se arrodilló junto al cuerpo de William, colocando su saco sobre la herida presionándola con fuerza para evitar que siguiera desangrándose, con un resultado poco efectivo puesto que la herida de la espalda no dejaba de chorrear el líquido carmesí.
— Tienes que resistir. Tienes que resistir, William — le dijo con desesperación y angustia al ver la condición tan precaria en que se encontraba el técnico.
— Es la primera vez que me llamas… por mi nombre — le susurró en tono cansado apenas perceptible.
— No deberías de hablar, ya vienen los paramédicos, ellos te ayudarán — la teniente sintió vergüenza por que siempre había mantenido cierto límite con cualquier miembro de la Fuerza, dándoles un trato respetuoso pero sin entablar una verdadera amistad con ninguno más allá que lo que su cargo le permitía. Pero con William era diferente, sin duda se había ganado su aprecio y cariño, al grado que lo había llamado por su nombre de pila si pensarlo siquiera. En ese momento sentía que no tenía importancia romper esa barrera autoimpuesta de respeto, todo con tal de confortar al joven y hacerle su dolor más llevadero. Le debía al menos eso.
— No importa… — William logró colocar su mano en la de la teniente quien seguía presionando la herida en el pecho — no creo que lleguen a tiempo.
— No digas tonterías. Vas a vivir, William. ¡No voy a permitir que te mueras! — sentía como sus ojos comenzaban a humedecerse, luchando por impedir que las lágrimas brotaran por sus ojos, pero ni ella misma creía lo que decía. Estando ahí intentando detener una hemorragia que no cedía, se daba cuenta de que era momento de comenzar a aceptar lo inevitable.
— Creo que es un poco tarde… para decirte que me gustabas — las palabras del joven técnico no hacía más que amainar la resistencia de la teniente por romperse en llanto, aunque fuera algo que era tan evidente desde que se conocieron —. No me arrepiento, todo lo que he vivido… desde que te conocí. Nunca pensé… enfrentar a alguien más fuerte que yo. Por ti encontré mi valor… No importa lo que me pase… mientras tú estés a salvo… sé que todo valió la pena.
— William, has sido tan valiente, un verdadero amigo como nunca he tenido. Pero sé que aún no es tú momento, todavía tienes mucho que dar. Si de verdad te gusto debes seguir luchando — la primera lágrimas comenzó a escurrir con suavidad desde la mejilla derecha, lentamente hasta caer sobre el rostro del técnico —. No se te ocurra dejarme ahora, William.
— Sabes, siempre he detestado… mi nombre. Me parece tan… común — el joven sonrió con ternura mientras levantaba lentamente su mano hasta la mejilla de Elizabeth para secarle la lágrima —. Pero al oírlo… de tu boca, es tan… divino.
La mano que estaba posada en la mejilla de Elizabeth, cayó repentinamente sin oposición, produciendo un ruido mortuorio al golpear la duela de madera.
Elizabeth observaba al joven intentando disuadirse de que lo que veía era la cruel realidad. Comenzó a llamarlo varias veces por su nombre con insistencia, esperando cualquier reacción de su parte. Pero no la obtuvo.
Sin poder soportarlo más comenzó a llorar sin miramientos, levantando la cabeza de William para apoyarla sobre su pecho, llamándolo una y otra vez entre sollozos, pero solo recibió por respuesta un silencio sepulcral que no hacía más que aumentar su dolor.
Se habían detenido con la convicción de enfrentar a sus perseguidores. Cansados de huir, Karai dio la orden de enfrentar a los miembros de la Fuerza que desde hacía varios minutos habían comenzado a atacarlos. Pero como un déjà vu, veían como los soldados que parecían estar derrotados volvían a levantarse dispuestos a seguir luchando, ignorando el dolor que los golpes y heridas deberían estarles provocando.
Pronto se vieron rodeado por más soldados que comenzaban a cerrarles el paso, con excepción de una dirección, la cual parecía convenientemente poco vigilada por lo miembros de la Fuerza.
Con muchas dudas pero sabiendo que no tenía muchas opciones, Karai les ordenó la retirada. Todos obedecieron sin quejas siguiendo a su nuevo líder perseguidos sin tregua por el escuadrón de la Fuerza.
— Esto no está bien — les dijo Casey sin detenerse —. ¿Por qué nos atacan?
— No lo sabemos — respondió Donatello intercambiando miradas de complicidad con Abril —. Pero mejor alejarnos de ellos para evitar lastimarlos.
— Son como los tipos de la otra noche — intervino de pronto Mikey —, se levantan como zombis. ¡Es la Fuerza zombi!
— ¡Que no son zombis! — Le recriminó el hermano de bandana roja —. Algo debe estar dándoles esa fuerza y resistencia — seguía corriendo mirando disimuladamente a Karai quien se mostraba preocupada —. Nos llevan a una trampa ¿lo sabes?
— Sí — le respondió sin volverse a verlo — pero no tenemos muchas opciones.
En efecto mientras avanzaban, los soldados parecían cerrarles el paso pero dejando siempre un camino libre el cual tomaban con precaución.
Avanzaron hasta que prácticamente se acabaron los edificios, entonces se dieron cuenta de su objetivo: llevarlos a los muelles.
Sin duda alguna ahí los esperaría algo más, pero confiaban en que estuvieran preparados para lo que fuera. Lo habían decidido desde su pelea con la pandilla del callejón, si era necesario tendrían que usar exceso de violencia si la situación lo requería, sino al menos siempre quedaría el ataque psíquico de Abril. Pero seguían, pues Karai confiaba que el camino que les obligaban a tomar los llevaría indudablemente con el causante de todo, posiblemente con Bishop.
En los muelles los soldados seguían disparándoles sin descanso, hasta que por fin les cerraron el paso, acorralándolos sobre el techo de un viejo almacén de contenedores. Sin otro sitio por donde escapar, optaron por entrar por un hueco en el techo, dejándose caer en el enorme lugar.
Apenas tocaron el suelo, todos sacaron sus armas previendo que serían atacados. Pero no sucedió nada. Incluso los soldados que los habían estado siguiendo, parecían haber abandonado la persecución desde que atravesaron el hueco del techo.
A pesar de que nada ni nadie parecía atacarlos, todos mantuvieron su posición a la defensiva, expectantes de lo que pudiera aparecer desde los rincones oscuros del almacén.
De pronto, el lugar se iluminó parcialmente dejando ver al causante de todo.
Arkkan se reía a todo pulmón, sentado en la barandilla de una de las plataformas que se sostenía de una de las paredes del lugar.
— ¿Qué es esa cosa? — preguntó con repulsión Mikey —. Está más feo que Rafa.
— Si no te callas, yo te pondré feo a golpes — le amenazó su hermano agitando su puño en su cara.
— ¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros? — le cuestionó Karai apuntándolo con su shikomizue.
— Nosotros somos Arkkan — la sola mención de su nombre provocó que todos tomaran sus armas con fuerza previniendo cualquier ataque sorpresa —. En realidad no queremos nada de ustedes, pero nuestro compañero, en cambio, está ansioso por saludarlos.
El crujir del metal a sus espaldas los hizo volverse con cautela. Desde las sombras aparecieron varios robopies que se dispersaron a lo largo de otra plataforma dejando al descubierto a alguien más.
— Es… — Donatello no podía siquiera pronunciar su nombre, con temor buscó a Abril que lo estaba observando de la misma forma. Ahora no tenían duda de a quién pertenecía la imagen que Elizabeth les había entregado.
Todos bajaron sus armas sin atrever a moverse. Lo que antes era coraje y una impaciencia por comenzar la batalla, se convirtió en incredulidad ante lo que aparecía frente a sus ojos.
— ¡Leonardo! — gritó finalmente con desesperación Karai.
A pesar de que sus vestimentas eran distintas, nadie dudaba de que quien estaba frente ellos era su líder caído, pero con una leve pero muy significativa diferencia.
Desde la plataforma, Yami los observaba con disgusto, como si se trataran de una plaga a la que debía eliminar, su mirada caía con pesadez sobre ellos y podían sentirlo. Algo no estaba bien con quien fuera alguna vez su amigo. Las palabras que pronunció a continuación confirmaron sus sospechas.
— Mátenlos a todos — exclamó con absoluta indiferencia y enseguida todos los robopies se lanzaron desde la plataforma para atacar a sus enemigos.
