El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.


Personajes:

Taiyo Yagami. Hijo de Taichi y Ayane. Nueve años

Saori Ishida. Hija de Sora y Yamato. Nueve años.

Yoshiro Ishida. Hijo de Sora y Yamato. Cinco años.

Yuko Izumi.Hija de Koushiro y Tomoyo. Recién cumplidos nueve años.

Kevin Ryouta Washington. Hijo de Mimi y Michael. Nueve años.

Kazuma y Makoto Kido. Gemelos de Jou y Mariko. Once años.

Daiki Motomiya.
Hijo de Daisuke y Mitsuko. Doce años.

Reiko Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Trece años.

Ozamu Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Diez años.

Yusei Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Ocho meses.

Hoshi Hida. Hija de Iori y Ume. Once años.

Koichi y Tsubasa Takaishi. Mellizos de Hikari y Takeru. Doce años.


Digimon Adventure:

Alfa y Omega

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Irrecuperable es el tiempo que huye.
Si lo pierdes, no regresará. Sí el día señalado acontece…
Sí la luz en tinieblas se extingue, no hay respuesta más allá de lo que los ojos ven. La verdad habita en el interior, entre sombras se encuentra perdida.
La saeta de luz dorada devora la oscuridad feroz.
No dejes que escape entre tus dedos aquel instante de salvación… porque cuando reine la oscuridad fiera sobre la luz, dará inicio una nueva era de caos.
Vida y muerte. Existencia y nada. Pasado y futuro.
Las llamas harán arder con furia los reinos y el agua cubrirá al mundo entero.
Los dos universos caerán. Uno con otro se destruirán.
No quedará, en el fin, un sólo rayo de luz o algún resquicio de oscuridad.

Parte I

Heridas, lágrimas y sangre

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5 de Agosto de 2027

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Llegará a ustedes la luz de Quinlongmon. Les será útil… No pierdan detalle. Y una cosa más, Hikari, algo que debes recordar… Ten presente que es en el corazón, donde todas las guerras se ganan.

Gennai susurró suaves palabras al oído de Hikari, antes de despedirse de ella y dejarlos partir al mar oscuro momentos atrás. Había sido rápido, sin que ninguno de sus compañeros —tal vez, exceptuando a Takeru— lo notase.

Su hermano había enarcado una ceja, eso sí, y es que Taichi, con el tiempo, había aprendido a ser observador.

Pero Gennai era Gennai. Quizás por eso, lo habían dejado ser.

Ese ser tenía sus misterios y pensaba que nunca iba a acostumbrarse a su modo de actuar, aunque generalmente era la más sabia de las formas de comportarse y de resolver los conflictos. Tenía que reconocer que eso les había sido útil. Además, era notorio que —a su manera— ese ser les tenía aprecio. Quizás, aun viese en ellos a los niños ingenuos e inocentes que arriesgaron sus vidas para salvar al mundo.

No le extrañaría, de hecho, porque estaban haciendo exactamente lo mismo.

En ese momento, cuando sus ojos parpadearon y aquel paisaje escalofriante se plantó delante de ella, sintió una sacudida de reconocimiento. Claro que recordaba ese sitio. Hacia muchos años que había pisado ese suelo, pero lo recordaba con una alarmante claridad, como si hubiese sido el día anterior.

Las pesadillas que la asaltaron antes de que todo eso comenzara, también se relacionaban con ese lugar, como si todo aquello hubiese sido una especie de señal, una especie de aviso.

Un aviso silencioso que ella no pudo interpretar a tiempo…

¿Habría cambiado algo? Quizás no. No iba a saberlo nunca. No podía detenerse en ello, porque cometería uno de sus errores más frecuentes… Sentir que debía cargar con todo sin ayuda. No era tiempo para eso. Aunque…

Hikari Yagami suspiró.

Fue conciente de la llegada de su compañero y lamentó que estuviesen allí durante una fracción de segundo antes de darse cuenta de que había sido la mejor manera de actuar.

Lo más sensato y lo más necesario.

Había actuado bien al aferrarse a Takeru y a Sora cuando sintió aquel estremecimiento, al encontrarse en el umbral de la puerta al mundo de la oscuridad.

— Ya estamos aquí… — Susurró el escritor y sujetó la mano de Hikari, antes de lanzarle una mirada dubitativa a Sora. No podía permitir que la diseñadora desapareciera de su vista ni que su esposa se escabullera por ahí a lanzarse en alguna locura. Las mantendría vigiladas, a ambas.

— Tenemos que buscar a los niños — Determinó la diseñadora. Se sentía realmente extraña en ese sitio. Todo se veía demasiado oscuro... Una sacudida la recorrió por entero — Tenemos que hacer todo cuanto antes…

La antigua portadora de la luz asintió, quedamente. Sus ojos cobrizos habían adquirido una mayor seguridad al ver a sus compañeros decididos. — Están cerca — Susurró, parpadeando. Sus acompañantes se volvieron hacia ella, de manera inmediata — Estoy segura que están cerca.

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Iban a tener que luchar contra ellos.

Aquella certeza lo golpeó nuevamente, con más furia si se puede, y miró al frente, en dirección al pequeño niño de cabello castaño alborotado. Su primo. Su pequeño primo. No podía explicar la desazón que sentía al verlo de ese modo. Era una angustia enorme que le impedía razonar con claridad. Le costaba pensar que ese pequeño de nueve años con el que iba al parque, aquel al que consideraba su hermanito menor, estuviese allí, de pie —irreconocible— dispuesto a enfrentase a él, a atacarle, a atacarlos.

Y no solo él, que eso era malo de por sí, la inocente Yuko Izumi y el principito Washington lo contemplaban con una indiferencia que le causaba inquietud. Eso, sin contar tampoco el pálido aspecto del semblante de Kazuma.

Simplemente no podía creerlo. Debía ser parte de una pesadilla.

Eso era todo, sencillamente. Nada era real.

No estaban en el mar de la oscuridad.

El viento no los golpeaba con su brisa helada ni tampoco el agua marina se movía furiosa en el oleaje. El paisaje gris, oscurecido, por obra de todos los sentimientos negativos de la humanidad también debía de ser una ilusión.

— ¿Que vamos a hacer, Koichi? — Quiso saber Hoshi, inquieta.

La niña estaba nerviosa por la manera en que los niños que solían ser sus amigos, los miraban. Nada había en esa mirada.

Nada, salvo oscuridad.

Recordó vagamente cuando desaparecieron y se preguntó que habían pasado en esos momentos de separación.

No quería pensar, en realidad, todas las cosas que les había hecho pasar y...

Un minuto. Contó mentalmente las figuras dos veces más en aquel impasible pero tétrico silencio.

¿Donde estaba Daiki? Parpadeó, confundida y extrañada cuando esa pregunta resonó en sus pensamientos. Allí delante había cuatro niños.

Sólo cuatro.

Kazuma, con esa palidez antinatural, el cabello azul apagado y los ojos perdidos.

Yuko con los ojos entrecerrados, la cabellera roja marchita y la expresión vacía de una muñeca.

Kevin sin la mirada inocente de sus ojos miel, con el pelo, antes sedoso, cayéndole sin gracia en el rostro enfermizo.

Y Taiyo con todo su cabello alborotado mustio, enmarcándole el semblante indiferente.

Pero seguía faltando Daiki...

— ¿Donde está Dai? — La pregunta salió de sus labios sin que pudiese evitarlo. Fue un susurro débil, a medias perdido, en el aire que revolvía sus cabellos castaños.

— No lo se — Contestó el hijo mayor de Hikari y Takeru, sin volverse mucho hacia ella. Daba la sensación de que también había reparado en esa ausencia. Era lo más probable y seguro — Pero espero que este bien. Por el momento no podemos ir por él...

Yoshiro se escondió detrás de Saori, sin poder evitarlo. Se asomó como pudo, permaneciendo al resguardo. Temblaba, asustado.

Estaba aterrorizado.

No le daban miedo sus amigos, no.

El que le causaba terror, en verdad, era esos digimon que estaban con ellos. Los cinco digimon de nivel mega que estaban con ellos. Todos allí, imponentes, terribles, enormes.

Le tembló la voz — Saori... "Tengo miedo"

— Quédate detrás de mí — Murmuró la mayor de los Ishida y se apresuró a retener a Koromon entre sus brazos, porque el compañero de Taiyo quería llegar hasta él e insistía a la niña para que lo dejase ir.

Yoshiro obedeció a su hermana mayor sin rechistar.

Con lo poco que le gustaban las peleas, estaban allí, todos dispuestos a pelear…

¿Por qué?

Daemon marcó una sonrisa larga y escalofriante cuando sus ojos se concentraron en las cuatro pequeñas figuras que estaban en la costa.

Hoshi deseó, con todo su ser, poder vencer a ese digimon que encontraba divertida toda esa desesperante situación en la que se encontraban. Ese ser le causaba repulsión. ¿Como era capaz de hacer daño a esos niños tan pequeños? ¿Cómo era capaz de disfrutarlo?

— Que inicie… el juego.

¿Juego?, Koichi se tensó cuando escucho sus palabras y habló sin pensar, sin darse cuenta. — ¡Ataca, D'arcmon!

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Tsubasa le lanzó una elocuente mirada a GoldPatamon cuando vieron que debían ponerse en marcha.

No tenía sentido esperar más tiempo. No tenía sentido posponer la lucha.

Su compañero digital asintió, de manera inmediata, y entonces, su cuerpo comenzó a brillar. Estaba listo para ascender un nivel.

— ¿Crees que tu también puedas digievolucionar DatWormmon? — Susurró Ozamu Ichijouji, a su compañero, suavemente.

El niño estaba de rodillas frente a su protector virtual, a sabiendas de que todo a su alrededor estaba confluyendo por fin. Ya no más vueltas al laberinto, era mejor ir y enfrentar al enemigo.

De una vez por todas.

— ¡Claro! — Prosiguió el digimon elegido de la bondad, entusiasmado. Ya pensaba que necesitaba tener algo que hacer. No le parecía justo estar sin poder ayudar a los demás, a sus compañeros, a sus amigos.

— Están más al norte, cerca del faro — Susurró Daiki, que estaba comprobando lo que indicaban las luces del Digivice. No es que supiese bien por donde se encontraba, pero era difícil ignorar aquella estructura cilíndrica que había pretendido alcanzar con ansias — Creo que en el sitio donde desperté la primera vez.

EXV—mon y Reiko le lanzaron una mirada al hijo de Daisuke, que no pasó desapercibida para Tsubasa. Algo en la voz de Motomiya indicó pesar.

— ¿Qué ocurrió, Daiki? — Inquirió el rubio hijo de Takeru.

Motomiya presionó una de sus manos en puños, mientras que aferró a Reiko con la otra, como si de repente tuviese la necesidad de sentir que alguien estaba a su lado. La mayor de los hermanos Ichijouji lo contempló con pesar, resistiéndose a quejarse de la fuerza de su amigo.

— Allí están Kazuma, Taiyo, Yuko y Kevin… Ellos… — El portador de la fortaleza, cerró los ojos un momento, recordando como Kazuma se había incorporado y había ido en su búsqueda para atraparlo. — No sé que ha hecho con ellos, Tsubasa… No son…

Era incapaz de poner en palabras lo que pensaba de esos pequeños indefensos. Recordó el momento en el que despertaron la primera vez, en ese sitio tan oscuro. Yuko y Taiyo sollozando por haber perdido a sus compañeros. Kevin pidiendo a gritos a Tanemon… Kazuma gritando de dolor.

No podía dejar de pensar en ellos.

Tsubasa y Reiko compartieron una mirada de alarma al ver que Daiki Motomiya se quedaba sin palabras.

— Gennai nos ha dicho que los ha sumergido en la oscuridad… — Explicó el hijo de Ken, incorporándose a la charla.

Daiki miró a Ozamu con tristeza durante un segundo. Ese pequeño era el mejor amigo de dos de los niños que estaban perdidos, podía notar la inquietud en esos ojos tan parecidos a los de Reiko.

Luego, asintió.

Tendría que decirles más para que ellos comprendiesen su actitud.

— Kazuma me atacó — Informó Daiki, sintiéndose mal al develar la información. Dirigió su mirada hasta el emblema de la fortaleza. Reiko dio un brinco por la sorpresa y sus ojos se abrieron como platos. Ozamu miró con tristeza al chico — Quiso quitarme mi emblema

Y ahorcarme en el proceso, pensó. Le dirigió una mirada a su compañero, para que no dijese nada. Eso iba a quedar entre ellos de manera definitiva.

— Hemos… huido de él — Tuvo que confirmar el hijo de Daisuke — Y de unas sombras que ha enviado Daemon por nosotros. Él dijo que si lograba escapar de ellos… Iba a dejarme vivir…

— Y ya no ha enviado nada contra nosotros — Acotó el digimon compañero de Daiki

Tsubasa mantuvo la expresión seria mientras asimilaba la información — Con más razón tenemos que ir en su búsqueda, muchachos. Recuerden lo que nos dijeron… Si dejamos que ellos estén mucho tiempo así, vamos a perderlos…

— ¡Tenemos que ir enseguida! — Exclamó la hija de Ken, superando aquella barrera de silencio que se había autoimpuesto — ¡Aquilamon!

— Siempre estoy listo, Reiko.

— ¡Vámonos, Dai! — Saltó, exultante EXV—mon.

— No pienso volar en tu espalda… — Le recordó Motomiya a su compañero.

— Eso es irrelevante en este momento…

— DatStigmon y yo tenemos que dirigirnos a ese faro… — Interrumpió Ozamu a los tres niños mayores — Luego los alcanzaremos.

— ¡¿Qué dices?! — Se exaltó la mayor, contemplando a su hermano pequeño aturdida. Se sorprendía de lo parecido que se veía a su padre con esa expresión decidida. La única diferencia era el color de su cabello — ¡Nuestros amigos están peleando! ¡No estamos aquí para hacer turismo!

— Dijiste que ibas a dejar que tome mis decisiones, Rei — Le recordó el pequeño a su consanguínea, que tuvo que recordarse así misma que, en efecto, había dicho que respetaría las decisiones del niño — Tengo que ver que hay allí…

— Iré con él — Determinó Gatomon, volviendo a tomar la palabra.

El menor de los hijos de Hikari le lanzó una mirada de curiosidad, sin saber que significaban sus decisiones. Ella lo contempló con ojos decididos. El portador de la luz de la nueva generación tuvo que sonreír con resignación.

— Déjalo ir, Reiko — Susurró Tsubasa y luego le revolvió el cabello al hijo de Ken — Suerte, Ozamu. Has lo que creas correcto.

El pequeño sintió que las mejillas se le encendían ligeramente y asintió, antes de volverse hacia DatStigmon. Gatomon siguió sus pasos con gracilidad, para no quedarse atrás.

Reiko Ichijouji contempló a su hermano con inquietud. Y se mordió el labio, nerviosa — ¡Ozamu! — Lo llamó, cuando vio que estaba dispuesto a marcharse. Sus ojos azules, tan parecidos a los de ella que podrían decirse que eran reflejados, la contemplaron. — ¡Ten cuidado!

El heredero de la bondad le lanzó una pequeña sonrisa mientras se acomodaba para viajar con su compañero y con Gatomon — ¡Tu también, Rei! — Y DatStigmon alzó vuelo.

— Estarán bien… — Musitó Daiki, presionando la mano de su amiga. Tenía que animarla, para que no se preocupase — Es un niño muy inteligente…

Ella le devolvió la mirada y se quedó un momento perdida en sus ojos — Lo sé…

— No quiero ser aguafiestas — Habló Tsubasa, después de aclararse la garganta — Pero debemos irnos… ¡AHORA!

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— Señor, tiene que escucharme — Pidió Taichi Yagami mientras avanzaba entre las personas que custodiaban al líder de aquel improvisado ejército, el hombre que había dado la orden para atacar a los digimon malignos.

Ya casi no sentía dolor. Jou le había explicado que el cuerpo tiene una anestecia natural que comienza a funcionar cuando los seres humanos se encuentran invadidos por un sentimiento que domina el dolor.

Por cualquier cosa, sin embargo, había empacado su maletín con primeros auxilios cuando se encaminó con ellos a cumplir esa importante tarea.

Habían tenido que actuar a toda prisa. Sin pausa.

Era curioso, en esos momentos donde todo debe ir más rápido para ayudar en la empresa que inicias, el tiempo pretende ir lento y despacio, guiándose por sus propias normas y contribuyendo para estropear tus planes.

Todos ellos habían preferido no separarse, especialmente porque Taichi era el rostro conocido de la empresa y serian escuchado si estaban en una comitiva.

Después de todo, en ese momento, no contaban con Imperialdramon para recorrer el mundo en poco tiempo.

— Ya le he dicho, Yagami. Usted no tiene autoridad aquí…

— Es importante que nos escuche… El digimundo…

El hombre, un señor mayor, con ojos duros y fisonomía agresiva se volvió hacia él. Llevaba el uniforme reglamentario y sus brazos estaban cruzados en su espalda. Toda su postura ofrecía rechazo a la visita de Taichi y Yamato Ishida quería pedirle a Garurumon que lo atacase, aunque eso no fuese lo más sensato.

Nunca había sido muy paciente en momentos de angustia.

— El mundo que usted defiende es un mundo hostil — Recalcó el hombre del cual ninguno sabía el nombre.

Taichi se quedó petrificado ante esas palabras, ya que las había escuchado demasiadas veces en los últimos veinticinco años.

Esa había sido el discurso de la oposición, de aquellas personas que temían al cambio —en principio la gran mayoría— y que se resistía a ver a los digimon como iguales. Claro, la humanidad no había aceptado ese nuevo mundo de la noche a la mañana. Tampoco era que los humanos aceptaron la relación, el vínculo con los digitales en poco tiempo. Muchos, aun veinticinco años después, seguían resentidos de ese cambio.

Era lógico, después de todo. ¿Quién podría aceptar con facilidad que un mundo nuevo relacionado directamente con el suyo se aparece de manera repentina? Temerle al cambio no era el error.

El error era el abuso de poder, el abuso que muchos tenían sobre sus compañeros.

— Ellos piensan lo mismo que nosotros, señor — Habló el primer embajador del mundo digital, intermediario de la ONU — Ellos creyeron durante mucho tiempo que nosotros queríamos dominarlos, someterlos, controlarlos… Incluso destruirlos. Por eso, enfrentarlos no es la solución.

El hombre, la máxima autoridad, lo escrudiñó con la mirada. Tenía que reconocer que ese diplomático se veía muy seguro de sus creencias. Había visto sus actuaciones en más de una ocasión y sabía que tenía maneras de convencerlo. Pero no podía tolerar el ver más destrucción en Tokio.

Esa guerra era de un solo bando contra civiles indefensos.

— Aquí nosotros no hemos iniciado la guerra señor Yagami. Su vinculo con ese mundo no le permite ser imparcial — Contempló el ave de fuego, derribado, que comenzaba a quejarse por la herida causada con las armas de alta tecnología del ejercito. Si bien había sido arriesgado, lograron dominarla — Usted puede decir eso muy tranquilo, porque su vida no está en riesgo… Pero…

— Se equivoca señor. Está en riesgo lo más importante de mi vida — Musitó Taichi, mientras ignoraba la punzada de dolor que le provocaba aquella aseveración. ¿Qué estaba tranquilo? ¡Ja! No iba a estar tranquilo hasta que los niños regresasen y que su hijo estuviese a salvo.

— No sabía que amaba tanto su trabajo, señor Yagami…

— No habla de su trabajo — Discutió Yamato, incapaz de quedarse callado un minuto más. — Está hablando de su hijo…

El uniformado le dirigió una mirada inquisitiva a su interlocutor. El hombre rubio estaba en muletas, al frente de los otros miembros de su grupo. No conocía a ninguno aunque el rostro del pelirrojo le sonaba de alguna parte.

Dos digimon estaban con ellos —custodiados por varios soldados— y un hombre con una túnica extraña.

— De nuestros hijos — Se acopló Koushiro a la discusión. Sus ojos negros enfocaron la mirada del hombre — porque aquí, y en todas las guerras vencidas que hemos tenido, hemos sido nosotros quienes más hemos arriesgado. — Comentó, con dureza — Si me disculpa, señor, esta guerra me parece absurda ahora, cuando mi hija está en peligro y yo tengo que perder el tiempo en convencer a personas como usted de que las cosas no son como parecen.

— ¿Qué sentiría usted si de repente alguien sacude los cimientos de su universo? — Increpó Jou Kido — Miedo ¿verdad? Pues los digimon tienen miedo de nosotros. Y cuando alguien tiene miedo, el primer instinto es protegerse de ese miedo.

— ¡Tiene que comprenderlo, señor! — Se exaltó Shuu, que estaba detrás de todos los demás. Era el más alto de los siete — Las cosas no son como está pensando, tiene que hablar con su soldados. Deben detener este ataque… Provocaran que cosas peores sucedan…

— Tiene que escucharnos — Prosiguió Ken, acompañando el discurso del hermano de Jou — Las cosas empeoraran, antes de mejorar.

— ¿Me están pidiendo que nos dejemos atacar por esas criaturas malignas?

— No, señor — Susurró Iori, con severidad — Queremos detener la matanza, no prolongarla

— Sabe que nosotros somos los llamados elegidos de la primera generación, estoy seguro — Afirmó Daisuke, con energía. Esa energía tan propia de él — Es cierto. Estamos en esto desde hace mucho tiempo… Veinticinco años pidiendo paz y cooperación… Pero entendemos que estos son momentos difíciles, señor… Sin embargo, la mejor solución no es esta…

— Esto es…

Taichi apretó los labios un minuto, sin saber que decirle.

Luego, señaló el cielo. Las franjas que reflejaban el otro mundo decían todo. El oficial superior contempló el cielo de manera respetuosa, temerosa.

— Vamos a terminar siendo destruidos… — Comenzó Yagami — Pero, para evitarlo, necesito que nos de una oportunidad. Sino funciona, si ve que estamos equivocados, no insistiré señor. Pero mis compañeros tienen razón… Nuestros hijos están más involucrados de lo que usted comprendería y no creo que podamos explicárselo en este momento, cuando los digimon amenazan nuestro mundo. Creo que merecemos el beneficio de la duda.

El mutismo envolvió a todos los presentes.

— Ellos han ayudado siempre a mi mundo — Intervino Gennai, adelantándose hasta situarse al lado de Taichi, que lo contempló con alivio. Pensó que nunca iba a intervenir.

— ¿Quién es usted?

Gennai sonrió, con su acostumbrada sonrisa enigmática — Debería decir, en realidad, ¿Qué es usted? Porque yo soy una base de datos, creada en el digimundo. Y puedo asegurarle que Taichi Yagami y sus compañeros son muy respetados en mi mundo. Me han pedido que venga hasta aquí para poder platicar con los líderes de las naciones y pedirles que me ayuden a mí y a los de mi mundo…

— Ellos se protegen, señor — Interrumpió Taichi, con severidad — Pero no exactamente de nosotros… Algo mucho peor de lo que usted cree está pasando. Tiene que dejarnos resolver esto, antes de que sea tarde…

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BlackWarGreymon había esquivado el primer ataque que rompió el aire suave, haciendo que una luz iluminase el firmamento.

Su cuerpo se elevó en el cielo, seguido por la compañera de Koichi Takaishi, que estaba realmente furiosa y dispuesta a luchar.

El mayor de los hermanos Takaishi levantó la mirada, suspirando ya que se hallaba nervioso. En su mente, no dejaba de preocuparse por la diferencia de niveles entre ambos. Estaba realmente preocupado por su compañera…

¿Por qué le había dicho que ataque?

D'arcmon había lanzado su ataque a Daemon pero este lo había esquivado limpiamente y BlackWarGreymon terminó interponiéndose entre ellos, bloqueando al señor demonio de los digimon y postulándose como primer combatiente con la digimon alada.

El viento soplaba furioso y el sonido de las olas llenaba sus oídos como una música terrorífica en ese ambiente tétrico.

La batalla era dispar e injusta, pero Koichi no podía apartar la mirada de ella.

Bautizo de amor, D'arcmon lanzó un nuevo ataque con su espada, mientras que BlackWarGreymon parecía reír desde su sitio, cuando lo esquivaba.

Parecía que la acción era de ese estilo.

Uno atacaba y el otro esquivaba. Una vez. Dos. Tres veces. La lucha era dispareja.

Con cada ataque lanzado por el digimon alado, el viento parecía rugir feroz, azotando a los que estaban en tierra.

Hoshi apartó la mirada de la pelea, el enfrentamiento que se llevaba a cabo y enfocó sus ojos en Armadimon — Te lo encargo mucho… — Levantó su Digivice de color verde azulado y blanco, antes de que el cuerpo de su guardián virtual comenzase a brillar.

— ¡Birdramon! — Saltó Saori, incapaz de contenerse por mucho más tiempo. El viento revolvía sus cortos cabellos rubios — Tienes que ayudar a D'arcmon — Pidió, conciente de que BlackWarGreymon era más poderoso siendo un nivel mucho mayor que D'arcmon.

La gigantesca ave de fuego asintió, casi inconcientemente. Su cuerpo entero flameaba al son de la ventisca que azotaba ese sitio.

Sabía que no iba a quedarse mucho tiempo sin intervenir.

— Espera, Saori — Determinó Koichi y extendió uno de sus brazos a modo de barrera. La mayor de los hijos de Yamato lo contempló confundida — No ataques aun…

Birdramon, que se había colocado en posición de ataque, desistió al mismo tiempo que su compañera.

— ¿Por qué? — Inquirió confusa la hija de Sora. Miró a su primo con incredulidad durante una fracción de segundo.

— Porque… — Koichi apretó las manos en puños, lamentando tener esa costumbre tan arraigada. No pudo continuar.

La verdad, le molestaba lo que estaba sucediendo. Veía la figura de D'arcmon en el cielo, danzando sus ataques por la gracia que poseía en ellas y lo tosco que se veía el compañero oscuro de Taiyo al esquivarlos.

— Porque tienen que mantener sus energías guardadas para cuando... — Hoshi le lanzó una mirada elocuente a los otros digimon nivel mega que estaban presentes, casi disfrutando de la pelea del protector virtual angelical con su compañero oscuro.

Kevin, Yuko, Kazuma y Taiyo parecían enfocados en la lucha.

Saori tuvo que mirarlos durante un momento… ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Cómo podía ayudarlos?

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Reiko, Tsubasa y Daiki montaron en Aquilamon de manera instantánea, cuando el menor de los hijos de Hikari dio la orden. GoldAngemon también había aparecido en el ambiente y junto con EXV—mon, estaban listos para marchar.

El ambiente no lucía prometedor.

Las olas del mar resonaban, llegando hasta los más inhóspitos lugares de ese mundo oscuro.

El menor de los hijos de Hikari sintió una ligera opresión en el pecho. Un mal presentimiento. Fuese lo que fuese. Tenían que apresurarse. Ya no podían perder el tiempo. La batalla no podía posponerse más.

Reiko contempló todo lo que los rodeaba.

Ese lugar era imposible de olvidar. No sólo por su aspecto…

Gris, oscuro y frío.

También por esa fuerza imponente que había en él. Entendía porque se hablaba del mar de la oscuridad. Porque a su padre no le gustaba nada relacionado con ese mundo horrible en el cual había tenido que sufrir muchas cosas.

Y le pareció ridículo pensar en que lo que más le preocupaba días atrás era que iba a tener que salir con Tensho Kido.

La imagen del hijo de Shuu le bloqueo las ideas durante una fracción de segundo. Iba a tener que aclarar algunas cosas con él cuando todo terminase... Sí es que podía... Porque ella había descubierto que su afecto ya tenía dueño, aunque ella no lo había comprendido hasta que estuvo a punto de perderlo.

Se sorprendió cuando vio que su emblema brillaba al ritmo de sus latidos y miró a Daiki, sólo para darse cuenta de que el emblema de la fortaleza también estaba brillando en su emblema.

Sintió que el calor ascendía de manera deliberada hasta su cara y apartó la mirada con rapidez, reprochándose así misma aquellos pensamientos. Ya tendría tiempo después para solucionar el torbellino de cosas que había dejado a su paso.

Lo más importante era vencer al enemigo y regresar a casa.

Todos juntos.

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Daemon, sin embargo, concentró su mirada en Koichi Takaishi.

Sabía que había hecho bien en separarlo físicamente de su mellizo, porque ahora la esperanza se descubría ante él y, con placer, descubrió que ni siquiera había logrado que su compañera ascienda de nivel.

Eso le daba una ventaja…

Y sonrió, permaneciendo detrás de los niños. Estaba demasiado débil para participar de un nuevo enfrentamiento y trataría de no intervenir más allá de lo necesario.

La verdad, la única verdad, era que su plan estaba superando las expectativas con las que había planificado todo aquello en primera instancia.

Todo había comenzado para vengarse de los elegidos que lo habían enviado a ese mundo. Esos seis chiquillos que osaron desafiarlo cuando fue en busca de las semillas de la Oscuridad. Él solo quería obtener una.

La existencia de los humanos les resultaba casi indiferente, por no decir, absurda.

Con el tiempo, con los años, con el pasar de los días, aprendió que no solamente esos niños estaban molestando sus planes.

Encontró en ellos emociones de su pasado, cuando todavía formaba parte del mundo digital, cuando no había sido desterrado a ese muro de fuego —del cual escapó utilizando su capacidad para abrir dimensiones— cuando vencieron al primer enemigo peligroso del digimundo, cuando la profecía fue dictada por los antiguos protectores de la luz.

Recordaba con claridad el inicio de la leyenda… Porque claro, todo mito, siempre contiene algo de verdad. A veces, el saber se encuentra oculto entre las fantasías que se entretejen a su alrededor, pero allí está.

Solamente, hay que saber como buscarla.

En un principio la luz y la oscuridad vivían en armonía. Dos fuerzas necesarias para el mundo, etc., etc.

Eran opuestas y complementarias.

Sin embargo, existió un ser corrupto, un virus, que llenó a la oscuridad de mal contra la luz, hasta que perdió parte de su esencia.

Ese ser era el caos.

El caos lo hizo en venganza, porque había existido desde antes de que ellas hubiesen llegado.

La armonía se perdió pero el enfrentamiento se encarnizó, abarcó demasiado el mundo y se descontrolaron todas las entidades vivas. Cuando todo pareció acabarse, la oscuridad y la luz no volvieron a convivir en paz, no de la manera correcta.

Entonces las hermanas fueron condenadas a luchar juntas por el resto de la eternidad. Una pretendiendo dominar y la otra manteniendo el equilibrio.

En la oscuridad quedaron los remanentes del enemigo.

Sin embargo, también el caos pagó su propia crueldad.

Fue destruido por algunos seres de Luz quienes, aliados con una parte la Oscuridad adivinaron sus planes. Daemon había estado allí. Él fue uno de los que enfrentó a Neptunmon cuando se alzó en la rebelión.

Sí, y tras un largo enfrentamiento lograron que perdiera un nivel y como resultado lo mandaron a una dimensión oscura para alimentar con su energía ese mundo. Por eso quedó encerrado en el corazón del mar de la oscuridad.

Pronto ya su energía iba a acabar y no poseía el poder de hacer que llamasen a ningún elegido para sacrificar su poder, como quiso hacer con Hikari Yagami, antigua portadora de la luz.

Daemon tenía conocimiento de cada una de las batallas de los elegidos. Había visto y observado a esos molestos entrometidos durante años, a la espera de la venganza.

Makoto Kido ayudó a que el mundo en el que estaba encerrado se acercase al digimundo y le permitió contactar a sus asistentes para conducirlos a toda la locura reinante en ese mundo.

DemiDevimon, por ejemplo.

Esos digimon estaban resentidos porque habían sido rechazados, maltratados o, incluso, despreciados por los humanos. Querían romper lazos…

Y eso había sido muy útil para él, aunque, no era lo esencial.

Lo que, en realidad, deseaba era ver su venganza consumada.

Porque sabía y era conciente de que cuando el poder de Dragomon (forma que adoptó Neptunmon al bajar de nivel) fuese totalmente absorbido por esa dimensión, él sería llevado a su misma situación, hasta perderlo todo.

Por eso había tenido que comenzar a planear y acelerar los motores de su plan.

Por eso estaba realmente dispuesto a que todo se fuese destruido… Su fin estaba cerca porque estaba condenado a no salir de ese mundo, pero si él se extinguía…

Todos sus enemigos iban a marcharse con él. De eso estaba seguro, porque no iba a dejarse abatir por el fin de su destino antes de vengarse…

Había esperado el tiempo necesario y suficiente.

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— Ozamu, espera — Saltó Gatomon que había centrado su mirada en el suelo, por un impulso que no había comprendido. Sin embargo, sus ojos percibieron algo que la lleno de una ilusión inmensa porque hallaron lo que su corazón le gritaba. — ¿Puedes descender un poco DatStigmon?

Sin poder comprender que había sucedido, el pequeño Ichijouji ladeó el rostro, para comprobar el semblante de la felina. Se veía… ¿Contenta? ¿Ilusionada?

— Sí... Hazlo, DatStigmon — Susurró, viendo que su compañero esperaba una especie de confirmación. El digimon insecto obedeció y comenzó a descender ligeramente. Entonces, Ozamu fue capaz de distinguir una serie de huellas en la arena — Pero... ¿que?

El hijo de Ken parpadeó, confundido cuando vio tres figuras no muy lejanas y realmente familiares avanzar sobre la costa.

— Deberían ir más al resguardo... Se exponen innecesariamente — Murmuró Gatomon. Parecía estar hablando para sí misma pero, a la vez, se notaba que reprochaba a alguien — Eres una inconciente, Hikari... Igual que tu marido.

Negó con la cabeza, resignada.

Le alegraba ver a su compañera, por más inconciente que esta fuese de la situación.

Después de todo, ella siempre había sido así.

El peligro que pudiese correr jamás le importó realmente, salvo cuando su vida era necesaria para salvar la de otros.

Un caso extraño, Hikari.

— Desciende, DatStigmon... — Pidió el portador de la bondad de manera inmediata. Reconoció a los señores Takaishi y a la señora Ishida.

— ¡Hikari! ¡Hikari! — Exclamó Gatomon, entonces, y se dejó caer cuando estuvieron cerca del suelo.

Ozamu vio a la educadora detenerse y girarse, para ver la figura de quién la llamaba. No pudo distinguir su semblante sino hasta que DatStigmon lo acercó lo suficiente hasta aquel sitio en donde se reencontraron. Ella también se veía contenta e ilusionada. Quizás, incluso emocionada.

Gatomon se arrojó a los brazos de su compañera, que pareció conmovida por el encuentro. — Me tenías preocupada... — Murmuro la educadora, con alegría.

— Tenía algo muy importante que hacer — Aseveró la felina, con seriedad. No quería decirlo en voz alta por temor a que sus sospechas pudiesen herir a Takeru.

Después de todo, eran simples sospechas.

De acuerdo, no eran tan simples y casi conformaban una certeza.

Pero podían ser falsas esperanzas.

— Ozamu... — Susurró Sora, contemplando al hijo de Miyako, que estaba en brazos de su compañero digital.

— Tía Sora, tío Takeru, tía Hikari... ¿Que están haciendo aquí? — Quiso saber el pequeño

— Hemos venido a socorrerlos... — Explicó la pelirroja y luego barrió el sitio con la mirada. Esperaba ver más figuras infantiles emergiendo de diversos lugares — ¿Donde están los demás?

— Todos han ido a buscar Taiyo y a los demás... Nosotros íbamos al faro...

— El faro... — Hikari ladeó el rostro — ¿No es ese el faro que fue destruido cuando estuvimos aquí, Takeru?

— Sí. Lo utilizamos para salir de este mundo...

— Alguien lo reconstruyo... — Susurró la compañera de Gatomon, como perdida. Sus ojos cobrizos se concentraron en el cielo durante un segundo y, luego, parpadeó.

— ¿Es una salida?

— Eso parece... Tendremos que destruirlo de nuevo...

— ¿Por que lo habrán vuelto a construir?

— Tal vez para que nadie pudiese salir de este mundo... Debe concentrar mucha energía en ese lugar...

— Yo pienso que hay algo más — Afirmó Gatomon con seguridad, aunque era cierto que había una poderosa energía proveniente de ese sitio — Por eso tengo que ir... Es como... Un llamado.

Hikari parpadeó e intercambió una rápida mirada con Takeru.

— Vamos juntos — Susurró el escritor a la compañera de su esposa, que le devolvió la mirada un tanto confundida.

— Creí que irían con los niños...

— Yo iré — Musitó Ozamu, pensando repentinamente en que él tenía consigo a su digimon — ¿Que tengo que decirles a mis amigos?

— Dile a Yoshiro... pero sólo a él que debe arrojar una flecha de luz dorada a los niños que están prisioneros de la oscuridad...

El hijo de Miyako abrió los ojos al máximo — ¿arrojar... una flecha?

— Sí, bueno... Deberían hacerlo los ángeles de la luz y la esperanza... Tal vez lo hayas oído, Ozamu...

Vagamente, el pequeño era capaz de recordar un fragmento del libro de su tío Takeru...

Los rostros de ambos denotaban decisión, igual que la de sus hermanos, que habían dado un paso al frente, para ofrecerse a ser participes de ese designio antiguo.

"Creamos" dijo el ángel de la luz, repitiendo las palabras de la niña a la que había buscado con esmero. En sus manos brillaba una saeta color rosada.

"En los milagros" acompañó su compañero, que miró al pequeño elegido de la esperanza antes de colocarse en posición, enseñando en sus manos la luz dorada.

Y, simplemente, los ángeles destinados dirigieron las flechas hacia los seres queridos de sus amos cumpliendo, entonces, las palabras exactas de la última profecía dictada…

— Los ángeles destinados… ¿No seríamos Patamon y yo? — Musitó Gatomon, parpadeando con nerviosismo ante aquella revelación.

Takeru abrió los ojos como platos — ¿Crees que…? — Sí, era lógico.

Pero no pudo concentrarse en esa verdad reciente, en ese descubrimiento que siempre estuvo allí y esperó a que ellos lo alcanzasen.

Sintió un calor ligero en su corazón y esbozó una leve sonrisa de confianza. Patamon tenía que estar vivo para que Gatomon hablase con esa seguridad. No podía equivocarse…

Y el hecho de que ella le dijese que quería ir a ese faro…

¿Por qué sería? ¿Acaso… Patamon…?

— Son cinco niños — Musitó la diseñadora, sacando al escritor de sus cavilaciones. Hikari y Takeru se volvieron hacia ella — Solo hay cuatro ángeles… si hablamos de los portadores de la luz y esperanza. Además no sabemos si Tokomon y Salamon han alcanzado un nivel más en su digievolución… ¿O si? — Y miró al pequeño de cabello lila.

— Son cuatro niños, Daiki nunca estuvo bajo el control de la oscuridad. Y todos han digievolucionado — Corroboró Ozamu. O la gran mayoría, añadió en su fuero interno — ¡Y tiene sentido que La luz dorada quizás sea del emblema de Yoshi! Su emblema, el de los milagros, brilla con luz dorada…

— Y sería normal que los ángeles tuviesen que enviar las flechas…

— Eso significa que…

Entonces, un temblor recorrió la tierra que estaba bajo sus pies.

Hikari parpadeó, nerviosa, y sintió una opresión en su pecho.

Casi no había vuelta atrás. Bien, ese era el punto de no—retorno.

Casi estaban en las puertas del final…

— ¿Crees que en ese faro está Patamon, verdad? — Quiso saber Takeru, cuando el temblor disminuyó y solo quedaron remanencias de a su paso.

La enorme masa de agua oscura se movía en un furioso oleaje sobre la costa, borrando las huellas que ellos mismos habían marcado en la arena.

A Sora le daba la sensación de que si se sumergía en ese mar, iba a perderse así misma para siempre…

Tenía que salir de allí cuanto antes y llevarse consigo a sus hijos.

Gatomon contempló al compañero de Patamon con resignación. — Eso pienso… Yo…

— Escuché su voz — Explicó Takeru, y los ojos le brillaron con ilusión. La misma ilusión que poseía el alma de Gatomon — Tiene que estar vivo… Tiene que estar bien…

Un sonido, similar a una explosión, provocó que la atención de los presentes se desviase nuevamente.

Una batalla se estaba llevando a cabo, no muy lejos de allí.

Sora e Hikari se giraron al mismo tiempo, pero fue la esposa de Takeru la primera en reaccionar. — ¡Gatomon! ¡Digievoluciona! ¡Tenemos que llegar a ese faro cuanto antes!

Ella también sospechaba que Patamon estaba allí.

La digievolución Armor, aquella que no había utilizado en mucho tiempo, encendió una luz en aquel campo de oscuridad.

La luz que iba en busca de la esperanza oculta.

.


Jun sintió alivio y sonrió, nerviosa, a la mujer que estaba frente a ella.

Momoe le había dicho que iba a cambiar los pañales al pequeño Yusei y se había marchado momentos atrás. Al no estar su amiga, Jun Kido se había quedado en impensado silencio.

Ume Hida, Tomoyo Izumi y Mitsuko Motomiya habían ido a buscarse algo para comer, por insistencia de Momoe. Dos de ellas estaban embarazadas, sabía Jun, y estar nerviosas no estaba ayudándoles en su estado. Además, querían mantenerse ocupadas.

Tomoyo prometió que les traería algo de la cafetería. No conocía mucho a la señora Izumi, aunque Shuu había tratado mucho con ella por ser esposa de su compañero de trabajo. Jun solo podía decir que era una mujer amable y sencilla.

La esposa de su hermano era una mujer enérgica, llena de ese entusiasmo casi contagioso y la sonrisa fácil. No era difícil saber porque Daisuke había perdido la cabeza por ella.

Ume, la mujer de Iori Hida, más alicaída, preocupada y seria, le provocó tristeza.

Pero se habían ido juntas y Jun esperaba que pudiesen sacar fuerzas de donde tuviesen. Ella había aprendido que la vida de su hermano estaba atravesada, irremediablemente, por el digimundo. Comprendía, en ese instante, que la de todos esos chicos que ella había visto crecer de alguna manera, también estaba en esa ecuación.

Y estaban sufriendo por ello. Estaba en su deber, ayudar. Aunque no sabía, exactamente, como.

No conocía mucho a Mimi Tachikawa y, por lo que sabía, era solo una amiga de Daisuke. Además, obviamente, de la conductora de un programa que se realizaba en Estados Unidos pero que tenía recetas japonesas muy populares.

Quería iniciar una conversación pero no veía la oportunidad para hacerlo.

— No me gusta mucho estar en silencio — Comunicó Tachikawa, esbozando una sonrisa triste.

Jun parpadeó, confusa. Le divirtió que ella hubiese tenido sus mismos pensamientos — Tampoco a mí

Se sonrieron la una a la otra — No te había visto en mucho tiempo, Jun…

— Es cierto. No soy de juntarme mucho con los amigos del cabeza de hueca de Daisuke

Mimi se rió, suavemente.

Meció entre sus brazos el digihuevo de Agumon, ya que recordaba que si los digihuevos recibían cariño, eclosionaban con mayor rapidez. El de Biyomon ya había tenido su turno.

— ¿Quieres hablar? — Volvió a preguntar Jun, contemplando las facciones preocupadas de la mujer — Sé que no somos amigas, pero si tienes algo que decir, es mejor que lo liberes, para no hacerte daño.

— Mi hijo me preocupa — Soltó Mimi, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Cada vez que pensaba en que se habían llevado a Kevin, no podía soportar la sensación que le cubría el corazón — Espero que este bien… y… Me siento mal porque… no estoy haciendo nada…

Sollozó.

Se sentía impotente pero, a la vez, débil.

Sentía que no podía ser como Taichi y Yamato que se levantaron de sus camillas para salvar al mundo pero tampoco podía quedarse allí, tranquila, sin hacer nada. No se había ofrecido para ir con Hikari, Sora y Takeru porque algo le dijo que ella no podría ayudar y sería un estorbo. No podía hacer mucho. Era incapaz… Y eso la llenaba de angustia. Su pequeño… Tan perdido… Y ella… Igual.

Jun le apretó la mano, con delicadeza — Jou ha dicho que no deberías estar levantada…

— Me golpeé la cabeza en el accidente… Pero no ha sido nada… Taichi y Yamato están peor y…

Jun le dirigió una mirada a la venta que le cubría parte de la frente. Quizás la que subestimaba la situación era ella. Tenía que comprender que los golpes podían ser dañinos — Pero mi cuñado ha insistido en que te quedes…

— Me ofrecí a cuidar a Miya... Y Jou siempre exagera todo… — Se rió, pese a las lágrimas que pretendía correr a torrentes por sus mejillas — Pero no siento fuerzas para ir tras ellos… Aquí, al menos, ayudo a los pequeños digimon

— Podemos hacer algo más, si quieres — Musitó la esposa de Koushiro. Mimi alzó la vista para ver a una mujer de cabello oscuro y amables ojos amatistas. Llevaba una bandeja con tres vasos grandes de café. Jun la contempló sentarse al lado de ellas y sonreírles. — No acostumbro a hacerlo — Advirtió pero mostró una leve sonrisa — Pero mi madre dice que es efectivo si de verdad crees…

Mimi parpadeó. Una parte de ella no podía creer que la hermana de Daisuke, primero, y la esposa de su primer novio después le estuviesen brindando palabras de aliento — ¿Qué cosa?

La sencilla respuesta brotó de los labios de la mujer de cabellos oscuros en algo más que un susurro — Rezar…

.


— ¡Déjame! — Pedía una y otra vez el compañero del hijo de Taichi a la niña. Se removía en sus brazos sin importar nada más — Me necesita, me necesita, Saori... — La portadora del amor sintió que las lágrimas punzaban en sus ojos ante la desesperación del pequeño digimon.

— Él no te reconocerá...

— Déjame intentarlo... Quiero ir. Tengo que intentarlo…

— Pero...

— Déjalo ir, Saori — Determinó Koichi con seriedad — Taiyo es su compañero. Es natural que este angustiado por todo esto.

La hija de Yamato aflojó el agarre de sus brazos, angustiada. Koromon, sin embargo, saltó en dirección a su rostro, tomándola por sorpresa.

— Es una señal de amistad… — Indicó, antes de alejarse de ella de manera definitiva — Gracias

La mayor de los Ishida se sintió ligeramente desolada al verlo cruzar aquel campo de batalla.

Su hermano pequeño, sin embargo, le tomó la mano y Saori sintió una inmensa calidez brotar de su corazón. Koromon atravesó el campo de batalla a pequeños y frenéticos saltos.

Saltó hacia él, para acercarse a su rostro. Casi ignorando, la batalla que se llevaba en los cielos, pues solo podía concentrarse en su compañero. Solo le importaba su mejor amigo, que en ese momento, lo ignoraba. Cuando estuvo a su alcance, no obstante, Taiyo le dio un manotazo para que no lo tocase, logrando que cayese de manera brusca al suelo.

Koromon sintió el golpe pero no fue solo aquel contacto físico lo que le causó dolor. Sintió el ardor en piel, quemándolo, y las lágrimas le punzaron en los ojos. Taiyo lo había rechazado.

— Apártate de mí — Susurró el hijo de Taichi, con los ojos entrecerrados y la voz tan poco propia de él.

Yuko, Kevin y Kazuma alzaban la vista hacia el firmamento negro y con cinceladas del mundo digital, que se reflejaba en él. Ellos parecían ignorar a Koromon aun más que Taiyo Yagami.

— ¡Taiyo! — Exclamo al encontrarse, nuevamente, cerca del niño. No se detuvo cuando esos ojos chocolate que conocía muy bien le dirigieron una mirada de advertencia. Tenía que intentarlo — ¿No me recuerdas? ¡Soy Koromon! ¡Tú Koromon!

Aquellos gritos podían desgarrar el corazón de los niños, pero la expresión del hijo de Taichi seguía siendo imperturbable. Koromon sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas ante aquella mirada carente de emociones…

No, Taiyo… Pensó Koromon, no puedes rendirte. Tu no.

Taiyo Yagami siempre había sido un niño terco por naturaleza.

En más de una ocasión, su tía Hikari le había recalcado cuanto se parecía a su padre.

Koromon entendía que no hablaba solamente del aspecto físico, ya que era evidente el parecido que había entre padre e hijo. Los ojos de un cálido color chocolate. El cabello castaño alborotado. Las facciones en general.

Todo aquello se podía apreciar a simple vista.

También eran similares en aquella energía que manaba de ellos, esa sensación que provocaba vértigo cuando se reflejaba en su mirada porque siempre tenían una idea en mente, algo para hacer.

Ese día estaban en el digimundo. Había sido en el cumpleaños de Makoto y Kazuma Kido, dos años atrás.

Pero Taiyo… — Interrumpió Koromon la tarea del niño, que estaba empeñado en treparse a uno de los árboles que estaban en el digimundo. No recordaba que era a lo que estaban jugando los niños pero eso de subirse por las ramas le parecía peligroso.

Tranquilo, Koromon, lo hago todo el tiempo — Musitó el pequeño, regalándole una sonrisa de confianza. — Además, así podremos ver todo lo que pase

Pero… — Lo vio treparse lentamente, colándose entre las ramas, y tuvo el impulso de seguirlo. Sin embargo, antes de que pudiese hacer algún movimiento, el niño ya estaba en el suelo.

Auch — Se quejó, luego de la abrupta caída. Frunció el ceño y contempló el tronco del árbol que estaba frente a él. No pensaba darse por vencido… Además, esa vez había llegado más alto que la anterior, y la anterior.

¿Por qué no buscas otro árbol? — Comentó el digimon rosado, contemplando la altura de las ramas y las hojas.

Aquella propuesta sorprendió al hijo de Taichi, que se volvió a mirar a su compañero de manera inmediata — Porque papá dice que si nosotros luchamos para lograr algo, entonces, sucederá. — Se levantó del suelo — Y papá no se equivoca nunca… Por eso, no me rendiré. Porque él no lo haría…

No deberías ponerte así — Le indicó el digimon a su compañero, que estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. Miraba algún punto inexistente en la pared pero el digimon sabía exactamente en que estaba pensando — Ya sabes como es tu abuelo… Siempre tiene esa actitud

No podía decir que le caía bien ese señor. Souta Mihara trataba a su nieto con una indiferencia casi dolorosa… Todo lo contrario a Azumi, que era toda dulzura y amabilidad. Por eso, no pudo evitar entonar cierto reproche en sus palabras.

El niño de cabello castaño se volvió hacia él con una mirada entre triste y enfadada, luego de haber asimilado sus dichos. Sin embargo, susurró con la voz queda algo que Koromon no llegó a comprender.

Taiyo… Deberías decirle a Taichi como te sientes… Papá Agumon…

No hables de eso…

Taiyo… No puedes dejar que otras personas te hagan sentir así… — Alzó la voz el pequeño digimon, para discutir. No quería que su mejor amigo siguiese lamentándose la actitud de Souta Mihara.

¡TE HE DICHO QUE NO HABLES DE ESO! ¡TU NO LO ENTIENDES! — Exclamó el niño, con irritación. Se cruzó de brazos unos momentos, aparentemente ignorando a su compañero y luego, empezó a llorar.

Koromon dio pequeños saltos hasta llegar a su lado, totalmente apenado. Se había apartado de él para marcharse pero no podía dejar a su compañero solo mientras estuviese llorando.

Taiyo… — Susurró, intentando colarse entre sus brazos.

Lo siento… — Musitó el niño y lo abrazó. Entonces, lloraron juntos.

Koromon… Koromon… ¡KOROMON!

— ¡Yo sé que me puedes escuchar! — Se exaltó el digimon, furioso, y Taiyo le dirigió la mirada por vez primera. — ¡Escúchame, Taiyo! Porque… si nosotros luchamos para lograr algo, entonces, sucederá. ¡No puedes rendirte! No puedes dejar que otras personas te hagan sentir así… ¡¿Qué diría tu papá?!

Eso activó algo que ni él mismo comprendió. El rostro impasible del hijo de Taichi se descompusoCalla

Pero eso le dio valor.

— ¿Me recuerdas? ¿Recuerdas que te prometí que siempre estaría contigo, sin importar lo que ocurriese?

Taiyo lo contempló y Koromon vio crecer la chispa de irritación en esos ojos oscurecidos. — ¡CALLATE! — Ordenó el castaño, de manera repentina. Sus ojos, teñidos de esa oscura esencia, lo fulminaron. Parecía que el contacto con Koromon le hiciese daño, porque, enseguida, se había replegado — O vas a arrepentirte de las consecuencias…

— Taiyo… — Koromon lo miró con tristeza, incapaz de soportar lo que habían hecho con su compañero del alma — Eres mi mejor amigo

Un sonido en el campo de batalla alertó al digimon bebé.

D'arcmon había caído al suelo, derrotada por una limpia embestida de su enemigo y Birdramon parecía estar inconciente en la arena gris que cubría la costa. Ankylamon había salido despedido hacia atrás y parecía agotado. Detrás del oscuro compañero de Taiyo, estaban BlackRosemon y BlackHerculesKabuterimon. No era de sorprenderse que los tres digimon adultos estuviesen en el suelo, perdiendo fuerza.

— ¡D'arcmon! — Soltó Koichi, viendo que su compañera caía bruscamente al suelo, luego de enfrentarse duramente a BlackWarGreymon. Quiso correr hacia ella, desesperado por no saber que hacer… — ¡Levántate! ¡D'arcmon, no te rindas!

Y el brillo de la esperanza iluminó su emblema… también a su compañera caída.

Por un momento dudó, pero, al instante, supo que iba a ocurrir.

La silueta luminosa cambió ligeramente en el suelo, y entonces, Angewomon se alzó luminosa y triunfante entre las tinieblas del mar de la oscuridad.

— ¿Qué…? — Susurró BlackWarGreymon suspendido en el cielo, sintiéndose ligeramente perturbado por aquella luz dorada que manaba desde la figura del digimon que había atacado.

— Digievolucionó — Susurró Hoshi, abriendo los ojos como platos — A la forma Ultra…

— ¡Angewomon! — Se sorprendió Koichi, y sintió una súbita calidez en su pecho. El emblema de la esperanza continuaba refulgiendo pese a todo lo que lo envolvía.

Daemon fulminó con la mirada al niño de cabello castaño.

Había subestimado el poder de la esperanza, otra vez.

Siempre era una tortura luchar contra esa emoción tan humana, tan imperfectamente perfecta, porque la esperanza era un enemigo poderoso…

Quizás el mejor de los guardianes de la luz.

Y su mayor debilidad.

Los niños estaban demasiado cerca los unos de los otros. El campo de batalla se había reducido cuando los temblores provocados por el enfrentamiento de BlackWarGreymon y D'arcmon, además de algunos ataques de BlackRosemon cuando Birdramon pretendió intervenir.

El espectáculo no podría salir mejor.

Ahora, sus niños de la oscuridad estaban cerca. Muy cerca de los niños de la luz.

— ¡Taiyo! — La voz del señor Demonio resonó en todo el terreno, imponente. Todo pareció detenerse durante una fracción de segundo y él sonrió al hablar — ¡Quiero que hagas lo que te ordené! ¡Acaba con el elegido de la esperanza!

El mayor de los mellizos Takaishi levantó el rostro con alarma y, solo entonces, fue conciente de lo cerca que estaban él, Hoshi y los Ishida de los cuatro niños que estaban siendo consumidos por la oscuridad.

El pequeño Yagami avanzó una gracilidad impropia de él, apartando nuevamente a Koromon, con un manotazo, cuando este se atravesó para impedir que atacase al heredero de la esperanza. El castaño le sonrió al hijo de Hikari.

Koichi tragó pesado cuando vio que Hoshi y los demás se tensaban a su lado.

Estaba a punto de ocurrir algo que jamás planeó.

— Koichi… — Soltó Hoshi y vio que el emblema de la confianza destilaba un brillo verde azulado. — No…

Se irguió, encarando al hijo de su tío Taichi, sintiendo que un gran frío le atravesaba el cuerpo al centrarse en esa mirada oscurecida, opaca, helada.

Eso le provocaba más dolor que cualquier cosa que pudiese ocurrir a partir de ese momento.

Su primo… su pequeño hermano

— Tengo que hablar con él… — Musitó, dejando atrás todas sus dudas. Si la única manera de salvar a Taiyo era… Era…

Bien, tendría que devolver los ataques. Aunque no pensaba poder soportarlo.

Pero tendría que hacerlo recapacitar, también. Su primo estaba allí, en alguna parte, podía sentirlo.

— No va a reconocerte… — Susurró Saori, con inquietud. Si no lo había hecho con Koromon… ¿Qué probabilidades había? No se percató de la sonrisa que portaba Kevin Washington, que se acercaba a su posición.

— Pero jamás voy a rendirme. Jamás voy a perder la esperanza. Pase lo que pase, todo saldrá bien si creemos en ello… ¿verdad, Hoshi?

— Confío en que sí — Masculló la hija de Iori, con temor. No quería ver lo que estaba a punto de ocurrir. Se estremecía de solo pensarlo. — Pero ten mucho cuidado…

— ¡No intervengan en esto! — Fue lo último que dijo Koichi Takaishi.

El mayor de los mellizos contuvo aquellas inesperadas ganas de abrazar a la portadora de la confianza y le sonrió, antes de que Taiyo se lanzase en su ataque, provocando que se cayese al suelo y que ambos rodasen en la húmeda arena de la costa.

Lo que la hija de Iori Hida no sabía era que, en ese momento, Kazuma Kido había avanzado hasta colocarse muy cerca de ella.

Se movía como un autómata y había atravesado el campo de batalla en sepulcral silencio, siguiendo también a Yuko y a Kevin.

— ¡HOSHI! — Exclamó Yoshiro, asomándose detrás de su hermana. Él había estado escondido detrás de Saori y fue el único testigo de lo ocurría más allá de la plática que tenían los tres niños mayores. El grito de alarma resonó en el claro y más allá — ¡Cuidado!

Y los ojos verdes se abrieron al máximo cuando Kazuma se lanzó a atacarla. Sintió vértigo, temor y dolor al mismo tiempo.

Todas esas emociones estallaron en su interior sin darle tiempo a reaccionar.

— ¡Kazuma, no!

— ¡HOSHI! — Chilló Saori, pero alguien detuvo su brazo cuando dio un paso en dirección a la hija de Iori.

Sus ojos azules se encontraron con la mirada endurecida de Kevin.

— Hola, Saori. — Saludó el hijo de Mimi, con una escalofriante sonrisa — Estuve esperando por ti.

Ishida abrió los ojos al máximo y forcejeó con su mejor amigo, que estaba clavándole las uñas en la piel que quedaba descubierta fuera de la blusa color rosada que estaba utilizando.

— ¡Saori! ¡AYUDAME, SAORI! — Chilló Yoshiro, entre sollozos.

Y Daemon sonrió cuando los digimon no pudieron ayudar a sus compañeros, puesto que tenían su propia batalla con la cual lidiar.

Los gritos resonaron a la par de las olas.

Sintió el llamado de las olas en su sonido, en su fuerza, en su poderío. El tiempo de Dragomon había terminado por fin. Contrario a lo que pensó, aquello no le molestó ni inquietó. Fue conciente de cuanto tiempo había esperado ese instante.

— BlackVikemon, trae a nuestro sacrificio — Ordenó al único digimon que se abstenía de luchar.

Bien, había luchado. Había derribado a Ankylomon con un fuerte golpe de su martillo y, por el momento, ese digimon continuaba inconciente.

Pero, desde entonces, BlackVikemon había estado concentrado en otra tarea.

El compañero oscuro de Kazuma estaba custodiando —y es por eso que no había intervenido— a los otros digimon compañeros de los elegidos. Armadillomon, Veemon y Palmon.

Daemon no quería que los niños supiesen que ellos estaban vivos. No quería que tuviesen más motivos para luchar.

Tenía que lograr que perdiesen toda esperanza. Así, sin esa ilusión vana no quedaría intacto el poder de la luz.

— Sí, amo — BlackVikemon, digievolución nivel mega de BlackGomamon era el único de sus creaciones oscuras que lo llamaba así. No era para menos. Kazuma no se hacia respetar.

Lo vio moverse a toda la velocidad que le permitía su enorme masa corporal y casi lamentó no enviar a BlackRosemon en su lugar. Casi. De no hacer sido porque la compañera —oscura— de Kevin no estuviese ayudando a combatir a Angewomon, lo habría hecho.

Ella era más grácil y rápida.

Se deleitó una vez más en los enfrentamientos que estallaban en el aire, haciendo que resuenen el poder de sus ataques y provocando que se imponga el deseo de la victoria.

Entonces, el digimon ángel vio a su compañero — ¡Koichi!

Flecha celestial. La luz marcó un certero blanco en el cuerpo de su oponente y ella lanzó una furiosa saeta. BlackWarGreymon no fue capaz de esquivar completamente la flecha celestial enviada por Angewomon y parte de la armazón que lo cubría quedó destrozada por el contacto.

No obstante, BlackRosemon se había colocado en frente del ángel, interceptando su camino. Con su dedo índice moviéndose de un lado al otro, detuvo el recorrido de su contrincante

— Pelearás conmigo también — Declaró la digimon oscura, haciendo que su látigo se cortase el aire y se enredase en el brazo del ángel.

Imaginó la irritación en el rostro cubierto por ese casco. Tuvo que sonreír, sintiendo una vez más una sensación de increíble satisfacción. Todo estaba dando resultado.

— ¡Saori! — Con su cuerpo llameante e imponente, Birdramon hizo arder los cielos oscurecidos de aquella dimensión. BlackHérculesKabuterimon impidió que llegase hasta su compañera.

— ¡Ayuda a Yoshi! — Rogó la hija de Sora, que estaba sintiendo el peso del cuerpo de Kevin. El hijo de Mimi intentaba quitarle el emblema del amor. Tuvo que esforzarse para no soltar lágrimas y contempló aturdida el rostro de su mejor amigo. — Kevin...

Yuko Izumi apartó su mano de manera violenta cuando tocó el emblema de los milagros.

Yoshiro estaba temblando y sollozaba, sin tener idea de que hacer. A sus pies estaban los compañeros de Yuko y Kevin, cada vez más enfermizos, pálidos y débiles. En cualquier momento… Todo iba a desaparecer. ¡Tenía que hacer algo pronto! ¡Enseguida!

Pero… ¡¿QUÉ?!

Estaba asustado. Y mucho.

— ¡El emblema que tiene él es el de los milagros! — Exclamó la hija de Koushiro, señalándolo.

No contaba con la participación de GinGabumon, que se interpuso entre ellos, llevando al pequeño hacia atrás de su espalda.

El compañero de Yoshiro se hacia colocado como escudo.

— ¡Apártate de Yoshiro! — Exclamó, irguiéndose delante de la pelirroja de ojos ensombrecidos. — ¡Tienes que ser fuerte, Yuko! ¡Te está manipulando! ¿No lo ves? ¡No es más que un juego para él!

— Yuko… — Masculló Motimon, en un susurro apenas audible. Abrió los ojos con dificultad, sin saber exactamente donde se encontraba y extendió su manito rosa en el aire, como si ante ese acto, pudiese alcanzar el rostro de la pelirroja — Yu…

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Yuko Izumi parpadeó extrañada, en la oscuridad inmensa en la que se encontraba, cuando una ligera calidez llegó a la palma de su mano.

Había sido una ráfaga de calor que la inundó de manera repentina, acelerada y fugaz.

Había desaparecido casi de la misma forma fugaz en la que llegó.

No lo comprendía…

Algo había cambiado. No sabía decir que era, peor algo había cambiado…

Levantó el brazo y examinó sus dedos con interés.

¿Que ha sido eso? — Inquirió, sin comprender lo que estaba sucediendo fuera de su mente, fuera de ese muro oscuro que la rodeaba…

El espectro que tenía forma de Makoto pero que se autoproclamaba como su emblema, habló con voz queda — Has atacado un emblema de la luz, Yuko.

Un escalofrío la recorrió por entero mientras asimilaba esas palabras. ¿Ella? ¿Atacar? ¿A sus amigos?

Meneó la cabeza, desconcertada. Concentró la mirada azabache en los ojos de su acompañante — ¿Disculpa?

Ya casi es tiempo…

¿Tiempo, de qué? ¡No comprendo! — Protestó ella, sin entender realmente que estaba sucediendo.

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Encontrarse en aquel lugar era como hallarse apartado del mundo, pensó Kevin, en un rincón oscuro y hablando con alguien que —en realidad— no estaba allí para no perder la razón. Y eso lo detestaba… Nunca había sido muy asiduo a la soledad.

Prefería estar rodeado de personas…

Cuando Makoto y yo estábamos juntos, él tuvo un sueño… ¿Sabes? Era un sueño alegre y con muchas luces que teñían de esperanza y armonía la oscuridad que lo cubría… Él era mi luz porque no hay mejor que un ser de luz para portar siempre la oscuridad… pero cuando Makoto falleció… Yo no tenía a nadie que me adoptase en su corazón…

Kevin parpadeó, aun confundido — ¿Necesitas un compañero?

Ahora, ya no. Tengo cuatro compañeros… Pero, en ese momento, estaba a merced de Daemon… No podía enfrentarme a él sin los corazones puros de los niños elegidos… Ustedes llegaron a mí para darme esperanza y una promesa de un futuro mejor…

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¿Cuatro compañeros? — Repitió el hijo de Taichi, con los ojos abiertos al máximo. — ¿A que te refieres?

Makoto sonrió, tristemente — La semilla de la oscuridad siempre será parte de ti, Taiyo. Lo lamento… Y yo formo parte de ella…

El niño abrió los ojos, aterrorizado. Entonces, ¿eso nunca se iba a terminar? — Pero…

No te inquietes… Porque cuando se cumpla la profecía, cuando el sueño de Makoto se cumpla la maldad que reside en ti, la maldad que mezclaron con la esencia de la oscuridad será arrasada… Serás el mismo de antes…

Taiyo Yagami apretó los puños, escuchando en su mente los gritos de su querido Koromon. A decir verdad, dudaba de poder volver a ser como antes… Apartó la mirada de Makoto Kido y deseó, una vez más, que la pesadilla terminase.

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Kazuma abrió los ojos al máximo ante aquellas palabras — ¿Acaso… Desaparecerás?

No, no podré hacerlo. Si desaparezco, llevaré conmigo a la luz… Tengo que permanecer en algún sitio…

¿Qué dice la profecía, Mako…? ¡Dijiste que debía esperar! ¿Cuánto más? ¿Qué está pasando en el exterior…? ¡Tienes que decirme Mako!

Para ese momento, el emblema de la oscuridad susurraba algunas cosas en voz apenas audible. Kazuma agudizó el oído para escuchar los murmullos que brotaban de sus labios en voz etérea y perdida.

Sólo un corazón puro actuará con inocencia.

Sólo un corazón ávido de conocimiento realizará justicia y ondeará la bandera de la verdad.

Sólo un corazón valiente brindará fortaleza y entregará su lealtad.

Sólo un corazón afectuoso brindará unión y regalará amor.

Sólo un corazón esperanzado mirará confiado hacia futuro ya que en su ser habita la esperanza.

Sólo un corazón amistoso dará consuelo al dolor.

Sólo un corazón bondadoso otorgará el perdón...

Sólo un corazón iluminado arrastrará las sombras a su lado.

Pero sólo los corazones heridos que deseen milagros, serán escuchados… Porque es en el corazón, donde todas las guerras se ganan.

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N/A: Esto ocurre cuando tengo muchas ideas y poco tiempo para plasmarlas. Espero no haber dejado nada afuera de todo lo que se me ocurrió incluir al principio… y que todo haya sido comprensible. En mi mente, todo tiene sentido, pero uno nunca sabe, por más raro que parezca… xD

Las peleas y batallas no son lo mío, espero que hayan sido interesantes las que encontraron en este capítulo… Eeeeeeeeeeen fin, creo que ha comenzado la cuenta regresiva… A menos que algo cambie, nos encontramos ya en la recta final…

Priscilla, muchas gracias por tomarte tiempo para dejar un comentario… No te disculpes! Me alegro que te guste tanto esta historia… Y quizás las cosas cambien muy pronto n-n

Muchas gracias a todos los que leen, comentan y/o siguen esta historia! ^^

Hasta la próxima!