Edipo
Seto nunca habría de saber que los celos apabullantes que de niño sentía hacia su madre cuando alguien que no fuera él halagaba su belleza se correspondían con el famoso Complejo de Edipo, si el profesor de Historia— asignado bajo el estricto régimen de Gozaburo— no hubiera explicado su origen en la tanda de enseñanzas diurnas.
Al castaño no le afligia que el recuerdo de su madre le sobreviniera endosado a sus días en el calvario de Gozaburo, sino que cada vez fuera más difícil conservar el dibujo de su rostro en las habitaciones de su memoria.
