Todos los personajes de la serie de Inuyasha pertenecen a la genial Rumiko Takahashi

Otros son de mi imaginación. ;)

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-. -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Capitulo 28: dos lunas llenas y una promesa rota.

Sus ojos estaban perdidos en la nada, mientras sentía el dejo de su reparación desvanecerse despacio, todo su cuerpo flotaba pesado en la profundidad oscura de su mente. Levantó la vista con desgano y pudo verse a sí misma en su apariencia humana, demacrada, moribunda, entre su imagen y la humana, algo brillante apareció. Intentó tocarlo, pero la energía que trasmitía le dio pavor. Su silueta humana intentaba huir de aquél artefacto con desesperación, pero estaba atada a él, esa cosa le consumía, dejando que sus garras crecieran y la sangre corriera con fuerza en sus venas.

-Dos lunas, tal vez una, dependerá de tu propia resistencia.

Esa voz, ella conocía esa voz, era la madre, la persona que le había devuelto su vida a cambio de nada. "Dos lunas", esa frase se repetía en sí misma con insistencia por todas partes. "Dos lunas", dos lunas ¿para qué? Intentó razonar pero todo parecía dar vueltas demasiado rápido, sus ojos se perdían entre las imágenes que chocaban a su alrededor.

Miró frente a ella, su parte humana envejecía, su parte humana le sonreía. Se volteó en medio de la oscuridad en la que flotaba, con todas esas imágenes chocando a su alrededor, con el brillo de aquel artefacto corroyéndola por dentro, con la imagen de su figura humana, muriendo, y vio un espejo vacío, frente a él, su reflejo.

Las cadenas de oscuridad la ataron cuando intentó huir de su propia mirada dorada y se vio, su cabello plateado volverse negro, aún cuando sus orejas plateadas seguían sobre su cabeza, la marca de nacimiento de su brazo desaparecer, el poder de la sangre yokai disminuir dentro de ella, diluyéndose en su parte humana, pero fueron sus ojos, ver uno de sus ojos con un brillo azul mientras el otro se mantenía dorado fue lo que la pasmó.

-Así es como es

Y Gritó, no, ella no era así, ella se conocía, su cabello era plateado, y sus ojos dorados, ella sabia como era. Pero no podía huir. No podía, su parte humana moría, su parte yokai también.

Las imágenes se aglomeraron a su alrededor, buscó su parte humana, que jadeaba, viéndose como una anciana, flotando casi sin vida. Y las figuras de su propia vida acumulándose, el cristal del espejo estalló y en un acto instintivo llevó sus manos sobre sus orejas protegiéndose, eran demasiadas imágenes, en un viento abrazador que la arrastraba, su parte humana murió, murió y sentía su cuerpo perder el control, las voces de su pasado chocaban con fuerza y una niña apareció frente a ella.

Le sonreía, con sus ojos rojos, con las orejas rotas, la niña hanyo frente a ella le sonreía y ella se negaba, las emociones de la desesperación, la locura y la muerte. La mano de esa niña sobre su rostro y su voz susurrándole la verdad que no deseaba escuchar.

"Dos lunas y ella vendrá por ti"

Abrió los ojos buscando el peligro, uno, dos, tres, palpitaba, contaba los sonidos de su corazón para comprobarse con vida. Pero nada, no había nada, caminó tres pasos, quizá diez y su mente reaccionó, un techo, sobre ella un techo, sus garras chocaron contra la pared, mientras sentía el universo arrastrarse sobre sí, aplastándola, volviendo a ella las memorias de ese calabozo en el que había estado, demasiado pequeño, mugroso, desecho.

La respiración agitada, una, dos, tres, no podía, no podía contar los latidos de su corazón, pero estaban ahí, ahí junto a ella. Vida, estaba viva.

La briza sutil colándose entre una rendija, la percepción a flor de piel chocando contra sus poros, estaban ahí, ella podía oírlos, tres, cuatro, cinco, quizá más. Gruñó con fuerza, sonriendo en un grito silencioso de guerra y saltó contra la puerta corrediza, como recordaba, como el vidrio de aquella ventana, los pedazos, cientos de pedazos como lluvia cristalina. Hermoso.

Sintió su cuerpo rodar por la madera y su piel caer al barro liquido que se incrustó en sus uñas, ropas y cabello. No pensaba, sin pensar, sin hablar, huir, el bosque. Sonrió, tenía que ir al bosque y terminar con lo que había empezado aquella vez.

Escuchó el grito de alguien pero no oyó, se volteó buscando una salida y gruñó al encontrarla, tenía que huir, escapar. Saltó, pero una cadena en su pie la detuvo, su cuerpo se incrustó en el barro con fuerza. Y los recuerdos de su niñez arrastrada por los pasillos chocaron en sus ojos, había sido mala, mala niña, había sido capturada y sería castigada. Escondió su rostro en el barro, no quería llorar, no quería.

La presencia de alguien acercándose, como un animal al asecho, se contrajo como la presa asustada que ahora era. Sintió la calidez de una mano sobre su hombro y retrocedió sentándose, mirando con pavor, no podía ver, no quería, estaba mirando a su castigador, pero no podía reconocer nada. El hombre se acercó con cuidado y ella puso sus manos delante, como si su patético gesto de desviar el rostro y retroceder pudiese salvarla, estaba perdida.

Escuchó a alguien pronunciar su nombre y no pudo evitar gritar que no. Que sería una buena niña, que le dejaran, que ella lo entregaría todo, delataría a todos, que no tocaran sus orejas, que no volvería intentar escapar, que sería buena, una niña buena, buena y obediente. Lloró y miró con pánico a su alrededor, sabía que su patética escena nunca funcionaba, pero estaba desesperada, había intentado escapar y eso era castigado con fuerza, ella lo sabía. Entonces suplicó perdón, perdón por haber huido, por haber matado a esos humanos, por haber arrancado las orejas de ese hombre, la cabeza de ese monje y las uñas de esa mujer. Ofreció las suyas como castigo, sonrió ofreciendo sus dientes también, que le arrancaran cada parte si querían, pero que no quemaran sus orejas, no sus orejas. Escondió su rostro entre sus rodillas y tapó sus orejas con las palmas de sus manos, hiriéndolas en el acto, presionándolas con fuerzas y sollozó, ya no le importaba, no le importaba nada.

Escuchó pisadas y voces, venían por ella, venían de nuevo. Sintió las manos sobre sus hombros. Sabía que luchar era peor, pero no pudo evitar por instinto moverse, tratar de liberarse del agarre. Rogando, suplicando perdón, repitiendo que sería una niña buena y ayudaría, que obedecería, que no tocaran sus orejas. Se sintió aprisionada, y todo pareció darles vueltas, el calor de un cuerpo sosteniéndola. El bosque, era el bosque, el aroma a lluvia y tierra mojada, a madera húmeda y sándalo, a rocío. El Goshinboku, era el árbol, el bosque. Sus manos buscaron sostenerse y enterró sus garras mientras buscaba fundirse en ese calor desesperantemente sobrecogedor, oliendo para no equivocarse. Esto era la muerte, seguramente le había encontrado, dejó que el aroma de los árboles la embriagaran, hipo despacio y se aferró a lo que seguramente era la imagen del Goshinboku, buscó refugio como cuando era niña y se dejó ir, moría, todo se volvió negro y se dejó arrastrar, moría al fin.

Kagome intentó acompasar su respiración, pero no podía, ¿acaso Kikyo tenía razón e Izayoi había perdido el juicio al romperse el espejo?. Vio como Inuyasha se levantaba y cargaba a la chica llena del barro que había dejado la lluvia en el patio de la casa. Observó como Kazuki soltó la cadena que había colocado en el pie de Izayoi cuando esta intentó salir por el techo de la casa. Lo siguiente, lo siguiente jamás lo olvidaría.

Intomaru caminó en silencio y se paró junto a Inuyasha, observó a su hermana en los brazos de su padre y la vio esconder su rostro entre las telas de ratas de fuego, olisqueando, asegurándose de algo. Miró a su alrededor y vio a Kazuki y a su madre paradas en el pasillo, agradecía que nadie más estuviera. Que el monje saliese junto con Natsuki a una aldea cercana y que Sango hubiese ido con sus hijos a buscar agua cerca del río.

Después de eso nadie había mencionado lo que sucedió, la forma en que Izayoi había rogado perdón y había ofrecido su cuerpo en señal de castigo. Habían pasado una horas y cuando llegó el momento de dormir, Kagome e Inuyasha sugirieron que ellos se quedarían en la habitación, luego de poner una estela de mimbre en lo que antes había sido una puerta y hablar con Miroku y Sango que ya habían regresado, hablando de otras cosas que el monje deseaba comprender y que Kagome respondió. Cosas sobre el arco, sobre cómo era Izayoi quién tenía el arco completo ahora, pues aquello que se había escapado de su cuerpo era el poder del arma. Finalmente se habían retirado todos.

Ambos adultos, la miko y el hanyo, se miraron sin saber cómo comenzar con la conversación que Inutomaru había sugerido hace unos minutos, antes de que Kagome lo enviara de vuelta a su habitación.

-Kagome…- Inuyasha había sido el primero en romper el silencio sepulcral de la habitación, sin saber exactamente como comenzar a preguntar.

-No lo sé Inuyasha… yo no sé nada. – Y la miko se sentó junto a él hundiéndose en sus rodillas, como cuando era una niña. ¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho? – Perdóname…-susurró- perdóname por favor.

-Kagome…

-Yo, sólo me he equivocado, una y otra vez, ahora me doy cuenta… y merezco que me odie ella por esto. No digas que no es mi cumpla- dijo la miko con rapidez al ver que Inuyasha se apresuraba a decir algo- porque si lo es. Fui egoísta, y ahora sé, que todo mi pequeño mundo fue una mentira…

-Kagome, yo…

-Tú no tienes la culpa de nada, todo fue una confusión, ahora sólo…-Kagome le miró a los ojos y sonrió, ella parecía demacrada- Inuyasha yo…

-Déjame permanecer a tu lado, Kagome- susurró el medio demonio, observando cómo las lágrimas se acumulaban en los ojos de la mujer frente a él. Tomó su mano entre sus garras y observó las diferencias y las similitudes de esta misma escena en su mente- yo los protegeré, te lo juro, con mi vida- vio como Kagome ahogó un sollozo y bajó la vista, pero él quería que ella le mirara, que viera en sus ojos que era verdad, levantó su mentón con la mano que tenía libre, dejando a un lado a Tessaiga y la obligó a verle a los ojos- Quédate Kagome, quédate a mi lado…- sus garras se deslizaron a su mejilla y juntó su frente con la de ella, oyéndola suspirar entre pequeños espasmos de dolor- Kagome…

Pero ella no quería responder, responder significaría una promesa, una promesa que no estaba segura de poder cumplir, y se aferró a su traje de ratas de fuego, besándole, dejando que Inuyasha hallara la respuesta que él quisiera. Estaba siendo cobarde, lo sabía, pero era mejor así. Se separó hundiéndose en el hombro de Inuyasha, sintiendo como éste le cubría con el haori, respirando con fuerza para llenarse de él.

Quiso cerrar los ojos, pero entonces se ahogo, se separó de Inuyasha, sintiendo como una energía oscura se acercaba.

-Inuyasha…- susurró y no fue necesario decir nada más, él se levantó y ambos salieron fuera de la habitación. Miroku y Sango también estaban ahí, lo habían sentido. Megumi se dejó ver con una Kazuki que se frotaba los ojos y su hijo la observó desde el pasillo del frente junto con Natsuki. Kagome levantó la vista y vio como la Luna menguante se volvió roja sobre sus cabezas. Retrocedió chocando con Inuyasha y sólo pudo susurrar una cosa, cuando un gran estruendo se escuchó golpear contra la tierra

- …. Kagen no tsuki… Luna menguante …el ojo rojo.


La batalla final contra Shoujiro está cerca, debo decir que quedan pocos capítulos, creo, eso espero. Espero les guste este cap. Estaré escribiendo el siguiente para subirlo pronto. Saludos, nos leemos.