Disclaimer: Sigo esperando esos derechos...
Advertencia: *Pueden haber algunos errores ortográficos que se me hayan pasado por alto, por favor, discúlpenme Q_Q
*Pueden presentarse escenas de alto contenido explícito o lenguaje vulgar o soez, la historia está en un rating de M+ Por lo que, si leyeron las reglas de , significa que la historia es de contenido adulto, así que por favor, absténganse de cualquier insulto o crítica negativa. Si no les gusta lo que leen, pueden dar marcha atrás y listo n.n!
El siguiente capítulo es largo, por dos razones: 1- no sabía donde cortarlo y lo corté en la mejor parte. 2) sí, escribí para un segundo capítulo que publicaré después de este. Ya que, para este cap lo tuve que publicar el 27 de Abril, no el 24 (soy muy, muy mala en números) no conté bien 1 días, pero me emocioné escribiendo tanto, que escribí el que tocaba para el 4 de este mes, así que publicaré ambos hoy, el de la vez pasada y el que tocaba el 4, y nos veremos en 10 días.
Por cierto. ¿Quién ya fue a ver EndGame? Si o no, ¿es pedazo de película?
Los fríos labios de Sesshōmaru se presionaron de forma suave sobre los de Kagome, parecía receloso por la reacción de la sacerdotisa, que se alejará y le confirmará que para ella, era despreciable estar de esa forma con un demonio, pero todo lo contrario, Kagome sintió el beso tan ligero como la caricia de una pluma, que le era imposible querer separarse.
Sesshōmaru amoldo sus labios con los de Kagome y su bestia se regocijo cuando la sacerdotisa presiono de vuelta al cerrar los ojos, convirtiendo eso en su primer beso inocente.
Kagome aferró sus brazos a los fuertes hombros de él para luego deslizarlos en una sutil caricia al cuello del demonio y enredarlos ahí, mientras se deleitaba de los labios ligeramente húmedos de Sesshōmaru, pero lo que comenzó de forma sencilla, se transformó en algo intenso.
Sesshōmaru presionó la cintura de la sacerdotisa, sabiendo lo que eso provocaría, un suave gemido chocó contra sus labios, aprovechó el momento para introducir su lengua y comenzar lo quería un baile en perfecta sincronía, sus lenguas se encontraron en la danza, un sonido brotó de la profundidad de la garganta de Kagome, Sesshōmaru al escucharlo soltó un bajo gruñido que provocó temblores en el interior de la sagrada.
Con brusquedad, las grandes manos de Sesshōmaru pasaron a la cadera de Kagome y antes de que pueda darse cuenta, Sesshōmaru la estaba alzando en el aire.
— Envuelve tus piernas en mi, sacerdotisa. — Kagome obedeció de inmediato y apenas lo hizo, su espalda se encontró con el doloroso estante de madera que contiene gran variedad de pergaminos.
Con una mano se encargaba de sostener a Kagome de la cadera contra el estante y con la otra deslizaba el haori blanco por uno de sus hombros, la sacerdotisa al sentir las garras de Sesshōmaru acariciando su piel, volvieron su cuerpo un amasijo de sensaciones eléctricas.
— Sesshōmaru. — Susurró en el instante que sus labios se separaron para que la sacerdotisa tomará aire.
Con la mente completamente en blanco, Kagome ignoró cualquier pensamiento que fuese a detener ese momento. La sensación de las garras y las ásperas yemas del demonio sobre la piel de su hombro, provocan un hormigueo incesante en su vientre, que la obligan a tantear con sus manos el haori de Sesshōmaru, al llegar a las solapas, sin pensarlo dos veces, las abrió y deslizó sus pequeñas manos por los musculosos hombros del demonio. Acariciando, sintiendo, deseando más.
Sesshōmaru dejó que Kagome le descubriera el torso sin llegar a soltarla o moverla de la posición en la que la tenía, acarició con manos temblorosas el fornido pecho de Sesshōmaru, incluso, casi podía jurar que podía sentir el ritmo de su corazón, casi,
Kagome decide repetir lo de esa misma tarde y con sus dientes atrapó el labio inferior del demonio de forma muy leve, pero ese acto juguetón provocó sólo la impaciencia de Sesshōmaru, por lo que se sorprende cuando vuelve a sentir los intensos besos atrapando su boca para continuar con el baile.
Sesshōmaru se separa de los deliciosos labios de Kagome, pero esta vez haciendo en parte caso a su bestia interior, decide probar algo nuevo; por lo que coloca sus labios ahora tibios sobre la sensible piel del cuello de la sacerdotisa.
Un temblor sacudió el cuerpo de Kagome, dando respuesta afirmativa a los pensamientos del Lord, Sesshōmaru dio un par de besos más y agregó unos pequeños mordiscos al menú. Kagome no paró de soltar suspiros que complacen a Sesshōmaru y su bestia. La sacerdotisa se mantuvo aferrada de sus piernas a la cadera del demonio, mientras este se deshacía del otro lado del haori, dejando su pecho al descubierto, vendas largas cubren y aplastan sus senos, el demonio, tan sólo pasó un garra por el medio para deshacerse de ellas y tener una visión perfecta del torso desnudo de la sagrada.
Sesshōmaru la inspecciono en silencio, la respiración jadeante de Kagome no ayudaba a aplacar la molesta sensación que ambos sentían de destruir las prendas que los cubrían.
Sesshōmaru queriendo tentar y jugar un poco a Kagome, gracias a la influencia de Yako; instó con las garras de sus dedos índice y medio de su mano derecha, apuntando en dirección al ombligo de la sacerdotisa, y luego comenzó a subir de manera lenta y tortuosa, la piel que sus garras iban trazando se tornaba gallina al sentir el tacto punzante y cálido como el fuego.
El Lord se acercó al rostro de la sagrada, dejo un beso en la zona baja de la barbilla, tal y como ella había hecho muchas horas antes, Kagome inclinó la cabeza hacía atrás sin poder evitarlo, las garras de Sesshōmaru continuaban su ascenso, pasando por el relieve de las costillas hasta llegar a detenerse justo debajo de la redondez de sus pechos, continuó el viaje por el valle de sus senos; provocando que la sacerdotisa arqueara la espalda y le ofreciera mayor vista de sus senos, delineó su redondez, luego su aureola y se detuvo al llegar al pezón, donde lo pellizcó suavemente entre sus garras, Kagome jadeó ante la sensación.
Kagome abrió los ojos para encontrarse con los casi rojos de Sesshōmaru, la observaba con una mirada depredadora que jamás pensó que vería en él, como sí fuera lo más cautivador que haya visto en su longeva vida y eso la llenaba de emoción.
Ambos se volvieron a encontrar en otro beso apasionado, donde sus labios y sus lenguas luchaban por mantener el control, Kagome los abrazaba por el cuello y lo atraía a ella, deslizaba sus delicados dedos por las sedosas hebras platinadas.
— Te deseo tanto, Sesshōmaru. — Gimió entre besos Kagome.
Con los latidos de su corazón a mil hora, retumbando en cada rincón de sí, la mente dando vueltas, los labios hinchados y el cuerpo ardiendo de deseo, Kagome ni siquiera registró que ella fue quien dijo esas palabras que sonaron de forma ronca.
En el momento que Sesshōmaru iba a responderle a su sacerdotisa, porque sí, ya era tiempo de dejar de negarlo, la mujer despertaba muchas cosas en él, aparte del arrebatador deseo de poseerla, había algo en ella que le llamaba su atención desde hace años, algo que estaba dispuesto a averiguar. Además, por el olor que Kagome desprendía desde esa misma tarde, notó que nunca había estado con alguien, ni siquiera con el lobo del Norte. La sacerdotisa aún era casta.
Por lo tanto, ella era suya, su bestia la proclamaba como suya y ahora él también lo hacía.
Sesshōmaru la apretó contra el mueble de pergaminos, sin interrumpir sus besos, Kagome se ancló sus uñas en el hombro del demonio y con la otra tuvo que sostenerse de un pergamino que le molestaba en la espalda baja, cuando sin querer lo empujó con la intención de apartarlo, hasta que se escucharon dos fuertes sonidos; uno procedente del despacho y otro de un lugar distante.
¡Bruum! ¡Pum!
Sesshōmaru se separa de ella bruscamente y ella le lanza una mirada confusa, podía sentir sus labios palpitar e incluso podría asegurar que estaban hinchados y rojos gracias a la sesión de besos, se dijo entonces en un punto tras su demonio; estaba muy segura que eso no estaba ahí cuando llegó.
— ¿Qué fue eso?
Kagome señaló un punto en el suelo, detrás de la espalda de Sesshōmaru, éste baja a su sacerdotisa con cuidado y voltea al lugar que ella apuntaba.
Sesshōmaru se acomodó su haori y se acercó sin cuidado al agujero cuadrado que estaba en el suelo de su despacho, estaba por internarse al lugar, cuando otro sonido hace eco en las paredes de su castillo.
¡Pum!
Y ese sonido, sí sabe de donde proviene.
— Vístete.
Le ordena a Kagome, pero está ya lo estaba haciendo, el frío había comenzado a calar sus huesos debido a la lejanía de Sesshōmaru. El Lord salió del despacho sin esperar respuesta de la sagrada o algo.
— Demasiado bueno para ser verdad. — Susurró decepcionada para sí, sólo esperaba que no pasará lo que temía y el demonio hiciera caso omiso a lo que acababa de suceder entre ellos.
Kagome se encaminó a la salida, echó una última mirada al pasadizo recién descubierto, luego volvería para saber qué había ahí, siguiendo la energía de su demonio, Kagome terminó llegando a la parte subterránea del castillo; los calabozos.
Se adentro sin temor ni vacilación por los mohosos y húmedos pasillos llenos de celdas putrefactas y hediondas. Llegó al final del mismo camino principal, donde se encontró con, su hermano, su Sesshōmaru, los soldados, su maestra e incluso Manae a la par de ella, iba a acercarse a abrazar a los soldados, hasta que la detuvieron lanzándole miradas furtivas, impidiendo que lo hiciera, posiblemente la presencia de Sesshōmaru, era la causa.
Sabía de antemano que su hija no estaría ahí, ni porque el castillo se viniera abajo, ella no se alejaría de InuYasha, y Kirara… Bueno, ella probablemente siga dormida. Frente a ellos habían dos celdas ocupadas, el resto permanecían vacías. En una estaban Shippo junto a Kikyo y en la otra; Sango y su esposo; Miroku.
Las cadenas ya no estaban alrededor de sus cuerpos, ahora sólo se los sujetaban de las manos y los tobillos, con las cadenas ancladas al suelo, sería imposible escapar.
— Las cadenas pierden fuerza, el cachorro de zorro trató de escapar queriendo derribar la celda. — Kagome pudo notar algunos barrotes magullados y entendió que eso fue el motivo de la interrupción.
— ¿A quién le dices cachorro, maldita anciana? — Ladró Shippo molesto.
Kagome dio un paso al frente.
— Cuida tu lenguaje, Shippo. No seas irrespetuoso.
— ¡Tú no eres nadie para decirme que hacer! — Le gritó.
Kagome rememoró las veces en las que Shippo la trató como sí fuera su madre en el pasado y cómo luego de aquel incidente, Kikyo se convirtió en su figura materna, sentía que le había decepcionado.
— Tienes razón. — Le contestó. —. Pero eso no impide que te enseñe modales. General Yuu, ¿podría abrir está celda? — Pidió con cortesía.
El General le preguntó de manera silenciosa a su señor antes de proceder a cumplir el pedido de la sacerdotisa, Sesshōmaru asintió levemente.
Yuu sacó un manojo de llaves que nadie vio que portaba, eligió una llave en específico y con ella abrió la celda de Kikyo y Shippo. Kagome agradeció con un gesto de cabeza antes de adentrarse al cutre espacio, se acercó con sigilosos pasos hacia el kitsune, pero él no se dejó amedrentar de la sacerdotisa, al contrario; alzó la cabeza en señal de reto.
Kagome se acuclilló, hasta estar a la altura del zorro, lo observó a los ojos, tratando que su mirada fuese dura.
— No deberías ser tan maleducado, Shippo. Recuerdo haberte enseñado modales.
El zorro gruñó disgustado.
— Seré como yo demonios quiera. — Le respondió con la mandíbula apretada. Por el rabillo del ojo notó como Kikyo sonreía ladina ante las respuestas del zorro.
— Bien.
Kagome se puso en pie, dio medio vuelta sobre sus talones y se dirigió a su hermano, sin salir de la celda, sacó su mano por entre los barrotes y le mostró su palma extendida al lobo, esté la miró extrañado.
— ¿Podrías…?
Koga entendió entonces a lo que se refería y no dispuesto a llevarle la contraria a su hermana menor, tomó la delicada y suave mano de ella y con su garra derecha hizo un profundo corte en la palma, Kagome arrugó los labios por un segundo, pero luego se recompuso.
— Gracias. — Apretó la mano impidiendo que la sangre se escapará a borbotones, sólo pequeñas gotas lograban hacerlo debido a la presión.
Se acercó de nuevo al encadenado Shippo ya antes de hacer lo que tenía en mente, le advirtió con voz pretérita:
— Es la última vez que te escuchó hablarle así a mi maestra o cualquier otra persona mayor a la que le debes respeto, ¿de acuerdo? — Shippo abrió la boca para responder, pero Kagome se lo impidió al colocar su mano ensangrentada en las cadenas que ataban sus tobillos.
De inmediato, brillaron en un rosa pálido, recuperando su vigor y enviando pequeños choques eléctricos al zorro; repitió el mismo procedimiento, pero con las cadenas que mantenían sus muñecas, un gritó de legítimo dolor brotó de la garganta de Shippo, que comenzó a retorcerse en el suelo debido a que las cargas eléctricas viajaban por sus muñecas hasta sus hombros y posteriormente desde sus tobillos hasta su ingle, provocando un terrible sufrimiento.
Kagome estaba por volver a colocar su mano herida en las cadenas de los tobillos, para enviar otra ronda de choques, pero el grito de la otra sacerdotisa se lo impidió.
— ¡Detente! ¡Ya no le hagas daño, por favor! — Kagome se fijó entonces en el auténtico terror que destilaban las palabras de Kikyo.
Al parecer, no era tan vacía y hueca como pensaba, al menos sentía algo.
— Debiste educarlo bien, quedó bajo tu cargo, ¿recuerdas?
— No te atrevas a hacerle daño. — Amenazó Kikyo.
— ¿O qué? — Retó.
— O lo pagarás caro. — Trató de intimidar.
— Yo no soy la que está encadenada, Kikyo.
— Aún no.
— Suficiente. — Habló Sesshōmaru. —. Sacerdotisa, sal. — Ordenó ya irritado el Lord, la sagrada no tuvo más opción que obedecer.
Kagome le dio una mirada de soslayo a Kikyo antes de salir de la celda, Yuu se encargó de cerrarla nuevamente.
— ¿Qué les ofreció Naraku, por aliarse con él?
Cuestionó el Lord del Norte, su hermana se colocó a su par y se cruzó de brazos, expectante ante la respuestas de sus ex compañeros de viaje. .
Pero ninguno respondió.
Kagome dio algunos pasos a la derecha para quedar frente a la celda del monje y la exterminadora.
— ¿Por qué se aliaron con Naraku? — Volvió a preguntar Kagome a Sango.
Sango levantó la cabeza, su cara deformada de rabia e impotencia, con los dientes tan apretados que a tal punto un hilillo de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios, las manos en puños, a pesar de las cadenas y sus enormes ojos avellana ardiendo de la más iracunda furia que jamás había sentido.
— ¡Eres una maldita traidora, Kagome! — Le dijo en un bajo, pero claro siseo.
Kagome frunció el ceño.
— ¿Qué?
Y la incomprensión en el rostro de la sacerdotisa, logró ser la gota que derramará el vaso de paciencia de la exterminadora de demonios.
— ¡Eres una traidora! — Sango se puso de pie en un salto y corrió hacia Kagome, pero las cadenas en sus tobillos le impidieron avanzar más y la hicieron caer de bruces contra el suelo, pero eso no le impidió querer levantarse nuevamente y jalar las cadenas como animal salvaje para ir a por ella. Kagome retrocedió asustada, jamás había visto a la exterminadora así de furiosa.
— ¿Sango? — Preguntó con temor, la asesina de demonios volvió a caer al suelo, una y otra vez, hasta que harta simplemente se quedó ahí, golpeando con sus puños la superficie y gritando de cólera mientras pataleaba.
— ¡Traidora! ¡Maldita traidora! — Gritó mientras rompía en llanto. Miroku gateó hasta su mujer y la ayudó a incorporarse de nuevo, el monje la abrazó, pero eso no sirvió para apaciguar sus incesantes lloriqueos.
— Sango… — Kagome avanzó dos pasos, pero el gritó del monje la detuvo.
— ¡No te acerques! ¡Eres una asesina!
— ¿Qué? Miroku…
— Aléjate, Kagome. — La sacerdotisa jamás pensó que que el monje sería informal con ella, él nunca fue así, a pesar de todo; siempre mantenía su cortesía, aun siendo enemigos.
Pero ahora era Miroku, quien le lanzaba miradas venenosas a Kagome.
— Pero… Sango… Miroku… Yo… — Hizo el amago de acercarse, pero Ritsuka la frenó, la tomó del brazo haciendo que se detuviera.
— Lo mataste… — Clamó desolada entre chillidos lastimeros.
— ¿Matar? Yo no he matado a nadie. — Dijo atropellada.
— ¡Mientes! ¡Lo mataste!
— ¿Qué? Yo no… — Trató de excusarse vanamente.
— ¡Eres una traidora y una asesina! — Kagome no podía —quería— entender las acusaciones de Sango a su persona, pero lo que sí entendía, es que le dolía, le dolía bastante.
— Kagome, será mejor que salgas de aquí. — Observó a su hermano, él tampoco parecía captar nada de lo que sucedía, pero por las miradas de los soldados, su maestra y hasta Manae, supo que lo mejor sería que se marchará.
— De acuerdo. — Aceptó de mala gana, la anciana la liberó del agarre con lentitud.
Kagome se encaminó a la salida, completamente desorientada, comenzó a subir las gradas que la llevarían fuera de los calabozos, aún podía escuchar las voces de su hermano y su maestra tratando de hablar con él InuTachi, se detuvo a mitad de la escalinata para escuchar a su hermano mayor preguntar:
— ¿A quién asesinó Kagome, exterminadora? — Pero en respuesta, solo hubieron sollozos y gimoteos. —. ¡Habla, maldita sea! — Desesperado queriendo saber.
— ¡Yo la vi hacerlo! ¡Yo vi como lo asesinaba a sangre fría!
Kagome sintió como una corriente fría atravesaba su espina dorsal con violencia.
— ¡¿A quién?! ¡No juegues con mi paciencia, exterminadora!
Entonces el fúrico alarido acusatorio de Sango, llegó a sus oídos.
— ¡A mi hermano! ¡Ella mató a mi Kohaku! — Vociferó con lamento.
La sangre de Kagome se agolpo en su pies.
— ¡Eso no es cierto! ¡Mientes! Kagome sería incapaz de lastimar a alguien. — Defendió Koga al instante al tiempo que escuchaba como golpeaba con sus manos los barrotes del calabozo.
Kagome no queriendo escuchar más, salió despavorida de las gradas donde se había quedado plantada escuchando y corrió sin rumbo fijo por varios minutos, sólo quería llegar a un lugar donde sabía que se podría sentir a salvo, sin premeditar, detuvo su acelerado andar justo cuando se encontraba a punto de ingresar al enorme laberinto que se encontraba en medio del jardín.
Por alguna extraña razón, sus pies la habían dirigido hasta ahí cuando su mente vagaba por los diferentes intervalos de espacio-tiempo de su entrelazada y compleja mente.
Colocó sus manos en sus rodillas y trató de respirar una gran bocanada de aire, ahora que se detuvo podía sentir como sus pulmones ardían, sus piernas flaqueaban, su corazón latiendo errático y su cuerpo pesado a punto de desvanecerse. Sentía que había ido caminando al infierno y regresado corriendo, ni siquiera sintió lo rápido que había corrido.
Al recomponerse, sintió sus ojos humedecerse y su corazón dar un doloroso vuelco cuando se dijo que estaba a punto de presenciar el amanecer, las horas se pasaron volando desde su llegada, su encuentro con Sesshōmaru y lo sucedido en los calabozos; ese momento permanecerá fresco en su memoria por años.
La presencia detrás suyo, ni siquiera la tomó por sorpresa, se la esperaba, podría decirse, se colocó a la par suya y ambos se quedaron en silencio disfrutando de los diversos colores que comenzaban a centellear por el horizonte.
— ¿Lo hiciste? — Le preguntó. Quiso callarse, pero la duda le carcomía.
— ¿De qué hablas?
— Lo que ella dijo.
— …
— ¿Asesinaste a su hermano?
— ¿No deberías estar durmiendo?
— No cambies el tema, Kag.
— No lo hago. — Respondió nerviosa.
— Entonces, ¿lo hiciste?
Kagome parpadeó varias veces para impedir que las lágrimas se escaparan de sus ojos, pero le resultaba casi imposible.
— Él llegó a los límites del bosque de Edo, Naraku lo había enviado a asesinar a Sango mientras dormía, yo apenas había aprendido a distinguir presencias cuando sentía la débil de él, me dirigí hacía donde estaba, lo encontré cerca del árbol sagrado donde Kikyo dejó a InuYasha maldito hace tiempo; estaba muy mal herido, Naraku le ordenó degollar a su hermana y luego quitarse la vida, entre más débil estuviera, más fácil sería que muriese, trató de herirme, así que lo golpee con un palo de madera, lo golpee tan fuerte que el control que Naraku ejercía sobre él, se desvaneció por un momento, aproveché su confusión y traté de sanarlo, en serio traté. — Sollozó. —. Pero, una herida en su espalda comenzó a sangrar, la sangre era… tanta, que no podía pararla por más que lo intentará, iba a ir a pedir ayuda a Kaede, pero él me detuvo, me dijo que no quería seguir viviendo, no con la carga que tenía en su alma, traté de persuadir su decisión, de hacerle entender que Sango ni nadie podría culpar por lo que hizo bajo las órdenes de Naraku.
— ¿Qué pasó después? — Preguntó tras un largo minuto de silencio por parte de la sacerdotisa.
— Me pidió que acabará con su sufrimiento, me pidió que lo dejará morir ahí lentamente para poder expiar sus culpas, pero no pude hacerlo, no de esa manera tan… cruel. Él iba a hacerlo, tomó su arma e iba a cortarse las venas de las muñecas, ya no tenía la fuerza para hacerlo en otro lugar. — Kagome tragó duro, las lágrimas calientes ya corrían por sus mejillas. —. Me pidió que le dijera a Sango que él lo había hecho, que él mismo había cometido suicidio a causa de la culpa y el dolor, estaba a punto de hacerlo, cuando algo en mi interior me impulsó a detenerle, así que lo detuve… lo detuve y lo abracé entre mis brazos, lo abracé con fuerza y le susurraba que Sango estaría bien, que todo estaría bien, lo hacía mientras hundía su propia arma en su pecho, justo en su corazón. — Kagome sorbió por la nariz y continuó relatando con la voz quebrada. —. El problema es que no tuve el valor de verla a los ojos y decirle que había asesinado a su única familia, así que no lo hice, no quería que perdiera la única esperanza que la incitaba a sobrevivir. Les hice creer a todos que Kohaku llegó esa noche a darme un importante mensaje; donde me decía que había logrado huir del control de Naraku, pero que aún tenía miedo de lastimar a Sango, así que decidió irse lejos, muy lejos…
— ¿Qué hiciste con el cuerpo?
— Lo sepulte en su aldea, al lado de su padre.
— ¿Cómo llevaste el cuerpo hasta allá?
— Tomé prestado un caballo de Kaede y lo llevé.
— ¿Por tu cuenta? — Kagome asintió con pesar. —. Fue aquella vez que desapareciste tres días completos, todos pensaron que habías escapado al Norte con Lord Koga como era usual en aquel entonces.
— Me sorprende que lo recuerdes, Kirara. Ni siquiera Koga sabe lo que pasó, creo que es el único secreto que le he guardado a mi hermano mayor.
— ¿Te arrepientes de haberlo hecho? — Preguntó una tercera voz, Kagome sabía que tarde o temprano, la verdad saldría a la luz.
Kagome dudo antes de responder.
— No. — Aceptó y se dio la vuelta para encararlo.
Koga se acercó con pasos intimidantes a su hermana, ella no retrocedió; al contrario, se mantuvo estoica en su lugar.
— ¿Por qué siempre tienes que cargar con las cosas malas por tu cuenta?
— Koga… Yo… Puedo explicarlo… Yo…
— Cumpliste con la voluntad del joven exterminador. — La tomó de los hombros con suavidad. —. Y has cargado con eso, durante ¿cuánto tiempo, Kagome?
— Dos semanas antes de que ellos me hicieran lo mismo a mi.
— Tú no tuviste opción, pequeña. Sí lo dejabas sólo, él lo hubiera hecho por su propia mano.
— Pero pude haberlo curado. — Gimoteo.
— Kags, apenas podías sentir presencias, no tenías un uso adecuado de tu poder, ni siquiera sentiste la presencia de Sango. — Koga la atrajo a su pecho y Kagome escondió su rostro en él, lo abrazo por la espalda al igual que él a ella.
— Será mejor que ustedes descansen, yo iré a buscar algo de comer. — Kirara se despidió de ambos hermanos y se dirigió al castillo.
— Debes descansar, hermana.
Kagome no respondió, solo movió la cabeza en afirmación, el haber traído esos abrumantes recuerdos que tanto le había costado sepultar, la agotaron mentalmente, más de lo que ya estaba. La muerte de Kohaku pesa sobre su alma y eso es una cosa que jamás podrá olvidar o superar.
— También deberías descansar. — Habló somnolienta, dejándose llevar por las suaves caricias que el lobo le hacía en su cabello.
— Lo haré. — Mintió.
Koga sintió como las piernas de su pequeña hermana perdían la fuerza para sostenerla, pasó una mano por la delgada cintura de ella y la otra por debajo de las rodillas, la cargó entre sus brazos y sonrió decaído cuando la cabeza de su hermana, cayó en su hombro, completamente dormida, estaba tan cansada que su brazo no tenía ni la fuerza para sostenerse del cuello de él, sino que colgaba a su costado, sin peso.
Angustiado, se dirigió a la alcoba designada de Kagome, entrando al castillo, los siervos y criados ya estaban realizando sus deberes diarios, algunos ni se fijaban en ellos, otros observaban curiosos la escena, un Lord cargando con gentileza a una sacerdotisa; debía ser chocante, pensó Koga gracioso.
Al subir los escalones con total parsimonia, no se preocupo por nada de lo que dijesen las criadas, ni lo que dijese Sesshōmaru, que venía bajando las mismas gradas, pasando a su lado, como sí no le importase nada, pero Koga se percató de la mirada de soslayo que el Lord de Occidente le lanzó a su dormida hermana, por un pequeño, pequeño instante.
Llegó a la habitación de Kagome sin ningún otro contratiempo, la deposito con cariño sobre el suave y enorme doble futón que había en la alcoba, la tapo con el edredón de fina tela y le dio un cariñoso beso en la sien.
— Has hecho demasiado por tu propia cuenta, hermanita. Eres más valiente de lo que crees, estoy orgulloso de ti y de ser tu hermano mayor. — Acarició con ternura el contorno de su mejilla y se marchó del lugar.
(***)
Abrió los ojos extrema lentitud, pero los volvió a cerrar en cuanto los rayos del sol los alcanza, hizo una mueca de dolor antes de volver a intentar abrirlos, parpadeo severas veces cuando su mirada se ajustó a la luz del astro rey, estiró los brazos sobre su cabeza al igual que las piernas, sentía su cuerpo entumecido, pero relajado; era una sensación agradable, por fin había reparado las energías que tanto había ansiado.
Se levantó del inmenso futón y con paso pesaroso se dirigió a la puerta deslizante del otro lado de la habitación, se adentro en ella, hizo sus necesidades habituales y se desnudo sin necesidad de apurarse, lo que más le encantaba de esa alcoba, era el baño, tenía su propio manantial termal, incluso las descomunales piedras alrededor le daban el toque místico que necesitaban, es como sí una parte del bosque había sido transferida a su habitación y para su uso personal.
Kagome se adentro adormilada hasta el centro en su manantial personal, hundió la cabeza dispuesta a despertar del todo, pero apenas funcionó, comenzó a frotarse los brazos, luego el cuello hasta subir a su cuero cabelludo, una de las pocas cosas que extrañaba de su época, eran el shampoo y el acondicionador, aparte de su familia, pero para su suerte, había algo similar, pero hecho a base de plantas naturales, tomo la cuenca café que estaba sobre una piedra plana y se la unto en el cabello, haciendo movimientos rotatorios con su muñeca, se masajeo con lentitud y placer.
Una parte de ella recordó lo sucedido la noche pasada, no quiso dejar de pensar, menos cuando un escalofrió recorrió su espalda desnuda, se enjuago el cabello y prosiguió con los brazos nuevamente, bajo hasta sus pechos, abrió los ojos cuando notó sus pezones erectos, tragando duro y mordiendo su labio inferior, Kagome pasó sus manos por ambos senos, acarició con calma los pequeños montículos, dibujó su propia redondez, tal como él lo había hecho, suspiro cuando lo recordó, sin darse cuenta su mano había bajado hasta su abdomen plano y luego hasta su vientre, donde comenzó a dibujar círculos con sus dedos, estaba por llegar a su cúspide íntima, cuando recordó que ella no suele ser así de… atrevida.
Se detuvo apenada de sí misma y la línea de pensamientos e imaginaciones perversas que cruzaron por su mente en un momento.
Con las mejillas calientes salió del manantial y se envolvió en algo parecido a una toalla, solo que más rústica y fina, saliendo del baño, caminó hasta el armario de madera, que abarcaba al menos, la mitad de una pared, era gigantesco y antiguo, abrió una de las puertas y no medito mucho que colocarse. Simplemente se enfundó en su típico traje de sacerdocio y dejó que su cabello se secara con la brisa natural del día; se dijo entonces que el sol estaba en su punto más alto, era ya mediodía.
Se marchó de su alcoba y siguiendo el mismo recorrido de esa madrugada, se plantó encaminó al despacho del Lord de Occidente, por un lado; quería hablar sobre lo sucedido entre ellos, saber sí algunas cosas cambiaron o no y por el otro; no quiera ni siquiera sacar a relucir el tema.
Estiró la mano para abrir la puerta sin tocar, como estaba acostumbrada a hacer, pero esta se abrió por su cuenta, logrando sobresaltarse en su lugar, con ojos bien abiertos, noto la mirada despectiva que le lanzaba desde su lugar, pero eso no la hizo temblar, tan solo consiguieron que se enderezara y su mentón se alzara con arrogancia.
— Eres tú. — Dijo con lo que Kagome creyó... aburrimiento.
— ¿Algún problema… señorita Kaoru? — Ante todo el respeto.
— ¿A qué vienes, sacerdotisa? ¿Acaso vienes por más? — Incitó burlona.
Kagome palideció, pero se recompuso en un segundo. ¿Acaso…?
— A juzgar por tu cara, yo diría que sí. — Soltó en un risilla burlona.
— No se de que hablas. — Respondió con los dientes apretados.
Kaoru volvió a reír.
— No te preocupes, querida. — Destilo con voz venenosa, se acercó a Kagome hasta que pegó su boca a la oreja de la sacerdotisa. —. El suele ser brusco con sus concubinas preferidas, como tú.
Kagome quedó muda ante lo dicho por la demonesa, la cual se fue riendo del lugar, dejándola a ella plantada ahí, no solo con la mente en blanco, sino con el corazón tieso, en su mente, solo una pregunta daba vueltas; ¿Cómo ella se enteró de lo que sucedió? Sesshōmaru no es ni parece de las personas que tiene conversaciones íntimas. ¿Acaso fue un error haberse dejado llevar por sus emociones? Sacudió la cabeza en negación.
No creería una sola palabra de la mujer, ¿por qué habría de hacerlo? Una pequeña vocecilla en su cabeza le susurró: "Tal vez una parte de ti le cree, porque teme que sea verdad" Y su consciencia estaba en lo cierto.
Con cierta inseguridad, Kagome abrió la puerta del despacho y se adentro en él sin esperar una invitación, cerró la puerta tras de sí y nerviosa camino hasta el escritorio enorme de madera a mitad del lugar, el pasadizo que habían encontrado ayer ya no estaba, lo más seguro, Sesshōmaru volvió a cerrarlo, aún tenía curiosidad de que podría haber ahí.
— Sesshōmaru. — Llamó al demonio que estaba sumido leyendo varios pergaminos y firmando otros al mismo tiempo.
— Tu falta de modales aún me sorprende, sacerdotisa. — Le habló con voz neutra.
— No pareces sorprendido. — Se burló aún nerviosa.
Sesshōmaru ni siquiera se molestó en alzar la mirada para mirar a la sagrada, desde antes de ingresar a su despacho, podía oler el nerviosismo en el aire.
— Ahhh…
Kagome se maldijo internamente por no haber pensado en una patética excusa antes de venir a verle, lo meditó muy bien antes de decir una estupidez.
— Sacerdotisa, no tengo todo el tiempo. ¿Qué quieres?
Kagome de inmediato se sintió mal por la forma en la que Sesshōmaru la trataba, pero sí lo pensaba bien, siempre lo ha hecho y aún después de aquel momento que compartieron, las cosas no cambiarían tan fácilmente, al menos no de la noche a la mañana y eso era algo que le costaría asimilar de ahora en adelante.
— Quería hablar sobre lo que sucedió esta madrugada. — Dijo con voz segura.
Eso acaparó la atención de Sesshōmaru, el demonio alzó la mirada para encontrarse con el azulino intenso de la sacerdotisa.
— Habla. — Le hizo un gesto para que tomara asiento, pero Kagome declinó a él con amabilidad.
— Lo que pasó fue un error. — Bajo la cabeza, avergonzada de volver a confesar el peso de su alma. —. Un muy grave error.
Sesshōmaru se levantó de su cómodo asiento y se dirigió al ventanal de la pared detrás de él.
— Explícate.
— Verás… — Kagome se retorció los dedos. —. Lo que pasó fue un error completo, fue algo que no debía hacer, pero terminé haciendo, nunca dije nada y creo que por eso las cosas sucedieron de ese modo. —. Habló tan rápido que ningún otro humano, le habría podido entender, el sudor le recorría la espalda y las manos.
— Sacerdotisa…
— Me arrepiento tanto de haberlo hecho, Sesshōmaru. Yo…
Pero ni siquiera tuvo tiempo de terminar su confesión, cuando su cuerpo fue estampado de la misma forma que hace unas horas contra el estante de pergaminos, un gemido de dolor se escapó de sus labios, pues el golpe había sido más rudo que el anterior.
— ¿Sesshōmaru…? — Entreabrió los ojos sin notar que los había cerrado durante el impacto.
El Lord la tenía arrinconada contra el estante y su fornido cuerpo sin armadura ni estola, con una mano al lado de su cabeza y la otra al lado de su cintura, impidiendo cualquier tipo de escape, aunque no es como sí ella fuese a querer hacer semejante cosa.
— ¿Te arrepientes de lo sucedido, sacerdotisa? — Habló con la voz tan gruesa, que Kagome no pudo reprimir un escalofrío en su cuerpo.
— Yo… — Kagome parpadeó confundida, ni siquiera le había confesado de que se arrepentía y él había reaccionado de esa manera, ¿acaso piensa que…? —. Sí. Me arrepiento desde el fondo de mi alma. — Respondió indudable.
Sesshōmaru trató de alejarse de ella al comprender la gravedad del asunto, estaba por recriminar a su bestia su insensatez por haberle hecho caso; pero Kagome lo tomó de la manga de su haori, haciendo que se detuviera.
— Me arrepiento en el alma... de haber asesinado al hermano de Sango. — Confesó compungida. Sesshōmaru estrechó levemente los ojos al entender finalmente a lo que ella se refería. —. De lo que sucedió entre nosotros… — Comenzó a decir en voz bajita y dudosa. —. Jamás me podría arrepentir de eso. — Admitió con firmeza al alzar su cabeza y observar sin dudas los orbes ámbar de su demonio.
Y sin esperar que él dijese nada, Kagome estrelló sus labios contra los de él, Sesshōmaru no tarda ni medio segundo en salir de su ensimismamiento cuando ya está rodeando la cintura de la sacerdotisa y aproximando su cuerpo al de él, Sesshōmaru introdujo su lengua con avidez y Kagome se presionó contra el pecho de él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello.
— Sesshōmaru. — Jadeó al sentir las manos del demonio en su trasero.
El demonio cargó a la sacerdotisa de la cadera y la sentó en la orilla de su escritorio, Kagome abrió las piernas para él y de inmediato el Lord estaba entre ellas, besándola y acariciando sus piernas sobre la tela del hakama del que tanto deseaba deshacerse, Kagome afianzó sus piernas alrededor de su cadera para atraerlo más cerca de ella.
— Aaahh... — No pudo evitar gemir de placer cuando sintió la erección de Sesshōmaru rozando la tela que cubría su intimidad.
Sesshōmaru ya harto de esperar un segundo más, rompió por la espalda de la sacerdotisa, el haori que la cubría, Kagome ahogó un grito de sorpresa al sentir su espalda descubierta y su haori partido a la mitad, poco le importó y ayudando a su demonio, se deshizo de los restos por los brazos, continuó besando y jugueteando con su lengua mientras ella con más confianza que antes, trataba de deshacerse del haori de Sesshōmaru.
Y con el deseo de tocarlo asaltando su mente, lo hizo.
Sus manos inquietas recorrieron sin timidez la perfecta musculatura del demonio, Kagome pasó sus manos por los omóplatos, luego por sus hombros, donde no evitó ni un poco enganchar sus uñas en ellos cuando sintió como Sesshōmaru simulaba una embestida contra ella, recorrió embelesada su duro abdomen y las marcadas líneas de su torso.
Cuando alza la mirada, se encuentra con la penetrante de Sesshōmaru, quien parece haberse detenido, para disfrutar de las caricias de su sacerdotisa.
Antes de que alguno diga otra palabra, Sesshōmaru vuelve a invadir los labios de Kagome y finalmente, su torso se inclina para presionar los pechos de la sacerdotisa, por primera vez sus pieles desnudas se conectan y la sensación resulta ser más intensa y abrumadora de lo que alguno se imaginó, llegando a ser más intensa que nunca, el calor se filtra por cada uno de sus poros, olvidándose de todo aquello que no sea él, Kagome con valentía iba a deshacerse del hakama de Sesshōmaru cuando dos sonidos vuelven a interrumpirlos.
Ambos se separan, Kagome con la respiración agitada y el corazón bombeando como loco en su interior, Sesshōmaru iba a ignorar aquello con tal de seguir en lo que estaba cuando los golpes no se volvieron a escuchar, creyendo que no habrían más molestias, pero contrario a lo que imaginó, la puerta de su despacho fue abierta con brusquedad, alterando a la sacerdotisa frente a él.
— Padre, necesito hablar urgente con…
La voz de Rin murió al instante al darse cuenta de su error.
Con los ojos desmesurados, no podía creer lo que veía ante ella, su madre completamente sonrojada, con sus brazos abrazándose para cubrir su desnudez y su padre sin haori y con marcas de uñas en sus hombros.
— Vendré después. — Anuncio con prisa y salió de ahí tan rápido como entró.
Rin se quedó fuera del despacho con la puerta ya cerrada, completamente pasmada.
— ¡Mi madre y padre… mi padre y madre…! ¡Mis padres! ¡Acabo de ver a mis padres a punto de de…! ¡Por todos los dioses! ¡Mis padres! ¡Esos eran mis padres! — Susurró aún conmocionada. —. ¡Mis padres! — Dijo con alegría. Salió corriendo feliz del lugar, ansiosa de contar lo que había sucedido a su confidente.
Agradecimientos especiales a:
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Tsuki-shin
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Nos vemos dentro de 10 minutos: RECUERDEN, CAPÍTULO DOBLE POR EL 27 DE ABRIL Y 4 DE ESTE MAYO. PERO QUIERO PUBLICARLO ANTES, PORQUE ESTÁ ARDE LA COSA. HAHAHA
